jueves, 30 de julio de 2026

Puglia III: "Bari"



No penséis que esta crónica os va a servir de guía para visitar Bari, ni mucho menos. Yo no soy Washington Irving, ni Julio Verne, ni Javier Reverte, ni siquiera un empleado de Trip Advisor. Los agujeros que tiene mi cabeza no permiten otra cosa que registrar, a través de impresiones estrambóticas, algunas escenas chocantes de la ciudad. Y a veces ni eso porque me enredo a comentar cualquier minucia y se me olvida la verdadera razón del escrito. Vamos, un Sancho Panza cualquiera. 

A lo que vamos, Bari es una ciudad costera y, según me habían dicho, parecida a Cádiz. Bueno, sí, hay mar, hay castillo, hay catedral, hay paseo marítimo, hay un sol esplendoroso, hay altares de vírgenes y santos, hasta descubrimos un chiringuito (solo de nombre); pero no hay tabernas, ni gaditanos, ni vino de Jerez (menos mal). 

La ciudad vieja de Bari es un laberinto de callejuelas medievales, empedradas y con cierto sabor palermitano o napolitano. En una de ellas (la conocimos el primer día) se reúne un grupo heterogéneo de bigardos, sentados en sillas de plástico alrededor de un tótem: un pedazo de altavoz que seguramente ha provocado la sordera de todos ellos. Algunos beben Peroni a morro y otros lucen sus camisetas de tirantes. A su lado, las mujeres amasan "orechiette", una pasta típica de Bari. De entre todas las hacedoras destaca la Nuncia, una señora mayor, con masajista personal, que vende camisetas con su efigie. La calle está atestada de los pasajeros de los cruceros, en concreto los grupos 8, 12 y 13, como rezan los señuelos de las guías. No tardaremos en hacer el Free Tour de rigor. Ya nos ponen los dientes largos estas filas de turistas, atentos a las explicaciones sobre las costumbres locales. En Cádiz precisamente, se quejan de que estos cruceristas compran un imán y vuelven al barco sin hacer más gastos (es el turismo, amigo). Como buenos turistas peripatéticos, disfrutamos del paseo marítimo, apabullados por la inmensidad del Adriático. Los manchegos ponemos caras muy raras al enfrentarnos a tanta agua. Además, el sol no nos crucifica todavía, tendremos tiempo de notar su crueldad. Ya sabía yo que no liquidaba Bari en una sola entrada. Mañana más (si me deja mi madre).      

miércoles, 29 de julio de 2026

Puglia II: "Giros"

 


Ayer no pude escribir la crónica de Puglia por asuntos ajenos a mi voluntad: se me llenó la casa de electricistas. Hoy la traigo por los pelos porque cuando veo una película que me emociona (H de halcón) tiendo a la pereza y no me suelo sentar delante del ordenador. Bueno, lo de tender a la pereza me ocurre en muchas otras situaciones, además de las cinematográficas. Últimamente gozo con el aburrimiento, lo busco, me revuelco en él con delectación, por eso me cuesta cada vez más enrolarme en actividades de todo tipo (esto no es verdad). El entretenimiento está muy muy sobrevalorado. 

Bien, a lo que vamos. Llegamos a Bari a media noche y sin cenar. Mala cosa la de aterrizar en una nueva ciudad, en un nuevo país, después de surcar los cielos (cómo me gusta esta expresión) no con la frivolidad de un turista cualquiera, sino con el orgullo de ser el virtual salvador del pasaje. Claro, uno, cuando se ha descargado del peso de los héroes, llega al destino con hambre de lobo. Encontramos un restaurante a punto de cerrar. Llegar a una ciudad desconocida, en la oscuridad, es emocionante porque sabes que al día siguiente, la luz del día va a desnudar el pudor de la noche (por poner alguna personificación). 

Qué paradoja, el restaurante no es de comida italiana, sino griega, y, según reza su propaganda, el mejor restaurante del sur de Italia. Nada, ni de coña. Pero el turista está para esto y para mucho más. Debe creer, sin dudarlo, que esa especie de kebab de cerdo un tanto desmesurado es lo mejor que va a probar durante los quince días de turismo. Nada, ni de coña. Es un curioso restaurante donde no se permite comer dentro y donde hay más camareros y cocineros que clientes. Los cocineros, paquistaníes con la tarea prácticamente concluida, reciben la comanda de mi amigo Javi y se la van pasando unos a otros, como en esa película cómica de cuyo título ahora mismo no me acuerdo, o como en el Vuelva usted mañana de Larra.   

Un hotel esplendoroso acoge nuestra primera noche y dormimos satisfechos por la tarea bien hecha. En efecto, los más de 100 pasajeros del vuelo Madrid-Bari han llegado sin un rasguño gracias a nosotros. Y hasta aquí puedo contar. No descarto que duren estas crónicas más que nuestro viaje. 

Ilustro la entrada con la extraterrestre cabeza de san Nicolás, patrón de Bari.  

lunes, 27 de julio de 2026

Puglia I: "Ya me ha pasado algo"


 

Nada más subir al avión, un episodio surrealista. Es más, casi todo este capítulo lo voy a dedicar a mi conversación con el azafato de Ryanair

Voy a sentarme en el avión (con el estrés que conlleva esto de abandonar el suelo firme. No hay forma de asimilarlo con naturalidad), cuando el azafato me agarra del brazo. Muy serio, me pregunta si estaría dispuesto a salvar a los pasajeros en caso de incidencia aérea (me acojono, pierdo el color, trago saliva y respondo, "¿quéee?"). El chico, muy grave, me lo vuelve a preguntar, esta vez con una aclaración: "Está usted en la fila de la puerta de emergencia, ¿estaría dispuesto a ayudar al resto del pasaje a salir por estas compuertas en caso de incidencia?". No sé por qué, le pregunto yo a él: "Y si me niego, ¿qué ocurre?, ¿me echáis del avión?". "No, caballero, simplemente lo tendríamos que cambiar de asiento". Estoy a punto de decirle que no estoy dispuesto a ayudar, más que nada por si se ven obligados a sentarme al lado del piloto o en primera, porque no veo yo asientos libres en la clase turista. Pero me da vergüenza hacerlo. Lo mismo te someten a una humillación pública y animan a todo el pasaje a vilipendiarte y a insultarte durante todo el vuelo, por insolidario y mala persona. Total, que me quedo en la fila de ayuda al cliente, además hay más espacio que en el resto de las filas. Una cosa es evidente: si ocurriera algo durante el vuelo, está claro que morimos todos, porque yo, en situaciones de emergencia, no creo que pudiera ni moverme. Es más, recuerdo un episodio en el que, cocinando en casa, se prendió la sartén (una llama estupenda incendiaba ya la campana). Me quedé paralizado, quieto, sin saber qué hacer. Esa fue mi reacción, si no es por Eva, que lanzó una toalla sobre la sartén, en este momento estaría seguramente carbonizado y convertido en carbonilla. Si en ese vuelo Madrid-Bari tengo que encargarme yo de abrir la puerta de escape, no nos salva ni la UME. Aunque recuerdo ahora otro episodio en Turquía con mi amiga Joaquina que... bueno, eso os lo cuento otro día, que ya he llegado al final.  

domingo, 26 de julio de 2026

Turismo



 Cuando uno va de turismo lo primero que tendría que comprender (y parece una obviedad) es que ejerce de turista y no de aventurero, ni de viajero intrépido, ni de explorador; no, es turista. Se trata de entender que un turista no es Marco Polo, por mucho que él lo crea. No va a descubrir territorios ignotos, no va a conocer nuevas civilizaciones ni va a cambiar los hábitos de nadie, es turista y sanseacabó. Y si el turista tiene perfectamente claro que es turista, su viaje será mucho más placentero. 

Eso sí, el turista puede ir en grupo o en parejas. Yo he elegido esta última modalidad. Para ello es necesario escoger un amigo o amiga de fiar, con quien congenies, y, sobre todo, que acepte como tú la condición de turista, así como tus neuras y manías. Además, viajar solo, por mucho que digan los modernos, es muy triste. Si vas acompañado, te puedes quejar con mayor énfasis de lo cara que ha resultado una cerveza, se realza mejor el sabor de una comida, se critica con más jolgorio la locura de la conducción de los italianos, por ejemplo, o se puede reír uno con más fuerza de los tropezones del otro, además de que en la primera exploración de una ciudad es conveniente el análisis antropológico, que siempre será más profundo con el diálogo y la observación compartida. 

Toda esta introducción viene a cuentas de que voy a relatar un viaje que acabamos de finalizar mi amigo Javi y yo por el sur de Italia. Hemos estado en la Puglia. Somos turistas de libro, de estos que quieren echar de Barcelona, de las Canarias y de algún otro sitio más, con bastante razón. 

Ahora bien, aclarada la perspectiva de estas crónicas, tengo que puntualizar que a mí me gusta mucho la literatura por lo que voy a trufar las peripecias en la Puglia con alguna mentirijilla que otra. Esto hará la crónica más sabrosa, porque el lector puede ir buscando qué es real y qué no lo es. Tened en cuenta que en los relatos de viajes de Marco Polo también había mucho de ficción. Si él, que era realmente un viajero intrépido, utilizó el embuste porque no yo.

El turista, por supuesto, debe llevar una maleta, no una mochila enorme, ni esas mierdas con las que se intenta aparentar que uno va a conquistar el Polo Norte o a atrvesar el Matto Grosso. Una maleta y, si las medidas de la cabeza lo permiten, un sombrero de papel made in China. También es necesario contratar un buen hotel, cerca de la estación, de los cines y de las zonas comerciales, con desayuno incluido y con pantallas de televisión para ver el Tour de Francia y los partidos del mundial. También es prioritario el "Free Tour", no lo olvidéis. No es necesario saber del todo el idioma del país de origen. En nuestro caso, no tuvimos dificultad. Todo el mundo sabe que cualquier español comprende y habla a la perfección el italiano, así que ningún problema. Grazie, prego, ciao, suficiente. 

Os emplazo, pues, para el primer capítulo en la siguiente entrega. Y a ver si localizáis los gazapos.     

viernes, 24 de julio de 2026

L´amère, l´aimer, la mer




L´aimer, l´amer, la mer. Tres palabras que se funden, se confunden, se enredan en las peripecias de Tristán e Isolda, en su lengua d’oc.

Hoy me baño en el Adriático, nunca me había bañado en este mar. Nadie nunca se baña en el mismo mar, ni en el mismo río. L’amère, l’aimer, la mer. La amargura, el amor, la mar.

Todos los 24 de julio, me despierto poco antes de las 8:15. La hora y la fecha precisa de la tragedia. Como si quisiera volver al momento exacto para evitarla, para detenerla, l’amère. Pero el tiempo no tiene atajos ni caminos de vuelta, la amargura. El Adriático, la mer, la mar. La placidez del baño suspendida por el recuerdo, por un pañuelo que cubre la alopecia del cáncer, l’amère. Las petunias perfuman las callejuelas de Bari, esas flores que ella plantaba cuando se anunciaba el buen tiempo, l’aimer. La música del dialecto del sur asalta las murallas, el castillo, como en Siracusa, donde tanto gozamos de la belleza del viejo Arquímedes, l’aimer.

El sol, siempre el sol, del 24 de julio de 2022 y del 24 de julio de 2026, y el mar, la mer, la inmensa profundidad que nos separa. La vida navega sobre cervezas y pasta al dente, a la deriva. Alumbrado o herido por un sol que a veces muerde y a veces acaricia. L’amère, l’aimer, la mer.

El 24 de julio, a las 8:15, surca el mar un esquife amargo de amor ausente. L´amère, l’aimer, la mer.

sábado, 11 de julio de 2026

Las Sibilas




Que la vida trata de que un hacedor, un cachondo mental (a veces muy cruel) juega con tu destino como si fueras un pelele, es una evidencia. Al parecer, el que dirige mis pasos se ha empeñado en confundirme hasta conseguir que crea en la providencia, en el destino, en la rueda de doña Fortuna o en las Sibilas. Se retrasa el tren, lo justo para coincidir en el Parador de Almagro con dos excompañeras de buen beber y mejor conversar. Aprovechamos la coyuntura, dejamos el fútbol de lado y recorremos un Almagro nocturno y desierto, fantasmal, misterioso, solo alumbrado por las risas de un grupo de cómicos en torno al único bar abierto. La noche ha sosegado el infierno y se respira, se huelen los pasos de Lope de Vega. Las espuelas chocan con los adoquines y las copas con los hielos. El sosiego da un encanto aún mayor a las galerías verdes, a las columnas de piedra, a los soportales barrocos, a las terrazas sin público. Almagro es para mí un refugio casi esotérico, un nirvana manchego sin berenjena.
El infierno de un sol que achicharra se mezcla, en contraste telúrico, con el reposo y el arte dramático. Una suerte de duelos y quebrantos de difícil digestión, pero muy nutritivos.
En Almagro siempre voy acompañado, la añoranza es una compañera fiel que me sobresalta en cada plaza, en cada rincón, en cada escenario, en el Parador, hasta en los espejismos de los cuarenta grados. Un paisaje de ensueño, desértico, alucinógeno, todo verso y mujeres de ojos verdes. 

jueves, 2 de julio de 2026

Posado de verano



Uno de los objetivos fundamentales de exhibirte en las redes sociales es hinchar el ego hasta reventar; una de las consecuencias de ser profesor es que también se te inflama el egotismo (buscadlo en el diccionario); una de las razones que llevan a la gente a escribir libros es que te halaguen, que te doren la píldora, que te hinchen el ego de nuevo, sin razón alguna. Ante el peligro de que uno se hinche y se hinche como el comensal de El sentido de la vida de los Monty Python y termine por reventar y llenar el restaurante de vísceras, sesos y sangre, me he sometido a un lifting radical. Aquí me tenéis (recreaos con la foto), en mi nuevo yo, de espaldas, con los calzoncillos de mi padre y enjuto de miembros y de ego. ¡Qué bien sienta liberarse de uno mismo!

miércoles, 1 de julio de 2026

Fin de curso 2026



Ayer estuve comiendo con unos alumnos especiales, sí, especiales, porque he disfrutado de esta milonga de la enseñanza con ellos, inesperadamente, en los años terminales (horrorosa palabra). A lo largo del curso me han hecho sentirme útil (no sé yo) y acudía a las clases con verdadera curiosidad por ver qué conversación surgiría o qué foto de Paquirrín o de Valle se proyectaría. Fuera de coñas, he hablado de literatura con estos chicos sin forzar la conversación, de forma totalmente espontánea. Es algo que pudiera parecer insignificante, pero no lo es, cada vez menos (también es un placer que te inviten a una caña como acaba de hacer ahora mismo el camarero). Me despido de todos ellos, de Inés, de Rafe, de Iván, de Cortes, de Paula, de Victoria, de Ana, de los Pacos, de Marco, de Raúl, de Lucas, de Ángela, de Juan Diego, de Pilar, de Carmen, de Rodrigo, de Pablo Juan, de David, de Davide, de Elisa, hasta de Pablo de Santos. La educación esconde estas delicias y es de bien nacidos agradecerlas.

¿La realidad?



No sé si estoy en un sitio real o imaginado. De veras que no lo sé. Vivo una desorientación asombrosa. A veces me palpo el cuerpo, la cara, cierro los ojos y los vuelvo a abrir, y la nebulosa sigue enturbiándolo todo, centrifugando el paisaje. Según un estudio neurológico, del que le oí hablar a Jorge Volpi, nuestro cerebro no distingue la imaginación de la realidad, las confunde a menudo. En ese limbo estoy abismado: no sé si el presente que me rodea es real o el producto de una estrambótica pesadilla. El bar es el de siempre, reconozco la decoración, a alguna camarera, también es familiar el sabor de la cerveza, pero ¿qué coño hago yo aquí en esta ciudad?, ¿qué me ha traído hasta este lugar? ¿Por qué, si ya es de noche, no pienso en la vuelta a casa? Y cuando salga de aquí, ¿hacia dónde voy? No tengo a quién preguntar. Miento, sí puedo preguntar, pero respuestas no hay.