Esos lugares donde llueve a cántaros; donde la intemperie es hostil con el paseante; donde, salvo alguna semana del verano, no hay forma de atravesar la calle sin embarrarte los zapatos; esos lugares, digo, suelen ser propicios también a estar plagados de refugios confortables, remansos que ayudan a la reunión, a la conversación y a la sublimación del estro.
Bueno, lo que quiero decir es que en Edimburgo hay unos pubs cojonudos. Y estos templos sí, los pubs, despiertan con mucha más intensidad la espiritualidad que la más espectacular catedral gótica. Lugares poco iluminados que esconden divanes tan antiguos como cómodos, con espejos modernistas y mobiliario de madera rancia, la mayoría de ellos con música en directo y bebidas espirituosas de todos los calibres. Sí, mi espíritu flota, se convierte, levita, abrumado por la confortabilidad de estos antros donde no alumbra el sol, sino la luminosidad milagrosa de la charla cervecera. Y os aseguro que cuando entramos en el primero de ellos pedí un agua, lo hice de cinco maneras diferentes: "water, wate, wata, warer y wara". Cuando vi que no había forma de que la voluntariosa camarera me entendiera, tiré por el camino más fácil, por el que me sabía desde Dublín: "two paints" y, oye, a la primera. Esa y no otra fue la causa de que nos aficionáramos enseguida a transustaciarnos con la cerveza. El agua es más para beber en casa o en mitad del campo o en la pausa de hidratación. La cerveza eleva el espíritu y refrigera las meninges acaloradas por el cambio climático, que se lo pregunten a Baudelaire, a Valle, a García Pavón. Ellos, los escoceses, suelen completar el combinado con chupitos de güisqui. Nosotros estamos en la fase de aclimatación.
Y en esta sección sí que os voy a dar algunos nombres, porque de las iglesias no me acuerdo, pero de estos peldaños que llevan al paraíso, sí: "Bennets", "Conan Doyle", "Barony", "Dirty Martini" "Mckays", "Bobby"... y cientos más. Casi lloro el día que nos fuimos por la impotencia de no poder visitarlos todos, todos, esa habría sido mi gran ilusión.
Y en este maridaje de espiritualidad y pubs no puedo dejar de mencionar los lugares más emblemáticos de la ciudad: las iglesias desacralizadas. En una de ellas, hay un centro cultural islámico. ¿Alguien da más?, pues sí, otra, decorada como el laboratorio de la película Frankenstein de los años 30. Da igual que estuviera atestado de gente, da igual que la cerveza fuera demasiado ligera, da igual. Mirábamos hacia arriba y veíamos las bóvedas de la iglesia y el coro, a la vez que una camarera sonriente nos acercaba las "two paints" y en los altavoces no sonaba un miserere, sino los Ramones. En éxtasis estuvimos, como santa Teresa, o casi.





