Secciones
lunes, 1 de junio de 2026
60 AÑOS
miércoles, 27 de mayo de 2026
"Goethe en Italia y el arte de habitar provisionalmente en tiempos de movilidad global" por Eduardo Sastre
miércoles, 20 de mayo de 2026
"Shakespeare bajo la lupa del siglo de la razón" por Teresa Galarza Ballester
SADOSINTAXIS Lección 8: "La oración impersonal"
SADOSINTAXIS Lección 7: "Activas y pasivas"
Sadosintaxis: lección 6, "la partícula "se"
Sadosintaxis: lección 5, "la oración copulativa"
Sadosintaxis. Lección 4: "el sujeto paciente y el complemento agente"
Sadosintaxis: lección 3, "complemento circunstancial de amor"
Sadosintaxis: lección 2, "coordinadas copulativas"
Sadosintaxis: Lección 1, "la subordinación sustantiva"
"El viaje de la épica: de los ríos de Babilonia al mar Egeo, ¿dónde nació la tradición literaria occidental?" por Jordi Abella i Vilaró
En mayo, por mayo
En mayo, fue por mayo cuando nos comunicaron la condena, a muerte, esa era la condena, a muerte. Nadie, ni el más avezado de los humanos, está listo para semejante maldición. Esperamos en una sala cómoda de la Quirón. El médico llegaba tarde, con un casco de moto en la mano. Nos llamó su enfermera, pasamos a un cutre dispensario. Él, con desparpajo nos dijo, "no, aquí no se muere nadie"(embustero). Respiramos, respiramos hondamente. El médico llamó a la enfermera para que se llevara a Eva a pesarla y, a solas, me comunicó el diagnóstico abrumador, insoslayable, fatídico: "Se muere, no le quedan más de seis meses (fueron dos y medio)". Yo no sabía qué hacer, no supe qué decir, no tuve palabras, ni gestos, como si me hubieran disparado en la sien, como si me hubieran sajado la garganta de un tajo. ¿Qué hago, se lo digo a ella?, para qué, para que en sus últimos días no tenga ninguna esperanza... no, de ninguna de las maneras. Luego me informó mi hermana de que los oncólogos están obligados a comunicar "la buena nueva" a alguien de la familia para que sea decisión suya informar o no. Decidí no decírselo.
Nos fuimos a Madrid, teníamos el viaje contratado. Su fragilidad se empezó a manifestar allí, en nuestra ciudad fetiche, en nuestro lugar de ocio preferido. Fuimos al teatro. Vimos Ser o no ser. Ella rio, aún, era fuerte, más que nadie. Vimos una revisión de la picaresca, con Marta Poveda y Aitana Sánchez Gijón, en las salas del Matadero. Me maravillaba su entereza, su capacidad para disfrutar de la realidad, a pesar de estar abrumada por el diagnóstico fatal, por la enfermedad cruel. La recuerdo en la cama del hotel (el más antiguo de Madrid). Me dijo entre sollozos: "Me muero, me muero, no sé cómo afrontar esto". Yo no supe qué decirle. Yo, que a menudo inventaba para ella todo tipo de escenarios, de tramoyas, de historias sin sentido con que saturar su imaginación, no sabía qué inventar. Le dije, muy bajito, "hay que aprovechar el tiempo, no sabemos qué va a pasar, queda aún una esperanza a la que debemos agarrarnos". No supe reaccionar con suficiencia, me superó la situación. Lloraba, desconsoladamente, sentada en el borde la cama. No supe qué más decir. La abracé con toda mi alma, la abracé como nunca, ya estaba muy delgada, mucho. Notaba sus costillas en mis dedos. Ella se convulsionaba, se deshacía en llanto. Nadie puede saber cómo alguien se puede desmoronar de esa manera si no ha vivido una situación semejante. Se rio en Ser o no ser, se rio y yo lloré al verla reír. Era la mujer más entera del mundo. Ningún héroe clásico, ni Ulises, ni Aquiles, ni Ayax, ni siquiera Hércules, serían capaces de sonreír en una situación como la que sufría ella. Un héroe clásico, al que hubieran desahuciado como a ella, no sería capaz, seguro, de reaccionar ante una obra cómica. Era muy superior a lo que imaginaron los griegos clásicos, mis más admirados personajes. La observé con arrobo, mientras se sonreía y me fui al servicio para llorar desconsoladamente, a mis anchas. Porque yo, desde luego, no soy un héroe clásico, ni lo parezco.
domingo, 17 de mayo de 2026
Chéjov, un amigo
Facebook en mi funeral
miércoles, 6 de mayo de 2026
El teatro
Lo he dicho muchas veces y no me canso de repetirlo, el teatro es un recurso pedagógico infalible. Ayer mismo, alumnos de 1º, 2º de la ESO y Diversificación hicieron una representación magnífica de una comedia, delante de bastante público, en un auditorio muy digno. Solo tendríais que haber visto la cara de felicidad absoluta que se desprendía de sus rostros después de la representación (y también la nuestra, la de los profesores que nos embarcamos en la empresa). Opuesta a la que les solemos ver en clase de Matemáticas o de Lengua. Sí, el teatro consigue hacerles disfrutar casi tanto como aborrecen nuestros métodos educativos. Y no solo eso, siempre que hemos organizado un espectáculo teatral con ellos, es mayoritaria la presencia de alumnado muy especial, con sensibilidad distinta, incluso, a veces, con problemas de acoso y de aislamiento. El teatro, entonces, se convierte en una solución mágica para situaciones que aparentemente no se pueden paliar y desembocan a menudo en tragedias de mayor o menor intensidad. Me emociona ver cómo chicos que viven su paso por el instituto completamente aislados, con un penar constante, se integran en el grupo de teatro y poco a poco se sienten parte de una comunidad indisoluble, de solidaridad necesaria, parte insustituible de un engranaje maravilloso cuyo objetivo es convertirse en otros, salir de su naturaleza, asumir otra distinta, despojarse de la realidad. El efecto que provocan en ellos los ensayos y, luego, la puesta en escena es justo el inverso al de las clases magistrales, tediosas, asfixiantes, faltas de toda justificación. El teatro, para quien se integra en una compañía (más para un adolescente), es siempre una fiesta y, además, soluciona conflictos aparentemente irresolubles, endulza soledades y acciona mecanismos de defensa ocultos bajo la piel herida de individuos especialmente sensibles a la violencia social de los mundos juveniles. Dejad que se disfracen, que se maquillen, que se transformen y colgad la toga de jueces implacables. El beneficio será mutuo.
Por cierto, en la foto estamos deformados, somos mucho más jóvenes (todos).
martes, 5 de mayo de 2026
Demelza
Con ocasión de una celebración con amigos de la adolescencia, me vino a la cabeza el recuerdo de una chica con la que salí un tiempo, hace muchos, muchos, pero que muchos años. Salir en los ochenta significaba verse los fines de semana en la discoteca o en el pub del pueblo o en el de al lado. Luego, ningún contacto. Era el tiempo anterior a los móviles y ni siquiera el teléfono fijo lo usábamos con asiduidad. Yo tendría alrededor de 20 años y ella otros tantos. No recuerdo el nombre de la chica, pero sí que le decíamos Demelza, por su parecido con el personaje de la serie Poldark. Nos citábamos en esos lugares sociales de perdición de un fin de semana al otro, aunque bien es verdad que las sesiones de discoteca empezaban el viernes por la tarde, seguían por la noche y también comprendían sábado tarde y noche y domingo tarde. Yo falté a alguna de esas citas y ya no la volví a ver. Si lo pienso bien, no cortamos. Yo no la dejé, ni ella a mí, por lo que, oficialmente, todavía salgo con esa chica. Es posible que Demelza tenga hijos y hasta nietos, pero no cortamos oficialmente, así que estoy en una situación del todo embarazosa. No sé si acercarme el viernes que viene por el Molino o por la Paty, o pasarme por el cementerio.
miércoles, 29 de abril de 2026
"Lo que nos hicimos dejando de aburrirnos" por Francisco Rodríguez Fernández
lunes, 27 de abril de 2026
Obra maestra
La madre: "¡Fabuloso, no he visto nada mejor!"
La hermana: "¡Un escándalo, un verdadero escándalo, qué maravilla!"
La prima: "Si hay algo superior, no lo conozco, ¡qué prosa, qué pinceladas, qué delicia!"
La amante: "¡Soberbio, histórico, necesario...!"
La mujer: "¡Ya es un clásico!"
La amiga: "No esperaba menos de mi colega, de mi apreciado Manolo"
Nadie se atreve a desdecir la opinión general. Si no te gusta, si discrepas de esas extremadas alabanzas, eres un engendro desagradecido. No eres cristiano viejo, y ya. La obra se expone en diferentes escaparates, se alaba con lisonjas cada vez más ridículas, aunque se trate de un verdadero despropósito (bueno, una mierda, hablando en plata). Llega a oído de las instituciones y, lógicamente, la añaden a su catálogo de excelencias. Total, si tenemos que incluir la piltrafa de la hermana del delegado, por qué no esto. Lo importante no es promocionar la belleza, sino lo que triunfa, lo que suena, lo que sabe venderse... El criterio artístico ha muerto, bueno, la verdad es que no sé si alguna vez existió. No sé quién lo dicta, pero, desde luego, las loas de los allegados hay que ponerlas en cuarentena siempre y los próceres no deberían dejarse llevar ni por las amistades, ni por las simpatías, ni por los intereses. Y, por supuesto, los que dominan la materia deberían tener como fiel (a la hora de las valoraciones) la sinceridad, la honestidad, y no el temor a perder colegas. Vamos, un imposible. ¿Tan difícil es distinguir un Ecce Homo de un Velázquez?
Gastrobares
jueves, 16 de abril de 2026
Hamleto
Él se acaba de meter dos rayas y lleva una pistola en el sobaco. Mala idea. Intenta cargar el arma y caen las balas al suelo. Normal. Se mira en el espejo del baño, se frota con el índice las encías, se siente poderoso, aunque en el fondo no deja de ser un desgraciado. Solo ha entrado una bala en el cargador. Esgrime la pistola ante el espejo, posa, se siente un actor de medio pelo. Es joven y guapo, lo sabe, pero está colgado. Se moja la cara. Se rocía el cuerpo con desodorante barato y sale del baño. Quiere matar a su padre. No se atreve. Está sentado de espaldas a él en una silla de ruedas. Se va a la cocina y allí se encuentra con su madre. Cocina un pollo asado. Apenas mira a su hijo, aunque hace tiempo que no lo ve. Él la besa en la cabeza, se mueve alrededor de ella, como azogado. Ella lo ignora. El pollo ocupa toda su atención. Él, el hijo, habla atropellado, cuenta su viaje, su llegada, lo cambiado que está el pueblo, se enreda con el discurso. Ella, la madre, sigue a lo suyo. Él parece recordar por qué está ahí. Calla, sale y va en busca de su padre. Palpa la pistola, aún en el sobaco. Intenta sacarla y se le cae al suelo. La recoge. El padre sigue meciendo la cabeza, sin reparar en en los golpes del arma sobre el parqué. El hijo fija la mirada en la coronilla pelada . Ya es un hombre acabado. No es el mismo al que deseaba sacrificar como a un ternero. Se paraliza. Ese no es el mismo hombre. Atrapa aire a bocanadas. Le apetece otra raya. Vuelve al baño. El polvo se derrama sobre la taza del váter y esnifa con ansia. Sale, suda, tiembla, se ahoga. Su madre aparece con el pollo en una bandeja, lo mira de soslayo, ve la pistola, ve su desesperación, calla. Conoce la cobardía del hijo. Posa la cena sobre el salvamanteles. Acerca a su marido a la mesa, entre balbuceos, casi barrita. La madre hace un gesto al hijo. Él se sienta donde siempre. Mira al padre... se ríe de él, seguro. Dispara. Le sirve el muslo y lo riega con salsa.



















