Mostrando entradas con la etiqueta El teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El teatro. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de febrero de 2026

"La doble vida del infame señor don Hamlet" por Juanjo M. Jambrina




William Shakespeare publicó Hamlet hacia 1600. Poco tiempo antes había fallecido Hamnett, uno de sus hijos, con once años. Hamlet es la tragedia más larga de Shakespeare, y es la que hace de frontera, marcando un gran cambio entre sus obras previas y los dramas posteriores.

Son incontables las referencias al valor de W. Shakespeare como el autor literario más importante de todos los tiempos. Las obras de Bloom, Ackroyd, Greenblatt, Bonnefoy y otros dan cuenta de la valía del Bardo de Stratford. Con Shakespeare se revolucionó el mundo del teatro y de la poesía. Su renuncia a la novela es el motivo que exhiben los críticos más cáusticos para rebajar la euforia al comentar sus obras.

Como sucede con otros autores, los críticos literarios más canónicos son tan exhaustivos que hacen desaparecer al personaje estudiado bajo quintales de folios.

Tal vez por ello resulta muy digestivo el único escrito que Josep Pla dedicó de forma específica a Shakespeare. Pla era un admirador del inglés, pero nunca abandonó su tono ni su fantástica capacidad para la observación irónica y descreída. Y tampoco lo hizo en el único texto sobrio y breve que le dedicó al Bardo y que publicó en 1964: «Shakespeare, ¿sí o no?».

Josep Pla reconocía que Shakespeare era, ante todo, un maestro del adjetivo, lo cual, para Pla, era la mejor cualidad que podía revestir a un escritor. Además, a Pla le fascinaba que el inglés hubiese creado su obra literaria sobre las experiencias de su vida, llena de matices, llantos y alegrías, pero siempre peleada y desde una cosmovisión muy realista: Shakespeare, para Josep Pla, era conocedor de los recovecos más geniales y terribles del ser humano porque los había vivido prima facie. Este texto de Pla es una delicia de síntesis y de una valoración fría y depurada de los hechos.

Josep Pla también ha resultado ser uno de los escritores que mejor han captado la verdadera importancia de Hamlet sin quedarse en los detalles. En un capítulo de sus Cartas de lejos, Pla firma un texto titulado «El país de Hamlet». Durante una de sus visitas a Copenhague se empapó del castillo de Elsinor y de los paisajes en los que Shakespeare ambienta las vicisitudes de Hamlet, que «vivía en una fortaleza que era el edificio renacentista más bello del norte. Cuadrado, macizo, severo, de una seriedad hosca y fría, rodeado de remparts y de fosos con agua, el castillo tiene sobre el mar una vista inolvidable». Una de las grandes virtudes de Pla para describir los lugares que visitaba y las vidas de sus habitantes es esta forma de aproximarse a las cosas, con la primera impresión como un vuelo a vista de pájaro para luego bajar hasta las calles y las costumbres del paisanaje.

Ya tenemos a Hamlet, príncipe de Dinamarca, en sus aposentos. Hamlet ha tenido múltiples interpretaciones de la larga pléyade de hermeneutas que intentan explicar cómo un solo personaje puede acumular una información tan valiosa sobre las relaciones humanas y las procelosas y pútridas aguas que confluyen en el río de la vida. En esta actividad hay dos miradas hegemónicas aunque excluyentes.

Hay una serie de autores que hacen un análisis clásico sobre el «incierto príncipe de Dinamarca». Es la mirada más respetable. Hamlet es un tipo torturado por la muerte de su padre, el rey de Dinamarca, a manos de su tío, que le usurpa la corona y se casa con su madre. El fantasma del padre de Hamlet, el rey muerto a manos de su hermano, le pide a Hamlet que ejecute la venganza. Y ahí Hamlet se queda como un circuito reverberante, entre sus soliloquios y su representación de una forma de locura que le permita realizar sus planes: «Ser o no ser…». El resto del argumento de la obra es de sobra conocido. Y esas frases tan queridas como «Está loco. Pero hay un método en su locura». Fascinante relato.

La segunda mirada sobre la melancólica figura hamletiana es la que se inicia con la pasión con que Sigmund Freud acoge esta obra de Shakespeare. Freud, en La interpretación de los sueños, la obra que publica en 1900 y que le lanza como gran maestro en el conocimiento de la psique humana, ata de forma inseparable a dos personajes como Hamlet y Edipo. Y ahí comienza una explotación psicoanalítica del mito de Hamlet como antítesis de su padre y sujeto deseante de su madre, que ha oscurecido hechos, valores y muchas adaptaciones teatrales y cinematográficas. Quien escribió que Hamlet era más listo que Shakespeare y que todos nosotros debió de ser alguien muy tierno que no contaba con el advenimiento de Segismundo Freud y sus discípulos. La potente mesnada psicoanalítica ha aportado poco sobre la complejidad de Hamlet. Pero ahí sigue, con sus interpretaciones.

Al psicoanálisis le favorece que Shakespeare será eterno e inconmensurable, pero lo humano es un fenómeno —explica Jorge Carrión— esquivo, dinámico, nómada y que nadie puede definir unívocamente. Ni siquiera William Shakespeare. Sentencia Harold Bloom que Shakespeare interpretó como nadie al hombre y a la mujer de su época, pero lo que Bloom no puede sostener es que pueda también dar cuenta del hombre del futuro, porque eso significaría negar la historia.

A la mirada del crítico literario clásico le contraponemos el pensamiento que han generado las distintas escuelas psicoanalíticas. Con sus diferencias, ambas comparten sobre Hamlet una interpretación similar: el héroe melancólico que, intentando vengar a su padre muerto, sufre tratando de hallar la mejor forma de llevar a cabo su venganza. La vacilación de Hamlet se expresa en forma de duda que, en su caso, revela una gran inteligencia. Hamlet es capaz de terminar con la vida de su tío, el rey traidor, y de su madre, aunque también él muere a causa de un ardid preparado por el rey asesino de su padre.

Además de estas dos vías de comprensión, el poderío del fenómeno hamletiano se ha concretado en un curioso género científico: el debate sobre el diagnóstico psiquiátrico de Hamlet, príncipe de Dinamarca. Se cuentan por decenas los psiquiatras que han publicado análisis psicopatológicos sobre el carácter y la conducta de un personaje que casi todos creen entender, pero que nadie —como sugiere Girard— acierta a explicar bien. El conocimiento psicopatológico que W. Shakespeare pone en juego en su obra es uno de los aspectos más fascinantes del libro. ¿Cómo era Hamlet? ¿Era un neurótico obsesivo, era un paranoico, sufría una depresión psicótica por un duelo complicado, simulaba su locura, era un psicópata? Hamlet, el libro, es uno de los mejores textos para que los aprendices de psicopatología se familiaricen con las brillantes descripciones sintomáticas shakesperianas. Pero esto no justifica la pugna continua que sostienen relevantes psiquiatras por ver quién tiene más razón en el diagnóstico. Resulta un tanto absurdo realizar una patografía retrospectiva de un sujeto fruto de la imaginación de un escritor. Hay datos curiosos: la palabra «locura» se usa más de doscientas veces en el texto. El término «melancolía» se usa una media docena de ocasiones. Por poner un ejemplo de lo que hablamos.

Todos estos debates eluden señalar que, si Hamlet es la obra más perfecta de Shakespeare, lo es porque el personaje es único en la complejidad de su intimidad y de sus actos, y no por la riqueza de la psicopatología reflejada en los personajes.

Haciendo una lectura realista de los hechos, se concluye que en tiempos del rey padre de Hamlet el reino de Dinamarca estaba podrido, lleno de corruptelas y dividido por los intereses de sus habitantes. Pero Hamlet no se plantea acabar con esa corrupción, con esa lacra de un sistema de gobierno. No busca ser un rey bueno ni pasar la escoba debajo de la alfombra. Hamlet busca ser el rey en el lugar del rey, aunque para ello deban morir su madre y Ofelia, una mujer que le adoraba y por la que decía sentir afecto. Señala René Girard que tachamos de vacilante a Hamlet por retrasarse en iniciar su venganza porque nos parece muy normal que ejerza esa venganza. Hamlet desprecia a cualquier ser humano que se interponga en su camino hacia el poder absoluto, donde no piensa cambiar ni corregir nada. Incluso a su padre fallecido, cuando se muestra como fantasma, lo rechaza con feas palabras. Su retraso en tomar decisiones —un retraso calculado— busca que sus súbditos se maten entre ellos. Así, el joven príncipe de Dinamarca, el huérfano al que han arrebatado sus derechos, el débil y melancólico aspirante a rey de los daneses, resulta no ser tal. No hay que psiquiatrizar la maldad cuando lo que esconde es algo tan humano como la pasión por el poder político y económico. Hamlet, casi siempre ahogado en dudas, siempre tuvo muy claro que la pelea por el poder y el dinero eran para él la única motivación. Y la primera.

lunes, 27 de enero de 2025

Panza de burro


 

Panza de burro es una novela fresca, rica en registros y de una originalidad apabullante. Ayer tuve la oportunidad de verla representada sobre los escenarios. Una compañía canaria, "Delirium Teatro" ha conseguido dar cuerpo, y de qué manera, al libro de Andrea Abreu. La puesta en escena es tan sencilla como el planteamiento de la novela y tan compleja como asentarlo todo en la apuesta por el lenguaje, a la manera del teatro más clásico, pese a romper muchos moldes. El argot canario y ese tono arrastrado de su fraseo convierte el espectáculo en una fiesta para la metáfora atrevida y el chascarrillo. Pero la obra va mucho más allá. En el teatro solo hay que regirse por una intuición muy precisa: cuando entras en una sala, empieza la obra y a los cinco minutos ya estás dentro del mundo que proponen los actores, todo se ha conseguido. Parece fácil, pero no lo es en absoluto. En Panza de burro me pasó eso. Al poco ya era una más de las amigas de Isora y de la Shit, ya estaba encaramado a lo alto de las bardas para ver qué ocurría en su patio. Solo un "fisquito" de texto y el espectador se convierte en canario, en niña, en playa. Y no, no es una obra localista que solo puede ser apreciada por los habitantes del volcán, no. Esas niñas sin padre ni madre, con abuelas mal encaradas, que buscan constantemente el refugio del mar (y que son engullidas por las olas, como en el poema de Federico); esas niñas son las protagonistas de una historia dura y tierna a la vez (como no lo puede ser un chuletón); divertida y desgarradora; rompedora y tradicional; localista y universal; contradictoria, vibrante. Otra vez el teatro. Y esta vez no fue un "rosquete".   

martes, 9 de julio de 2024

"El gran teatro del mundo" de Calderón de la Barca

 


¡Qué pena me dio anoche la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Almagro! Hace muchos años que la sigo y siempre que me preguntan por una obra de teatro clásico recomiendo que vean a la CNTC porque nunca defrauda. Sus anteriores directores, Alonso de Santos, Eduardo Vasco, Helena Pimenta (hasta Ana Zamora, aunque no fuera directora), hicieron de sus montajes teatrales extraordinarias experiencias estéticas con las que sabían acercar el lenguaje de los clásicos (siempre tan rico y difícil) al público actual. "El gran teatro del mundo", bajo la dirección de Lluis Homar adolece de todas las virtudes que adornaban a los experimentos de la CNTC. El verso no está mal dicho (faltaría más), pero el auto sacramental de Calderón se convierte en sus manos en una pieza de arqueología teatral. Una insulsa puesta en escena, un vestuario intrascendente y unas actuaciones nada deslumbrantes ayudan a arrinconar la obra en la mediocridad (fenómeno extraño en una obra de la CNTC). El texto de Calderón apenas se ha tocado y espero que no haya sido para conservar su pureza ideológica y su moraleja (seguro que no). Nada nuevo se ofrece en esta versión de un auto sacramental, ni siquiera su apariencia. La obra misma es un autómata con las articulaciones oxidadas, el cuello rígido y la mandíbula descolgada. Homar consigue que el estro artístico de la CNTC se convierta en una labor de funcionarios, sin alma, rutinaria, en una pandorga de paja y tierra. Solo me queda la esperanza de que una disidente como Marta Poveda nos ofrezca en "La francesa Laura" una transgresión suficiente para eliminar el mal sabor de boca de este teatro del mundo, tan anodino como falto de arte.  

domingo, 7 de julio de 2024

Chapitó, "Julio César"



Ayer volví a disfrutar de la comedia pura como del baño en el río cuando era niño. El escenario, inevitable, el Corral de Comedias de Almagro. La temperatura, inusual, por estos lares manchegos de canícula bochornosa. Algunos abanicos, pero prescindibles. Y sobre el escenario, una compañía portuguesa que no conocía, Chapitó, ya soy su rendido admirador. Estos sí han conseguido resucitar la comedia del arte, el entremés, los sainetes y el espectáculo de payasos, todo en uno. Solo tres actores: un clon de Benigni, un histrión descacharrante y una chica con una vis cómica esplendorosa. La obra, Julio César, en versión descompuesta y desternillante. La escenografía, inexistente, no hace falta y el vestuario, espectacular: unos guantes plateados, unos bigotes, papel de plata y un rollo de papel brillante rojo. La base de la actuación es la mímica, aunque el texto ayuda y mucho a partirse la caja desde el principio hasta el final. Hacen una deconstrucción de la historia del primer emperador romano digna de los mejores cómicos. Todo suena a chufla, todo es una burla constante: se ríen de la historia, de la gravedad de la literatura, de los mitos, de la posteridad. Y lo mejor es que arrastran en su disparate a todos los espectadores, entregados incondicionalmente al espectáculo humorístico. Los Chapitó, con su dulce tono portugués, nos dan las claves de varios enigmas históricos: cómo murió Craso, quién le cortó la cabeza a Pompeyo, por qué Marco Antonio se llama Marco Antonio, cuál fue la reacción de Calpurnia ante los excesos de su marido, por qué a Cleopatra le quedaba tan bien el biquini, por qué se rebela el senado contra César y cuál es el significado de la palabra "perpetuo". 
El final, apoteósico, un Julio César alto, desgarbado, sudado hasta la rabadilla, tras cruzar el Rubicón entre las risas incontenibles del público, es asesinado por algunos senadores, después de que suene la flauta de pan del afilador. El rollo de papel brillante rojo es la sangre de Julio, que riega toda Roma y nos hace reventar de risa otra vez. Uno sale de los pasillos estrechos del corral con el pecho abierto, con el ánimo recuperado y con la sensación de que las penas con risas son menos, casi nada. "¡Ave, César!", gritamos todos los que asistimos al espectáculo, pletóricos de buen humor y agradecidos a los cómicos. Hasta el clima en la noche almagreña se ha vuelto amable. "¡Ave, Chapitó!, los que has resucitado te saludan".      

martes, 12 de marzo de 2024

El castillo de Lindabridis


 

Los espectáculos teatrales que monta Ana Zamora, reciente Premio Nacional de Teatro, son exquisitos. El castillo de Lindabridis es verdadera arqueología dramatúrgica. Cuando estaba en la butaca tenía la misma impresión que al ver los cuentos del Decamerón de Pasolini: quien ha dirigido este montaje conoce tan a fondo la época y los rincones del teatro barroco que es capaz de trasladarnos en un vuelo (como el del propio castillo) a ese siglo decadente y oscuro, el XVII. En la sencillez y el cuidado de la puesta en escena, en la carpintería, en el vestuario, en el verso claro (del oscuro Calderón), me parece trasladarme en el tiempo e imagino que la obra la está viendo Felipe IV, atiborrado de vino y con la Calderona sobre el escenario. Me asomo a los palcos y no, el rey no está o se ha dormido o ha bajado a los camerinos a extender la gonorrea entre las actrices. La coreografía de los cómicos, la escenografía y la música nos indican que estamos ante un espectáculo total, un espectáculo barroco en toda regla, sin efectismos, sin falsas pirotecnias. Quizás Cosme Lotti lo habría adornado más, pero así, con esta sobriedad, el verso fluye cristalino, como si no fuera de Calderón. Miro otra vez hacia el palco. No, Felipe no está viendo la función, pero sí, es una obra cortesana, ligera, llena de tópicos que la eficacia de la Zamora convierte en maravilla teatral. Hasta los entremeses de las jornadas se cuidan y se engarzan en la temática de la obra con una dinámica festiva de muy difícil ejecución. La mojiganga, la jácara, todo está allí, sobre el escenario: un puzzle de madera que cobra una vida majestuosa y vivaz, alegre, para divertir a ese que no está en el palco y que debería haber venido, mejor nos habría ido. Los placeres de la carne, ¡ay!, los placeres de los sentidos, de todos los sentidos, porque hasta se huelen y se saborean los aromas del palacio de los decadentes Felipe IV y cortesanos. El oído y la vista casi han reventado. Y hemos tocado a Ana Zamora, que es mucho.      

sábado, 9 de marzo de 2024

Romeo y Julieta despiertan


 

Ana Belén vista desde el anfiteatro del Teatro Circo podría tener desde 15 hasta 70 años. Supongo que mantener ese cuerpo así de escueto debe conllevar una disciplina marcial. Es la actriz ideal para protagonizar Romeo y Julieta despiertan, sin duda alguna. Los enamorados vuelven a la vida después de pasar 50 años en un sepulcro y ella no es consciente del paso del tiempo. Una recreación correcta del clásico, sin más. Me quedo con la escena final: los protagonistas, una vez conscientes de los años transcurridos, conscientes de su vejez, optan por la única solución posible: el veneno. Ni siquiera ellos, Romeo y Julieta, aguantan el espejo y este es el gran acierto de la obra. Luego ha habido un diálogo, que no he entendido muy bien, con el que de alguna forma se dulcifica el impulso suicida (ya lo he olvidado). 

lunes, 29 de enero de 2024

El buen teatro


 

El buen teatro es nutritivo, es adictivo, es una purga necesaria para quien necesita salir de sí mismo. El buen teatro redime, da esperanza a quien ya le cuesta percibir emociones. El buen teatro es alimento necesario para quien ha perdido el apetito, un reconstituyente vital de propiedades muy recomendables. 

Vicky Luengo es una muchacha de frágil aspecto que se convierte sobre el escenario en una gigantesca catalizadora de palabras. Las palabras de Prima Facie, una obra que mide el tempo y el desarrollo de la trama con un cuidado digno del mejor experto en Derecho. Una obra que cuida el poder de la narrativa con esmero, que apela a la razón y a la emoción a partes iguales, con estudiada arte retórica.  Cuando la obra finaliza, uno suelta el aire como si lo hubiera estado reteniendo a lo largo de las casi dos horas de representación. No hemos mirado ni una vez el reloj porque la Luengo imprime un ritmo al texto casi extenuante. No cabe el aburrimiento ni el abandono de la escena, ni la impasibilidad. Todos estamos alrededor de la protagonista, oliéndola, palpándola, comprendiéndola y, al final, arropándola, compadeciéndola. La voz narrativa es potente y en seguida se adueña del jurado, perdón, del público. 

El buen teatro, la buena cómica, tan sencillo, tan difícil. El arte, el verdadero arte, te cambia el metabolismo, te convierte en mejor persona, te hace otro, ojalá lo consiguiera del todo.     

sábado, 15 de julio de 2023

Secáronme los pesares


 

Sobre el escenario, Molière, su vida, sus obras, Vive Moliére, una farsa divertidísima y didáctica que he visto la friolera de tres veces (en la última me he reído tanto como en la primera). El Palacio de los Oviedo en Almagro abre sus cielorraso a las estrellas y al vuelo de los murciélagos. Molière muere en lo alto de un tobogán, no durante la representación de El enfermo imaginario. Muere y la diosa Fama se lo lleva consigo al Parnaso. Ojalá todas las muertes se presentaran así, con este ritmo de comedia alocada, chocarrera, musical.

Llevo veinticinco años asistiendo al Festival de Teatro Clásico de Almagro. Perdón, llevamos. Es un ritual, una costumbre sana, un retiro espiritual que alivia y cauteriza las heridas abiertas por la jauría adolescente. Eva también ha venido, como siempre, como todos los años, me lo acaba de decir Molière desde lo alto del tobogán. Las Jornadas de Teatro Clásico son aún más antiguas que el propio festival y ayudan a complementar estos días de comedia. La primera sesión ha resultado intensísima. Las directoras de las mejores compañías teatrales de España desgranan sus ideas y experiencias sobre la dificultad de acercar los textos renacentistas y barrocos. Ana Zamora, Laila Ripoll, Helena Pimenta, mujeres que han resucitado a Juan del Encina, a Lope de Rueda, a Gil Vicente, a Lope, a Calderón y tantos otros. Nos desmenuzan obras que Eva y yo vimos en Almagro y Madrid hace años. Es emocionante revivir con sus creadoras las puestas en escena que luego comentábamos a la luz de un gintónic en la plaza de los Fúcares, envueltos entre calima y galerías. Eva me llegó a confesar que del único teatro que disfrutaba de veras era del clásico, no sabía por qué. El veneno del verso (del que tanto hablan las directoras) se había adueñado de nuestra estética dramática. El teatro contemporáneo nos parecía otra cosa, otro tipo de espectáculo. Los enredos amorosos de Lope, la capa y la espada, nos infectaron de un virus de más larga duración que el COVID.

Por la tarde, en el corral de comedias, Ana Zamora, directora de la compañía Nao d´amores, rinde homenaje a su experta musical Alicia Lázaro, muerta en 2021. Un concierto delicioso de música renacentista del que Ana nos relata su historia, sus entresijos. Alicia, como Eva, como Molière, tampoco ha muerto. En los acordes del concierto está su vida, como en las palabras de Harpagón está Jean Baptiste, como en el runrún de los alumnos está Eva, más allá del tiempo y del espacio. Ana Zamora, magnífica, entusiasmada, pone en boca de un personaje renacentista esta copla, "Secáronme los pesares". Podría decirlo Eva en lo alto del tobogán de la Fama mientras Molière la requiebra y Lope la enamora con versos naturales de amor contrariado. 

jueves, 1 de junio de 2023

La dama boba y los exámenes


 

La semana pasada hicimos teatro. No sé cómo, pero he conseguido que alumnos de 1º de bachillerato representen unos fragmentos de La dama boba para casi todo el instituto. Entramos en las clases y escenificamos quince minutos de escenas cómicas y atropelladas, adaptadas por ellos mismos. "Teatro por irrupción" lo hemos llamado. No lo había planificado. Se me ocurrió un día, sobre la marcha, al hilo de una actividad que hace mi amiga Merce, y el proyecto fue tomando un cuerpo muy sugerente, determinado por la implicación de los chicos (bueno, sobre todo de las chicas). El impulsor más efectivo ha sido la "amenaza" de los exámenes. Si conseguían que el teatro fuera para adelante, los eximiría de las pruebas fatales de sintaxis e historia de la literatura. Con ese recurso he conseguido que se impliquen en el teatro hasta la médula. Sin apenas darse cuenta, la mayoría se ha ido entusiasmando por la magia de la representación escénica. Hasta doce pases en tres días. Lope estaría orgulloso, seguro; los pedagogos de la LOGSE, LOMLOE, LOE, LOMCE, etc., no tanto. 

Estoy comenzando odiar los exámenes todavía más que los propios alumnos. Y estoy comprobando que, cuantos más exámenes pone un profesor, más incompetente es. No quiere decir esto que quien no los utiliza sea competente per se, ni por pienso. El examen no es una herramienta perversa ni inútil por sí misma, por supuesto que no, pero no se puede convertir en el único recurso para que atiendan en las clases. Y, partiendo de este supuesto, podríamos desplegar un catálogo de ejemplares de la enseñanza actual: 

1. El profesor que pone muchos exámenes para reivindicar su asignatura y darle importancia de cara a sus alumnos, porque es incapaz de captar su atención de otra forma. 

2. El profesor timorato que cree que sin exámenes no se aprende y que sin ellos perderá todo su caché como enseñante. 

3. El profesor que hace exámenes (muchos y casi todos tipo test) para dar menos clases (los hay).

4. Los profesores que se estimulan casi eróticamente al comprobar cómo sus alumnos se obsesionan con su materia el día de la prueba. 

5. Los profesores que ponen exámenes para mantener la tensión del alumnado, pero no los corrigen porque cansa mucho. 

6. Los profesores sádicos que disfrutan viendo el sufrimiento del alumnado ante la prueba inexorable. 

7. Los profesores que nunca han visto a nadie que no ponga exámenes y les asusta salirse de la norma. 

8. Los profesores responsables plenamente convencidos de que sin exámenes no es posible enseñar nada y que no prepararían a los alumnos para la competición de la vida. 

9.  Los profesores que creen imprescindibles los exámenes para enseñar al alumno a hacer exámenes.

Repito, no estoy en contra de poner exámenes, simplemente los odio por su instrumentalización perversa. Cuando el profesorado en general se entera de que hay una materia donde no emplean dicha herramienta, se lanzan sobre ella para robarle tiempo y utilizarlo para que los chicos realicen sus pruebas interminables. Porque están convencidos, y esa es la perversión, de que en esas materias sin exámenes el profesor es un chiquilicuatre que no respeta los cimientos de la educación convencional (y posiblemente estén en lo cierto). 

Si no hubiéramos representado La dama boba, si no hubiéramos actualizado los versos de Lope, si no los hubiéramos trabajado, memorizado, ensayado y dramatizado, les habría ensartado una ristra de nombres, fechas, títulos y teorías infumables. Las habría trufado con unas clases de sintaxis (esa perla) para colocarles el último día un hermoso examen. Para mí habría resultado más fácil y también más aburrido. Para ellos, no te digo. ¿Cómo habrían aprendido más? Yo lo tengo muy claro y cualquiera que los viera actuar también. Sí, hemos roto las reglas (como Lope) y me han perdido el garrote de mi padre, pero, sin duda ha valido la pena. A Baltasar Gracián ni lo han oído nombrar, pero a Nise y a Finea las conocen hasta en su último pensamiento. ¡Ah!, ¿que no sabéis quiénes son? Las alumnas, sí.  

miércoles, 1 de marzo de 2023

La Comedia del Arte y el humor en clase



Hoy, en Literatura Universal, un nuevo espectáculo representado por las nueve alumnas que me están alegrando el curso. Apoyándonos en los métodos de la Comedia del Arte y mezclándolo con argumentos de las obras de Shakespeare, han hecho dos interpretaciones espontáneas, desternillantes y sin vergüenza (cosa muy rara en estas edades) que para sí las quisieran "Els Joglars". Es evidente que estoy exagerando (y mucho), pero estas funciones me devuelven la confianza en que se puede dar clase sin ahogar el espíritu dinámico y efervescente de los adolescentes, se puede disfrutar del aula si hay un mínimo de motivación y de interés por parte del alumnado, se puede divertir uno y divertirlos a ellos si se produce esa rara convergencia de quien quiere educar con quienes quieren aprender. El humor como vínculo mágico. 

El problema es que no es muy habitual esa entrega incondicional del alumnado al aprendizaje y aún lo es menos atrevernos con el humor para acercarnos a ellos, en realidad un método tan viejo como el mundo. Es muy engorroso preparar algo distinto todos los días, pero da, a veces, tantas satisfacciones que uno no puede sino compartirlas. La comodidad de la clase magistral es, a menudo, un refugio para la pereza y no es incompatible con hacer el payaso de vez en cuando. El humor es, sin duda alguna, la mejor estrategia para conectar con el otro. Yo sin los Monty Python o sin Muchachada Nui o sin Juan Carlos Ortega o sin Faemino y Cansado o sin Los Roper o sin La cantante calva o sin la Comedia del Arte o sin El enfermo imaginario o sin La dama boba no sería el mismo. En mis circunstancias actuales, no sería nada.       

viernes, 23 de diciembre de 2022

Temporada teatral de otoño en Albacete

La temporada teatral de otoño en Albacete me ha sorprendido, ha sido mucho más intensa y emocionante de lo que esperaba. Tanto la programación habitual como la Feria de Artes Escénicas han ofrecido al espectador la ocasión de disfrutar de veras del arte de Talía, algo difícil de conseguir. Muchas obras excelentes y muy pocas de baja calidad. 

Empiezo con Oceanía de Carlos Hipólito. Un intérprete magistral que lleva el texto autobiográfico de Gerardo Vera a alturas inesperadas. Su naturalidad y su actuación sin efectismos ni exageraciones es de las que hacen que acompañes al personaje sobre el escenario durante toda la representación. 

Sacristán, con su Señora de rojo sobre fondo gris, no desmereció a Hipólito. El texto de Delibes me emocionó especialmente por mi situación personal y se convirtió en un testimonio tan vivo como desgarrador para mí. 

Llegamos con las fauces chorreantes a Una noche sin luna de Juan Diego Botto y a fe que calmó la voracidad del espectador con maestría. Una representación completísima, como he visto pocas, donde la escenografía, el texto y el intérprete brillan a tanta altura que resulta difícil expresar el altísimo grado de satisfacción y emoción con que salimos del Teatro Circo. Hacer algo sobre Lorca tan original como lo que hace Botto tiene mención aparte. Había asistido poco antes al Lorca de Carmelo Gómez y más vale no hacer comparaciones.  

Y por último las representaciones de la Feria de Artes Escénicas. Gracias a Merce y a Mª Ángeles pude asistir a cinco obras. No esperaba tanta variedad y calidad, sobre todo en tres de ellas: La infamia, Tenorio y Vive Molière. Con la primera sufrimos la violencia mexicana de forma desgarradora, con la segunda me reí a rabiar y Vive Moliére es teatro en carne viva. Vaya espectáculo delirante, dinámico y atrevido. Si tengo ocasión de ir a Madrid lo volveré a ver.

El buen teatro te reconcilia con la vida, os lo puedo asegurar. Y si después se cena en compañía, el placer se multiplica por diez.    

domingo, 17 de julio de 2022

"La nada es todo". Antonio y Cleopatra en Almagro

El año pasado no pudimos ir a Almagro. Un año sin teatro, un año sin fantasía. Ayer, en el espacio Adolfo Marsillach nos resarcimos, volvimos a transformarnos, volvimos a ver a los murciélagos rondando el escenario en la noche apacible de La Mancha. Una brisa benévola aliviaba la canícula, una noche ideal para disfrutar de un Shakespeare esplendoroso. 

Palabras, palabras y más palabras. Tres horas de palabras. El bardo es un torbellino de palabras, sus diálogos, sus monólogos son tan intensos, tan abrumadores que nada, ni siquiera los murciélagos pueden entretener al espectador de su inmersión en la naturaleza de la ficción. Antonio y Cleopatra son dos amantes legendarios, maduros, casi patéticos. Shakespeare convierte a los héroes en personajes de hondura mortal. Antonio ha olvidado sus obligaciones bélicas, arrullado por el abrazo de una reina histérica, caprichosa, acuciada por el paso del tiempo. No, a los héroes no los puede dañar de esa manera la edad. Shakespeare, a través de palabras y más palabras, convierte al mito en polvo, en nada. Porque "la nada es todo", así sentencia Cleopatra, así sentencia Antonio. Se ríen de sí mismos, de su amor, de su madurez. Embrollados en el río de los hechos históricos, el general romano se ve acuciado por Octavio, por Lépido, por Pompeyo y, sin embargo, es Cleopatra la que vence. La egipcia es el refugio del héroe acabado, del héroe patético que se nos muestra, en su final, cobarde, incapaz, con la misma grandeza del Ulises que rechaza la mortalidad. Lluis Homar es Antonio. Crece y crece a lo largo de la obra hasta el punto de que se echan de menos sus palabras y su presencia cuando se entrega a la muerte. Cleopatra es una Ana Belén madura, tan frágil como enorme en su papel de emperatriz enamorada. Ella, que ha conquistado a Julio César, a los hombres más poderosos de su época, se ve abocada a la nada, porque "la nada es todo". No, ella tampoco es Calipso, a pesar de su belleza, de sus riquezas, de su poder.  Ella no es Calipso, pero muere con más agallas que Antonio. En un escenario marmóreo, de lujo palaciego, impresionante por su sencillez y por realzar la grandeza de la historia en palabras, palabras y más palabras. 

La versión de Molina Foix es densa, intensa, lírica, épica. Hay que estar atento, muy atento para que la espesura de Shakespeare te envuelva, te angustie, te manipule. Hay un momento en la vida del espectador en el que la entrega es absoluta, en el que la silla, el cielo, Almagro, no existen; solo Alejandría, Egipto, Roma, la pasión entumecida de Antonio y Cleopatra. No dejes que la crueldad de Shakespeare se apodere de ti, "la nada es todo" y el áspid de Cleopatra te inyectará su veneno como a ella, para creer que la realidad es mucho menos vigorosa que la ficción. 

Gracias a José Carlos Plaza, a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, a sus actores, a sus escenógrafos, a sus técnicos, por transformar la apacible realidad de una noche manchega del XXI en un episodio legendario del Imperio romano, solo con palabras, palabras. Nunca des por muerto a Shakespeare.    

sábado, 16 de julio de 2022

"Yo me voy, señora mía; yo me voy, el alma, no" El perro del hortelano en versión de Paco Mir. Corral de Comedias de Almagro

A quien nos hace reír habría que pagarle un suplemento, no sé, una caña, una copa, un gintónic, algo, porque hacer reír es muy complicado. La versión de El perro del hortelano de Paco Mir (el calvo del Tricicle) nos ha hecho reír a todo el público, menores y mayores, desde 55 a 63 años, concentrados todos en el Corral de Comedias de Almagro, a pesar de que las sillas de anea de este espacio están diseñadas para romper el espinazo de cualquiera en menos de quince minutos. Si esta obra la hubiera visto Javier Marías, a estas horas estaría echando pestes por la transgresión, por la perversión de alterar un clásico. A mí quien me hace reír a mandíbula batiente, sin respeto por las mascarillas ni por las normas COVID, me merece un respeto tan grande que me rindo a sus encantos. 

Un par de técnicos de una compañía explica al público que los cómicos no han podido llegar a la representación y que serán ellos y dos actrices aficionadas quienes representarán el clásico de Lope. El artificio cómico del teatro dentro del teatro, a la manera shakespereana, funciona y de qué manera. Los escenarios tampoco han llegado y echan mano de dos escaleras de mano, del busto de un hombre barbado, de una columna, de una pecera, de un arbusto, de un marco... El arte conceptual es así. Toda una escenografía de urgencia que transforma la obra en un tinglado cómico propicio para unas bromas tan sencillas como efectivas. Como vestuario aprovecharán el de los Diez negritos de Agatha Christie, en un giro paródico de esas obras clásicas ambientadas en cualquier época menos en la que les corresponde. El argumento de El perro del hortelano es desmenuzado por los propios técnicos y alterado por la concentración de los personajes en dos de los actores improvisados. Aquí se parodia todo, cualquier artefacto de ficción es útil para provocar la risa. El gracioso (uno de los técnicos) lo es en grado sumo, una de las actrices amateur se desdobla hasta el infinito, las escaleras se convierten en bancos de taberna, el confeti en el salón de invierno... Todo se engrana a la perfección para que los espectadores, con el espinazo quebrado y ahogados por la mascarilla, riamos sin pensar en nuestras desgracias. "Yo me voy, señora mía; yo me voy, el alma, no". Si Lope levantara la cabeza, se reiría de esta perversión de su obra, sin ninguna duda, porque él retorcía hasta la ridiculización el lenguaje petrarquista y su propia concepción del teatro y la de sus contemporáneos. Lope se reía de sus tópicos y de sí mismo, se reía de todo y nada le habría gustado más que su obra persistiera por los siglos de los siglos gracias a la vis cómica de Paco Mir. Sí, entre los versos de Lope se trasluce al Tricicle y esto le da una actualidad, una frescura que necesitan los textos clásicos. "Yo me voy, señora mía; yo me voy, el alma (el espinazo y la mandíbula), no". Teodoro, Diana, Marcela y Tristán cobraron desde ayer nueva vida en los escenarios, la vida del juego con la ficción. Si viera a la salida a Paco Mir, lo invitaría como mínimo a una caña.      

sábado, 2 de julio de 2022

La dificultad de hacer comedia



Qué difícil es hacer buen teatro y todavía más escribir una buena comedia y, aún más, representarla con gracia. La comedia, desde sus orígenes griegos, era transgresión, escándalo, crítica de costumbres, incomodidad, acidez, bisturí envenenado. Luego, con el paso del tiempo, las imposiciones del poder y la abulia de la burguesía, la comedia se vistió de amabilidad, blandura, miel y polillas. Se pervirtió su sentido original, para acabar con su esencia. Solo unos pocos, casi siempre con problemas para estrenar sus obras, se empecinaron en ser fieles a sus principios revolucionarios. 

La risa es un método infalible para remover conciencias y avivar llamas extinguidas. La comedia, la gran comedia es el licor de los dioses, tan sabroso como difícil de conseguir. Me gustaría haber asistido a las obras de Aristófanes y de Menandro en su tiempo, porque si leídas en el siglo XXI, me resultan más apetecibles y voraces que la mayoría de las actuales, no quiero imaginar cómo las disfrutaría un griego de su época. He visto una Cantante calva esplendorosa, magnífica, con la que reí y gocé del teatro como pocas veces y también otra Cantante calva con la que por poco aborrezco las comedias de por vida. Me encanto todos los veranos con alguna comedia de Lope representada por la Compañía Nacional de Teatro Clásico; recuerdo un Enfermo imaginario desternillante; un Martes de Carnaval, apoteósico; al Brujo, un genio; a Els Joglars, magníficos... Pero son mucho más numerosos los bodrios a los que he tenido el disgusto de asistir. Porque la comedia es un arte reservado para los elegidos, para los enviados de los dioses, para los que tienen el don, tanto en su escritura como en su representación. Hace poco, en una crítica periodística, leí que en la comedia no hay que buscar las profundidades estéticas e ideológicas de la tragedia. Solemne barbaridad. Cuando la comedia es comedia de veras, no solo hay un mayor disfrute artístico, sino que las situaciones calan mucho más que las de una tragedia, aunque solo sea por su singularidad, porque encontrar una buena comedia es como hallar la cordura en las palabras de un político.

Iba a hablar de la versión que Juan Carlos Rubio ha hecho del Anfitrión de Moliére y que vi el viernes pasado en Albacete, pero lo voy a dejar aquí.     

domingo, 26 de junio de 2022

"El dipo del rey"

Ayer, en clase de Cultura Clásica, un alumno vanguardista reinventó una de las tragedias clásicas por excelencia. Primero, le colocó un título imaginativo, novedoso: "El dipo del rey" y, luego, me escribió su argumento, según lo que él había entendido. Le pregunté qué quería decir "dipo" y me contestó, muy seguro de sí mismo, que era un sistema anticonceptivo que se empleaba en la Antigua Grecia (no me lo dijo con estas palabras, pero quería decir esto). Habíamos contado el argumento de la tragedia de Sófocles, la habíamos representado y estaba intrigado por ver su resumen de la trama. Esto es lo que me escribió: "Un tipo, con muy mala suerte, nace, lo abandonan en el monte como a Blancanieves y le atan los pies para que se lo coman las "jabalines" (hasta ahí, nada nuevo). Lo recoge un tipo que pasaba por ahí -lo mismo era el cazador de Caperucita Roja-, se lo lleva a los reyes de otro país y lo adoptan, como mis amigos a mí. Entonces (el "entonces" es imprescindible para continuar la historia) crece, se hace mayor, y un hijoputa (aquí le dije que cambiara esa palabra por otra) le descubre que no es hijo de sus padres. Entonces (otra vez) el tipo va a ver a un pavo de estos que adivina el futuro y no me acuerdo lo que le dice. Espera, sí, le  avisa de que va a matar a su padre y se va a casar con su madre; eso, sí, y que es Aries, cuernos, mala suerte. Se va de su pueblo y tiene un accidente con el coche. Mata a un tipo que, al final, creo que es su padre de verdad, aquí me he "liao". Entonces se le aparece un monstruo egipcio aficionado a los crucigramas. El protagonista adivina lo que le dice el monstruo y le dan un premio, va a ser alcalde de su pueblo. Y aquí viene lo gordo. Se tiene que casar con su verdadera madre, pero él no sabe que es su madre. Aquí me he vuelto a liar -el Álex me estaba pinchando con el compás-, creo que él, como estaba con la mosca detrás de la oreja, usa el "dipo", un condón de fabricación casera para no tener hijos con su madre. Total que su madre se acuesta con su tío y tienen dos hijas, pero el pavo no sabe que no son suyas. Cuando lo descubre se tira al tren y su madre o su mujer se va a Benidorm con su amante. Fin". Aún no le he puesto la nota.

martes, 21 de junio de 2022

Literatura Universal

Edipo, rey;  Antígona; Medea; Lisístrata... todas estas obras de la Grecia clásica pueden ser digeridas sin ningún problema por los adolescentes actuales con un poco de cuidado y mimo. Se prestan a la discusión, a la polémica, se plantean problemas intemporales que el hombre sigue sin solucionar y por eso resultan hoy tan candentes como hace veintiséis siglos. En Antígona, el agón (el enfrentamiento, el problema) surge cuando la protagonista desafía a la ley civil en favor de la tradición religiosa y familiar, que obligaba a enterrar con dignidad a sus muertos. Este y cualquier otro conflicto de calado similar se puede actualizar hasta los extremos más disparatados: "¿Qué ley sigues tú en un botellón?, ¿la del civismo, que te pide limpiar lo que ensucies en la vía pública?, ¿o la de la horda, que te empuja a actuar como un vándalo cuando estás en grupo?". Edipo se ve abocado a un destino maldito a pesar de que él pone todo de su parte para que la desgracia no lo alcance: "Si el horóscopo te ha anunciado un día desgraciado en amores, ¿tú intentas cambiar de novia antes de que ella te cambie a ti?". Medea es el espíritu de la mujer engañada, que reacciona de manera terrible ante la traición de Jasón, su esposo: "¿Qué venganza aplicarías tú al hombre que te deja por otra, si la única razón de su capricho es que ella es más pija que tú?"... Con Lisístrata estamos intentando algo más grande, una representación desmesurada y sin límites del enfrentamiento entre sexos, al margen de los prejuicios judeocristianos. No sé si podremos representarla. Ni siquiera sé si vamos a ser capaces de aguantar tanta libertad. Espero que no hagan con Literatura Universal lo mismo que pretenden con la Filosofía. Dejadnos un rincón para la reflexión y la rebeldía, no todo van a ser gamificación y emprendedores.         

miércoles, 15 de junio de 2022

La astucia de Ulises



En clase de Cultura Clásica intentamos representar el argumento de la Ilíada. Elijo a cinco chicos para que actúen como reyes griegos. Uno de ellos es Ulises, un chico trabajador, tímido, encantador, aunque con capacidades intelectuales muy limitadas. Ellos, en lo alto de las sillas, tienen que decir una frase, después de que yo les informe sobre las cualidades de los guerreros. Al llegar a Ulises, le explico que este héroe es famoso y poderoso por su astucia. El chico me pregunta qué es eso de la “astucia”. “Muy listo, que es muy listo”. El muchacho se baja de la silla y le dice a toda la clase: “Yo no puedo ser Ulises”. Cuántos quisieran tener un conocimiento de sí mismos tan profundo como el de este muchacho, cuántos el valor de exponer sus miserias ante todo el mundo y cuántos el sentido de la responsabilidad para hacerlo. Me vienen a la cabeza no sé cuántos políticos y no sé cuántos profesores y yo mismo como ejemplos contrarios. Lo subo de nuevo en la silla y le digo: “Tú serás Ulises, ahora reconocido por su sinceridad y valentía, superpoderes más valiosos y más escasos, de largo, que la astucia”.

martes, 31 de mayo de 2022

Teatro "all´improvviso"



Como casi siempre, en clase de Lengua todo está patas arriba: Mireya es Arlequín y también Sancho Panza, Pilar es Polichinela y Maese Pedro (Ginés de Pasamonte), Yésica es "il dottore" y don Quijote. Es una representación "all´improvviso", con la que intentamos emular a los cómicos de la Comedia del Arte. Han estudiado el capítulo del mono adivino y el retablo de Melisendra, han escarbado en el Quijote para llenarse del alma de sus personajes y ahí están, ante toda la clase. Cuando Mireya se quita el sombrero de jipijapa es Arlequín; cuando se lo pone, Sancho Panza. El mono adivino es un gremlin de peluche y don Quijote debería llevar una corona, pero problemas de enredos de pelo la han eliminado en el último momento. Un ensayo rápido en el pasillo y Mireya (Arlequín) presenta la escena, como si fuera un farandulero experimentado de "Els Joglars"; Pilar (maese Pedro) se hinca de rodillas y abraza las "columnas de Hércules" del caballero más aventurero que haya cruzado La Mancha (Yésica). El diálogo fluye de forma espontánea y surge la magia del teatro improvisado. Todo acaba con el destrozo de los títeres de maese Pedro, con la furia desatada de don Quijote y con el jolgorio general que ha provocado la interpretación de las faranduleras improvisadas. Ya lo dijo el mismo Caballero de la Triste Figura: "Quien lee mucho y anda mucho, se lo pasa de puta madre", ¿o no era así?     

miércoles, 16 de febrero de 2022

El miedo

En Macbeth se oye el miedo, se saborea, se ve, respira en la nuca, clava alfileres en la punta de los dedos y en el centro del cerebro. El miedo nos acompaña desde la infancia, a través de la oscuridad, de lo desconocido, de la casa extraña, del matón del colegio, de la figura de un padre agrio..., qué sé yo. El miedo nos abraza en la adolescencia como un compañero traidor, siempre apegado a la duda, al titubeo, a la indecisión, a la exposición pública, al qué dirán, a la soledad. El miedo de la madurez, el miedo a la pobreza, a la incuria, al rechazo, a la intemperie, al despiadado paso de los años. El miedo a la enfermedad, al otro, a mí mismo, a la pérdida de la vitalidad, al dolor, a la conciencia de estar vivo, a la desaparición, a la inanidad de la existencia, a la eternidad. El miedo, aun sin la viscosidad de la sangre, sabe rancio y huele a noche, cruje entre los dientes como una tortilla de ceniza y brasas encendidas.    

miércoles, 21 de agosto de 2019

El placer del Renacimiento, "Comedia Aquilana" de Bartolomé de Torres Naharro


El optimismo del Renacimiento no es un tópico, es una evidencia. Y para muestra este botón de nácar que es la Comedia Aquilana, representada por la compañía Nao d´Amores con la colaboración de la CNTC. No hay nada como estar de vacaciones en un paraíso natural (Jaca) y comprobar que el teatro clásico, por muy escondido que esté su autor, despierta entusiasmos todavía: el Palacio de Congresos casi lleno. La fiesta del teatro se disfruta con mayor intensidad en esa asolada compañía. No solo de naturaleza vive el hombre.
Estamos a principios del siglo XVI, los escenarios españoles están en mantillas, después de que la comedia pasara por malos siglos, debido fundamentalmente a las prohibiciones eclesiásticas. Italia es la cuna de los nuevos usos artísticos, también de los dramáticos. La comedia del arte inspira a nuestros vates y se extiende más allá de Florencia y Bolonia. 
En el escenario de Jaca, la sencillez y la alegría de vivir se extienden por la sala en cuanto empieza la función. La música, inseparable de la palabra, toma bríos en la comedia renacentista: vihuela, órgano, viola, pandero, flautas de todos los tamaños y formas, la voz... Las cortes se tiñen de la influencia provenzal y se llenan de trovadores que expresan sus desdenes amorosos y se desmayan de pasión por sus damas. La comedia de Naharro nos coloca en la corte real de Bermudo y se lanza a la fantasía cómica de los amores de Aquilano y Felicina. Los nombres de los personajes (Dileta, Faceto) nos trasladan a Italia (salvo el rey Bermudo, muy leonés), así como la dicción del verso a un castellano llano y dulcificado por esas "dz" y "tz", por la aspiración de la "h" y por la suavidad de la "ll" frente a la "j" actual. Todo suena infantil, lúdico, en plena efervescencia. El amor, ese asunto tan grave a veces, es en la Comedia Aquilana un juego de leves tensiones que se resuelven en danza, música y fiesta. Una puesta en escena dinámica, chocarrera, de opereta, se ensambla a la perfección con lo desenfadado del argumento y del diálogo. Todo sabe a masa madre, a inicio del teatro grande, de la comedia nueva: aún cinco actos, pero ya despuntan los graciosos en los personajes de los hortelanos, y los enredos, y la alusión mitológica, y el verso sencillo, bien aliñado. 
Quién pudiera trasladarse a la infancia o a los inicios renacentistas del teatro para vivir en su médula la espontaneidad y el placer de lo que empieza. Por un momento lo hemos hecho.