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lunes, 27 de abril de 2026

Obra maestra



La madre: "¡Fabuloso, no he visto nada mejor!" 

La hermana: "¡Un escándalo, un verdadero escándalo, qué maravilla!"

La prima: "Si hay algo superior, no lo conozco, ¡qué prosa, qué pinceladas, qué delicia!"

La amante: "¡Soberbio, histórico, necesario...!"

La mujer: "¡Ya es un clásico!"

La amiga: "No esperaba menos de mi colega, de mi apreciado Manolo"

Nadie se atreve a desdecir la opinión general. Si no te gusta, si discrepas de esas extremadas alabanzas, eres un engendro desagradecido. No eres cristiano viejo, y ya. La obra se expone en diferentes escaparates, se alaba con lisonjas cada vez más ridículas, aunque se trate de un verdadero despropósito (bueno, una mierda, hablando en plata). Llega a oído de las instituciones y, lógicamente, la añaden a su catálogo de excelencias. Total, si tenemos que incluir la piltrafa de la hermana del delegado, por qué no esto. Lo importante no es promocionar la belleza, sino lo que triunfa, lo que suena, lo que sabe venderse... El criterio artístico ha muerto, bueno, la verdad es que no sé si alguna vez existió. No sé quién lo dicta, pero, desde luego, las loas de los allegados hay que ponerlas en cuarentena siempre y los próceres no deberían dejarse llevar ni por las amistades, ni por las simpatías, ni por los intereses. Y, por supuesto, los que dominan la materia deberían tener como fiel (a la hora de las valoraciones) la sinceridad, la honestidad, y no el temor a perder colegas. Vamos, un imposible. ¿Tan difícil es distinguir un Ecce Homo de un Velázquez? 

Gastrobares

Me siento en la barra de un bar moderno (bueno, no sé si se puede llamar barra a esto). Pocos camareros, muy malencarados (no creo que les paguen muy bien). Es difícil descifrar qué alimentos hay en la carta, no porque esté escrita en un idioma extraño, sino porque no conozco ni la mitad de los productos. Me sirven una cerveza, después de insistir con educación. La idea es cenar aquí, pero me resulta imposible. Pago y me voy. Aterrizo en un bar de toda la vida. Camareros experimentados, rápidos y atentos. Cantan las comandas a voces. “¿Le falta algo, caballero?”, me preguntan varias veces, con el bar a rebosar. No voy a cenar quinoa, pero las cañas valen 50 céntimos menos y sirven las mejores gambas al ajillo del barrio. Esta es la diferencia entre un gastrobar y el bar Manolo. Elige.

jueves, 16 de abril de 2026

Hamleto


 

Él se acaba de meter dos rayas y lleva una pistola en el sobaco. Mala idea. Intenta cargar el arma y caen las balas al suelo. Normal. Se mira en el espejo del baño, se frota con el índice las encías, se siente poderoso, aunque en el fondo no deja de ser un desgraciado. Solo ha entrado una bala en el cargador. Esgrime la pistola ante el espejo, posa, se siente un actor de medio pelo. Es joven y guapo, lo sabe, pero está colgado. Se moja la cara. Se rocía el cuerpo con desodorante barato y sale del baño. Quiere matar a su padre. No se atreve. Está sentado de espaldas a él en una silla de ruedas. Se va a la cocina y allí se encuentra con su madre. Cocina un pollo asado. Apenas mira a su hijo, aunque hace tiempo que no lo ve. Él la besa en la cabeza, se mueve alrededor de ella, como azogado. Ella lo ignora. El pollo ocupa toda su atención. Él, el hijo, habla atropellado, cuenta su viaje, su llegada, lo cambiado que está el pueblo, se enreda con el discurso. Ella, la madre, sigue a lo suyo. Él parece recordar por qué está ahí. Calla, sale y va en busca de su padre. Palpa la pistola, aún en el sobaco. Intenta sacarla y se le cae al suelo. La recoge. El padre sigue meciendo la cabeza, sin reparar en en los golpes del arma sobre el parqué. El hijo fija la mirada en la coronilla pelada . Ya es un hombre acabado. No es el mismo al que deseaba sacrificar como a un ternero. Se paraliza. Ese no es el mismo hombre. Atrapa aire a bocanadas. Le apetece otra raya. Vuelve al baño. El polvo se derrama sobre la taza del váter y esnifa con ansia. Sale, suda, tiembla, se ahoga. Su madre aparece con el pollo en una bandeja, lo mira de soslayo, ve la pistola, ve su desesperación, calla. Conoce la cobardía del hijo. Posa la cena sobre el salvamanteles. Acerca a su marido a la mesa, entre balbuceos, casi barrita. La madre hace un gesto al hijo. Él se sienta donde siempre. Mira al padre... se ríe de él, seguro. Dispara. Le sirve el muslo y lo riega con salsa.   

viernes, 3 de abril de 2026

Trabajar cansa



Abjurar, abjurar de todo. Trabajar cansa, lo dijo Pavese. Y es cierto. No deseo tener ya ninguna responsabilidad, ningún objetivo, ninguna finalidad. Así, así quiero estar, tumbado en la cama, refocilándome con un libro entre las manos hasta que me apetezca levantarme para dar un paseo y recoger algo de sol. La vida es fácil. Solo el trabajo la vuelve complicada. Sin trabajo, me siento ante el ordenador y escribo gilipolleces como esta, y me convenzo de que he hecho algo útil para la humanidad. Y salgo a la calle, y desayuno, y la madalena que empapo en el café con leche me parece que es premio necesario a mi genialidad de mediodía. Ser gilipollas conlleva estos convencimientos. Uno cree que ha cumplido con la humanidad después de escribir dos chorradas pretenciosas. Esto es así y compensa y ayuda a no tomarse cien barbitúricos de marcas blancas. Si te levantas satisfecho después de componer una oración coherente, no puedes suicidarte, la madalena te la mereces.

Adolescencia



Pocas veces (a lo mejor nunca) he mantenido una conversación tan sesuda con un alumno como la de anteayer. Y lo mejor, tan sesuda como poco forzada. Ofelia, la prometida de Shakespeare, ha sido el detonante. Me preguntaba él cómo podía relacionar en su comentario el asunto del paso de la inocencia a la madurez en Hamlet. Yo le he intentado explicar que el comportamiento del príncipe Hamlet, cuando el espíritu de su padre lo empuja a tomar venganza, representa, de alguna forma, la entrada en el mundo de las responsabilidades angustiosas. Y Ofelia es la primera víctima. El alumno ocupa parte de su tiempo de ocio en leer a Descartes, Kafka o Camus. Por suerte, yo llevo más de 30 años con este veneno de la literatura. Si me hubiera preguntado a los 17, seguramente no lo habría comprendido. Y lo más paradójico, pocas veces (a lo mejor nunca) tengo posibilidad de entusiasmarme por una conversación literaria con gente de mi edad, o de 50 o de 40. Es chocante conectar mejor intelectualmente con un chico de 17 que con un coetáneo, muy chocante. Pero este discurso no engrana con el lugar común de la denigración de la adolescencia. No sé si va a ser tenido en cuenta.

martes, 24 de marzo de 2026

Trump y Shakespeare



 

Uno de los valores más misteriosos de las obras de Shakespeare es el hecho de que ninguna respete el decoro y, a pesar de eso, sus personajes sean absolutamente verosímiles. Los reyes de Shakespeare: Lear, Hamlet, Macbeth, Enrique V, Ricardo III..., todos, hablan con un lenguaje elevado, maravilloso, épico, excelso. Y por esa misma ocasión, yo no puedo creer que la mayoría de esos menguados supieran utilizar las palabras de esa manera tan hábil. No puedo creer que un cobarde, pusilánime, como el príncipe Hamlet pudiera elaborar un discurso tan magnífico como el de "ser  o no ser". No se me pasa por la cabeza pensar que alguien tan alejado del sentido común como Enrique V construyera discursos tan acertados como los que elabora el bardo de Stratford. No, no puedo imaginar tampoco a una mujer cruel, ambiciosa y descarnada como Lady Macbeth, amasando un monólogo magnífico para justificar su crueldad y su ambición desmedida. Sería como si, en la actualidad, a alguien se le ocurriera adornar con literatura los desvariados hechos de un menguado, de un psicópata como Trump. 

Cuantos más desvariados, desviados y obtusos son los poderosos, de mejores discursos los dota Shakespeare. El autor inglés es capaz de convertir a un borracho libertino como Falstaff en un hombre muy, muy sabio o en un filósofo admirable al bufón de Lear. Sabe, a través de sus diálogos, crear reyes maravillosos que, sin embargo, según sus hechos, son deleznables. Shakespeare casi establece que, cuanto peores son los efectos que produce el poder, mejor hay que mostrarlos en la forma. Los versos que dibujan a Enrique V o a Macbeth o a Lear o a Tito Andrónico, deben ser más perfectos cuanto más pérfidas sean sus acciones. 

Ojalá y Shakespeare viviera todavía. Encontraría en Trump un vertedero de poder tan fuera de lo verosímil que construiría la más grande y maravillosa trama que se hubiera escrito sobre la faz de la Tierra. No creo que podamos encontrar en la historia un ser tan abyecto, absurdo e ignorante como este pazguato. Me imagino a los personajes de Shakespeare sin pizca de raciocinio a pesar de su deslumbrante discurso, esa es la virtud del bardo, hacer sublime la realidad de unos hombres mediocres. Hasta Marco Antonio me parece idiota, a pesar del peso mayúsculo de su discurso ante el cadáver de Julio César. Imaginad que Shakespeare hubiera conocido un imbécil como el presidente norteamericano. Habría construido la más maravillosa obra dramática nunca jamás elaborada. Un idiota de ese calibre es difícil encontrarlo incluso entre los reyes. Materia shakespiriana en esencia. Detritus andronicus.      

sábado, 21 de marzo de 2026

Tareas de un ama de casa



Por la mañana, bien temprano, saco a mear al guepardo, llevo a los chicos a la Cañada Real y les compro la dosis de heroína que van a necesitar para soportar la jornada. Los dejo allí hasta el mediodía. Aprovecho para disfrutar de mi soledad y de mis amigas. Almorzamos en un gastrobar y nos ponemos bien de cazalla, absenta y aguardiente de La Frontera. Aún nos tenemos en pie, así que robamos ladrillos de las obras y los lanzamos contra los escaparates del Zara y de Mercadona. Antes de recoger a los chicos, paso por una librería y escupo entre las páginas de las novelas más vendidas. Me iría al bingo a robar la caja, pero me esperan. La policía no me sigue, recojo a los chicos (ninguno tiene el mono) y volvemos a casa. Preparo pato a las finas hierbas, enveneno a mi marido y a los niños. Me falta tiempo para mí misma.

sábado, 14 de marzo de 2026

Roma y una canción

 


A la orilla del Tíber escuchamos esta canción cuyo título no recuerdo. Andábamos enfurruñados, no sé por qué. No sabes cómo me arrepiento de haber desperdiciado momentos así por las idioteces de la convivencia. No consigo ni siquiera el grupo que la interpretaba. Hoy, tampoco. No es igual oírla en un pub de Albacete, casi vacío, que a las orillas del Tíber, acompañado por la Roma acongojante y por ti. No, no es lo mismo. La canción no suena igual, el mundo suena distinto. Y, sin embargo, la melodía une el pasado con el presente, lo grapa, le pone un clip atemporal. La música nos vuelve eternos, a pesar del prosaísmo miserable de la vida. 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Isabelle Huppert



Isabelle Huppert bajo los soportales de Bolonia. Camina enérgica, aunque frágil. Gesto serio, menuda y a la vez enorme. En la pantalla transmite la misma energía que deslizándose sobre las lápidas milenarias de la ciudad universitaria. Isabelle Huppert es el rostro impasible de “Un blanco fácil”, es la crueldad fría de “La pianista”, la musa del implacable Haneke. Hay mujeres de ficción que, al verlas en la vida real, te despiertan los sentimientos de los mortales en la Ilíada cuando se topan con los dioses que les apoyan en la batalla. Héctor se rinde ante Afrodita; Aquiles, ante Atenea. Al cruzarme con la Huppert bajo los soportales de Bolonia tuve la intención de pedirle una armadura. No le dije nada. La vi pasar, volví la cabeza, suspiré. Suficiente protección.

sábado, 28 de febrero de 2026

Sade



Sade en un pub de Albacete, un viernes noche, como si estuviéramos en 1990. Faltan algunos detalles: juventud, compañía y melocotones (es difícil de explicar). Sade suena con el mismo terciopelo, delicadeza nostálgica: una playa africana iluminada por una luna rota. No puedo separar la languidez de su voz de su rostro perfecto, profundamente erótico, triste. Quizás su música sea más adecuada ahora. En el 90, el fragor del sexo no me permitía saborear los matices sonámbulos del soul. A todas estas, yo estaba enfermo. Me voy a casa ya.



martes, 24 de febrero de 2026

Descompresión


 

Me lo dijeron o lo leí, no estoy seguro. Me lo dijeron: uno, cuando llega a cierta edad, comienza a desconectar de todo y de todos, comienza a sentirse poco a poco aislado en un mundo de extraños. Me lo dijeron y lo estoy constatando de forma palpable. Es más, no ha sido un proceso progresivo, ese "poco a poco", se ha convertido en un desgarro visceral bastante violento y repentino. Lo noto en cualquiera de las labores cotidianas: en la literatura, en las clases, en el cine, en el trato con mis compañeros de trabajo, en mi relación con amigos. 

Un ejemplo muy evidente. Leo críticas cinematográficas sobre algunas de las últimas películas españolas y veo que coinciden con su candidatura a premios importantes. La mayoría de ellas dicen justo lo contrario de la impresión que tuve al verlas. Tres de las películas propuestas para los Goya y bien recibidas por la crítica, me parecen no solo malas, sino tomaduras de pelo en toda regla: dos por pretenciosas y caótica narratividad; la otra, por la ridiculez de su humor y sus lastimosas interpretaciones. En cambio, hay una película que ha sido machacada de manera inmisericorde, de tal forma, que, al verla, después de haber oído toda clase de denuestos contra ella, salí perplejo porque me pareció bastante aceptable. No es una magnífica película, pero al lado de las otras tres, Ciudadano Kane

A veces he discrepado respecto a la opinión de algún crítico o de algunos lectores o espectadores, pero no hasta el punto de que lo que me ha parecido plenamente ridículo e infumable, se valore hasta de excelencia. Sin duda, estoy fuera de órbita, ya no sé dónde tengo el culo ni las témporas, es evidente. Estoy en plena descompresión y lo veo todo distorsionado y confuso, como si me hubieran quitado la escafandra en mitad del espacio. O eso o me he pasado con el LSD. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Momias



Os voy a contar mi experiencia, la más espeluznante que he vivido como turista, y eso que me he bañado en la Playa de los Ingleses de Benidorm, he bebido Budweiser en Port Aventura y he comido en Berlín.
Las catacumbas de los capuchinos en Palermo no son cualquier cosa. Como dicen los que han hecho el Camino de Santiago, a mí me han cambiado la vida, es más, soy otra persona, alguien con el estómago al revés, revuelto para los restos (nunca mejor dicho). Una amiga, con buen criterio y muy pocos escrúpulos, me recomendó la visita a este tétrico lugar y no sé si agradecérselo o no. Al salir de las galerías subterráneas donde se exhibe a los cadáveres, piensas, ¿a qué capuchino se le ocurriría que era buena idea embalsamar a la manera egipcia todo tipo de cuerpos y rellenarlos de paja? Y otro monje propuso lo siguiente: “¿Por qué no cogemos todos estos cuerpos embalsamados y los colgamos de la pared como si estuvieran vivos?” Y el tercero, el economista vio acertado convertir en visita turística la exhibición de cadáveres de niños, mayores, curas y hasta mujeres embarazadas, colgados de las paredes con alambres, hilos de pescar y flejes. Unos genios, los tres, sin lugar a dudas. Sin miedo, sin vergüenza, sin prejuicios, como deben comportarse los intrépidos. Esas cavernas de los ojos; ese cuero reluciente de la carne momia; esas mandíbulas desencajadas que sonríen al visitante; ese embajador americano con mostacho y cara de pergamino; esa bambina Rosalía, por fin, casi viva, vestida con perifollos, con sus tirabuzones, con su carita de nardo, en su ataúd de cristal. A la salida, la inscripción en latín que esperaba: “Memento mori”. Hombre, sí, pero recordad también que sois monjes, aunque eso sí, capuchinos, como los monos. El estómago del revés, ya os digo.

viernes, 13 de febrero de 2026

El tacto



Cuando veo tus fotos, ahora sí, por fin puedo admirarte, con serenidad y sosiego. Descubro en mi mirada un hueco purulento, una herida incurable, que nunca dejará de sangrar. Echo de menos tocarte y aún más que me toques. El tacto es el sentido más lúbrico. Puedo verte, sí, pero no estás, no puedes palparme. Oigo tu voz, veo tu rostro, pero no siento el escalofrío de tus dedos serenando mi cabeza. Tampoco puedo saborearte, mojar mis labios con tu lengua lenitiva, ni oler tu cuello, tu vientre, tu sexo. Hay tantas ausencias en los sentidos que me veo tullido, amputado, piedra sólida, seca, inerte. He olvidado los placeres sensuales en el más allá del tiempo. Se secó la saliva, se evaporaron los aromas, ya no existe la piel ni sus escamas.

sábado, 7 de febrero de 2026

Fargo y el cáncer




Aturdido por el güisqui, recoge datos sobre asesinos televisivos sin escrúpulos. Habla con ella. Comenta los episodios, sonríe y busca su complicidad, sí, la de la ausente. Para contarlo, busca el punto de vista adecuado, la voz narrativa correcta. Es difícil.

El matrimonio ideal está preocupado por ocultar el cadáver. Ha muerto atropellado un asesino lerdo, con la nariz llena de nicotina. La sangre no es problema, él es carnicero. Ella, una loca deliciosa, con ansias de libertad y muchos pájaros en la cabeza. Atardece para mí. Se lo digo a ella, “atardece”. Es posible que no me oiga, esta tarde creo que sí. Poco importa. Atardece no, el crepúsculo. El indio también es un asesino sin escrúpulos. El indio mata conejos y humanos, con la misma indolencia. No sé si te acuerdas, esta ya la vimos. Atardece, perdón, el crepúsculo.

Otro matón se acuesta con la hija turgente del mayor loco del mundo. A él le ha sorprendido que ella le metiera el dedo por el culo. Añora los setenta. Él es negro. Si lo supiera el padre de ella, lo despellejaría vivo. Aún nota su dedo en el culo, era el pulgar. Sonríen con la escena. Vuelven a sonreír, el pulgar de la joven rubia en el culo del negro asesino.

Mientras, la otra, la mujer del policía, no se desespera con la metástasis, como tú. Entereza, valor, fragilidad. Yo alucino. El narrador alucina. La voz neutra alucina. Ni una queja, ni un gemido fuera de lugar. Entereza, alucino. Solo una súplica: “¡Mátame!” No sabe si debería haberle obedecido.

Los asesinos pactan, la jefa tiene mi edad, bueno, la edad del narrador. “Dame la mano”, aunque no estés. Sabes que la reunión de los asesinos no puede acabar bien. Las balas se precipitan, los muertos van apilándose.

La peluquera se deja convencer por su jefa (la peluquera es la de los pájaros). No cede. Quiere liberarse. Ella te gustaba, mucho, te sentías representada por ella. No me extraña. Aparece de nuevo el indio. ¡En el congelador, en el congelador!, ahí está el cadáver que busca (como en mi novela).

La jefa se amarra a su marido en la cama, a pesar del ictus. Decide ir a la guerra. El cáncer es una guerra, una guerra perdida. No hay una frontera clara entre el bien y el mal. Lo dice el policía de Minnesota. Confío en él, pese al tufo moralista. Soy el narrador en tercera persona.

Mientras Reagan da un discurso en el que alaba a la familia, los clanes mafiosos se masacran con escopetas recortadas y navajas de Albacete (sangre contraria). “No le daría nunca la mano (a Reagan) porque hizo una película con un mono”. Le da la mano con mucha fuerza. Personaje sin palabra.

¿Estás ahí?, sí, está ahí. La joven rubia se ve de nuevo con el negro. Esta vez no hay dedos, solo recriminaciones por los asesinatos. No son Romeo y Julieta, no. Aclara él. Le enseña la cabeza cortada de su jefe, muy bien empaquetada en una caja de repostería.

Sigues aquí, a mi lado. Todos están muertos (o casi todos). Ellos son muertos de ficción. Tú, no. El güisqui distingue unos de otros. Al final todos morimos, la vida es una broma. La empleada de la carnicería cita a Albert Camus. Cráneo privilegiado. ¿Tú, dónde estás? Es muy difícil saberlo. Sí, ahora aquí, con él. Pero, ¿luego?

La ayudante, nihilista, del carnicero se enamora del asesino en ciernes. Está tullido. Él también ha leído a Camus. Antes de entrar en el negocio, le obligan a ir a la universidad. No se atreve a matar al carnicero. Normal.

El policía de Minnesota y Ronald Reagan coinciden en los urinarios. Reagan es gilipollas, también en las distancias cortas. La mujer del cáncer está siempre animosa (como tú). No sabe si tiene hambre o ganas de vomitar. Tú no tenías hambre. Nadie sabe qué decirle, ni siquiera su padre. Yo, a veces, tampoco sabía de qué hablar. “Me muero”, qué se puede responder. Ojalá y te hubieran dado un placebo como a ella. Estoy cabreado, muy cabreado, casi como los hermanos de la familia de asesinos. Pero no sé a quién agredir, ¿al oncólogo, al radiólogo, a las enfermeras, al tiempo, a Camus? No lo sé.

Todo se desmadra. La del cáncer elige cuidar de los suyos, aún puede, bueno, no, porque ya no come (tú tampoco). Igual. Está sola. El carnicero muere desangrado en una cámara refrigeradora. Ella nota el cáncer, “es el lado pocho del melocotón”. Camus no tiene ni idea. “Tranquila, me quedaré contigo”. Anochece. Ya no hay ni crepúsculo.

martes, 3 de febrero de 2026

El bálsamo de Fierabrás


 

Es sorprendente el cruce de referencias vitales que en ocasiones se dan cuando uno está leyendo un libro o viendo una película. El entramado literario, a veces, parece elegido adrede para interferir en la vida misma, para sustituirla. Leo Los veranos de Cervantes de Antonio Muñoz Molina. El autor aprovecha sus vivencias y lecturas para conectarlas directamente con los personajes y las aventuras del caballero andante más famoso de la literatura universal. Molina hace un viaje a El Toboso y descubre su silencio, la detención del tiempo, la mole de la iglesia y el museo de Dulcinea, cerrado ese día. La mañana anterior a la lectura del episodio en el que Sancho y don Quijote entran en el lugar de Dulcinea, me voy de ruta quijotesca con un grupo de jubilados. Visitamos (nosotros sí) el museo de Dulcinea, pero lo más chocante es la impresión que me deja El Toboso. Coincide casi exactamente con la que transmite Muñoz Molina en Los veranos de Cervantes. El pueblo vacío, anclado en el tiempo. El don Quijote de forja postrado ante la metálica Aldonza Lorenzo. Cerca, la iglesia, imponente, me une indisolublemente no solo al libro de don Miguel, sino también al de Antonio. Atravieso la literatura con la vida misma y un escalofrío me asalta, como si estuviera viendo fantasmas, espíritus regresados de allá lejos, del pasado más cercano y más lejano. Muñoz Molina viaja en coche, acompañado por su mujer; yo, en autobús, con 53 jubilados matriculados en la Universidad de la Vida (qué paradoja); don Quijote en Rocinante, escoltado por su fiel Sancho Panza. Todos entramos en el silencio abrumador del lugar manchego, oímos el mallar de los gatos, el ladrido de los perros, el sosiego abrumador de sus calles, la agridulce compañía del tiempo en suspenso. Porque en El Toboso ha sido donde nos hemos encontrado: mi pasión por la novela de Cervantes, la adoración de Antonio Muñoz Molina por ella y la persistente locura del caballero andante por encontrar a una dama inexistente. 

Todo es silencio, todo es búsqueda de imposibles, todo es evasión. Muñoz Molina nos habla de su estado depresivo y de que solo la lectura del Quijote lo levanta de la murria y la desidia. Yo también encuentro en los libros una fuga, una vida más real incluso que la que aún disfruto. Don Quijote vive su locura como un aliento necesario a la monotonía inane de un hidalgo rural. Es chocante, solo me siento conectado al mundo, a la vida, a la realidad, a través de dos personajes de ficción y de un novelista, a quien también percibo como alguien irreal y desconocido. No hay psicólogo que pueda superar esta terapia. El humor y la parodia del Quijote es el bálsamo de Fierabrás, sin ninguna duda. Es lo único que le falta a Molina, el humor.    

     

domingo, 1 de febrero de 2026

El coloquio de los perros



En el “Coloquio de los perros”, uno de los canes nos cuenta cómo se están despellejando unos jaques durante un juego de dados. A mi lado, qué casualidad, una pareja muy mayor sopla el interior del cubilete para sacar más puntuación y, así, no pagar las cañas que se acaban de pedir. En la obra de Cervantes, la partida acaba a cuchilladas. A mi lado, la mujer comienza a levantar la voz, casi a ladrar. Esto promete. Y lo mejor es que, si lo pienso, o soy Cipión o Berganza.

martes, 27 de enero de 2026

Papel higiénico y apocalipsis



Hoy he comprado papel higiénico, doce rollos nada menos. Hacía tres años y medio que no lo hacía, lo que me ha llevado a una serie de reflexiones inevitables: ¿es esto una señal de que el fin del mundo está cerca?; quienes compraron montañas ingentes de papel del culo durante la pandemia, ¿habrán podido vender los excedentes en Vinted o tendrán todavía las despensas inutilizadas?; es más, ¿tiene este papel alguna propiedad o utilidad misteriosa que no he alcanzado a descubrir (a pesar de haber rastreado por todo Youtube)? Y todavía más, ¿qué país será el mayor fabricante de papel higiénico? Y todo esto me ha venido a la cabeza sin haber leído aún la noticia de que los científicos atómicos sitúan el reloj del apocalipsis a 85 segundos de la medianoche. 

Tras haberme devanado los sesos de esta manera tan intensa en las redes, voy a desengrasar hablando con mi hija por guásap de Stefan Zweig y la Viena de entreguerras.

sábado, 24 de enero de 2026

Escribir



Cuando empezaba a escribir, solía tener sensaciones decepcionantes. Mi cabeza iba por delante de mi mano. Tenía la impresión de que nunca lograba plasmar con exactitud lo que pensaba. Mis imaginarios superaban mi capacidad de estamparlos en el papel.
Al cabo de mucho tiempo, después de practicar largamente con la escritura, tuve la impresión contraria. Era el texto escrito el que desarrollaba pensamientos e ideas sorprendentes, como si se hubiera independizado de mi naturaleza. La escritura iba por delante de mi mente, es más, la ayudaba a desarrollar impresiones complejas que nunca hubiera imaginado.
Después de unos meses sin escribir, tengo la misma impresión que cuando comenzaba, torpeza, ir rezagado con respecto a mi pensamiento. Una sensación desasosegante.
Está claro que la práctica de la escritura sirve no solo para expresar el pensamiento, sino para renovarlo, para convertirlo en algo extraño, del que tú mismo te asombras cuando lo lees estampado en la pantalla. Palabra de Dios.

No leas



Después de ver el último informe sobre cuánto leemos los españoles, salta a la vista que leer demasiado es muy peligroso. Uno no asimila tanta hostia. Dos de cada tres españoles leen libros habitualmente y dos de cada tres españoles van a votar a Vox en las próximas elecciones. No leáis, cabrones. Leer es muy malo, no se os ocurra. Hacedle caso a Cervantes, fue el primero que advirtió contra los peligros de la lectura.

sábado, 10 de enero de 2026

Sonata de otoño



Os propongo un ejercicio muy pedagógico. Debéis ver la serie de Rodrigo Sorogoyen, "Los años nuevos" y luego, la película "Sonata de otoño" en Filmin. Ahora mismo confieso que Sorogoyen es uno de los apellidos más respetables de la cinematografía española con diferencia, todo lo que ha firmado me ha gustado, menos esto, "Los años nuevos". Os propongo este reto para que podáis comprobar varias cuestiones. En primer lugar, nunca he visto unas interpretaciones tan excepcionales como las de Liv Ullmann e Ingrid Bergman, por supuesto en "Sonata de otoño". Nunca. En mi vida habría pensado que unas actrices pudieran transmitir tantas emociones y tan contenidas como lo hacen estas dos. Un despliegue de recursos como nunca había visto. La segunda parte de la película me ha mantenido desgarrado todo el tiempo. En "Sonata de otoño", Liv Ullman (hija) le suelta a su madre (Ingrid): "¿Es mi dolor tu placer secreto?" Solo a través del alcohol la hija es capaz de echarle en cara a la madre su desprecio absoluto. La madre no recuerda que sus padres la tocaran en su infancia, ni para castigarla ni para acariciarla, (esta gente está muy mal). La música le sirve a la madre para expresar las emociones que la han castrado. Existir y vivir no es lo mismo. "Ni siquiera he nacido" dice la madre. No recuerda el dolor de los partos. "¿Por qué no se muere?", es su deseo hacia la hija discapacitada.
Un leve gesto de Liv Ullman; un mohín de Ingrid Bergmann son mucho más eróticos que cualquiera de las escenas de sexo de la serie de Sorogoyen. Y, bueno, ni hablar de la intensidad dramática o de los diálogos (vergüenza ajena la comparación). Es curioso, tras ver la serie de Sorogoyen, tras ver su pareja “guay”, se te hace completamente insoportable y cómo, a la inversa, las dos mujeres odiosas de Bergmann, las amaría por siempre. No quiero cebarme con el nuevo cine, nunca ha sido mi intención. Sorogoyen me ha parecido deslumbrante en muchas de sus producciones, pero esto último, que en apariencia remite a los clásicos, a Bergman, no resiste en absoluto la comparación. Lo siento mucho.