Al filósofo David Hume, los turistas le abrillantan el dedo gordo del pie, no sé si con la mano o con la lengua, no me paré a comprobarlo. Por supuesto, no su dedo real, sino el de la estatua que lo inmortaliza en Edimburgo. A David (me gusta tratar a los intelectuales con familiaridad) le habían cagado menos las gaviotas que a Adam Smith, su explicación tendrá. Pulirle el pie a un filósofo famoso es uno de los privilegios (y casi obligaciones) que te concede la condición de turista de pura escuela, junto a la de abrazar santos de piedra, colocar candados en los puentes, lanzar monedas en los estanques, hacer colas larguísimas para comer patatas bravas o hacerse selfis con famosos. Sobre las teorías de Hume y su relación con la condición del turista, os hablaré otro día, cuando le dé un repaso a los libros. Seguro que encontramos una conexión.
Sustituimos el placer de abrillantar dedos de los pies por otros más enjundiosos, como el de visitar cementerios, con lo que la agenda (inexistente) se empezaba a cargar bastante. Esta ciudad es inabarcable para un turista escrupuloso. En Edimburgo visitamos al menos dos cementerios, que yo recuerde, y la verdad es que es una delicia pasear por sus senderos y praderas, acompañados por los nombres de los antiguos habitantes de la ciudad, algunos sepultados dentro de panteones de relevancia estrambótica. En uno de estos lugares, unos muchachos habían instalado su tienda de campaña. Ningún sitio más tranquilo para acampar: céntrico, con buena comunicación, limpio, conexión con el más allá (a falta de wifi) y vecinos poco escandalosos. Eso sí, el desayuno no está incluido, aunque siempre puedes encontrar un "hagi" en cualquier rincón. En el otro camposanto, había un mercadillo de artesanía y bastante animación, pese a las historias de fantasmas que suelen contar los guías de los Free Tour para que les prestemos un poco de atención.
En Edimburgo, además de turistas y titiriteros de toda laya y condición, vive gente (creo). Sobre todo hindúes, paquistaníes, chinos y un camarero de Ronda. Son fácilmente identificables de los escoceses de origen y no por la falda precisamente. Parecen salidos todos ellos de una misma caldera, donde les aplican lejía en el cabello y colorete en las mejillas, como angelitos de Rubens. Su cordialidad y atención nos alegraban el día. Y esto se agradece todavía más en lugares donde el turismo es avasallador. Dejo para mañana los pubs, lugares de culto.





