sábado, 17 de marzo de 2018

"Héroes de la fe" por Antonio Muñoz Molina


Parece que el éxito de la religión cristiana en sus primeros siglos tuvo algo que ver con la habilidad para obrar milagros que poseían muchos de sus predicadores y sus mártires. El apóstol san Pedro, aparte de resucitar a muertos, de devolver la vista a ciegos y el movimiento a tullidos con solo el roce de su sombra, resucitó también en una ocasión a un atún ahumado. Un perro, bendecido por él, rompió a hablar como un ser humano. A un judío lo dejó ciego en castigo por negarse a ver la verdad de la nueva fe. El apóstol san Juan, al acostarse en una posada en una cama llena de pulgas, les ordenó a éstas que lo dejaran dormir durante toda la noche, y descansar así de la fatiga de su ministerio, y a la mañana siguiente las hizo formar en fila y no moverse hasta que él no hubiera salido de la habitación. Cada milagro traía consigo un aluvión de conversiones fervorosas.

Después de muertos los apóstoles y los mártires seguían haciendo milagros, igual que algunas de sus más pequeñas reliquias. En Menorca, y gracias al influjo de una sola gota de la sangre seca de san Esteban, 500 judíos se convirtieron de inmediato. Este milagro recóndito lo cuenta el gran Edward Gibbon, añadiendo que quizás también influyó en tan multitudinaria conversión el incendio de la sinagoga a cargo de un grupo de fieles cristianos y la amenaza de arrojar por un acantilado a los judíos menorquines que no abjuraran a toda velocidad de sus anteriores creencias. El antisemitismo fue una de las diversas innovaciones que la fe cristiana trajo al mundo, por un doble motivo: los judíos se habían negado a recibir el mensaje evangélico y eran responsables de la crucifixión de Jesús.

Fue Gibbon, en el volumen segundo de su inmensa Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano —inmensa por la extensión, por la erudición histórica, por la fuerza narrativa, por la claridad y la ironía del estilo—, quien aplicó por primera vez el método de la indagación racional a un enigma que para los creyentes en la fe cristiana era un milagro de la divina providencia: cómo había sido posible que una secta marginal de seguidores de un agitador galileo se convirtiera en el espacio de poco más de tres siglos en la religión oficial del Imperio de Roma, condenando primero a la ilegalidad y luego a la irrelevancia a los seguidores de todos los demás cultos, y eliminando tradiciones religiosas y expresiones rituales y culturales que se habían mantenido firmes durante casi un milenio. No es una curiosidad arqueológica: casi nada de la historia de los últimos 15 siglos y del mundo presente sería como es si no hubiera sucedido aquel vuelco lejano.

Gibbon era un ilustrado vividor y erudito del siglo XVIII que llevó a cabo por su cuenta, con una especie de tranquilo optimismo, una tarea que parece inconcebible para un solo ser humano, quizás la obra maestra más extensa de toda la literatura. Un especialista contemporáneo, el profesor Bart D. Ehrman, acaba de publicar un libro que vuelve sobre el antiguo enigma nunca resuelto, o nunca del todo, The Triumph of Christianity. Los hechos básicos son inapelables: en el reinado de Tiberio, uno de los muchos agitadores políticos y religiosos que había entonces en Judea fue ejecutado según el procedimiento infame de la crucifixión, dejando un grupo disperso y atemorizado de seguidores; aproximadamente dos siglos y medio después, el año 312, un emperador de Roma, Constantino, se convirtió al cristianismo; unos 90 años más tarde, otro emperador, Teodosio, declaró el cristianismo la religión oficial del Imperio. La religión de los pobres, las mujeres y los esclavos era ahora la de los poderosos; los postergados se alzaban con la dominación; los perseguidos de otro tiempo se convertían rápidamente en perseguidores. El triunfo del cristianismo provocó, entre otras cosas, dice Ehrman, “la destrucción de obras de arte en una escala nunca vista hasta entonces en la historia humana”. Soldados y fanáticos religiosos asistidos por bandas de monjes asaltaban templos paganos, se esforzaban a veces sin éxito en arruinar sus muros y columnatas formidables, derribaban las estatuas de los dioses, les rompían a martillazos las narices, las orejas, los genitales para demostrar que no eran seres divinos sino bloques de piedra o metal, robaban o destruían los objetos litúrgicos, alzaban grandes hogueras, con una saña agotadora que a Ehrman le recuerda a los yihadistas del ISIS destruyendo los yacimientos arqueológicos en Irak y en Siria.

Tanta furia ayuda a entender también el éxito de una religión que en muchos aspectos no se parecía a ninguna otra, ni siquiera a la más cercana en apariencia, el judaísmo. Judíos y cristianos compartían algo que extrañaba mucho a cualquier persona religiosa de entonces, la creencia en un Dios único que excluía a todos los demás. Pero hay otro rasgo decisivo que es únicamente cristiano: el proselitismo. Los judíos creían en su Dios pero no se ocupaban de las creencias de otros. Los cristianos predicaban para convertir a otros a su fe. En los Hechos de los apóstoles y en las epístolas de san Pablo hay una ansiedad militante de proselitismo que tal vez solo tiene comparación con los movimientos revolucionarios mesiánicos del siglo XX. Se acercaba el fin de los tiempos y el regreso justiciero y triunfal de Cristo resucitado. Solo los que creyeran se salvarían para una vida eterna de dicha, mientras que todos los demás estarían condenados a otra eternidad de castigos feroces, de una prolija crueldad que según Ehrman es otra de las aportaciones del cristianismo a la imaginación humana.

En el amplio mercado de ofertas religiosas del Imperio, la de los cristianos era de una originalidad irresistible: el orgullo de pertenecer a un grupo selecto de elegidos; la exaltación de sentirse poseedores de la verdad suprema en medio de la multitud de los pecadores y los equivocados; la rigidez de un credo meticuloso en el que cualquier desviación era una apostasía; la promesa de la llegada inminente de un paraíso que sería el cumplimiento de un devenir anunciado desde el principio de los tiempos, el ajuste de cuentas definitivo de los inocentes contra los opresores; la alegría “piadosamente inhumana”, dice Gibbon, de asistir al castigo de los incrédulos o de los traidores o los desviados. Y sobre todo la gran coartada virtuosa para actuar sin miramiento contra todos ellos, una vez alcanzado el poder; y la determinación de no soltarlo ya nunca.

No es extraño que siga teniendo tantos seguidores, con la misma vehemencia, con diversas denominaciones.

Historias de amor


"Amor entre cipreses"

Ella era joven, tan joven como para no creer en las peluquerías. Él también era joven y no creía en las pizarras. Él se compró una moto de motocrós con el dinero de la vendimia. Dejó las clases porque no vio nada de interés en ellas. Sus padres lo amenazaban con el subsidio de desempleo. A ella no, porque ella sí seguía estudiando. Estaba de acuerdo con él, pero no quería alejarse de los botellones. 
Se conocieron en los autos de choque. Él conducía con una mano y ella se arriesgó a que la invitara a una ficha, a pesar de que las amigas no hablaban bien de él. Se acababa de comprar la moto y, cuando se detuvo el auto de choque, la invitó a dar una vuelta. Ella se agarró fuerte a su cintura. Le apretó una barriga incipiente que a ella le pareció puro metacrilato. Él no se explicaba cómo ella estaba tras él, de horcajadas en la moto recién estrenada. Sintió las manos de ella a través del chándal de espumilla y se saltó tres stops y un ceda el paso. Ella no se dio cuenta. Apoyaba su mejilla en la espalda de él, con fuerza, para refugiarse de un viento helado que no podía atravesarlo. Él sintió la mejilla de ella a través del chándal y se subió a la acera, atropelló a un perrito y rozó, con los nudillos, la pared de la cooperativa agrícola. Dio dos bandazos que estuvieron a punto de estamparlos en el suelo, pero ella ni se inmutó, sentía el calor de los riñones de él en su mejilla y la digestión del coco y el algodón dulce en la palma de la mano. Nada más. Con lo ojos cerrados se adivina más a fondo. 
Él no sabía adónde iba. Había perdido la orientación desde el momento en que sintió las manos de ella sobre el vientre y la mejilla en sus riñones. Subían a toda velocidad por el camino del cementerio. La moto se paró de repente. No tenía gasolina. Él se avergonzó y ella lo besó, todavía con los ojos cerrados. Se sentaron en un banco y apretaron sus cuerpos hasta no saber de quién era esa mano ni de quién era esa pierna. 
El coche fúnebre subía de camino al cementerio, despacio, muy despacio, seguido por una comitiva que arrastraba los pies. Él y ella no vieron ni el coche fúnebre ni oyeron, por supuesto, el rastro de los penados. Ella acababa de meter su lengua en la de él y él, abrumado, no sabía dónde meter la suya. La moto interrumpía, caída en el suelo, el paso del coche fúnebre. Él seguía sin saber dónde meter la lengua, ni si la pierna que tocaba era suya o de la chica. Ella rastreaba el paladar de él y buscaba su lengua con desesperación, solo halló restos de coco y un sabor dulzón de azúcar sonrosada. 
El conductor del coche fúnebre paró el motor, después de hacer sonar el claxon varias veces, y bajó a apartar la moto. Llamó la atención a los muchachos, pero ellos seguían buscando y rehuyendo sus lenguas. Bramó, los insultó, fue hacia ellos, golpeó el hombro de él (¿o sería el de ella?), pero no se inmutaron. Su tarea era demasiado nueva para que la muerte la detuviera.         

lunes, 12 de marzo de 2018

Cómo convertirte en un personaje distinguido de tu ciudad (si tiene menos de veinte mil habitantes)


1. Vota a tu pueblo como el más bonito de España y alardea de él en cualquier ocasión (aunque el monumento más importante sea el lavadero municipal).

2. Súmate a cualquier tipo de promoción de empresas y fiestas multitudinarias, aunque seas misántropo y anticapitalista.

3. Colabora activamente con asociaciones de amas de casa, de vecinos, con la de ganaderos, con las "ampas", con el equipo de fútbol, con el de petanca, con el de ping-pong, con el de mus... Y compra lotería de todas ellas.

4. Reniega de la ciudad vecina: echa pestes de sus fiestas, de sus monumentos; ridiculiza la fealdad de su reina y menosprecia a su equipo de fútbol.

5. No te dediques a oficios marginales: prostitución, traficante, profesor de secundaria, esquilador, mendigo, poeta (solo como afición para escribir loas a las damas y a la Virgen)...

6. Ensalza sus fiestas y a su patrona con expresiones como las siguientes: "Es lo más grande del mundo...", "esto solo lo podemos sentir nosotros...", "el que no es de aquí no lo puede comprender...", "es algo que sale de las entrañas..."

7. Apoya siempre y en todo momento a tus convencinos en cualquier carrera literaria, artística, deportiva o televisiva; aunque no hayas leído un libro en tu vida, no hayas ido nunca a un museo o te parezca un bodrio lo que hacen.

8. Muéstrate siempre activo y beligerante en favor de tu ciudad (sea la circunstancia que sea) en los grupos llamados "Tú no eres de...si no..." (Que no te importen la coherencia de lo que escribes o las faltas de ortografía, lo importante es la actitud).

9. Saluda a tus convecinos en el extranjero cuando coincidas con ellos, aunque ni siquiera los mires en tu ciudad.

10. Si te entrevista algún medio de comunicación, habla mucho de tu ciudad y de tu amor por ella (la sinceridad no es necesaria).

11. Y, si a pesar de todo esto, no te han elegido hijo predilecto, venera siempre y en cualquier lugar a tu patrón o patrona, métete a obispo o a arzobispo (no estamos en Europa, donde a la superstición religiosa se le puso coto en el siglo XVIII). Adora al ídolo comunal como si fueras miembro de una comunidad medieval poco ilustrada, presume de ello y ataca con saña a cualquiera que se meta con tu icono. No te metas en política y reniega de todo aquel que hable en nombre de un partido o de una ideología. Que tus únicos estandartes sean la patrona de la ciudad y el respaldo incondicional a las tradiciones.

domingo, 4 de marzo de 2018

"La poesía del desconocimiento: hacia un cántico cuántico" por Andrés García Cerdán

Siempre que me pregunto qué sea la poesía acabo recordando las palabras de San Juan de la Cruz: «Y dé­jame muriendo / un no sé qué que quedan balbuciendo». Esa estela de cometa, esa pequeña muerte que viene del no sé qué, esa indefinición me acercan al concepto de poema. Un poema es una posibilidad y un balbuceo, un desconocimiento y, al fin, una inexperiencia. Escribimos lo que no sabemos, lo que desconocemos, su peligro y su bondad. Así creamos: desde la inexistencia, desde la ausencia del lenguaje, desde la inexperiencia. Desde el no existir y el no saber, el lenguaje cr­­­­ea, inaugura el mundo. El poema no describe la experiencia del mundo: es un mundo propio recogido en ámbar, un microcosmos, un nuevo borde de lo real. No haber sabido es la primera de las condiciones para saber. Nos atrevemos a saber, nos atrevemos a decir qué es manzana como por primera y única vez. Con los ojos abiertos, con las palabras abiertas de esta inexperiencia esencial se abre —desde el poema— la realidad.

En verdad, la poesía más moderna —esa que es moderna porque es de todos los tiempos, la que es radicalmente nueva porque es la de siempre— se erige desde dos grandes líneas de fuerza: en primer lugar, la indagación en el lenguaje de la poesía, en sus límites, contornos, profundidades; en segundo lugar, la revelación de la inexperiencia, el dejarse ir por la corriente del lenguaje a la deriva de nosotros mismos, sin saber. Parecería obvio que no se escribe sobre certidumbres, ni siquiera sobre certezas. No escribimos sobre la realidad: escribimos para la realidad, en su crecimiento y su fundación. Se escribe para profundizar en la brecha, en la hendidura, en la fisura que abre las puertas del otro lado. Escribir es, por tanto, un acto ético y un acto poético que en sí mismos llevan aparejada la necesidad de crear y recrear prometeicamente para ser algo, para ser más. De esta forma el poeta predica una destilación en movimiento. El poema es una investigación que se desliza, una intuición, una transición. Se escribe desde el desconocimiento, la inestabilidad, la liquidez.

No es necesario decir que hablo de la poesía que pervivirá, la que entronca con la eternidad homérica, con la liberación órfica, con la ultravisión rimbaudiana. En ningún momento me refiero a este simulacro sentimental contemporáneo que nos acosa en las redes y los medios, a esta deyección pobre y concebida ad hoc para un espectáculo penoso, infame, que solo es comercio. Desde luego, la poesía no es un espectáculo de masturbación pública, no es la esclavitud de estas pésimas pulsiones. Es deleznable prestarse a esta banalización y a este aprovechamiento acaparando portadas y posiciones en listas de ventas. Escribir para ganar o vender es una perversión. Parte de la responsabilidad y de la culpa es, sin duda, de los medios de comunicación, que promueven esta infamia. No importa vender basura, vender humo mediocre.

Convertir al poeta en un bien de consumo, banalizar su acción, simplificar su estar en el mundo, medir su creatividad y su éxito social en ventas ha resultado ser tan peligroso como dejarle a un mono una ametralladora. Duele la reducción de lo poético a la mera simulación de escritura, a la secuela sentimental low cost, al pastiche que es vacío y silencio. Duele el discurso light. Duelen los poetas que siempre son los mismos poetas porque carecen de una voz, de un impulso. Duelen el mal uso y la vacuidad y, sobre todo, la impostación. Gran parte de lo llamado poesía en la actualidad no es sino una acomodación simplista a lo que el lector/espectador desea leer, que no es poesía. Un creciente público lector de poesía se complace en consumir en el escaparate superficial de las redes sociales el pseudodiscurso propio de los libros de ayuda, infinitamente más cerca de Coelho que de Lautréamont. El resultado es catastrófico: poesía horrible, patética, de mala calidad, superficial, contradicha, imitación de modelos, sentimentaloide, para un público incapaz de degustar, muy anestesiado, sin un conocimiento profundo y generoso de la poesía de verdad. No se puede confundir este éxito en red con la auténtica aventura del que se da de lleno en el poema, del que –escritor o lector– se deja llevar por la corriente que lo precede, que viene de algo anterior a sí mismo.

La poesía será inexperiencia, descubrimiento, surf en el misterio, en tanto irrumpe en las aristas de lo no conocido. Como un buscador de tesoros, de metales, de luz, de huracanes, de seísmos, el poeta. Quienes amaron lo desconocido, quienes antes que nosotros sintieron, pensaron y escribieron así se llaman de muchas formas muy parecidas: Robert Walser, cuyos pies desordenados en la nieve nos hablan de nuestro futuro; Anne Sexton, que se desfibrila a sí misma en las copas vacías y en la noche en brazos de quien sea y, una vez agotados los psiquiatras, toma el camino recto hacia la inmortalidad del gas; Antonin Artaud, Pe Cas Cor, Emanuel Swedenborg, Miguel de Molinos, Raymond Carver, Marco Aurelio, Joey Ramone, el dulce Hölderlin, Émile Cioran, Fernando Arrabal, Heisenberg, Max Planck, Friedrich W. Nietzsche, Jacques Lacan, José Angel Valente, Wislawa Szymborska, Leopoldo María Panero. El poema de la inexperiencia hunde sus tentáculos en las ideas del cántico y de lo cuántico. El cántico nos devuelve a la bendición del cantar de los cantares, a la espiritualidad, a la elevación imprevista, a la luz no usada, a la trascendencia del balbuceo. Lo cuántico nos enfrenta a la inquisición de la naturaleza, que tiembla y vibra ante nosotros. Las grandes afirmaciones de la física son absolutamente poéticas. El universo es un poema.

La poesía que es naturaleza, canto, impulso en estado puro, nutrición animal, salvaje, espíritu, exvoto, no cabe en una horma y en ningún caso describe el mundo o nos describe a nosotros en el mundo: lo crea todo, lo inaugura en leyes que sobrepasan la episteme, lo comprobable, la realidad. Ya los filósofos presocráticos hicieron búsqueda en los cuatro elementos naturales primordiales, para entender el alrededor, el más allá y, de esa manera, también a sí mismos. El fuego es para estos filósofos mucho más que el fuego. Igualmente, para el físico o el químico el fuego es otra cosa diferente y más profunda que el propio fuego. Para el poeta, el fuego es algo más que lo que arde. Por todo ello deja de tener sentido hablar de una poesía de la experiencia. Antes bien, deberíamos hablar de una experiencia sobrepasada, de una inexperiencia, y de un poema que huye lo sentimental porque lo sentimental es perversión de la verdad, cáncer de piel.

Es de una ridiculez impropia hacernos creer que el poema se mueve en los dominios de algo que se puede dominar, abarcar, preconcebir pragmáticamente. Es ridículo sostener aún que la poesía es expresión de los sentimientos. También es ridículo pensar que lo que el poema es procede de una experiencia delimitable, tangible, reconocible, o que la función del poema sea transmitir una información o una experiencia. No, nunca. Es otra cosa, es algo más. ¿Tal vez una intensidad? ¿Un orden nuevo, original? ¿Algo que atrapa al mundo en su ubicuidad? Más allá de eso que llamamos mundo, experiencia, cosa, hecho, está la poesía. Más allá de una experiencia comprobable, de una certeza, de una materialidad, de una sentimentalidad prêt-à-porter, ofensiva por superficial, más allá –sí– está la poesía. Lo anterior es un artificio, un simulacro de experiencia, una ficción sentimental humillante, inútil, estéril.

Ni siquiera podemos acogernos a esa otra postura académica que explica que la poesía de la experiencia es aquella que permite el desdoblamiento lírico por el monologo dramático. En realidad, La poesía de la experiencia es el título de un libro de Robert Langbaum, publicado en 1957, por el que Jaime Gil de Biedma se interesó, que se refiere al monólogo dramático en la tradición literaria moderna. Vapuleada, desnaturalizada, la denominación hizo fortuna. A ella se han acogido tendencias y propuestas muy diferentes. Juan Carlos Abril ha llegado a hablar de «mercado de la poesía de la experiencia», aunque no de forma peyorativa. A este respecto, es importante, como reacción a la segunda vanguardia y la estética novísima, el artículo-manifiesto de Luis García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador «La otra sentimentalidad» (El País el 8 de enero de 1983). De su cripticismo délfico, de su provisionalidad, se derivan algunas ideas simples: a) El poema es una puesta en escena, un pequeño teatro para un espectador, con sus reglas y trucos; b) Para darse totalmente en un discurso hay que distanciarse, ver desde lejos; c) Sólo cuando uno descubre que la poesía es mentira —en el sentido más teatral del término—, puede empezar a escribirla de verdad. Hasta entonces nos impone su servidumbre; d) Hay que aceptar que la literatura es un simulacro, un juego de hacer versos, un fingimiento, una actividad deformante, un embuste; e) No nos preexiste ninguna verdad pura (o impura) que expresar.

Sin duda, el primer error de aquel texto de 1983 fue dejar fuera a las poetas Ángeles Mora, Aurora Luque o Inmaculada Mengíbar, que participaban activamente de la misma escena poética. De repente, el manifiesto nació descabezado, antiguo ya. El segundo error es la indefinición glacial, la generalidad pirueteante de la propuesta, que no salvan ni la invocación al heterónimo Juan de Mairena ni el magisterio de Rafael Alberti o Juan Carlos Rodríguez. Se insiste en la necesidad de crear una nueva sentimentalidad, pero vagamente asociada a Machado, y se habla con igual vaguedad de una nueva poesía que debe expresar una nueva moral. En fin, lo necesario para dar lugar a todas las malinterpretaciones posibles. El tercero es la propia inconsistencia inmanente del texto, que da bandazos, es irónico, no sabe a dónde va. El cuarto es que, como el propio Juan Carlos Rodríguez advirtió, el concepto de nueva o de otra sentimentalidad estaba muerto un año después. Y, sin embargo, fue todo un éxito y sirvió de imán y de revulsivo para lo que se suponía que debía ser la poesía de los 80 y los 90. Veinte años después, en ciertos aspectos el panorama es desolador. Si el término «poesía de la experiencia» hizo excesiva fortuna, no es menos importante que la poesía de García Montero se manoseara durante décadas hasta aparecer disecada hoy en sus epígonos. Lo peor, con todo, ha sido la suerte que ha corrido esta idea, mal comprendida y abusada hasta la extenuación. El abuso ha conllevado una simplificación peligrosísima de lo que por poesía se ha de entender. Por otro lado, la idea de esta nueva poesía se convirtió en oficial, en la práctica poética oficial, en tanto Luis García Montero, Joan Margarit, Benjamín Prado, Vicente Gallego, Felipe Benítez Reyes o Carlos Marzal fueron aclamados –de una forma muy amplia– como adalides de esta nueva sentimentalidad o de la experiencia. Sus éxitos recurrentes, endogámicos y continuos, y su omnipresencia en publicaciones y festivales acabaron por asfixiar el panorama, por borrar las diferencias y por imponer un registro que fue imitado hasta la extenuación sin ningún sentido crítico por poetas mucho menos dotados.
Es cierto que, frente al desprecio al lector de los novísimos, la poesía de la experiencia inauguró una relación de complicidad con el lector, muy necesaria siempre. En verdad, la poesía española de hoy tiene los lectores que tiene gracias, entre otras cosas, a estos poetas. Internet ha hecho el resto. Alejada de las grandes fracturas de la vanguardia y de cualquier la radicalidad ideológica o estética, la poesía de la experiencia adopta la línea clara, el tono accesible y comunicativo, la confesión privada y cierta normalidad ciudadana, al tiempo que procura entenderse con el lector al que alude y al que convierte en parte fundamental del poema. El poeta se presenta, además, como un hombre más, sin las magnificencias ni los dones de aquel otro poeta tocado por los dioses. Se trata de una «literatura homologada a la sociedad», dice Juan Carlos Abril. Hay que entender, sin embargo, que el modelo de la experiencia y la nueva sentimentalidad se superó naturalmente. Los propios poetas de aquella poesía han ido virando en sus libros recientes hacia posturas más introspectivas, más metafísicas o más arriesgadas. Es el caso claro de Vicente Gallego, Antonio Cabrera o Miguel Ángel Velasco. Lo que ha ocurrido en estos últimos tiempos, la degeneración de que hablo, tiene que ver con el abuso descarado y sin alma de estos modelos, con la degradación de lo poético a niveles ruinosos, con la vulgarización del lector, al que se empobrece y se envenena porque lo que se le ofrece es pobre y venenoso deliberadamente. Por otro lado, en nombre del comercio se ofrece como poesía lo que no lo ha sido nunca.

Para ser justos, hay que decir que algunas voces se mantienen en su coherencia y siguen trayendo a la poesía, como por arte de magia, aquellas cualidades nuevas: la reflexión moral, el sujeto poético partícipe de la historia, la busca del lenguaje, la ficción y el fingimiento pessoano, la crítica, etc. Finalmente, el libro con que Ángeles Mora ha ganado el Premio Nacional de Literatura 2016 se llama Ficciones para una autobiografía y certifica, aún con dignidad, la defunción de esta clase poesía.

La poesía de la experiencia ha muerto de éxito y es hoy excusa para las aberraciones y los allanamientos más peligrosos. Es miserable y terrible el epigonismo de muchos. Los sobrinos de aquellos poetas de la experiencia escriben una poesía ridícula, sensiblera, superficial, inocua y domesticada. Habría que recordar lo que esgrimieran Montero, Egea y Salvador: «Como decía Machado, es imposible que exista una poesía nueva sin que exprese definitivamente una nueva moral». De falta de novedad y originalidad, de falta total de moral y de ética, de entrega sin reservas al mercado, al ruido y a un público lector mediocre y excesivamente convencional adolece la poesía que se hace llamar poesía y heredera de la experiencia y que copa las bandejas de las librerías.

Por su parte, algunos de los hijos de los sobrinos de todo aquello escriben de otra manera: se entregan a su inexperiencia con los ojos radiantes y hambrientos del explorador y, sobre todo, huyen por otros caminos de esta burda deformación injustificable. Sus guías son poetas del silencio, sociales, realistas, visionarios, sucios, irracionalistas, underground, contraculturales, marginales, raros, punk o filósofos, pero siempre hay en ellos contestación y aventura. De esa estela no domesticada surgen las voces poéticas más atractivas de la actualidad, las únicas que abren vías en la vieja roca del poema.

Por ello, hundamos nuestros cuerpos y nuestras almas en la fuente de la inexperiencia, en lo no sabido de antemano, lo no previsible, lo que no es una convicción ni una solidez, sino apenas la intuición de que algo está latiendo en el interior de algo. Inexperiencia y liquidez en el modo en que se refiere a ellas la modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Hacia el cántico que es celebración de lo que hay de más, acercamiento a la divinidad; hacia lo cuántico que vibra y que es incertidumbre, indeterminación, líquido. Hacia un poema que sea inexperiencia, surf, ola. Hacia la inexperiencia inefable del místico y del mito. La intuición del origen de la materia. La púrpura de una tinción púnica, permeable. Sea una poesía del desconocimiento, del descontento, de la inexperiencia, de la falencia, en la que el sujeto lírico deambule por los pasillos desconocidos de una inconsciencia poética primera, única y en flor. Amemos lo desconocido. Recordemos con Gil de Biedma que lo único que ocurre en un poema es el poema.

Maldigamos lo que se entiende por vida, por poema. Maldigamos la manipulación continua de lo que somos o podemos ser. Maldigamos el tiempo en que hemos nacido. Maldigamos esta precariedad espiritual aplastante, descreída de límites, incoherente. Maldigamos el abuso de poder, la vulgaridad sin causa de las sociedades contemporáneas, que adoran la soledad y el olvido, que idolatran el sufrimiento, que mitifican la mediocridad y pretenden vendernos, como si fuera posible, como si fuéramos idiotas, lo que hay de auténtico en el poema.

sábado, 3 de marzo de 2018

"Calígula" de Albert Camus


Una obra de teatro estrenada en 1945, el año en el que concluyó el horror nazi. Camus hace una reflexión en Calígula sobre el sentido de la existencia y el peligro de que un tirano aproveche el poder para su propio capricho. La obra va mucho más allá: llevar el absurdo hasta sus últimas consecuencias genera una tragedia sin límites; si nada tiene sentido, ¿por qué es mejor proteger la vida que la muerte?; y una vez convertidos en dioses, ¿por qué no acabar con el sufrimiento de la existencia? 
Calígula quiere cambiar su mundo. Podría ser perfectamente Hitler o Stalin, pero la profundidad crítica de la obra de Camus trasciende el mero simbolismo político. Calígula se hace hombre, madura, pierde a su hermana y amante Drusila y enloquece: "Con solo mover la lengua, lo veo todo negro y la gente me da náuseas. ¡Qué duro y amargo es hacerse hombre!". Se da cuenta de que el mundo no está regido por el amor, sino por el dinero: "¡El amor, Cesonia! Me he enterado de que no es nada. La razón la tiene el otro: ¡el Tesoro Público!". Descubre la banalidad y cobardía de los cortesanos que lo adulan y lo temen (los patricios) y se queja amargamente de que es muy difícil cambiar la condición de las castas: "Mucho me temo que se necesiten veinte (personas) para convertir a un senador en un trabajador". 
Camus en Calígula analiza su viejo mundo destrozado por la guerra y el nuestro desde la perspectiva de un loco que llega al poder. Pero a ese loco lo han hecho así sus propios cortesanos y la impiedad de un dios que le arrebata el amor. Calígula encarga a Helicón que le traiga la luna, que le consiga un imposible: “No soporto este mundo. No me gusta tal como es. Por lo tanto, necesito la luna, o la felicidad, o la inmortalidad”.  Sus cortesanos lo acercarán a ella. 
Una obra clásica con todos sus atributos. 

martes, 27 de febrero de 2018

"¿Qué es escribir bien? (2)" por Alberto Olmos


Es posible que ninguna definición nos ponga tan cerca del sentido literario de “escribir bien” como la que corresponde a “tropo”: “Empleo de una palabra en sentido distinto del que propiamente le corresponde, pero que tiene con este alguna conexión, correspondencia o semejanza.La metáfora, la metonimia y la sinécdoque son tipos de tropos.” (DRAE).

Propusimos más arriba “el gato maúlla” como frase correcta, incluso perfecta, con la que sin embargo no se llega muy lejos en esto de escribir. Si los gatos maúllan y los perros ladran, lógicamente llueve y alguien se puso rojo como un tomate y el asesino era el mayordomo. También es entonces irremediable que el sujeto preceda al verbo y el verbo al predicado, y nunca necesitaremos un subjuntivo o un punto y coma, pero sí un marco incomparable. Adiós, prosa; hola, cliché.

Que los gatos maúllen en una novela no es intrínsecamente anti-literario. El problema es que no dejen de maullar durante todo el libro. Maullar es malo. Maullar prosa es evidente. Además, nadie oye maullar a un gato en la frase “los gatos maullaban”.

Sin embargo, imagino una escena nocturna escrita con sencillez y donde en un momento dado el narrador nos diga: “Sonaban gatos”. Todo se reduce a entender que “sonaban gatos” es muchísimo más expresivo que “los gatos maullaban”.

Clichés

Creo que todo autor que comienza renuncia enseguida a “rojo como un tomate” y a “pobre como una rata” si su pretensión es hacer literatura. La mayoría de los escritores literarios eluden estas fórmulas consabidas, lo que no siempre les lleva a escribir bien sino, de hecho, a hacerlo peor aún muchas veces. ¿”Los gatos rugían”? ¿”Los gatos en conciliábulo emitían sus discursos felinos”? En ocasiones es mejor dejar que los puñeteros gatos solo maúllen.

La guerra contra el cliché de la que hablaba Martin Amis es, muy exactamente, la gran guerra de la literatura. Pero tengo una sorpresa para ustedes: es una guerra fratricida.

Porque el desdén con el que a menudo tratamos a los clichés ignora una verdad fascinante: los clichés fueron un día literatura, y de la mejor especie.

Si pensamos detenidamente en una expresión como “ojos como platos”, o en otra como “rojo como un tomate”, nos daremos cuenta de que son símiles insuperables. Sencillos, ajustados, vivos. El cliché no es, por tanto, una locución barata y vacía, sino un tropo que el tiempo ha desecado. Ha muerto de éxito. Ya no es literatura porque ha perdido el gas del texto: la sorpresa.

Echo a menudo en cara a Roberto Bolaño utilizar en su relato Sensini el tópico “era pobre como una rata”. Este autor tan cotizado abusaba como nadie de los lugares comunes en su prosa: “Duerme como ángel”, leí en otro texto suyo. Un buen escritor debe dejarse cortar una mano antes de escribir “pobre como una rata”. Su batalla es transmitir esa pobreza colosal con otras palabras.

Veamos cómo soluciona este dilema Sabina Urraca en Las niñas prodigio:

“Todo su equipaje era una mochila con un par de pantalones y un paquete de galletas Príncipe”.

La autora ha conseguido para las galletas Príncipe lo que no se sabe quién (¿por qué los clichés no tienen autor?) consiguió para la rata: que representara la pobreza. La frase de Sabina Urraca es, además, muy sencilla. La sorpresa sencilla es mi ideal de escribir bien.

Fue Pascal quien dijo: “Te pido perdón por escribirte una carta tan larga, pero no he tenido tiempo para escribírtela corta”. Algo parecido puede decir todo escritor literario: “Perdóname, lector, por esta frase tan alambicada, pero me costaba mucho más esfuerzo escribirla sencilla”.

Tengo claro que todo lo que yo haya escrito lleno de palabras llamativas e imágenes rebuscadas nació de una de estas dos situaciones: o falta de inspiración, o falta de confianza en disponer de algo interesante que contar. Lo mismo noto cuando escribo un artículo: si tengo una buena idea, la prosa se vuelve humilde; si no tengo nada que decir, escribo pomposamente.

El tropo más brillante de todos sería aquel que acabara convertido en un cliché. Un cliché no se nota, casi nadie se para un segundo a pensar qué quiere decir verdaderamente “ojos como platos”, del mismo modo que decimos “por favor” sin entender que decimos: “te pido esto como un favor que me hagas tú a mí”. Son solo sonidos protocolarios.

Porque un tropo o símil o locución literaria verdaderamente bueno se nos propone camuflado en el texto. Tomemos esto de Juan Rulfo:

“Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca.”

Hay una palabra en este extracto que me genera auténtico éxtasis. Quizá a ustedes también: “bajársenos”. “Comenzaba a bajársenos la tristeza”. Qué cosa tan extraordinaria.

Estoy seguro de que muchos lectores —malos, regulares y hasta buenos— leen de corrido el cuento Es que somos muy pobres y, gustándoles, no reparan en que “bajársenos la tristeza” no es un decir usual. Parece de hecho lo más normal del mundo, como “me ha bajado la regla” o “me puse colorado”.

Sucede con los autores latinoamericanos que uno no sabe si determinadas expresiones deliciosas son creación suya o simple traslación del habla real de sus pueblos. Sea como fuera, me doy la razón: o “bajársenos la tristeza” es un tropo genial de Rulfo o es un cliché mexicano que empezó como tropo genial de alguien.

Escribe Ray Loriga en Trífero:

“Lotte se acercaba entonces a la baranda para recibir su premio y Saúl, generoso, la obsequiaba con un beso en los labios. La pequeña Lotte estaba radiante. Enamorada como un caballo.”

“Enamorada como un caballo”. Parece un cliché. Por tanto, es bueno.

Por supuesto, también hay tropos e imágenes estupendas algo más enrevesadas y delatoras:

“Salieron a la calle y tomaron un tranvía frente al bronce de la estatua de Goya, con su maja desnuda de piedra, ya con un verdín de lluvia en las caderas.” (Agustín de Foxá)

“Estábamos a mitad de primavera, desconcertados por un un sol furtivo y sin violencia, por noches frescas, por lluvias inútiles.” (Juan Carlos Onetti)

Pienso en definitiva que si uno no puede hacerlo así de bien lo mejor es el decir desnudo. O sea: “Era muy pobre”.

Y listo.

"La vida privada de Marcel Proust" por Alberto Gordo


Es célebre el comienzo de la carta que el 7 de febrero de 1914 le escribió Proust a su editor Jacques Rivière: “¡Al fin encuentro un lector que intuye que mi libro es una obra dogmática y una construcción!”. Pero más importancia tiene quizás la misiva previa -la que motivó la respuesta de Proust-, que está perdida: en ella el editor, secretario de redacción de la Nouvelle Revue Française (el importante entonces era él, no Proust) le insufló a Proust una confianza decisiva para la continuación de su inabarcable proyecto literario. También es conocida la carta que Rivière enviaría apenas dos meses después al editor Gaston Gallimard: “Haga cuanto pueda para hacerse con él: créame, más adelante será un honor haber publicado a Proust”.

Como recuerda Juan de Sola en el prólogo de esta Correspondencia (1914-1922), Proust, que había rebasado ya los cuarenta años, era entonces -principios de 1914- “un escritor considerado mundano y ligero”, colaborador de Le Figaro, traductor esporádico, autor de un libro de discreta difusión (Los placeres y los días) y de otro que se había autoeditado y que era, aunque parezca increíble, Por el camino de Swann, es decir, el primer tomo de En busca del tiempo perdido. La crítica, salvo excepciones, había criticado sus “excesos”, y ante los lectores había pasado poco menos que inadvertido. El poderoso Gide, asumiendo su error por haberlo rechazado, diría más tarde que, además de haber leído solo un par de páginas del manuscrito, se dejó llevar por sus prejuicios: “Para mí, seguía usted siendo aquel que frecuenta asiduamente a las señoras X... y Z... [...] Lo tenía por un esnob, un mundano aficionado, lo más fastidioso que uno pueda concebir para nuestra revista”.


Unas 100.000 cartas

Embarcado así pues en una obra que crecía y crecía sin un final a la vista, en 1914 Proust estaba todavía lleno de dudas. Y encerrado, enfermo, aislado. Aunque, según los estudiosos de su correspondencia, el autor fue consciente de la importancia de su proyecto a partir de 1909, el reconocimiento de Riviére habría de animarle a continuar. 

La correspondencia duró hasta la muerte del escritor, que ocurrió apenas dos años antes que la de Rivière, también prematura (murió a los 38 años). Aunque constituye una mínima parte de las 100.000 cartas que, según Philip Kolb, antólogo de su correspondencia, escribió a lo largo de su vida, esta correspondencia revela más que ninguna otra sobre el desempeño artístico de Proust y sobre el ecosistema literario de su tiempo, con sus sorprendentemente contemporáneas miserias y grandezas. “Proust fue un corresponsal compulsivo, maníaco, que en muchos casos se sirvió de la carta como herramienta no ya complementaria, sino directamente sustitutiva de la conversación personal”, señala De Sola, también traductor del volumen, en el prólogo. Ilustra esta manía proustiana con una anécdota: durante una época, aún viviendo con su madre, pero con horarios muy poco compatibles, el único intercambio entre ellos se producía “mediante cartas que se dejaban mutuamente en un jarrón de la sala de estar”. 

La correspondencia (de “romance intelectual verdadero” la califica De Sola) muestra también hasta qué punto Proust quería controlarlo todo, incluidas las críticas elogiosas. En julio de 1914 le pide a Riviére que no le envíe su libro a Maurice Rostand, un crítico que había elogiado Por el camino de Swann en términos que a Proust le parecían excesivos. “De todos los artículos que se han escrito sobre mi libro, quizá sea éste uno de los dos o tres en que más me sorprende lo ridículo de la exageración”. Lo cierto es que, como señala De Sola, elogiosamente sólo habían escrito un puñado de amigos suyos.

Pero Proust recela también de lo que pueda decir de él su gente cercana. En 1919, le pide a Rivière que no escriba un artículo sobre su obra: “Me dice que está cansado, entonces descanse, su silencio me resultará agradable, puesto que estará hecho de las horas de su descanso; su artículo sería como un cilicio, puesto que todas las puntas me herirían con su cansancio”. 

A medida que el tiempo avanza, crece la confianza entre ambos y se resiente la salud de Proust, lo literario va mezclándose con las urgencias físicas (resfriados, agotamiento, estados nerviosos y febriles), que a menudo condicionan la escritura de las cartas. Ya en los meses finales, Proust dicta a menudo sus cartas a otros o encarga directamente que las escriban por él. Su carácter puntilloso -enfermizamente puntilloso- se mezcla entonces con la sensación de que la enfermedad acabará por vencerlo. Un mes antes de morir escribe: “Me has engañado haciéndome creer en correcciones de las que no se había hecho ni una. Déjame, mi sufrimiento llega hoy hasta el desamparo. Ya no confío en ti”. 

Rivière, paciente, reacciona con elegancia: “Tengo grandes remordimientos por haberte dado un motivo añadido de cansancio y preocupación”. Otras veces, Proust se parapeta tras su enfermedad. Tras una prolija lista sobre correcciones pero también sobre algún capricho, termina una carta: “Siento haberle hablado sólo de mí, pero todas las cosas que tenía que decirle me han exigido tanto esfuerzo, en el estado en que me encuentro, que no puedo escribir ni una línea más y me limito a mandarle un saludo cordial”.


Enfermedad y muerte

En realidad, la enfermedad recorre toda la correspondencia, como recorre su existencia, como es sabido, desde que el asma le impidió hacer vida normal. Ya en 1914, Proust confiesa haber “desterrado” de sí cualquier proyecto, puesto que, dice, “el miedo a no poder hacerlo me causa demasiada desazón”. ¿Habría concluido su obra maestra de no haberse cruzado Rivière en su camino? Desde 1906, Proust permanece en casa, dejada atrás su vida anterior en los salones parisinos. Deja de traducir (una actividad fomentada por “mamá”) y escribe. Rivière se tiene que acostumbrar a no verle: “A veces sucede que a ciertas horas (sobre todo por la noche) me siento bastante bien. Si me llamara una de esas noches, estaría encantado de charlar con usted. Bastaría con que me permitiera quedarme tumbado”. En las últimas cartas del volumen toman la palabra personas cercanas al escritor que se encargan de comunicar el deterioro final a su buen amigo y correspondiente. Entre ellos, Celeste Albaret (enfermera, amiga, ama de llaves y autora de Monsieur Proust, que aquí publicó Capitán Swing) y el músico Reynaldo Hahn. Las cartas previas de Proust relatan, en fin, un verdadero combate para poder dejar su obra a punto para la posteridad.

lunes, 26 de febrero de 2018

"Breve antología del insulto" por Marcos Pereda


Lo sientes nacer en un espacio indeterminado de tu estómago. Lentamente. Al principio es poco menos que un borborigmo amorfo, el equivalente en sonido de las criaturas fungosas de Lovecraft. Poco a poco se va componiendo, de manera lánguida, deliciosa, puliendo las aristas. Dibuja el alcance, paladea el impacto. Asciende desde tus más profundas entrañas, toma aire en los pulmones, saca fuerzas de tu corazón, se encamina hacia tu boca. Subglotis, glotis, epiglotis, cuerdas vocales que cimbrean alegres el adecuado tono. Y llega hasta tus labios. Pam. Seco, sonoro, contundente. Miradas aterradas, pequeños gritos que se ahogan, gestos de incredulidad, a lo mejor cierta sonrisa condescendiente. Notas como si te hubieses quitado un peso de encima. Qué bien sienta.

El insulto.

El insulto en la historia

No manejo el dato, pero tengo pocas dudas de que las primeras palabras expresadas con claridad por la boca de algo que podemos denominar Homo sapiens serían un insulto. Posiblemente llamando feo a su interlocutor, o por el estilo. Y es que si de aguzar el ingenio y forzar las meninges se trata lo de la falta de respeto es campo insuperable…

Lo podemos constatar desde la antigüedad. La Epopeya de Gilgamesh, la narración épica más ancestral conocida, está trufada de insultos. Insultitos, podríamos decir, cosas como «hediondo» apareciendo aquí y allá para solaz de G. R. R. Martin, imagino (o de Cristina Macía, su traductora, vaya). Brota también, de forma paralela, la mímica para acompañar a estas palabras. Ya desde los textos homéricos se coloca la mano abierta con los dedos muy extendidos y separados entre sí, la palma dirigida directamente a quien se está injuriando. Esto se utiliza aún en Grecia, así que cuidado si están de vacaciones y pretenden pedir cinco copas en un pub, porque pueden salir a hostias…

Como les digo, imprecaciones sin mayor maldad, más allá de desear que te pudras en los infiernos y toda tu parentela perezca. Pero sin calidad rítmica, sin magia. Para eso debemos esperar a los romanos, que eran unos tipos mucho más pragmáticos, y con un estilo decadente casi desde el principio que vuelve loco al amante de lo corrompido. Una civilización que deja plasmado, en los famosos restos de Pompeya, el relieve de un pene rodeado por la leyenda HIC HABITAT FELICITAS («aquí se encuentra la felicidad»). Ya ven, los poetas de los urinarios públicos tienen sus propios clásicos. Pues bien, estos romanos sí que nos legaron ciertas creaciones interesantes en el muy noble arte del insulto. Cosas como planissimus (el que se pasa de plano, de llano… el tonto, vamos), verbero (quien merece azotes como castigo, no como placer) o el muy sonoro furcifer, que designa al ladrón (prueben a repetirlo….furcifer…furcifer…se le llena a uno la boca). Además serán los romanos quienes entreguen al mundo un insulto aun hoy muy utilizado, aunque desprovisto de su contexto: pathicus. O cabrón, vaya.

¿Echan de menos los muy eufónicos insultos ibéricos? Pues no deberían porque los hay, y conocidísimos. Tenemos idiotas censados desde el siglo XIII (el insulto, no las personas, que aparecen ya en el principio de los tiempos), tenemos imbéciles desde 1524, zoquetes desde 1655 (aunque dado su origen árabe es probable que el término u otro similar se usase durante toda la Edad Media), tarugos desde 1386, y pendejos desde la época de los Trastámara. Por cierto que con este último ha ocurrido algo desafortunadamente habitual cuando del noble arte del insulto hablamos: se ha perdido su significado original. Porque un pendejo es un pelo que brota del pubis. No me negarán que es una bella forma de faltar al respeto.

Pero hay más, algunos con su explicación y todo. El primer gilipollas de la historia de España, por ejemplo, dicen que fue un ministro de Hacienda, inaugurando a juicio de algunos glosadores una larga relación entre el cargo y la consideración. Esto, quede claro, no lo afirma el autor del texto, ¿eh?, no se me vengan arriba.

Resulta que don Baltasar Gil Imón de la Mota tenía un cierto complejo por sus orígenes humildes. Extraño, quizá, porque pese a eso nuestro Gil había logrado ganarse, entre el siglo XVI y el XVII, la confianza de dos reyes (Felipe III y Felipe IV) y otros tantos validos (el duque de Lerma y el conde-duque de Olivares), ascendiendo en la alta sociedad madrileña hasta puestos tan importantes como los de contador mayor de cuentas o gobernador del Consejo de Hacienda. Pero, ay, no tenía un titulazo de esos de poner en la tarjeta de visita y dejar a todo el mundo boquiabierto. Así que, hombre emprendedor, decidió que iba a emparentar con las altas dignidades vía prole. Dos hijas nada menos, Fabiana y Feliciana (otras fuentes dicen que tres), a quienes buscaba casar con alguien de buen copete, por lo que no perdía oportunidad, fiesta o sarao para exhibirlas como si de preciado trofeo se tratasen. Sucede que, al parecer, las muchachas no eran demasiado agraciadas pero, sobre todo, resultaban algo estólidas, por lo que la insistencia de don Baltasar resultaba ya comidilla y chanza entre los pisaverdes (los pijitos…otro insulto a recuperar) de la Corte. Hasta tal punto que cuando se veía aparecer a padre y herederas por la puerta de los bailes todos cuchicheaban. Por ahí vienen don Gil y sus pollas (una forma despectiva de referirse a las muchachas jóvenes en la época), decían. O, abreviando, por ahí llegan los Gil-y-pollas. Ya ven. De ahí al infinito, que si non è vero è ben trovatto.

Ni siquiera los eclesiásticos se libran de ese gustirrinín que deja en el cuerpo un insulto bien lanzado. Lo que no es de extrañar, ojo, que ya la Biblia recoge todo un reguero de imprecaciones dichas con acierto, y hasta el mismo Jesús, nos cuentan los evangelistas, tenía a veces en los labios un «hipócrita», «serpiente» o «malvado» presto a brotar…

Mi intercambio dialéctico preferido en este campo data del siglo VIII, y tiene como protagonistas a Elipando, un arzobispo de Toledo, y a Beato de Liébana, el monje autor de los «Comentarios al Apocalipsis» que luego serán profusamente copiados, e iluminados, durante toda la Edad Media (de hecho esos tomos serán conocidos como Beatos). Todo muy El nombre de la rosa, para entendernos. Pues bien, estos dos tipos tenían una polémica bastante gorda en torno al año 785 (invierno arriba o abajo) sobre una herejía que se llama adopcionismo y que, básicamente, permitía a Elipando vivir cojonudamente en el Toledo musulmán mientras otros cristianos, entre ellos Beato, chupaban frío y humedad en las tierras del norte. Se hacen una idea. El caso es que el amable intercambio epistolar que se dedicaron los sujetos contiene algunas de las mejores muestras de hostias dialécticas que jamás fueran creadas. Elipando dice de Beato que era un milenarista (al parecer esto era cierto, y Beato convenció a la alta sociedad lebaniega para que esperasen el fin del mundo en un monte durante una especie de fiesta rave que acabó con todos satisfaciendo sus apetitos) y Beato le contesta, cuidado, que Elipando es el cojón del Anticristo. Ojo, el Cojón del Anticristo. Detengámonos en el término y analicémoslo. Luego pensemos dónde se sitúa el tal cojón y las cosas que podrá ver durante toda la eternidad. Escalofriante. Elipando, ni corto ni perezoso, dice de Beato que tiene la boca hedionda y es fetidísimo (lo que en la Edad Media parece poca ofensa, la verdad) y después le llama antifrasto, que es un insulto muy elegante y distinguido, demostrando gran inteligencia y una puntería aguda al dirigirlo a quien lleva por nombre Beato (la antífrasis consiste en afirmar lo contrario de lo que se quiere decir, con lo que nuestro Elipando viene a señalar la ironía de que alguien llamado Beato sea un pecador de la pradera). Todo un arsenal, como ven los lectores, de dialéctica postpatrística y mala leche.

Escribiendo faltas de respeto

Si lo del insulto es género literario de por sí, y a estas alturas nos va quedando bien claro, es menester pensar que quienes mejor lo manejen sean los propios escritores, ¿verdad? Y de entre todos podemos destacar a los gigantes del Siglo de Oro español, no en vano reúnen dos grandes facultades que los hacen gigantescos creadores de ofensas: su maravilloso dominio del lenguaje y su gran condición de hijos de puta resentidos, envidiosos y crueles.

Seguramente el más conocido en estos menesteres sea Quevedo, en quien convivían admirablemente todas las características antes señaladas. A Góngora le llamaba desde bujarrón hasta marrano (por tener sangre sucia, no por cerdo…aunque ya entrados en materia al bueno de don Francisco no creo que le importase el equívoco), además de lo de la nariz (también por lo hebraico) y otras pequeñas minucias más mundanas, como comprar la casa donde vivía para luego desahuciarlo, cual si de un banco cualquiera se tratase. Pero no era el único. El mismo cordobés no dudaba en responderle, tachándolo de ignorante, borracho o cojo (acertaba dos de tres). También solicitó, en una ocasión, las traducciones que hacía Quevedo del griego para leerlas con su ojo ciego (el que es poeta es poeta)… es decir, para limpiarse el culo con ellas (con perdón del copista, aclaramos). También reparte a Lope, de quien dice que es un necio, un zote, un tagarote (el escribano de un notario… coincidirán conmigo en que llamar notario a un poeta es el insulto más grave de todos los recogidos aquí). El Fénix trufa sus comedias con perlitas de todo tipo, desde babieca hasta sandio, pasando por zamacuco, tuturuto, sansirolé, mamacallos (razonen el significado específico de este), tolondro, cipote (ejem) o estólido, que es uno de los que más utilizo en mi vida diaria. Ah, también se mete con alguien llamándole zurdo, para que vean cómo cambia la historia. Y de Cervantes qué decir… leer El Quijote es encontrarse con toda una retahíla de desprecios y repulsas. Claro que, como dice Sancho Panza, «no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle». Un poco lo que hacen hoy algunos, que pasan del «usted» al «qué tal, cabronazo» con (insultante) facilidad.

Luego los grandes escritores tienen ese je ne sais quoi que les hace responder raudos con un insulto certero en momentos de máxima tensión. Porque esa, y no otra, es la mayor muestra de genialidad que se puede exponer. Como aquella vez que Emilia Pardo Bazán se cruzó con Benito Pérez Galdós en una escalera (ambos traían detrás toda una historia que acabó mal, porque menudos dos torrentes, amigos) y le espetó, muy digna, «viejo chocho», a lo que don Benito respondió, con toda su tranquilidad y su cara de billete de mil pesetas, lo mismo pero cambiando el orden de los términos.

Claro que el campeón invicto de los insultos fue un belga catolicote y aburrido que firmaba como Hergé. Vale, en las páginas de los veintitrés álbumes protagonizados por el sosainas de Tintín no hay sexo, no hay muerte (y cuando la hay aparece representada con diablillos naíf), no hay demasiada sangre. Pero insultos…vaya, en eso Hergé mostró tener una enorme inventiva, y una mala uva que se agradece un montón. Ambrosía para los paladares más exigentes, sí, cuando Archibaldo Haddock saca a relucir su muy extenso lenguaje, seguramente aprendido en tabernas (igual hasta en burdeles) de barrios portuarios por medio mundo. Un total de doscientos sesenta y cinco insultos hay censados en las quince aventuras donde aparece Haddock, lo que nos da una maravillosa media de casi dieciocho por libro. Extensa lista que destaca, además, por su originalidad: desde anacoluto hasta grotesco polichinela, pasando por Atila de guardarropía, logaritmo, mujik, Mussolini de carnaval, coloquíntido, zapoteca de truenos y rayos o, mi preferido, bachi-buzuk de los Cárpatos. Ojo, muchos de ellos definen realidades poco o nada ofensivas (un bachi-buzuk, por ejemplo, es un mercenario otomano) con lo que podemos inferir otra de las características principales del insulto: su intención. No importa qué llames al otro, sino hacerlo con el tono correcto.

El Hergé español, al menos en cuanto a los insultos, es sin duda (en pie todos, por favor, y aplaudan con fuerza) Francisco Ibáñez. Sus creaciones están salpicadas de ofensas bien dichas, destacando las descacharrantes últimas viñetas que (casi) siempre muestran a sus personajes persiguiéndose en una orgía de violencia física y verbal que hoy sería sin duda censurada por traumática para los niños. Berzotas, merluzo, alcornoque, botarate, mentecato…a uno se le llena la boca de miel solo con decir esas palabras. Lo mejor, háganme caso, es repasar la obra de este artista genial para disfrutar con la luminosidad de sus insultos.

Delicias endémicas

Si hay algo que une a toda la humanidad, por encima de credos, procedencia o ideologías, es su tendencia natural por insultar a sus semejantes. Lo cual no quita, evidentemente, para que cada cultura tenga sus propias formas de cagarse en los muertos ajenos, muchas veces en base a criterios de carácter geográfico, evolutivo o, simplemente, en atención al capricho del momento.

Existen una serie de bases que pueden resultar intercambiables en todo el mundo. Las palabras, por ejemplo, que se refieren al pene (cazzo), a la vagina (figa) o a la vida pública de la progenitora (figlio di puttana), todos en italiano. También, claro, las maldiciones familiares (el serbio «me cago en todos los de la primera fila de tu funeral» me parece especialmente acertado) o las que te invitan amablemente a irte a ciertos lugares o realizar ciertas actividades (en francés te dicen va te faire mettre y claro, como suena tan bien, te cuesta hasta ofenderte).

Pero después hay toda una caterva de particularidades idiomáticas e incluso regionales que merece la pena destacar. Algunas, de tan repetidas, hasta parecen haber perdido su significado original, como las inglesas assholeo motherfucker, con cuya traducción literal quizá deberíamos solazarnos cada vez que las escuchamos en una serie. Los daneses, ese país con unicornios y contratos únicos, tienen una expresión bastante gráfica que es kors i røven, y que significa literalmente «(que te metan) una cruz por el culo». Ya ven, tanto Kierkegaard para esto. En el educadísimo idioma japonés nos pueden decir kuttabare y nos tenemos que joder, o llamarnos manuke y a lo mejor no lo entendemos, por tontos. Y los habitualmente chiflados rusos también extienden esa extravagante visión del universo a sus imprecaciones, con cosas tan llamativas como yob tvoyu mat (que puede significar, dependiendo del contexto, desde el literal «he besado a tu madre» hasta «vete fuera de mi vista»…ya me dirán la relación) o júy (que lo mismo sirve para hablar del pene que para designar a un imbécil). 

Con el otro lado del Atlántico compartimos el uso del castellano y la mala baba para insultar. Ya hablamos, oh sí, de los pendejos, pero también están los boludos, los perros, los huevones, la chingada, el verraco o el chimpapo. Incluso tenemos gozosas expresiones compuestas, hallazgos felicísimos de nuestro maravilloso idioma que, una vez más, usamos sin tener en cuenta su significado literal. Así, que te manden a la «concha de tu madre» o a comer un «pingo» resulta toda una experiencia. Hay que aplaudir desde aquí el esfuerzo que la conocida serie Narcos ha hecho para dar a conocer por todo el mundo alguna delicatesen verbal como «hijueputa» (hay que decirlo más), «gonorrea» o «sapo». Gracias, mil veces gracias, han enriquecido ustedes profundamente mis cenas de amigos.

También tenemos, por último, diferentes formas de entender las faltas de respeto dependiendo de los lugares de estas dos Españas, una te helará el corazón, donde te estén mandando a esparragar. Así, por ejemplo, si aquí en Cantabria le dicen que es usted un palajustrán sepa que lo llaman liante, que sí, que tiene mala idea, algo parecido a un talingón, o a un venigoso; y si lo tildan de mondregote le están haciendo saber que se lo tiene usted muy creído, pedazo de imbécil. Ah, las mujeres tienen sus insultos propios, claro, por lo de la paridad, y así las rámilas son hembras de mucho genio, las lumias son aquellas (sobre todo niñas) algo sabihondillas y repelentes, y bardaliega será la que gusta de pasar mucho tiempo detrás de los bardales o las zarzas, preferentemente en posición horizontal y acompañada…

En Galicia llamarán parvo al poco espabilado, y será babayu cuando pase a Asturias, babarrión en Cantabria o kaiku al llegar a Euskadi. Al mismo tipo le llamarán ababol en Aragón, faba en Catalunya, borinot en Valencia o penco en Andalucía. Si logra arribar, quién sabe cómo, hasta los pueblos de la montaña palentina se referirán a él como aberado, Por el camino le habrán escupido un bolo en Toledo, un fato en Valladolid y un zurumbático si se cruzó con Pérez-Reverte a la salida de la Real Academia de la Lengua. Al final toda una vuelta a España de lo más entretenida y didáctica. Aunque igual ni se ha dado cuenta, el muy estafermo.

Ya ven, mis queridos gaznápiros, que esta es materia extensa y de mucho solaz, por lo que nos apena especialmente tener que dejarla aquí, recién expuestos los grandes principios de nuestras tesis y apenas avanzada la investigación sobre el terreno. Eso sí, la certeza de haber contribuido a un enriquecimiento de su vocabulario más irrespetuoso es recompensa suficiente para nuestro esfuerzo.

Sean originales en sus reuniones familiares y de amigos. Insulten con creatividad.

"Al niño le han quedado cuatro" por Pablo Poó Gallardo


A estas alturas todos sabemos que cada español lleva dentro, de manera innata, un entrenador de fútbol, un economista y un docente. Con tanto profesional de la educación de incógnito por ahí, analizar el sistema educativo se convierte en una tarea de alto riesgo. Intentaremos, no obstante, aportar la visión de alguien que se pasa las mañanas de lunes a viernes delante de treinta angelitos adolescentes ávidos de conocimiento.

Antes de comenzar habría que tener en cuenta unas sencillas premisas que, por algún motivo que desconozco, a gran parte del personal no le entran en la sesera:
No es lo mismo Primaria que Secundaria: niveles educativos distintos implican estrategias metodológicas distintas, alumnado diferente y profesionales diferenciados.
Las estrategias metodológicas no son estándares universales: una estrategia aplicada en 3.º A no tiene por qué funcionar en 3.º B, porque partimos de una base humana distinta, cada una con sus propias peculiaridades, que necesita un enfoque diferente. Si eso ya pasa en un mismo centro, imaginen en distintos institutos o en diferentes comunidades autónomas. Y eso que aún no he mencionado a Finlandia…
En educación las cosas no son blancas o negras, a pesar de que se empeñen en dividirnos a los docentes en dos bandos: uno más cool, más moderno y más del siglo XXI, que potencia el método por encima del conocimiento, y otro más ilustrado, reaccionario y anticuado, para el que prima el saber por encima de la metodología.

El sistema educativo es la Hidra de Lerna: si queremos entender el estado por el que pasa en la actualidad tendremos que detenernos en cada una de sus cabezas.

El sistema de acceso

Deberíamos contar con un sistema de acceso justo que permitiera la selección de los mejor preparados, ¿no? Pues no. Las oposiciones no son un método de acceso justo.

El número de plazas es independiente según el tribunal. Eso provoca que, en el tribunal 1, alguien con un 5,45 obtenga plaza y que en el de justo al lado, el 2, el que haya sacado un 7,56 se quede fuera. Esto sucede por dos motivos fundamentales: los exámenes son distintos para cada tribunal, por lo que los temas que hay que defender son diferentes. Los tribunales, también: uno puede ser más exhaustivo corrigiendo y el otro más benévolo.

Tampoco fomentan la selección de los mejor preparados: el temario de las oposiciones de acceso a los cuerpos docentes de Secundaria por la especialidad de Lengua castellana y Literatura consta de setenta y cinco temas que abarcan todo lo relativo a la gramática, las teorías lingüísticas y la literatura patria desde las glosas silenses. En el examen solo se podrá contestar uno. El resto de tu formación se la trae al pairo.

Los tribunales también son la guinda. Me pondré yo de ejemplo para no herir sensibilidades. A pesar de que a la Administración no le importe lo más mínimo, pues no gozo de ningún tipo de prebenda por serlo, ni económica ni de reducción horaria ni de perrito que me ladre, soy doctor en Filología Hispánica por la especialidad de Literatura. Para las oposiciones, entenderán, me preparaba con más esmero la parte del temario correspondiente a nuestras letras, habiendo incluso temas de gramática (T. 20: Expresión de la aserción, la objeción, la opinión, el deseo y la exhortación) que ni miraba.

Como funcionario docente entro en el bombo de los «tribunables» para cada oposición. Imaginen que me toca para las próximas. Obviamente, como filólogo, conozco las reglas que, en español, rigen la aserción, la objeción, la opinión y la santa madona que las parió, pero no a un nivel suficiente para aprobar unas oposiciones, pues carezco, en ese ámbito, de conocimientos actualizados, de bibliografía académica y de un trabajo con la materia tal que me permitiera codearme con quienes llevan preparando el tema los últimos meses o, incluso, años de su vida.

Bien, como me toque tribunal y salga ese tema, me vería obligado a corregirlo. A toda prisa, pediría el tema a cualquiera de las amables academias que los sirven de modelo (con mucha querencia por el copia y pega: basta bucear en el Alborg o en el Curtius, que ya hay que estar trasnochado, para darse cuenta) y me empaparía en un par de días de todos los conocimientos que estas personas han adquirido durante meses. ¿Quién soy yo para evaluar un examen del que no soy especialista en el que los examinandos se están jugando algo tan importante?

Pero no pasa nada, la Administración, que tanto vela por nosotros, ya se encarga de dotar a los tribunales de unas secretísimas plantillas (oposiciones públicas, recuerden) con las que facilitar la corrección. Y si no estás de acuerdo con tu nota, ajo y agua: no tienes derecho a ver tu examen corregido.

La falta de formación previa

Ahora, con los grados, las cosas han cambiado algo: al menos hay unas prácticas tuteladas y un trabajo de fin de grado. Sin embargo, si repasan la oferta académica del grado en Filología Hispánica, quizá les extrañe la falta de asignaturas dedicadas a enseñar a impartir Lengua y Literatura. Un grado con una orientación profesional tan significativa como la docencia debería contar, no ya con una suerte de «itinerario docente» dentro de la misma, sino con, al menos, una asignatura de «Pedagogía de la Lengua castellana y Literatura». Al menos en la Universidad de Sevilla, que fue donde estudié, no se imparte.

Es decir, que este que les escribe, cuando aprobó sus primeras oposiciones y se plantó delante de una clase de tercero de ESO con ocho repetidores, se había leído Los amores de Clareo y Florisea y los trabajos de la sin ventura Isea, sabía que lo más seguro es que el Lazarillo no fuese anónimo, que la «e paragógica» le daba al Mío Cid un regusto arcaico muy molón en la época (siempre ha estado de moda lo vintage) o que la terminología de Alarcos no tiene nada que ver con lo que enseñamos en Secundaria; pero no tenía ni idea de qué hacer cuando el del fondo te manda a la mierda, cuando vas a corregir unos ejercicios y no los ha hecho ni la niña que sonríe en el póster de vocabulario inglés de Oxford o cuando, con dieciséis años, el primer libro que se van a leer es ese del que tú les estás convenciendo.

La falta de formación continua

Sin embargo, si hay algo que no se le puede achacar a nuestro sistema educativo es falta de coherencia: si nuestra formación inicial no es la más adecuada, la formación continua no iba a ser menos.

Hablo de esos cursos y programas que se, digamos, desarrollan en los centros, y sirven para completar las sesenta horas necesarias para el cobro del próximo sexenio.

Cursos de escaso interés, con algunos ponentes que te dejan un arqueamiento de cejas más propio de una parálisis facial, de dudosa aplicación en el aula, que deben ser realizados en los centros de formación del profesorado (esos que, con suerte, te pillan a menos de cincuenta kilómetros de tu centro) y a los que has de asistir por las tardes porque no disponemos de horas específicas de formación (pero qué más da, ¡si los profesores no trabajamos por las tardes!).

Mención aparte merece el tema de la competencia digital. Este que les escribe no es que sea un as de la informática, pero tiene dos cosas claras: que el ordenador no hace nada que tú, consciente o inconscientemente, no le digas que haga y que probando, equivocándote y ensayando se aprende mucho. Yo he tenido compañeros (y compañeras, claro, pero para esto de las generalizaciones negativas da un poco más igual) que no sabían conectar el proyector con el ordenador en caso de que ambos funcionaran o que no sabían imprimir a doble cara o cancelar una impresión.

No se pide montar un servidor o programar en C, pero, joder, quítame el pen con seguridad.

Las leyes educativas

Imagine un trabajo cuyos legisladores, en el mejor de los casos, haga años que no ejercen de aquello que están regulando. Habrá otros que, incluso, no hayan trabajado en ese ámbito en su vida. Esto es lo que sucede en el mundo educativo: no se cuenta con profesores en activo para la redacción de las leyes que nos rigen.

Es increíble la cantidad de barbaridades que se llegan a acumular en una sola ley educativa. Barbaridades fácilmente subsanables habiendo, al menos, pisado un centro educativo.

Un ejemplo: en la anterior legislación existía el Programa de Diversificación Curricular (PDC). En él se incluía a alumnos con dificultades de aprendizaje para que en 3.º y 4.º de la ESO tuvieran una serie de asignaturas agrupadas en ámbitos: Lengua castellana y Literatura junto con Historia conformaban el Ámbito Sociolingüístico. Matemáticas y Ciencias Naturales, el Ámbito Científico Técnico. El PDC (o la «Díver», de lo bien que nos lo pasábamos en clase) se podía entender como una especie de premio al esfuerzo de determinados alumnos que, por una casuística bastante amplia, desde alguna dificultad diagnosticada de aprendizaje a problemas familiares, ingresaban en este programa como medida para, si no garantizar, facilitarles un itinerario adaptado a sus necesidades que concluyera con la consecución del título de Secundaria.

Mentira. Se metía a los alumnos más problemáticos para que los demás pudieran dar clase y, de paso, ayudar a estos que, con más problemas de vagancia que de aprendizaje, se iban a quedar sin titular.

La Díver, mejor o peor empleada según el centro, no estaba mal planteada del todo: se cogía la parte final del itinerario educativo obligatorio con una clara orientación finalista y se podía repetir curso, que era algo así como decirles que, aunque con más facilidades, no se les iba a regalar el aprobado.

A todo esto, llegan las cabezas pensantes de la LOMCE y topan con la Díver. Quizá alguno, incluso, la hubiera cursado. Entonces deciden remodelarla, darle su toque personal a lo J. J. Abrams y crean el PMAR (Programa de la Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento).

El PMAR parte de la misma base: agrupaciones menores de alumnos con alguna dificultad de aprendizaje y asignaturas compendiadas en ámbitos; pero, como habían también cambiado los ciclos de la ESO (el segundo ciclo pasaba de ser 3.º y 4.º a solo 4.º), el PMAR podía durar hasta 3.º, con lo que lo adelantan un año y fijan su inicio en 2.º. Además, le añaden una guinda: no se puede repetir entre 2.º y 3.º, es un programa de dos años, y punto.

Pónganse ustedes delante de unos angelitos que saben que, aunque suspendan todas las asignaturas, no van a repetir el primer año. ¡Ahora van y los motivan!

¿Y cuando terminan el PMAR en 3.º? Pasan a un cuarto estándar. Han tenido dos años para ponerse al día, ¿no?

Finlandia y las competencias básicas

Pero ahí no acaba la cosa. El sistema educativo se replanteó hace ya unos cuantos años con la implantación de las Competencias Básicas de la Educación. Ahora se llaman Competencias Clave: ya saben que los cambios de nombre quedan muy bien de cara a la galería.

¿Se acuerdan de aquella tríada clásica de conceptos (lo que sabes), procedimientos (lo que haces) y actitudes (cómo te comportas)? Pues ya no existe. Sí, a menos que se tengan hijos en edad escolar, el resto de la sociedad española desconoce casi por completo cómo funciona el sistema educativo.

Simplificando mucho, resulta que a nuestros expertos educativos les fascinan los sistemas escolares escandinavos. Entonces piensan: «Coño, si esto funciona en Finlandia, ¿por qué no en España?». Como si la transculturación fuese algo tan sencillo como construir una Maestranza en Copenhague y llevar a Padilla.

El sistema educativo finlandés funciona en Finlandia por una razón muy sencilla: hay finlandeses. Aquí tenemos españoles.

Pero es que, además, la adaptación fue de lo más chapucero. Recuerdo el curso en el que comenzamos a evaluar por competencias: nadie sabía qué era aquello. Llamamos, entonces, a nuestros superiores, a las Consejerías de Educación: nadie sabía qué era aquello. Entonces empezamos a montar grupos de trabajo y nos asignaron expertos: nadie sabía qué era aquello.

Cada profesor tuvo que buscarse la vida a su manera. Básicamente te quedaban dos opciones: o no evaluabas por competencias o te inventabas tu propio método. Lo primero era lo más fácil; el problema es que viniera un inspector educativo a pedirte el cuaderno de notas. Él tampoco sabía evaluar por competencias, pero tú tenías que hacerlo. Lo segundo era frustrante: ahí estaban esos arrojados campeadores educativos con sus hojas de Excel kilométricas, enlazadas, coloreadas… y cuando llegaba la hora de introducir las notas en el programa de gestión educativa resulta que solo tenías que poner una calificación de 0 a 10, como toda la vida.

Pero bueno, todavía no he explicado qué son las competencias: son una serie de saberes básicos interdisciplinares que abarcan todos los ámbitos de saber del futuro ciudadano adulto que será nuestro alumno. Sí, es genial.

Ahora, en los centros educativos, evaluamos la competencia lingüística (cómo se expresan), la matemática (cómo suman), la conciencia y expresiones culturales (cómo… valoran la cultura), la social y ciudadana (cómo tratan a sus compañeros y al centro), el sentido de la iniciativa y emprendimiento personal (si te entregan las actividades voluntarias), la competencia digital, aunque no se pueda llevar el móvil a clase y los ordenadores no funcionen, y la competencia para aprender a aprender, que viene a ser algo así como lo que su propio nombre indica.

¿Y qué hacemos con todo esto? ¡Muy sencillo! Como no hay un método oficial, ¡hagan lo que les dé la gana! Yo les propongo uno: dividan cada evaluación en tareas evaluables: un examen, una lectura, unas actividades… A cada tarea evaluable, asígnenle un peso específico dentro de la evaluación expresado en porcentaje (examen: 30%, lectura: 10%…). En cada tarea con cada porcentaje, decidan qué competencias se van a trabajar (en un examen, por ejemplo, la competencia lingüística porque es de Lengua y se tienen que expresar; competencia para aprender a aprender porque al instituto, aunque no lo parezca, se viene a aprender; competencia en conciencia y expresiones culturales porque les voy a poner un fragmento de La colmena; y sentido de la iniciativa porque comprobaré si ha estado practicando ortografía y ha mejorado el número de faltas del último examen). A cada competencia, asígnenle un porcentaje de peso dentro del porcentaje de la tarea que ya establecieron previamente. Et voilà! Ya solo les queda ponerle al examen una nota distinta por cada competencia que dijeron que iban a trabajar.

Así, cuando les pregunten a sus hijos qué han sacado en el último examen de Lengua, les dirán: «Pues mira, he sacado un 7 en CCL que vale un 50%; un 5 en CPAA que vale un 20%, un 4 en CEC, pero no te preocupes, que vale solo un 10% y en SIEP, que no sé lo que es, me han puesto un 8. Ah, vale un 20%. Pero el examen cuenta como 30%».

—Entonces, ¿qué nota has sacado?

—Yo qué sé, ¡haz la cuenta!

Y ni he mencionado los estándares de aprendizaje.

La inspección educativa

Son mis jefes y no voy a hablar mal de ellos, que bastante me ha costado conseguir la plaza. Son supersimpáticos y competentes y te ayudan en todo lo que necesites. No, en serio, algunos son muy buena gente.

El problema es que, al igual que pasa con los que redactan las leyes educativas, un inspector educativo puede llevar décadas sin impartir clase o, directamente, haber sido maestro en Primaria y estar asignado a Secundaria.

La inspección educativa peca de exceso de burocracia. Cada vez que se designa a un centro educativo como de atención preferente, una tribu del Amazonas pierde el que ha sido su hogar durante siglos. Y el problema es que el papeleo no sirve para nada, porque no lo lee quien lo tiene que leer. Y, si lo lee, peor, porque hace caso omiso a las propuestas que sugerimos cada año.

La inspección educativa debería ser un órgano más numeroso de lo que es y debería tener un mayor enfoque de asesoría pedagógica. Pero la impresión que se tiene en los centros educativos es más cercana a la del tribunal de la Inquisición.

Recuerdo también una reunión de departamento bastante tensa donde una inspectora, diplomada en Magisterio por la especialidad de Matemáticas, nos decía que debíamos dejar de impartir gramática en nuestras clases de Lengua y Literatura de Secundaria porque «eso ya no se llevaba».

Además, es inversamente proporcional el número de informes que hay que rellenar cuando suspende un alumno y cuando aprueba. Que, a ver, no digo que sea una medida de presión encubierta; está claro que los que aprueban no necesitan nada más. ¿O sí?

El alumnado

El ambiente en las clases ha cambiado mucho desde que ustedes obtuvieron su título correspondiente. La tónica general que solemos encontrar los profesores, aunque depende enormemente del contexto sociocultural del centro y de la manera en que la directiva lleve su organización y funcionamiento, es que se ha perdido el respeto a la figura del docente y el sentido de utilidad de tener una buena formación. No solo entre los alumnos, la educación que vienen ofreciendo los padres nacidos alrededor de los setenta en adelante tiene mucho que ver.

El respeto al profesorado no se gana a base de temor, como quizá ocurría en la educación que recibieron muchos de ustedes. Los profesores no vamos por ahí. El respeto de tu clase se gana preocupándote por ellos, sabiendo dejar la materia a un lado cuando sus problemas van por otro, buscando la manera de engancharlos a tu asignatura y haciéndoles ver la utilidad de tener una formación.

Pero la carambola a tres bandas es brutal: hay profesores que deberían, mejor, dedicarse a otra cosa; hay familias que, más que educar, destruyen lo poquito que avanzamos cada mañana; y hay niños que traen la mala leche de serie.

Yo he pasado por quince institutos diferentes, la mayoría de un contexto sociocultural bajo, aunque he tenido de todo. Y pienso que cada vez más nuestros jóvenes no solo es que sepan menos, sino que tampoco les preocupa en exceso.

El sistema educativo, sobre todo en su parte obligatoria, está planteado para evitar el fracaso escolar de la manera más burda posible: bajemos el nivel para que aprueben todos. Cualquiera de mis alumnos puede titularse en 4.º de ESO habiéndose rascado significativamente los genitales. Tema distinto es la base que lleve a estudios posteriores, pero titularse, se titula (obsérvese que hablo de «mis» alumnos: insisto en que, en el tema educativo, el contexto es fundamental).

Este curso solo he suspendido, en junio, a cuatro alumnos. Como tengo ya muchos tiros dados, pues el nivel lector de algunos adultos es limítrofe con el de mis pupilos, dejaré claras dos ideas antes de seguir:
La calidad de un profesor no se mide por su número de suspensos.
He puesto más dieces que suspensos.

Lo que ocurre es que detrás de ese casi 100% de aprobados, en la mayoría de los casos, no hay un nivel acorde con la nota. Este curso, casi la totalidad de mi antiguo tercero de ESO ha pasado a cuarto con un nivel competencial, con suerte, de primero de ESO. ¿Qué hay, hoy día, detrás de un título de Educación Secundaria? En muchos casos, casi nada.

Y no me estoy refiriendo a conocimientos vinculados a asignaturas, ya sé que para ser alguien en la vida no hace falta haber leído el Quijote ni analizar una subordinada sustantiva de complemento directo (perdóname, Alarcos), sino a su nivel competencial: su capacidad de reflexión, de analizar ideas, de tenerlas propias, de valorar la cultura, de respetar a los demás.

El timbre está a punto de tocar

En el sistema educativo, como buen reflejo del planeta, también hay varios mundos. Se dan, incluso, dentro de un mismo centro. Hay profesores que prácticamente solo hemos trabajado en el tercer mundo educativo: ese donde el nivel de conocimientos es paupérrimo, donde prefieres dedicar las horas a hablarles de lo jodida que es la vida estando en paro, de que las drogas no son el camino (ni consumirlas, ni venderlas), de que no tienes que cometer los mismos errores de tus padres ahora que, por suerte, sabes cuáles fueron. Clases donde demasiados alumnos se irán del instituto antes de titularse. Centros en los que el equipamiento TIC no es que date de los principios del 2000 sino que, directamente, es inservible.

Pero hay otras realidades, como la que mostró Évole cuando quiso hacer un retrato de la educación en España y se quedó en lo que más vende: esos alumnos con inquietudes, interés, capacidad y mucha verborrea que, por suerte, también habitan las aulas de nuestro país.

Nadie miente y nadie dice la verdad: cada uno habla de lo que ha vivido. Por eso es inútil tirarse los trastos a la cabeza. Aunque una cosa sí está clara: si nunca has dado una clase, al menos, no estorbes.