Secciones
miércoles, 20 de mayo de 2026
"Shakespeare bajo la lupa del siglo de la razón" por Teresa Galarza Ballester
SADOSINTAXIS Lección 8: "La oración impersonal"
SADOSINTAXIS Lección 7: "Activas y pasivas"
Sadosintaxis: lección 6, "la partícula "se"
Sadosintaxis: lección 5, "la oración copulativa"
Sadosintaxis. Lección 4: "el sujeto paciente y el complemento agente"
Sadosintaxis: lección 3, "complemento circunstancial de amor"
Sadosintaxis: lección 2, "coordinadas copulativas"
Sadosintaxis: Lección 1, "la subordinación sustantiva"
"El viaje de la épica: de los ríos de Babilonia al mar Egeo, ¿dónde nació la tradición literaria occidental?" por Jordi Abella i Vilaró
En mayo, por mayo
En mayo, fue por mayo cuando nos comunicaron la condena, a muerte, esa era la condena, a muerte. Nadie, ni el más avezado de los humanos, está listo para semejante maldición. Esperamos en una sala cómoda de la Quirón. El médico llegaba tarde, con un casco de moto en la mano. Nos llamó su enfermera, pasamos a un cutre dispensario. Él, con desparpajo nos dijo, "no, aquí no se muere nadie"(embustero). Respiramos, respiramos hondamente. El médico llamó a la enfermera para que se llevara a Eva a pesarla y, a solas, me comunicó el diagnóstico abrumador, insoslayable, fatídico: "Se muere, no le quedan más de seis meses (fueron dos y medio)". Yo no sabía qué hacer, no supe qué decir, no tuve palabras, ni gestos, como si me hubieran disparado en la sien, como si me hubieran sajado la garganta de un tajo. ¿Qué hago, se lo digo a ella?, para qué, para que en sus últimos días no tenga ninguna esperanza... no, de ninguna de las maneras. Luego me informó mi hermana de que los oncólogos están obligados a comunicar "la buena nueva" a alguien de la familia para que sea decisión suya informar o no. Decidí no decírselo.
Nos fuimos a Madrid, teníamos el viaje contratado. Su fragilidad se empezó a manifestar allí, en nuestra ciudad fetiche, en nuestro lugar de ocio preferido. Fuimos al teatro. Vimos Ser o no ser. Ella rio, aún, era fuerte, más que nadie. Vimos una revisión de la picaresca, con Marta Poveda y Aitana Sánchez Gijón, en las salas del Matadero. Me maravillaba su entereza, su capacidad para disfrutar de la realidad, a pesar de estar abrumada por el diagnóstico fatal, por la enfermedad cruel. La recuerdo en la cama del hotel (el más antiguo de Madrid). Me dijo entre sollozos: "Me muero, me muero, no sé cómo afrontar esto". Yo no supe qué decirle. Yo, que a menudo inventaba para ella todo tipo de escenarios, de tramoyas, de historias sin sentido con que saturar su imaginación, no sabía qué inventar. Le dije, muy bajito, "hay que aprovechar el tiempo, no sabemos qué va a pasar, queda aún una esperanza a la que debemos agarrarnos". No supe reaccionar con suficiencia, me superó la situación. Lloraba, desconsoladamente, sentada en el borde la cama. No supe qué más decir. La abracé con toda mi alma, la abracé como nunca, ya estaba muy delgada, mucho. Notaba sus costillas en mis dedos. Ella se convulsionaba, se deshacía en llanto. Nadie puede saber cómo alguien se puede desmoronar de esa manera si no ha vivido una situación semejante. Se rio en Ser o no ser, se rio y yo lloré al verla reír. Era la mujer más entera del mundo. Ningún héroe clásico, ni Ulises, ni Aquiles, ni Ayax, ni siquiera Hércules, serían capaces de sonreír en una situación como la que sufría ella. Un héroe clásico, al que hubieran desahuciado como a ella, no sería capaz, seguro, de reaccionar ante una obra cómica. Era muy superior a lo que imaginaron los griegos clásicos, mis más admirados personajes. La observé con arrobo, mientras se sonreía y me fui al servicio para llorar desconsoladamente, a mis anchas. Porque yo, desde luego, no soy un héroe clásico, ni lo parezco.
domingo, 17 de mayo de 2026
Chéjov, un amigo
Facebook en mi funeral
miércoles, 6 de mayo de 2026
El teatro
Lo he dicho muchas veces y no me canso de repetirlo, el teatro es un recurso pedagógico infalible. Ayer mismo, alumnos de 1º, 2º de la ESO y Diversificación hicieron una representación magnífica de una comedia, delante de bastante público, en un auditorio muy digno. Solo tendríais que haber visto la cara de felicidad absoluta que se desprendía de sus rostros después de la representación (y también la nuestra, la de los profesores que nos embarcamos en la empresa). Opuesta a la que les solemos ver en clase de Matemáticas o de Lengua. Sí, el teatro consigue hacerles disfrutar casi tanto como aborrecen nuestros métodos educativos. Y no solo eso, siempre que hemos organizado un espectáculo teatral con ellos, es mayoritaria la presencia de alumnado muy especial, con sensibilidad distinta, incluso, a veces, con problemas de acoso y de aislamiento. El teatro, entonces, se convierte en una solución mágica para situaciones que aparentemente no se pueden paliar y desembocan a menudo en tragedias de mayor o menor intensidad. Me emociona ver cómo chicos que viven su paso por el instituto completamente aislados, con un penar constante, se integran en el grupo de teatro y poco a poco se sienten parte de una comunidad indisoluble, de solidaridad necesaria, parte insustituible de un engranaje maravilloso cuyo objetivo es convertirse en otros, salir de su naturaleza, asumir otra distinta, despojarse de la realidad. El efecto que provocan en ellos los ensayos y, luego, la puesta en escena es justo el inverso al de las clases magistrales, tediosas, asfixiantes, faltas de toda justificación. El teatro, para quien se integra en una compañía (más para un adolescente), es siempre una fiesta y, además, soluciona conflictos aparentemente irresolubles, endulza soledades y acciona mecanismos de defensa ocultos bajo la piel herida de individuos especialmente sensibles a la violencia social de los mundos juveniles. Dejad que se disfracen, que se maquillen, que se transformen y colgad la toga de jueces implacables. El beneficio será mutuo.
Por cierto, en la foto estamos deformados, somos mucho más jóvenes (todos).
martes, 5 de mayo de 2026
Demelza
Con ocasión de una celebración con amigos de la adolescencia, me vino a la cabeza el recuerdo de una chica con la que salí un tiempo, hace muchos, muchos, pero que muchos años. Salir en los ochenta significaba verse los fines de semana en la discoteca o en el pub del pueblo o en el de al lado. Luego, ningún contacto. Era el tiempo anterior a los móviles y ni siquiera el teléfono fijo lo usábamos con asiduidad. Yo tendría alrededor de 20 años y ella otros tantos. No recuerdo el nombre de la chica, pero sí que le decíamos Demelza, por su parecido con el personaje de la serie Poldark. Nos citábamos en esos lugares sociales de perdición de un fin de semana al otro, aunque bien es verdad que las sesiones de discoteca empezaban el viernes por la tarde, seguían por la noche y también comprendían sábado tarde y noche y domingo tarde. Yo falté a alguna de esas citas y ya no la volví a ver. Si lo pienso bien, no cortamos. Yo no la dejé, ni ella a mí, por lo que, oficialmente, todavía salgo con esa chica. Es posible que Demelza tenga hijos y hasta nietos, pero no cortamos oficialmente, así que estoy en una situación del todo embarazosa. No sé si acercarme el viernes que viene por el Molino o por la Paty, o pasarme por el cementerio.













