sábado, 11 de julio de 2026

Las Sibilas




Que la vida trata de que un hacedor, un cachondo mental (a veces muy cruel) juega con tu destino como si fueras un pelele, es una evidencia. Al parecer, el que dirige mis pasos se ha empeñado en confundirme hasta conseguir que crea en la providencia, en el destino, en la rueda de doña Fortuna o en las Sibilas. Se retrasa el tren, lo justo para coincidir en el Parador de Almagro con dos excompañeras de buen beber y mejor conversar. Aprovechamos la coyuntura, dejamos el fútbol de lado y recorremos un Almagro nocturno y desierto, fantasmal, misterioso, solo alumbrado por las risas de un grupo de cómicos en torno al único bar abierto. La noche ha sosegado el infierno y se respira, se huelen los pasos de Lope de Vega. Las espuelas chocan con los adoquines y las copas con los hielos. El sosiego da un encanto aún mayor a las galerías verdes, a las columnas de piedra, a los soportales barrocos, a las terrazas sin público. Almagro es para mí un refugio casi esotérico, un nirvana manchego sin berenjena.
El infierno de un sol que achicharra se mezcla, en contraste telúrico, con el reposo y el arte dramático. Una suerte de duelos y quebrantos de difícil digestión, pero muy nutritivos.
En Almagro siempre voy acompañado, la añoranza es una compañera fiel que me sobresalta en cada plaza, en cada rincón, en cada escenario, en el Parador, hasta en los espejismos de los cuarenta grados. Un paisaje de ensueño, desértico, alucinógeno, todo verso y mujeres de ojos verdes. 

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