viernes, 10 de julio de 2015

"Voy a echar la partida" por Juan Tallón


En este país, durante años, solo hubo una partida. La partida de cartas. La Partida. Y era sagrada en millones de casas, como el brasero o como la copita del desayuno. La echaba tu padre, la echaba tu abuelo, y si sabías lo que es bueno, un día la echabas tú. Podías licenciarte en Derecho jugando una partida tras otra en la cafetería de la facultad. Solo tenías que levantarte de vez en cuando para fotocopiar apuntes. En realidad, aquello no era tanto una partida de cartas como una misa. O una orgía. O el acogedor infierno. No faltabas a la cita por una enfermedad, ni por una celebración familiar, ni porque naciese tu hijo. En Vilardevós (Ourense), hablamos recurrentemente de aquella partida en la que a Indalecio Yáñez le llegaron, en mitad de un subastado, con la nueva de que había nacido su cuarto hijo. «Arrastro», dijo sin levantar los ojos del tapete, metiendo un triunfo en la mesa, para allanar el horizonte. El bar aguantó la respiración y el tiempo palpitó en la atmósfera. Cuando Indalecio recogió la baza y contó los puntos de cabeza, se volvió y preguntó, apartando un segundo el palillo de la boca: «¿Niño o niña?». Y, naturalmente, continuó la partida. A eso me refiero cuando digo «sagrada».
El jugador de cartas primitivo, que un día, hace mucho tiempo, entró en el bar y pensó «este es mi hogar», estableció entonces sus valores: partida, trabajo, familia. Por este orden. Tampoco es que se precisen más ideales. Con tres valores así, firmes, recios, se puede escribir la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, de Imanuel Kant. Ni un tipo como Kant, ahora que lo citamos, supo sustraerse al embrujo del billar, como detalla James Boswell en Visita al profesor Kant. Hay que desconfiar de la gente sin vicios, que nunca encuentra una razón para llegar tarde a casa, incluso para no llegar. Allá ellos, claro. Pero conviene saber que acostarse temprano y levantarse temprano, como advirtió James Thurber, hacen de un hombre alguien saludable, próspero y muerto.
La partida de cartas dice más de ti que los cuatro tomos de tu autobiografía. Más que el hecho de ser de aquí, o de allí. Cualquier jugador de raza, de firmes y recios valores, sabe que uno no necesita tanto ser algo concreto, como tener un buen puro, cerillas y que las cartas estén bien barajadas. Todo lo demás, sobra. No pinta nada. En ocasiones, no deberíamos tener ni una familia. Ni pertenecer a un país. Basta estar solo con tu puro, tu licor café para mojar la punta del cigarro, como si fuese una galleta, y las cartas, donde siempre podrás prever tu destino.
Coleccion _Visión fotográfica de Asturias_. Vida cotidiana. Modesto Montoto
La partida es tu única patria, a la que te agarras en el naufragio. Va con el jugador a todas partes, y en el catálogo de sus partidas está toda su historia. A menudo se trata de un individuo que en su vida solo tiene tiempo para las cosas insignificantes e inútiles, pero eso ya es mucho más de lo que pueden decir otros. Además, la utilidad resulta un concepto tramposo, inasible, con el que no puedes ni dar toques con el pie, como si fuese un balón. «¿Para qué sirve la literatura?», se preguntaba Roberto Bolaño, y respondía enseguida: «La literatura no sirve para nada. La literatura solo sirve para la literatura. Para mí eso es suficiente». El jugador no podría contar nada bello, divertido o dramático que no pasase durante una de sus partidas, pese a no servir para nada. Son su autobiografía. Todo está ahí, escrito. El jugador auténtico, el que no va a un entierro, aunque sea el suyo, si coincide con ese momento sagrado que es el tute, o el mus, nunca da carpetazo a una partida sino mucho después de acabarla. Se levantan juntos de la mesa, y salen del bar juntos, y se van a casa agarrados de la mano. Todos necesitamos una obsesión. Te ayuda a levantarte cada mañana, te da calor en las noches de invierno.
Pocas obsesiones tan bellas y atroces, recuerdo, como la de don Hilario, sacerdote de Arzádegos hasta los años 70. Controló durante décadas el contrabando y el juego ilegal en la frontera entre Ourense y Portugal, y se moría por el tute. Era común que se distrajese de los asuntos eucarísticos para hacer negocios, pero sobre todo, por jugar al tute. Lo amaba por encima de todo, por encima de la vida eterna, por encima de la palabra de Dios. No tenía, por momentos extensos, solitarios y planos, otra cosa en la cabeza que el tute. Tute, tute, tute. Algunas tardes, forzado por las circunstancias, llegó a dar la confesión en la bodega del bar. La partida lo hostigaba por dentro. Hubo un acoso perfecto, locuaz y oscuro, durante una de las misas de domingo. Ya al final, don Hilario se volvió hacia la feligresía. Era el momento de proclamar el «Dominus vobiscum». Lo había hecho miles de veces. En cada oficio, aquellos años, se pronunciaba hasta en ocho ocasiones. En la última, el celebrante se volvía al pueblo mientras enunciaba la frase, elevando y juntando las manos sobre su cabeza, como en clase de pilates. Pero en ese horrible instante, algo distraído, don Hilario pensó en alto y proclamó con fervor: «¡Triunfan bastos!».
Todos tenemos nuestro «momento sagrado». Y que no nos lo toquen. Por eso es sagrado. Josep Pla tenía sus cigarrillos del país, de los que era tan partidario, aunque fuesen africanos, como confesaba él mismo. Onettitenía sus novelas policiales. Keith Richards tiene, bueno, ya sabemos qué tiene Keith Richards. John Steinbeckdecía que no había nada como el primer trago de cerveza, así que tenía eso. Juan Carlos I tiene la caza (la caza en general). Los seguidores del Atlético tenemos la evocación del doblete. José Bergamín tenía ese soneto que le gustaba recitar mientras subía las escaleras al ático que alquiló cuando regresó del exilio. El protagonista deAmerican Beauty, Lester Burnham, tenía la ducha, donde le gustaba cascársela a primera hora, y ese era el mejor instante del día. Podríamos estar así toda la vida. No importa qué malo esté siendo tu día, o tu semana, incluso tu vida, porque cuando llega el «momento sagrado» cualquier gravedad o preocupación se desvanecen.
GRUPO DE CUATRO MUJERES JUGANDO AL MUS EN LA CALLE KALEZAR DE OÑATI
El jugador tiene la partida, como es obvio, y se aproxima al instante perfecto lentamente, para saborearlo mejor, como si Schopenhauer tuviese razón y la vida fuese un ingente episodio en el bendito reposo de la nada. Por la mañana hace un par de recados, tal vez ojee el Marca, y a mediodía sale a tomar una caña y un pincho de tortilla. En el tiempo que permanece en su trabajo no se producen novedades dignas de mención. Ha aprendido a ser invisible, a hacer como si no fuese a trabajar, pero sin dejar de hacer como si estuviese siempre en la oficina, caso de tener oficina. También ha aprendido a que todo lo relacionado con el trabajo le resbale, pero sin ignorar que, en su escala de valores, el trabajo viene después de la partida, y antes que la familia. Por otra parte, el jugador de cartas no padece los avatares del paro, y cuando los sufre, sabe cómo reponerse de esa tristeza, y de cualquier tristeza: echando la partida. Su único miedo sería que una tarde llegase al bar y no hubiese quórum para jugar al tute. Sería una mala señal, tal vez un indicio directo de que el mundo ha empezado a explotar. Fuera de esa calamidad, nada malo puede pasarle al jugador. ¿No tiene sentido? Tal vez. Qué importa. En última instancia, el sentido importa tanto como la utilidad. Uno de los lemas del jugador es, precisamente, «a la mierda el sentido». Tu obsesión te esclaviza, pero también te guarece.
Todo el sopor del día se atenuaba a medida que llegaba el «momento». Horas antes, soñabas con el minuto en el que acababas de comer, te levantabas de la mesa y anunciabas: «Voy a echar la partida al bar». Parecía una frase ordinaria, con verbos trillados y sustantivos comunes. Tú la pronunciabas, sin embargo, como si fueses a cambiar el destino de la humanidad. No hubieses acentuado con más efervescencia eppur si muove o I have a dream. Para ti la partida era más importante que el heliocentrismo y todos los derechos civiles juntos.
Ni siquiera tomabas postre. Algo ardía ya inevitablemente dentro de ti, algo parecido a un hormigueo, a la electricidad, incluso a cierta sensación de inmortalidad, como cuando en el cine de los 80 el protagonista, lleno de rabia y dolor, ordenaba a sus secuaces: «Dejádmelo a mí». Antes de salir de casa, abrías un cajón de la cocina y tomabas un palillo de los planos, para fumarlo durante toda la tarde. Obviamente, te despedías de la familia, por si tardabas varios años en regresar. Pero sin escenas. No tenías sentimientos. No te valían de nada en la partida.
Partida de cartas
El jugador camino del bar era una postal habitual. Y eterna, como tantas imágenes que fijas en la infancia. Cada barrio poseía sus «instituciones», esa clase de jugadores de cartas que salían de casa a la hora de siempre, y cuando llegaban al café, saboreando ya el momento, ni siquiera tenían que pedir lo siempre. Venía solo. El vecindario podía adivinar la hora exacta solo viendo a ese jugador pasar delante de su casa, exultante, en pos de la partida. No fallaba. Su paso proporcionaba esa precisión que daba, según parece, el cuartel de la Gestapo en la Prinz Albrecht Strasse de Berlín, donde fusilaban con tanta puntualidad que la gente, al escuchar las descargas, ponía en hora los relojes.
Cuando llegaba, el bar bullía. Algunas partidas iban ya por la mitad. Otras eran la misma partida desde hacía años, y no tenían ni mitad ni principio. Simplemente, los jugadores se habían olvidado de acabarlas y regresar a casa, donde sus hijos se habían casado, tenido a su vez nuevos hijos, que ahora se situaban detrás del abuelo, mirando fijamente sus cartas, sin comprender nada, pero fascinados. Aquel nieto que todos fuimos alguna vez, acariciaba cada detalle que no entendía antes de llevárselo a la boca, como un caramelo. Solo así podría recordarlos 30 años después, como si aún estuviesen en movimiento. Todo le parecía prodigioso, bello e irreal, como en los cuentos de Hansel y Gretel. El contumaz golpe en el tapete al arrojar la carta; los silencios rotos y reparados; el humo arenoso, que ascendía tan despacio, hipnótico, que en realidad descendía; el cigarro que se consumía lentamente en el abismo de la mesa, hasta quemarla. Todo era maravilloso, hasta lo más ridículo, incluida la caída de la ceniza al suelo. Tu creías que hasta eso podía deparar un instante brillante, como cuando en El ángel azulEmil Jannings, el profesor, se desliza debajo de la mesa para recoger los cigarrillos que se le han caído entre las piernas de Marlene Dietrich, y en vistas de que aquel se distrae, la mujer pregunta: «Señor profesor, ¿hay algo por ahí interesante?».
La partida era una bajada al infierno que te arrullaba, como esas tardes de verano en las novelas de Scott Fitzgerald, donde caes a tu abismo personal, pero no te importa porque pides y pides de beber en una noche sin fin. Entre tanto, caen los cafés, caen los chupitos, cae la tarde a pasos cortos, das la vuelta al palillo, pides que te traigan una faria nueva. Tú por lo menos la fumas. No pocas veces te sientas al lado de un tipo gordo, sudoroso y malhablado, que fuma grandes puros, pero siempre apagados. En realidad, el cigarro que sostiene entre los dedos, y que siempre es el mismo, es un trasunto de batuta, bolígrafo y seguramente un poco de polla. La partida, en última instancia, es una gran metáfora. Y esa clase de sabias maestras que te enseñan que el ser humano puede sobrevivir a base de cigarrillos, brandy y café al menos hasta que cumple los 100 años.
Podríamos decir que la partida es un mundo, pero en realidad es un universo. Aunque lo suficientemente pequeño e indescifrable para que el mundo no quepa en él. Incluso aquellos elementos de los que estaríamos dispuestos a decir que no forman parte de la partida, como el ruido de la máquina moliendo café, las moscas o los cacahuetes del suelo, pertenecen a la ceremonia íntimamente. En cierto sentido, también intervienen en el juego todos esos individuos, de pie, o sentados, que siguen la partida desde la lejanía, como aquellos aficionados del Barça, cuando el equipo aún jugaba en el estadio de La Escopidora, que se sentaban en la tapia perimetral para ver los partidos. A veces son el coro murmurante. A veces son la conciencia que no escuchas. A veces son los que aplauden, es decir, la escoria. A veces solo son los que tienen un cigarro. A veces son ratas asquerosas. Es especialmente enojoso ese señor que chasquea la lengua todo el tiempo, disconforme con lo que ve. Por suerte, todo se recompone cuando un jugador se vuelve, lo mira con desprecio, y pregunta si tiene algún problema en la boca, o quiere tenerlo. Después de todo, el jugador de cartas es un hombre sin miedo a la muerte. Ni siquiera teme a perder. ¿Qué es la victoria sino más que un minuto, un segundo que se deshace en las manos? En realidad, solo se trata de jugar, de que pase la vida gozosa, lentamente, en el calor del hogar. Lejos de la partida, el jugador siente que el mundo carece de caminos. Por eso, cuando la fiesta concluye, y se apagan las luces, y no puede sino regresar a su casa, siempre se pregunta, angustiado, como cuando lo has perdido todo: «¿Y ahora qué voy a hacer?».

lunes, 6 de julio de 2015

Teatro en Almagro: "El sueño de una noche de verano" de William Shakespeare


Julio es un sueño que se desborda con el fuego, con las noches de luciérnagas abrasadas y con el ulular del autillo en el bosque. La calima transforma a los animales y revive a los trasgos, aparecen las ninfas y surgen del restallido de la luna Titania y Oberon para adueñarse de las criaturas. Así lo creó Shakespeare, así nos lo recuerda en la magnífica representación de El sueño de una noche de verano montada por la compañía americana The Actors´ Gang, dirigida por el "inmenso" Tim Robbins. Es domingo, día de la decisión griega, día en que toda Europa mira a Grecia, el día en que sobre el escenario de Almagro dos parejas de atenienses van a buscar su suerte erótica en las profundidades del bosque, donde los esperan las maravillosas criaturas que jugarán con su destino hasta que se cansen o se compadezcan de ellos. ¿Casualidad o profecía?
Shakespeare es el teatro, es la vida, es el genio en su más espléndida versión. No puedo imaginar qué sensación produciría El sueño de una noche de verano en los espectadores de la época. Es una obra de ingeniería dramática perfecta, compleja, sorprendente, en la que se ponen en solfa todos los tópicos literarios y dramáticos de la época referentes al amor y a su tratamiento. Por la escena aparecen héroes griegos, personajes mitológicos, referencias satíricas al petrarquismo, a la concepción tópica del amor cortés, parodias del melodrama, de las novelas caballerescas, de Tristán e Isolda, burlas a los lugares comunes del teatro y del cuento (ese muro agujereado que valía para salvar cualquier obstáculo amoroso). Se pasa las reglas por el forro para reinventarlas, para sobrepasarlas y provocar en el público la estupefacción más absoluta. Y por encima de todo esto, la palabra: un gorjeo apasionado de profundas sentencias y alegres ironías.
La pasión erótica salta, se desmelena, pura broma, tan veleidosa como las flores mágicas que emplean los elfos para jugar con los humanos. El escenario se convierte en un bosque animado que no deja de proporcionar emociones. La convención teatral choca con la imaginación desbordada del bardo y se produce una eclosión que llega hasta lo más alto del graderío.
La plaza de Santo Domingo de Almagro, transformada en teatro, ha desaparecido, ha sido engullida por los dinámicos actores que sudan, bailan, cantan, lloran, ríen, sufren, gozan y se amartelan. Ellos son el escenario, el bosque, Atenas, el amor, el teatro, la vida. Una desbordada coreografía de casi tres horas disueltas en los minutos breves de un sueño. Al finalizar, la catarsis es absoluta. El público se levanta, grita, aplaude con fuego, jalea, aúlla. Hemos salido del sueño y quisiéramos volver a él. La gratitud rompe el sosiego de la noche almagreña. Los cómicos se rinden, algunos de ellos lloran, emocionados por las reacciones que han provocado. Solo Shakespeare bien entendido es capaz de alterar así las almas de la modernidad. El genio se cobra sus víctimas.

domingo, 5 de julio de 2015

Teatro en Almagro: "Entremeses" de Cervantes


Corral de Comedias de Almagro. Noche cerrada. Mil seiscientos y pico. El público entra al corral entre empujones, insultos y carcajadas. Las mujeres, a la cazuela; los mosqueteros abajo, junto al escenario. El obispo se frota las manos. El corral se llena y la recaudación va a ser excelente. Sube hasta el palco para ver la obra detrás de la celosía. En el patio, junto al pozo, un muchacho vende hidromiel y otro escancia agua en las calabazas a un precio muy ajustado. El alguacil ha recibido ya tres denuncias por levantamiento de bolsas. Las mujeres alborotan las alturas. No es hora habitual para comedias, todos los candiles se han tenido que encender y un humo negro atufa a los que abarrotan los palcos. La obra es de campanillas, nada menos que del autor del Quijote, el malogrado Cervantes, muerto no hace mucho. Entremeses en los que el público espera encontrar picardía, bailes, bromas recias y alguna que otra canilla al aire. Me dicen que es compañía de ley la que representa, no bululús, ni cómicos de la legua cualquiera, no. La Abadía del siglo XXI, dirigida por un tal José Luis Gómez, de buen nombre entre los del teatro. Yo la veo y la reveo y nadie me dirá que no, que no soy yo marrano, ni hijo de otro que no sea mi padre. La compañía es del siglo XXI y quien no la vea es que no es hijo de su padre o tiene la sangre más sucia que los hijos de Abraham. Entra mi vecino Lorenzo, un viejo de 70 años que acaba de casar con una niña de 15, mal de su grado.También se acercan hasta mi banco los alcaldes y secretarios de Almagro y pueblos aledaños, provistos de sus varas y sombreros. Se rumorea que hombres de mala ley, pagados por Tirso de Molina, se han llegado hasta aquí para reventar la obra y saludarla con frutas podridas, bostas y algún que otro cascote.
Comienza la función.En el patio huele a mierda de caballo y a sudor rancio de muchos días. La algarabía de la cazuela se va apagando, suenan los trinos de innumerables pájaros que no lo son. Se llena el corral de bucolismo con los silbatos que imitan el canto de la calandria, el piar del ruiseñor, el silbido del zorzal. Bailes y refranes, cantos y alegría. Esto promete diversión.
La cueva de Salamanca, primer entremés. El viejo Lorenzo se escama y se remueve en el banco al ver cómo un sacristán y su acólito ponen cuernos de más de un palmo a un confiado marido. Más bailes, cada vez más desvergonzados; más coplas, se caldea el ambiente. Un mosquetero lanza la zarpa al escenario para alcanzar la pantorrilla de una de las cómicas. El alguacil le varea la oreja y casi se la saja. Debería marcharse para la cura, pero no quiere perderse la función. Se aplica un emplasto de bosta de caballo y se apoya mareado en una de las columnas.
El viejo celoso. Lorenzo no puede aguantar más. Mira hacia la cazuela por si se hubiera escapado su mujer, encerrada bajo siete llaves. No la ve, pero ella está allí, después de haber gozado de su amante en un descuido de su marido.El viejo abandona el patio. El protagonista del entremés se parece tanto a él que no puede sujetar sus sospechas. Ya leyó algo parecido de un toscano llamado Boccaccio, y tomó sus precauciones. Por eso usaba siete llaves para encerrar a su joven esposa. Más desvergüenza, libertinaje y desenfreno. El sudor baña el canal de los pechos de las cómicas y al obispo, tras la celosía, le gustaría degustarlo. Llama a una "su sobrina" para que le haga compañía en el compartimento.
El retablo de las maravillas. Yo lo veo, ya lo he dicho, lo veo y lo reveo. Es compañía del XXI y no bululú, ni ñaque, yo la veo y la reveo. Estoy convencido que ni el alcalde de Almagro, ni los demás son capaces de apreciarlo, a pesar de sus gestos. Como dice el regidor de la obra, yo también tengo puntos de poeta y aunque se dice que el orbe está lleno de los malos, yo no quiero incluirme en esa nómina por no estar solo. Porque a ningún poeta he visto que se incluyera dentro de los malos por propia voluntad, si no era el mismo Cervantes y pienso que no lo decía con mucha sinceridad. La maravilla de este retablo finaliza con una copla dulce, popular y sencilla de Agustín García Calvo, se desvanece el público, se mueren los candiles, se aligera el vapor de las bostas.
Al salir del corral, el siglo XXI: terrazas en la plaza de los Fúcares, bebidas espirituosas, luz eléctrica y la misma algarabía que en el siglo XVII. La guardia civil patrulla por el empedrado y un rapaz se estampa con su bicicleta contra la estatua ecuestre de Diego de Almagro. Los lamentos del viejo Lorenzo se escuchan desde más allá de los siglos.      

sábado, 4 de julio de 2015

Teatro en Almagro: "Enrique VIII o la cisma de Inglaterra" de Calderón de la Barca


Se apagan las luces. Se abre el escenario de la noche estrellada. Es Almagro. Los actores de la Compañía Nacional comparecen de nuevo sobre el escenario para excitar como nadie los sentidos de los espectadores. "Enrique VIII o la cisma de Inglaterra", una obra de un joven Calderón con demasiadas concesiones al poder. Pero son tantos los referentes que uno tiene sobre sus personajes: series de televisión ("Los Tudor", "Enrique VIII"), películas ("Elisabeth", "Las hermanas Bolena"...); que todo parece familiar. La leyenda del rey implacable y caprichoso que partió peras con el Vaticano se engendró muy pronto. No solo Calderón, también Shakespeare recogió un argumento histórico tan sabroso. Pero a Calderón le puede la juventud, las ganas de agradar a la corte española y a la Iglesia.Sí es cierto que el drama interno de Enrique, su desesperación al darse cuenta de que sus pasiones han malogrado su gobierno, apunta alto pero no alcanza la pieza. El espíritu de la Contrarreforma condiciona la peripecia dramática y malogra la dinámica teatral. Sin embargo, la Compañía Nacional de Teatro Clásico es capaz de exprimir una piedra y extraer vino de ella. El exquisito decir del verso y su transformación en palabra útil para la evolución de los caracteres; la escenografía, en consonancia con las pasiones desbordadas del rey y ajustada para que no sea más relevante que la palabra; la disposición escénica de los actores, el vestuario, las actuaciones (algunas de ellas subyugantes a pesar del abuso de tópicos en sus parlamentos), la música en directo... La obra se convierte en un espectáculo total, un bocado del barroco mordido con astucia y traído sobre la escena para que gocemos con arqueología viva. Cuando vemos los restos de una civilización perdida, suele recorrernos un escalofrío de melancolía. La Compañía Nacional revive las ruinas, las resucita, acciona los resortes de una sociedad perdida y nos la ofrece en bandeja de plata sobre un escenario impoluto, regio, sin fisuras.
Al acabar, se encienden las luces, se marchan los murciélagos del escenario y queda la sensación de haber asistido a un prodigio de magia y taumaturgia. El tiempo recobrado. En la plaza, verde de Fúcares, se respira el bullicio de julio en Almagro. La brisa de la noche ha expulsado al bochorno y refrescamos las gargantas secas de verano y la conmoción de los escenarios. Por los corredores del Parador nos cruzamos con Tim Robins. No soy mitómano, en absoluto, pero es curioso ver a los actores despojados de sus personajes, sin maquillaje, sin palabras. De todas formas, no puedo dejar de imaginar al americano atascado en un ventanuco del monasterio al haber intentado dar "el gran salto" o de camino a su ejecución en una silla eléctrica repujada de cuero. Los hombres no son más que hombres decía Pasquín, el bufón de Enrique VIII, ni siquiera son capaces de crear la más sencilla flor de un prado. No sé si estoy de acuerdo.  

miércoles, 1 de julio de 2015

"El hombre del aro en la oreja: historia del pecador verdadero" por Marta Fernández


Un hombre corre contra la noche que se desploma. Cuando caiga no le dejarán cruzar al otro lado. Recorre las callejuelas —que siempre son angostas— embozado en una capa —que siempre es oscura—. Mira hacia atrás aunque solo piensa en lo que le espera unos pasos por delante. En la otra orilla. La de la verdadera resurrección de la carne. Donde las leyes no existen y solo mandan los pecados. Dicen que le importa ese único momento. Que ya no busca el aplauso quizá porque lo tiene. Que la razón de su éxito está en las noches de placer en la cara oculta de Londres. Sabe de verdad de qué va este juego. De qué va el deseo. De qué va conseguir lo que quiere solo con palabras. Si es necesario embaucará a los guardianes para que le dejen salir de la ciudad. No es un valiente. Ni un caballero. Aunque juega a serlo donde la vida se inventa.
El hombre podría llamarse Lannister o Stark. Podría cabalgar por la Tierra Media. Podría ser cualquier héroe. Pero es un actor. Al mismo tiempo un osado y un cobarde. Ha abandonado el teatro de Blackfriars antes de que la función terminara. Era más fácil cuando la compañía actuaba en la orilla sur. No había que correr para burlar la prohibición de cruzar el río con la caída del sol. Ahora se ve obligado a escapar como un fugitivo para templar su deseo. Para calmar a esa carne suya sólida que se disuelve. Para derramar su ansia en el cuerpo generoso de la más generosa de las rameras. Cuando llega la noche, los puros se quedan dentro de Londres con la conciencia tranquila mientras los impíos suman puntos al otro lado. Vicario mayor de las huestes del vicio.
El hombre que huye es un pecador. Se llama William Shakespeare. Y no ha dudado en dejar a sus hombres sobre las tablas para cumplir su ritual en un burdel del Southbank. Lo hace todas las noches. Por eso cuida de que el papel que escribe para sí mismo desaparezca pronto de la escena. Se reserva siempre los mejores versos y mata a su personaje antes del tercer acto. Monólogo brillante. Muerte prematura. Ask for me tomorrow and you shall find me a grave man. Bonita excusa para irse de putas. Que se queden los demás a terminar la obra. Él ya ha robado su ovación. Señoras y señores, cayó el telón para William Shakespeare.
En el caso de que exista William Shakespeare.
En el caso de que no sea el conde de Oxford. O Jonson. O el zombi de Marlowe. O sir Francis Bacon. O una mujer. La reina. Su Majestad Teatrera.
El mejor personaje de William Shakespeare es el que no quedó escrito. Él mismo. Ese que no tiene ni biografía ni definición. El hombre que construyó el mundo con 29.899 palabras no tuvo ni una para su vida. Simplemente porque su vida son sus obras. No supo escribir su padre, ni su legítima esposa, y una sola de sus hijas aprendió a firmar con su nombre. Shakespeare se quedó con todo el diccionario de una saga ágrafa. Con todo el vocabulario de la humanidad. Lo necesitaba para contar el mundo. Para decirlo todo. Para dejar sin palabras a todos los que vendrían después.
Replicarán los profetas de la conspiración que un hombre de tan escasa formación no pudo crear una obra tan sofisticada. Pero olvidan que los niños de la emergente burguesía renacentista estudiaban en sus escuelas elementales a Plauto y a Aristóteles, el arte de la retórica y el de la oratoria. Hoy nos parece imposible que el hijo del guantero tuviera en la Grammar School de Stratford educación más refinada que la de un escolar español con su LOMCE y su iPad.
Y como si fuera su tiempo el nuestro, en el que todo queda consignado, hay quien exige más datos. Shakespeare, el Profeta Único del Verbo, el Dios de la Escena, el revolucionario de la palabra tuvo que dejar más pistas. Tuvo que ser un noble, es lo que no se atreven a decir lo que recelan de la sencillez casi zafia de su vida. Le reclaman más los negacionistas. No les basta su partida de bautismo o el monumento funerario o lo que dijeron de él sus contemporáneos. Quieren su ADN en una bandeja de plata —como el de Cervantes—. Y olvidan que las únicas hélices que construyen la verdad de uno y de otro son las de sus palabras. Lo demás no importa nada. Shakespeare, el primer reclusive de la historia.
Grabado del acto uno, escena primera, de La tempestad, por Benjamin Smith (DP)
Grabado del acto uno, escena primera, de La tempestad, por Benjamin Smith (DP)
De Shakespeare sabemos más que de muchos otros. Y, sobre todo, sabemos lo esencial. Que no es que se casara con una mujer ocho años mayor que él a la que dejó en Stratford a cargo de sus hijos. Sino que salió de su casa y después de una década de silencio apareció metamorfoseado en otro. Como esos personajes suyos que reconstruyen su vida con una nueva máscara después de un naufragio.
¿Quién es el hombre del aro en la oreja? ¿Quién es William Shakespeare?
Un actor sobre todas las cosas.
Y esa es su gloria, el motivo de su éxito y el de las dudas de los bien pensantes. ¿Cómo aceptar que el hombre que lo dijo todo era un pobre comediante? ¿Y quién sino un actor iba a acertar con las palabras exactas, esas que sonaban tan bien sobre las tablas? Porque lo que Shakespeare escribe no está pensando para pasar los ojos sobre el papel, está pensando para ese preciso instrumento que es la voz humana. Lo descubrió Michael Pennington, el gran actor de la Royal, cuando de niño vio por primera vez Macbeth. Al volver a casa buscó el libro pero no para leerlo, sino para declamarlo. Porque para eso construye Shakespeare sus versos. El Bardo era esto.
Él nunca quiso ver escrita su obra —eso vendría después, la artimaña del amigo Jonson por aplacar su ego—. El éxito en el mundo de Shakespeare se medía en aplausos. Todo lo que aprendió del teatro lo aprendió como actor. No hay Shakespeare sin escenario.
Y viendo a sus personajes sobre las tablas, escuchando sus parlamentos en verso blanco, comprendemos que un hombre sin latín podría haber escrito Julio Cesar, pero el monólogo de Antonio nunca habría salido de la cabeza de alguien que no supiera de teatro. William Shakespeare, el actor que sabía lo que necesitaban sus pulmones. El contador de historias que intuía qué historias merecían ser contadas. Y cómo.
Fue un lector voraz. Un devorador de las crónicas de Inglaterra y de los textos Plutarco, de las novellieri deBandello y de los sonetos clásicos. Su genio era tal que le valía con unas pocas fuentes para construir un océano. Shakespeare, el plagiador exquisito. Aunque en aquellos tiempos repetir verso a verso no estaba mal considerado. Era un método de trabajo. Como copiar escenas o situaciones. Como escribir a cuatro, a seis, hasta ocho manos. Lope se plagiaba a sí mismo. Shakespeare le robaba a Motaigne y está su herencia calcada en ese raro artefacto, pionero de la ciencia ficción, que es La tempestad. Hamlet le debe a Kyd más de lo que le reconocerá la historia. La venganza, la sangre tarantinesca sobre el escenario, la matanza final, la obra dentro de la obra.
Esa fue una de sus audacias: tomar lo mejor de sus contemporáneos y pasarlo por sus neuronas y sus tripas para mejorarlo. Lo dijo agonizante Greene, su primer rival en la escena londinense: «Shakespeare se ha vestido con las mejores de mis plumas». El viejo dramaturgo moría desbancado por la audacia de un joven actor de los Hombres de Lord Chamberlain. «Un corazón de tigre envuelto en la piel de comediante que se cree capaz de impresionar en verso blanco como el mejor de nosotros». Que se cree capaz y que lo hace. «Un shake-scene» remachaba Greene. Shakespeare, el agita escenas. El escritor comediante.
Lady Macbeth con dagas, por Heinrich Füssli (DP)
Lady Macbeth con dagas, por Heinrich Füssli (DP)
Fue un actor y un revolucionario. Una estrella y un pecador. Un hacedor de versos que jugaba con ventaja porque sabía lo que al público le gustaba. Porque llevaba años probando cómo reventar la cazuela del teatro. Conocía los resortes de la risa y los secretos del llanto. Las capacidades de su compañía y sus debilidades. Y para ellos escribía. Sospechamos ahora que entre sus compañeros hubo un par de gemelos. De ahí sus equívocos juegos de dobles, de hermanos separados y reencontrados. Sabemos que escribió una obra pensada para las malas temporadas, cuando las circunstancias obligaban a despedir a la mitad de la compañía. Construyó así una tragedia en la que el mismo actor podía interpretar tres y cuatro papeles. Los cómicos sabían qué quería decir programar Macbeth. El despido. La calle. Por eso la empezaron a llamar «La tragedia escocesa», convertido su nombre en tabú gafe.
Era Shakespeare el único que nunca se iba a la calle. Él escribía los papeles. Él siempre tenía un hueco asegurado. Y aun así no podemos pretender que aparezca en los registros porque entonces —como ahora— el guionista no era importante. Era uno más de la nómina. Como el carpintero o el autor de los temas musicales. No dejó detalles para la posteridad, como no los dejaron la mayoría de los escritores de estudio que empollaban sus textos en los cubículos de la Metro de la edad dorada. Shakespeare era el William Holden de El crepúsculo de los dioses. O uno de esos chicos brillantes y gafapásticos que nos hace llorar cuando recoge un Óscar y después desaparece devorado por Hollywood. Shakespeare, el escritor en la sombra. El autor sin recompensa. El hombre que corre todas las noches para llegar al otro lado del Támesis. Al lugar donde las leyes no existen, como no existen las restricciones en sus obras.
«Tenía ideas valientes» dijo de él Ben Jonson. «Una expresión que fluía con tanta facilidad que a veces era necesario pararlo». Aunque nunca se plegó a más regla que la que el público exigía. Y aquel público podía ser tan exigente como vociferante.
En la Inglaterra isabelina el teatro era el Espectáculo. El mayor espectáculo. El acontecimiento que arrebataba por igual al aristócrata y al artesano. Al noble y al marginado. De los patios bullentes a los palcos de sangre azul, todos enloquecían por los actores. En tres décadas, Londres vio construir once teatros. Los públicos hasta para tres mil espectadores. Más modestos los privados. En unos y en otros no regía la ley de la ciudad. Como si estuvieran plantados en tierra neutral donde las únicas normas que se respetaban eran las del aplauso. Se quejaban los patronos burgueses de que el nuevo entretenimiento sorbía el seso de sus empleados, que preferían faltar al trabajo antes que perderse la nueva tragedia que se estrenaba.
Aquel público acostumbrado a la escena sabía apreciar lo que le daban. No le hacía falta formación —aunque la tenían los que miraban desde los pisos superiores—. Pero ahora los menospreciamos. Los miramos desde nuestra altura de cuatro siglos acumulados. Y recortamos a los clásicos presuponiendo que son incomprensibles. Como si no estuvieran escritos para que los entendiera todo el mundo: desde el rico hasta el iletrado.
A aquella gentes gritonas y desaforadas, a aquellas gentes que se conmovían, a aquellas gentes que se identificaban con lo que pasaba en escena como jamás se identificaron con la tragedia griega, se dirigía Shakespeare. Y el comediante sabía lo que querían. Lo que les arrancaba el aplauso. Con ellos había compartido pecados en la orilla sur y penitencia en la orilla norte. Porque no era un escritor atrincherado tras su tintero. Porque el hombre del aro en la oreja era insultantemente humano.
Un actor. Un cómico.
Cuenta la leyenda que se despidió de la escena interpretando a un fantasma. El del padre de Hamlet. El que es y no-es en una dimensión donde se confunden la vida, la muerte y los recuerdos. El que está presente, vivo y muerto, como si Schrödinger le hubiera metido en su caja. El espíritu, el muerto, el personaje que provoca toda la acción sin decir una palabra.
Puede que no sea cierto, pero es tan profético que no nos queda más remedio que creerlo. Ese es William Shakespeare: el hombre que todavía nos observa desde la otra orilla, desde el turbio mundo de la pasión y el pecado. El fantasma mudo al que ya no le hace falta decir nada. Porque lo dijo todo en su tiempo.
Hamlet y el fantasma de su padre, por Heinrich Füssli (DP)

"Tartamudeos y Quijotes" por Carlos Mayoral


Cervantes recoge del suelo la copia del Quijote de Avellaneda que acaba de estrellar contra la pared del salón. Ha vuelto la duda, esa constante que lo aplasta. Intenta articular palabra, pero la oración más simple del mundo no es capaz de escapar de sus meninges. Repite una y otra vez la sílaba inicial hasta cerciorarse de que sus sospechas son ciertas: vuelve la tartamudez, ese cerco insalvable a la hora de combatir con otros monstruos de la dialéctica como Lope o Quevedo. Se maldice. No puede creerlo. Aquel mal se había esfumado una tarde primaveral, cuando, meses después de firmar el privilegio real, su Quijote logra convertirse en un best sellercapaz de romper todos los límites, instalándose en la mesilla y en el imaginario de media Europa. Pero la principal frontera que había cruzado no era otra que la de su propia confianza, haciendo de él un hombre firme, inexpugnable. Fue entonces cuando soñó cómo la envidia se merendaba a aquellos que poco antes arrojaban contra él tartamudos adjetivos. Definitivamente, su querido Alonso de Quijada (más tarde, Alonso Quijano) era algo más que un simple personaje. Era el tipo que le había hecho renegar de aquella personalidad llana, acercándolo a esas mentes esdrújulas que poblaban las calles del Barroco. Hablar de Cervantes, ahora, es hablar de un triunfador.
Con un esfuerzo sobrehumano examina el libro y confirma que, pese al golpe, permanece intacto. Analiza la portada. «Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha». No da crédito a lo que lee. Observa la firma: «Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la Villa de Tordesillas». Absolutamente espantado, maldice al falso autor, ese plagiador de mala muerte. Maldice a la noble ciudad castellana. Se maldice, una vez más, a sí mismo. Pero lo peor está por llegar: «Al alcalde, regidores y (sic) hidalgos de la noble villa de Argamesilla, patria feliz del hidalgo Caballero Don Quijote de la Mancha». Un puñal le atraviesa el corazón. Hubiera acertado o no el que, con saña, había escrito aquello, nadie le dijo que fuera fácil tener que rememorar ese lugar de la Mancha… de cuyo nombre, por mucho que le pesara, jamás quiso acordarse. La única mano útil deja caer la copia del libro. Ha caído en el derrumbe. Se da cuenta de que una lágrima recorre su mejilla. Es definitivo: la ansiedad ha vuelto al hogar de don Miguel.
¿Un escritor de saldo?
Lope de Vega (DP)
Lope de Vega (DP)
No le falta razón a Cervantes, el libro es una directo al mentón justo cuando disfrutaba de una posición literaria acorde a lo que siempre había soñado. Para empezar, habría que analizar en profundidad quién es este tal Alonso Fernández de Avellaneda. Nadie se cree ya, a estas alturas de la película, la teoría de que un humilde cura residente en Avellaneda (Ávila), de nombre Alonso Fernández, sea el dueño de la pluma capaz de dar jaque al español más universal. Por tanto, adentrémonos sin miedo en las arenas movedizas del anticervantismo de la época. Aquí aparece un nombre clave: Lope de Vega. La relación entre Cervantes y el Fénix de los Ingenios no es precisamente la de dos amigos del alma. Se dice que, en su interior, ambos reprimían cierta admiración por el contrario. Pero los dardos volaban, especialmente desde la pluma de Lope, quien ya había escrito:
De poetas no digo: buen siglo es este. Muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote.
Al no recibir contestación, decidió escribir un soneto para el genio de Alcalá, dedicándole todo tipo de lindezas. Entre ellas, que el cielo había tenido el detalle de dejarle manco para que no pudiera escribir más. Cervantes, esta vez sí, replicó:
Estando yo en Valladolid, llevaron una carta a mi casa […] Diéronmela, y venía en ella un soneto malo, desmayado, sin garbo ni agudeza alguna, diciendo mal de Don Quijote; y de lo que me pesó fue del real, y propuse desde entonces de no tomar carta con porte.
Que Cervantes dejara reflejado que su única preocupación era el dinero del contra reembolso no es más que un fuego de artificio. La relación se había enquistado y, volviendo al Quijote de Avellaneda, solo hay que fijarse en el prólogo para entender que Lope está detrás del asunto, bien en primera persona o bien como una fuerte influencia. Esto descarta ya a algunos candidatos como PasamonteTirso o (se llegó a barajar) el Inca Garcilaso. En uno de los párrafos, el autor se refiere al desplante que Cervantes tuvo con «quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias». Esta descripción es tan vanidosa que no se descarta que fuese el propio Lope de Vega quien agitara la coctelera del autobombo prologando la obra. Al fin y al cabo, lo expuesto, aun siendo fatuo, no deja de ser cierto. Lope era envidiado por todo aquel que quisiera hacer de su arte un negocio, pues había sido capaz de convertir el teatro en un espectáculo rentable, cubriendo al artífice con un manto de dinero y fama que hasta Cervantes, abonado a la penuria económica, ansió. Este es el germen del desplante al que podría referirse Lope en el prólogo. Quizás por ese deseo triunfal, Cervantes había expulsado al Fénix de su Galatea y le había dedicado numerosas burlas en la primera parte del Quijote. Sin embargo, atendiendo a los rasgos estilísticos de la obra, no parece que sea Lope quien desarrolla la trama. Yo, particularmente, me decanto por Liñán de Riaza, poeta curtido en la batalla diaria del Siglo de Oro pero sin el éxito que justifica dicho combate. Amigo íntimo de Lope, también sentía el agravio de haber sido desterrado del Parnaso cervantino. El aragonesista estilo cuadra, pero hay algo que se tuerce: muere varios años antes de la aparición del falso Quijote. En mi opinión, fue Liñán quien construyó la obra y Lope quien, con el padre de la criatura ya fallecido, la pulió, prologó y publicó.
Deformado y desfondado
Portada de el Quijote de Avellaneda (DP)
Portada de el Quijote de Avellaneda (DP)
Buceando en el Quijote de Avellaneda nos encontramos con la aparición de unos personajes que nada más que el nombre comparten con aquellos maravillosos antihéroes cervantinos. El protagonista ha perdido lo esencial de su primera parte: el idealismo. Se muestra descorazonado, ajeno a las Dulcineas que tanto amó. Tampoco Sancho retiene esa ironía pueblerina que enternecía al lector con la suave caricia del ignorante. Ahora se ha transformado en un ser brusco, soez e irrespetuoso. Por si fuera poco, esa locura que Cervantes había embellecido, convirtiéndola en una noble herramienta cargada de espiritualidad y utopía, aquí es ninguneada, condenando a la entrañable pareja de caminantes al manicomio. No obstante, la trama es amiga de la lectura, las páginas se abrazan unas a otras con relativa facilidad y, aunque diferente a la cervantina, dota a cada capítulo de una cierta identidad reconocible, una personalidad que puede llegar a enganchar. El autor sí utiliza el recurso de intercalar novelas ejemplares cuando nadie las espera, algo que se le había echado en cara a don Miguel en su primera edición y que se vería obligado a abandonar en la verdadera segunda parte de la obra.
Estilísticamente tampoco hay mucho que comparar. En mi opinión, el Quijote de Cervantes alcanza el punto más alto de la narrativa en castellano, mostrándonos varios juegos lingüísticos (desde el medievalismo del loco, a los cultismos del amo pasando por el habla popular del escudero) que nadie ha conseguido igualar. La cuestión no es que nadie haya alcanzado ese nivel sintáctico. La cuestión es que nadie lo alcanzará jamás. Ahí reside su encanto estilístico: la prosa cervantina sabe cómo llegar a cualquier punto gramatical mientras que nosotros no sabemos cómo llegar a la prosa cervantina. Dicho esto, cualquier comparación resulta absurda. No obstante, el de Avellaneda es también un Quijote culto, repleto de citas solapadas y con un aceptable nivel léxico. Goza de algo difícil de encontrar: empatía con el lector. El autor encuentra la manera de lograr que pasemos la página, con un hilo argumental que se consume fácilmente y que no hace que te pierdas entre cátedras lingüísticas.
Por tanto, atendiendo a la forma y al fondo de la obra, se puede decir que ni en una ni en otro puede compararse al primer Quijote. Sin embargo, fue aceptado por el público y, como demuestran las numerosas ediciones que aún hoy ven la luz, gozó de una notable difusión. El mayor problema del Quijote de Avellaneda se resume con facilidad: se intenta ver reflejado en las aguas más cristalinas de la literatura en castellano. Y ese reflejo, a menudo, muestra vergüenzas que en otros caudales podrías ocultar.
La venganza cervantina
Cervantes cierra, con tranquilidad, el libro que ha devorado en unas pocas horas. Está ardiendo, pero es una hoguera reposada que quema en su interior todas las dudas que hubieran podido quedar alrededor de la segunda parte del Quijote, esa que ya lleva tiempo escribiendo. En los últimos tiempos, la ilusión por escribir lo que más tarde sería el Persiles le ha poseído, dejando apartada la continuación de las aventuras de su personaje más emblemático. Pero la aparición de este falso caballero andante le azota el ánimo y, todavía con el tartamudeo presente, retoma el capítulo LIX, que es el último que escribió.
Meses después aparece la segunda parte del verdadero Quijote, con un éxito todavía mayor que el conseguido con la primera. Ahora, el genio alcalaíno abraza la poca fama que le queda por recoger. Aquí y allá se suceden los homenajes y los reconocimientos. Las aventuras del Caballero de la Triste Figura son reconocidas prácticamente de manera unánime como la mejor novela de la historia. Es la obra no religiosa más traducida de todos los tiempos. Es imposible cuantificar el número de lectores que, a lo largo de cuatro siglos, carga sobre sus espaldas. Ha sido adaptada a la gran pantalla más de doscientas veces. Todas las novelas llevan algo de este hidalgo en su ADN y todavía hoy se identifican entre sus páginas el sentido histórico, social, político y religioso de cada época. DostoievskiTwainKafkaTolstóiGoetheFaulknerGaldós (que memorizaba capítulos completos), UnamunoBorges, el Gabo… Todos los grandes han recibido la herencia cervantina en su obra. Hasta Shakespeare utiliza a Cardenio en una de sus composiciones. Es, por tanto, el triunfo del hombre que nunca creyó en sí mismo.
Retrato de Miguel de Cervantes, por Juan de Jauregui y Aguilar (DP)
Retrato de Miguel de Cervantes, por Juan de Jauregui y Aguilar (DP)
Don Miguel llega a su casa una fría tarde de invierno, tras cerciorarse de que su querido Quijote está en boca del pueblo. Es, ya, el héroe de todos. No obstante, el genio está cansado. Tan cansado como Alonso Quijano, el Bueno, al final de la obra. No oculta que, en cierto modo, el camino de don Quijote es también su camino. Comienza siendo un personaje idealista, un caballero que cree en el éxito. Sin embargo, en sus últimas páginas parece desengañado, desfigurado y harto. No puede evitar encontrar similitudes con la situación de esa España que observa cómo agonizan sus años más fértiles para dar paso a una época oscura, casi tétrica. Pero eso apenas le importa ya. El cansancio le consume y observa con pereza el borrador de su Persiles, que no sabe si podrá terminar de escribir. Tampoco le importa, la cima ya está alcanzada. Por suerte, como su amado caballero, resistió hasta ponerle punto final a su experiencia vital más importante: finiquitar las aventuras delQuijote es el punto culminante de su existencia. Él, un hombre lisiado en combate, capturado por el enemigo, desterrado, denigrado por su familia, eternamente pobre… de pronto, gracias a esa exitosa segunda parte, le ha encontrado sentido a la vida.
Con la mente clara y el tartamudeo expulsado, observa con reparo la repisa sobre la que todavía descansa el Avellaneda. No puede evitar cuestionarse, sin fuerzas para sentir ánimo revanchista alguno, qué parte de culpa tienen aquellas páginas en su éxito. Se tapa, con la mano sana, el rostro. Necesita descansar, como don Alonso Quijano. Se tumba en la cama. Para entonces, ya se escucha el crepitar de las hojas de papel que antes habían dado vida al falso Quijote, ardiendo y aliviando el frío del invierno en la meseta. Se pregunta si alguien, como él hizo con su amado caballero, será capaz de escribir un epitafio acorde a esta vida plagada de penurias.

domingo, 28 de junio de 2015

"Arde Madrid" por Holden Caulfield


Hace unos días, mientras caminaba de noche por la calle Montalbán, cerca del Retiro, una chica agarró del brazo a su amiga despistada. «¡Mira! ¡Se pueden ver las estrellas!». Y los que pasábamos por ahí levantamos la vista al cielo, algo extrañados. ¿Estrellas en Madrid? Qué cosas.
Esto es Madrid. Una ciudad donde se contemplan las estrellas con cierta extrañeza, como a ese pariente lejano al que solo ves en bautizos y comuniones.
Llevo diez años viviendo en Madrid. Conozco sus lunares, su olor, su luz, sus secretos y sus cambios de humor. Y hasta una vez vi a Victoria Beckham comiendo jamón. Y aun así hay veces en las que se me antoja como una completa desconocida. (Madrid, no Victoria Beckham). Como si acabara de poner el pie por primera vez en Gran Vía convencido de que a la vuelta de cualquier esquina me van a atracar.
La mejor época de Madrid empieza ahora, con la temporada de fresas, los días largos y las tardes con el cielo de color violáceo. Cuando se empieza a vivir más de noche que de día. El joven Pla, al llegar a Madrid, escribió que lo que más le había sorprendido había sido la ajetreada vida nocturna de la ciudad, hasta el punto de que tenía miedo de que cualquier día le citaran para una reunión de trabajo en el Café de Puerto Rico entre las tres y las cuatro de la mañana.
Una vez me dijeron que Madrid es como un cigarro que da placer, te va consumiendo poco a poco y no se apaga nunca.
Y creo que eso es lo más bonito que se puede decir de una ciudad.
Supongo que aún arde Madrid.
Ocho de la mañana
Despiértese pronto. No importan los excesos de la noche anterior. Madrid no tiene memoria. Quand on est jeune, on a les matins triomphants!
El amanecer en Madrid es un amanecer importante. Decía Luis Carandell que el amanecer de Madrid lo pintóVelázquez. Y el día, Goya. Las casas de los ricos, los jardines, los paseos, los edificios púbicos y los bares elegantes son de Velázquez. El Rastro, los mercados, la Casa de Campo, los domingos, la Puerta del Sol, San Blas, el metro y las tascas, de Goya.
Madrid debe de ser la ciudad en la que se consume más litros de café con leche per cápita del mundo. Y a pesar de esto, suele dejar bastante que desear. Hay una cortina de humo en torno a este hecho. A los madrileños no les gusta que se metan con su café. Pero es la cruda realidad. Los italianos residentes en Madrid sufren verdaderas penurias por el nefasto café que les sirven, a pesar de sus detalladas explicaciones a los camareros, y viven en un estado de permanente agonía. «¿Café? ¡Aceite de motor!» suelen gritar indignados con una mueca de espanto al ver una piscina de café lechoso desbordando su taza.
Pero no arroje la toalla. El mejor café lo puede encontrar en la calle La Palma, en Toma Café. No caben más de diez personas, huele siempre a mañana recién estrenada y la luz y la música suelen estar perfectamente moduladas. Además, la calle La Palma es una de mis favoritas de Madrid. No es la más guapa del mundo pero juro que es más guapa que cualquiera. Siempre que voy, silbo una canción de McEnroe. Reflejos pavlianos, supongo.
Caminando junto a ti,
amanecía ya en Madrid
por la calle La Palma.
Once de la mañana
A cinco minutos andando de Toma Café puede dejarse caer por dos de las mejores librerías que podrá encontrar: Panta Rhei y Tipos Infames.
En Panta Rhei puede perderse entre los libros más originales, bonitos y difíciles de encontrar. El paraíso de los buscadores de perlas.
Tipos Infames es una librería y vinoteca en la que uno, si se descuida, tiende a pasar mucho tiempo. Tal vez demasiado. Mezclar libros y vino en la misma tienda. No sé cómo no se le había ocurrido antes a nadie esta genial idea.
Un recorrido rápido pero de calidad por el Thyssen merece mucho la pena. El libro de su director, Guillermo Solana, con los cuadros del museo explicados a ritmo de tuit, puede ser una buena guía.
Una del mediodía
La hora del aperitivo. Al igual que el viejo pirata retirado de Conrad, que se conformaba con ver los barcos desde su hamaca en el puerto mientras soñaba con aventuras que ya nunca viviría, en Madrid, a falta de mar, nos anclamos en las barras y vemos la vida pasar mientras pimplamos como viejos corsarios. Sí, somos animales de barra. Nos gusta ese ambiente, comer de pie, las barras metálicas y las servilletas por el suelo.
Un lugar de obligado peregrinaje es El Cangrejero, enfrente de la Plaza de las Comendadoras, donde dicen que se tira la mejor cerveza de Madrid. Lleva funcionando desde 1932 y para conocer la edad de su mobiliario habría que seccionarlos transversalmente para contar sus anillos o someterlos a la prueba del carbono 14. Antiguamente vendían cangrejos vivos y cucuruchos con quisquillas y gambas. Ahora tienen las mejores conservas de la ciudad (altamente recomendables sus mejillones, las anchoas con alcaparras o la melva canutera) y sirven un vermú estupendo.
Otro sitio estupendo en el que hace parada y fonda es el Cisne Azul. Su especialidad son las setas. Siempre suele estar abarrotado de gente pidiendo sus boletus con zamburiñas, los níscalos con gulas o un plato de trompetas de los muertos.
La mejor ensaladilla rusa, tema muy delicado este y siempre objeto de virulentas disputas, la podrá encontrar en Rafa, fantástica barra con un producto excelente. Sitio clásico, con camareros extraordinariamente eficientes y discretos, como mercenarios a sueldo, vestidos siempre con impoluta chaqueta blanca y corbata oscura, y mucha solemnidad a la hora de servir la ensaladilla rusa. No es para menos.
Si lo que le apetece es un bloody mary con el que combatir los efectos de la resaca, el mejor de la ciudad lo preparan en La Bomba Bistró. El truco está en la salsa diablo. Combínelo con unas ostras guillerdeau al natural si se ven con espíritu. La mejor mezcla del mundo.
Cuatro de la tarde
Elija el sitio preciso, la baldosa exacta, de la calle Alcalá, entre el Banco de España y el Círculo de Bellas Artes, desde donde se ve empezar la Gran Vía, como un costurón surcando la piel de Madrid. Y quédese un momento contemplándola.
Antonio López tardó en pintarla cinco veranos. Bien merece la pena dedicarle cinco minutos.
Seis de la tarde
Si el tiempo acompaña, darse una vuelta por El Retiro, rematando con un refrigerio en La Latina tras gastar suela, siempre es un plan imbatible. El Viajero y Juana la Loca son paradas fundamentales en La Latina para el pertinente avituallamiento y descanso del guerrero.
Nueve de la noche
Si el hambre aprieta, pueden ir a probar los tacos más auténticos en la Taquería Mi Ciudad. Esto me lo soplaron en el jardín del Celler de Can Roca, mientras esperaba a sentarme a comer un día de Navidad. Y ahí fui tan pronto como volví a Madrid. Y me enamoré. Se trata de un local diminuto, siempre abarrotado y extremadamente barato en el que los tacos van y vienen a un ritmo vertiginoso. La Taquería Mi Ciudad corre en dirección opuesta de palabras como refinamiento, comodidad o sofisticación pero sus tacos y sus margaritas hablan por sí solos.
Un sitio divertido y canalla. Un sitio de Madrid.
Medianoche
Lo más bonito que se ha escrito de un bar fue este haiku asonatado que Luis Alberto de Cuenca dedicó a Balmoral cuando cerró sus puertas.
Se nos salía
el amor por el borde
de nuestras copas.
Un trago rápido y letal. Como un dry martini. Como un cuchillo disuelto, que diría Alcántara.
Mientras los noctívagos guardan luto por el cierre de Balmoral y se santiguan al ver el Museo Chicote agonizando y el viejo Shuzo recién retirado, siguen en permanente búsqueda de nuevos guaridas y cuarteles generales en los que echar los tragos. La coctelería Santamaría nunca falla. Es un valor refugio. Estupendo sugin fizz con clara de huevo. Martínez es otro de los más frecuentados. El Cock, con ese aire a salón de club londinene y sus techos altísimos, es una de las paradas obligatorias. «El Cock es algo más que una búsqueda postrera del alma, es el último refugio espirituoso de Madrid» escribía Jorge Berlanga. El 1862 Dry Bar en la siempre fascinante, divertida y ruidosa calle Pez. Si quieren un sitio tranquilo, semiclandestino y en el que incluso poder comprar los mejores destilados blancos, vodka y ginebra, su sitio es Adam & Van Eekelen.
Las cuatro de la mañana
El Toni 2 es donde acaban todas las balas perdidas de la ciudad. Este piano bar tiene un toque decadente de Las Vegas, trazas de coctelería clásica y ciertas reminiscencias de karaoke, empapado todo en alcohol. Y por eso nos encanta. Sobra mucha luz en el local y el pianista no se sabe canciones de Loquillo. Pero es donde los que no llegamos a crooners jugamos a emular a Sinatra.
Las seis de la mañana
Silencio, luz difusa, despedidas, papeles, ceniza y polvo.
Subirse el cuello del abrigo, buscar las llaves y tiempo de batirse en retirada.
Y, si tiene suerte, de encontrar alguna estrella.

sábado, 27 de junio de 2015

"Eructos y regüeldos" por Carlos Franz


De Cervantes se acuerdan cuatro gatos porque se los obliga a leer el Quijote”, afirmó una vez la escritora de superventas mundiales Isabel Allende. Y algo similar dijo de Borges, antes de asegurar que los escritores “se mueren y se acabaron”.
Afortunadamente, ese diagnóstico de una amnesia literaria y cultural tan generalizada era exagerado. Este año, por ejemplo, somos muchos más que “cuatro gatos” los que celebramos (voluntariamente, lo juro) que la segunda parte del Quijote cumpla cuatro siglos.
Es cierto, hoy Don Quijote de la Mancha no se vende tanto como algunos superventas contemporáneos. Sin embargo, el Quijote es algo muy superior a ellos: es un superviviente. Este libro ha sobrevivido a tantos malos augurios que uno se pregunta: ¿cuál será el secreto de su buena salud? Es probable que ese secreto —si nos fuera dado conocerlo— tenga que ver con la forma en que la obra de Cervantes se relaciona con el pasado y el futuro de las palabras.
De muestra, este pequeño botón. En el capítulo XLIII de esa segunda parte del Quijote encontramos ciertas recomendaciones higiénicas que, si las siguiéramos todos, quizás llegaríamos a vivir tan largo como ese libro. Don Quijote le aconseja a Sancho:
“Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.
—Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho. Y don Quijote le dijo: —Erutar, Sancho, quiere decir 'regoldar', y éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy significativo; y así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regueldos, erutaciones.
—En verdad, señor —dijo Sancho—, que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo.
—Erutar, Sancho, que no regoldar —dijo don Quijote”.
En esa escena de los eructos y regüeldos, como en tantas otras de la novela cervantina, se libra un combate —amistoso— entre el habla ilustrada, y algo rebuscada, del Caballero de la Triste Figura y aquella parla descuidada pero franca del campesino Sancho. Es un duelo que no puede resolverse en triunfo de uno u otro.
En este caso, además de ser sinónimos, eructar y regoldar tienen una prosapia semejante. Regoldar viene del latín regurgitare (regurgitar), que remite a gurges: torbellino de agua. Mientras que eructar viene de eructare que significaba vomitar y es pariente de ructus o ructare, que en latín significa rugido o rugir. ¿Y qué es esto último sino un torbellino de sonido?
Esas hermosas resonancias etimológicas hermanan a la palabra “malsonante” con la elevada. Pese a ellas, Alonso Quijano prefiere el verbo eructar porque le suena menos ofensivo al oído que el otro. Por esto, en esa misma escena don Quijote le hace una apuesta a su escudero. Le asegura que si algunos de sus contemporáneos no entienden todavía los términos erutar y erutaciones, “importa poco, porque el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso”.
El Caballero de la Triste Figura apuesta por la palabra eructo, incluso sabiendo que en el lenguaje influyen tanto la costumbre vulgar como el uso cultivado de las palabras que hace “la gente curiosa” o instruida. Aunque él es de estos últimos, Quijano admite que ninguno de los dos grupos tiene una prevalencia absoluta sobre la lengua. Por lo mismo, tampoco puede uno de esos conjuntos atribuirse un monopolio del buen o mal gusto en el habla. Don Quijote no ignora que este gusto depende de los contextos: sociales, geográficos o temporales.
Esa postura del Ingenioso Hidalgo suena equilibrada y sensata. Quizás demasiado equilibrada para alguien con el seso resecado por un exceso de lecturas. Y así ocurre, en efecto: don Quijote no se deja amilanar por su propia sensatez. Pese a ella, se desequilibra, toma partido y lanza su apuesta por una palabra.
Si don Quijote apuesta es porque cree en la importancia de la lengua y en la posibilidad de enriquecerla. Para alcanzar ese ideal suyo, el hidalgo manchego está dispuesto a batallar contra el molino de viento verbal que domina su época. Una batalla que hoy seguramente daríamos por perdida. Sin embargo, Alonso Quijano confía en que la instrucción puede influir en las costumbres generales. Y por esto le predice a Sancho que eructar —esa palabra supuestamente más refinada— llegará a imponerse sobre ese “torpe vocablo”: regoldar.
Era una apuesta arriesgada —quijotesca, en verdad—, pues en época de don Quijote cualquiera se habría jugado por lo contrario. Así es: en el Tesoro de Covarrubias —diccionario publicado en 1611— aparece la palabra regüeldo, pero no figura para nada el vocablo eruto o eructo. Ese regoldar de Sancho era una expresión mucho más común en el siglo XVII que el ideal eructo de don Quijote. Y por eso cualquiera habría dicho que el Caballero de la Triste Figura iba a perder su envite, como casi siempre le ocurría.
No fue así. Cuatrocientos años después la palabra eructo se usa mucho más que el vocablo regüeldo. El diccionario Lexicoon le da a este una frecuencia de uso de un 27%, y eso lo pone en el lugar 77.200. Mientras que eructo tendría una frecuencia de 68%.
El resultado de esa rara apuesta cervantina nos confirma que nadie conoce la lengua del futuro. Por análogas razones nadie sabe lo que leerán nuestros distantes y desconocidos descendientes. Este desconocimiento nos dificulta asegurar posteridades. Pero, asimismo, esa ignorancia del mañana desmiente a quienes anuncian un diluvio de amnesias en el que se ahogarán las obras maestras (junto con las nuestras).
Enfrentados a esa incertidumbre, podemos predicar el nihilismo cultural. O bien podemos leer como parábola ese consejo sobre los regüeldos y los eructos que dio don Quijote. Con su arriesgada apuesta, el héroe cervantino se negaba a aceptar que la amnesia fuese inevitable y se jugaba por la trascendencia de las bellas obras del lenguaje más allá de nuestra época.
Quizás sea por ello que en la batalla verbal, ya que no en las otras, don Quijote triunfó y sigue triunfando. Uno de los secretos de la salud de roble del libro de Cervantes, que lo ha mantenido vivo cuatrocientos años, es ese: su quijotesca apuesta por el futuro de las palabras.