domingo, 28 de diciembre de 2025

Barry Lyndon



Ayer volví a ver Barry Lyndon y todavía no me he leído la novela de Thakeray. Me gusta tanto esta película, que me da apuro acercarme al relato del que procede, pero lo voy a hacer, lo prometo. El tono del narrador, la trama, la evolución del personaje y la sátira de la sociedad de su tiempo, son tan agudas y tan lúcidas que me frustran mucho los dobladores. Sobre todo, los del protagonista y narrador. No sé por qué no se les ha ocurrido hacer un nuevo doblaje en español.
Hay personajes secundarios magistrales: la prima Nora, el capitán Quin, la mujer de Barry, su hijastro…
Acabo de releer las novelas ejemplares de Cervantes y me sorprende cómo los autores ingleses conectaron con nuestra novela barroca, como si todos ellos hubieran vivido en La Mancha o en Sevilla o en Nápoles. Barry Lyndon es español, es otra novela “ejemplar”, un español del XIX. Ningún escritor patrio de ese siglo supo engancharse a ese tono novelesco tan atractivo, tan mordaz, tan apasionante.
Kubrick es un monstruo, Laxe es… ¿quién coño es Laxe?

El mes de Dionisos



El mes de Poseidón y Dionisos, época ideal para romperte los cuernos contra una farola a la salida de la cena de empresa. Aprovecha para tirarle piedras al alumbrado navideño y arrojar la radio por la ventana el día del Gordo. No te cortes, es tiempo de desmesuras: enséñales las vergüenzas a las autoridades; atraca un banco; estupra a un duende de Navidad; canta villancicos con letras de Escorbuto; no pongas el árbol, ten un hijo con el alcalde de tu pueblo; bebe leche de avena con Cardhu…
Y si te sobra algo de tiempo, lee a Joyce Carol Oates, a Fernando Vallejo, a John Williams y a Antonio Orejudo (esto último hacedlo, de veras).

sábado, 20 de diciembre de 2025

Tristeza




Estoy triste, profundamente triste. Llevo encima esta tristeza casi cuatro años y sé que no va a abandonarme por mucho empeño jovial que le inyecte. Disimulo bien en público. Los muchos siglos de clase me han enseñado a no mostrar mis debilidades, a esconderme tras una máscara hipócrita de afabilidad. Pero cuando llego a casa, cuando estoy solo, no consigo quitarme de encima esta enorme tristeza que me abruma, que me anula. Nada vale nada, nada sirve, nada tiene ya importancia. Esto se acabó. Ni siquiera la nostalgia es un arma contra la debacle. Uno es demasiado viejo para que la espalda no duela. La fortaleza ha caído, celebremos la ruina. No me importa la vida en ninguna de sus latitudes, sin embargo, esta noche tengo una fiesta y mañana, otra. Ella, la pena negra.

jueves, 11 de diciembre de 2025

"La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee" por Ángel L. Fernández Recuero




Hoy he leído un artículo de El Mundo en el que relatan que Lantia Publishing acaba de anunciar la compra de Editorial Círculo Rojo, una operación que convierte a la empresa sevillana en «el mayor grupo editorial de España por número de títulos publicados». La adquisición, asesorada por Banco Santander, unifica dos modelos de autoedición industrial: el de Lantia, centrado en tecnología y servicios editoriales, y el de Círculo Rojo, pionera en la publicación bajo demanda. Con más de cuarenta mil títulos en su catálogo y una producción automatizada en la que «no se queda ni un solo libro», el nuevo grupo supera ya en volumen de obras a los dos gigantes tradicionales: Penguin Random House y Grupo Planeta juntos. La cifra no mide lectores, sino la magnitud de un fenómeno silencioso: la autoedición de empresa publica más que la industria editorial entera.

No es un hecho aislado. Hace diez años, en una entrevista que realicé para Jot Down, Koro Castellano —entonces directora de Kindle en español para Amazon— nos revelaba un dato inquietante: «El 54 % ha empezado [a escribir un libro], pero el 82 % no lo ha terminado». Añadía que casi la mitad de los veinticinco títulos más vendidos cada semana eran de autores autoeditados mediante KDP (Kindle Direct Publishing). En aquel 2015, antes de la inteligencia artificial y de la fiebre de los textos generativos, Amazon ya había detectado el deseo masivo de escribir. Castellano resumía el contexto con una frase que hoy suena profética: «La auténtica competencia de la lectura serían los juegos de móvil o las series de televisión».

Diez años después, esa competencia se ha desplazado hacia el interior. Ya no es Candy Crush el rival del libro, sino el propio escritor que cada cual lleva dentro. Si entonces un 40 % de los usuarios había comenzado una novela, hoy la proporción sería casi total ya que cualquiera con un teclado y un chatbot gratuito puede producir una; incluso yo mismo imparto un taller para explica cómo hacerlo —con el consiguiente enfado de alguno de nuestros lectores— . El yo se ha industrializado convirtiendo lo que antes era un gesto solitario y esforzado en un trámite asistido por algoritmos. Escribir se ha convertido en una prolongación del impulso narcisista de la época, la versión literaria del selfie.

En una entrevista a Enrique Murillo, editor y fundador de Los Libros del Lince, que acaba de publicar Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición afirma con derrotismo: «El libro ya no es para leer, es para regalar». Lo dice como quien observa cómo el objeto cultural se convierte en una mercancía sentimental. Poco antes, la influencer María Pombo protagonizaba una polémica al declarar: «Hay que superar que hay gente a la que no le gusta leer. Y encima no sois mejores porque os guste leer». Sus estanterías, ordenadas por colores, mandan dos mensajes muy claros, el clásico: el libro es un elemento decorativo, y el trumpista: uno puede presumir de ello. El heredero del papiro no simboliza conocimiento, sino gusto; no se abre, se exhibe. El acto de poseer un libro —regalarlo, mostrarlo, fotografiarlo— sustituye al de leerlo. Así, entre el editor que constata la desaparición del lector y la influencer que transforma el libro en un elemento decorativo, se dibuja la metáfora perfecta de nuestra cultura narcisista.

Nunca hubo tantos libros, ni tan poca lectura. La paradoja define nuestra civilización: un planeta que escribe compulsivamente y que apenas lee. La democratización de la publicación no ha traído una explosión de pensamiento, sino una inflación de ego. El libro se ha convertido —como diría Pierre Bourdieu— en instrumento de distinción, una forma de existir en la esfera simbólica al mismo nivel que llevar una kufiya o una pulserita rojigualda, pero en el ámbito de lo cool en lugar de lo político. En este nuevo ecosistema, la escritura ya no implica interioridad. Es una operación exterior, un acto de presencia. El escritor tradicional, ese que buscaba comprender el mundo, ha sido reemplazado por el productor de contenido que busca ser visible. El lector, antaño destinatario natural del texto, se disuelve en la multitud. Lo que se produce no es literatura, sino ruido. Cada libro publicado alimenta el vértigo de un océano en el que nadie distingue una voz de otra.

La sociedad narcisista no quiere leer porque leer es renunciar al yo ególatra. La lectura exige lentitud, atención, alteridad: tres virtudes incompatibles con el ritmo y la lógica del presente. Escribir, en cambio, se ha vuelto un acto de autopreservación. Uno no escribe para decir algo, sino para exhibirse. La gente necesita casito y de ahí la proliferación de obras sin lector, novelas que nadie abrirá, poemarios que no pasan de la caja de entrega de Amazon. En una cultura donde hay una competencia atroz por la visibilidad, la escritura se convierte en un ritual de supervivencia simbólica. En otro tiempo, escribir era un acto de resistencia contra la fugacidad: un modo de fijar la experiencia, de darle forma. Hoy, paradójicamente, es un modo de participar en esa fugacidad.

Hace unos días un conocido editor me contaba que se estaba planteando sacar un libro de grupos folclóricos de su ciudad «con fotos» y lo justificaba diciendo que son 50 grupos por 50 componentes cada uno que además tienen mucha familia y amigos. Calculaba vender 1000 libros que nadie leería solo para tenerlo, para regalarlo o para salir en él. Esa es la ecuación comercial perfecta del nuevo mercado del libro: la compra no responde al deseo de leer, sino a la necesidad de pertenecer. El libro se convierte en souvenir, en gesto de identidad colectiva, en álbum de presencia. En este esquema, el contenido es lo de menos; basta con aparecer impreso, como en una foto de grupo que legitima la existencia de quien posa. Lo literario se disuelve en lo social.

El editor ya no busca lectores, sino compradores con un vínculo afectivo o estético con el objeto. Y así, entre el editor pragmático que calcula mil ventas garantizadas sin una sola lectura y el autor que se autoedita para sentirse visible, se cierra el círculo: el libro, antaño artefacto de pensamiento, ha pasado a ser fetiche y mercancía sentimental, un puñetero Funko. El libro se imprime bajo demanda, se envía en 24 horas y se olvida en lo que se tarda en mostrar la portada en instagram. La permanencia se ha sustituido por la inmediatez; la profundidad, por la visibilidad para satisfacer la boyante industria del yo. Publicar un libro ha dejado ser un sueño de autor para convertirse es un capricho más.

La irrupción de la inteligencia artificial solo ha acelerado el proceso acercándolo hasta al más corky. La máquina no sustituye al autor: lo multiplica produciendo infinitos textos posibles, infinitas versiones del mismo yo basadas en el robo sistemático del trabajo de otros pero, ese exceso no democratiza el talento, sino que banaliza la expresión. Si antes el problema era quién tenía algo que decir, ahora es quién tendrá tiempo —o disposición— para escuchar. El ruido ha ocupado el lugar del pensamiento con una eficacia envidiable. La calidad, esa antigualla elitista, ha sido felizmente sustituida por la cantidad: millones de textos que compiten por no decir nada antes que nadie. En esta gloriosa era de los mil escritores por minuto, el silencio se ha vuelto un acto subversivo, casi terrorista. La jerarquía cultural, aquella reliquia basada en leer, reflexionar y elegir, ha sido derrocada por el algoritmo democrático. Antes los libros se escribían para ser leídos; ahora basta con que salgan bien en la foto de Instagram.

La fusión de Lantia y Círculo Rojo no es solo un hito empresarial —con perspectivas de tener mucho éxito— sino que pone fecha a un cambio antropológico desde el sector editorial. La sociedad que produce más autores que lectores está diciendo algo sobre sí misma: que ha perdido la fe en la escucha, que confunde expresión con comunicación, que ha sustituido la conversación por la emisión continua del yo. El problema no es que todos escriban; el problema es que nadie lea. Porque leer ya es el último gesto de humildad que nos queda.

martes, 2 de diciembre de 2025

Quiero llamarla



Quiero llamarla, llamarla por teléfono, para decirle dónde estoy, para explicarle lo que hago. Para que me alabe o me reprenda, para que me consuele, para expresar mi satisfacción por la clase de hoy, para que se alegre por mí, para alegrarme por ella. Quiero llamarla, como siempre cuando yo estaba fuera, desde una cabina telefónica, desde el teléfono fijo, desde el móvil. Ella siempre estaba al otro lado, siempre contestaba, siempre esperaba mi llamada. Si alguna vez alguien fallaba, ese era siempre yo. Ella nunca faltaba a nuestra cita. Casi siempre a las nueve de la noche. Cuando veo esa hora en el reloj, instintivamente cojo el móvil y… no marco, es inútil. La muerte no es la mejor telefonista.

Introspección



Ojalá y nunca os pase como a mí. Se me ha agotado la batería del móvil en un pub y me he visto obligado a recorrer el lugar con la mirada. Un letrero de neón dice: “El fin del mundo debe encontrarte brindando”. Y esto no es lo peor. Escucho la conversación de un grupo de jóvenes sobre sus últimas aventuras en jalogüín, y aún peor, escucho mis pensamientos, llenos de muerte e imbecilidades. Ojalá nunca os veáis en esta tesitura. Cargad bien el móvil, llevad buenas baterías externas, no os abandonéis a vosotros mismos, es tremendamente deprimente y peligroso exponerse a la introspección.

sábado, 29 de noviembre de 2025

El destino



Da igual lo que hubieras planificado hace 5 años, el destino es caprichoso y estamos vendidos a sus melindres y crueldades. Nunca me habría imaginado solo, en Albacete, lejos de todos los vínculos, fraguados a lo largo de 59 años. Las abominables tragedias te condenan a penas del todo inesperadas. Si hace cinco años me cuentan lo que iba a ser mi vida actual, me habría muerto no sé si de risa o de sorpresa. Y habría despedido al profeta por descabellado. No, Edipo, cuando buscaba al culpable de la muerte de Layo, nunca imaginó que él mismo era el asesino. El destino siempre te despeña por terraplenes insospechados, por mucho que uno crea tenerlo todo bien amarrado. Si la muerte va a buscarte a Isfaján, al final, terminarás en Isfaján. Si los descendientes de Banquo están destinados a ser reyes, da igual que te empeñes en exterminar a su familia. Serán reyes. Si está escrito que mueras de cirrosis en Albacete, da igual que te esmeres en hacer deporte y proyectes la vuelta al pueblo en breve. Ni Tiresias, ni las brujas de Macbeth, ni el personaje de las Mil y una noches, ni los pájaros del parque Abelardo Sánchez se pueden equivocar. Acabo de consultarles.

lunes, 24 de noviembre de 2025

El mundo de ayer



Cumplir años provoca una triste conclusión: el mundo es un lugar inhabitable. Por eso no son fiables esas opiniones en las que el tiempo actual siempre sale perdiendo al compararlo con un tiempo anterior. He oído a muchachos de 17 años (2º de bachillerato) quejarse amargamente de la degeneración de la raza al ver el comportamiento de sus compañeros de 2º de ESO (13 años). “Nosotros no éramos así “. Y ese “así” es demoledor. Si en el lapso de tan solo 4 años nos vemos abocados a contemplar la degeneración absoluta de las nuevas generaciones, qué no ocurrirá cuando llegamos a los 50 o a los 60. El mundo se convierte en un lodazal irrespirable, en un albañal de donde no se puede sacar nada limpio.
Con el paso de las décadas, nuestra juventud se convierte en un edén, rodeados de entornos inteligentísimos y educadísimos, que hacían de nuestro pasar un idilio constante. “Nuestras bromas eran muy sanas, no como las de ahora” (por ejemplo pintar un perro a rayas).
El mundo de ayer (cito a Zweig) en Viena era una nueva Atenas. Con la 1ª Guerra Mundial todo se fue al traste. Kierkegaard (ahora cito a Faemino y Cansado) cree que la decadencia de Occidente viene de antes (era un hombre del XIX), y todo lo ve muy negro, casi más que Zweig. Podríamos ir hacia atrás hasta Sócrates y comprobar cómo todos juzgan su presente de viejos como la degeneración absoluta de las mocedades felices que vivieron en su juventud.
Yo también creo que la generación actual está perdida, son salvajes sin cencerro ni solución posible. Pero no me fío de mi criterio ni de mi juicio. Porque un boxeador sonado por la edad, zarandeado por los años y vapuleado por los golpes de la vida (casi en la lona) no es fiable. Un tarado mediatizado por su tristeza no tiene fiabilidad para enjuiciar el comportamiento de nadie. Los deseos han menguado, la curiosidad se ha reducido a la mínima expresión, el sexo no existe, todo (la música, la literatura, el teatro, el cine) ha perdido interés. No, no me fío de mi juicio en absoluto. Y menos para analizar la involución del paso del tiempo, algo en lo que hasta los más sabios han patinado vergonzosamente.

La sangre helada



Me he rodeado de plantas, no sé por qué. Esta tarde, una luz otoñal se filtra a través de las cortinas. Una luz mortecina, machadiana. En la televisión, imágenes magníficas de un galeón inglés hundiéndose entre las placas de hielo de los mares del Norte. Añoro escribir. Lo he intentado dejar y no puedo, es droga dura. Echo de menos comunicarme con mi pasado. 
“Los hombres como usted hacen preguntas para sentirse más listos”, lo dice un delincuente que acaba de matar a un grumete y al capitán del barco de un porrazo en la cabeza. La serie tiene diálogos literarios, las imágenes son potentes y a veces repulsivas. El barco se hunde. Los balleneros quedan expuestos a la impiedad del hielo y al viento recio. Son hombres duros, salvajes. A la inhóspita naturaleza le tiene sin cuidado. Un blanco despiadado les rodea, un blanco hermoso. En el horizonte, el azul sobrio del invierno, la amenaza de la muerte. Esa, todos la tenemos: actores, espectadores, figurantes… el hielo es un puzzle abandonado, sin posibilidad de recomposición. Todo es recuerdo. Melancolía. 
El güisqui me sigue sentando bien. La luz de la tarde, esa luz machadiana, mortecina. La esperanza de un barco que nos rescate del hielo. Nadie aguanta el invierno en el Norte. Un barco, un barco, un barco. Estoy rodeado de plantas, están rodeados de hielo. Entre el hielo, si uno no se mueve, la sangre se coagula y el cuerpo se entrega a una muerte despiadada. Hay que moverse en busca de comida, de la vida. Quedarse parado es morir. Nadie quiere morir. Hígados de foca, ojos de foca, cualquier víscera es un manjar cuando el invierno aprieta. Ellos, lo esquimales, los seres puros, inocentes, de la tierra, nos salvan de la inanición. 
Plano general: el hombre sobre la nieve y el hielo. Un oso blanco se pone en el punto de mira. Supervivencia. Alucinaciones. Locura. El güisqui sigue alumbrando. El oso cae abatido por el disparo del médico desesperado. Late aún su corazón. Los estertores. Es la salvación, la comida. La cuchilla saja la piel del oso. Un festín las vísceras; un festín, el corazón, la sangre, el hígado, los riñones… El médico ve un refugio en las entrañas del oso, un calor maternal que lo salva de la muerte. Lo rescata un hombre de Iglesia (hasta en el Norte hay hombres de Dios, qué pereza). El asesino sigue suelto y ha acabado con la vida de dos esquimales. La intriga de la serie se vuelve cada vez más tensa. Los diálogos no decaen. La luz, en el salón (casi zulo), ya no es dorada. Empieza a anochecer. Las plantas se muestran firmes. Renacer desde el vientre de un oso no te enseña nada. No hay nada que contar. Sí lo hay. Se queja el hombre de Iglesia de que los esquimales solo creen en supersticiones y está empeñado en traducir una Biblia para ellos, porque, como todo el mundo sabe, en la Biblia no se cuenta ninguna patraña. Cazan focas, duermen en iglús, viven. Contemplan el sol decadente del invierno y se pierden en la planicie inmensa del hielo azul. En el mango de marfil de un cuchillo han tallado la imagen de un oso blanco. Se la regalan al médico, todavía alienado por su experiencia. Cuando el religioso le recrimina su connivencia con los ritos supersticiosos, él le dice: “No tengo ninguna verdad que decirles”, sublime. Va a ser un invierno largo y oscuro. La civilización, el carnaval, un plato de ostras, unas salchichas, una lengua de ternera.

lunes, 27 de octubre de 2025

Me falta


 

La echo de menos, especialmente cuando algo me sale muy bien, cuando me felicitan por algún asunto. Ella se alegraba más que yo, era así de desprendida, así me quería, y, en su momento, no supe apreciarlo lo suficiente. Ahora, cuando algo me sale muy bien (pocas veces), la espero, todavía. Me falta su abrazo. ¡Mierda! Soy un miserable. 

lunes, 20 de octubre de 2025

El vértigo del tiempo



El vértigo del tiempo; el vértigo del paso inexorable de los días, de los años; la amenaza de la vejez; el horizonte ominoso de la muerte, de la inexistencia, del no ser. Bulle y bulle, cada vez con más fuerza, con mayor angustia. Es una maldición pensar en uno mismo, tener consciencia de la finitud. Me asomo al abismo y un viento helado me corta la respiración. Estiro los brazos y no palpo nada, salvo la nada. Un vacío insondable, amargo, al que estamos condenados todos, todos (torpe consuelo). Las dimensiones del teatro.

Ella ya fue engullida por el precipicio. Me espanto. Solo queda la nada, solo. No me habléis de alimentos saludables, de hábitos perniciosos… Tened decencia, dejad caer al mortal con un aire de dignidad. No mintáis y, sobre todo, no deis la pelma. Dejad que nos arañe por última vez la tierra. 

Mi vida no es así, solo mi literatura. No os preocupéis, la estoy sustituyendo por ver fútbol en televisión (así olvidaré la palabra “ominoso”.)

domingo, 5 de octubre de 2025

Maribel



Solo estuvimos tres meses juntos en el instituto. Tú te jubilabas y yo participé en tu fiesta como si fueras amiga de toda la vida. Yo creo que lo fuiste. Después de mi desgracia, viniste a verme. Te acababan de diagnosticar un cáncer y fuiste tú quien me consolaste, tú quien tenías el ánimo suficiente para sacarme a la superficie. Fuiste tú, a pesar de la debilidad, con dulzura, con delicadeza, quien me ayudó a no hundirme en la fosa de la ausencia. Tú, tan amable, tan risueña, a pesar de la enfermedad que te asolaba. Yo, desconcertado, te veía tan entera que no podía desfallecer. Eras un ejemplo necesario, un abrazo sincero que me sirvió para no despeñarme. Me reconfortabas, Maribel, componías mi destartalada figura, me ordenabas, me dabas la fuerza necesaria para seguir en la brecha, a pesar de todo. Un optimismo constante te convertía en maestra de la vitalidad. Mi consternación desaparecía ante tu entusiasmo.
Ya no creo en nada. El aire ha muerto. El soplo de la vida se ha desgarrado, ya no queda ningún motivo para seguir hablando. El silencio, el vacío, han vuelto para reordenar la realidad, nada vale ya ni un triste suspiro. La esperanza se ha desvanecido. Todo es nada. La muerte se ha apoderado de la humildad. Es el fin. El consuelo no existe.

jueves, 2 de octubre de 2025

Rigor histórico



Me da un poco la risa cuando se critica una película o un libro por falta de rigor histórico. La misma historia es ficción, se reconstruye a partir de recuerdos torcidos e intereses peregrinos. Y si hablamos, además, de biografías, la crítica aún es más chocante e inane, si no se basa en otra cosa que en la falta de rigor histórico. Aún no he visto “El cautivo”, pero acabo de ver una película de época (inglesa, por supuesto) basada en la última mujer de Enrique VIII (la enésima, versión digo). Y me da igual que se lo hayan inventado todo, porque estaba bien construida, muy bien ambientada y perfectamente interpretada. Hay que conocer a fondo las costumbres, las ideas, los instrumentos con los que se trinchaba un cisne en el siglo XVI, eso sí. Me lo he creído todo, porque de lo que se trata es de que te convenzan a través de los recursos del arte y del buen hacer. Me importa un pijo que esa Catalina Howard no se pareciera a la original, porque, entre otras cosas, nadie podría reconstruir a un personaje real por mucho que se lo propusiera. La habilidad del creador es convencernos de la verosimilitud de la narración, de los personajes, embaucarnos en el relato. Cada lector (espectador) se construye una imagen determinada de un escritor o de cualquier personaje histórico a partir de la lectura de sus obras o de los hechos que nos han relatado sobre él. Tendemos a inventar ficciones con las que interpretar el mundo y deberíamos acercamos a las ficciones de los creadores pensando que no son otra cosa que ficciones, con el mismo rigor histórico que las nuestras. Si estas se construyen con materiales estéticos y narrativos firmes, incluso llegan a convencernos de la falacia más descabellada. Ese es el mérito, el retrato fiel de un fragmento de vida no se puede condensar en hora y media, tampoco en una serie de Netflix. La ficción que el director ha pergeñado en su cabeza, sí.

martes, 9 de septiembre de 2025

La enfermedad


 

La enfermedad te convierte en un ser distinto: acabado, vulnerable, reflexivo, triste, apático. A la debilidad física se une la obsesión de que queda poco, acecha la inevitable mortalidad (memento mori). Vas abandonándolo todo: el movimiento, la alegría, el deseo de vivir, las ganas de levantarte de la cama. La enfermedad te somete al silencio, a la soledad más absoluta. Prefieres sufrirla sin compañía, previendo que ese purgatorio te conducirá a la inexistencia. La comida, el baile, la conversación, la juerga, la lectura, hacer el amor, la curiosidad..., todo se va arrumbando porque las fuerzas no acompañan y porque la mente solo se alimenta de pensamientos sombríos. El enfermo es el licenciado Vidriera, teme quebrarse en cualquier momento, desprecia todo lo que ha sido y le espanta el mundo que lo rodea. Taciturno y gris, así te ves, sin ánimo para seguir en la brecha. Suenan las campanas. El dolor crece, las sombras se ciernen sobre tu persona, se adueñan del horizonte.  

lunes, 8 de septiembre de 2025

Diarios, 7/09/25

 Son más de tres años en este plan: salgo de casa para escapar de casa y de la escritura, me refugio en los bares (solo) y vuelvo al rincón donde habito (más solo). Antes, este panorama me tenía medio deprimido, asustado (he sido siempre un ser bastante social, para lo bueno y para lo peor). Lo curioso es que últimamente casi me recreo en esa mesa de uno. Porque lo que en un principio añoraba y me hacía suspirar: las parejas, los grupos, los rituales sociales, cada vez me resultan más ajenos. Donde antes solo veía desgracia, ahora es una oportunidad para no sufrir gritos de niños, discusiones absurdas y conversaciones inanes. Leí esta cita el otro día y aunque no me la aplico del todo (porque me queda ancha), me ha inspirado esta entrada: "Mi fuerza es la independencia; mi tributo la soledad".