Os voy a contar mi experiencia, la más espeluznante que he vivido como turista, y eso que me he bañado en la Playa de los Ingleses de Benidorm, he bebido Budweiser en Port Aventura y he comido en Berlín.
Las catacumbas de los capuchinos en Palermo no son cualquier cosa. Como dicen los que han hecho el Camino de Santiago, a mí me han cambiado la vida, es más, soy otra persona, alguien con el estómago al revés, revuelto para los restos (nunca mejor dicho). Una amiga, con buen criterio y muy pocos escrúpulos, me recomendó la visita a este tétrico lugar y no sé si agradecérselo o no. Al salir de las galerías subterráneas donde se exhibe a los cadáveres, piensas, ¿a qué capuchino se le ocurriría que era buena idea embalsamar a la manera egipcia todo tipo de cuerpos y rellenarlos de paja? Y otro monje propuso lo siguiente: “¿Por qué no cogemos todos estos cuerpos embalsamados y los colgamos de la pared como si estuvieran vivos?” Y el tercero, el economista vio acertado convertir en visita turística la exhibición de cadáveres de niños, mayores, curas y hasta mujeres embarazadas, colgados de las paredes con alambres, hilos de pescar y flejes. Unos genios, los tres, sin lugar a dudas. Sin miedo, sin vergüenza, sin prejuicios, como deben comportarse los intrépidos. Esas cavernas de los ojos; ese cuero reluciente de la carne momia; esas mandíbulas desencajadas que sonríen al visitante; ese embajador americano con mostacho y cara de pergamino; esa bambina Rosalía, por fin, casi viva, vestida con perifollos, con sus tirabuzones, con su carita de nardo, en su ataúd de cristal. A la salida, la inscripción en latín que esperaba: “Memento mori”. Hombre, sí, pero recordad también que sois monjes, aunque eso sí, capuchinos, como los monos. El estómago del revés, ya os digo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario