sábado, 7 de febrero de 2026

Fargo y el cáncer




Aturdido por el güisqui, recoge datos sobre asesinos televisivos sin escrúpulos. Habla con ella. Comenta los episodios, sonríe y busca su complicidad, sí, la de la ausente. Para contarlo, busca el punto de vista adecuado, la voz narrativa correcta. Es difícil.

El matrimonio ideal está preocupado por ocultar el cadáver. Ha muerto atropellado un asesino lerdo, con la nariz llena de nicotina. La sangre no es problema, él es carnicero. Ella, una loca deliciosa, con ansias de libertad y muchos pájaros en la cabeza. Atardece para mí. Se lo digo a ella, “atardece”. Es posible que no me oiga, esta tarde creo que sí. Poco importa. Atardece no, el crepúsculo. El indio también es un asesino sin escrúpulos. El indio mata conejos y humanos, con la misma indolencia. No sé si te acuerdas, esta ya la vimos. Atardece, perdón, el crepúsculo.

Otro matón se acuesta con la hija turgente del mayor loco del mundo. A él le ha sorprendido que ella le metiera el dedo por el culo. Añora los setenta. Él es negro. Si lo supiera el padre de ella, lo despellejaría vivo. Aún nota su dedo en el culo, era el pulgar. Sonríen con la escena. Vuelven a sonreír, el pulgar de la joven rubia en el culo del negro asesino.

Mientras, la otra, la mujer del policía, no se desespera con la metástasis, como tú. Entereza, valor, fragilidad. Yo alucino. El narrador alucina. La voz neutra alucina. Ni una queja, ni un gemido fuera de lugar. Entereza, alucino. Solo una súplica: “¡Mátame!” No sabe si debería haberle obedecido.

Los asesinos pactan, la jefa tiene mi edad, bueno, la edad del narrador. “Dame la mano”, aunque no estés. Sabes que la reunión de los asesinos no puede acabar bien. Las balas se precipitan, los muertos van apilándose.

La peluquera se deja convencer por su jefa (la peluquera es la de los pájaros). No cede. Quiere liberarse. Ella te gustaba, mucho, te sentías representada por ella. No me extraña. Aparece de nuevo el indio. ¡En el congelador, en el congelador!, ahí está el cadáver que busca (como en mi novela).

La jefa se amarra a su marido en la cama, a pesar del ictus. Decide ir a la guerra. El cáncer es una guerra, una guerra perdida. No hay una frontera clara entre el bien y el mal. Lo dice el policía de Minnesota. Confío en él, pese al tufo moralista. Soy el narrador en tercera persona.

Mientras Reagan da un discurso en el que alaba a la familia, los clanes mafiosos se masacran con escopetas recortadas y navajas de Albacete (sangre contraria). “No le daría nunca la mano (a Reagan) porque hizo una película con un mono”. Le da la mano con mucha fuerza. Personaje sin palabra.

¿Estás ahí?, sí, está ahí. La joven rubia se ve de nuevo con el negro. Esta vez no hay dedos, solo recriminaciones por los asesinatos. No son Romeo y Julieta, no. Aclara él. Le enseña la cabeza cortada de su jefe, muy bien empaquetada en una caja de repostería.

Sigues aquí, a mi lado. Todos están muertos (o casi todos). Ellos son muertos de ficción. Tú, no. El güisqui distingue unos de otros. Al final todos morimos, la vida es una broma. La empleada de la carnicería cita a Albert Camus. Cráneo privilegiado. ¿Tú, dónde estás? Es muy difícil saberlo. Sí, ahora aquí, con él. Pero, ¿luego?

La ayudante, nihilista, del carnicero se enamora del asesino en ciernes. Está tullido. Él también ha leído a Camus. Antes de entrar en el negocio, le obligan a ir a la universidad. No se atreve a matar al carnicero. Normal.

El policía de Minnesota y Ronald Reagan coinciden en los urinarios. Reagan es gilipollas, también en las distancias cortas. La mujer del cáncer está siempre animosa (como tú). No sabe si tiene hambre o ganas de vomitar. Tú no tenías hambre. Nadie sabe qué decirle, ni siquiera su padre. Yo, a veces, tampoco sabía de qué hablar. “Me muero”, qué se puede responder. Ojalá y te hubieran dado un placebo como a ella. Estoy cabreado, muy cabreado, casi como los hermanos de la familia de asesinos. Pero no sé a quién agredir, ¿al oncólogo, al radiólogo, a las enfermeras, al tiempo, a Camus? No lo sé.

Todo se desmadra. La del cáncer elige cuidar de los suyos, aún puede, bueno, no, porque ya no come (tú tampoco). Igual. Está sola. El carnicero muere desangrado en una cámara refrigeradora. Ella nota el cáncer, “es el lado pocho del melocotón”. Camus no tiene ni idea. “Tranquila, me quedaré contigo”. Anochece. Ya no hay ni crepúsculo.

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