miércoles, 18 de septiembre de 2013

Sobre la filosofía y la reforma educativa

Félix de Azúa: Contra cualquier novedad

La escuela de Atenas, de Rafael










Una amiga me ha pedido que escriba un juicio sobre la filosofía, para mediar en la actual disputa 
sobre la reforma educativa que ni es reforma ni es educativa. Absolutamente convencido de que 
es el ejercicio más ineficaz al que pueda uno ponerse, emprendo el dichoso juicio.
Empecemos por el principio fundamental, la filosofía es la disciplina intelectual más importante de 
cuantas se puedan ejercer con un poco de cabeza. Su segunda fundamental característica es que no 
sirve para nada.
Que es más importante que las matemáticas, la física, la química, la medicina o la ingeniería, significa
 que importa más que ellas, es decir, que su interés es más alto, está más arriba, como mirando desde 
una cierta y angustiosa altura en la que el panorama da vértigo. Ninguna de las ciencias severas y humanas
 podría ser lo que es si previamente no hubiera sido marcada por la filosofía. Es la filosofía la que pone 
marco a cada ciencia. El objeto de las ciencias es un desconcertante espacio que solo la filosofía puede
 delimitar. ¿Cuál es el objeto de la física, de qué se ocupa? ¿De qué hablamos cuando hablamos de «física»?
 Al físico esta pregunta le importa una higa, y así ha de ser, pero sin responder a ella su ciencia se trivializa
 y se convierte en mera técnica.
Como dijo el último filósofo, las ciencias no piensan, no tienen por qué pensar, les basta con describir.
 Lo que piensan es lo interno a su descripción o experimentación, su metodología, por ejemplo, pero el 
científico no tiene por qué situar sus experimentos y averiguaciones en el orden del pensamiento 
conceptual. La ciencia fue pensamiento hasta no hace mucho. Todavía Hegel llamaba a su tratado de lógica
La Ciencia de la lógica. Hoy esto ya no es posible. A pesar de que la filosofía es el pensamiento más 
elevado y el que mayor horizonte domina y por lo tanto el que puede englobar un mayor número de 
preguntas y enlaces entre respuestas, de hecho ha sido sustituida por la historia de la filosofía.
Aun así, la historia de la filosofía es sin duda la experiencia más dura y exigente a que puede 
someterse el intelecto, incluso en nuestros días, si se estudia seriamente. En esa experiencia 
(que dura toda una vida) pueden irse integrando las ciencias, cuando es necesario. Más de un filósofo 
conozco que ha acabado por dedicar años a la matemática de René Thom o a la física cuántica, 
precisamente como territorios menores y más accesibles dentro del inmenso campo de la filosofía.
La segunda parte tampoco tiene duda. La filosofía no sirve para nada porque, junto con la religión 
y el arte (ambos en trance de acabamiento), era el tercer pilar de nuestro entendimiento del mundo. 
Durante trescientos siglos nos habíamos explicado nuestra extraña condición como los únicos
 seres vivos conscientes en un universo infinito e inanimado, mediante esas tres admiraciones: 
la religión nos permitía inventar seres superiores a los que quizás algún día alcanzaríamos. Con las 
artes representábamos el mundo, sus animales, sus plantas, el firmamento, sus habitantes humanos, 
como una perfección posible. La filosofía nos permitía luego poner la religión y el arte en su 
sitio, como discursos de la espontaneidad inmediata y de la bella ingenuidad, pero sin destruirlas, 
solo prescindiendo de ellas como quien suspende la credibilidad.
Todo esto ya no es necesario porque hemos entrado en una etapa del mundo enteramente distinta. 
No precisamos ya de explicaciones globales. Es más, no queremos teorías globales sobre los 
humanos y su desconcertante aparición en el universo. Solo entretenimientos locales. No es que 
haya desaparecido el horror de la insignificancia (de hecho, la nada se ha convertido en el fundamento 
del universo, como expone el célebre libro de Lawrence Krauss), la aniquilación, la estupidez y 
el dolor, sino todo lo contrario: están tan presentes en nuestra vida que preferimos escondernos en el 
cuarto de juegos, encender la pantalla y agitar una banderita.
Aquel que se dedica seriamente a la filosofía (sobre todo fuera de la Universidad) es alguien que, 
posiblemente asqueado por la programación, ha abandonado el cuarto de los juguetes y avanza a tientas
 por los oscuros pasillos de lo que ya no es su casa. Este desahuciado es el único que a lo mejor se entera
 de algo. Pero no volverá para contarlo.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Declaración de sucias intenciones (del poemario "Los placeres y otros fluidos")

Presentación de un poemario que pienso escribir antes de que den las 12 de la noche de este día 8 de septiembre de 2013 para disfrute exclusivo de uno mismo. Solo publicaré aquí las poesías que consigan librar una estricta censura.

No he llegado hasta aquí
para amargarme con las reflexiones
de existencialistas.
No, no he llegado hasta aquí para eso.
sino para cantar los placeres
de la vida,
para saborearlos con el paladar bruñido
de los clásicos,
para andar de la mano de Ovidio
y recuperar la sinceridad de la voz,
si alguna vez la tuve.

Es difícil hablar de la carne
arañando nuestra propia piel.
Es difícil rebañar la herida abierta
y definir el sabor de nuestra propia sangre.
Pocos fueron los que acertaron
con la descripción precisa,
pocos los que consiguieron
provocar en otros
la sensación de arrancar los labios
del escribano.
Menos aún los que lograron
hacer transfusiones de miga de pan.

He llegado hasta aquí
para clavarme los dientes
en las ingles,
y aunque parezca imposible
la contorsión,
me ejercitaré
hasta ser inverosímilmente flexible.

sábado, 27 de julio de 2013

Jorge Bustos: "La pícara comezón de desollar al prójimo" (disputas de los escritores de principio de siglo)



El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.
Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes yQuevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.
Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.
Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.
Ramón de Valle InclánSin más obra que los versos de sus cuatro poemarios ni más honores que un premio en un certamen arequipeño, el poeta de egotismos nietzscheanos devino furioso libelista y declaró la guerra a todo el estamento literario español, desde los autores más conspicuos a los oportunistas más evidentes, entrevistándolos a todos ellos, humillando por igual —merced al sistemático uso del off the record a las figuras sagrados de principios de siglo y a nombres hoy justamente olvidados: Ricardo León, Gregorio Martínez Sierra, Azorín, Emilio Carrere, Baroja, los hermanos Quintero, Jacinto Grau, Concha Espina, Benavente, Julio Camba, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Pérez de Ayala, Maeztu, Juan Ramón Jiménez, Palacio Valdés, Ramón y Cajal, Cansinos-Assens, Villaespesa, Marquina, Noel… Todos entraron al trapo de un falso carné que rezaba: Corresponsal de la Prensa Peruana en Europa. El escritor vive de vanidad y de vanidad muere, y todos desataron imprudentemente sus lenguas viperinas ante aquel joven periodista que prometía transportar el eco de sus santos nombres allende el Atlántico. Por el libro desfilan 34 españoles y cuatro hispanoamericanos afincados en Madrid de diferentes generaciones y movimientos literarios, epígonos de un romanticismo apolillado y renovadores ultraístas, filósofos conservadores y versificadores del modernismo, periodistas de celebrada ironía y dramaturgos millonarios, poetas insobornables y novelistas folletinescos, bohemios hambrentones y esnobs amanerados. Todos se destrozan entre ellos ante los oídos aparentemente distraídos de Guillén amparándose en la cláusula de confidencialidad, en la creencia de que aquel jovencito que fingía una logradísima ingenuidad respetaría el secreto de lo inconveniente y restringiría sus notas públicas al panegírico de curso común en la prensa cultural, hoy como ayer.
Pero Guillén, tras la entrevista del día, llegaba a su miserable pensión y transcribía el retrato menos favorable de los posibles, sin traicionar por ello la verdad de lo oído ni cansarse en apostillas personales más allá de sañudas descripciones físicas, que persiguen siempre un parangón zoológico en el aspecto de sus entrevistados. Si Diógenes vagaba de día por Atenas con su candil buscando un hombre honesto, uno que viviera para sí mismo, Guillén se postula cínico en Madrid a la busca de la honestidad extinguida de la fauna literaria, paseando más que una linterna un espejito de mano en el que reflejar con aumentos deformantes, justo es decirlo la miseria moral imperante entre los tenidos por los más venerables de toda colmena humana: sus artistas, intelectuales, académicos y poetas. Lo que fascina de Guillén es la seguridad desarmante que tiene en sí mismo, la temeridad victoriosa con la que desafía a gigantes y logra abatirlos con la fuerza refleja como en judo de su propia vanidad.
Así, Baroja comparece como un vejete misantrópico que no se lava, que “huele a ratón” y que acostumbra “eructar ante la gente sus ajos y sus tonterías”. De Benavente señala Pérez de Ayala “esa malevolencia morbosa y aguda que caracteriza a las mujeres”. Fombona deshace a los mentecatos “bajo sus adjetivos con un muñeco de serrín”, y carga contra los escritores de Argentina que, “no pudiendo ser la cabeza de Suramérica, ha preferido ser la sotacola de Europa”. A Camba se le reconoce su gracejo inimitable “puede no firmar sus crónicas”, concede el autor, aunque en tertulia el gallego no tiene piedad de la beatería de Maeztu o la fatuidad de Grau, quien en el paroxismo de la petulancia sentencia ante Guillén: “Esquilo, Shakespeare y yo”.Carmen de Burgos, alias Colombine, destripa a Cansinos-Assens: “Nació fracasado, vive fracasado, es un fracasado. Todos lo sabemos y lo peor es que él también lo sabe. Tiene los tres sexos, pero es sucio y desharrapado. Mejor no hablemos de él porque llegaríamos a sentir mal olor”. A su vez, Cansinos desagua los celos que le tenía a Ramón reduciendo el talento del inventor de la greguería a “tomar el pulso a las ranas”. Ramón responderá al judío Cansinos sin compasión: “¡Pobre Cansinos, desgalichado, viejo, con cara de caballo a cuestas, torcido, con sus miradas estearinosas, antiguo como el Talmud!”.
A Valle-Inclán atribuye Concha Espina un alma pequeña, una barba sucia y una terrible intolerancia hacia el talento de los demás. El valenciano Federico García Sanchiz declara: “Sí, yo me baño. Soy una excepción de la regla. Los españoles no se bañan ni tienen mujer. Por eso andan con la piel tirante y padecen del hígado. Son biliosos. ¿Sabe? Ni Baroja ha resuelto el problema sexual (…) ¿Belda? Es mi amigo; explota el apetito de los onanistas y de los viejos masoquistas, pero tiene mucho talento…”. Azorín “posa en gélido”, dándoselas de asceta incorruptible, al igual que Juan Ramón, que levanta acta de defunción sumaria de la literatura española a excepción de él mismo, poeta de incombustible llama interior que “necesitaría trescientos años para dar todo lo que lleva aquí”. Durante la entrevista al autor de Platero, el joven Guillén logró ligarse a la criada y salió de la casa murmurando: “Ya ven lo que se saca de visitar grandes poetas: liarse con las criaditas rubias de ojos tristes”. Ramiro de Maeztu cultiva la pose del pensador de Rodin, aunque luego se queja de las puyas de Pérez de Ayala, a quien llama “roedorcillo”, y el poeta Eduardo Marquina posa de hombre ocupado, de agenda apretada debido a su éxito, pero entre idas y venidas del despacho al dormitorio siempre encuentra tiempo para despellejar a sus contemporáneos: “Gasset es otro que quiere ser profundo a fuerza de ser oscuro, y a veces suele salirle la frase como al borriquillo de la fábula, por casualidad. (…) Arniches es una cosa que necesitó Pérez de Ayala para tirársela a Benavente a la cabeza”. Martínez Sierra se las echa de bolchevique y enemigo de la Corona, pero le explica a nuestro reportero que no lleva su republicanismo al teatro porque, citando a Lope“el vulgo es necio, y pues lo paga, es justo / hablarle en necio para darle gusto”. Y el tremendo bolchevique se apresura a pedir a Guillén un borrador de la crónica para darle el visto bueno. De Ortega resalta el autor su fealdad y su pose de cumbre “a la que yo nunca he de subir”. Eugenio Noel, que acusa a Azorín de hacer acuarelas, escritos sin hondura, exclama sin ruborizarse en mitad del café: “Si Cervantes pestañeara, estaría a mi lado…”. Y en este plan todo el libro, con una gracia vitriólica que te saca la carcajada y una modernidad en el estilo que asegura su sorprendente vigencia. Terminamos la obra admirando la audacia y la inteligencia de este desconocido por los manuales de literatura que está muy necesitado de reivindicación urgente, de reconocimiento a su hazaña sin precedentes en la historia de nuestras letras, con UmbralCela yUllán como contadísimos seguidores. Es que hay que tener muchos huevos y una atalaya fortificada o un billete solo de ida al extranjero caso de este Diógenes peruano para matricularse en esa escuela tan ingrata como jugosa del ataque literario.
Pero el espejo de Guillén no solo refleja la mezquindad de los escritores sino del carácter español en general, pues el peruano acusa una clara emergencia de ese rencor indigenista sobre el que se fundaría el populismo antiespañol suramericano durante todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI. En el caso de Guillén, razón no le faltaba al señalar las deficiencias de aquella España que suma a su atraso histórico la vergüenza de su propia identidad: “Faltan baños y sobran mendigos; faltan industrias y sobran hombres robustos que se tienden con la panza al sol, faltan escuelas y sobran folletines pornográficos. Ya ni siquiera hay mantones ni peinetas, y hasta las muchachas de la vida de la calle Mesonero o de Jardines y las papillotes de Maxim’s o de Rosales tratan de imitar la R de las cocotas galas y se oxigenan los cabellos cortados por la nuca (…) Yo amaba una España de cartulina postal, donde los mantones de las manolas detonan sus colores violentos sobre las sierras bravas, donde los ojos de las gitanas arden, abriendo la promesa de una sonrisa cálida, y donde las bailaoras repican las castañuelas (…) Y España empieza a despreciar sus chulos y sus toreros, sus mantillas y sus peinetas. Es decir, lo único típico, lo único español. Quiere imitar a Francia, y solo le toma los defectos; quiere modernizarse, y pierde toda su alma apasionada y mística, ardiente y aventurera”. Fombona, a quien suponemos habrá leído su paisano Nicolás Maduro, llegó a decirle a Guillén que su libro sería una “batalla de Ayacucho espiritual”, pues “es preciso decirle a España que hemos dejado de ser colonias definitivamente”.
Miguel de UnamunoLa linterna de Diógenes fue ampliamente reseñada y más abundantemente comentada en los cafés y teatros del todo Madrid durante aquel año de 1921, y supongo que ya en lo sucesivo. De golpe, todos los escritores de España dejaron de mirarse a la cara. Las heridas en el orgullo del artista cicatrizan mal, si es que lo hacen, y la venganza del poeta pobre pero talentoso fue dulcísima y completa. “Es un libro triste para los españoles”, escribió Unamuno. “El paisaje literario que describe no puede ser más desolador, y aterra la idea de estar uno en él avecindado con sentimientos de rivalidad y odio tan feroces”, publicó en su columna Luis Araquistáin. “La mayoría de los ingenios interrogados por Guillén no ha podido resistir la pícara comezón de desollar al prójimo. El cuadro es regocijante y triste a la vez”, sentenció el mismo Manuel Azaña. Desde el otro lado del charco, el ecuatoriano Gonzalo Zaldumbideaplaudía la gesta: “La risa que excita (¿salubre?, ¿malsana?) parece esponjar, refrescar las partes del alma magulladas por la hipócrita camaradería literaria y el resobado panurguismo. Y, pensándolo bien, no deja de tener su gallardía el decirles esas cosas enormes a los españoles en sus barbas”. Todo un triunfo.
Recorre el libro una doble obsesión por la higiene y por el sexo, o sería mejor decir por la suciedad y la represión que marcaban la vida del español primisecular. Alberto Guillén se sacude los complejos confesando en carta a su padre que gasta en putas el importe que saca empeñando los libros dedicados que le van regalando los entrevistados. Pero hay libros que no vende, y que lee con aprecio sincero. Es el caso de los dos Ramones, de Fombona, de Carmen de Burgos y, sobre todo, de Gabriel Miró. A Gómez de la Serna se le reconoce el estatus de genio, le nombró corresponsal honorífico de Pombo en América, prologó la obra y saludó su aparición puntualizando que el autor abusó de muchas confianzas pero que su obra tiene la virtud de “aclararnos quiénes son los amigos y quiénes los enemigos”, acreditando así buen encaje y autoestima blindada, pues no queda su nombre del todo a salvo de puyas. La simpatía con Pérez de Ayala nace de su declarada frustración por haber nacido español y la coherente virulencia con que ataca a todo juntaletras del país, pero a pesar de adivinar las consecuencias animó a Guillén a publicar su libro, que “enseñará a amordazar esos pequeños odios, esos pequeños rencores que se tienen unos a otros, y a no tener siempre sino una opinión”. Carmen de Burgos elogió en prensa la “indiscreción útil” de la obra y se ganó así una visita posterior de su autor y una amistosa crónica de esa entrevista adicional que se incluiría en ediciones posteriores. De Fombona admira la hombría, pero señala el coste despiadado que entraña una renuncia total a la hipocresía.
Pero la verdadera, única gota de honestidad pura en el desierto de la chismografía nacional la encarna el bueno de Gabriel Miró, el único escritor sin máscara ni pose que se abre como es ante la mirada clínica de Guillén, confesándole sus dudas, sus sudores para escribir una buena frase, su vocación abnegada de escritor, su admiración por el mérito ajeno. Y al haber encontrado al fin un hombre, nuestro autor endereza por primera vez el rictus burlón de sus labios y se pone serio: “Miró no es un hombre social. Está lejos de toda esa gesticulante farsa literaria. No usa antifaz, ni cotiza su voz en el mercado de elogios. No sabría llevar el esmoquin o la chistera, o escribir un capítulo de libro o un retazo de comedia tras un banquete trivial. Está bien lejos de toda esa comadrería literaria, entre la cual he paseado mi alma como un espejo curvo e irónico; esa comadrería que me ha encharcado un poco, pero de la cual he salido riendo como un niño. Un niño un poco malo, es verdad; un niño cazador de mariposas; un niño ingenuo, muy ingenuo, pero que sabe distinguir el gato de la liebre, y sabe, además, escribir, sobre el humo, una alegre tabla de valores”.
No es el lugar para debatir sobre la viabilidad de la convivencia humana si todos practicáramos la sinceridad absoluta. Tampoco hace falta decir que creemos en la separación entre ética y estética, y que no hay que enjuiciar la calidad literaria de los autores citados por el impudor de sus vicios y su resuelta apostasía de cualquier signo de caridad y de modestia. Ya Lope de Vega escribió, cegado por la envidia: “Ninguno es tan necio que alabe el Quijote”. Lo que he querido demostrar en este ponzoñoso artículo es que la iconoclastia por la iconoclastia no tiene mérito, que es preciso aprender de nuestros clásicos a insultarnos con estilo y que hoy a cualquier cosa le llamamos rajada.

domingo, 7 de julio de 2013

Poema escatológico



A veces (no siempre)
advierto un vacío
en medio del vientre
que intento empastar
con miga de pan
y sangre caliente.

A veces (no siempre)
un golpe de alcohol
me rompe los viernes
y se abre la brecha
que muerde, que duele,
que ahonda la herida.

A veces (no siempre)
escruto los posos
del bacín de peltre
y leo la causa
de mis padeceres:
la vida se ahoga
al oler la muerte.

A veces (no siempre)
el último tramo
que lleva a la nieve
es senda de piedra
y brasas ardientes.
Y yo, sin zapatos,
camino doliente.

A veces (no siempre)
con los pies desnudos
preparo, inocente,
alfombras de tinta
para protegerme.

A veces (no siempre)
Hay voces que claman:
“¡Mientes, mientes, mientes!
Surgen tus palabras
entre dientes verdes”.

A veces, casi siempre,
no siento lo que digo,
y el bacín de peltre
denuncia el embuste
de mis tibias heces.


jueves, 4 de julio de 2013

Las vacas y los días





















Seguía a las vacas
como ellas contemplan el ferrocarril,
con la idiotez del rumiante.
Seguía su ritmo cansino
de ubres bamboleantes
y anoté en mi cuaderno
los pasos recorridos.
Me tumbé en la hierba
como ellas hacen
cuando se hartan de pasear
su pesado cuerpo
por el campo.
Y rumié las nuevas del día.
Y volvió a pasar el tren para
atrapar ahora mi atención.
Sentí el fresco de la tarde
y todo se volvió estrépito,
(por un instante).
Y volvieron las cigarras
con su viola rota
para envolverme en el vacío.
Arranqué unas margaritas
y las mastiqué hasta hacerlas
papilla. Un gusto amargo
llenó mi paladar
y volvió a pasar otro tren,
el de la noche,
ya sin vagones,
con destellos de lámparas
flotando vacilantes en la oscuridad,
rompiendo la noche sobre los raíles,
y rumié las margaritas hasta engullirlas
sin aprensión.
Me acurruqué en la base de una encina
y esperé al sueño con la docilidad
de un animal sin ambiciones,
domesticado, huero.
Con la felicidad de las bestias,
me dormí y me despertó de madrugada
el correo de las siete y media.

Sin palabras


Se encontró con la ruina,
con la sola esposa de la mañana
y volvíó con ella a su noche
y labró con ella surcos de angustia.
Se hace pronto la tarde
y nadie nos recoge de la mano,
partimos hacia el crepúsculo
como abejas ebrias de polen
y ya no hay nada,
ni siquiera remos en la montaña,
ni siquiera labios en el horizonte.

Despídete sin palabras,
sin doblegar la voluntad de la lluvia,
despídete sin lágrimas,
diluyéndote en la espesura de las sombras.
No hables, despídete sin palabras.

domingo, 23 de junio de 2013

Final de "La conciencia de Zeno" de Italo Svevo


El final de la novela de Italo Svevo, "La conciencia de Zeno", publicada en 1926, ofrece una especie de profecía irónica con una clarividencia de visionario que asusta por su acierto:
"Tal vez gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud. Cuando no basten los gases venenosos, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos. Y otro hombre hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará dicho explosivo y se situará en el centro de la Tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la Tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades."

martes, 18 de junio de 2013

"Fábula de la génesis de una novela" (Bilis, historia para un solo lector)


Soñé durante varias noches que yo era mi padre, que mi padre era mi abuelo, que mi abuelo era mi bisabuelo, que mi bisabuelo era mi tatarabuelo, que todos éramos el mismo. Nos encontrábamos en medio de un páramo yermo, solo se oía el sonido del viento y me asomaba a un precipicio en cuyo fondo se alojaban las carcasas de mi familia, las camisas de serpiente de las que se habían despojado mis antepasados para introducirse en el cuerpo nuevo de sus hijos. Mi abuelo tiraba esa cáscara de piel arrugada al fondo del abismo y se metía dentro del cuerpo de mi padre, mi padre hacía lo mismo y se metía dentro de mí. Formábamos una cola interminable que acababa en el borde del precipicio. Al abrirse el plano del sueño (siempre sueño con más de una cámara), comprobé que no era solo la fila de nuestra familia la que estaba allí, todo el páramo estaba lleno de columnas de hombres que esperaban su turno para ser poseídos por sus antecesores y así asomarse al borde del precipicio.
Una vez que mi padre entró en mí, un enano con cascabeles me estampó un sello de tinta en la frente: la cédula necesaria para identificarme como miembro terminado. Ejercían de empleados del sueño, se movían por el páramo como ratas nerviosas que presienten el fuego. Dos de ellos me arrastraron hasta una habitación estrecha, oscura, en la que tuve que agacharme para entrar. Me sentaron en una silla metálica y a modo de interrogatorio de serie policíaca comenzaron no a sacarme información sino a darme instrucciones: me ordenaron que olvidara todo lo que mi padre había sido, que abandonara la idea que se impone cuando uno madura (que la vida tiene poco sentido).  Yo ya era mi padre, yo ya era el viejo que mi padre era (me lo confirmaba el espejo) pero no debía mostrarlo. Había que dotar de sentido a lo que me quedaba por vivir (así me lo ordenaban los enanos).  Los putos enanos daban vueltas a mi alrededor, se subían a la mesa, me abofeteaban con saña, sonaban los cascabeles cada vez que me clavaban su mano abierta sobre la cara y me instaban una y otra vez a que odiara todo lo que mi padre me había inoculado. Utilizaron medios mecánicos de persuasión, al modo de La naranja mecánica (mis sueños son muy cinematográficos). Me obligaban a ver proyecciones de la vida de mi padre, de mi vida, para que las odiara, para que las olvidara, para que no formaran parte de toda esa absurda montaña de herencias transmitidas a través de la suplantación física.
Desperté, me había caído de la cama, sudaba mucho, abrí los ojos y comprobé que estaba en mi habitación. Oí unos cascabeles que se perdían por la escalera, bajé tras ellos. Me guio su sonido hasta el despacho y comencé a escribir “Bilis”. 
Mi padre ya estaba en mí, solo hay que leer el primer capítulo de la novela para comprobarlo. La primera frase es, con poquísimas variaciones, la que diría mi padre poco antes de morir un año después: “El día que murió mi padre me cagué en Dios hasta que se me rajó el paladar”. Escribía yo, pero era realmente mi padre el que lo hacía recordando a su vez la muerte del suyo.
Continué en ese trance durante meses, inventando los recuerdos de mi padre o quizá no. Es posible que las amenazas de los duendes no surtieran efecto y las historias se atuvieran a una realidad de la que ni siquiera yo era consciente. Que escribiera al dictado del que me suplantaba creyendo que escribía ficción cuando no eran sino recuerdos de alguien que no era yo.
Los malditos enanos me visitaban todas las tardes, me exigían coherencia en el relato y me apartaban  de la desorganizada realidad. No los veía, oía sus cascabeles alrededor de la mesa del despacho. Notaba cómo me estiraban las orejas, cómo me metían los dedos en los ojos, cómo me apretaban las sienes con sus puños de muñecas de feria. Y me confundían el relato, me sacaban de mi padre para que no fuera él, para que se convirtiera en Marcelo Atienza, el protagonista final de mi novela.
El orden narrativo fue dejando poco a poco la vida de mi padre de lado. O era él mismo poseído por su padre quien se había adueñado del relato. Todo se confundía en un juego de perspectivas que interponía un espejo a otro. Los puñeteros enanos se exasperaban, se ofendían, me dañaban. Veían cómo Marcelo Atienza (la imagen de mi padre) se apropiaba del relato y volcaba la memoria de mi abuelo hasta provocar su desgarro: lo rememora, lo idealiza, lo vuelve personaje legendario, lo convierte en alguien que tampoco era él. 
 "Veo a mi padre hablando de la admiración de los parisienses ante el esplendor de Naná en el hipódromo del Bois de Boulogne, mientras sorbo absenta de un medio cráneo desportillado. Se desliza el discurso de su admiración con una parsimonia densa, mastica las palabras, se atusa el pelo y, en el cuento de la carrera final (…), unas gotas de brillantina perlan sus sienes morenas. Ladea la cabeza para mirarme, pero no parece verme. Mi transparencia me pone nervioso. Intento agarrarlo de la manga, quiero tirar de las solapas de su chaqueta, pero no consigo alcanzarlo (…) El aceite sigue chorreando, cada vez con mayor caudal, por el rostro de mi padre. Detiene el discurso para enjugarse la brillantina con un pañuelo blanquísimo. Nos encontramos solos, él y yo. No se oye ningún ruido, ni siquiera hay nadie tras la barra. Su voz reverbera en la botillería empolvada y vuelve a mis oídos envuelta en un timbre cristalino que no recordaba. Tengo la sensación de haberme trasladado a los días en que yo no lo conocí, a aquellos momentos sobre los que tantas leyendas había forjado. Leo sus labios con el placer de verle narrar el triunfo de Naná (…). Tantas veces había pasado sobre ese pasaje que casi lo recito a coro con la voz empastada de Melquiades. Transfigurado por la copiosidad del ungüento que le rezuma de la cabeza, sigo su letanía narrativa hasta que el uniforme de lona de un guardiacivil se interpone entre nosotros. No puedo ver su rostro, las cinchas acharoladas que le ciñen la guerrera chirrían hasta dañarme los oídos. Lo prende por los sobacos y lo saca a rastras de aquella sala luminosa que poco a poco se va apagando como una lámpara de gas agotada".

La narración se convierte en una lucha a muerte entre el recuerdo del pasado y los putos enanos que no paran de incordiar y agitar sus cascabeles encima del teclado del ordenador. Es un duelo parricida de hijos en rememoración imposible de la vida de sus padres, es la historia sempiterna del miedo al olvido. El almacén de ultramarinos, escenario de la memoria, se desmorona sin remedio en los rincones del recuerdo, herido por los bocados voraces de las ratas. 
 Todo se disloca en detrimento de la memoria. No hay manera de recuperar el pasado , como no hay forma de reconstruir las paredes de tierra asoladas por los roedores. La ficción y la realidad se revuelcan en la misma cama, se aman, se odian, se escupen, se lamen, se hacen de todo. 

 No tenía especial interés en contar una historia de posguerra, es más, me repelía esa época para enmarcar una historia. Pero seguía el mandato del sueño: una especie de encargo sentimental que no podía eludir. La realidad se me escurría entre los dedos, se me deshacía, me la machacaban esos putos enanos saltarines que no me permitían hablar con fidelidad del pasado. La ficción iba ganando terreno, se adueñaba del relato. Quedaban como testimonios de la memoria los escenarios, las descripciones del almacén, del baile, de las calles, de las fiestas, del sórdido ambiente de la época, de los personajes amputados por el silencio de posguerra, pero la narración seguía el dictado de los cascabeles de los enanos. No había manera de que los recuerdos engarzaran una historia coherente. Los puñeteros enanos me obligaron a echar mano de la ficción, del sueño, del imaginario descabellado para construir la historia.
 Desde luego, el intento de “Bilis” no ha sido reconstruir una anécdota del pasado, ni por supuesto reclamar ninguna deuda que yo tuviera con él (quizás sí mi padre y los que vivieron la maldición del silencio). El mismo relato me llevó sobre su propia tesis: el pasado no se puede recobrar en el recuerdo, se nos deshace como esas paredes de arena de la trastienda. Es nuestra imaginación la que inventa el pasado y lo convierte a su antojo en lo que ella quiere.

                                                                                                                               

martes, 11 de junio de 2013

"La dolce vita" : quarto giorno, "Un vía crucis con Emmanuelle". Crónicas romanas.


Último día en Roma. Los cielos se han calmado y luce un sol espléndido dispuesto a despedirnos con todos los honores. La libertad que hemos dado a los chicos renueva nuestras fuerzas, aunque sean ya muchos los kilómetros que entorpecen nuestras piernas. Al llegar a la explanada en donde se yergue San Juan de Letrán, la luz ruge tan furiosa que nos parece oír ritmos caribeños mezclados con las letanías de las misas del Corpus. Pero no es un espejismo, realmente en las puertas del templo se dispone un escenario de donde sale la alegría contagiosa de los ritmos salseros. Chicos y chicas de una escuela de baile le dan vida a la imponente fachada de la primera basílica católica. Las esculturas que coronan el atrio neoclásico parecen bailar también sobre sus peanas de granito. Al penetrar en la frescura del templo, se amortiguan los ritmos cubanos para ser sustituidos por coros mortuorios de eunucos encarnados que empapan las bóvedas con rancias melodías. El contraste de la alegría del sol y de los bailes con la angustia de las imágenes y de los cánticos corales es una fiel metáfora de la muerte y de la vida. Impresionan las dimensiones de la nave y la magnificencia de las esculturas que representan a los fundadores de la Iglesia. Una sensación parecida sentimos al penetrar en Santa Mª la Mayor. Vaya peregrinación, nunca había tenido un domingo tan santo desde que mi madre me llevara a la iglesia de mi pueblo para tomar la comunión. Incluso nos topamos con los fastos finales de la misa del Corpus en la que la púrpura y el dorado de los casullones es tan obscena como el trono en el que Emmanuelle presentaba su película más escandalosa en los años 70. Los obispos muestran sus mitras, sus báculos, se levantan y comienzan la procesión dentro del templo, seguidos de una comitiva de militares con tricornio antiguo. Me parece haber entrado en una pelíicula tan rancia que apenas puedo dar crédito de lo que estamos viviendo. En cualquier momento, por cualquier rincón de la iglesia pueden cobrar vida todas las momias de papas, santones y curas enterrados en ese antro y levantarse para llevarnos con ellos. La luz de nuevo nos da un respiro, pero corto. Para terminar el vía crucis volvemos al Vaticano. Allí ríos y ríos de masa vuelven de una nueva sesión papal. Me siento realmente extraño, como en aquella película (y vuelvo al cine de los 70) en que una chica comienza a descubrir su sexualidad y todo se le vuelve sucio, hasta las tabletas de su falda. No buscamos los templos, sino el lugar en donde comimos unos tagliagolo que nos deleitaron con más fuerza que los museos vaticanos. Pero el domingo en los alrededores de la Plaza de San Pedro nada es lo mismo. Nos han cambiado el menú, la masa no permite cocinar con el sosiego que merecen esas comidas elaboradas, y nos defrauda la comida que los domingos reservan para los fieles fervorosos de las hostias y los sudores.
Por la tarde en el Palacio Borghese y en sus jardines disfrutamos de una jornada de puro arte. Aquí sí podemos gozar con la placidez de la contemplación. En las salas del palacio se dispone una colección de muy buen gusto, sin masificaciones, preparada para que un esteta se deleite con las delicias del arte sin prisa. En El rapto de Proserpina los dedos del fauno hollan los muslos de la ninfa para hacernos creer que el mármol es tan maleable y vivo como la carne deseada. Dafne se transforma en laurel de piedra ante la vista aterrada de un Apolo desconcertado. Los sátiros aparecen por todos los rincones con sus orejas afiladas de duendes pícaros, así como las ninfas desnudas, para contrarrestar el empacho de sotanas e incienso que habíamos recibido por la mañana. Seguro que en una de estas habitaciones, escondido, está uno de los Borghese esperando a que nos vayamos para seguir disfrutando de su palacio con el brillo de la lujuria tensando sus ojos repletos de sexo. A la salida, de nuevo el señor Peronni nos solaza del calor y nos relaja sobre un banco desde el que vemos correr a los muchachos por la hierba y rodar a los triciclos sobre el pavimento.
La última cena, cerca de la Vía Veneto. Los chicos vuelven a alardear de su capacidad para el alboroto y la alegría. Volvemos hasta la Plaza de España y la Fontana de Trevi para completar un final circular, agotador y espléndido con una grappa ardiente que nos deja el regusto de un viaje extenuante, sin términos medios, con primeros y segundos planos.

       

viernes, 7 de junio de 2013

"La dolce vita": Crónicas romanas (terze giorno), "Bermudas empapadas"


La tercera mañana en Roma nos amenaza con hacernos caer el cielo sobre nuestras cabezas. Las nubes oscuras se ciernen con aspecto amenazante en la puerta del hotel. Los adolescentes son ajenos a los signos de las tempestades externas. En cuanto la mayoría ve que las dos cabecillas visten pantalones cortos y blusas de gasa, los demás suben a las habitaciones para embutirse en sus mejores galas. Jupiter disfruta de lo lindo con ellos, descarga toda su furia sobre las piernas desnudas de las muchachas y sobre los hombros ateridos de ellos. Se ríe, como lo hacen los dioses cachondos cuando contemplan la ignorancia de los atrevidos. En la boca del Coliseo, las muchachas y muchachos se azoran por agenciarse paraguas y chubasqueros que hacen de ellos figuras patéticas, envases de plástico vulgar ocultan sus mejores galas y el rey de los pantalones cortos y las camisetas de 300 euros tiene que recurrir a la textura de la bolsa de basura.
Andrea, un guía barbado y joven, de fácil verbo, nos deleita con historias bajo la lluvia torrencial que nos sustraen de la modernidad de los paraguas indios y nos trasladan al mundo de Augusto. Historias humanas de gladiadores que desafían a las del del cine de Hollywood, emperadores revividos, la arena del Coliseo convertida en selva africana para ocultar a los condenados que se defienden del león con una lanza temblona, la piedra mojada nos avisa de que nada es lo que parece, los 55.000 espectadores vociferan para salvar al gladiador que se ha comportado con fiereza en el ruedo, el Coliseo es una antigua plaza de toros donde no solo se juega la vida de un animal, todo se vuelve vivo, a pesar de la puñetera cruz que muestra postiza el imperio de la Iglesia incluso en ese escenario antiguo de paganos. Revivimos bajo la lluvia el salvaje ritmo de la vida primitiva, el pálpito de un ritmo distinto al de la vida moderna, tan sosegada, tan moderada. Ascendemos hasta una colina y el cielo descarga contra nosotros toda su furia y a pesar de todo, no es capaz de limpiar la masa de turistas que ensucia las calles de Roma, ni siquiera puede con los jóvenes que desean desprenderse del yugo de la visita guiada. En San Pietro in Víncoli nos esperan las cadenas de San Pedro, las cadenas que enganchan a toda ese rebaño sumiso que atesta el Vaticano para comprar todos los rosarios de plástico que puedan ofrecerse en las tiendas de la banalidad espiritual. Y escondida en un rincón (aparece cuando una moneda de un feligrés la ilumina) de repente se muestra el Moisés de Miguel Ángel, una nueva maravilla ante la que se nos cae la baba de incautos mortales. Andrea nos dice que la escultura estaba destinada para la tumba de un Papa, pero uno no se acostumbra a ver las obras de este genio con objetividad. Se derrumban todas las nociones de experto y adoramos la pericia inefable del hombre que no era hombre. Las imágenes de Miguel Ángel nos trasladan a otro mundo, es un impacto que nos saca de nuestra miseria cotidiana y nos eleva a la esencia de la BELLEZA, así con mayúsculas, porque no sé explicarlo con metáforas. Mientras tanto, Mariola sigue embutida en plástico transparente y muestra frustrada su rostro de gala a través del óvalo de la vulgaridad hindú.
En los foros las historias de Andrea repican sobre los paraguas junto con las gotas de lluvia: orgías, bacanales, vestales que entregan su virginidad de treinta años por una vida muelle, los chicos se despistan entre las nubes. Las lápidas de las calles nos van marcando un camino de cabras que lamemos con el delirio del que desea recuperar el pasado. La columnas en soledad nos avisan del maltrato de los tiempos. Despedimos a Andrea entre lluvia, nostalgia y frustración.
En los museos capitolinos vuelve la intensidad del pasado a hostigar a algunos. Los muchachos se han hartado de tanta nostalgia.
En el Trastévere vuelven las controversias acerca de las fachadas romanas que podrían convertirse en edificios de Albacete. Un bar humilde ofrece humilde refugio y cerveza consoladora a nuestros cansados pasos.

De vuelta al hotel, derrengados y ahogados por la lluvia y por las ruinas, subimos a las habitaciones para encontrar el descanso necesario. En la habitación donde se nos aparece todas las mañanas Ronaldo en calzoncillos, los duendes han hurtado mi cama y la han convertido en un catre de servicio militar. Me siento sobre él para comprobar su consistencia y se hunden dos costillas. Me echan de la habitación de Ronaldo, no podré ver el amanecer con la imagen del ángel en calzoncillos, como si un diablo embaucador hubiera preparado los acontecimientos para tener el privilegio de quedarse a solas con el Mesías. Maldita parada del destino.

miércoles, 5 de junio de 2013

"La dolce vita" (Crónicas romanas-secondo giorno): "El arcángel Ronaldo y Roma podría ser Albacete"

El segundo día en Roma nos confirma la revelación: nada más levantarnos, se abre la puerta del baño y aparece un ángel para anunciarnos la buena nueva, no se trata del arcángel Gabriel, sino de un émulo vestido con la camiseta de Ronaldo y en calzoncillos. Su impoluta blancura nos avisa de su confraternidad papal, y de que ha llegado el Mesías de nuestra nueva religión.

La masa es una hidra informe que se mueve con pesadez por los lugares turísticos, provista de todo tipo de artefactos con luces estira sus tentáculos en el vacío, engulle al viajero y lo abduce en su actitud de autómata sin voluntad. Las salas de los Museos Vaticanos esconden maravillas del arte que son despreciadas y vulgarizadas por los flashes de la masa. Avanza sin razón, como una marabunta de insectos poseídos por la voracidad de aniquilación del arte. Ni siquiera los frescos de Rafael son capaces de elevar el espíritu del monstruo informe. Tampoco la Capilla Sixtina. La maravilla de Miguel Ángel, colgada en la bóveda como un deseo lujurioso que nunca podremos colmar, no se puede tocar, ni siquiera somos capaces de saborear tanta genialidad, se aparta de nuestra vista y de nuestro tacto. Recorremos la capilla como terneros en busca del matarife, conducidos por un guardia que nos empuja al matadero con la cara agria de la insustancialidad. Alguien que convive entre semejante belleza debería haberse contaminado por ella, pero no. Conseguimos salir del laberinto, apresados por la frustación de quien ha tenido a su alcance un manjar y no ha podido saborearlo. En la basílica de San Pedro la enfervorizada sigue con sus aparatos en ristre levantando muros frente a las obras de arte. La Piedad está tomada por el monstruo, es imposible acceder a ella. No hay momento para el goce artístico, solo para extender el certificado gráfico de que uno ha estado allí, empotrado contra un japonés liviano y un alemán con calcetines blancos. No hay nadie que venda mejor sus productos que la Iglesia, el mercadeo del espíritu se percibe en su centro con mayor claridad que en ninguna otra parte, y la grey acepta la imposición con sumisa obediencia.
Resulta chocante que la hora de la comida, en el refugio de la conversación, de la salsa de bogavante y de la grappa uno encuentre el placer frustado que no ha conseguido desatar en la contemplación de la obra de los genios.
Por la noche, el Trastévere, barrio bullicioso, con calles que prestan a la imaginación todo lo que la noche esconde, toda la decadencia viva de las fachadas que nos abrazan con el calor de las desconchaduras. Discutimos sobre la necesidad de restaurarlas hasta que un mercachifle hindú comienza a lanzar pelotas de silicona al aire y a iluminar con linternas fluorescentes las paredes de la discordia para evitar una cara y dolorosa restauración. Lo afirman los más grandes historiadores del arte: si se diera una mano de enjalbiegue a las fachadas romanas, podrían ser tan esplendorosas como las de Albacete.
Los pies arden, prendidos por los adoquines de la ciudad eterna. Todo es fuego en los paseos interminables con la cola interminable de chicos renqueando, cantando y saltando. Arde el arte y arde la imaginación envuelta en las llamas del monstruo informe. Nosotros nos refugiamos bajo el manto de nuestro guía Ronaldo que aparece de nuevo en la habitación del hotel vestido de blanco impoluto con calzoncillos de lana.