viernes, 12 de julio de 2019

LAS MIL Y UNA NOCHES EN LA CÁRCEL (Capítulo III)

        Estación de Segovia

De cómo un cura requisa la estilográfica de Ricardo García y del penoso viaje en camión y tren de Prádena a Segovia: nieve, hielo, 50 horas en ayunas y otras penurias que se relatan en esta segunda noche.

DE PRÁDENA A SEGOVIA 

Durante todo el día permanecimos en Prádena. Pese al mal tiempo aún hubo quien no tuvo miedo de salir de casa. Se presentaron por allí el cura y el alcalde del pueblo. Tenían curiosidad por saber de la guerra y nos preguntaron por la impresión que nos causaba ver a un cura después de tanto tiempo. Nos echó en cara por qué los queríamos tan mal para haber hecho con ellos cosas tan feas y explicó que, pese a todo, no nos guardaban rencor, que al que no estuviese manchado de sangre no le pasaría nada. Y todo nos lo decía en plan de cachondeo. 
Vio mi estilográfica y me la pidió. Me preguntó cuánto quería por ella y yo le dije que 50 pesetas porque era un recuerdo de familia y en realidad no quería venderla. Él se hizo el tonto y se la metió en el bolsillo. “Esta pluma la requiso porque no es delito que se la quite, además ya no le hace falta porque ya ha escrito lo que tenía que escribir”. Le pedí cuentas, pero él volvió la cabeza y le dijo al ayudante que me diera dos cajetillas de tabaco, “tome y fume y tenga en cuenta que se las doy porque quiero”. Me mordí la lengua y le di las gracias. Se fueron de allí los dos después de requisar relojes, gallinas, etc. Pensé: “Si estos son los que predican la ley de Dios, obran según sus mandamientos y requisan a la luz del día; cómo serán los demás y, en particular, los que son amantes del pillaje. Nos dejarán sin camisa, y así fue.” 

En estas condiciones pasamos el día, con bastante gana de comer, aunque no de comer piedras, pues otra cosa no había a qué agarrarse. Eran las diez de la noche cuando vino el último camión para trasladarnos. Me tocó en el último porque tenía tan pocas ganas de irme que me había escondido en un fortín que me resguardaba de la nieve y me camuflaba. Un sargento con una linterna dio conmigo. Yo alegué que me había dormido, pero no fue suficiente razón, porque me pegó un puntillazo en el culo para que fuera más deprisa. 

Los camiones iban en dirección a Segovia. Pasamos mucho frío envueltos en nieve dentro de la caja porque ni toldo llevaban siquiera. Íbamos muy despacio debido a los obstáculos del temporal de nieve y hielo, sobre todo cuando cruzamos el puerto de Guadarrama. A decir verdad, no sabía por dónde íbamos porque la nieve no me dejaba orientarme. No he pasado tanto frío en mi vida como aquella segunda noche de cautiverio. A cosa de la una llegamos a Segovia, directos a la estación. Nos metieron en unos vagones de mercancías junto a los que habían llegado antes. Fue bastante agradable estar allí amontonados porque fue el medio de reaccionar y entrar en calor. 

Por fin, en ese puesto se acordaron de darnos de comer. Llevábamos cincuenta horas en ayunas. Entre el hambre y el frío uno no se sentía el cuerpo y deseaba morir y no sufrir más. Allí me di cuenta de que un hombre puede aguantarlo todo. 

Dentro de los vagones, una vez acomodados, nos dieron cien gramos de pan y otros cien de carne en conserva rusa, seguramente de la que nos habían requisado en otros sectores. Aunque fue poca la cena, a mí me pareció excelente porque no nos hacíamos ya buenas cuentas de lo que nos iba a pasar. No sabíamos el rumbo del tren y como, de todos los planes que nos habían dado, ninguno se había cumplido, ya no creíamos nada. Pasamos las horas que quedaban de la noche en el tren, amontonados como borregos. Cuando empezó a clarear el día, nos asomamos por las rendijas y vimos en los andenes de las estaciones a bastante personal. No nos veían, pero se figuraban que íbamos dentro porque decían “son prisioneros”. No sabíamos qué dirección llevaba el tren. 

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