Ayer estuve comiendo con unos alumnos especiales, sí, especiales, porque he disfrutado de esta milonga de la enseñanza con ellos, inesperadamente, en los años terminales (horrorosa palabra). A lo largo del curso me han hecho sentirme útil (no sé yo) y acudía a las clases con verdadera curiosidad por ver qué conversación surgiría o qué foto de Paquirrín o de Valle se proyectaría. Fuera de coñas, he hablado de literatura con estos chicos sin forzar la conversación, de forma totalmente espontánea. Es algo que pudiera parecer insignificante, pero no lo es, cada vez menos (también es un placer que te inviten a una caña como acaba de hacer ahora mismo el camarero). Me despido de todos ellos, de Inés, de Rafe, de Iván, de Cortes, de Paula, de Victoria, de Ana, de los Pacos, de Marco, de Raúl, de Lucas, de Ángela, de Juan Diego, de Pilar, de Carmen, de Rodrigo, de Pablo Juan, de David, de Davide, de Elisa, hasta de Pablo de Santos. La educación esconde estas delicias y es de bien nacidos agradecerlas.
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miércoles, 1 de julio de 2026
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