miércoles, 29 de julio de 2026

Puglia II: "Giros"

 


Ayer no pude escribir la crónica de Puglia por asuntos ajenos a mi voluntad: se me llenó la casa de electricistas. Hoy la traigo por los pelos porque cuando veo una película que me emociona (H de halcón) tiendo a la pereza y no me suelo sentar delante del ordenador. Bueno, lo de tender a la pereza me ocurre en muchas otras situaciones, además de las cinematográficas. Últimamente gozo con el aburrimiento, lo busco, me revuelco en él con delectación, por eso me cuesta cada vez más enrolarme en actividades de todo tipo (esto no es verdad). El entretenimiento está muy muy sobrevalorado. 

Bien, a lo que vamos. Llegamos a Bari a media noche y sin cenar. Mala cosa la de aterrizar en una nueva ciudad, en un nuevo país, después de surcar los cielos (cómo me gusta esta expresión) no con la frivolidad de un turista cualquiera, sino con el orgullo de ser el virtual salvador del pasaje. Claro, uno, cuando se ha descargado del peso de los héroes, llega al destino con hambre de lobo. Encontramos un restaurante a punto de cerrar. Llegar a una ciudad desconocida, en la oscuridad, es emocionante porque sabes que al día siguiente, la luz del día va a desnudar el pudor de la noche (por poner alguna personificación). 

Qué paradoja, el restaurante no es de comida italiana, sino griega, y, según reza su propaganda, el mejor restaurante del sur de Italia. Nada, ni de coña. Pero el turista está para esto y para mucho más. Debe creer, sin dudarlo, que esa especie de kebab de cerdo un tanto desmesurado es lo mejor que va a probar durante los quince días de turismo. Nada, ni de coña. Es un curioso restaurante donde no se permite comer dentro y donde hay más camareros y cocineros que clientes. Los cocineros, paquistaníes con la tarea prácticamente concluida, reciben la comanda de mi amigo Javi y se la van pasando unos a otros, como en esa película cómica de cuyo título ahora mismo no me acuerdo, o como en el Vuelva usted mañana de Larra.   

Un hotel esplendoroso acoge nuestra primera noche y dormimos satisfechos por la tarea bien hecha. En efecto, los más de 100 pasajeros del vuelo Madrid-Bari han llegado sin un rasguño gracias a nosotros. Y hasta aquí puedo contar. No descarto que duren estas crónicas más que nuestro viaje. 

Ilustro la entrada con la extraterrestre cabeza de san Nicolás, patrón de Bari.  

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