sábado, 1 de agosto de 2026

Puglia IV: "La cerveza y Ulises"

 


Ayer estuve con mi madre y no pude escribir esta entrada, vais a ver por qué. Siempre he intentado ocultarle mi amor por la cerveza (y otros licores) porque a ella le repele todo lo que huela mínimamente a alcohol. Javi y yo tenemos unas normas muy estrictas en cuanto a la ingesta de líquidos en los viajes, en concreto de cerveza. Si uno cumple como turista peripatético, debe, al final de su periplo, obtener una recompensa, volver al trono de Itaca (así queda mucho mejor). 

Somos lo que bebemos, sobre todo, lo que bebemos después del Ángelus. Ese es nuestro ritual, y lo aplicamos en cada uno de nuestros viajes. Estemos en Italia, Alemania o Turquía (aquí vale el rezo del almuecín). 

Pateamos el empedrado de Bari, nos asomamos a sus callejuelas, esquivamos a nuestros perseguidores (los de los cruceros) y recorremos el paseo marítimo. Cumplidos los pasos, nos paramos, absortos, con el oído dispuesto, y escuchamos el redoble sabroso de las campanas. Son las doce del mediodía, el Ángelus, hora de empezar a repostar. Hay ciudades más preparadas para este cometido y otras menos. Bari no es de las peores y, al cabo de unos días, descubrimos que ofrecía un conjunto de locales muy atractivos para reposar los veinte mil pasos (o así): "La Farmacia", "El Baretto" y dos enotecas (con cerveza, por supuesto). 

La cerveza en Italia es bastante más cara que en España, aunque en el precio no se debe reparar si uno estás en versió turista. Es más, si fuéramos faltos de fondos, siempre hay lugares donde repostar más económicamente. En Bari, al otro lado de las vías, se abre una ciudad moderna, horrorosa (como casi todas), proletaria, con pocos bares, pero con una focachería, la de Bud Spencer (merecedora de entrada propia), con precios asequibles: un tercio de Moretti (sin lugar a dudas, mejor que la Peroni), 1,5 euros. Contrasta este precio con lo que nos cobraron en una terraza turística de Polignano a Mare por dos pintas: la nada despreciable cifra de 23 euros. Pero el turista también está para estos menesteres, para que lo timen miserablemente. Lo aceptamos con deportividad y por la tarde visitamos la focachería de nuevo.  

En fin, como decía García Pavón, la cerveza mata la sed gorda y, además, a nosotros nos reconstituye, nos devuelve a Ítaca, al confortable hogar, a la patria del astuto Ulises (ya os contaré a qué vienen todas estas referencias homéricas). Y termino con una profecía de mi madre (de cuando yo era joven): "No bebas cerveza, se te pondrá el pelo blanco, luego se te caerá y te volverás medio tonto". Lo clava siempre. 

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