sábado, 16 de junio de 2012

Extracto de "Bilis", primer capítulo

Una cita de Rafael Sánchez Ferlosio que podría ilustrar el comienzo de mi novela, "Bilis": "Los días felices los pone allí el recuerdo. Por eso son tan tristes". Aquí dejo un extracto de la misma, el breve primer capítulo, compuesto de la materia desgarradora de la cita:


I
El día que murió mi padre me cagué en Dios hasta que se me rajó el paladar. No había cumplido los quince años y no recuerdo que me mojara las mejillas ni una sola lágrima, eso sí, los votos salían escupidos a borbotones, calientes y densos, como la sangre del cerdo tras el tajo del matarife.
Con el pelo relamido por una mano de aceite, su cadáver reposaba en una cama de bronce, callado y oscuro, bajo la penumbra de una bombilla a punto de fundirse. Mi madre sollozaba junto a él, arrodillada, sometida a la desgracia de una viudedad temprana, acongojada por la mirada atónita de mis tres hermanos. Seis meses antes recogimos de la cárcel una ruina de cuerpo, deshecho en toses de perro.
Le habían regalado una neumonía que le reventó los pulmones. Me detuve en sus párpados (que mi madre había plegado para ocultar una mirada perdida), en los algodones que deformaban su nariz, en la boca entreabierta, en la mandíbula caída.
Rastrillé con la mano las crenchas que se habían despegado de mi cabello, peor aceitado que el suyo, sin apartar mi odio vacío del cuerpo enjuto que se hundía en el colchón de lana del dormitorio.
La fotografía coloreada de mis abuelos presidía la escena con la inmovilidad macilenta de un decorado de teatro abandonado. Suspendido en la pared, acribillado por el tiempo, el retrato de Francisco, el “Semental”, acunaba al hijo desde su imagen de muerto lejano, junto a su tercera esposa, irreales tras una pátina morada que les resaltaba las mejillas. 
Mi madre intentó cogerme la mano para enlazar nuestro dolor y yo la aparté con un desprecio frío que nacía del resentimiento y del desconcierto. Mis hermanos asomaban la jeta desde el umbral de la puerta: animales asustados en el brocal de un pozo. Los absorbió un tropel de viejas enlutadas que me desesperaron con sus besuqueos rancios. “¡Quita, hostia!”, oyó mi madre que le escupía a una de ellas, cuando intentaba abrazarme. A través de sus ojos aguados, Soledad me miró con aspereza, para reconvenir mi comportamiento, al tiempo que yo me zafaba con desprecio de otra vecina, envuelta en tocas de orines secos. Las dejé rumiando un “pobre diablo, se cree que es un hombre...”.
Volví sobre mi padre, al que acababan de enlazarle las mandíbulas con un pañuelo amarillento, y las paredes se cerraron sobre mí aplastándome el pecho. Una sensación de ahogo y de desolación infinita me acongojó hasta sentirme tan frágil como la bombilla parpadeante que colgaba del techo. Noté un plomo denso que me revolvió las tripas y advertí que mi abuelo Marino no estaba ya en condiciones de aligerármelo, que mis hermanos apenas podían piar, que el mundo era un saco de miserias del que supuraba gota a gota un suero viscoso que empastaba las miradas de estupor. Mis hermanos seguían asomados a la puerta, aterrorizados ante la posibilidad de que el pozo de la alcoba los engullera sin compasión. Me ceñí el cinturón y salí sin decirles nada. Ni siquiera atendí a los ojos de súplica de mi hermana pequeña, que buscaba una explicación al desconcierto que produce la muerte.

El recuerdo es un mal esposo del pasado: nunca le es fiel. No confío en su dibujo, solo en la impresión pertinaz que deja la muerte cuando el que desaparece está muy próximo a nosotros, solo en esa bombilla oscilante y en ese pañuelo amarillento que se fijó en lo más alto del paladar para dejar un sabor amargo en todos los tragos de la memoria, solo en esa impresión hepática que me viene a la boca cuando el pasado me visita y me devuelve al desamparo de aquellos años. Las caricaturas que nos presenta la memoria tienen el tono de una película muda en la que se hubieran hurtado también algunos rostros, pero esas quemaduras que deja la muerte siempre supuran un dolor reconocible.
Mi padre murió, sí, y yo rabiaba por la mala suerte con que me agasajaron la infancia y la juventud. Una rabia difícil de olvidar y que dejó su mancha indeleble en la violencia de mi comportamiento. Una bilis difícil de retener y que ha agriado mi enfrentamiento con la vida. La gente me estorba, y no es una manía de la vejez. Mi hosquedad se mostró sin disimulos el día que velamos a mi padre: con menos de quince años y con una espalda hecha ya para el trabajo, no aguantaba a ninguno de los que rodeaban al cadáver, ni a los socios del almacén que maldecía todos los días, ni a las vecinas chismosas que acudían al olor de la desgracia, ni siquiera soportaba que me tocara mi madre. Salí de allí golpeado por el desamparo y por el asco de verme rodeado de aquel olor rancio de gente que acumulaba miserias y se nutría con las de sus vecinos como único alimento de su consuelo. 

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