miércoles, 1 de julio de 2026

Fin de curso 2026



Ayer estuve comiendo con unos alumnos especiales, sí, especiales, porque he disfrutado de esta milonga de la enseñanza con ellos, inesperadamente, en los años terminales (horrorosa palabra). A lo largo del curso me han hecho sentirme útil (no sé yo) y acudía a las clases con verdadera curiosidad por ver qué conversación surgiría o qué foto de Paquirrín o de Valle se proyectaría. Fuera de coñas, he hablado de literatura con estos chicos sin forzar la conversación, de forma totalmente espontánea. Es algo que pudiera parecer insignificante, pero no lo es, cada vez menos (también es un placer que te inviten a una caña como acaba de hacer ahora mismo el camarero). Me despido de todos ellos, de Inés, de Rafe, de Iván, de Cortes, de Paula, de Victoria, de Ana, de los Pacos, de Marco, de Raúl, de Lucas, de Ángela, de Juan Diego, de Pilar, de Carmen, de Rodrigo, de Pablo Juan, de David, de Davide, de Elisa, hasta de Pablo de Santos. La educación esconde estas delicias y es de bien nacidos agradecerlas.

¿La realidad?



No sé si estoy en un sitio real o imaginado. De veras que no lo sé. Vivo una desorientación asombrosa. A veces me palpo el cuerpo, la cara, cierro los ojos y los vuelvo a abrir, y la nebulosa sigue enturbiándolo todo, centrifugando el paisaje. Según un estudio neurológico, del que le oí hablar a Jorge Volpi, nuestro cerebro no distingue la imaginación de la realidad, las confunde a menudo. En ese limbo estoy abismado: no sé si el presente que me rodea es real o el producto de una estrambótica pesadilla. El bar es el de siempre, reconozco la decoración, a alguna camarera, también es familiar el sabor de la cerveza, pero ¿qué coño hago yo aquí en esta ciudad?, ¿qué me ha traído hasta este lugar? ¿Por qué, si ya es de noche, no pienso en la vuelta a casa? Y cuando salga de aquí, ¿hacia dónde voy? No tengo a quién preguntar. Miento, sí puedo preguntar, pero respuestas no hay.