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lunes, 22 de mayo de 2017

"No te fíes del narrador" por Marta Fernández




Sabes que está aquí. A este lado del papel. Y parece inofensivo y desarmado. Un ser hecho de palabras en primera persona. Un ser todo ojos y diccionario. Que mira y que dice. Y te fías. Porque siempre ha sido así. Porque el narrador es tu cicerone. Porque te lleva, te explica, te revela, te abre su mente, te presta su cuerpo inventado para que puedas entrar en esa dimensión ajena llamada ficción. Es tu aliado. A veces, tú eres el suyo. Solo te puedes poner de su parte. Y sin embargo, ya deberías saber que no siempre merece tu confianza. Tendrías que haber aprendido que la voz que te habla, a veces, te engaña. Que no todo el mundo ha venido aquí a decir la verdad.

Quizá debiste sospechar de aquel muchacho del peto. Pero tú eras un lector primerizo también. Y te parecieron familiares sus titubeos. Su bendita inexperiencia. «Nunca he visto nada más que mentirosos, una vez y otra». Y aunque en el primer capítulo Huckelberry Finn ya te avisaba de que todo el mundo miente, incluido él, decidiste embarcarte río abajo, hasta donde el Mississippi te quisiera llevar. O hasta donde te llevara Marc Twain —un caballero, recuérdalo, que tampoco firmaba con su nombre real—. Y según avanzaba el viaje comprendiste que Huck no es Tom Sawyer, que su autor se ha vuelto más pesimista y que quizá su personaje no decía toda la verdad.

¿Cómo va a decir la verdad quien sabe tan poco de la vida? Tan poco como Holden Caulfield que cree que el mundo ideal debería ser como la taxidermia del Museo de Ciencias Naturales. Un espacio donde nada cambia, donde los hermanos no mueren, donde se para el camino que te lleva a la madurez. «¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?». Se lo pregunta Holden, ante el lago helado de Central Park, con la cara pasmada del Tony Soprano al que le vuelan las mascotas. Como si conociendo la ruta de la fuga asegurara la vuelta. Pero lo único que aseguró fue dejar la interrogación suspendida en el aire, para que se le enganchara como un mantra a Mark David Chapman. Ese admirador no fiable que en la puerta del Dakota llenó la ausencia de los patos con la sangre de John Lennon.

Pero Lennon no sabía dónde van los patos. Como no lo sabía Holden Caulfield, pobre Peter Pan enfurecido incapaz de interpretar el mundo. Ni siquiera se da cuenta de que no ha entendido el poema que inspira su fantasía: los niños corriendo entre el centeno. No Holden, no hay un campo que acaba en un precipicio lleno de pequeños a punto de caer. No hay nadie a quien salvar. Nuestro narrador tiene tan poco crédito como su memoria. Nos miente a todos. El azote de los farsantes es solo un farsante más.

Acaso todos somos farsantes alguna vez. Lo son los adolescentes y los obsesos. Y los enamorados. Lo es Humbert Humbert cortejando a la madre cuando desea a la hija. Cegado. Aliterante. Loco. Criminal. Pederasta. Desesperado. Compulsivo. Embustero.

Uno de esos embusteros que quieren contar la verdad. La versión redentora de sus faltas. La que justifica sus crímenes. Dice Nabokov que Humbert pasa ocho semanas de escritura frenética. Aporreando las teclas como un kamikaze. Consciente de que va a morir de amor o de reclusión. Hasta que el lector detective que hay en ti descubre un error en su historia. El profesor se equivoca con las fechas, como Holden se equivocaba con el poema del centeno. Hay quien dice que su desbarajuste con el calendario es solo el rastro de miguitas que deja Nabokov para que descubramos que su personaje es un fraude. No te fíes de Humbert Humbert. ¿Cómo te puedes creer a un caballero que pierde la cabeza en el primer párrafo? Pero los lectores somos permisivos. Nos gana con su arranque anafórico. Nos secuestra y nos contagia el síndrome de Estocolmo de todos los letraheridos.

Unreliable narrator. El término lo acuñó Wayne C. Booth, el único narrador de fiar que aparece en este texto. Catedrático de la Universidad de Chicago, a principios de los sesenta inventaría las categorías que la crítica sacralizaría después: el autor implícito, la distancia del que escribe o el narrador no fiable. Para Booth el escritor era una araña y su labor pasaba por tejer una red invisible en la que atrapar al lector. Una red de palabras. Quizá influyó en ese afán su educación en el seno de una familia descendiente de pioneros mormones. O que él mismo difundiera la fe haciendo de misionero por los fly-over-states. O que intentara desentrañar las trampas retóricas de las Escrituras, el texto de cuatro cronistas que no siempre se ponen de acuerdo en las circunstancias de su personaje principal —claro que la historia demostraría después lo difícil que resulta ponerse de acuerdo en las circunstancias de Dios—.

Para Booth el narrador fiable es el que habla o actúa de acuerdo con las normas y la lógica de la obra. Mientras que el no fiable, no. Ese que te manipula, que tiende trampas, que miente, que oculta información, que esconde ases marcados que nos obligarán a releer mentalmente la novela cuando, al final, hayamos desplegado la baraja entera.

Pecadores suicidas como Humbert Humbert. Inocentes inexpertos como Huck Finn. Insomnes desquiciados como el narrador anónimo de El club de la lucha. El juguetón Tristram Shandy. El sospechosísimo Roger Ackroyd en el queAgatha Christie nos hace confiar.

O los locos. Tan efectivos al otro lado de la página. Locos en lo mínimo, como el Zeno de Italo Svevo, que se miente contándose que cada cigarrillo es el último, que embauca a su psiquiatra y que seduce a James Joyce. Locos encerrados a salvo de la ultraviolencia, con terapias en forma de beethoveniano lavado de quijotera —y no hace falta decir más del Alex de Burgess—. Locuras recurrentes, como la conciencia laberíntica de El cerebro de Andrew, con la que Doctorow jugó a ser trapecista entre neuronas ajenas. La locura cotidiana del Stevens de Ishiguro —mayordomo compulsivo y perfeccionista empeñado en pulir las aristas del corazón—. Y locuras transitorias y salvadoras: la de Pi, que convierte su tragedia de náufrago en un exótico bestiario que esconde la verdad.

Pero en el concurso de narradores desquiciados se lleva el premio el Gran Jefe, el indio que limpia los borboteos de la esquizofrenia en el psiquiátrico de Alguien voló sobre el nido del cuco. Su balanza solo se equilibra entre la mentira y el desvarío. Tan farsante que consigue fingir durante años que ni habla ni escucha. Tan falso que se hace pasar por mudo y se convierte en narrador. Y narra la historia de otro impostor: Randle Mc Murphy, un chorizo cualquiera que prefiere ser tomado por tarado que ir a prisión. ¿De verdad te puedes creer a un tipo que pretende no poder hablar para después hablar sin parar para contar la historia de un crimen que en el fondo quiere ocultar? No. ¿Cómo te vas a fiar de un narrador que pudiendo huir en la primera página no se larga del infierno hasta el final?

Ese infierno lisérgico de Ken Kesey —el que él mismo vivió convertido en cobaya humana en una institución mental en Menlo Park— se parece mucho al de Allen Ginsberg. Como se parecen sus paraísos artificiales. «La primera vez que vi a Allen Ginsberg estaba en una fiesta al lado de la chimenea». Kesey, Ginsberg y sus juergas. Una pasará a la historia. 7 de agosto de 1964. La corte psicodélica de Kesey recibe a los Ángeles del Infierno en su rancho de California. Hunter S. Thompson recordaría el glorioso desfase en su tesis antropológica —o centaurológica— sobre los moteros salvajes. Tom Wolfe daría su versión vertiginosa y onomatopéyica en Ponche de ácido lisérgico. Y Ginsberg la convertiría en poema alucinado. Pero de aquella celebración alcaloide surgiría algo más. La versión en prosa de Aullido, la única pseudonovela que Ginsberg llegó a escribir. Una historia con un narrador tan poco fiable como cabría esperar. Otra peripecia en un reformatorio mental.

Rockland, donde estabas más loco que yo apenas supera las cien páginas. No hace falta más. Impresa con técnica mimeográfica, como muchos otros trabajos de la época del universo underground. Según la leyenda, Ginsberg escribe su único experimento en prosa tras una apuesta en aquella fiesta desparramada que recuerda a la génesis de Frankenstein. La novela es un retruécano que forma un bucle perfecto con su poema Aullido. Cuenta la misma traumática experiencia —su paso por el Instituto Psicológico Presbiteriano de Columbia— pero retuerce el punto de vista. El poco fiable narrador no es uno de los enfermos. Es el director de la institución. Un doctor atractivo por fuera y demoníaco por dentro que resulta ser el verdadero tarado. El perturbado que mantiene prisioneros a los mejores cerebros de su generación. Hasta el final no sospechamos que el respetable Dr. Kashady —que nunca falte un guiño a N. C.— es el mayor desequilibrado de la institución.

Ginsberg nos obliga a reconstruir la novela hasta el principio con otra perspectiva, a interpretar la historia con la piedra de Rosetta fundamental que no encontramos hasta el último capítulo: la confirmación de que su director es un voraz sádico. Así es el narrador no fiable: nunca termina de hacer su trabajo, lo tiene que rematar el lector.

Lectores sabios a los que les va la marcha. Lectores que, en ocasiones, son también editores tan avezados como Maxwell Perkins. Cuando recibió Trimalchio se deshizo en elogios sobre esa novela maravillosa que «tan bien fusionaba sin perder la unidad las incongruencias de la vida moderna». Pero le faltaban datos sobre el personaje central: Jay Gatsby. Y Francis Scott Fitzgerald se pone a reescribir. Da información sin darla. Presenta al millonario misterioso sin desvelar su secreto. Y solo podía hacerlo a través de Nick Carraway, al que convierte en testigo observador de Gatsby pero no le concede una lupa para escudriñar su pasado.

El Nick Carraway de Fitzgerald va por la vida sin cristal de aumento. Otros narradores no fiables afrontan su trabajo a través de una lente deformante. Lo hace Ford Madox Ford en El buen soldado, que no es solo la historia más triste jamás contada, también la más difusa. Lo hacen quienes se convierten en narradores de su vida, la real, a través del cristal rosa de la memoria. Maestros de la ficciobiografía. ¿De verdad, Leni Riefenstahl, que no sabías nada de lo que estaba haciendo Hitler? ¿De verdad que ignorabas que después de pasar delante de tu cámara los niños gitanos de Tierra baja continuarían su camino hacia Auschwitz para el último fulgor del Zyklon-B? A veces los narradores no fiables de la vida verdadera dan mucho más miedo que los de la ficción. Más miedo que el diablo epistolar de C. S. Lewis, que el narrador laberíntico de La casa de hojas, que el asesino confeso de 1922, que los enigmáticos contadores de las historias de Neil Gaiman, que el feroz psicópata de Easton Ellis hambriento de sangre por Wall Street.

El mundo está lleno de narradores que mienten a este lado del papel. A este. El lado desde el que te escribo. El lado desde el que confesé que Wayne C. Booth era el único narrador de fiar que aparecía en este texto. Sí. En algún punto de esta historia te tendí la trampa de una mentira. Pero no puedes decir que te he engañado. Te avisé desde el principio: no te fíes del narrador.

sábado, 13 de mayo de 2017

Ferlosio contra Disney


Contra Disney

“Hasta la crema de la intelectualidad se toma en serio inmundicias no sólo estéticas sino también ideológicas, como Casablanca o Lo que el viento se llevó; ya que las convenciones del ‘derecho narrativo’, además de ser ideológicas ya en cuanto formas o más bien fórmulas en sí, se han convertido también en eficaz instrumento pedagógico, potenciador de ideologías. El paradigma supremo de semejante función educativa es Walt Disney, el gran corruptor de menores y la mayor catástrofe estética, moral y cultural del siglo XX”.

domingo, 30 de abril de 2017

"La interdisciplinariedad en aforismos" por Jorge Wagensberg


Cuando un avión rompe la barrera del sonido se observan unas magníficas ondas de choque. Ante un espectáculo así uno no puede dejar de penar: esto tiene que servir para algo más (lo mismo le pasó a Newton con la manzana). Y en efecto, de esta idea surge otra gran idea, nada menos que la de eliminar las dolorosísimas piedras en un riñón sin necesidad de recurrir a la cirugía. Tengo la fantasía de que un piloto de caza se estaba tomando una copa, como todos los viernes, con un amigo urólogo. Mientras el médico se lleva el vaso a los labios, el militar presume describiendo su experiencia. Ha visto con sus propios ojos cómo ciertos materiales se desintegraban sin que ningún otro objeto los tocara siquiera. El whisky con hielo se detiene en un punto a medio camino entre la mesa y sus labios: ¿Puedes repetirme eso? ¿Qué dices que has hecho? ¿Qué dices que has visto? Naturalmente, la aeronáutica de guerra y la formación de piedras en un riñón son dos disciplinas bien distantes y los resultados de una no se pueden secuestrar directamente. Solo las ideas en bruto tienen licencia para sobrevolar la frontera, lo que en ningún modo ocurre con las conclusiones elaboradas. Por ello al médico no se le ocurrió atar a sus pacientes al morro del avión de su amigo. Lo que hizo fue tomar la idea prestada para iniciar con ella una investigación interdisciplinaria. Hoy la litotricia extracorpórea por onda de choque es un tratamiento no invasivo que ahorra riesgos, dolores e incomodidades. También es una prueba de la trascendencia que puede llegar a tener el hábito de tomarse una copa con los amigos de vez en cuando.

1. La realidad no tiene la culpa de los planes de estudios que se acuerdan en escuelas y universidades.
2. Para cambiar de disciplina agítense las ideas, los métodos y los lenguajes.
3. Disciplina: conjunto de ideas, métodos y lenguajes para comprender un pedazo de realidad.
4. Nada hay más interdisciplinario que la propia realidad.
5. El pulpo mimético de Indonesia (Thaumoctopus mimicus) tiene talento interdisciplinario, multidisciplinario, pluridisciplinario y transdisciplinario, lo que le permite, si conviene, hacerse pasar por hasta 15 quince especies distintas.
6. Interdisciplinariedad: práctica en la que ciertos vicios son virtudes: intrusismo, promiscuidad, dispersión…
7. ¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano).
8. Las disciplinas se pueden reproducir por simple contacto físico.
9. Las aulas universitarias son disciplinarias, sus cafeterías interdisciplinarias.
10. El límite de la hiperespecialización (saber todo de nada) es tan grotesco como el de la hipergeneralización (saber nada de todo).
11. Comprender cómo se las arregla un pez para nadar requiere nociones de zoología, etología, anatomía, fisiología, evolución, mecánica, hidrostática, hidrodinámica, ingeniería…
12. El especialista ahorra energía a costa de aceptar un riesgo mayor frente a la incertidumbre (el osito koala solo come eucaliptus).
13. El generalista despilfarra energía para enfrentarse a un riesgo menor frente a la incertidumbre (la rata come cualquier cosa).
14. Solo existe un lugar en el que lo interdisciplinario pierde todo interés: en un bosque con más árboles que ramas.
15. El conocimiento interdisciplinario avanza a golpe de concentración y de dispersión.
16. Es tan difícil encontrar humor en un buen poema como no encontrarlo en un buen aforismo.
17. La pureza es una mezcla de referencia.
18. El conocimiento avanza por las costuras de sus disciplinas.
19. El gran interés de la conversación interdisciplinaria se da cuando sus interlocutores no ignoran lo mismo.
20. En 1865 Maxwell integra el magnetismo, la electricidad y la óptica en una sola disciplina: el electromagnetismo; en 1905 Einstein integra la mecánica, la termodinámica y el electromagnetismo; hoy esperamos unificar la física cuántica y la gravitación… o la irrefrenable tenencia politeísta del conocimiento científico.
21. Dedicarse a una sola disciplina es como hablar un único idioma: empequeñece la realidad.
22. La mera existencia de la ética y la estética obliga a que cualquier otra disciplina sea interdisciplinaria. 

sábado, 29 de abril de 2017

"Quieren tradición" por Antonio Muñoz Molina


El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y en último extremo a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.
Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.
Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.
Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.
Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo.


sábado, 22 de abril de 2017

"Barroco blanco" por Marcos Ordóñez


Quevedo, hombre de extremos, contradictorio, gran desconocido. Misógino y adorador de la mujer, místico y tabernario, antisemita que denuncia la esclavitud de los negros, en uno de los muchos textos que destellan en estos Sueños, tapiz pasionalmente tramado por Gerardo Vera y José Luis Collado en la Comedia, a partir de los cinco discursos furiosos y caóticos que el joven poeta dirige contra los “abusos, vicios y engaños, en todos los oficios y estados” de un Siglo de Oro con pies de barro, en un clima patrio de decadencia y hundimiento moral. Vera y Collado se han enfrentado a todo un reto: ceñir la esencia de un personaje inabarcable y acercarnos a un lenguaje tan alto como arduo sin apoyarse en una trama dramática, sino pintando una suerte de retrato expresionista, con tonos cambiantes y continuos saltos temporales. Tiene la función una ambiciosa voluntad de espectáculo total, músicas espléndidamente seleccionadas (Bach, Monteverdi, Béla Bartók, Jed Kurzel, cantos árabes), sugerentes audiovisuales de Álvaro Luna, luz helada y ardiente de Gómez-Cornejo y un espacio abierto, concebido por Vera y Alejandro Andújar, que recrea un infierno blanco (“el hombre no puede luchar contra lo blanco, que hace posible todo cuanto pueda soñarse”) con ecos de balneario a lo Sorrentino, de quien hay incluso un guiño literal a La juventud.
El viejo Quevedo (Juan Echanove) amanece en un hospital con la cabeza que va y viene entre los recuerdos de su caída, el paraíso de su juventud napolitana y el cercano más allá, todo revuelto y bullente. Echanove está enorme: lo más intenso y conmovedor que le he visto desde Cómo canta una ciudad (Lorca/Pasqual) y Plataforma (Houellebecq/Bieito). Notable trabajo físico (ese cuerpo corroído por la sífilis, con los pies destrozados), poderosa dicción, claro dibujo de un personaje airado y burlón, alucinado y doliente. Te lleva de la nariz a donde quiere: escucharle alternar los pasajes de los Sueños, que hacen pensar en un recontratatarabuelo de Céline, con los sonetos amorosos o las sátiras censorias es un auténtico regalo. Ferran Vilajosana es un joven galeno que rechaza y a la vez reverencia el ingenio de sus demoledoras chanzas al gremio médico. Lucía Quintana tiene un papel bombón: una enfermera en la que Quevedo cree ver a Aminta, su amor italiano. En su delirio, él quiere que ella recuerde los poemas que le dedicó, y así vuelan juntos recitándose esas joyas, culminadas, como no podía ser menos, con “Cerrar podrá mis ojos”. Y hay un trasluz de Heiner Müller cuando ella le susurra: “Siempre amé tu parte más deforme”. Sugerencias: creo que a Echanove no le hace falta subrayar con tono o gesto (en ciertos momentos) la trascendencia de lo que dice, del mismo modo que Lucía Quintana tiene sobrada belleza física y verbal como para deslizarse (de nuevo: en ciertos momentos) hacia una innecesaria zalamería.
Echanove está enorme: notable trabajo físico, poderosa dicción, claro dibujo de un personaje airado y burlón. El infierno blanco y algunos de sus habitantes me evocan el teatro de Nieva: a don Francisco Bis le hubiera gustado esa decadente principessa perfumada con Eau de Guermantes que sirve con sorna Abel Vitón. En pareja clave esperpéntica, Antonia Paso es la portera de las zahúrdas y la Envidia (vestida de amarillo: otro desafío). Óscar de la Fuente, actor de sobrados recursos (ahí está su matizado Cardenal), sirve un Diablo con zumba y poderío. Ya sé que el bicho pide desmesura, pero quizás no haga falta acercarla tanto a la del doctor Frank-N-Furter de The Rocky Horror Picture Show.
Llega luego la Señora Muerte, para que la descomunal Marta Ribera se luzca con una guadañera carnal, vitalísima, que dice textos redondos y soberbiamente colocados: me gustó una barbaridad.
Quevedo va a encontrarse ahí abajo con el espectro de don Pedro Téllez-Girón, duque de Osuna y gran señor de Sicilia, su protector, otro notable trabajo de Markos Marín, que con similar sobriedad borda el perfil de don Enrique de Villena, el Nigromante: con ambos sostiene bellos diálogos sobre el pasado ido y el irremediable declive de la España de los Austrias. Cabe destacar también la cita con el Desengaño, viejo y ciego pero lúcido, a cargo de Eugenio Villota (también muy medido como el fiel Montalbán), o el triple rol de Chema Ruiz: en el infierno será Judas, y el Hombre a secas, desnortado y amargo, y el esclavo negro mencionado al principio. La escena última es una preciosidad. Tras la omnipresencia del blanco llega la oscuridad para tintar indumentaria y lecho del poeta, que muere quijotescamente en brazos de Aminta, y hay que ver y escuchar a Quintana y Echanove despidiéndose con las más bellas frases de los sonetos. Vera y Collado parecen tan fascinados por Quevedo que tal vez han querido meter demasiadas cosas en la bolsa, desbordándola. Algunas podas no le vendrían mal al texto: creo que ya están en ello. El público, puesto en pie, aplaude el talento, el riesgo y la entrega de estos Sueños. Y yo me sumo.