Sade en un pub de Albacete, un viernes noche, como si estuviéramos en 1990. Faltan algunos detalles: juventud, compañía y melocotones (es difícil de explicar). Sade suena con el mismo terciopelo, delicadeza nostálgica: una playa africana iluminada por una luna rota. No puedo separar la languidez de su voz de su rostro perfecto, profundamente erótico, triste. Quizás su música sea más adecuada ahora. En el 90, el fragor del sexo no me permitía saborear los matices sonámbulos del soul. A todas estas, yo estaba enfermo. Me voy a casa ya.
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sábado, 28 de febrero de 2026
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