martes, 13 de octubre de 2026

"Lo que vio el poeta: la España de Rubén Darío" por Andrea Calamari




El mundo está cambiando.

No son pequeños ajustes de intensidad o tono. Es otro.

El mundo es otro. Amplio, vital, conectado.

¿Cómo habitar un mundo en ebullición?

Habrá que moverse.

Hace tiempo ya que la calurosa Metapa le ha quedado estrecha. No alcanza el poblado (una arbitrariedad de nacimiento, esa sabana de piedra) para satisfacer los ojos y los oídos de un poeta. Tampoco es suficiente un país encerrado entre el Atlántico y el Pacífico. Se desborda. Demasiadas palabras para tan poco espacio. Demasiados versos. Deberá sacarlos fuera. Deberá ponerse a andar el poeta. Moverse. Se inventará un nombre, buscará sus patrias. Será del mundo.

León, Managua, Granada (la de acá, la americana; ya habrá tiempo para conocer la otra, la europea), El Salvador, los alejandrinos, la viruela, la vagancia, la fama; una fama primera y pequeña, de entrecasa.

Deberá buscar más lejos. Será Chile, entonces: Valparaíso, Santiago, las mujeres, Azul…


¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.

Hay unos versos nuevos que brotan desde América y atraviesan el océano. ¿Cómo han de leerse?

«L’art c’est l’azur». El arte es lo azul; el poeta lo hace libro. Ha iniciado una revolución en las letras. ¿Lo sabe?

Desde aquellas tardes incendiadas de palabras en Metapa, el poeta supo que escribiría para embrujar y salió en busca de su destino, que no contemplaba el anonimato. Eso lo entendió desde siempre.

Seguirá Buenos Aires y de vuelta a Nicaragua. Después Lima, San Salvador, una esposa, Guatemala, sonetos áureos, Costa Rica, un hijo, La Habana, Panamá, otra esposa, Nueva York y otra vez Buenos Aires. Será cónsul, será dandi, será periodista; lo enviarán a Europa, conocerá París (por fin, París), recalará en España. ¿Su tarea? Deberá enviar cuatro crónicas mensuales para La Nación, de Buenos Aires. Quieren saber cómo está el viejo imperio tras la derrota en Norteamérica y la pérdida de sus colonias.

Darío les dará mucho más que eso: mostrará las ciudades y las gentes; irá al teatro, a misas y procesiones; hablará de toros, reyes, políticos, gitanos; recorrerá fiestas y tablaos; probará comidas, tragos, sombreros, mujeres.

¿Cómo contar una mirada?

¿Cómo referir las palabras sin dañarlas?

Lo que sigue son algunas de las impresiones y pinturas que Rubén Darío dejó por escrito sobre la España que pisó el primer día del último año del siglo.


1° de enero de 1899. Con el pie derecho, piso el continente y la tierra de España.

BARCELONA, tan universalizada más que europeizada.

En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda.

En todos está el mismo convencimiento, que tratan de sí mismos como en casa y hogar aparte, que en el cuerpo de España constituyen una individualidad que pugna por desasirse del organismo al que pertenecen, por creerse sangre y elemento distinto en ese organismo.

Y riente, alegre, bulliciosa, moderna, quizá un tanto afrancesada y por lo tanto graciosa, llena de elegancia, Barcelona sostiene lo que dice.

Os hablé de la mina de energía, del vasto yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña; y admiré la riqueza y el movimiento productor de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen mirar a la cortesana cigarra de Castilla.

Sano y robusto es este pueblo desde los siglos antiguos.

La generosa y gallarda Barcelona alza la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que vio partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de España? Yo no lo creo ni lo noto ahora.

Entretanto, trabajan. Ellos han erizado su tierra de chimeneas, han puesto por todas partes los corazones de las fábricas. Tienen buena mente y lengua, poetas y artistas de primer orden; pero bien ricamente provistos de ingenieros e industriales.

MADRID, invariable en su espíritu.

El buen humor tradicional de nuestros abuelos se denuncia inamovible en todas partes. El país da la bienvenida.

Los cafés llenos de humo rebosan de desocupados, entre hermosos tipos de hombres y mujeres.

Entretanto van llegando a los puertos de la Patria los infelices soldados de Cuba y Filipinas. No está por cierto España para literaturas, amputada, doliente, vencida.

Y el madroño está florido.

Mientras más voy conociendo el mundo que aquí piensa y escribe, veo que entre el montón trashumante hay almas de excepción que miran las cosas con exactitud y buscan un nuevo rumbo en la noche general.

En lo intelectual, las figuras que antes se imponían están decaídas o a punto de desaparecer; y en la generación que se levanta, fuera de un soplo que se ve venir de fuera y que entra por la ventana que se han atrevido a abrir en el castillo feudal unos pocos valerosos, no hay sino la literatura de café, la mordida al compañero, el anhelo de la peseta del teatro por horas.

Madrid es religiosamente incoloro.

El modesto Manzanares no es muy propicio a los cisnes.

ARANJUEZ, donde viene a la mente la España Negra.

Su Versalles recuerda a una coja encantadora en la historia. Aranjuez guarda aún el perfume de una tuerta hechicera.

Bien vale un viaje a este bello buen retiro de los príncipes castellanos; hay en los ambientes de los jardines y alamedas como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el poeta que sepa despertarlos.

TOLEDO, concreción de tiempo.

Inmóvil y seca como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de lugar una carcajada.

No caben, al calor que abrasa la aridez de Castilla, otros amores que los tristes o fatalmente trágicos.

MÁLAGA, llamada la Bella.

La dulce Málaga, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración.

Una parte de la tierra de María Santísima, con dos partes de la tierra de Mahoma.

El progreso aquí en Málaga, ha traído los altos hornos y se ha llevado los encantos de antaño.

Un pueblo pobre, falto de sangre y de trabajo.

El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña.

Día de mar agitado en la playa malagueña: el agua, que tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que gritaban: «¡El mar se sale!»

Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma.

GRANADA, el viejo paraíso moro.

Abierta al sol, como el fruto de su nombre.

He mirado la corteza rugosa de la antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio corazón.

La encantadora ciudad se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel. Razón tuvo el rey que lloró como una mujer…

Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a recibir una nueva revelación de la belleza de la vida.

No he de negaros que he evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos, sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias.

Hay algo de inaudito y de fantástico en todo esto.

Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras, aéreos calados, baños, jardines, miradores… Aquí encuentro que había Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran buenos, eran fuertes y eran artistas.

Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el amor»

He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo, «anywhere out of the world!»

SEVILLA, su alma habla en la soledad silenciosa.

Aunque es invierno, he hallado rosas en Sevilla.

No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro. Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro. Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero…

El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus jardines.

Los altares arden en luces y oros.

La Semana Santa con sus esculturas artísticas, sus vírgenes vestidas como emperatrices bizantinas: todo oro, terciopelo, hierro y más oro.

Junto a todas esas manifestaciones de religiosidad nefasta y milenaria encontraréis siempre la guitarra, el vino, la hembra.

En ciertos templos andaluces el catolicismo deja ver a través de sus adornos y símbolos las líneas y arabescos moriscos: en las almas pasa algo semejante. Cierto es que Mahoma sonríe más que Jesucristo en los ojos sevillanos de bautizadas odaliscas.

Las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto, pues, maravilla.

Sevilla parece que regase sus matas de claveles con la sangre de esas feroces soavetaurilias. Aquí las fiestas de toros son inseparables del fuego solar, de las mujeres cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la alegría furiosa de la tierra; la corrida es una voluptuosidad más.

La Sevilla de las estocadas de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas de Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que ser la Sevilla del clásico toreo.

CÓRDOBA, la patria de Séneca y de Lucano.

No he podido menos que tener presente en mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino que el nombre imponía el recuerdo.

Veo grupos de gentes estacionados en la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata» las horas.

La estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén.

De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César quedan, cuando después de ser cartaginesa fue romana. Como colonia patricia consta en las medallas y en los libros que fue notable.

Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir.

Fue goda y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco. Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores califales;

Ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal.

GIBRALTAR, una lluvia de libras esterlinas.

La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal. Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los muelles y escolleras.

Este Peñón es el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre África, y el Mediterráneo que vio en lejanos tiempos la omnipotencia latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas —on the waves.

Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel. Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están ante mi vista.

Muchos ojos vigilantes.

Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de dirigir a la vecina África, cuyas costas se divisan, alzándose en el fondo el grande Atlas.

Yo soy aquel que ayer no más decía

Las crónicas de Rubén Darío llevan en sí las marcas de su autor. También las de su tiempo: lo viejo y lo nuevo se entremezclan y confunden como lo hacen los siglos. El cronista poeta cede al impulso de registrar lo nuevo y desconocido con mirada de turista. En el mismo acto, viene a corroborar todo aquello sobre lo que ha leído.

También ajusta cuentas.

Hay constelaciones de nombres propios, referencias, críticas, arbitrariedades.

Hay vistas panorámicas y primeros planos ricos en detalles, hay miradas desde una ventana, desde un barco, desde un funicular, desde la mesa de un café, desde la calle.

Hay exaltaciones y lamentos.

Hay color local, pinceladas finas, pintoresquismo tradicionalista.

Hay retratos, comentarios, glosas, provocaciones, críticas, reclamos.

Hay fascinación, hastío, decepciones.

Hay intervención estética y programa cultural.

Hay experiencia.

Hay ensayo.

Las citas corresponden a los libros España contemporánea. Crónicas y retratos literarios (1901) y Tierras solares (1904).

lunes, 12 de octubre de 2026

Rapún y mi padre




Sí, yo también he visto La bola negra y al salir del cine he buscado en el móvil a Rafael Rodríguez Rapún, el amante de Lorca, al que solo conocía de oídas. Me he quedado muerto. En las escasas fotografías que hay de él, lo podría haber confundido con mi padre perfectamente. Aquí tenéis las pruebas. Eso sí, mi padre era más guapo. ¿Quiere decir esto que si Lorca hubiera conocido a mi padre se habría enamorado de él? ¡Ojalá! Bueno, no, mejor dejar las cosas como están, porque de otro modo no podría estar redactando este documento tan valioso. Por cierto, él también jugó al fútbol como demuestra una de las fotos. Y este es el análisis que un filólogo con el título caducado os puede hacer de la obra poética y amorosa de Lorca. (Por cierto, mi padre siempre es el de la izquierda cuando hay más de uno). 


 

viernes, 9 de octubre de 2026

Atención Educativa


 Por supuesto nunca he entendido que se dé Religión en los institutos públicos, por lo que la asignatura de Alternativa a la Religión o Atención Educativa se convierte en un verdadero misterio en donde, incluso, se nos prohíbe dar materia (de cualquier clase). Tremenda paradoja. Hoy, de todas formas, con un alumno de 1º de esta materia/no materia he tenido una revelación. Se ha puesto una especie de turbante y le he preguntado de qué se había disfrazado. Me ha respondido que de Virgen María. Ahí está la solución. Ya le he encontrado sentido a esta materia y sé lo que vamos a hacer a lo largo del curso. Entusiasmado estoy. Y no, no es un viaje a la Warner.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Azules





Los días azules de Machado están en el aula. A veces, y no pocas, las chicas, sobre todo ellas, se desangran literalmente en una exposición oral y reviven (de veras) la nostalgia del poeta. Chicas de 17 años cumplen de repente 63 o se sientan en una silla de ruedas, enfermas, nostálgicas y oyen el rumor del Duero y te trasladan con su emoción a los chopos grabados por el amor adolescente, tatuada su piel con versos firmes y corazones de savia. Estos días azules, estas voces jóvenes que añoran antes de tiempo no haber visitado Colliure, o se identifican con el amor mórbido de Leonor. La poesía, la auténtica, es esto, es carne de palabra acurrucada en el paladar de una alumna que, sí, no exagero, extraña el desaliño de un poeta, extraña su infancia en un patio de Sevilla, sus chaquetas chamuscadas, su Guiomar misteriosa, su voz en el tiempo. Hoy he vuelto a Machado como se debe, guiado por la inocencia y el entusiasmo de 17 años esplendorosos. Aún sigo con la carne estremecida y la piel tan erizada, que “de gallina” no me sirve. Esa luz de la infancia.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Triana



Oír a Triana, donde sea y a la hora que sea, te estropea el concepto de cotidianidad. Nada es vulgar ni rutinario ni torpe si te rodea esta banda. La voz del muerto se engancha con las uñas a una jeringa, a un subidón casi eterno, que cae sin aviso, en picado, en cuanto el batería deja de darle porrazos a los platillos. Y vuelve la murria, lo adocenado, los herederos de Julio Iglesias. ¡Eh!, espera, no, ahora cante jondo. ¡Qué antro es este!

domingo, 13 de septiembre de 2026

Informe Pisa


 

Beben menos alcohol, fuman menos hierba, escuchan reguetón, son mucho y muy españoles, van en masa a ver al papa y tienen profesores como yo. No sé por qué os sorprenden los resultados del informe PISA. 

domingo, 30 de agosto de 2026

Fontanería



Acabo de descubrir (a la vejez, viruelas) que mi habilidad no es dar clase ni escribir ni jugar al fútbol, sino la fontanería. Ahora me doy cuenta, ahora, después de desperdiciar años y años haciendo cucamonas en el aula, estrujándome las meninges en el folio en blanco y pegándole patadas a un balón. Sin ninguna preparación previa, he desatascado las tuberías de mi casa, todas. En la vida había estado más satisfecho. Ni al terminar un buen curso, ni al ponerle fin a una novela, ni al marcar un gol. Por qué no probaría yo la sensación de la auténtica gloria mucho antes. Les habría ahorrado a mis alumnos y a mis lectores (jajajaja) muchas horas de sufrimiento. Es tarde ya para fundar una empresa, pero he bajado corriendo a la ferretería a comprarme el paquete completo del buen fontanero. Es una sensación incomparable, como la de ver a tu patrona procesionar en plenas fiestas.

jueves, 27 de agosto de 2026

Farmear aura



Empecé mi carrera cayéndome de espaldas tras tropezarme con el entarimado del profesor. Fue una señal. Cuando me vi por los suelos, mientras los bigardos de 4º de Diver se partían la caja, me dije a mí mismo, “aquí ha acabado mi carrera de profesor, de mí no se ríe ni Faemino y Cansado”. Hasta ahora. Perder el miedo al ridículo es buenísimo para esta profesión. La risa es fundamental, aunque seas tú quien la propagues. Eva no estaba de acuerdo en este punto y seguro que llevaba razón. Yo he llegado al absurdo de considerar que cuando haces reír a alguien ya lo tienes rendido a tus enseñanzas. Ella creía que esto era una gilipollez, y es posible que tuviera razón. No, es seguro, porque lo único que he constatado con la técnica del cachondeo es que sí, lo pasamos mejor, pero no aprendemos nada. Bueno, sí, a farmear aura.

martes, 25 de agosto de 2026

En el Pérez otra vez

 




He vuelto hace poco al Pérez, al Bar Pérez de Utiel, el mejor lugar del pueblo, con diferencia. Ya no tengo 16 años, cuando tanto tiempo pasaba allí, pero si me paro a recordar, no sé quién era ese adolescente que se reunía en los ochenta con su pandilla. El café, con su estupenda restauración, es mucho más reconocible que uno mismo. Los espejos biselados que recorren los divanes son iguales, cambian los rostros que se reflejan en ellos. Los tahúres y las boinas han desaparecido. Algunos chiquillos corretean sobre las maderas por donde arrastraban las botas los viejos y los borrachos. Los ratoncillos ya no asoman el hocico por los huecos de las tablas. No hay mugre, ni cafés del tiempo prefabricados del día anterior. No hay humo, no nos lloran los ojos al entrar. Ha desaparecido la televisión, siempre con una corrida de toros eterna o con una película porno. Tampoco hay máquinas tragaperras, en su lugar, una estantería ¡con libros! Los grupos reunidos alrededor de las mesas redondas de mármol no cantan las cuarenta, ni discuten con el caliqueño colgando de los labios. De fondo suena jazz, ¡jazz!, sustituyendo a los olés de la televisión. Ya no asusta llegar hasta el váter por aquel pasillo angosto que desembocaba en una oscuridad inquietante y unas paredes rebosantes de orines. 

Después de este retrato, tendría que dibujarme a mí mismo. No es necesario, toda esa decrepitud del local antiguo, sería análoga a la corrupción moral de mi adolescencia. Lo peor es que yo ne he podido reparar el tapizado, ni limpiar la costra de mugre, que todavía me envuelve. Me he restaurado a la inversa: la lubricidad y la alegría de la juventud las he sustituido por una tristeza solitaria e insondable.    

Los masáis y la adolescencia


 

¿Qué se soporta mejor, ser adolescente o aguantar a un adolescente? Ser adolescente es una batalla complicada, sobre todo si eres inteligente  y tienes ideas propias o exhibes un físico no muy a la moda o si eres de una raza distinta a la general o si tienes alguna tara física o psíquica. Quien debe aguantar a un adolescente, bien sea por paternidad, o por profesión se enfrenta a una tremenda labor. La madre que lidia con una o dos criaturas de esta edad, puede hacerse una ligera idea de lo que es contender con treinta de estos especímenes a la vez. En ocasiones, un infierno. A mi hija le sugerí una vez que contemplara la posibilidad de ser profesora. No lo pensó ni un minuto: "¡Ni de coña!". Recuerdo que mi padre me preguntaba una y otra vez que cómo era capaz de aguantar a críos de quince años sin darles una hostia. Era bastante impulsivo, y, sin embargo, lo comprendí. Pero bueno, a lo que íbamos, ¿es más difícil aguantar a adolescentes o ser adolescente? Todo parte del mismo origen. La adolescencia es un invento de las sociedades modernas. Los masáis solucionan este tránsito con la cacería del leopardo. Si no la concluyen con éxito, mala suerte y menos problemas para los pedagogos (¿os imagináis a pedagogos masáis?) PD: No tengo ni puta idea de los ritos masáis. Este argumento inventado me habría restado puntos en la selectividad. Ya no sé por dónde iba. De verdad, me embarco en unos temas que no sé por dónde meterles mano y, encima, me invento unas preguntas que parecen sesudas, pero no es así. "Adolescens", el que está sin terminar, así acabo esta idiotez. Y espero que todos consigan cazar al leopardo, bueno, no, que no está bien matar especies protegidas.     

lunes, 24 de agosto de 2026

Edimburgo V: "Una estampa escolar"


 

A pesar de haber remitido un tanto el calor, aún añoro Edimburgo, y no solo por las temperaturas, ni por los pubs, ni por la cordialidad de los escoceses... Hasta de sus museos me acuerdo. Sobre todo del cuadro que ilustra esta entrada. Se trata de una situación cotidiana en una escuela inglesa del siglo XIX. Una estampa ante la que comprobamos que, por lo visto, una clase repleta de adolescentes, es una clase repleta de adolescentes, en el XIX y en el XXI. Poco ha cambiado la naturaleza de los púberes, a pesar de lo que digan o propongan los pedagogos. 

Si os fijáis bien, al fondo, a la izquierda, un viejo maestro atiende a dos niños. Uno de ellos parece seguir las correcciones del profesor; la chica, descalza, espera paciente su turno. Mientras tanto, en el fondo, junto a la puerta, el grueso del alumnado pelea, disputa y se atropella, no sabemos si por salir cuanto antes de la clase o porque se han enzarzado en una pelea. En la esquina derecha, dos niñas (una sentada y otra de pie), esperan pacientemente a que se aclaren sus compañeros. Alejadas lo suficiente como para no sufrir las consecuencias de su brutalidad. El viejo maestro, o no oye o no quiere oírlos, porque el escándalo de los muchachos pendencieros parece escucharse a través del cuadro. 

Pues bien, nada se parece más a una clase de tercero de ESO del siglo XXI. Ellas, motivadas, maduras, juiciosas, como de una raza distinta a la de ellos: escandalosos, asalvajados, pendencieros y sin ningún interés por lo que diga o proponga un viejo profesor. ¡Qué sosegada edad la temprana adolescencia! ¡Qué alegría volver a compartir próximamente las cuatro paredes del aula con estos infantes atolondrados! ¡Qué siervos tan fieles, "si ovieran buen señor"! O un señor con más energía y menos años, porque, como podemos adivinar en el cuadro, es mucha la paciencia y, sobre todo, el cuajo y el ímpetu necesarios para apaciguar a semejante jauría. Por cierto, el pintor se llama Sir George Harvey y el cuadro está en la Galería Nacional de Edimburgo. No todo van a ser cervezas y güisquis.    

viernes, 21 de agosto de 2026

Edimburgo IV: "Güisqui"


 

25 mililitros de güisqui no es nada, nada. Eso es lo que nos sirvieron en la destilería Johnny Walker antes de empezar la visita. 25 mililitros es un hilo en el vaso redondo que no llega a mojarte el primer incisivo. De todos modos, la visita a la destilería merece la pena, sobre todo por la impresión de laboratorio futurista de corte frankensteiniano. Y también por los tres cócteles (maravillosos) que nos sirvieron. 

Y lo mejor de todo es que, al salir de la destilería, nos colamos en una de las innumerables iglesias góticas de Edimburgo y esta no estaba desacralizada. Nos topamos con una misa en toda regla y con un coro de querubines, que, después de los líquidos espirituosos, nos supieron a gloria (los licores de malta tienen esa virtud). Hacedlo como visita turística, es un aliciente. Id al tour de la destilería y, después, os metéis en esa iglesia donde los querubines cantan como los ángeles. Eso sí, buscad un pub para purgar vuestros pecados como conviene, no lo hagáis de cualquier manera, un pub familiar donde se pueda refrescar la intensidad del güisqui de malta. Después de ver por tercera vez los Tudor, yo comprendo mejor esta afición por las traiciones en los rincones de las capillas y por las escenas eróticas de dosel y orinal. Supongo que en el XVI no había clubs de alcohólicos anónimos. Bueno, la Inquisición iba por ahí, peor no pudo con el güisqui de malta. Adam Smith es de los pocos que pudo competir con la industria religiosa.  

jueves, 20 de agosto de 2026

Edimburgo III: "Pubs"


 

Esos lugares donde llueve a cántaros; donde la intemperie es hostil con el paseante; donde, salvo alguna semana del verano, no hay forma de atravesar la calle sin embarrarte los zapatos; esos lugares, digo, suelen ser propicios también a estar plagados de refugios confortables, remansos que ayudan a la reunión, a la conversación y a la sublimación del estro. 

Bueno, lo que quiero decir es que en Edimburgo hay unos pubs cojonudos. Y estos templos sí, los pubs, despiertan con mucha más intensidad la espiritualidad que la más espectacular catedral gótica. Lugares poco iluminados que esconden divanes tan antiguos como cómodos, con espejos modernistas y mobiliario de madera rancia, la mayoría de ellos con música en directo y bebidas espirituosas de todos los calibres. Sí, mi espíritu flota, se convierte, levita, abrumado por la confortabilidad de estos antros donde no alumbra el sol, sino la luminosidad milagrosa de la charla cervecera. Y os aseguro que cuando entramos en el primero de ellos pedí un agua, lo hice de cinco maneras diferentes: "water, wate, wata, warer y wara". Cuando vi que no había forma de que la voluntariosa camarera me entendiera, tiré por el camino más fácil, por el que me sabía desde Dublín: "two paints" y, oye, a la primera. Esa y no otra fue la causa de que nos aficionáramos enseguida a transustaciarnos con la cerveza. El agua es más para beber en casa o en mitad del campo o en la pausa de hidratación. La cerveza eleva el espíritu y refrigera las meninges acaloradas por el cambio climático, que se lo pregunten a Baudelaire, a Valle, a García Pavón. Ellos, los escoceses, suelen completar el combinado con chupitos de güisqui. Nosotros estamos en la fase de aclimatación. 

Y en esta sección sí que os voy a dar algunos nombres, porque de las iglesias no me acuerdo, pero de estos peldaños que llevan al paraíso, sí: "Bennets", "Conan Doyle", "Barony", "Dirty Martini" "Mckays", "Bobby"... y cientos más. Casi lloro el día que nos fuimos por la impotencia de no poder visitarlos todos, todos, esa habría sido mi gran ilusión. 

Y en este maridaje de espiritualidad y pubs no puedo dejar de mencionar los lugares más emblemáticos de la ciudad: las iglesias desacralizadas. En una de ellas, hay un centro cultural islámico. ¿Alguien da más?, pues sí, otra, decorada como el laboratorio de la película Frankenstein de los años 30. Da igual que estuviera atestado de gente, da igual que la cerveza fuera demasiado ligera, da igual. Mirábamos hacia arriba y veíamos las bóvedas de la iglesia y el coro, a la vez que una camarera sonriente nos acercaba las "two paints" y en los altavoces no sonaba un miserere, sino los Ramones. En éxtasis estuvimos, como santa Teresa, o casi.      

miércoles, 19 de agosto de 2026

Edimburgo II: "Hume"


 

Al filósofo David Hume, los turistas le abrillantan el dedo gordo del pie, no sé si con la mano o con la lengua, no me paré a comprobarlo. Por supuesto, no su dedo real, sino el de la estatua que lo inmortaliza en Edimburgo. A David (me gusta tratar a los intelectuales con familiaridad) le habían cagado menos las gaviotas que a Adam Smith, su explicación tendrá. Pulirle el pie a un filósofo famoso es uno de los privilegios (y casi obligaciones) que te concede la condición de turista de pura escuela, junto a la de abrazar santos de piedra, colocar candados en los puentes, lanzar monedas en los estanques, hacer colas larguísimas para comer patatas bravas o hacerse selfis con famosos. Sobre las teorías de Hume y su relación con la condición del turista, os hablaré otro día, cuando le dé un repaso a los libros. Seguro que encontramos una conexión. 

Sustituimos el placer de abrillantar dedos de los pies por otros más enjundiosos, como el de visitar cementerios, con lo que la agenda (inexistente) se empezaba a cargar bastante. Esta ciudad es inabarcable para un turista escrupuloso. En Edimburgo visitamos al menos dos cementerios, que yo recuerde, y la verdad es que es una delicia pasear por sus senderos y praderas, acompañados por los nombres de los antiguos habitantes de la ciudad, algunos sepultados dentro de panteones de relevancia estrambótica. En uno de estos lugares, unos muchachos habían instalado su tienda de campaña. Ningún sitio más tranquilo para acampar: céntrico, con buena comunicación, limpio, conexión con el más allá (a falta de wifi) y vecinos poco escandalosos. Eso sí, el desayuno no está incluido, aunque siempre puedes encontrar un "hagi" en cualquier rincón. En el otro camposanto, había un mercadillo de artesanía y bastante animación, pese a las historias de fantasmas que suelen contar los guías de los Free Tour para que les prestemos un poco de atención. 

En Edimburgo, además de turistas y titiriteros de toda laya y condición, vive gente (creo). Sobre todo hindúes, paquistaníes, chinos y un camarero de Ronda. Son fácilmente identificables de los escoceses de origen y no por la falda precisamente. Parecen salidos todos ellos de una misma caldera, donde les aplican lejía en el cabello y colorete en las mejillas, como angelitos de Rubens. Su cordialidad y atención nos alegraban el día. Y esto se agradece todavía más en lugares donde el turismo es avasallador. Dejo para mañana los pubs, lugares de culto.

sábado, 15 de agosto de 2026

Edimburgo I: "Adam Smith"






Llueve en Albacete y la lluvia me lleva a Edimburgo, aunque solo nos mojáramos uno de los seis días que estuvimos allí. 
Hay lugares que se fijan en las entretelas del cerebro con un pegamento permanente. Añoro Edimburgo, como si hubiera vivido allí varios años. Lo extraño por su verano otoñal, por su real milla, por tantas y tantas cosas que podría elegirla como lugar ideal de veraneo, a pesar de haberle dedicado una estatua al desgraciado de Adam Smith. Las gaviotas, afiliadas a la FAI, le riegan la cabeza con su guano, un bello signo contra el liberalismo económico. Es esperanzador ver su cabello lleno de mierda, aunque el funcionamiento de la ciudad sea de lo más smithiano: cada vez que pides “The bill” te sacan el tuétano, un riñón y la caja torácica. 
Extraño a los comefuegos, a los titiriteros, a los cantantes de calle, a los funambulistas… a pesar de la muchedumbre, a pesar de la mercantilización del arte. Extraño la piedra negra de sus edificios, su medievalidad del XIX, romántica, que provoca disputas entre guías turísticos. Todos los que sufrimos la furia del fuego canicular venderíamos a nuestra madre por vivir en un lugar donde se enciende la calefacción en agosto. Gloria (en la acepción romana) bendita.