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miércoles, 18 de febrero de 2026
Momias
domingo, 15 de febrero de 2026
Trinakria
Tres mujeres sicilianas. El pelo liso, por la cintura. Negro intenso. Los ojos enormes, rasgados, quizás con demasiado maquillaje. A la manera egipcia.
Una ríe junto a sus amigas, unos 17. La boca fresca; de labios mullidos. La mirada franca y generosa, satisfecha de su juventud recién estrenada. Sorbe un batido y se le encienden las pupilas, brilla el negro y blanco de sus ojos. Nada podría alterar tanta belleza, ni siquiera el Inter Juve que la gente del bar sigue con fanatismo. Marca el Inter. Ella escucha, indiferente, majestuosa, a su compañera rubia, más joven, todavía más inexperta. La experiencia a esa edad se mide por meses.
A la mañana siguiente, otra siciliana moja el cruasán en el café latte. La misma melena de diosa africana, la misma almendra en los ojos, decorados a la egipcia. Su amigo, enfrente, no le presta la atención que merece. Mira el móvil. Son 24 años ya de pereza y costumbre. Ella habla, con un tono de terciopelo, que deja caer un centímetro de tristeza. La certeza de ir quedándose sola, mordisco a mordisco.
Afuera, en la calle, diluvia. Dentro de la pizzería, la siciliana de 30 años sienta a sus dos hijos a la mesa con sendos móviles que alivien su comida. El cabello, también por la cintura, azabache de Lorca. Los labios pálidos, la voz autoritaria, de madre apurada. Fija la vista en el infinito, alelada, abstraída. Una tristeza inmensa cae de sus pupilas, negras como la pez, destartalada. Creedme, conozco las miradas tristes, y esta está muy desgarrada. Llega el marido, resuelto, uniformado con chándal rojo, Adidas, y gorra calada hasta el nacimiento de las orejas. Sube el volumen de los móviles de sus hijos, besa en la coronilla a la mujer de la mirada perdida. Habla, habla y habla, a veces en un tono que supera al de los móviles. Ella calla y asiente. Pide cocacolas y patatines, apoya la mejilla en la palma de la mano y deja caer las piedras que salen de la boca del marido en una cesta de indiferencia, sin fondo, estéril, sin esperanza. Aúlla en silencio como un cachorro abandonado.
Azar: vemos un trío de música clásica, un trío. La violinista es la joven siciliana de 17 años, feliz, sin hombre, con el tono agudo de la expectativa abierta. El piano es la siciliana de 24 años, rotunda, pero apagada un tanto por el compromiso. El chelo es la siciliana de 30 años, grave; de tristeza insondable, con acordes de vieja. Briten, Fauré y Beethoven, tres, las partes de la Divina Comedia.
Más azar: en la bandera de Italia hay tres piernas de mujer, tres, que rodean la cabeza de la Gorgona, tres, en griego la Trinakria. 17, 24, 30.
Tres mujeres sicilianas, hermosas, de mirada inmensa, obsidiana y mármol, como los símbolos eternos.
viernes, 13 de febrero de 2026
El tacto
sábado, 7 de febrero de 2026
Fargo y el cáncer
martes, 3 de febrero de 2026
El bálsamo de Fierabrás
Es sorprendente el cruce de referencias vitales que en ocasiones se dan cuando uno está leyendo un libro o viendo una película. El entramado literario, a veces, parece elegido adrede para interferir en la vida misma, para sustituirla. Leo Los veranos de Cervantes de Antonio Muñoz Molina. El autor aprovecha sus vivencias y lecturas para conectarlas directamente con los personajes y las aventuras del caballero andante más famoso de la literatura universal. Molina hace un viaje a El Toboso y descubre su silencio, la detención del tiempo, la mole de la iglesia y el museo de Dulcinea, cerrado ese día. La mañana anterior a la lectura del episodio en el que Sancho y don Quijote entran en el lugar de Dulcinea, me voy de ruta quijotesca con un grupo de jubilados. Visitamos (nosotros sí) el museo de Dulcinea, pero lo más chocante es la impresión que me deja El Toboso. Coincide casi exactamente con la que transmite Muñoz Molina en Los veranos de Cervantes. El pueblo vacío, anclado en el tiempo. El don Quijote de forja postrado ante la metálica Aldonza Lorenzo. Cerca, la iglesia, imponente, me une indisolublemente no solo al libro de don Miguel, sino también al de Antonio. Atravieso la literatura con la vida misma y un escalofrío me asalta, como si estuviera viendo fantasmas, espíritus regresados de allá lejos, del pasado más cercano y más lejano. Muñoz Molina viaja en coche, acompañado por su mujer; yo, en autobús, con 53 jubilados matriculados en la Universidad de la Vida (qué paradoja); don Quijote en Rocinante, escoltado por su fiel Sancho Panza. Todos entramos en el silencio abrumador del lugar manchego, oímos el mallar de los gatos, el ladrido de los perros, el sosiego abrumador de sus calles, la agridulce compañía del tiempo en suspenso. Porque en El Toboso ha sido donde nos hemos encontrado: mi pasión por la novela de Cervantes, la adoración de Antonio Muñoz Molina por ella y la persistente locura del caballero andante por encontrar a una dama inexistente.
Todo es silencio, todo es búsqueda de imposibles, todo es evasión. Muñoz Molina nos habla de su estado depresivo y de que solo la lectura del Quijote lo levanta de la murria y la desidia. Yo también encuentro en los libros una fuga, una vida más real incluso que la que aún disfruto. Don Quijote vive su locura como un aliento necesario a la monotonía inane de un hidalgo rural. Es chocante, solo me siento conectado al mundo, a la vida, a la realidad, a través de dos personajes de ficción y de un novelista, a quien también percibo como alguien irreal y desconocido. No hay psicólogo que pueda superar esta terapia. El humor y la parodia del Quijote es el bálsamo de Fierabrás, sin ninguna duda. Es lo único que le falta a Molina, el humor.









