L´aimer, l´amer, la mer. Tres palabras que se funden, se confunden, se enredan en las peripecias de Tristán e Isolda, en su lengua d’oc.
Hoy me baño en el Adriático, nunca me había bañado en este mar. Nadie nunca se baña en el mismo mar, ni en el mismo río. L’amère, l’aimer, la mer. La amargura, el amor, la mar.
Todos los 24 de julio, me despierto poco antes de las 8:15. La hora y la fecha precisa de la tragedia. Como si quisiera volver al momento exacto para evitarla, para detenerla, l’amère. Pero el tiempo no tiene atajos ni caminos de vuelta, la amargura. El Adriático, la mer, la mar. La placidez del baño suspendida por el recuerdo, por un pañuelo que cubre la alopecia del cáncer, l’amère. Las petunias perfuman las callejuelas de Bari, esas flores que ella plantaba cuando se anunciaba el buen tiempo, l’aimer. La música del dialecto del sur asalta las murallas, el castillo, como en Siracusa, donde tanto gozamos de la belleza del viejo Arquímedes, l’aimer.
El sol, siempre el sol, del 24 de julio de 2022 y del 24 de julio de 2026, y el mar, la mer, la inmensa profundidad que nos separa. La vida navega sobre cervezas y pasta al dente, a la deriva. Alumbrado o herido por un sol que a veces muerde y a veces acaricia. L’amère, l’aimer, la mer.
El 24 de julio, a las 8:15, surca el mar un esquife amargo de amor ausente. L´amère, l’aimer, la mer.
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