martes, 27 de enero de 2026

Papel higiénico y apocalipsis



Hoy he comprado papel higiénico, doce rollos nada menos. Hacía tres años y medio que no lo hacía, lo que me ha llevado a una serie de reflexiones inevitables: ¿es esto una señal de que el fin del mundo está cerca?; quienes compraron montañas ingentes de papel del culo durante la pandemia, ¿habrán podido vender los excedentes en Vinted o tendrán todavía las despensas inutilizadas?; es más, ¿tiene este papel alguna propiedad o utilidad misteriosa que no he alcanzado a descubrir (a pesar de haber rastreado por todo Youtube)? Y todavía más, ¿qué país será el mayor fabricante de papel higiénico? Y todo esto me ha venido a la cabeza sin haber leído aún la noticia de que los científicos atómicos sitúan el reloj del apocalipsis a 85 segundos de la medianoche. 

Tras haberme devanado los sesos de esta manera tan intensa en las redes, voy a desengrasar hablando con mi hija por guásap de Stefan Zweig y la Viena de entreguerras.

sábado, 24 de enero de 2026

Escribir



Cuando empezaba a escribir, solía tener sensaciones decepcionantes. Mi cabeza iba por delante de mi mano. Tenía la impresión de que nunca lograba plasmar con exactitud lo que pensaba. Mis imaginarios superaban mi capacidad de estamparlos en el papel.
Al cabo de mucho tiempo, después de practicar largamente con la escritura, tuve la impresión contraria. Era el texto escrito el que desarrollaba pensamientos e ideas sorprendentes, como si se hubiera independizado de mi naturaleza. La escritura iba por delante de mi mente, es más, la ayudaba a desarrollar impresiones complejas que nunca hubiera imaginado.
Después de unos meses sin escribir, tengo la misma impresión que cuando comenzaba, torpeza, ir rezagado con respecto a mi pensamiento. Una sensación desasosegante.
Está claro que la práctica de la escritura sirve no solo para expresar el pensamiento, sino para renovarlo, para convertirlo en algo extraño, del que tú mismo te asombras cuando lo lees estampado en la pantalla. Palabra de Dios.

No leas



Después de ver el último informe sobre cuánto leemos los españoles, salta a la vista que leer demasiado es muy peligroso. Uno no asimila tanta hostia. Dos de cada tres españoles leen libros habitualmente y dos de cada tres españoles van a votar a Vox en las próximas elecciones. No leáis, cabrones. Leer es muy malo, no se os ocurra. Hacedle caso a Cervantes, fue el primero que advirtió contra los peligros de la lectura.

sábado, 10 de enero de 2026

Sonata de otoño



Os propongo un ejercicio muy pedagógico. Debéis ver la serie de Rodrigo Sorogoyen, "Los años nuevos" y luego, la película "Sonata de otoño" en Filmin. Ahora mismo confieso que Sorogoyen es uno de los apellidos más respetables de la cinematografía española con diferencia, todo lo que ha firmado me ha gustado, menos esto, "Los años nuevos". Os propongo este reto para que podáis comprobar varias cuestiones. En primer lugar, nunca he visto unas interpretaciones tan excepcionales como las de Liv Ullmann e Ingrid Bergman, por supuesto en "Sonata de otoño". Nunca. En mi vida habría pensado que unas actrices pudieran transmitir tantas emociones y tan contenidas como lo hacen estas dos. Un despliegue de recursos como nunca había visto. La segunda parte de la película me ha mantenido desgarrado todo el tiempo. En "Sonata de otoño", Liv Ullman (hija) le suelta a su madre (Ingrid): "¿Es mi dolor tu placer secreto?" Solo a través del alcohol la hija es capaz de echarle en cara a la madre su desprecio absoluto. La madre no recuerda que sus padres la tocaran en su infancia, ni para castigarla ni para acariciarla, (esta gente está muy mal). La música le sirve a la madre para expresar las emociones que la han castrado. Existir y vivir no es lo mismo. "Ni siquiera he nacido" dice la madre. No recuerda el dolor de los partos. "¿Por qué no se muere?", es su deseo hacia la hija discapacitada.
Un leve gesto de Liv Ullman; un mohín de Ingrid Bergmann son mucho más eróticos que cualquiera de las escenas de sexo de la serie de Sorogoyen. Y, bueno, ni hablar de la intensidad dramática o de los diálogos (vergüenza ajena la comparación). Es curioso, tras ver la serie de Sorogoyen, tras ver su pareja “guay”, se te hace completamente insoportable y cómo, a la inversa, las dos mujeres odiosas de Bergmann, las amaría por siempre. No quiero cebarme con el nuevo cine, nunca ha sido mi intención. Sorogoyen me ha parecido deslumbrante en muchas de sus producciones, pero esto último, que en apariencia remite a los clásicos, a Bergman, no resiste en absoluto la comparación. Lo siento mucho.

San Clemente



Me acompañan, me arropan, me aprecian, me quieren. Venir a San Clemente supone para mí una purga deliciosa contra mi maldita soledad (“soledades me quita, cárcel me arranca…”). En ningún sitio pego la hebra con más gente, en ningún lugar me abrazo con tanto personal. Antes eran mis compañeros o mis alumnas, ahora son maestras, banqueras, farmacéuticas, asesoras, abogadas… Viví y trabajé trece años allí y cuando vuelvo me siento siempre acompañado, arropado, apreciado, querido… ni siquiera me hace falta la cerveza para sonreír, aunque no renuncio a ella, porque en el gremio de hostelería también hice buenas migas. Joaquina, Mª Luisa, Pedro Pablo, Andrés, Luis, Elena, Elia, Ángela, Diana, Pilar, Alicia, Carmen, María, Irene, Olga, Silvia, Carlos, Aitana, Gemma, Toño, Marisa, Ana, Jesús, Javier, Paula, Míriam, Noelia, Javier, Jacinto… algunos de ellos me han acompañado esta tarde de sábado. Y, por supuesto el amigo Javi, conversador animoso, hombre de bien, siempre dispuesto a aguantarme y a brindarme paletillas de escándalo. Vuelvo en breve.