Lisabeta lloraba con desconsuelo todas las tardes sobre una planta
de albahaca. La acariciaba como si se tratara del rostro de su amado, con una
melancolía sin fondo. Vertía sus lágrimas durante horas y horas. Los vecinos
contemplaban con curiosidad la intensa tristeza de Lisabeta. La muchacha había perdido
la belleza y la lozanía en menos de dos meses. El descuido de su cabello y la
hondura de sus ojos eran reflejo de una enfermedad del alma que le estaba
robando la vida a manos llenas. A pesar de las luminosas tardes del sur de
Italia. A pesar de la algarabía y la felicidad de la primavera. A pesar de que
nada le faltaba: ni comida, ni joyas, ni vestidos, ni sol, ni juventud. A pesar
de todo eso, un mal muy hondo corroía a Lisabeta. Lloraba sin consuelo en el
alféizar de la ventana. Acariciaba las hojas de la albahaca y prestaba su
vitalidad a esa planta que crecía con la desproporción de una pasión adolescente. Aspiraba Lisabeta su aroma.
Aspiraba hasta marearse de perfume. Un perfume que con cada lágrima se volvía
más fresco, más sólido. La vitalidad que se iba segundo a segundo del rostro de
Lisabeta la recogía la albahaca para enriquecer su aroma y su verdura. Los
pájaros gustaban de acercarse hasta la ventana y arrullar con su canto aquella
tristeza de loba moribunda.
Los vecinos, heridos por la nostalgia de la belleza perdida, avisaron
a los hermanos de Lisabeta -algunos por conmiseración, los más por malicia-. Al
comprobar las locuras que su hermana dedicaba a un tiesto de albahaca,
decidieron arrancárselo de entre las manos. Lisabeta se arrojó al suelo,
suplicó, derramó sus últimas lágrimas para que no le arrebataran su consuelo,
pero los hermanos, aún más animados por la desesperación de la
muchacha, no consintieron en devolvérselo. Ella tenía que mejorar su aspecto para
casarse cuanto antes con un mercader al que sacar el mayor beneficio posible del enlace.
Había que alejarla de esa planta que estaba causando su desgracia y la de la
familia. Sus padres habían muerto y eran ellos los que cuidaban de su hermana y
de la buena herencia que les dejaron.
Abandonaron a Lisabeta en su habitación. Estaba en el suelo,
agotada por el sufrimiento. La tumbaron sobre la cama y ordenaron a la
sirvienta que le preparara una tisana. Cuando volvieron de su negocio,
encontraron a muchos vecinos en la puerta de su casa. Lisabeta había muerto esa
misma mañana, consumida por la pena. Su muerte había acercado a los curiosos
hasta la rica mansión de los hermanos huérfanos y todos lamentaban la pérdida
de una muchacha tan bella y joven -algunos con verdadera conmiseración, los más por
malicia.
Los dos hermanos, después de haber enterrado el
cuerpo decrépito de Lisabeta, se acercaron hasta la albahaca. Estrellaron el
tiesto contra el suelo y de la tierra vieron brotar los rizos y luego la calavera de Lorenzo, el
empleado de su almacén. Ellos mismos habían enterrado su cuerpo en un
descampado, a las afueras de la ciudad.
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