miércoles, 6 de mayo de 2020

"No habrá ningún regreso a la normalidad" por Slavoj Zizek



INTRODUCCIÓN

NOLI ME TANGERE

“No me toques”, según Juan 20:17, es lo que Jesús le dijo a María Magdalena cuando ella lo reconoció después de su resurrección. ¿Cómo he de entender yo, un ateo cristiano confeso, entender estas palabras? En primer lugar, quiero asociarlas con la respuesta de Cristo cuando sus discípulos le preguntan cómo sabrán que ha vuelto, que ha resucitado. Cristo les dice que estará allí donde haya amor entre sus creyentes. Estará allí no como una persona a la que se puede tocar, sino como el vínculo de amor y solidaridad entre la gente. De manera que, “no me toques, toca y relaciónate con los demás en el espíritu del amor”.

Hoy en día, sin embargo, en mitad de la pandemia de coronavirus, a todos se nos bombardea precisamente con llamamientos a no tocar a los demás, sino a aislarnos, a mantener una distancia corporal adecuada. ¿Cuál es el significado de esta prohibición de “no me toques”? Las manos no pueden acercarse a la otra persona; sólo desde el interior podemos acercarnos unos a otros, y la ventana hacia el «interior» son nuestros ojos. Durante estos días, cuando te encuentras con una persona cercana a ti (o incluso con un desconocido) y mantienes la distancia adecuada, una profunda mirada a los ojos del otro puede revelar algo más que un contacto íntimo. En uno de sus fragmentos de juventud, Hegel escribió:

El ser amado no se opone a nosotros, es uno con nuestro propio ser; nos vemos a nosotros solo en él, aunque ya no es un nosotros: es un acertijo, un milagro [ein Wunder], algo que no podemos comprender.

Resulta fundamental no leer estas dos afirmaciones como algo opuesto, como si el ser amado fuera en parte un «nosotros», parte de mí, y en parte un acertijo. ¿Acaso el milagro del amor no es que formes parte de mi identidad precisamente en la medida en que sigues siendo un milagro que no puedo comprender, un acertijo no solo para mí, sino para ti? Por citar otro conocido pasaje del joven Hegel:

El ser humano es esta noche, esta nada vacía, que lo contiene todo en su simplicidad: una riqueza interminable de muchas representaciones, imágenes, de las cuales ninguna le pertenece, o que no están presentes. Se puede ver esta noche cuando uno mira a los seres humanos a los ojos.

Ningún coronavirus nos lo puede arrebatar. De manera que existe la esperanza de que esta distancia corporal incluso refuerce la intensidad de nuestro vínculo con los demás. Es solo ahora, en este momento en que tengo que evitar a muchos de los que me son próximos, cuando experimento plenamente su presencia, la importancia que tienen para mí.

Llegados a este punto, ya puedo escuchar una cínica carcajada: muy bien, a lo mejor experimentaremos esos momentos de proximidad espiritual, pero ¿cómo nos ayudará eso a enfrentarnos con la catástrofe en curso? ¿Aprenderemos algo de ello?

Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia, así que dudo que la epidemia nos haga más sabios. Lo único que está claro es que el virus destruirá los mismísimos cimientos de nuestras vidas, provocando no solo una enorme cantidad de sufrimiento sino también un desastre económico posiblemente peor que la Gran Recesión. No habrá ningún regreso a la normalidad, la nueva «normalidad» tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas, o nos encontraremos en una nueva barbarie cuyos signos ya se pueden distinguir. No será suficiente considerar la epidemia un accidente desafortunado, librarnos de sus consecuencias y regresar al modo en que hacíamos las cosas antes, realizando quizá algunos ajustes a nuestros sistemas de salud pública. Tendremos que plantear la siguiente pregunta: ¿qué ha fallado en nuestro sistema para que la catástrofe nos haya cogido completamente desprevenidos a pesar de las advertencias de los científicos?

COMUNISMO O BARBARIE, ¡ASÍ DE SIMPLE!

Mucha gente de la derecha y la izquierda, desde Alain Badiou hasta Byung-Chul Han, pasando por muchos otros, me han criticado, e incluso se han burlado de mí, por haber sugerido de manera repetida la llegada de una forma de comunismo como resultado de la pandemia de coronavirus. Las ideas recurrentes de la cacofonía de voces eran fácilmente predecibles: el capitalismo regresará todavía más fuerte, utilizando la pandemia para tomar impulso; todos aceptaremos en silencio el control total de nuestras vidas por los aparatos del Estado al estilo chino y como una necesidad médica; el pánico supervivencialista es eminentemente político y nos lleva a percibir a los demás como amenazas mortales, no como camaradas en una lucha. Han añadido algunas precepciones específicas de las diferencias culturales entre Oriente y Occidente: los países desarrollados de Occidente reaccionan de manera exagerada porque están acostumbrados a vivir sin auténticos enemigos. Al ser abiertos y tolerantes, y carecer de mecanismos de inmunidad cuando surge una amenaza real, se dejan llevar por el pánico. Pero ¿es el Occidente desarrollado realmente tan permisivo como afirma? ¿Acaso todo nuestro espacio político social no está permeado de visiones apocalípticas: amenazas de catástrofe ecológica, miedo de los refugiados islámicos, defensa histérica de nuestra cultura tradicional contra los LGTB+ y la teoría del género? No hay más que contar un chiste verde e inmediatamente sentirás la fuerza de la censura políticamente correcta. Nuestra permisividad hace años que se ha convertido en su opuesto.

Además, ¿no implica este aislamiento forzado un apoliticismo supervivencialista? Estoy mucho más de acuerdo con Catherine Malabou, que escribió que «una epojé, una suspensión, un paréntesis en la sociabilidad, es a veces el único acceso a la alteridad, una manera de sentirse cerca de toda la gente aislada de la Tierra. Por esta razón intento ser lo más solitaria posible en mi soledad». Se trarta de una idea profundamente cristiana: cuando me siento solo, abandonado por Dios, soy como Cristo en la cruz, absolutamente solidario con él. Y hoy en día, lo mismo se puede decir de Julian Assange, aislado en la celda de una cárcel, sin poder recibir visitas. Ahora todos somos como Assange y más que nunca necesitamos figuras como él para evitar peligrosos abusos de poder justificados por la amenaza médica. Estando aislados, el teléfono e internet son nuestro vínculo principal con los demás, y ambos están controlados por el Estado, que puede desconectarnos a su voluntad.

¿Qué sucederá, pues? Lo que anteriormente parecía imposible ya está teniendo lugar. Por ejemplo: el 24 de marzo de 2020 Boris Johnson anunció la nacionalización temporal de los ferrocarriles británicos. Tal como Assange le dijo a Yanis Varoufakis en una breve conversación telefónica: «esta nueva fase de la crisis está dejando claro, como mínimo, que todo vale, que todo es ahora posible». Naturalmente, todo fluye en todas las direcciones, de lo mejor a lo peor. Nuestra situación actual es, por lo tanto, profundamente política: nos enfrentamos a opciones radicales.

Es posible que, en algunas partes del mundo, el poder estatal se medio desintegre, que los señores de la guerra locales controlen sus territorios en una lucha por la supervivencia estilo Mad Max, sobre todo si se aceleran amenazas como el hambre o la degradación medioambiental. Es posible que los grupos extremistas adopten la estrategia nazi de «dejar morir a los viejos y los débiles para reforzar y rejuvenecer nuestra nación» (algunos grupos ya están alentando a aquellos de sus miembros que han contraído el coronavirus a propagar el contagio a los policías y a los judíos, según informaciones recabadas por el FBI). Una versión capitalista más refinada de dicho regreso a la barbarie ya se está debatiendo abiertamente en los Estados Unidos. El domingo 22 de marzo, el presidente de ese país escribió un tuit en mayúsculas: «NO PODEMOS PERMITIR QUE EL REMEDIO SEA PEOR QUE EL PROBLEMA. AL FINAL DEL PERÍODO DE 15 DÍAS TOMAREMOS UNA DECISIÓN ACERCA DE EN QUÉ DIRECCIÓN QUEREMOS IR». El vicepresidente Mike Pence, que encabeza el grupo de trabajo de la Casa Blanca contra el coronavirus, había dicho ese mismo día que el lunes siguiente los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades federales publicarían unas directrices para permitir que la gente ya expuesta al coronavirus pudiera regresar al trabajo cuanto antes. Y el consejo de redacción del Wall Street Journal advirtió que «las autoridades federales y estatales tienen que comenzar a ajustar ya su estrategia antivirus para evitar una recesión económica que hará palidecer la que tuvo lugar en 2008-2009». Bret Stephens, columnista conservador del New York Times, al que Trump sigue atentamente, escribió que tratar el virus como una amenaza comparable a la Segunda Guerra Mundial «es algo que hay que poner en entredicho de manera agresiva antes de que se impongan soluciones posiblemente más destructivas que el propio virus». Dan Patrick, vicegobernador de Texas, apareció en la Fox News para argumentar que prefería morir antes que ver cómo las medidas de salud pública perjudicaban la economía estadounidense, y que creía que «muchos abuelos» de todo el país estarían de acuerdo con él. «Mi mensaje: volvamos al trabajo, sigamos viviendo, seamos inteligentes, y aquellos que tenemos más de 70 años sabremos cuidaremos».

La única ocasión, en los últimos años, en que tuvo lugar algo parecido fue, que yo sepa, en los últimos años del gobierno de Ceausescu en Rumania, cuando los hospitales simplemente no aceptaban el ingreso de jubilados, fuera cual fuera su estado, porque no eran considerados de ninguna utilidad para la sociedad. El mensaje de dichos pronunciamientos es evidente: la elección es entre un número sustancial, aunque incalculable, de vidas humanas y el «modo de vida» americano (es decir, capitalista). En esta elección, las vidas humanas pierden. Pero ¿es esta la única elección? ¿No estamos ya haciendo algo diferente, incluso en Estados Unidos? Naturalmente que es imposible mantener indefinidamente cerrado todo un país, ni por supuesto el mundo entero…, pero se puede transformar, reiniciarse de una nueva manera. No tengo ningún prejuicio sentimental: quién sabe lo que tendremos que hacer, desde movilizar a aquellos que se han recuperado y son inmunes, para que mantengan los servicios sociales necesarios hasta conseguir que haya píldoras para permitir una muerte indolora en aquellos casos perdidos cuya vida no es más que un absurdo y prolongado sufrimiento. Pero no tenemos una sola alternativa, sino que ya estamos planteando opciones.

Por eso es un error la postura de aquellos que ven la crisis como un momento apolítico en el que el poder estatal debería cumplir con su deber y nosotros seguir sus instrucciones, con la esperanza de que en un futuro no muy lejano se restaure algún tipo de normalidad. Deberíamos seguir aquí a Immanuel Kant, que escribió en relación con las leyes estatales: «¡Obedeced, pero pensad, mantened la libertad de pensamiento!». Hoy en día necesitamos más que nunca lo que Kant denominaba el «uso público de la razón». Está claro que las epidemias regresarán, combinadas con otras amenazas ecológicas, desde sequías hasta plagas de langostas, de manera que es ahora cuando hay que tomar decisiones difíciles. Esto es lo que no comprenden los que afirman que se trata simplemente de otra epidemia con un número relativamente pequeño de muertos: sí, no es más que una epidemia, pero ahora vemos que las advertencias anteriores acerca de estas epidemias estaban plenamente justificadas, y que no van a tener fin. Naturalmente, podemos adoptar una «prudente» actitud resignada actitud de «han ocurrido cosas peores, no hay más que pensar en las plagas medievales…». Pero la mismísima necesidad de esta comparación ya dice mucho. El pánico que estamos experimentando da fe de que está ocurriendo algún tipo de progreso ético, aun cuando a veces sea hipócrita: ya no estamos dispuestos a aceptar las plagas como nuestro destino.

Ahí es donde aparece mi de «comunismo», no como un sueño inconcreto, sino simplemente como el nombre para lo que ya está sucediendo (o al menos lo que muchos perciben como una necesidad): medidas que ya se están contemplando, e incluso haciendo entrar en vigor parcialmente. No es la visión de un futuro luminoso sino más bien de un «comunismo del desastre» como antídoto del «capitalismo del desastre». El Estado no solo debería asumir un papel mucho más activo, reorganizando la fabricación de los productos más necesarios, como mascarillas, kits de pruebas y respiradores, requisando hoteles y otros complejos de vacaciones, garantizando el mínimo de supervivencia a todos los desempleados, etc., sino hacer todo esto abandonando los mecanismos del mercado. Solo hay que pensar en los millones de personas, como los que trabajan en la industria turística, cuyos trabajos, al menos en algunos casos, se perderán y ya no tendrán sentido. Su destino no se puede dejar en manos de los mecanismos del mercado o de estímulos puntuales. Y no nos olvidemos de los refugiados que todavía intentan entrar en Europa. ¿De verdad cuesta comprender su desesperación cuando un territorio bajo confinamiento por una epidemia sigue siendo un destino atractivo para ellos?

Hay dos cosas más que están claras. El sistema sanitario institucional tendrá que contar con la ayuda de comunidades locales para que cuiden a los débiles y a los ancianos. Y, en el lado opuesto de la escala, habrá que organizar algún tipo de cooperación internacional eficaz para producir y compartir recursos. Si los Estados simplemente se aíslan, comenzarán las guerras. A todo esto me refiero cuando hablo de «comunismo», y no veo ninguna alternativa que no sea una nueva barbarie. ¿Hasta dónde llegará? No sabría decirlo: lo único que sé es que es urgente se dé cuenta, y, como ya hemos visto, lo están llevando a la práctica políticos como Boris Johnson, que desde luego no es ningún comunista.

Las líneas que nos separan de la barbarie son cada vez más claras. Uno de los signos de la civilización actual es que cada vez más gente comprende que la prolongación de las diversas guerras que recorren el planeta es algo totalmente demencial y absurdo. Y también que la intolerancia hacia las demás razas y cultura, y hacia las minorías sexuales, resulta insignificante en comparación con la escala de la crisis a la que nos enfrentamos. Por eso, aunque hacen falta medidas de guerra, me parece problemático el uso de la palabra «guerra» para nuestra lucha contra el virus: el virus no es un enemigo con planes y estrategias para destruirnos, es sólo un estúpido mecanismo que se autorreplica.

Esto es lo que no comprenden aquellos que deploran nuestra obsesión con la supervivencia. Hace poco Alenka Zupančič releyó un texto de Maurice Blanchot de la época de la Guerra Fría acerca del miedo a la autodestrucción nuclear de la humanidad. Blanchot muestra que nuestro desesperado deseo de supervivencia no implica la postura de «olvidémonos de los cambios, procuremos mantener el estado actual de las cosas, salvemos nuestras vidas desnudas». De hecho, es más bien lo contrario: solo mediante nuestro esfuerzo para salvar a la humanidad de la autodestrucción crearemos una nueva humanidad. Sólo a través de esta amenaza mortal podemos vislumbrar una humanidad unificada.

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