Ostuni es un pueblo blanco, suspendido en una plataforma de rocas, ¿o era Monopoli o Matera o Alberobello o Lecce o Polignano a Mare o Bari?... En fin, han pasado varios días desde que estuvimos en el tacón de la bota, no tomé apenas apuntes y ahora se mezclan las imágenes de todos los lugares en algarabía, en un collage impresionista, de donde sobresalen algunas imágenes filtradas por los caprichos de la memoria.
Allí al fondo, al pie de un acantilado aparece Domenico Modugno ¿o era Adriano Celentano? con los brazos en aspa a punto de lanzarse sobre el mar turquesa inabarcable. Canta "Volare" y se convierte en gaviota para otear desde el cielo el esplendor de la costa. Cuevas frescas, encaladas, donde se da de comer y beber al turista, iglesias con ventiladores y caballos sacados de una falla valenciana. Una playa pequeñita, atiborrada de gente, con un nombre cautivador: "Pane e pomodoro". Hombres curtidos por la canícula cantan tarantelas y las parejas bailan al sol antes de pegarse un chapuzón en un mar que apenas te llega a la cintura, un mar de piscina de niños. Señores mayores, adornados con pulseras y tatuajes de legionario, sentados en sillas de camping observan cómo se apuran los paquistaníes por vender sombrillas y sombreros. Un loco lanza una barra de hierro contra la cámara que vigila los movimientos de los bañistas. La policía le invita a abandonar la arena.
Más allá de las vías, además de a Bud Spencer, está la mejor pizza del mundo y la mejor carne de la tierra. Buscadlas, aventuraos, no está bien que nombre los restaurantes, no os voy a dar todo hecho. Lugares propicios para beber y comer: una cueva abovedada, refrigerada por un ventilador gigante y adornada con un trombón abollado. Una farmacia antigua, habilitada para dar refugio al sediento y un pequeño restaurante, alejado del tráfago turístico, donde nos sirvieron por tres veces ambrosía, tampoco es necesario que os dé más pistas. Buscad, buscad, en la búsqueda está gran parte del placer del viaje. Una universidad donde pudimos oír a un brillante cantante italiano y pudimos beber el peor brebaje que sirven por estos lares, el Aperol. Y de tapas, taralli, rosquillas con poca gracia, que empapan bien la cerveza. Un paseo alrededor de Bari (seguro) donde el libro es el protagonista de todas las carpas y actuaciones.
Y un tren cómodo, puntual, fresco, capaz de atravesar el tacón de la bota tantas veces que desordena sus pueblos y aturulla los recuerdos. En Italia, el tren es el sextante del buen turista.






