jueves, 16 de abril de 2015

"Sobre miedo, periodismo y libertad" por Arturo Pérez Reverte

Hace medio siglo recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, empecé a frecuentar la redacción en Cartagena del diario La Verdad. Estaba al frente de esta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, para foguearme, y un día que andaba escaso de personal me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizás era demasiado para mí, y que tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en el respaldo de la silla, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: “¿Miedo?... Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.
Pienso en eso a menudo. Y últimamente, en España, más todavía. Ninguna de la media docena de certezas, de lecciones fundamentales que he ido adquiriendo con el tiempo, supera esas palabras que un viejo zorro de redacción dirigió a un inseguro aprendiz de periodista: Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti. Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas magníficas palabras. En esa declaración segura de sí, casi arrogante, formulada por un humilde redactor de provincias.
Miedo, es la palabra. No hay otra. O al menos, no la conozco. Miedo del alcalde correspondiente, o su equivalente, ante el bloc y el bolígrafo, o lo que los sustituya hoy, manejados por una mano profesional, eficaz y honrada en los términos en que el periodismo puede considerarse como tal. He escrito alguna vez, recordando siempre a Pepe Monerri, que el único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando llegan a situaciones extremas de poder, es el miedo. En un mundo como este, donde las ingenuidades y las simplezas de mecherito en alto y buen rollo a menudo son barajadas por los canallas, como instrumento, y creídas por los tontos útiles que ofician de ganado lanar y carne de cañón, ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos. Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía. Y el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles.
Nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante en España del periodismo por parte del poder. Aquel objetivo elemental, que era obligar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vivía, proporcionándole datos objetivos con los que conocer este, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, casi ha desaparecido. Parecen volver los viejos fantasmas, las sombras siniestras que en los regímenes totalitarios planeaban, y aún lo hacen, sobre las redacciones. Lo peligroso, lo terrible, es que no se trata esta vez de camisas negras, azules, rojas o pardas, fácilmente identificables. La sombra es más peligrosa, pues viene ahora disfrazada de retórica puesta a día, de talante tolerable, de imperativo técnico, de sonrisa democrática. Pero el hecho es el mismo: el poder y cuantos aspiran a conservarlo u obtenerlo un día no están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre, y cada vez se niegan a ello con más descaro. Basta ver las ruedas de prensa sin preguntas, el miedo a comparecencias públicas, los debates electorales donde son los políticos y sus equipos, no los periodistas desde la libertad, quienes establecen el formato. Como si hubiera, además, que agradecerles la concesión. Y la sumisión de los periodistas, y de los jefes de esos periodistas, que aceptan ese estado de cosas sin rebelarse, sin protestar, sin plantarse colectivamente, con gallardía profesional, frente a la impune soberbia de una casta a la que, en vez de dar miedo, dan, a menudo, impunidad, garantías y confort.
Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder. Creo que nunca se ha visto, desde que se restauró la democracia, un periodismo tan agredido por el poder político y financiero. Y nunca se ha visto tanta mansedumbre, tanta resignación en la respuesta. Apenas hay afán por buscar, por investigar, excepto cuando se trata de servir intereses particulares. Entonces, para procurar munición al padrino que a cada cual corresponde o se ha buscado para sobrevivir, entonces sí hay luz verde, y hay medios, hasta que se topa con la línea roja correspondiente a cada cual: la banca, la telefonía, la publicidad, el nacionalismo correspondiente, la Iglesia, tal o cual sigla de partido, lo socialmente correcto llevado hasta extremos de estupidez. Y en pocos casos se trata de hacer reflexionar al lector sobre esto o aquello. Se trata, por lo general, de imponerle una supuesta verdad. Y ese parece ser el triste objetivo del periodismo español de hoy: no ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Solo convencerlo. Adoctrinarlo.
España es un lugar con una larga enfermedad histórica que se manifiesta, sobre todo, en un devastador desprecio por la educación y la cultura, y una siniestra falta de respeto intelectual por quien no comparte la misma opinión. Por el adversario. Siempre creí, porque así me lo enseñaron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca son libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier manipulador malvado. A cualquier periodismo deshonestamente mercenario.
Y así, con frecuencia, aquí todo asunto polémico se transforma, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el sentido común. Apenas existe en los medios españoles un debate solvente político, social o cultural merecedores de ese nombre, sino choques de posturas. Diálogos de sordos, a menudo en términos simples, clichés incluidos, de derecha e izquierda. La presencia de nuevas formaciones políticas que buscan espacios distintos no varía la situación. Se sigue buscando situarlas en uno u otro de los tradicionales, como si de ese modo todo fuese más claro. Más definido. Más fácil de entender.
Destaca, significativa y terrible, la necesidad de encasillar. En España parece inconcebible que alguien no milite en algo; y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Aquí, reconocer un mérito al adversario es tan impensable como aceptar una crítica hacia lo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectarismos heredados, asumidos sin análisis. Toda discrepancia te sitúa como enemigo, sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. Y quizá sea de la falta de cultura. De ciudadanos simples surgen políticos simples, como los que muestran esos telediarios en los que, al oír expresarse a algunos políticos casi analfabetos (y casi analfabetas, seamos socialmente correctos), te preguntas: ¿Por quién nos toman? ¿Cómo se atreven a hablar en público? ¿De dónde sacan esa cateta seguridad, esa contumaz desvergüenza?... Sin embargo, la falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes.
Pues bien. Ese “conmigo o contra mí” envenena, también, las redacciones. Los veteranos periodistas recordarán que en los años de la Transición, y hasta mucho después, la línea ideológica, el compromiso activo de un medio informativo, los llevaban el quipo de dirección, columnistas y editorialistas, mientras que los redactores y reporteros de infantería, honrados mercenarios, eran perfectamente intercambiables de un medio a otro. Un periodista podía pasar de Pueblo al Arriba, a Informaciones, a Diario 16 o a El País con toda naturalidad. Incluso redactores de El Alcázar, la ultraderecha de la derecha, tuvieron vidas profesionales en otros medios. Ahora, eso es casi imposible. Las redacciones están tan contaminadas de ideologías o actitudes de la empresa, se exige tanta militancia a la redacción, que hasta el más humilde becario que informa sobre un accidente de carretera se ve en la necesidad de dar en su folio y medio un toquecito, una alusión política, un puntazo en tal o cual dirección, que le garantice, qué remedio, el beneplácito de la autoridad competente. Y ya que hablo de sucesos, está bien recordar que hasta los sucesos, los accidentes, las desgracias, son tratados ahora por los medios, a menudo, según el parentesco político más cercano. Según sea la militancia de los responsables reales o supuestos. Y a veces, hasta de las víctimas.
Apenas hay periodismo político real en España, sino declaraciones de políticos y cuanto en torno a ellos se genera. Raro es el trabajo periodístico que no incluye declaraciones de políticos a favor o en contra, marginando el interés del hecho en sí para derivarlo a lo que el político opina sobre él, aunque esa opinión sea una obviedad o un lugar común, o quien habla maneje mecanismos expresivos o culturales de una simpleza aterradora. Lo que cuenta es que el político esté ahí. Que adobe y remate el asunto. Hasta el silencio de un presidente o un ministro se considera noticia de titulares de prensa. Por modesta o mediocre que sea a veces, la figura del político asfixia a todas las otras. Hasta en la prensa local del más humilde pueblo español, las páginas abundan en politiqueo municipal, convirtiendo cualquier menudo incidente concejil en asunto de supuesto interés público. Los mecanismos internos más aburridos de cualquier formación política importante se examinan hasta el agotamiento. En mi opinión, las horas que un tertuliano de radio o televisión dedica en España a analizar la mecánica interna de los partidos no tienen equivalente en el mundo democrático
Todo eso agota al lector, al oyente, al telespectador. Lo aburre y lo expulsa del debate, haciendo que vuelva la espalda a la política, haciéndolo atrincherarse allí donde las palabras reflexión y lucidez desaparecen por completo. Tampoco ayudan a ello las voces que en ocasiones el periodismo pone sobre la mesa, como algunos tertulianos y opinadores profesionales alineados con tal o cual postura, o que han ido readaptándola cínicamente en los últimos 40 años, de modo que antes de que abran la boca ya sabes, según el individuo y el momento, lo que van a decir. Del mismo modo que reconoces tal o cual emisora de radio, en el acto, por el tono de sus intervinientes, aunque ignores el nombre de estos. Igual que con alguien en la calle, a los pocos minutos de conversación, sabes exactamente que periódico lee o que emisora de radio escucha.
Para cualquier lector atento de varios medios, es evidente que el periodismo en España se ha contaminado de ese ambiente enrarecido, de ese sesgo peligroso que tanto desacredita las instituciones en los últimos tiempos y del que son responsables no solo los políticos, ni los periodistas, sino también algunos jueces demasiado atentos a los mecanismos de la política, el periodismo y la llamada opinión pública. Y tampoco la crisis económica contribuye a las deseadas libertad e independencia. La inversión publicitaria pasó de 2.100 millones de euros en 2007 a menos de 700 en 2013. Eso aumenta la tentación de cobijarse bajo los poderes establecidos, y el periodismo como contrapoder se vuelve un ejercicio peligroso. Por sus propios problemas, algunos medios deciden no ir contra nadie que tenga poder o dinero. Y surge otro serio enemigo del periodismo honrado: la autocensura. Cuando el redactor jefe, en vez de animarte, te frena. Nos gusta ver en las películas cómo periodistas intrépidos consiguen la complicidad y el aliento de sus superiores; pero eso, aunque por fortuna ocurre a veces, no es aquí el caso más frecuente. No se practica con igual entusiasmo en las redacciones, más atentas a notas de prensa de gabinetes que a patear el asfalto. Y así, los partidos, las grandes empresas de la banca, las comunicaciones y la energía, entre otras, aprovechan la dependencia de los medios para dar por supuesta, cuando no imponer, la autocensura en las redacciones.

Supongo que habrá soluciones para eso. Posibilidades de cambio y esperanzas. Pero no es asunto mío buscarlas. No soy sociólogo, ni político. Apenas soy ya periodista. Solo soy un tipo que escribe novelas, que fue reportero en otro tiempo. Y hoy, puesto que aquí me han emplazado a ello, traigo mi visión personal del asunto, parcial, subjetiva, que pueden ustedes olvidar, con todo derecho, en los próximos cinco minutos. La transición del papel a lo digital, los productos de pago en la red, la eventualidad de que nuevos filántropos, capital riesgo y empresarios particulares unan sus esfuerzos para hacer posible un periodismo solvente y de calidad, son posibilidades ilusionantes que sin duda serán abordadas por quienes aún creen que solo un periodismo que pide cuentas al poder, en cualquier forma de soporte inventada o por inventar, tiene futuro. Esa es, y será siempre, la verdadera épica del periodismo y de quienes lo practican: pelear por la verdad, la independencia y la libertad de información pagando el precio del riesgo, en batallas que pueden perderse, pero que también se pueden ganar. Haciendo posible todavía, siempre, que un alcalde, un político, un financiero, un obispo, un poderoso, cuando un periodista se presente ante ellos con un bloc, un bolígrafo, un micrófono o lo que depare el futuro, sigan sintiendo el miedo a la verdad y al periodismo que la defiende. El respeto al único mecanismo social probado, la única garantía: la prensa independiente que mantiene a raya a los malvados y garantiza el futuro de los hombres libres.

miércoles, 15 de abril de 2015

Dublineses III


Durante el Bloomsday, los dublineses se visten de época para homenajear al escritor que renegó de los irlandeses y huyó de ellos para no sufrir los aromas de la patria. Sería impensable que aquí toda una ciudad se volcara en agasajos por una obra literaria. No puedo imaginar a todos los madrileños con gorguera celebrando el 23 de abril para celebrar la pluma de Cervantes. A los actos con que se conmemora de manera parecida la figura de Valle-Inclán asisten cuatro indocumentados. Aquí nos reunimos para cosas más serias: pasear a hombros a ídolos de madera o lanzarnos en masa a las fuentes de nuestras plazas para celebrar que un niñato ha colado una pelota en una red.
El sol en Dublín es cerveza rubia, y hemos tenido la potra de disfrutarla durante tres días seguidos, los únicos en todo el invierno según nos comenta una camarera croata contagiada por la cháchara dublinesa.
El gran parque de la ciudad, San Stephen Green no es Hyde Park. Los troncos de sus árboles sí se pueden abrazar, pero está plagado de irlandeses: tomando el sol con el torso desnudo, dando el pecho a un bebé, comiendo, jugando al fútbol, hablando y hablando. Las gaviotas sobrevuelan el parque y se dejan caer al estanque. Los escritores muertos jalonan los pasillos entre los setos. Visitamos de nuevo los pubs para calmar la sed de un día de picnic. Nos reciben, aquí también, los escritores muertos. Por suerte no se permite la entrada a las gaviotas. Solo la música celta, las pintas, los escritores muertos y los vivos celebrando no estar impresos en las paredes.      

lunes, 13 de abril de 2015

Dublineses II


El viajero necesita de unos días para aclimatarse al nuevo destino, para asentarse con confianza en los taburetes de los bares, para afianzar su paso sobre el asfalto. Los dublineses hacen este tránsito más breve. Al segundo día, el viajero es capaz de sentirse tan a gusto como en el salón comedor de su casa: el sofá es el pub; y la pinta, el mando de la televisión.
Las visitas turísticas en Dublín son una mera excusa para contactar con los conserjes del ayuntamiento y los empleados del Trinity College. Su buena disposición ayuda a no dar demasiada importancia al sentido de la visita. A falta de grandes descubrimientos arqueológicos, podemos indagar en la transparencia sincera de su piel, capaz de apaciguar al más airado de los visitantes. Su sonrisa suena tan cristalina como el chorro de alivio sobre la porcelana de los urinarios. Ni el City Hall, ni el Trinity College, ni la catedral de San Patrick cortan el aliento, pero no hace falta. Las profesiones en los que uno solo suele encontrar hiel y cuero gastado: camareros, recepcionistas de hotel, policías..., aquí se identifican con las buenas maneras. No les hace falta ningún museo de cadáveres para atraer al viajero. Dublín es tan sabroso como el pan con aceite, tan aromático como un salmón ahumado, tan mullido como la espuma de una pinta. En el barrio de Temple Bar, incluso más allá, las taberneras saben a labios de cebada, a piel de café y a banderas sin colores. No se debería comer en los pubs, en estos templos del alcohol, como no se debe jugar al mus en la casa del Señor. Entretanto, el músico de la guitarra acústica se desgañita entre gritos de españoles que han invadido las tabernas sin que cunda la alarma (no somos ingleses).
Las calles de Dublín han sido tomadas por los escritores muertos y por las gaviotas. Cuando uno espera en la habitación del hotel a que suene el despertador, oye los gañidos de estos pajarracos. Se ríen por su victoria. Al salir a la avenida, una de ellas, soberbia, se muestra sobre el monumento de O´Connell, héroe de la independencia irlandesa. La cabeza del "libertador" es su retrete. Se caga en la patria como James Joyce, en un hermanamiento de escritores muertos y aves estridentes que no acaba aquí. Decía el autor del Ulises que Irlanda era una vieja cerda que devora sin piedad a su lechigada, sin duda, Joyce ha enviado a las gaviotas para que se venguen del crimen, de las hambrunas que quedan reflejadas en unas esculturas de bronce en la margen del río. "Famine", reza el conjunto escultórico. Escalofriante el padre famélico que carga en sus hombros al hijo muerto, como el pastor a la cría de la oveja recién nacida. El pasado terrible queda congelado en el paseo, justo donde el día anterior se lanzaban a las aguas dos borrachos desafiando al aire afilado de la tarde.
Y mientras las gaviotas profanan la memoria de los héroes, los escritores muertos aparecen por todos lados: en los pubs, en las calles, en los parques, en las franquicias italianas, en los retretes... Becket, Bernard Shaw, Wilde, Joyce, Swift, Emmet y las gaviotas enseñan sus picos curvos en cualquier esquina, en cualquier urinario. Tan hirientes son las cagadas del ave sobre el busto del héroe de la independencia como las voces de los poetas muertos. Todos ellos también defecaron sobre las cabezas de bronce de sus próceres y de su patria. Dublín los ha convertido en una franquicia más de la literatura y pasea sus rostros dormidos hasta en los locales de tatuajes.

domingo, 12 de abril de 2015

Dublineses I



Que los aeropuertos se han convertido en algo muy parecido a los corredores de un matadero de reses es algo innegable. Aún más si uno se embarca en un viaje con 41 muchachos de 16 años. El tenso pánico que envuelve el ambiente desde las últimas catástrofes y las colas dirigidas con cintas de tela aumentan la angustia y la desesperación. Los viajeros aceptan sumisos el destino al que los abocan los túneles de metacrilato y los techos altos.
Todo cambia al llegar a Dublín. Se despeja la incógnita de vivir para contarlo y, para compensarnos, contemplamos una ciudad de andar por casa, sin soberbia. Apenas se la oye destacar en sus construcciones: no abruman las descomunales iglesias, ni los mastodónticos edificios, ni los arcos apabullantes. Nos planteamos la primera pregunta trascendental en un viaje, "¿qué vamos a ver aquí?", y una respuesta concluyente, "gente, pelirrojos con sonrisa confortable y con ganas de pegar la hebra". Todos los oficios susceptibles de engendrar tipos con mal gesto, se transforman en Dublín en traficantes de amabilidad: recepcionistas de hotel, policías, camareros, funcionarios... Nos pasan la "papela" y a las pocas horas viajamos en el cuelgue que a ellos les lleva al buen rollo. El mismo que se aprecia al entrar por primera vez en uno de los pubs de Temple Bar: música celta en directo, ambiente propicio para el jolgorio, pintas, niños bailando y mucho trapicheo de turistas embaucados por la droga de los dublineses. La risa roja de una tabernera vikinga farfulla comentarios jocosos mientras nos sirve las bebidas, sin otra preocupación que la sed de esa noche.
Al salir, en las márgenes del río, dos muchachos ebrios se despojan de las camisas y apurando una botella de whyskie se lanzan al agua desafiando el afilado viento de la tarde.
Para cenar, una sorpresa de charanga y pandereta. Solo a unos patriotas de pro como a nosotros se nos ocurre visitar un restaurante español en pleno Dublín con este menú: "Chiken chilindrón, estofado de rape con chorizo, salmón con jamón, tortilla española al horno con paprika y flan de arroz con leche". Infame comida e inmejorable trato. Los banderines y las bufandas del Málaga, los anuncios de Torremolinos, el Betis, el toro y la flamenca nos trasladan a los años 60 de un país no del todo real. En la puerta de los urinarios la página de un periódico de Dublín informa de un atentado de separatistas vascos contra el restaurante "La Paloma". Lo intentaron quemar, pero no lo consiguieron. Casi lo lamentamos.
Este es un primer día en Dublín. Esperemos que "la vieja cerda" (como llamaba Joyce a su Irlanda) nos ofrezca más sorpresas rojas y no nos devore como a su lechigada.    

domingo, 5 de abril de 2015

Pasea Helena, todavía


Pasea Helena,
todavía,
entre los guerreros.
Se deja raptar
con chupitos de deseo
y se yergue desafiante
su insolente belleza
entre los troyanos.
Pisa los ojos de las víctimas
con los cuchillos afilados
de sus coturnos
y avanza con tranco
de gacela
entre Paris y Paris
que la abordan
con un valor sin esperanza.
Se muestra Helena,
todavía.
bajo las llamas de las luces sincopadas,
entre el denso vapor de la estridencia.
La guerra y el reggaeton
destrozan siempre la armonía.
Pasea Helena,
todavía,
sin reparar
en los groseros destrozos
de la ebriedad,
sin apiadarse
de los enamorados
sin habla.
Pasea,
como siempre,
a pesar del cieno de las baldosas,
flotando sin rozar el suelo.
Y yo, desterrado
hace muchas lunas
de la batalla,
bebo con añoranza
la punta afilada de sus coturnos
que vacía los ojos de los muertos.

"A mi mujer le gustan largas y gordas" por Javier Bilbao


Hace un tiempo, hablando con unos estudiantes de periodismo, les pregunté si en la carrera les enseñaban algo de Google Analytics y su respuesta fue que ni siquiera sabían qué era eso. No me sorprendió, aunque me pareció una lástima al tratarse de una herramienta sencillamente imprescindible para cualquier web. Es lo más parecido a levantar una piedra en el campo y contemplar fascinado todo ese pequeño ecosistema que hasta entonces había permanecido a salvo de miradas ajenas. Solo que esos bichitos que vemos corretear ahora a la intemperie son ustedes, con perdón. Así podemos ver cuántos son, de dónde vienen y qué les interesa. Analytics es el ojo de la cerradura a través del que espiamos a nuestros huéspedes… lo que proporciona cierto placer cotilla, no lo negaremos, pero a veces sus prácticas en la intimidad nos dejan estupefactos. Qué raros sois, humanos.
Aunque existan otros buscadores que también funcionan, como Linux, lo cierto es que Google es el más utilizado y gracias a él nos llegan miles de visitas diarias —al menos hasta que algún día al Gobierno en su infinita sabiduría le dé por cerrarlo— algunas mediante búsquedas tan desconcertantes que quisimos dejar constancia de ellas para la posteridad en este artículo. Pero Analytics se empeña cada día en mostrarnos nuevas pepitas de oro y oigan, es que así no hay manera. Y es que hay gente que considera este buscador un canal adecuado para, sin ir más lejos, entrar en contacto con alienígenas: «quiero comunicarme con extraterrestres yo manuel» y añade sus dos apellidos. A lo que Google con buen tino le mandó a nuestra página. Otros esperan encontrar «paginas ultrasecretas de videos porno de» (no pondremos el resto por decoro). A ver, alma de cántaro, ¿si son «ultrasecretas» esperas hallarlas con una simple búsqueda? También resulta frecuente añadir datos personales no se sabe muy bien con qué finalidad, como en «tengo 74 años y quiero ver peliculas eroticas completas de ornella muti desnuda» e incuso preguntar a Google información personal que al parecer uno mismo desconoce: «como saber si soy periodista». Menuda fiesta debió de pegarse el día anterior.
Raro es el día en el que alguien no hace una consulta comenzándola con un «busco» y concluyendo con un «por favor». Educación ante todo, como en «desearia ver mujeres jovenes desnudas follando, puede ser?», aunque por supuesto otros preguntan con peores maneras, «como coño jugar a los juegos del hambre con un mac?» o bien dan por supuesto que Google conoce personalmente a su familia: «vidente quien puede contestar ahora quien le esta haciendo brujeria a mi sobrino federico?». Las relaciones familiares y sentimentales son todo un mundo, una constante fuente de interés, aunque a veces ni siquiera se pregunta nada, solo se afirma: «me encanta meterle el dedo en el culo a mi marido» o «a mi mujer le gustan largas y gordas». Quizá esperan que Google les dé la enhorabuena. Otras ocasiones la preocupación por los seres queridos se nota más interesada, desde «como preparar una reconciliasion impactante y termine en un encuentro sexual fogoso», hasta «cm hacer q un hombre casado q te gusta q le an dicho q eres perra convencerlo q no es asi». O bien directamente hechicería: «si yo he hecho con una foto de una cuñada escribir y meter la foto conjelador me puede caer una maldicion». Y también hay quien busca excusas para justificarse: «si el niño pregunta quienes el culpable de aventura».
Las búsquedas vinculadas al sexo son un filón inagotable. Las hay escalofriantes: «como cortar el frenillo del pene con una tijera en la casa». Extrañas: «como ber el pene a mi chico cuando lo introduce a mi vagina». Satánicas, «las caras del demonio imaginadas en las vaginas» o piadosas: «puede ser bendecida una relacion por dios despues de haber caido en fornicacion». Pueden ser intelectuales «películas pornográficas que vale la pena ver en nombre del arte» o todo lo contrario: «por que ay buelles que tiene la vergota larga i no se les nota i llo que la tengo mas gorda no se ve». Algunas son un tanto paradójicas, «imagenes porno de la mujer invisible», pero nos ha picado la curiosidad, hemos continuado la búsqueda y aquí pueden verla, en una postura realmente desvergonzada. También Google puede servir de consultorio sobre salud sexual: «que pasa si el hombre termina echandote los germenes en la boca» o «cuando nos damos cuenta las mujeres que hemos tenido un orgasmo?» (si lo pregunta sospecho que entonces no lo ha tenido). No faltan los que se lo toman todo muy en serio: «tutorial para comer coño». Sí señor, muy profesional.
Es en general muy habitual que se busquen imágenes para que las coloreen los niños, bien de animales, objetos, escenas cotidianas… aunque una que sea de «personas teniendo sexo para colorear» es, cuanto menos, llamativa. La cantidad de parafilias que se descubren día a día es inabarcable, oceánica, leer algunas diría que hasta es dañino para la salud mental si no la tuviera averiada de antes. Pero por favor, no se escribe horgasmo, secsis, orjia, bajina y birjinidad. Las perversiones, aunque sea, que estén escritas correctamente. Pero no hay que caer en el desánimo, también hay quienes se interesan por la historia, «cuanto media la polla de un romano» (habría de todo, aunque suponemos que se llevaría la palma Pijus Magnificus) o por el bricolaje: «como hacer una cama de cemento con partes eroticas». Suele ser bastante habitual que la gente intente encontrar pareja simplemente buscando en Google: «mujeres que quieran ver mi pene», «seminaristas de la diocesis de getafe que buscan novia» o bien «quiero casarme con un arabe gay activo con mucho dinero». Por pedir… Pero no todo es vicio en la red, y una búsqueda que nos estamos encontrando todos los días desde comienzos de diciembre es, con variantes, la de «existen los reyes magos sí o no». ¿Acabará Google con el espíritu de la Navidad?
Además del sexo a la gente también le gusta el fútbol y pide un «hechizo palos numeros ganadores para hoy 17/11/2014 de la quiniela de hoy». Otros viven su afición con cierto tormento interior «tengo unos amigos del madrid que no paran de decir que el atleti es malo y cosas malas que hago» y sin salirnos del ámbito futbolístico pero volviendo de nuevo al porno: «cuantos centimetros tiene el pene de los futbolistas del barcelona».
La música es otro ámbito que nos trae muchas búsquedas, lo que nos ha permitido descubrir que existe demanda de «canciones tristes para perros», así como «rock para emos muy doloroso» e incluso vocaciones apáticas «me gustaria ser musico pero me aburro a la hora de hacer una cancion». Lo más común sin embargo es que se busquen nombres de grupos, cantantes o temas proporcionando alguna pista, que se supone que el buscador debe comprender, como «cancion que canta un negro en un idioma raro», «cancion en ingles de los ochenta de un grupo que el cantante tenia una voz muy sexi» o «cual es la cancion de los beatles que una parte dice a goru now evi no y she algo asi».
Otros también buscan consejos y sugerencias de todo tipo con las que se intenta hacer la vida algo más llevadera: «como pillar un colocon que me deja medio muerta», «como obtener algo deseado por medio de la energia cuantica» o «para ganar una discusión hay k pararse mirando al norte o sur». Y algunos quieren dejar directamente sus vidas en manos de lo que les diga Google: «quiero estudiar algo y no se que me pueden recomendar?» o bien «que sugerencias se le puede dar al actor mario casas? unas tres sugerencias por favor». Esta la ha hecho él mismo, si no no se entiende. No son pocas las ocasiones en que se solicita el correo de alguien: «necesito el correo de eduardo tarot el evidente», (llamándose así sospechamos que solo prevé obviedades). Y finalmente hay búsquedas directamente inclasificables: «película de papá cerdito que se rompa el teclado de la escuela de de la mamada cel y papá cerdito corre hasta el castillo más alto». ¿Cómo puede el buscador responder a tal cosa sin enloquecer? Al menos a veces se encuentra otras mucho más fáciles: «cual fue la primer persona en el planeta que le pusieron victor». Esta me la sé, fue Víctor.
En conclusión, está próximo el día en que Google tomará conciencia de sí mismo y tal vez no lance un ataque nuclear contra la humanidad, pero con las risas que se echará a nuestra costa y la manera en que nos sacará los colores… quizá acabe siendo peor. Qué paciencia tiene, de verdad.

viernes, 3 de abril de 2015

Me llamó esa noche... y fue


Me llamó esa noche… y fue. La multitud agolpada en las estrechas callejas de la vetusta ciudad. La emoción contenida de innúmeras almas que se hermanan en un solo sentimiento. La devoción que abriga como un manto de lana en una fría noche a la intemperie. Nunca había sentido el fervor de la masa, la conmoción de fundirse en uno con todo un pueblo. Noté una herida luminosa en lo más profundo, una saeta de cera fundida atravesándome el pecho, un dolor dulce lamiéndome las entrañas. Noté el fuego de sus mejillas sonrosadas al verlo aparecer por encima de las cabezas de la multitud, flotando sobre los hombros de los costaleros. Lo vi, me miró… y fue. Iluminó mi noche oscura del alma con llama de amor viva y coreamos al unísono el cántico espiritual como si las gargantas se hubieran fundido en una sola voz: “¡Genaro, Genaro, Genaro es cojonudo...” La Moncha había avisado con una teta fuera, avivada la imagen por el vaivén de los penitentes. Pero no esperaba la conmoción de su mirada; una mano alzando la botella de orujo al cielo, la otra asida a la farola que sirve de báculo al señalado con el poder del licor ardiente. Su nariz esculpida con mano diestra para señalar el fuego de la ebriedad, Pasó bajo mi consternación y llegaron como un fogonazo los tres misterios que iluminan la vida de un redimido:
1.       1. El bofetón de tu padre al llegar a casa por primera vez con la mirada turbia,
2.       2. La primera mañana que preguntas por lo que hiciste la noche anterior.

3.       3. La noche que recibes la iluminación de Genarín  por transustanciación del orujo en fe. 

martes, 10 de marzo de 2015

"Estos martes de exámenes con veneno"


Estos martes de exámenes con veneno. Estos días de angustia y de café. Este soborno permanente a la memoria. Estos aromas a primavera encarcelada. Estas aulas cargadas de lejía, de amoniaco, de productos corrosivos contra el entusiasmo. Este sadismo de la disciplina, del orden, de la burocracia. Estas ansias por asesinar la anarquía. Esta perversión por acallar los gritos, por domesticar el tiempo, por amansar los vientos. Este clima de muerte sostenida, impuesto a un paisaje de temblores y tormentas. Este silencio artificial que amamanta rencores y arañas. Este espacio agreste, de una sola voz, que alguna vez fue espasmo y voltereta, ahora ya cariada por el empeño rudo de estos martes de exámenes con veneno que vuelven una y otra vez a levantar las escamas de la adolescencia y a inyectar en la carne la ponzoña de la sepultura.  

domingo, 8 de marzo de 2015

"El infinito" de Giacomo Leopardi



Siempre caro me fue este yermo collado
y este seto que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas sentado, contemplando, imagino
más allá de él espacios sin fin,
y sobrehumanos silencios; y una quietud hondísima.
Tanta que casi el corazón se espanta.
Y como oigo expirar el viento en la espesura
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz: y pienso en lo eterno,
y en las estaciones muertas, y en la presente viva,
y en su música. Así que en esta
inmensidad se anega el pensamiento
y naufragar en este mar me es dulce.
Traducción de Antonio Colinas.

Sempre caro mi fu quest'ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
De l'ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminato
Spazio di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo, ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l'eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e 'l suon di lei. Così tra questa
Infinità s'annega il pensier mio:
E 'l naufragar m'è dolce in questo mare.



domingo, 1 de marzo de 2015

Solo soy intención


No puedo confesar
quién soy,
por pudor 
y porque solo soy intención.
La intención de lo que quisiera ser.
De esto sí os puedo hablar:
quisiera ser sencillo,
humilde, discreto,
alegre, despierto,
displicente con los soberbios
y generoso con todos los demás;
quisiera no ser dogmático,
ni hipócrita, ni colérico;
quisiera ser sincero
y embustero a partes iguales,
gozar de los placeres
y contenerme 
para gozar más de los placeres;
quisiera ser lunático,
errático, satánico,
quisiera tocar las nubes
para chuparme los dedos
y que me los chupen;
quisiera hablar de tráfico,
de arsénico, de léxico
y no atender al discurso
monótono de los voceros;
quisiera abrasarme
para luego bañarme 
en agua helada;
quisiera ser profesor 
de los que no hieren
y escritor de los que 
alguien lee.
Y sobre todo, quisiera olvidarme
de mí mismo.
Pero el mundo no me deja
ser como quisiera ser.
Los obstáculos son muchos, 
a veces insalvables.
La envidia,
esa cerda huida de su porqueriza,
se atraviesa en los cruces de caminos
junto con sus crías
para entorpecer el paso,
para tumbarse sobre la hierba 
y dejarlo todo perdido 
de purines y de barro.
La soberbia,
ese trigo verde que se yergue
como los cardos entre la siembra
para dar una harina agria e indigesta.
El poder,
esa puta afeitada con cosméticos
de droguería barata
que te atrae con la golosina de su sexo
para pegarte unas ladillas o una sífilis irreversible.
O las iglesias,
esas buhoneras camufladas
de mujeres honradas
que te venden un cielo de abalorios 
con la oferta del espanto. 
Y tantas y tantas intrusiones
asesinan la intención que uno tiene
de andar sin armas en los bolsillos.  

sábado, 28 de febrero de 2015

Ejercicios anti-Lomce: "Huir del aula"


Una conseja más que recomendable para no convertirse en un probo funcionario adoctrinador:

Era la cuarta semana de clase. Los chicos ya habían abandonado el entusiasmo del comienzo de curso, sepultado por el olor a naftalina de las aulas. Se imponía un revulsivo. Aquella mañana había una feria de ganadería en el pueblo. Los pastores llevaban a sus mejores sementales para cruzarlos y así evitar la endogamia, nefasta para la cría de corderos de calidad. "Hoy salimos a la calle". La alegría no se podía contener, era desmesurada la emoción por abandonar las cuatro paredes del aula. Escuchaban las indicaciones para elaborar el trabajo de campo con la emoción del semental que huele a la hembra. Si alguien hubiera observado desde fuera el fenómeno, habría pensado que dentro de clase torturamos a los chicos o que nunca habían salido de allí en todos los días de su vida. Se plegaron a todas las condiciones impuestas. Los alumnos que nunca hacían nada se esmeraron por afilar el lápiz y por comprobar que el bolígrafo no tenía la tinta helada. Al llegar a los rediles donde se guardaba a los corderos, se lanzaron con decisión a la búsqueda de los pastores. Los entrevistaban con emoción, apuntaban sus palabras en el cuaderno como si estuvieran recogiendo las palabras del oráculo. "¿Cuántas ovejas hay aquí?", "¿Ovejas?, vamos a ver, muchacho, no les ves los botones?" Anotaban la palabra "botones" y me preguntaban si podían recoger los tacos. El más pequeño de todos, con problemas de salud y de integración, era el centro de atención de los ganaderos, lo rodearon como a un reportero famoso, lo subieron a mujeriegas sobre uno de los sementales y él se sintió héroe por un día.
Los ganaderos se reúnen todos los años para cruzar camadas, para que la simiente no se les envenene. Nosotros no, dejamos que se apolillen los muchachos en el aula. Los rociamos con insecticidas para desinfectarlos de cualquier atisbo de originalidad o creatividad. Nos esmeramos por pudrirles la simiente, para que no puedan reproducir ningún pensamiento propio ni exprimir ninguna idea sin el revoque de los "estándares" normativos. No es una idea nueva, ni mucho menos. Solo tenemos que seguir a Francisco Giner de los Ríos y no los catecismos que nos imponen un año y otro desde los nuevos ministerios: 
«Transformad esas antiguas aulas —dice Giner—; suprimid el estrado y la cátedra del maestro, barrera de hielo que aísla y hace imposible toda intimidad con el discípulo; suprimid el banco, la grada, el anfiteatro, símbolos perdurables de la uniformidad y del tedio. Romped esas enormes masas de alumnos, por necesidad constreñidas a oír pasivamente una lección o a alternar en un interrogatorio de memoria, cuando no a presenciar desde distancias increíbles ejercicios y manipulaciones de que apenas logran darse cuenta. Sustituid en torno del profesor a todos esos elementos clásicos por un círculo poco numeroso de escolares activos que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos, en suma, y cuya fantasía se ennoblece con la idea de una colaboración en la obra del maestro. Vedlos excitados por su propia espontánea iniciativa, por la conciencia de sí mismos, porque sienten ya que son algo en el mundo y que no es pecado tener individualidad y ser hombres. Hacedlos medir, pesar, descomponer, crear y disipar la materia en el laboratorio; discutir, como en Grecia, los problemas fundamentales del ser y destino de las cosas; sondear el dolor en la clínica, la nebulosa en el espacio, la producción en el suelo de la tierra, la belleza y la Historia en el museo; que descifren el jeroglífico, que reduzcan a sus tipos los organismos naturales, que interpreten los textos, que inventen, que descubran, que adivinen formas doquiera... Y entonces la cátedra es un taller y el maestro un guía en el trabajo; los discípulos, una familia; el vínculo exterior se convierte en ético e interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente; la vida circula por todas partes y la enseñanza gana en fecundidad, en solidez, en atractivo, lo que pierde en pompas y en gallardas libreas.»

sábado, 21 de febrero de 2015

"Qué nos enseñan Los cuentos de Canterbury" por Javier Bilbao

«¡Que Cristo me condene! ¡Déjame! ¡Capaz serías de hacerme besar tus viejos calzones, jurando que eran una reliquia de santo, aunque tuvieran palominos! ¡Pero, por la cruz que encontró santa Elena, preferiría tener tus cojones en mis manos antes que tus reliquias! ¡Cortémoslos y te ayudaré a llevarlos, te los envolveré en excrementos de cerdo a modo de relicario!», esta respuesta que le espeta el Posadero al Bulero es uno de los pasajes que mejor definen el espíritu de Los cuentos de Canterbury: religiosidad, humor un tanto escatológico, la inevitable blasfemia que surge de combinar ambos, así como la camaradería entre los peregrinos protagonistas que se sobrepone a la rivalidad entre las profesiones y clases sociales que estaban emergiendo en la sociedad medieval. Pero la obra de Chaucer, pese a quedar incompleta, abordó también otros muchos elementos como la fatalidad de la fortuna, el antisemitismo, la superstición, la avaricia y, muy especialmente, el matrimonio y las relaciones entre hombres y mujeres.
A esta recopilación de cuentos inspirada en El Decamerón y escrita a finales del siglo XIV se le atribuye el haber consolidado la lengua inglesa, pero no es eso lo que ahora nos interesa. Citando la Biblia, el autor afirma que «todo lo escrito se escribió para que nos sirviera de enseñanza, y este fue mi único anhelo». Ahí nos detendremos, veamos entonces qué podemos aprender o al menos qué es lo que servidor —en una lectura personal y sin pretensiones académicas— encuentra particularmente interesante, aquellas pepitas de sabiduría que nos hagan crecer interiormente y, en último término, nos permitan sentarnos en el aire como un maestroshaolin. Que de eso se trata.
La excusa argumental que da inicio a a la obra se basa en un grupo de peregrinos en dirección a la catedral de Canterbury que recalan en la posada del Tabardo. Allí el dueño del local les propone un concurso de narraciones —inicialmente cuatro por persona aunque solo leemos una— y al ganador le invitará a cenar en el viaje de vuelta. Ellos aceptan y las historias van sucediéndose en muy diversos estilos e intenciones, acordes a la personalidad de cada uno y siendo el propio Chaucer un personaje más, que en un guiño metaliterario incluso es abroncado por otro. Respecto a la época en la que está ambientada, es la misma de la citada obra deBoccaccio, así que también refleja el enorme impacto que tuvo la peste negra… aunque ni siquiera llegue a mencionarla directamente. En torno a la mitad de la población inglesa murió en apenas un par de años, dejando en consecuencia una gran cantidad de vacantes disponibles en todos los ámbitos productivos para los supervivientes. Una estructura social que había permanecido rígida durante siglos repentinamente se volvía mucho más abierta, había muchas más oportunidades para todos. Quizá sea eso lo que España necesite en estos tiempos, quién sabe, pues el resultado entonces fue el de dar paso a una nueva sociedad mucho más dinámica, la del Renacimiento. En el caso concreto de los personajes de las diversas historias y de los propios narradores, este hecho se refleja en su interés por prosperar, ascender y enriquecerse (con buenas o malas artes) de una manera que sus antepasados ni se habrían planteado. Quizá el caso más paradigmático sea el de la viuda de Bath, que en el prólogo a su cuento se muestra ufana en torno a cómo se ha casado en cinco ocasiones, heredando las tierras y la fortuna de cada uno de sus desdichados maridos.
Una víctima de la peste devorada por las ratas, Le miroir historial, siglo XV.
Una víctima de la peste devorada por las ratas, Le miroir historial, siglo XV.
Pero la revalorización de la ambición y el dinero no disminuyó sin embargo el odio a los judíos en la sociedad tardomedieval, del que Los cuentos de Canterbury tan buena muestra son. El origen del antisemitismo era una combinación de intolerancia religiosa y recelo ante la prosperidad que estaban alcanzando y la manera de hacerlo, pues los acreedores raramente lograrán caer simpático a alguien. Y es que a los cristianos el Evangelio de Lucas les decía «y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? (…) prestad, no esperando de ello nada», mientras que a los judíos por su parte el Deuteronomio les dictaba que «Al extranjero podrás prestarle a interés», siendo considerado extranjero alguien de distinta fe. Así que el préstamo con interés era algo repudiable que quedaba proscrito a los cristianos (el rechazo visceral que hoy en día generan los bancos en tantas personas quizá sea un lejano eco de ello) y ese espacio fue ocupado por esa diáspora de las doce tribus que tal como comienza relatando el cuento de la Priora «practica el sucio negocio de la usura, vicio aborrecido por Cristo y por los que practican su fe». Por cierto un personaje este, el de la Priora, de quien en su presentación se destaca su buena educación, pues era capaz de masticar sin que se le cayera la comida de la boca. No valoramos hoy en día como es debido el tener dientes.
La historia que nos cuenta, ambientada en la judería de una gran ciudad de Asia, se centra en un inocente niño cristiano que rezaba y cantaba con devoción camino de la escuela, para lo que debía cruzar dicho barrio. Pero entonces «la serpiente Satanás, que tiene en el corazón del judío un nido de avispas, se hinchó y dijo: ¡infeliz pueblo hebreo! ¿Os parece bien que un niño vaya por ahí entonando canciones cuyas palabras son un insulto a nuestra antigua fe?». Al oír esto los vecinos comenzaron a conspirar y el pequeño acabó degollado y tirado a un pozo que usaban para hacer sus necesidades. La madre, preocupada al ver que su hijo no llegaba a casa, recorrió el barrio y entonces se produjo el milagro de que, aún degollado, cantaba con voz melodiosa desde el fondo de aquel vertedero de inmundicias, dejando así en evidencia a sus asesinos, que fueron prendidos y ajusticiados. ¿Qué aprendemos entonces del cuento de la Priora? Pues que el judío usurero es de naturaleza conspiradora, diabólica y conviene darle su merecido pero no de cualquier manera, ojo, dado que «cada culpable fue descoyuntado, sus extremidades atadas a cuatro briosos caballos, y después colgados según ordenaba la ley». Mmm… no, me temo que no es una buena enseñanza. Sigamos con otra a ver.
Una de las características que dan modernidad a esta obra son los recursos narrativos que emplea, con tramas que se entrecruzan, pistolas de Chéjov (como los peñascos en el cuento del Terrateniente), una narración autoconsciente que recurre a las elipsis y a acotaciones («dejémoslos por un momento en su felicidad para volver con este otro personaje») e, incluso, a cuentos dentro de cuentos que a su vez forman parte de la historia central, como si de la película Origen se tratase. Esto lo vemos por ejemplo en el peculiar cuento del Capellán de monjas, una fábula sobre unas gallinas y un zorro que narran a su vez otras anécdotas protagonizadas por humanos, y también en como cada uno de los peregrinos explica su historia buscando a veces provocar a los otros ridiculizando su profesión, que a su vez replican con otra en sentido contrario, dándole así un hilo conductor al conjunto. Es el caso del cuento del Molinero.
En él se cuenta como un carpintero más ambicioso que espabilado es engañado por el estudiante que vive de alquiler en su casa, quien le hace creer que un inminente diluvio acabará con todo. Atemorizado, el carpintero se mete en un tonel colgado del techo por la noche, a lo que el estudiante aprovecha para ir a su cama y retozar con su esposa. Mientras tanto, otro aspirante a gozar de los favores de esa solicitada mujer canta junto a su ventana y ella, para espantarle, le ofrece un beso en la oscuridad. Él acepta y al aproximar los labios lo que asoma es el culo de ella (muy áspero y peludo, se describe). Ávido de venganza el amante frustrado vuelve con un tizón al rojo vivo y reclama otro beso, siendo esta vez el estudiante quien hace la broma de mostrar su trasero. Entonces le arrea con el tizón y el estudiante grita desesperado «¡Agua, agua!», lo que despierta al carpintero y lo agita al creer que ese grito es el aviso del inminente diluvio, haciéndole caer con gran estrépito y atrayendo así a todos los vecinos, que al ver la situación estallan en risas. En definitiva, por sus detalles y extensión es básicamente un chiste contado por Chiquito de la Calzada y aquí la moraleja está muy clara: no duermas en un tonel ni asomes el trasero por la ventana. Tal vez no sea la mayor perla de sabiduría de la historia de la literatura, pero nunca se sabe cuándo puede servir.
Manuscrito Ellesmere, siglo XV.
Manuscrito Ellesmere, siglo XV.
El siguiente cuento, narrado por un carpintero, tiene evidentemente como objetivo de sus dardos a un avaricioso molinero, cuyas esposa e hija son mancilladas por dos estudiantes a los que intentó estafar. Como vemos la infidelidad es un tema recurrente, presente también en otras historias y que contribuye a hacer de Los cuentos de Canterbury en su conjunto todo un tratado sobre el amor y el matrimonio. De hecho se suele atribuir a Chaucer el haber sido el primero en atribuir al día de San Valentin el significado que actualmente le otorgamos de celebración de los enamorados (aunque no por estos cuentos sino por su obra anterior, El parlamento de las aves). El cuento de Melibeo nos muestra por ejemplo a un hombre poderoso que se plantea iniciar una guerra contra sus vecinos como desagravio, pero su esposa Prudencia con gran elocuencia le termina persuadiendo para que opte por el perdón y la convivencia pacífica. La relación entre ambos es una estrecha alianza frente al mundo, en la que ella con una actitud aparentemente suplicante termina logrando que él haga todas y cada una de las cosas que le va pidiendo, como si fuera una marioneta en sus manos, aunque eso sí «Dios sabe que en mi propósito lo digo como lo mejor para ti, por tu honor y también para tu provecho». Algo similar a lo que encontramos en el cuento de la viuda de Bath y en el del Terrateniente, en el que se describe el amor como una entrega mutua en la que una parte es sierva y dueña simultáneamente de la otra:
El amor no debe ser forzado ni limitado por el dominio, ya que cuando este aparece, el dios encoge sus alas y emprende la retirada. Al amor no se le pueden señalar fronteras. Las mujeres, por propia naturaleza desean la libertad, no quieren ser tratadas como esclavas, y lo mismo sucede con los hombres.
Por su parte el cuento del Mercader, sobre un hombre rico que ya tiene cierta edad y se muestra ansioso por adquirir una joven esposa, va aún más allá al poner en boca de su protagonista que «un hombre que no esté casado es una basura». Aunque su hermano se ve obligado a refrenar tanto entusiasmo haciéndole ver que «solo Dios sabe las lágrimas que derramé desde que me casé. Que cuente las satisfacciones del matrimonio el que quiera o el que haya tenido suerte, yo solo puedo hablar de disgustos y obligaciones». Lo que entronca con otra de las ideas recurrentes que nos muestra Chaucer, la de que, por así decirlo, la hierba siempre nos parece más verde al otro lado del prado. Cada uno desea la suerte del vecino aunque el vecino envidie la nuestra, un sesgo psicológico recurrente y muy estudiado hoy día. Por cierto, al final del cuento del Mercader el protagonista acaba siendo un cornudo ante sus propios ojos, aunque ella termina convenciéndole de que no es lo que parece y siguen felices.
Para ir concluyendo no podemos dejar de mencionar la adaptación al cine que dirigió el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini y que le valió el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1972. No ponemos el enlace no vayan a cerrarnos el chiringuito, pero pueden encontrarla en YouTube en castellano. Es una versión muy similar en muchos aspectos a la que hizo previamente de El Decamerón, que conforma con la posterior de Las mil y una noches su llamada «Trilogía de la vida». Hay que decir que ha envejecido bastante mal, parece rodada con cuatro duros, tiene unas actuaciones pésimas y un hilo argumental un tanto inconexo, como si se hubiera reunido con un grupo de amigos un fin de semana y esto es todo lo que les hubiera dado tiempo a rodar. Eso sí, aparece mucha gente desnuda y follando, lo que provocó un considerable escándalo en su época, también en el Partido Comunista Italiano (al que el cineasta era tan afín) que lo tildó de «capitalista, reaccionario y lleno de concesiones con la sociedad de consumo». Visto hoy en día resulta bastante curioso que un partido político haga crítica cinematográfica, pretendiendo extender en ese ámbito también sus tentáculos como si de una iglesia o secta se tratase. El aludido por su parte tuvo una respuesta para todos ellos. «Mi película es casta», comenzaba diciendo, y no le malinterpreten, no se refería a que fuera bipartidista y corrupta, sino a que «no hay en ella escenas vulgares ni pornográficas. La pornografía es un vicio como otro cualquiera porque comercializa el erotismo, que es una de las cosas más bellas del mundo».
En cualquier caso, si no quieren verla completa sí que les recomiendo efusivamente los dos últimos minutos (a partir del 1:43:50) que recogen el prólogo del cuento del Alguacil. Pura poesía en imágenes en las que se plasma cómo un fraile soñó con que iba al infierno y allí, al no encontrar ningún otro de su condición preguntó al ángel que le guiaba si acaso estaban todos en el cielo, a lo que este le llevó ante Satanás y le gritó:
—Levanta el rabo Satanás! ¡Enséñanos tu culo y deja que veamos dónde está el nido de frailes en este lugar!
Y como un enjambre de abejas por el culo del demonio salieron veinte mil frailes en tropel, que pulularon por todo el infierno.

jueves, 19 de febrero de 2015

Escucha


Escucha:
me gusta
que me escupas,
que me insultes,
que me menosprecies,
que hieras con la aguja
de tus zapatos
la parte más blanda
de mi rabadilla,
que me ahogues
con tu intransigencia,
que pudras mi sonrisa
con tu rencor.
Y me gusta, sobre todo,
cuando me doy la vuelta
y me lamo las heridas,
restaño el boquete
de tus zapatos,
me aplico silencio
en el cuello,
y compruebo
con satisfacción
cómo la perversión
ha salvado a mi buen humor.

domingo, 15 de febrero de 2015

"Un Papa" por Javier Marías ("El País Semanal")

Este Papa actual cae muy bien a laicos y a católicos disidentes, y bastante mal, al parecer, a no pocos obispos españoles y a sus esbirros periodísticos, que ven con horror las simpatías de los agnósticos (utilicemos este término para simplificar). Las recientes declaraciones de Francisco I respecto a los atentados de París (qué es esa coquetería historicista de no llevar número: Juan Pablo I lo llevó desde el primer día) no parecen haber alertado a esos simpatizantes y en cambio me imagino que sus correligionarios detractores habrán respirado con alivio. Un Papa es siempre un Papa, no debe olvidarse, y está al servicio de quienes está. Puede ser más limpio o más oscuro, más cercano a Cristo o a Torquemada, sentirse más afín a Juan XXIII o a Rouco Varela. Pero es el Papa.
Francisco I es o se hace el campechano y procura vivir con sencillez dentro de sus posibilidades, pero esas declaraciones me hacen dudar de su perspicacia. Repasémoslas: “En cuanto a la libertad de expresión”, respondió a la pregunta de un reportero, “cada persona no sólo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común … Pero sin ofender, porque es cierto que no se puede reaccionar con violencia, pero si el Doctor Gasbarri, que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñezato. ¡Es normal! No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás … Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al Doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá. Hay un límite, cada religión tiene dignidad, cada religión que respete la vida humana, la persona humana … Yo no puedo burlarme de ella. Y este es el límite … En la libertad de expresión hay límites como en el ejemplo de mi mamá”.
El primer grave error –o falacia, o sofisma– es equiparar y poner en el mismo plano a una persona real, que seguramente no le ha hecho mal a nadie ni le ha impuesto ni dictado nada, ni jamás ha castigado ni condenado fuera del ámbito estrictamente familiar (la madre del Papa), con algo abstracto, impersonal, simbólico y aun imaginario, como lo es cualquier religión, cualquier fe. Con la agravante de que, en nombre de las religiones y las fes, a la gente se la ha obligado a menudo a creer, se la ha sometido a leyes y a preceptos de forzoso y arbitrario cumplimiento, se la ha torturado y sentenciado a muerte. En su nombre se han desencadenado guerras y matanzas sin cuento (bueno, no sé por qué hablo en pasado), y durante siglos se ha tiranizado a muchas poblaciones. Las religiones se han permitido establecer lo que estaba bien y mal, lo lícito y lo ilícito, y no según la razón y un consenso general, sino según dogmas y doctrinas decididos por hombres que decían interpretar las palabras y la voluntad de Dios. Pero a Dios –a ningún dios– se lo ve ni se lo oye, solamente a sus sacerdotes y exégetas, tan humanos como nosotros.
La madre de Francisco I fue probablemente una buena señora que jamás hizo daño, que no intervino más que en la educación de sus vástagos, y contra la cual toda grosería estaría injustificada y tal vez, sí, merecería un puñetazo. Pero la comparación no puede ser más desacertada, o más sibilina y taimada. A diferencia de esta buena señora, o de cualquier otra, las religiones se han arrogado o se arrogan (según los sitios) el derecho a interferir en las creencias y en la vida privada y pública de los ciudadanos; a permitirles o prohibirles, a decirles qué pueden y no pueden hacer, ver, leer, oír y expresar. Hay países en los que todavía las leyes las dicta la religión y no se diferencia entre pecado y delito: en los que lo que es pecado para los sacerdotes, es por fuerza delito para las autoridades políticas. Hasta hace unas décadas así ocurrió también en España, bajo dominación católica desde siempre. Y hoy subsisten fes según las cuales las niñas merecen la muerte si van a la escuela, o las mujeres no pueden salir solas, o un bloguero ha de sufrir mil latigazos, o una adúltera la lapidación, o un homosexual la horca, o un “hereje” ser pasado por las armas. No digamos un “infiel”.
Así que, según este Papa, “la fe de los demás” hay que soportarla y respetarla, aunque a veces se inmiscuya en las libertades de quienes no la comparten ni siguen. Y en cambio “no se puede uno burlar de ella”, porque entonces “estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al Doctor Gasbarri…”. Sin irse a los países que se rigen por la sharía más severa, nosotros tenemos que aguantar las procesiones que ocupan las ciudades españolas durante ocho días seguidos, y ni siquiera podemos tomárnoslas a guasa; y debemos escuchar las ofensas y engaños de numerosos prelados en nombre de su fe, y ver cómo la Iglesia se apropia de inmuebles y terrenos porque sí, sin ni siquiera mofarnos de la una ni de la otra, no vayamos a “provocar” como ese pobre Doctor que se ha llevado los hipotéticos guantazos de Francisco I. Con semejantes “razonamientos”, no se hace fácil la simpatía a este Papa. Al fin y al cabo es el jefe de una religión.