He vuelto hace poco al Pérez, al Bar Pérez de Utiel, el mejor lugar del pueblo, con diferencia. Ya no tengo 16 años, cuando tanto tiempo pasaba allí, pero si me paro a recordar, no sé quién era ese adolescente que se reunía en los ochenta con su pandilla. El café, con su estupenda restauración, es mucho más reconocible que uno mismo. Los espejos biselados que recorren los divanes son iguales, cambian los rostros que se reflejan en ellos. Los tahúres y las boinas han desaparecido. Algunos chiquillos corretean sobre las maderas por donde arrastraban las botas los viejos y los borrachos. Los ratoncillos ya no asoman el hocico por los huecos de las tablas. No hay mugre, ni cafés del tiempo prefabricados del día anterior. No hay humo, no nos lloran los ojos al entrar. Ha desaparecido la televisión, siempre con una corrida de toros eterna o con una película porno. Tampoco hay máquinas tragaperras, en su lugar, una estantería ¡con libros! Los grupos reunidos alrededor de las mesas redondas de mármol no cantan las cuarenta, ni discuten con el caliqueño colgando de los labios. De fondo suena jazz, ¡jazz!, sustituyendo a los olés de la televisión. Ya no asusta llegar hasta el váter por aquel pasillo angosto que desembocaba en una oscuridad inquietante y unas paredes rebosantes de orines.
Después de este retrato, tendría que dibujarme a mí mismo. No es necesario, toda esa decrepitud del local antiguo, sería análoga a la corrupción moral de mi adolescencia. Lo peor es que yo ne he podido reparar el tapizado, ni limpiar la costra de mugre, que todavía me envuelve. Me he restaurado a la inversa: la lubricidad y la alegría de la juventud las he sustituido por una tristeza solitaria e insondable.

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