viernes, 21 de agosto de 2026

Edimburgo IV: "Güisqui"


 

25 mililitros de güisqui no es nada, nada. Eso es lo que nos sirvieron en la destilería Johnny Walker antes de empezar la visita. 25 mililitros es un hilo en el vaso redondo que no llega a mojarte el primer incisivo. De todos modos, la visita a la destilería merece la pena, sobre todo por la impresión de laboratorio futurista de corte frankensteiniano. Y también por los tres cócteles (maravillosos) que nos sirvieron. 

Y lo mejor de todo es que, al salir de la destilería, nos colamos en una de las innumerables iglesias góticas de Edimburgo y esta no estaba desacralizada. Nos topamos con una misa en toda regla y con un coro de querubines, que, después de los líquidos espirituosos, nos supieron a gloria (los licores de malta tienen esa virtud). Hacedlo como visita turística, es un aliciente. Id al tour de la destilería y, después, os metéis en esa iglesia donde los querubines cantan como los ángeles. Eso sí, buscad un pub para purgar vuestros pecados como conviene, no lo hagáis de cualquier manera, un pub familiar donde se pueda refrescar la intensidad del güisqui de malta. Después de ver por tercera vez los Tudor, yo comprendo mejor esta afición por las traiciones en los rincones de las capillas y por las escenas eróticas de dosel y orinal. Supongo que en el XVI no había clubs de alcohólicos anónimos. Bueno, la Inquisición iba por ahí, peor no pudo con el güisqui de malta. Adam Smith es de los pocos que pudo competir con la industria religiosa.  

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