domingo, 29 de diciembre de 2013

De nuevo 29 de diciembre

COPLAS AL AVISO DE LA MUERTE (I)

Cuando la muerte presenta su tarjeta de visita
con los bordes mordidos por la estupefacción,
se asienta un hedor de abismo
en lo más profundo de la garganta
que ahoga las palabras.
Ni siquiera el rumor de lo cotidiano
acalla el infame aroma de la putrefacción
y un temblor de pánico
se instala en el miserable pasar de las horas.

Cuando la muerte se abre paso
con la ferocidad que acostumbra,
nada, ni siquiera el amago del recuerdo,
nos sirve para retener su embestida.
Un adiposo traje de babosas estrujadas
nos viste por la mañana y no nos abandona,
nos persigue a través de nuestra memoria
y no deja que el bálsamo del pasado
sirva para despegar las babas pegajosas
que nos engullen.

Cuando la muerte se presenta de improviso,
ante quien te ha servido de apoyo tantos años,
fabrica una ira vacía que sacude el cuerpo hasta el llanto.
un llanto estéril y agrio que no encuentra recipiente
donde contenerse; un llanto feroz, desesperado,
como el gañido del infante cuando nace.


COPLAS AL AVISO DE LA MUERTE (II)

Recogerán las sábanas tristes,
una noche, tus huesos enfermos.
Harás caja y cerrarás la persiana metálica,
dejarás en penumbra la trastienda.
Cerrarás los párpados por última vez,
y pensarás que ya no habrá más mañanas
de sol, ni más tardes de lluvia.
Sentirás, en la oscuridad de la habitación,
cómo serán los días sin días,
cómo correrá el tiempo sin relojes,
cómo calentará el sol de la eternidad,
cómo se trabajará sin brazos,
sin manos, sin uñas.
Soñarás el último sueño
y la vida se irá con él:
se desvanecerán las higueras
tras los ventanales empañados,
hasta perderse en el limbo de la inexistencia.
Se vaciarán los vasos de limón
para apagar el tabaco negro
y se desharán los solitarios
para fundir la pantalla
de televisión.
Sobre la almohada reposará
una cabeza inerte,
rebañada de recuerdos y de sueños,
aún con la brillantina de la mañana,
pero sin el lustre de lo animado.
Quedará un rastro de aceite
sobre la tela blanca.
Volverás al origen,
al germen de lo nonato
y quedará en nosotros
un rastro oleaginoso
de tu alma.


29 DE DICIEMBRE

Las horas avanzan a latigazos
sobre unos días sembrados de cristales.
En cada chasquido saltan jirones de piel
y se abren heridas de amargura insoportable.
¿Quién ha pagado al tiempo para imponer
este castigo indecente y gratuito?
¿Qué animal perverso se recrea
con el sufrimiento a que nos abocan los años?
Un cómitre salvaje revienta las espaldas del galeote,
al golpe de la vejez sigue el de la enfermedad,
luego el de la agonía, y se detiene en su violencia
para que la muerte se transforme en sosiego,
para que el último estertor se convierta en un martirio deseado.
Cae el cuerpo al suelo y se desangra rasgado por los vidrios,
en un rodar de labios deshechos.
¡Goza, hijo de puta, con tu obra,
complácete con nuestra derrota!



martes, 24 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XXIII: "Catorce consejos imprescindibles para 2014".


En el colmo de los tópicos está ese afán por conseguir renovar en el año que comienza lo que no se ha hecho en el anterior. Para no ser menos, y aunque siempre he huido de los lugares comunes, os propongo catorce consejos para comenzar el año escolar 2014 con brío, buen ánimo y aislados de la ciclogénesis burocrática  y amputadora que nos abruma:

1. Sodomiza a un miembro relevante de los Servicios Periféricos. Si eres mujer, siempre puedes pasar por un sex shop y hacerte con uno de esos artilugios que se usan en el sadomaso. Ahora bien, si compruebas que goza, deja de hacerlo y oblígale a leer un libro.

2. En claustros, cecepés, consejos escolares y otras reuniones parecidas cuenta chistes verdes y no dejes de interrumpir al secretario cuando lea el acta. Con un poco de esfuerzo, es posible que consigas que te echen o que todos se lancen a contar historias divertidas. En cualquiera de los dos casos, sales ganando.

3. Ilustra tus PTI con fotografías de modelos brasileñas o de actores húngaros. Si en cada uno de los ejemplares buscas una buena ilustración, verás cómo no resultan tan aburridos.

4. Si algún alumno te monta un buen pollo, piensa antes de actuar. Primero debes ponerte en su lugar, trasladarte en el tiempo y ver si tú hiciste lo mismo en el pasado. Si es así, déjalo pasar, hazte el blando. Si no, métele un buen paquete. Evitarás remordimientos innecesarios y te desahogarás a gusto.

5. Desconecta la wifi de la sala de profesores. Será divertido comprobar cómo se comportan los que se esconden detrás del ordenador para no hablar con los compañeros. Provocarás nuevas relaciones sociales, discusiones y alteraciones del orden público que siempre son muy aprovechables para contarlas en fiestas y homenajes.

6. Dicta los exámenes. Será un tiempo precioso el que los alumnos dedicarán a la copia de los enunciados y no a las respuestas. La reducción en el contenido para corregir te vendrá de perlas para acudir a pilates o para hacerte la manicura japonesa.

7. Si en algún momento te asalta una debilidad y quieres regalar algo a alguien del centro, no dudes en hacerle el obsequio a uno de los miembros del equipo directivo. Son los únicos que te podrán recompensar por tu altruismo.

8. Acude a todo tipo de fiestas, comidas u homenajes. Si faltas, ya sabes de quién van a hablar y por muy bien que hagas las cosas, seguro que te sacan algún defecto del que van a tirar hasta que te quedes sin piel.

9. Cuando te satures de planificar, corregir, aguantar a alumnos molestos o de los propios compañeros, bueno, no tengo otra solución mejor: sodomiza a un miembro relevante de los Servicios Periféricos. Es muy terapéutico, 9 de cada 10 mamporreros lo aconsejan.

10. Si te crispan las evaluaciones interminables, donde no se decide nada importante y solo se habla de la plancha que se acaba de comprar la madre de fulanito y de los pelos que me lleva la Jénnifer, llévate los PTI y revisa las fotografías de las modelos brasileñas o de los actores húngaros.

11. Lleva ropa llamativa al instituto, no dejes que unos muchachos o muchachas de 16 años te quiten el protagonismo con sus tangas de cuello alto o con sus calzoncillos de corva baja.

12. Sé discreto, no intentes contar todo lo que has hecho durante las Navidades en el primer encuentro en la sala de profesores. Ya no te quedará nada de qué hablar y tendréis que tratar de los suspensos de fulanito y de los problemas ortográficos de menganito durante todo un trimestre. Si no has hecho nada durante las Navidades, ya lo estás haciendo o te lo inventas.

13. No muestres tus debilidades en clase ni delante de compañeros sospechosos. Como en las películas de policías, todo podrá ser utilizado en tu contra, incluso muy en tu contra.

14. Y por último, lo de sodomizar a un Periférico se entiende en sentido metafórico. Es decir, mandándole cartas o emails absurdos todos los meses para contradecirlos al mes siguiente (pagarles con la misma moneda), llamándole por teléfono para consultar asuntos sin importancia... Y bueno, si no os sentís satisfechos con lo metafórico y tenéis oportunidad de ver a alguno de estos ejemplares (también valen los de la Consejería y el ministro de Educación) pues no os cortéis y hacedlo de forma literal. Ya os he dicho que 9 de cada 10 mamporreros lo aconsejan. Os aseguro que seréis más felices.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XXII: "Taxonomía avanzada del profesor de secundaria II"


Fotografía de Juan Luis López Palacios

Como os prometí en la última entrega, aquí sigue la transcripción del análisis taxonómico de la Universidad de Osuna sobre la condición del profesorado.
2. DOCENS MANTIS MANTIS: Se trata de una malformación congénita de la especie "docens mantis". Mucho más peligrosa y dañina que la anterior. El ansia por el suspenso que persigue su pariente próximo ha mutado hacia una propensión al estrujamiento del alumnado. El "docens mantis mantis" experimenta un placer morboso cuando humilla a la termita y la empuja a salir del sistema educativo. Su mal digerida ciencia la regurgita sobre el alumno con el único fin de mostrar su superioridad sobre él. Se ceba con los mediocres y los aplasta hasta hacer de ellos su carnaza. Así como el "docens mantis" teme a todo lo nuevo, este espécimen ha heredado, junto a esta condición, la de la pedantería inaguantable. Es una perversión de la primera especie y como tal se comporta: siente odio por la profesión y, en cambio, no podría vivir sin la sangre del débil con la que alimenta su indigencia social. Por suerte es cada vez más rara esta especie y solo se ha detectado un 1% en la actualidad.
3. DOCENS APICULA: Es la especie más abundante, del orden de un 60%, aunque también es de la que menos se habla por su discreción. Se define por su interés por enseñar, por su dedicación y por la indiferencia que muestran los alumnos hacia ellos. No suele mostrar grandes artificios ni excepcionales aptitudes, solo se dedica a laborar en su celda (de ahí su nombre científico) con la mejor de las intenciones. Tampoco se suele enrolar en proyectos demasiado novedosos, ni en empresas revolucionarias. Simplemente trabaja y desarrolla su función de obrera para fabricar la miel necesaria con que alimentar a los alumnos. Algunos de estos especímenes se ven absorbidos por la voracidad de la "docens mantis", pero suelen abandonar sus propuestas por no participar del placer por suspender. Solo el exceso de horas y una mala planificación administrativa de sus labores, provocan que esta especie se vea desbordada y entre en la espiral de otras minoritarias con escasa dedicación educativa. A veces, su exceso de sumisión es aprovechada por la rapiña cruel de los gestores educativos. Los exprimen hasta dejarlos sin sus señas de identidad genética y son los alumnos los que sufren las consecuencias de su desbordamiento (aunque este problema a los gestores de la colmena les trae sin cuidado).
En la siguiente entrega hablaremos de los "docens cigarra" y de los "docens aranea".

domingo, 22 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XXI: "Taxonomía avanzada del profesorado (Universidad de Osuna), I"

Fotografía de Juan Luis López Palacios

Desde la Universidad de Osuna se nos envía una taxonomía avanzada sobre la condición del profesorado de secundaria en España. No es un tratado definitivo (según rezan los propios autores), pero sí el único en el que se clasifica a las diferentes especies de docentes en categorías entomológicas con el fin de estudiar con mayor espíritu científico a los especímenes que se dedican a la ardua tarea de educar y evaluar a nuestra ínclita raza de termitas adolescentes.
Se aportan, como en toda clasificación biológica y antropológica, especies nombradas genéricamente con un término latino que nos sirve para identificar a los diferentes individuos que se incluirían dentro de dicha nomenclatura. Transcribo en esta entrada las características con que se define a la primera de esas especies:

I. DOCENS MANTIS: Ejemplar en evidente retroceso. Según las estadísticas de los últimos diez años, tan solo un 10% de los profesores pertenecerían a esta categoría. Se definen en esencia por su capacidad devoradora. Son infatigables a la hora de acabar con las esperanzas de las termitas de salir con un aprobado de una evaluación. Su diferenciación como especie reside en el hecho de suspender a más alumnos que ninguna de las demás. Es su norte. Para ello abandonan métodos novedosos de enseñanza y se muestran estrictos y poco flexibles en sus clases. Dan pocas pistas sobre los medios para aprobar y se nutren del silencio absoluto de su alumnado. Cuando se encuentran con un número exagerado de suspensos tienen la satisfacción de haber triunfado como miembros de su especie. Esta condición les da prestigio entre termitas y padres. Su máxima gloria es verse contemplados como los duros del instituto y suelen gozar una vez conseguida esta impresión de rigidez y de extrema dificultad. Cuando se encuentran con un curso brillante, desarrollan toda su genética y se ufanan al cotejar sus bajas notas con el resto de materias. Es curioso observar cómo algunas de las termitas educadas por los "docens mantis" desarrollan una sensación de síndrome de Estocolmo y se regodean en el sufrimiento y en las interminables horas de estudio que necesitan para sacar un 5.  Sus métodos suelen ser tradicionales y abruman con la misma ponzoña que en la Edad Media se utilizaba para desasnar en los sermones religiosos. El misoneísmo es una de sus señas de identidad.
Una de sus degeneraciones es la especie "docens mantis mantis" (de la que hablaremos en la próxima entrada), por suerte casi extinguida en los institutos de la actualidad.
P.D.: Mis agradecimientos a los investigadores de la Universidad de Osuna por permitirme hacer pública esta investigación que todavía está en proceso.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XX: "Literatura visceral"

Fotografía de Juan Luis López Palacios

Era el momento de los relatos íntimos, de la literatura visceral. Los ejercicios debían reflejar los hábitos y costumbres de sus experiencias más impactantes. Se les ofreció un variado surtido de títulos entre los que debían escoger: "Mi primer día en el instituto", "¿Qué hago los fines de semana?", "Un viaje al extranjero", "Mi primer beso", "Un día de Carnaval"...
El profesor, después de haber intentado el ejercicio de la doma sin éxito, había detectado que eran proclives a la narración, que gozaban contando sus experiencias y relatando los sucesos sin trascendencia de sus cortas vidas. Todos, cuando uno de ellos leía o simplemente recordaba lo ocurrido la tarde anterior en la plaza de su pueblo, escuchaban en silencio, con una atención que no se conseguía con otros medios. Les gusta oírse y ver cómo una aventura en la que son protagonistas es relatada por uno de sus compañeros. Ríen, esperan el final, se enfadan cuando falta un detalle, son unos críticos despiadados.
Pero aquel día tocaba relato escrito. Y nada menos que al estilo de Mesonero Romanos: contar los usos y costumbres de su vida cotidiana. Aunque se podía esperar de ellos, de sus doce años sin herradura, cualquier cosa, había algo seguro: la ortografía y la puntuación de los ejercicios iba a dejar mucho que desear. Pero una vez leídos los relatos, fue lo de menos. Tras corregir su forma y adecuar (poco) la gramática, os dejo dos muestras de la mejor literatura escatológica, que nada tienen que envidiar al mejor Bukowski:
"Cuando llegué al instituto, estaba muy nervioso. Yo soy muy pequeño y aquello era muy grande y no conocía a nadie. De tantos nervios, me entraron ganas de orinar. Pregunté por los baños y fui para allá a saltos. Dentro había un chico mayor. Yo me puse a mear y con los nervios y la presión se me escapó una ventosidad. El chico mayor se rio mucho y me dijo que era un marrano. Y yo, echando mano de un dicho que le oigo mucho a mi padre, le dije: "El que mee y no se pee es como el que tiene un libro y no lee". Y aquí acaba mi historia".
"Mis fines de semana son muy divertidos. Estoy esperando que llegue el viernes para dejar el instituto y comenzar mis actividades. Los sábados por la tarde me lo paso muy bien jugando a la consola sin parar, pero lo mejor es el domingo. Toda la semana estoy esperando ese día. Después de comer, me encierro en mi habitación y me hago unas "pajillas". Fin".
Como veis, por mucho que hayan avanzado las civilizaciones y aunque los intelectuales vaticinen una y otra vez el fin de la novela y de la literatura, aquí hay una muestra de que lo que más interesa a los chicos, por mucho que hayamos avanzado, es la vida, para después contarla.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XIX: "El viaje a ninguna parte del interino viejo"

Fotografía de Juan Luis López Palacios

El viaje del interino a través de las profundidades océanas de los institutos de España es una experiencia que no tiene nada que envidiar a la de Miguel Strogoff o la de los cómicos de la legua. En un mismo año se pueden conocer tantos destinos, tantos compañeros distintos, tantos adolescentes desorientados que en junio, al final del periplo aparece una luz blanca que les indica la salida del túnel, como los moribundos que han podido contar sus experiencias sobre la proximidad de la muerte.
Les suele recibir en el centro un Jefe de Estudios estirado y con pocos escrúpulos que los arroja dentro de un aula donde los acechan 30 fieras voraces. Los muchachos esperan con avidez al nuevo, al que va a estar con ellos un breve tiempo y que no va a poder controlarlos como lo hacía el que los conoce de antiguo. Se frotan las manos, se afilan los colmillos y la baba les rebosa y cae barbilla abajo. Ni siquiera se tiene tiempo de preparar la materia ni de planificar la clase, todo es precipitado y caótico. En un mismo curso un interino puede pasar por todos los niveles educativos posibles, puede haber intentado sanar la locura de muchachos de 12 años y haber sosegado la angustia del preuniversitario de 18. Nadie tiene compasión de ellos, es más, el Jefe de Estudios que los lleva hasta el aula y los introduce en ella goza con sadismo de su indefensión.
Al cabo de 30 días o con suerte después de 4 meses se va del centro sin apenas haber conocido a sus compañeros, sin apenas haber tenido contacto humano, si no es el de las dentelladas de los alumnos que muerden sin compasión la pieza tierna. Magullados y sin ninguna caricia abandonan el instituto, la ciudad donde han vivido uno o varios meses a lo sumo y salen hacia un nuevo destino donde los tundirán como a cuero sin curtir.
El problema es que ahora, en estos tiempos de miserias, los interinos ya no son muchachos y muchachas imberbes, recién salidos de la universidad y con toda la energía paciente para aguantar estos vaivenes, no. En estos años, los interinos son gente ya granada, con años de experiencia a sus espaldas, que se ven de nuevo, como el cómico viejo, arrastrados por los caminos, de feria en feria, para que los paisanos descarguen sus frustraciones o sus pocos años sobre ellos. Y a veces, aunque el Jefe de Estudios sea un personaje estirado y con pocos escrúpulos, se le despierta una cierta misericordia al verlos partir con la cabeza gacha y la maleta reventada por el traqueteo del viaje.  

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XVIII: "El ingeniero hidráulico Don Quijote de la Mancha"

Fotografía de Juan Luis López Palacios

"El ingeniero hidráulico Don Quijote de la Mancha" es un buen libro. Cuenta la historia de un hombre que no está muy bien de la cabeza, aunque dinero tenía bastante. Inventó los molinos de viento y eso hizo que se montara en el maravedí. ¿De qué si no iba a tener un caballo, un criado y una mujer que le hacía la comida? Bueno, a este tío, que ya estaba a punto de cascar cuando comienza la historia, no se le ocurrió otra cosa que andar de aquí para allá por las tierras de La Mancha.
Yo soy de aquí y a nadie con dos dedos de frente se le ocurre pasearse en caballo por vicio por mitad de los trigos. Yo, si tuviera posibles como tenía este hombre, me voy a Cancún o a Benidorm o a la Costa del Sol. A nadie se le ocurre, teniendo dinero, salir en caballo por estos andurriales. ¿Para qué?, si entonces tampoco había playa, ni festivales de música, ni macrofiestas, ni "na" de "na". Mi padre conocía al autor de este libro, ¡menudo pájaro! Su amante vivía cerca de la casa de mi abuelo y más de una vez lo vieron saltar por la ventana con la ropa en la mano. El marido de su amante era camionero y una noche los pilló en la cama y les dio una tunda que le dejó huella. ¿Por qué os creéis que no nombra el lugar del que salió ni algunos de los sitios que visita su personaje?, pues, coño, porque no tenía buen recuerdo del pueblo donde lo trasquilaron por goloso.
Bueno, a lo que vamos, este hombre se echa un criado, un tío campechano, borracho como él solo y al que le gustaban los chascarrillos. Vamos, como mi tío Manolo, al que en cuanto sale de casa y se va al bar se le caen los chistes de los bolsillos, ¡qué cachondo es mi tío Manolo! y ¡qué borracho también!
Al Quijote le hacen de todo, por tonto, nada más que por eso. ¿A quién se le ocurre escaparse de su casa cuando tenía hacienda sin trabajar, tenía criados y vivía como Dios, cazando y durmiendo (no hacía otra cosa el tío)? Bueno, ¿a quién se le va a ocurrir, pues a alguien que no funciona muy bien de la cholla? ¿Y por qué se volvió tarumba? Pues por leer libros. ¡Toma ya!, esto es lo mejor de la historia. A mí desde luego no me ha de pasar lo mismo. No tenía intención, pero después de leer algún resumen de Internet y ver lo que le pasó a este ingeniero hidráulico que lo tenía todo para vivir del cuento, no pienso coger un libro en mi puta vida. A mí no me engañan, yo no pienso pasar las de Caín por dármelas de listo. Mira Sancho cómo disfrutaba la vida. Y porque tenía a un cenizo
a su lado, si no, aún lo hubiera pasado mejor. Bueno, que me ha gustado mucho este libro y espero que se me ponga buena nota por el comentario.

martes, 10 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XVII: "Mundos paralelos"

Fotografía de Juan Luis López Palacios

Nadie se atrevía a chistar en la clase. Las moscas se estampaban contra los cristales de las ventanas, angustiadas por escuchar solo su propio zumbido. En la pizarra bailaban unas letras de caligrafía con el oropel de las antiguas cornucopias. El profesor se repantigaba en el sillón de cuero amedrentando a las moscas con el disparo de sus miradas de hielo. La cabeza disecada de un lucio pescado por don Julián nos amenazaba con sus dientes de sierra. Todo era silencio y leve susurro de plumas rasgando el papel. Los tinteros habían desaparecido de los pupitres, pero aún quedaba el sabor antiguo y amargo de la escuela de posguerra. Carlitos se atrevió a pedir el plumier a su compañero y un rugido seco le quebró los oídos y lo inmovilizó en el pupitre.
Vio acercarse al inmenso don Julián, descomunal desde el pozo de la silla, y le salió un sollozo ahogado que atrapó las miradas de sus compañeros. Un murmullo de satisfacción viperina se deslizaba reptando por el suelo de la clase. Todos esperaban que la bofetada le hiciera saltar las gafas como la última vez.
Años más tarde, a Carlitos lo llamaban don Carlos y se pudo repantigar en el sillón de cuero cuyo crujido tanto tiempo había temido. Esperaba repetir las hazañas de don Julián, pero los tiempos habían cambiado. Las gafas le caían desmayadas en el puente de la nariz y observaba, como don Julián, el comportamiento de sus alumnos: Javier se acababa de levantar sin permiso, Gabriel le lanzaba una bola de papel a Manuela y Rebeca se desnucaba por hablar con Miguelín. Sus esfuerzos por poner orden no tuvieron efecto y ya hacía años que ni siquiera lo intentaba. Berta se acercó hasta su sillón, le pareció descomunal, como don Julián, y le pidió ir al baño. Don Carlos no se pudo negar. Al ver cómo se aproximaba hasta él, ahogó un sollozo de espanto (que nadie oyó en la clase) y le dio su permiso como si solicitara su perdón. Le pareció tan monstruosa como don Julián y esperó hundido en el sillón a que las gafas salieran volando hasta estamparse contra el cristal de las ventanas, como hacían las moscas, desesperadas por abandonar el aula y respirar el aire limpio de la calle. Los alumnos esperaban con deseo viperino el estrépito de los vidrios rotos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XVI: "El placer de corregir exámenes"

Fotografía de Juan Luis López Palacios

Recibir los exámenes de los adolescentes cuando suena el timbre al final de clase es un placer de dioses. Pocos gustos hay comparables a sentir las palabras latentes de la angustia transpirando a través de los folios aún calientes. Cuando en casa salen del sobre, vuelven a cobrar vida y relucen en la mesa como un premio sin parangón a la labor educativa. Se deshojan uno a uno con delicia, con el sentimiento del que está devorando un manjar y no quiere llegar a la última cucharada.
Todo el que se dedique a la enseñanza lo sabe, nada hay más grato, nada hay más placentero que la corrección de los ejercicios completados con denuedo por los alumnos. Sentir cómo el mamotreto de folios nunca se termina, leer con los ojos del revés, alelado ante tanta literatura de primera calidad, ver cómo han desarrollado las preguntas que con tanta precisión cuestionan los entresijos de la obra de Góngora o deleitarse con las líneas bien trazadas de un análisis sintáctico.
¿Quién no querría participar de este privilegio?, ¿quién, en las tardes de domingo, no pagaría por sumar las cifras decimales de cada una de las respuestas y colocar en rojo chillón el maravilloso 4,5 en la esquina derecha del ejercicio?, ¿quién no mataría por sentir la responsabilidad de que un simple número vaya a hacer reír o a hacer llorar a un muchacho de 12 o de 18 años?, ¿quién no dejaría cualquier trabajo por leer las diferentes reflexiones en torno a la retórica hueca del modernismo? Sí, sin duda es uno de los mayores privilegios de nuestro oficio, una de las prebendas de las que nadie habla y solo los que la gozamos conocemos su beneficio.

 ¿En qué cabeza cabe que algunos iluminados propusieran acabar con estos ejercicios que sacan la hiel de los estudiantes y nos elevan a los educadores al más elevado de los edenes?, ¿a qué cabeza loca se le pudo ocurrir que había que acabar con los exámenes para comenzar la revolución del sistema educativo?, ¿quién dijo que estos controles no hacían sino acumular ovejas al rebaño y promover la competencia insana del sistema capitalista, que solo conseguían abofetear la creatividad del individuo y someterlo al engranaje mecánico que interesa al poderoso? No sé, alguien que odiaba nuestro oficio de sencillos funcionarios y el placer consecuente de estampar sellos numerados en la frente de los adolescentes. Por suerte, la nueva ley nos promete una orgía de exámenes y reválidas con los que podremos revolcarnos a conciencia en el establo de las cifras. ¡Vivan nuestros insignes administradores y su sed por complacernos!  

domingo, 8 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XV: "Que la lluvia es diaria. Con el viento diga ¡hey!, diga ¡oh! con el agua".

Fotografía de Juan Luis López Palacios

"Que la lluvia es diaria. Con el viento diga ¡hey!; diga ¡oh! con el agua. Que la lluvia es diaria". Se buscaba un bufón para la función de Shakespeare, pero no había ninguno disponible."Que la lluvia es diaria. Con el viento diga ¡hey!, diga ¡oh! con el agua. Que la lluvia es diaria". Se buscaban también sus palabras, pero habían desaparecido, nadie sabía ya armar los ritmos ni los conceptos que arrancan el hígado con taladros de fuego. Se buscaba con desesperación la forma de recuperarlas.
Se levantaron las alfombras de las academias, los colchones de los eruditos, la hojarasca de los novelistas, pero no se encontró otra cosa que polvo y ácaros sin residencia fija. "Que la lluvia es diaria. Con el viento diga ¡hey!, diga ¡oh! con el agua. Que la lluvia es diaria". Se pagó un anuncio en los medios de comunicación de mayor reputación con el fin de que quien hallara la osamenta de Falstaff mandara un mensaje completamente gratuito. Solo se recibieron las bromas de los habituales irresponsables. Se pidió a los profesores de Literatura que prendieran fuego a los libros de texto para liberar el espíritu de Lear y a los herbolarios se les solicitaron emplastos para hacer olvidar a los adolescentes las murgas diarias con las que se había embalsamado a Hamlet. Se situó a los escritores al lado de los poderosos con la intención de que devoraran el cuero podrido de sus sillones y así vomitaran la hiel de Lady Macbeth."Que la lluvia es diaria. Con el viento diga ¡hey!, diga ¡oh! con el agua. Que la lluvia es diaria". Nada fue suficiente, los libros salían sin dientes de la imprenta, los escenarios seguían ocupados por burgueses sin tripas y las escuelas continuaban recitando palabras de ceniza. No había esperanza para la resurrección, nadie podría encarnar al bufón ni decirle verdades sin esquinas al rey. Mejor cerrar las escuelas y los teatros y quemar las imprentas y abrasar con tormentas las radios y televisiones. "Que la lluvia es diaria. Diga ¡hey!, con el viento; diga ¡oh!, con el agua. Que la lluvia es diaria".

sábado, 7 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XIV: "Un curso rodeado de murallas"

Fotografía de Juan Luis López Palacios
Recuerdo ese año rodeado de murallas. Había tantas estrellas que las noches sin luna no eran noches sin luna, aunque el hielo te podara los pies y te anudara las palabras con un vaho de niebla congelada. Al levantar la vista, caía sobre ti el universo, iluminado por un caprichoso funcionario del ayuntamiento que no  atendía al ahorro de las instituciones. Todas las mañanas sobrevolaban el castillo varios buitres en busca de la perdida brillantez de la noche. Y se podían contemplar sus círculos embalsamados a través de la ventana de la sala de profesores, mientras tomábamos un café familiar que unía a los nueve mochuelos que habíamos sido allí destinados. No había bullicio por los pasillos ni escándalos ensordecedores en los cambios de clase ni compañeros a punto de entrar en ebullición por la alta temperatura de las aulas. No más de 70 alumnos, instalaciones de prestado y mobiliario recién llegado de unos misteriosos almacenes donde los administradores guardan sus guadañas.
Contemplábamos el paisaje lento, recluido entre las murallas medievales, comiendo un bizcocho que había elaborado esa misma mañana la madre del Jefe de Estudios en su pueblito de 90 habitantes. Las horas pasaban tan bucólicas como placenteras: de un cobertizo al pie del castillo, salían a pastar unas cabras diminutas durante el recreo, mientras los adolescentes ataban al conserje (con su permiso) al tronco de una encina.
Por la tarde los chicos nos llevaban al río, atravesando praderas, higueras y castaños, para que viéramos su pericia en el arte de la pesca o salíamos al espeso bosque de pino negro para buscar entre sus pies los níscalos y boletus que nos ofrecía la tierra agradecida. Todo se desarrollaba con tanta placidez que nunca hubiéramos dicho que la labor educativa pone de los nervios a cualquiera.
Sin duda se trataba de un experimento. Se pretendían simular las condiciones de Finlandia, estoy seguro: el frío, los pocos alumnos por aula, la calidad humana de los compañeros, la naturaleza agradecida... Hasta el nombre de los chicos incitaba al sosiego y a la poesía: "Libertad", "Sabina", "Rubén Darío". No invento, esos eran sus nombres, y el techo de luciérnagas también sale del recuerdo, no de la imaginación. En invierno se oía al silencio pasear por la plaza empedrada y en verano celebran todavía una fiesta medieval que empezó en aquellos años.
Por allí anduvimos, escondidos en un rincón de la Edad Media, para aprender y enseñar con recursos del siglo XXI de los que ya no disponemos en estos años de "indocencia".  El experimento por lo visto no sirvió o pareció demasiado peligroso a los pedagogos por la sencillez de los medios y de la terminología.  

viernes, 6 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XIII: "La primera vez".

Fotografía de Juan Luis López Palacios

Sabía cuándo iba a hacerlo, el día estaba marcado. Me preparé concienzudamente, con la meticulosidad de los guerreros orientales. Solo pensar en el momento de mi estreno me producía temblores, inseguridad, tenía arena en la garganta y a punto estuve de retirarme antes de empezar.
No iba a dejar nada a la improvisación, todo lo tenía secuenciado y pensado para que no hubiera sobresaltos, para que quedáramos satisfechos y la frustración no impidiera una segunda oportunidad. Los preámbulos habían sido estudiados al milímetro; los ejercicios, planteados a partir de una buena bibliografía. Eché mano también de la videoteca y de las experiencias que otros me habían descrito y de las que yo tomé buena nota.
Y a pesar de todo, la angustia me atrapaba con su garfio implacable y me impedía respirar con normalidad. Si tanta gente lo hacía, no podía ser tan difícil. Si tantos le dedicaban tantas horas, no podía ser tan traumático como a mí me lo estaba pareciendo.
Llegó el día y la hora. No había dormido la noche anterior, atrapado por las sábanas que no me dejaban en paz, envuelto en un haz de inseguridades que me exprimían hasta dejar empapada la almohada. Llegó la hora. Un momento antes di un paso atrás y rehuí la cita, pero allí estaba frente a mi angustia y mi deseo.
De todo lo que planeé, poco pude aprovechar, las palabras se atropellaban en la frontera de los dientes, los movimientos eran torpes y no respondían a ninguna de las enseñanzas recibidas, el corazón se disparó en su cabalgada y el ritmo pautado se precipitó en una acción sin ramales. A tal grado de excitación llegué que caí de espaldas sobre el suelo y llegué a oír un murmullo de risas que me atolondró aún más.
Se resolvió el apuro con demasiada rapidez, no quise conversar sobre la experiencia. Salí de allí acongojado, reclamado por el ansia de la vergüenza. Y a pesar de todo, a pesar del amargor de la precipitación y de no haber cumplido con lo planeado, salí con la sensación de que la próxima vez sería mucho mejor.
Un regusto dulce quedó impregnado entre la sal de la insatisfacción que me anunciaba un placer tan solo intuido. Al día siguiente, pude, sin espasmos y sin caídas cómicas, gozar de impartir una clase sobre Bécquer.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XII: "Loa a la Dolores"

Cayó ella, la divina Dolores, del cielo, como una Virgen en asunción inversa. Ya lo decía Alberti, "se equivocó la paloma". También se equivocan los buitres.
Llegó recién ungida por los votos de sus adoradores, prendados de esa melena lacia y de esa naricilla de perdigón que encantaba a los pervertidos. Bajó de los cielos para salvarnos de la consciencia. Todos sus votantes esperaban el milagro de su Dolores, recién llegada a la Tierra para distribuir la riqueza de nuevo y dejar las cosas como estaban. ¿Para qué queríamos los pobres perdurar en este valle de lágrimas? ¿Para qué gozar de médicos que curaran nuestros males y de hospitales donde aliviar nuestro padecer? ¿Para que extender nuestro sufrimiento? Ella, la divina Dolores, puso un fin drástico a tanta enfermedad alargada: "Fuera hospitales, morid dignamente en casa y contemplaréis el Paraíso del que yo vengo cuanto antes, pues de los pobres es el reino de los cielos, el de la Tierra dejádnoslo a nosotros". ¡Palabra de diosa!, te alabamos Dolores y te besamos humillados los pies.
Y bajó de los cielos y comprobó que la enseñanza era una losa para nosotros y nos alivió de nuestro pesar. ¿Para qué conocer, para qué saber, para qué instruirnos?, el ignorante lleva la felicidad en el carro que arrastra y nada hace mejor a un hombre y más útil que papar moscas con la lengua. Te adoramos, oh Dolores, gracias por llevarnos a la idiotez, donde tanto gozo hallaremos.
Y nombró Dolores a sus santos e hizo de su corte divina una "troupe" de saltimbanquis, titiriteros y economistas. Ellos nos llevarían al Paraíso en la Tierra, ellos, los herederos de Tonetti, de Fofó y de Keynes. ¿Para qué necesitaban de sabiduría los que nos tenían que regir si la divinidad todo lo puede? Para despojarnos de la salud y de la educación que nos estaba haciendo tan infelices, era suficiente con el Bombero Torero y sus enanos rejoneadores. Ellos nos dirigen y nos administran, ellos procuran que haya más alumnos por clase, que haya menos profesores, que no dispongamos de dinero, que dejemos a los futuros fieles sin nada en el cerebro con que pergeñar falsas ideas propias o criterios apartados de lo establecido. ¡Qué felices serán cuando mayores!, ¡qué fortuna no tener que pensar por uno mismo, qué placer tener una sola luz a la que seguir, la de nuestra inmarcesible Dolores! Ha costado algunos puestos de trabajo, es cierto, se han lapidado esperanzas de mucha gente, todos lo sabemos, pero cómo no hacer este gran sacrificio para criar unas nuevas generaciones que serán dirigidas con mano firme por los elegidos, que ya no tendrán que cuestionarse su condición, que sabrán con seguridad a quién servir.
Para iluminarnos bajó de los cielos, con su falda de tubo y su traje chaqueta. Loemos a la Dolores y a su corte de payasos y titiriteros. Apuremos la vida sin hospitales, aspirando el aire del que sabe que va a morir en la lista de espera. Dejad que los muchachos se acerquen a ella y los unja con su dedo divino y con su facilidad de palabra. Apartad de ellos la Filosofía y recluidlos en su ignorancia para que disfruten del placer de las ovejas.
Yo la he visto con su mantilla negra y su peineta, la he visto con su luto recatado, la he visto y me ha mirado, hoy creo en Fofó.  

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" XI: "El curso de los peces de colores".

Fue el curso de los peces de colores.
Tener catorce o quince años no es un regalo, sobre todo para quien tiene que sufrir a 30 de ellos enjaulado en una clase preparada para 25. En las aulas de 3º de ESO se palpa la locura, se pueden tocar con los dedos las hebillas de las camisas de fuerza y se puede oler la química descompuesta de los cuerpos desastrados. Tener quince años supone poseer unas piernas que no te corresponden unidas a un tronco que con dificultad se domina y a unos brazos que obedecen a órdenes que tú no das. Tener quince años supone haber perdido la cabeza en el desayuno y no volver a recuperarla hasta la hora del sueño.
En la clase de Tutoría se decidió comprar unos peces de colores y dejarlos al cuidado del grupo A como ejercicio de solidaridad, responsabilidad y organización. Se habían tratado otros temas: el sexo, las drogas, el acoso escolar..., pero el aire de esa clase tenía algo que hacía morir a las palomas. Ni siquiera los alumnos más consecuentes se comportaban de forma racional, todo se despeñaba por un barranco de estrépito de cristales. Habían conseguido que el profesor sustituto les hiciera los exámenes con libro y de pie, y al de Matemáticas lo desesperaron hasta la venganza. De las paredes del aula resudaba una resina de insania colectiva como si la masa encefálica de todos ellos se hubiera estampado sobre el estuco. Fuera de clase no era mejor: se acosaban, se pegaban, se insultaban y algunos hasta se amaban.
Los peces a duras penas iban sobreviviendo. Las chicas los cuidaban, los alimentaban, les cambiaban el agua y los protegían de los ataques estratégicos de los chicos. El más agresivo, la fumigación con desodorante y espuma. Aparecieron los peces, en el cambio de clase, rígidos sobre la superficie del agua. Todos creímos que habían muerto, pero las chicas cambiaron el agua y resucitaron milagrosamente. Solo el instinto asesino y la crueldad estaba quedando patente en el ejercicio de Tutoría, frente a la vena salvadora de una pequeña minoría. Se sucedieron los castigos, las reprimendas, las broncas de padres y las reuniones moralizadoras. Pero la masa encefálica seguía resbalando por las paredes del aula.
En el último trimestre los dos pobres peces, que habían sido bautizados con el nombre de dos personajes insignes de los "realitys" televisivos del momento, no aparecían. Todos hubiéramos considerado lógico que hubieran escapado por su propia voluntad o que se hubieran suicidado, pero no. Al levantar la vista al techo, en el fondo de las placas blancas destacaban dos ojos vigilantes ya cristalizados. No pudieron soportar a animales tan sosegados, los sacaron de la pecera y los estrujaron entre sus manos ajenas hasta que los ojos salieron disparados de sus órbitas. Estamparlos luego sobre los plafones del techo no fue tarea difícil. Tener quince años te saca los ojos y te desinfla las branquias.
 

martes, 3 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" X: "Leer poesía en clase".

Leer poesía en clase es rasgarse la piel con las uñas y esperar que los alumnos acudan con algodones a curar la herida. A veces no lo creen y descubren que se trata de un artificio de magia en el que no se hiere a nadie. En ese momento, saltan las risas por las perchas y se ocultan debajo de las mesas hasta quedar pegadas a los chicles calientes. Se cierra el libro y mando tarea para el día siguiente.
Sin embargo, otras veces, se oye respirar al silencio acariciando las pizarras y se eriza el vello en un escalofrío de emoción que no se produce cuando se ha leído el mismo poema en silencio. Quedan brillando las pupilas de cuatro o cinco alumnos y se les cae la barbilla hasta que la recojo con el último verso. El silencio se suma a la expectación y cada pausa es un brillo de palabras que se puede atrapar con una red de luciérnagas. Cuando esto ocurre, cuando leo un poema y se eriza el estuco de las paredes, no hay nadie que pueda detener el hielo que recorre el espinazo. Ocurre pocas veces. Es una delicia que no se repite con demasiada frecuencia, pero cuando se levanta ese viento que desgarra la piel y hace brotar un hilo de sangre que los alumnos lamen con sorpresa, las paredes desaparecen y nos sumergimos en un estanque de voces sin camisa, con el lomo dispuesto para la cabalgada de las palabras.
Lo habitual es otra cosa. En cuanto ellos oyen el arranque del primer verso, un murmullo de risas apagadas descubre su vergüenza y el miedo al ridículo que los acecha. Se rompe la armonía y el poema se hunde en un charco de fango sin ritmo ni medida. Esperan ser llamados para la declamación y tiemblan y se sonrojan y se atropellan y derrumban el escalofrío en un abismo de arritmias. Suele acabar todo en la muerte del poeta.
Sin embargo, cuando es uno de ellos el que consigue elevarse con la cadencia del verso y se desliza por las profundidades de la poesía, la piel se rompe para dejar libres a las arterias. Ocurre muy pocas veces, pero cuando sucede, el placer es comparable al temblor que deja en la memoria la carne deseada y acariciada y mordida por primera vez.