Llueve en Albacete y la lluvia me lleva a Edimburgo, aunque solo nos mojáramos uno de los seis días que estuvimos allí.
Hay lugares que se fijan en las entretelas del cerebro con un pegamento permanente. Añoro Edimburgo, como si hubiera vivido allí varios años. Lo extraño por su verano otoñal, por su real milla, por tantas y tantas cosas que podría elegirla como lugar ideal de veraneo, a pesar de haberle dedicado una estatua al desgraciado de Adam Smith. Las gaviotas, afiliadas a la FAI, le riegan la cabeza con su guano, un bello signo contra el liberalismo económico. Es esperanzador ver su cabello lleno de mierda, aunque el funcionamiento de la ciudad sea de lo más smithiano: cada vez que pides “The bill” te sacan el tuétano, un riñón y la caja torácica.
Extraño a los comefuegos, a los titiriteros, a los cantantes de calle, a los funambulistas… a pesar de la muchedumbre, a pesar de la mercantilización del arte. Extraño la piedra negra de sus edificios, su medievalidad del XIX, romántica, que provoca disputas entre guías turísticos. Todos los que sufrimos la furia del fuego canicular venderíamos a nuestra madre por vivir en un lugar donde se enciende la calefacción en agosto. Gloria (en la acepción romana) bendita.

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