No sé si estoy en un sitio real o imaginado. De veras que no lo sé. Vivo una desorientación asombrosa. A veces me palpo el cuerpo, la cara, cierro los ojos y los vuelvo a abrir, y la nebulosa sigue enturbiándolo todo, centrifugando el paisaje. Según un estudio neurológico, del que le oí hablar a Jorge Volpi, nuestro cerebro no distingue la imaginación de la realidad, las confunde a menudo. En ese limbo estoy abismado: no sé si el presente que me rodea es real o el producto de una estrambótica pesadilla. El bar es el de siempre, reconozco la decoración, a alguna camarera, también es familiar el sabor de la cerveza, pero ¿qué coño hago yo aquí en esta ciudad?, ¿qué me ha traído hasta este lugar? ¿Por qué, si ya es de noche, no pienso en la vuelta a casa? Y cuando salga de aquí, ¿hacia dónde voy? No tengo a quién preguntar. Miento, sí puedo preguntar, pero respuestas no hay.
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miércoles, 1 de julio de 2026
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