Tres mujeres sicilianas. El pelo liso, por la cintura. Negro intenso. Los ojos enormes, rasgados, quizás con demasiado maquillaje. A la manera egipcia.
Una ríe junto a sus amigas, unos 17. La boca fresca; de labios mullidos. La mirada franca y generosa, satisfecha de su juventud recién estrenada. Sorbe un batido y se le encienden las pupilas, brilla el negro y blanco de sus ojos. Nada podría alterar tanta belleza, ni siquiera el Inter Juve que la gente del bar sigue con fanatismo. Marca el Inter. Ella escucha, indiferente, majestuosa, a su compañera rubia, más joven, todavía más inexperta. La experiencia a esa edad se mide por meses.
A la mañana siguiente, otra siciliana moja el cruasán en el café latte. La misma melena de diosa africana, la misma almendra en los ojos, decorados a la egipcia. Su amigo, enfrente, no le presta la atención que merece. Mira el móvil. Son 24 años ya de pereza y costumbre. Ella habla, con un tono de terciopelo, que deja caer un centímetro de tristeza. La certeza de ir quedándose sola, mordisco a mordisco.
Afuera, en la calle, diluvia. Dentro de la pizzería, la siciliana de 30 años sienta a sus dos hijos a la mesa con sendos móviles que alivien su comida. El cabello, también por la cintura, azabache de Lorca. Los labios pálidos, la voz autoritaria, de madre apurada. Fija la vista en el infinito, alelada, abstraída. Una tristeza inmensa cae de sus pupilas, negras como la pez, destartalada. Creedme, conozco las miradas tristes, y esta está muy desgarrada. Llega el marido, resuelto, uniformado con chándal rojo, Adidas, y gorra calada hasta el nacimiento de las orejas. Sube el volumen de los móviles de sus hijos, besa en la coronilla a la mujer de la mirada perdida. Habla, habla y habla, a veces en un tono que supera al de los móviles. Ella calla y asiente. Pide cocacolas y patatines, apoya la mejilla en la palma de la mano y deja caer las piedras que salen de la boca del marido en una cesta de indiferencia, sin fondo, estéril, sin esperanza. Aúlla en silencio como un cachorro abandonado.
Azar: vemos un trío de música clásica, un trío. La violinista es la joven siciliana de 17 años, feliz, sin hombre, con el tono agudo de la expectativa abierta. El piano es la siciliana de 24 años, rotunda, pero apagada un tanto por el compromiso. El chelo es la siciliana de 30 años, grave; de tristeza insondable, con acordes de vieja. Briten, Fauré y Beethoven, tres, las partes de la Divina Comedia.
Más azar: en la bandera de Italia hay tres piernas de mujer, tres, que rodean la cabeza de la Gorgona, tres, en griego la Trinakria. 17, 24, 30.
Tres mujeres sicilianas, hermosas, de mirada inmensa, obsidiana y mármol, como los símbolos eternos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario