miércoles, 5 de agosto de 2026

Puglia VII: "Monopoli y Lecce"



 Ya avisé de que estas crónicas iban a ser tan fiables como las promesas de un político. Y os propuse hallar lo ficticio, lo falso, como parte del juego de su lectura. Un ejemplo, en Matera no hay ningún anfiteatro romano, como ya habéis advertido los más atentos. En realidad, con la temperatura que había ese día es posible que solo viéramos alucinaciones. 

Monopoli es un lugar de la Puglia próximo a Bari. Y no, no pienso valerme del recurso fácil de su curioso nombre para tontear. Las calles más baratas (no, no eran las de Lavapiés) las recorrimos cuando llegamos en el fabuloso tren que tantas satisfacciones nos ha dado en este viaje. El tren en Italia es una religión: llega puntual y su frecuencia es alucinante, casi tanto como su comodidad. No, aquí no falla el aire como en los autobuses de las empresas turísticas. 

Desde la estación al centro de Monopoli no hay más de doce minutos y sí, en la ciudad vieja, como era de prever, están las calles más caras. No me fijé si era la Castellana o El Prado la que se llevaba la palma. Monopoli nos sorprendió lo justo porque se parece mucho a Bari, solo que en miniatura. Eso sí, la mejor pasta la comimos allí, unos pappardelle al funghi y trufa dignos de Atenea. Y sin comprar ningún hotel.

En Lecce cambiamos totalmente de escenario, aunque no de clima. Enseguida percibimos que no era una ciudad costera. Sus construcciones barrocas, su solidez y el bien hacer de una guía experimentada nos descubrieron de nuevo la Italia magnífica, monumental, impresionante. ¡Qué baldaquinos, qué luz, qué piazza del Duomo, qué Cristos tan bien alanceados, qué cervezas y, sí, aquí sí, qué anfiteatro romano! Tened en cuenta que son visitas exprés de media mañana, tampoco pidáis más. Bueno, de algo sí me acuerdo: le dicen la Florencia del Sur y su patrón es san Oronzo, con una cabeza mucho más proporcionada que san Nicola di Bari (de medidas casi utielanas). 

Y mañana casi seguro que os hablo de Bud Spencer. Por cierto el Cristo de la imagen lo mismo estaba en Matera, pero impresiona igual. 

martes, 4 de agosto de 2026

Puglia VI: "Alberobello y Matera"


 

Hay experiencias por las que ni siquiera un turista debería pasar: las excursiones en autobús con 42 grados a la sombra. Mea culpa. Los simpáticos muchachos de la empresa turística nos dejaron a nuestra suerte en dos pueblos bellísimos, que de otra forma hubiéramos disfrutado con deleite. 

Aun con la circunstancia alevosa del sol hiriente y los sudores constantes, fuimos capaces de apreciar esas construcciones peculiares de Alberobello, similares a los cubos de La Mancha. Viviendas propias de gnomos. Curiosa arquitectura cuyas sombras eran nuestro única obsesión. La supervivencia siempre puede con la estética. El turismo peripatético se hizo casi inviable y tuvimos que adelantar el Ángelus (cuando Helios aprieta no hay forma, que se lo digan a los mercenarios de Ulises). Turistas lagartos, paralizados por la canícula. Porque el mayor deseo de un viajero, en estos veranos de ardachos, es el refugio del autobús y recibir el aire acondicionado, el maná, el respirador artificial, para certificar que uno no se ha derretido sobre el pavimento. 

El periplo a Matera fue peor. Casi treinta minutos andando bajo un sol abrasador, para llegar al centro de una ciudad curiosísima, construida en falso sobre grutas, sobre las cavernas de Polifemo, excavadas en los "sassi". A nosotros no nos lanzaban piedras, sino fuego, fuego puro. Así como Ulises y los suyos, cuando llegaban a tierra, buscaban comida y agua ansiosamente, nosotros también nos dirigimos de cabeza a una de esas cuevas donde nos sirvieron una cerveza que nos salvó de la voracidad de la intemperie. Aún tuvimos temple para descubrir un anfiteatro romano muy bien conservado, espectacular, regado por nuestros babeos y sudores. 

Pese a todo, incluido el mal funcionamiento del aire acondicionado del bus, Italia nunca defrauda y, pese al riesgo de haber caído fulminados en una vía romana, habría valido la pena, ningún turista podría tener mejor fin que caer redondo a los pies de la madonna Bruna, iluminada como la Feria de Sevilla (esto lo vimos en la tele). Mecagüen en Tripadvisor. Mañana hablaré de Bud Spencer.    

lunes, 3 de agosto de 2026

Puglia V: "Más Bari"

 


En los sótanos de la catedral de San Sabino en Bari, se esconde una máquina del tiempo (además de un fresco reparador) que recorre varias épocas, desde los griegos, pasando por los romanos y con final no sé si tan feliz en la Edad Media. Un poco más arriba, cerca de la plaza más populosa, sin necesidad de adentrarse en el subsuelo, el turista puede gozar de la música más estridente de los 80 en un bar muy peculiar. Para disimular los desconchados de la pared todo está forrado de cajas de fruta vacías. Es un antro para hablar a voces y para disfrutar de los objetos perdidos (Antonio Pérez aquí habría flipado). Se sirven mojitos y en el mostrador frigorífico (o no tan frigorífico) se exponen tarros y piezas de chacinería de dudosa procedencia. Los mojitos, en cambio, se los rifa la chiquillería por la noche en la puerta del antro. Un bar muy palermitano. 

"Il Trenino de la Felicitá" recorre una y otra vez las plazas de la ciudad vieja, cargado de turistas italianos y algún que otro despistado inglés. Estaría bien que "il trenino" bajara a los subsuelos y recorriera la romana vía Apia y pudieras encontrarte de paso con los depravados emperadores, con gladiadores, con Ovidio, con Mesalina, con Séneca... Como el tren de la bruja, pero clásico. Uno va imaginando todo esto cuando aparecen ante nosotros las columnas semiderruidas de un antiguo templo romano.  

Entre veras y fantasías, alucinado por este calor pegajoso, desvarío y deformo el tiempo y los espacios. Esto no es alucinación, aunque lo parece: alguien va buscando a su paloma ("¿Hai visto la mia colomba?") y lo declara en carteles pegados en las paredes, con foto de la extraviada. Venimos de la catedral y suponemos que no será la Virgen quien ha puesto los carteles, aunque tampoco es descabellado. 

No hay luchas de gladiadores, pero sí queda mundial. Vamos a verlo a otro antro, al otro lado de la vía. Fíate lo justo del GPS. Es un lugar oscuro, siniestro. Hay muchas televisiones, pero los jóvenes que pueblan el lugar parecen más interesados en que acabe el partido (para volver a sus retos de videojuegos) que en los goles de España y Francia. Con mucho criterio, les traen al pairo las aventuras de Infantino y sus selecciones. Nos miran y sonríen al comprobar nuestra alegría futbolera. 

Quedan días y horas para descubrir la mejor Puglia y para explotar los lugares ya conquistados, sin duda. Y el trenino no parará de atravesarse en nuestro camino.    

sábado, 1 de agosto de 2026

Puglia IV: "La cerveza y Ulises"

 


Ayer estuve con mi madre y no pude escribir esta entrada, vais a ver por qué. Siempre he intentado ocultarle mi amor por la cerveza (y otros licores) porque a ella le repele todo lo que huela mínimamente a alcohol. Javi y yo tenemos unas normas muy estrictas en cuanto a la ingesta de líquidos en los viajes, en concreto de cerveza. Si uno cumple como turista peripatético, debe, al final de su periplo, obtener una recompensa, volver al trono de Itaca (así queda mucho mejor). 

Somos lo que bebemos, sobre todo, lo que bebemos después del Ángelus. Ese es nuestro ritual, y lo aplicamos en cada uno de nuestros viajes. Estemos en Italia, Alemania o Turquía (aquí vale el rezo del almuecín). 

Pateamos el empedrado de Bari, nos asomamos a sus callejuelas, esquivamos a nuestros perseguidores (los de los cruceros) y recorremos el paseo marítimo. Cumplidos los pasos, nos paramos, absortos, con el oído dispuesto, y escuchamos el redoble sabroso de las campanas. Son las doce del mediodía, el Ángelus, hora de empezar a repostar. Hay ciudades más preparadas para este cometido y otras menos. Bari no es de las peores y, al cabo de unos días, descubrimos que ofrecía un conjunto de locales muy atractivos para reposar los veinte mil pasos (o así): "La Farmacia", "El Baretto" y dos enotecas (con cerveza, por supuesto). 

La cerveza en Italia es bastante más cara que en España, aunque en el precio no se debe reparar si uno estás en versió turista. Es más, si fuéramos faltos de fondos, siempre hay lugares donde repostar más económicamente. En Bari, al otro lado de las vías, se abre una ciudad moderna, horrorosa (como casi todas), proletaria, con pocos bares, pero con una focachería, la de Bud Spencer (merecedora de entrada propia), con precios asequibles: un tercio de Moretti (sin lugar a dudas, mejor que la Peroni), 1,5 euros. Contrasta este precio con lo que nos cobraron en una terraza turística de Polignano a Mare por dos pintas: la nada despreciable cifra de 23 euros. Pero el turista también está para estos menesteres, para que lo timen miserablemente. Lo aceptamos con deportividad y por la tarde visitamos la focachería de nuevo.  

En fin, como decía García Pavón, la cerveza mata la sed gorda y, además, a nosotros nos reconstituye, nos devuelve a Ítaca, al confortable hogar, a la patria del astuto Ulises (ya os contaré a qué vienen todas estas referencias homéricas). Y termino con una profecía de mi madre (de cuando yo era joven): "No bebas cerveza, se te pondrá el pelo blanco, luego se te caerá y te volverás medio tonto". Lo clava siempre. 

jueves, 30 de julio de 2026

Puglia III: "Bari"



No penséis que esta crónica os va a servir de guía para visitar Bari, ni mucho menos. Yo no soy Washington Irving, ni Julio Verne, ni Javier Reverte, ni siquiera un empleado de Trip Advisor. Los agujeros que tiene mi cabeza no permiten otra cosa que registrar, a través de impresiones estrambóticas, algunas escenas chocantes de la ciudad. Y a veces ni eso porque me enredo a comentar cualquier minucia y se me olvida la verdadera razón del escrito. Vamos, un Sancho Panza cualquiera. 

A lo que vamos, Bari es una ciudad costera y, según me habían dicho, parecida a Cádiz. Bueno, sí, hay mar, hay castillo, hay catedral, hay paseo marítimo, hay un sol esplendoroso, hay altares de vírgenes y santos, hasta descubrimos un chiringuito (solo de nombre); pero no hay tabernas, ni gaditanos, ni vino de Jerez (menos mal). 

La ciudad vieja de Bari es un laberinto de callejuelas medievales, empedradas y con cierto sabor palermitano o napolitano. En una de ellas (la conocimos el primer día) se reúne un grupo heterogéneo de bigardos, sentados en sillas de plástico alrededor de un tótem: un pedazo de altavoz que seguramente ha provocado la sordera de todos ellos. Algunos beben Peroni a morro y otros lucen sus camisetas de tirantes. A su lado, las mujeres amasan "orechiette", una pasta típica de Bari. De entre todas las hacedoras destaca la Nuncia, una señora mayor, con masajista personal, que vende camisetas con su efigie. La calle está atestada de los pasajeros de los cruceros, en concreto los grupos 8, 12 y 13, como rezan los señuelos de las guías. No tardaremos en hacer el Free Tour de rigor. Ya nos ponen los dientes largos estas filas de turistas, atentos a las explicaciones sobre las costumbres locales. En Cádiz precisamente, se quejan de que estos cruceristas compran un imán y vuelven al barco sin hacer más gastos (es el turismo, amigo). Como buenos turistas peripatéticos, disfrutamos del paseo marítimo, apabullados por la inmensidad del Adriático. Los manchegos ponemos caras muy raras al enfrentarnos a tanta agua. Además, el sol no nos crucifica todavía, tendremos tiempo de notar su crueldad. Ya sabía yo que no liquidaba Bari en una sola entrada. Mañana más (si me deja mi madre).      

miércoles, 29 de julio de 2026

Puglia II: "Giros"

 


Ayer no pude escribir la crónica de Puglia por asuntos ajenos a mi voluntad: se me llenó la casa de electricistas. Hoy la traigo por los pelos porque cuando veo una película que me emociona (H de halcón) tiendo a la pereza y no me suelo sentar delante del ordenador. Bueno, lo de tender a la pereza me ocurre en muchas otras situaciones, además de las cinematográficas. Últimamente gozo con el aburrimiento, lo busco, me revuelco en él con delectación, por eso me cuesta cada vez más enrolarme en actividades de todo tipo (esto no es verdad). El entretenimiento está muy muy sobrevalorado. 

Bien, a lo que vamos. Llegamos a Bari a media noche y sin cenar. Mala cosa la de aterrizar en una nueva ciudad, en un nuevo país, después de surcar los cielos (cómo me gusta esta expresión) no con la frivolidad de un turista cualquiera, sino con el orgullo de ser el virtual salvador del pasaje. Claro, uno, cuando se ha descargado del peso de los héroes, llega al destino con hambre de lobo. Encontramos un restaurante a punto de cerrar. Llegar a una ciudad desconocida, en la oscuridad, es emocionante porque sabes que al día siguiente, la luz del día va a desnudar el pudor de la noche (por poner alguna personificación). 

Qué paradoja, el restaurante no es de comida italiana, sino griega, y, según reza su propaganda, el mejor restaurante del sur de Italia. Nada, ni de coña. Pero el turista está para esto y para mucho más. Debe creer, sin dudarlo, que esa especie de kebab de cerdo un tanto desmesurado es lo mejor que va a probar durante los quince días de turismo. Nada, ni de coña. Es un curioso restaurante donde no se permite comer dentro y donde hay más camareros y cocineros que clientes. Los cocineros, paquistaníes con la tarea prácticamente concluida, reciben la comanda de mi amigo Javi y se la van pasando unos a otros, como en esa película cómica de cuyo título ahora mismo no me acuerdo, o como en el Vuelva usted mañana de Larra.   

Un hotel esplendoroso acoge nuestra primera noche y dormimos satisfechos por la tarea bien hecha. En efecto, los más de 100 pasajeros del vuelo Madrid-Bari han llegado sin un rasguño gracias a nosotros. Y hasta aquí puedo contar. No descarto que duren estas crónicas más que nuestro viaje. 

Ilustro la entrada con la extraterrestre cabeza de san Nicolás, patrón de Bari.  

lunes, 27 de julio de 2026

Puglia I: "Ya me ha pasado algo"


 

Nada más subir al avión, un episodio surrealista. Es más, casi todo este capítulo lo voy a dedicar a mi conversación con el azafato de Ryanair

Voy a sentarme en el avión (con el estrés que conlleva esto de abandonar el suelo firme. No hay forma de asimilarlo con naturalidad), cuando el azafato me agarra del brazo. Muy serio, me pregunta si estaría dispuesto a salvar a los pasajeros en caso de incidencia aérea (me acojono, pierdo el color, trago saliva y respondo, "¿quéee?"). El chico, muy grave, me lo vuelve a preguntar, esta vez con una aclaración: "Está usted en la fila de la puerta de emergencia, ¿estaría dispuesto a ayudar al resto del pasaje a salir por estas compuertas en caso de incidencia?". No sé por qué, le pregunto yo a él: "Y si me niego, ¿qué ocurre?, ¿me echáis del avión?". "No, caballero, simplemente lo tendríamos que cambiar de asiento". Estoy a punto de decirle que no estoy dispuesto a ayudar, más que nada por si se ven obligados a sentarme al lado del piloto o en primera, porque no veo yo asientos libres en la clase turista. Pero me da vergüenza hacerlo. Lo mismo te someten a una humillación pública y animan a todo el pasaje a vilipendiarte y a insultarte durante todo el vuelo, por insolidario y mala persona. Total, que me quedo en la fila de ayuda al cliente, además hay más espacio que en el resto de las filas. Una cosa es evidente: si ocurriera algo durante el vuelo, está claro que morimos todos, porque yo, en situaciones de emergencia, no creo que pudiera ni moverme. Es más, recuerdo un episodio en el que, cocinando en casa, se prendió la sartén (una llama estupenda incendiaba ya la campana). Me quedé paralizado, quieto, sin saber qué hacer. Esa fue mi reacción, si no es por Eva, que lanzó una toalla sobre la sartén, en este momento estaría seguramente carbonizado y convertido en carbonilla. Si en ese vuelo Madrid-Bari tengo que encargarme yo de abrir la puerta de escape, no nos salva ni la UME. Aunque recuerdo ahora otro episodio en Turquía con mi amiga Joaquina que... bueno, eso os lo cuento otro día, que ya he llegado al final.  

domingo, 26 de julio de 2026

Turismo



 Cuando uno va de turismo lo primero que tendría que comprender (y parece una obviedad) es que ejerce de turista y no de aventurero, ni de viajero intrépido, ni de explorador; no, es turista. Se trata de entender que un turista no es Marco Polo, por mucho que él lo crea. No va a descubrir territorios ignotos, no va a conocer nuevas civilizaciones ni va a cambiar los hábitos de nadie, es turista y sanseacabó. Y si el turista tiene perfectamente claro que es turista, su viaje será mucho más placentero. 

Eso sí, el turista puede ir en grupo o en parejas. Yo he elegido esta última modalidad. Para ello es necesario escoger un amigo o amiga de fiar, con quien congenies, y, sobre todo, que acepte como tú la condición de turista, así como tus neuras y manías. Además, viajar solo, por mucho que digan los modernos, es muy triste. Si vas acompañado, te puedes quejar con mayor énfasis de lo cara que ha resultado una cerveza, se realza mejor el sabor de una comida, se critica con más jolgorio la locura de la conducción de los italianos, por ejemplo, o se puede reír uno con más fuerza de los tropezones del otro, además de que en la primera exploración de una ciudad es conveniente el análisis antropológico, que siempre será más profundo con el diálogo y la observación compartida. 

Toda esta introducción viene a cuentas de que voy a relatar un viaje que acabamos de finalizar mi amigo Javi y yo por el sur de Italia. Hemos estado en la Puglia. Somos turistas de libro, de estos que quieren echar de Barcelona, de las Canarias y de algún otro sitio más, con bastante razón. 

Ahora bien, aclarada la perspectiva de estas crónicas, tengo que puntualizar que a mí me gusta mucho la literatura por lo que voy a trufar las peripecias en la Puglia con alguna mentirijilla que otra. Esto hará la crónica más sabrosa, porque el lector puede ir buscando qué es real y qué no lo es. Tened en cuenta que en los relatos de viajes de Marco Polo también había mucho de ficción. Si él, que era realmente un viajero intrépido, utilizó el embuste porque no yo.

El turista, por supuesto, debe llevar una maleta, no una mochila enorme, ni esas mierdas con las que se intenta aparentar que uno va a conquistar el Polo Norte o a atrvesar el Matto Grosso. Una maleta y, si las medidas de la cabeza lo permiten, un sombrero de papel made in China. También es necesario contratar un buen hotel, cerca de la estación, de los cines y de las zonas comerciales, con desayuno incluido y con pantallas de televisión para ver el Tour de Francia y los partidos del mundial. También es prioritario el "Free Tour", no lo olvidéis. No es necesario saber del todo el idioma del país de origen. En nuestro caso, no tuvimos dificultad. Todo el mundo sabe que cualquier español comprende y habla a la perfección el italiano, así que ningún problema. Grazie, prego, ciao, suficiente. 

Os emplazo, pues, para el primer capítulo en la siguiente entrega. Y a ver si localizáis los gazapos.     

viernes, 24 de julio de 2026

L´amère, l´aimer, la mer




L´aimer, l´amer, la mer. Tres palabras que se funden, se confunden, se enredan en las peripecias de Tristán e Isolda, en su lengua d’oc.

Hoy me baño en el Adriático, nunca me había bañado en este mar. Nadie nunca se baña en el mismo mar, ni en el mismo río. L’amère, l’aimer, la mer. La amargura, el amor, la mar.

Todos los 24 de julio, me despierto poco antes de las 8:15. La hora y la fecha precisa de la tragedia. Como si quisiera volver al momento exacto para evitarla, para detenerla, l’amère. Pero el tiempo no tiene atajos ni caminos de vuelta, la amargura. El Adriático, la mer, la mar. La placidez del baño suspendida por el recuerdo, por un pañuelo que cubre la alopecia del cáncer, l’amère. Las petunias perfuman las callejuelas de Bari, esas flores que ella plantaba cuando se anunciaba el buen tiempo, l’aimer. La música del dialecto del sur asalta las murallas, el castillo, como en Siracusa, donde tanto gozamos de la belleza del viejo Arquímedes, l’aimer.

El sol, siempre el sol, del 24 de julio de 2022 y del 24 de julio de 2026, y el mar, la mer, la inmensa profundidad que nos separa. La vida navega sobre cervezas y pasta al dente, a la deriva. Alumbrado o herido por un sol que a veces muerde y a veces acaricia. L’amère, l’aimer, la mer.

El 24 de julio, a las 8:15, surca el mar un esquife amargo de amor ausente. L´amère, l’aimer, la mer.

sábado, 11 de julio de 2026

Las Sibilas




Que la vida trata de que un hacedor, un cachondo mental (a veces muy cruel) juega con tu destino como si fueras un pelele, es una evidencia. Al parecer, el que dirige mis pasos se ha empeñado en confundirme hasta conseguir que crea en la providencia, en el destino, en la rueda de doña Fortuna o en las Sibilas. Se retrasa el tren, lo justo para coincidir en el Parador de Almagro con dos excompañeras de buen beber y mejor conversar. Aprovechamos la coyuntura, dejamos el fútbol de lado y recorremos un Almagro nocturno y desierto, fantasmal, misterioso, solo alumbrado por las risas de un grupo de cómicos en torno al único bar abierto. La noche ha sosegado el infierno y se respira, se huelen los pasos de Lope de Vega. Las espuelas chocan con los adoquines y las copas con los hielos. El sosiego da un encanto aún mayor a las galerías verdes, a las columnas de piedra, a los soportales barrocos, a las terrazas sin público. Almagro es para mí un refugio casi esotérico, un nirvana manchego sin berenjena.
El infierno de un sol que achicharra se mezcla, en contraste telúrico, con el reposo y el arte dramático. Una suerte de duelos y quebrantos de difícil digestión, pero muy nutritivos.
En Almagro siempre voy acompañado, la añoranza es una compañera fiel que me sobresalta en cada plaza, en cada rincón, en cada escenario, en el Parador, hasta en los espejismos de los cuarenta grados. Un paisaje de ensueño, desértico, alucinógeno, todo verso y mujeres de ojos verdes. 

jueves, 2 de julio de 2026

Posado de verano



Uno de los objetivos fundamentales de exhibirte en las redes sociales es hinchar el ego hasta reventar; una de las consecuencias de ser profesor es que también se te inflama el egotismo (buscadlo en el diccionario); una de las razones que llevan a la gente a escribir libros es que te halaguen, que te doren la píldora, que te hinchen el ego de nuevo, sin razón alguna. Ante el peligro de que uno se hinche y se hinche como el comensal de El sentido de la vida de los Monty Python y termine por reventar y llenar el restaurante de vísceras, sesos y sangre, me he sometido a un lifting radical. Aquí me tenéis (recreaos con la foto), en mi nuevo yo, de espaldas, con los calzoncillos de mi padre y enjuto de miembros y de ego. ¡Qué bien sienta liberarse de uno mismo!

miércoles, 1 de julio de 2026

Fin de curso 2026



Ayer estuve comiendo con unos alumnos especiales, sí, especiales, porque he disfrutado de esta milonga de la enseñanza con ellos, inesperadamente, en los años terminales (horrorosa palabra). A lo largo del curso me han hecho sentirme útil (no sé yo) y acudía a las clases con verdadera curiosidad por ver qué conversación surgiría o qué foto de Paquirrín o de Valle se proyectaría. Fuera de coñas, he hablado de literatura con estos chicos sin forzar la conversación, de forma totalmente espontánea. Es algo que pudiera parecer insignificante, pero no lo es, cada vez menos (también es un placer que te inviten a una caña como acaba de hacer ahora mismo el camarero). Me despido de todos ellos, de Inés, de Rafe, de Iván, de Cortes, de Paula, de Victoria, de Ana, de los Pacos, de Marco, de Raúl, de Lucas, de Ángela, de Juan Diego, de Pilar, de Carmen, de Rodrigo, de Pablo Juan, de David, de Davide, de Elisa, hasta de Pablo de Santos. La educación esconde estas delicias y es de bien nacidos agradecerlas.

¿La realidad?



No sé si estoy en un sitio real o imaginado. De veras que no lo sé. Vivo una desorientación asombrosa. A veces me palpo el cuerpo, la cara, cierro los ojos y los vuelvo a abrir, y la nebulosa sigue enturbiándolo todo, centrifugando el paisaje. Según un estudio neurológico, del que le oí hablar a Jorge Volpi, nuestro cerebro no distingue la imaginación de la realidad, las confunde a menudo. En ese limbo estoy abismado: no sé si el presente que me rodea es real o el producto de una estrambótica pesadilla. El bar es el de siempre, reconozco la decoración, a alguna camarera, también es familiar el sabor de la cerveza, pero ¿qué coño hago yo aquí en esta ciudad?, ¿qué me ha traído hasta este lugar? ¿Por qué, si ya es de noche, no pienso en la vuelta a casa? Y cuando salga de aquí, ¿hacia dónde voy? No tengo a quién preguntar. Miento, sí puedo preguntar, pero respuestas no hay.

lunes, 22 de junio de 2026

Carolina Durante


 

Robad las llaves de la residencia de ancianos. Quedad con un colega guay que os proporcione entradas. Id de conciertos, no os cortéis. Elegid un grupo guitarrero, con nervio, de los que te hacían vibrar en los setenta y ochenta, y olvidaos de la edad. Id a repostar a la barra las veces que haga falta. Si a la vuelta no encontráis a los colegas, no importa, todos en esa experiencia lisérgica son colegas (más jóvenes, pero colegas). Dejad que el rock, el punk, o algo parecido os ponga en órbita. Vais a sentir cómo van desapareciendo los años, cómo las rodillas no te duelen al saltar, cómo vuelven los cincuenta, los cuarenta, los treinta... Ahora sí, todos son colegas, hasta coincidís en la edad. Sí, es la misma sensación que cuando escuchasteis a Tequila o a Burning, a los dieciséis. Sí, si uno se empeña puede bajar hasta la adolescencia y arrodillarse y revolcarse por el suelo. ¿Quién ha dicho que no existe la máquina del tiempo? Probad y recuperaréis el ímpetu olvidado, la fuerza de vivir, el ansia de beberte el vaso de cerveza de un trago, las ganas de saltar, de abrazarte con todos los colegas del mundo, de comerte el mundo (olvidarás a Gil de Biedma). 

Y, bueno, todo tiene un precio. Cuando para la música, es posible que hayáis perdido las llaves de la residencia, es posible que no recordéis dónde está o hasta es posible que no atinéis con el ojo de la cerradura. Y sí, al día siguiente comprobaréis que no os podéis mover, que la noche os ha devuelto de golpe todos los años. No pasa nada, son efectos secundarios que no suelen durar más de tres días. 

Id de conciertos, a Carolina Durante, por ejemplo. En la residencia, no suenan igual, no hay efecto lisérgico. La poción no funciona. 

La foto es horrorosa, porque la hice yo. 

domingo, 7 de junio de 2026

"Matar al autor para recordarlo todo" por Jordi Abella y Vilaró




Cuando Miguel de Cervantes finge haber encontrado el manuscrito del historiador árabe Cide Hamete Benengeli, no se está limitando a jugar con la autoría y la sátira, sino que está poniendo en cuestión la propia memoria del relato. Lo que leemos no es la historia, sino su transmisión, su traducción, su reescritura. Don Quijote deja así de pertenecer a quien lo cuenta para pasar a depender del texto que lo conserva —y, al mismo tiempo, lo transforma.

Lo mismo le ocurre a Fedro cuando, en la obra de Platón que lleva su nombre —y lo tiene como protagonista—, pasea junto a Sócrates por las afueras de la Atenas clásica. Allí, Fedro, hijo de Pítocles, le cuenta al filósofo que viene de escuchar una disertación del célebre orador meteco Lisias. Intrigado, Sócrates le pide que la reproduzca ante él y reconstruya aquel discurso que tanto le ha impresionado. Entonces, Fedro vacila. No por timidez, sino por conciencia de que, al recordarlo, ya lo ha transformado:


¿Cómo dices, mi buen Sócrates? ¿Crees que yo, de todo lo que con tiempo y sosiego compuso Lisias, el más hábil de los que ahora escriben, siendo como soy profano en estas cosas, me voy a acordar de una manera digna de él? Mucho me falta para ello. Y eso que me gustaría más que llegar a ser rico.

(Platón, Fedro)

La escena es sencilla, casi trivial: alguien no logra recordar con la nitidez que quisiera dar a aquello que ha oído anteriormente. Pero esa vacilación no es trivial; revela que un discurso, al ser rememorado, deja de coincidir consigo mismo. En otras palabras, aquello que está tratando de justificar Fedro es, en esencia, la importancia de la escritura frente a la inestabilidad que presenta la oralidad en su transmisión. Un enfoque que Sócrates desarrollará durante su diálogo con él: «pero no en Lisias. Ni en tu discurso; en ese que, a través de mi boca y embrujado por ti, se ha proferido».

Platón se sirve de esta escena del Fedro para dar paso al mito de Teut, donde la cuestión adquiere una nueva dimensión. El dios egipcio —asociado a la sabiduría, la escritura, la magia y la medición del tiempo— ofrece al rey Thamus la escritura como remedio para la memoria; pero el monarca del Alto Egipto la rechaza. Es un engaño, afirma: quien escribe no recuerda mejor, pues depende de signos externos, de marcas que sustituyen la memoria viva: «llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos». El conocimiento, así, deja de residir en el sujeto y pasa a fijarse fuera de él, concretamente en el soporte escrito.

Muchos siglos después, Ludwig Wittgenstein desplazaría esa misma duda hacia otro terreno. La incógnita ya no se centraría en la escritura, sino en la propia idea de recordar. En sus Investigaciones filosóficas (1953), obra atravesada por un método cercano a la mayéutica socrática, el filósofo interrogó el lenguaje desde sus propios límites, convirtiendo la memoria en un problema más que en una evidencia.

Wittgenstein no niega la memoria, pero la pone en duda. Compartiendo el mismo recelo que el rey Thamus ante la escritura, Wittgenstein sugiere que la memoria debe configurarse a partir de imágenes mnémicas originadas en estímulos externos que, con el tiempo, asumimos como propios. Sin embargo, su reflexión va más allá: la memoria y el recuerdo no son realidades separadas, sino prácticamente la misma cosa, hasta el punto de que comprender una implica necesariamente redefinir la otra:


¿Podríamos imaginar esta situación: alguien se acuerda por primera vez en su vida de algo y dice: «Sí, ahora sé lo que es recordar, lo que hace el recordar»? ¿Cómo sabe él que este sentimiento es recordar? […] ¿Sabe él que lo que ha sentido es el recordar porque ha sido producido por algo pasado? ¿Y cómo sabe lo que es algo pasado? Justamente el concepto de algo pasado lo aprende el ser humano al recordar. ¿Y cómo volverá a saber en el futuro cómo se hace el recordar?

(Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas)

Entre Platón y Ludwig Wittgenstein se abre un abismo histórico, pero también una continuidad inesperada. En la Grecia clásica, la escritura era todavía una técnica en expansión; en el siglo XX, en cambio, ya se había convertido en el fundamento mismo de la cultura. Es decir: la memoria ya no se oponía a la escritura, sino que terminaba por confundirse con ella.

Es en este punto donde el problema deja de ser estrictamente filosófico para adquirir una dimensión cultural. El historiador Roger Chartier lo señaló con precisión al concebir la cultura como un sistema de transmisión en el que no importa solo qué se recuerda, sino de qué manera se fija, cómo circula y cómo se transforma. La memoria no es un simple depósito, sino una extensa red.

Y es en esa red donde ocurre algo decisivo. Cuando el hecho se escribe, deja de pertenecer a quien lo vivió o lo formuló y se transforma en otra cosa: un texto, un signo, un objeto disponible para el resto de la historia. Roland Barthes lo expresó con claridad y contundencia: es en ese proceso donde el autor muere, y es precisamente su desaparición la que da inicio a la escritura de la memoria.

El semiólogo francés entendía al autor como una figura moderna desprovista de verdadera centralidad: las ideas que este articula en su obra no le pertenecen en sentido estricto, sino que emergen de la cultura. En cierto modo, no son enteramente suyas, sino el resultado de un entramado previo de discursos, tradiciones y formas culturales que las ha hecho posibles. Es, por tanto, el texto lo único que perdura, aunque no como una entidad fija, sino como un espacio en constante transformación. No conserva intacta la intención de quien lo escribió, sino que la disuelve; las ideas dejan de ser propiedad privada y pasan a convertirse en materia cultural, abierta a la relectura, la mezcla y la deformación.

En esa misma dirección apuntó hace muchos años el formalista ruso Yuri Tyniánov, quien estableció que no existe una obra aislada, sino un sistema dinámico en el que los textos dialogan entre sí. Es ahí donde se configura la memoria cultural: no en la persistencia del recuerdo individual, sino en ese entramado literario donde las obras se transforman y se reescriben sin cesar.

Vista así, la escena de Fedro cambia de sentido. Su incapacidad para recordar no es un defecto, sino el síntoma de un desplazamiento. Para Sócrates y Fedro, la importancia recaía en la autoría de Lisias, en «sus ideas» y en la imposibilidad de reproducirlas con fidelidad una vez pasado el momento. Sin embargo, desde una perspectiva cultural, el valor de ese discurso reside en otra parte: en su potencial de ser fijado en la escritura, en su capacidad para perdurar más allá de quien lo pronunció. Lo importante ya no es que Fedro lo recuerde, sino que llegue a existir como texto, que pueda ser leído, reinterpretado y desplazado fuera de su contexto original.

Michel Foucault llevó esta misma idea al extremo al vincular la escritura con la misma muerte. Para el filósofo francés, el autor debía desaparecer para que su obra circulase. Solo cuando se rompe el vínculo entre el texto y su origen, la escritura deja de estar anclada a quien la produjo para abrirse a una multiplicidad de sentidos.

Como los héroes de la mitología griega, cuya muerte garantiza su eternidad, el autor debe sacrificarse para entrar en la memoria colectiva. La necesaria muerte del autor —una suerte de defunción simbólica—, como la de los héroes griegos, consagra sus ideas a la cultura compartida y permite que cobren vida en el imaginario del lector.

Hay, en todo esto, una paradoja inevitable. La escritura, que Platón presenta como una amenaza para la memoria, se erige como la llave que permite su expansión.

Existe, de hecho, un recuerdo más poderoso que la memorización intelectual y oral: el de la literatura, capaz de perdurar, de circular y de ser compartido por todos los que integran una cultura. No se trata ya de la memoria individual, frágil y cambiante, sino de otra cosa: una memoria impersonal, acumulativa, potencialmente infinita. Tal vez por eso, al final, no fuera Thamus quien tuviera razón, sino Teut. Porque es en la escritura —y en la memoria que esta proyecta más allá del individuo— donde el conocimiento encuentra su forma más duradera.

Ya lo dejó caer Jorge Luis Borges —quién si no— con su habitual ironía: «Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que, tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo» («Funes el memorioso»).