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martes, 2 de junio de 2026

El fracaso de la enseñanza moderna

 


La enseñanza moderna, en cuanto al cumplimiento de lo que deberían ser sus objetivos fundamentales, constituye un fracaso, un fracaso en toda regla.  

Vivimos tiempos convulsos (como casi todos), tiempos en los que cabe cuestionarse si hemos mejorado gracias a que la enseñanza está al alcance de cualquier individuo. ¿Ha servido para algo que la educación se haya extendido a todo el mundo, que se haya generalizado, que prácticamente casi el cien por cien de los muchachos tengan obligatoriamente que pasar por las aulas? Indudablemente, el analfabetismo se ha paliado, es una mejora significativa. Recuerdo gente mayor en los setenta y ochenta que ni siquiera sabía leer ni escribir y no cabe duda que acabar con la ignorancia es uno de los fines de la enseñanza. Sí veo un avance notorio en el campo de las ciencias y la tecnología, ¿pero podemos decir que nuestra comunidad es más bondadosa, más racional, menos racista, más coherente, más culta, más sabia, desde que se implantó la enseñanza para todos? ¿Ha servido para hacernos más responsables, más consecuentes y más bondadosos con nosotros y con el prójimo? Según algunos hechos demostrables, esto no es así.

Si de veras pensáramos en los demás, en construir una sociedad más justa y más solidaria, ni se nos ocurriría pensar en dar el voto a menguados, a pazguatos, a gente sin corazón, a embusteros, a embaucadores poderosos o a racistas declarados. Más de cincuenta años de enseñanza para todos, ¿han contribuido a la solución de estas taras? Evidentemente, no. Nunca como ahora he tenido tanto miedo al ver quiénes nos gobiernan o quiénes nos pueden gobernar. Y los elegimos nosotros, los que hemos tenido acceso a la enseñanza moderna. Si de veras la escuela hubiera contribuido en algo a este respecto, sería para mal porque estamos en igual o peor tesitura que nunca en cuanto a nuestra capacidad de elección democrática. Ni ha desaparecido el fascismo (todo lo contrario), ni las tropelías de los poderosos, ni los abusos machistas, ni la tiranía de los que más tienen, ni el racismo, ni el clasismo, ni la aporofobia, ni el hecho consumado de que la mayor parte de quienes llegan al poder se corrompe irremediablemente. Es decir, los males que una enseñanza consecuente debería empeñarse en abolir, siguen ahí, algunos con más fuerza que nunca. Luego, más de cincuenta años de enseñanza general han valido para poco o nos hemos ocupado de otros menesteres, en ocasiones, absurdos.

Los fanatismos religiosos, populistas y nacionalistas siguen más vigorosos que nunca. Estamos en el punto más alto del fervor por procesiones, equipos de fútbol y tradiciones con arraigo sospechoso. Desde luego, la enseñanza no ha servido para evitar que la superstición se haya apoderado de las calles y de las gentes. A nadie se le ocurriría escribir un artículo criticando el fervor por una virgen o por un santo patrón y calificarlo de idolatría absurda, sin reparar en los enfrentamientos a los que te conduciría una afirmación tan racional. El furor que se observa en los aficionados al fútbol cuando su equipo sube a segunda regional o baja a preferente nunca lo había visto tan desmedido. Por los colores de un club, la gente ahora mismo mata. De momento apedrean autobuses, hasta de su mismo equipo. Los convencionalismos cada vez son seguidos inconscientemente, sin ningún espíritu crítico. Eso que aparece en todos los currículos educativos: "fomentar el espíritu crítico", es uno de los mayores fracasos de la enseñanza moderna. No he visto una época tan propensa a dejarse vencer por seguir a la masa (quizás exagero), por ser gregarios. Sí, el hombre es un ser social, pero esto no significa que debamos ser arrastrados por el tumulto que nos rodea al precio que sea. Esa era una función fundamental de la enseñanza, la de hacernos pensar por nosotros mismos, la de no seguir los impulsos irracionales del rebaño. Las redes sociales se apropian de las voluntades con muy poco esfuerzo. Es sorprendente cómo se engaña al personal con tanta facilidad, cómo nos volvemos prosélitos de la idea más absurda, del idiota más violento. Lo de formar el espíritu crítico supone un fracaso total de la enseñanza moderna, sin duda. 

Por último, me centro en mi experiencia en las aulas. A lo largo de mi carrera como profesor he llegado a la conclusión de que el sistema educativo falla en lo más básico: no nos metemos en el aula para generar bondad, responsabilidad ni conocimiento, sino para llenar el tiempo con todo tipo de contenidos, como poco, cuestionables y ajenos al mundo del alumnado; para alejar a los adolescentes de la vida real; para evitar que piensen, que desarrollen las capacidades que poseen y para custodiar durante un tiempo sus vidas. 

Si pensamos en los más de 50 años que trajinamos con la enseñanza moderna (que en absoluto lo es), llegamos a una conclusión devastadora: hemos sido capaces de aupar al poder a verdaderos idiotas y a la vista de las encuestas podemos ir más allá todavía. Ni espíritu crítico, ni capacidad de reflexión, ni mejores personas, ni sociedades más cohesionadas, ni formación humanística, no. Me duele este fracaso evidente porque he sido durante bastante tiempo miembro del sistema. Y no me voy a ir nada contento, os lo aseguro. Me duele ver esvásticas grabadas en los pupitres y dibujadas en las carpetas. Preferiría ver pollas. Me duele ver la repulsión que provocan las aulas. Hemos olvidado los métodos de la Institución Libre de Enseñanza. No sé si darían el mismo resultado, pero habría que probar con otra cosa, eso por descontado.   

¿Cómo se podría enseñar algo a un muchacho sin formar?, en primer lugar, en grupos más pequeños, de 12 máximo, sin calificaciones, sin asignaturas parceladas, sin limitación de espacios, sin exámenes (por supuesto). Es decir, deberíamos hacer justo lo contrario de lo que está estipulado y, aún así, habría que probar su eficacia. De todas formas, cuando en clase me he salido de los márgenes tradicionales, todo ha funcionado mejor que lo establecido como normativo, siempre. No enseñamos a los adolescentes a ser mejores personas, ni promocionamos el espíritu crítico, ni a pensar por ellos mismos ni a fomentar las bases del humanismo. Hay que darle una vuelta al sistema, sí, en lo más profundo. Habría posiblemente que reventarlo (viva Valle-Inclán) para crearlo con nuevos mimbres. O, casi mejor, pulir estos principios metodológicos de la ILE (de finales de siglo XIX, nada menos): 


-Educación Activa: El estudiante como centro del proceso de aprendizaje, no un mero receptor pasivo. Aprender haciendo, experimentando, razonando.

-Cientificismo y Razón: Prima la ciencia, el método experimental y el espíritu crítico sobre la memorización y la autoridad.

-Coeducación: ¡Uno de sus aspectos más revolucionarios! Niños y niñas aprendiendo juntos, algo absolutamente transgresor en el siglo XIX.

-Formación Integral: No solo importaban las materias académicas. El arte, el deporte, la excursión al campo («las colonias escolares»), la higiene y la formación en valores eran clave.

-Formación del Carácter: Educar para la libertad, la responsabilidad y la autonomía personal, no para la obediencia ciega.

miércoles, 20 de mayo de 2026

En mayo, por mayo

 En mayo, fue por mayo cuando nos comunicaron la condena, a muerte, esa era la condena, a muerte. Nadie, ni el más avezado de los humanos, está listo para semejante maldición. Esperamos en una sala cómoda de la Quirón. El médico llegaba tarde, con un casco de moto en la mano. Nos llamó su enfermera, pasamos a un cutre dispensario. Él, con desparpajo  nos dijo, "no, aquí no se muere nadie"(embustero). Respiramos, respiramos hondamente. El médico llamó a la enfermera para que se llevara a Eva a pesarla y, a solas, me comunicó el diagnóstico abrumador, insoslayable, fatídico: "Se muere, no le quedan más de seis meses (fueron dos y medio)". Yo no sabía qué hacer, no supe qué decir, no tuve palabras, ni gestos, como si me hubieran disparado en la sien, como si me hubieran sajado la garganta de un tajo. ¿Qué hago, se lo digo a ella?, para qué, para que en sus últimos días no tenga ninguna esperanza... no, de ninguna de las maneras. Luego me informó mi hermana de que los oncólogos están obligados a comunicar "la buena nueva" a alguien de la familia para que sea decisión suya informar o no. Decidí no decírselo. 

Nos fuimos a Madrid, teníamos el viaje contratado. Su fragilidad se empezó a manifestar allí, en nuestra ciudad fetiche, en nuestro lugar de ocio preferido. Fuimos al teatro. Vimos Ser o no ser. Ella rio, aún, era fuerte, más que nadie. Vimos una revisión de la picaresca, con Marta Poveda y Aitana Sánchez Gijón, en las salas del Matadero. Me maravillaba su entereza, su capacidad para disfrutar de la realidad, a pesar de estar abrumada por el diagnóstico fatal, por la enfermedad cruel. La recuerdo en la cama del hotel (el más antiguo de Madrid). Me dijo entre sollozos: "Me muero, me muero, no sé cómo afrontar esto". Yo no supe qué decirle. Yo, que a menudo inventaba para ella todo tipo de escenarios, de tramoyas, de historias sin sentido con que saturar su imaginación, no sabía qué inventar. Le dije, muy bajito, "hay que aprovechar el tiempo, no sabemos qué va a pasar, queda aún una esperanza a la que debemos agarrarnos". No supe reaccionar con suficiencia, me superó la situación. Lloraba, desconsoladamente, sentada en el borde la cama. No supe qué más decir. La abracé con toda mi alma, la abracé como nunca, ya estaba muy delgada, mucho. Notaba sus costillas en mis dedos. Ella se convulsionaba, se deshacía en llanto. Nadie puede saber cómo alguien se puede desmoronar de esa manera si no ha vivido una situación semejante. Se rio en Ser o no ser, se rio y yo lloré al verla reír. Era la mujer más entera del mundo. Ningún héroe clásico, ni Ulises, ni Aquiles, ni Ayax, ni siquiera Hércules, serían capaces de sonreír en una situación como la que sufría ella. Un héroe clásico, al que hubieran desahuciado como a ella, no sería capaz, seguro, de reaccionar ante una obra cómica. Era muy superior a lo que imaginaron los griegos clásicos, mis más admirados personajes. La observé con arrobo, mientras se sonreía y me fui al servicio para llorar desconsoladamente, a mis anchas. Porque yo, desde luego, no soy un héroe clásico, ni lo parezco.      

domingo, 17 de mayo de 2026

Chéjov, un amigo





¿Será cosa de la edad o de mi degeneración como ser social? Estoy conociendo a mucha gente nueva y es tan penosa la impresión que saco de la gran mayoría que me da por pensar: el problema es mi exigencia, la falta de criterio o una mengua flagrante de mi tolerancia a la idiocia. Yo me considero medio imbécil en muchos de mis comportamientos, pero la sensación que tengo en los últimos tiempos sobre la condición humana es penosa, de mediocridad total. A pesar de necesitar casi como el agua el contacto social, en los últimos encuentros he salido escaldado, como polluelo que cae en agua hirviendo. He preferido refugiarme en casa a seguir la jarana de bar en bar (algo que amo desde que tengo uso de hígado). Tan poca chicha y gracia les encuentro a las conversaciones que termino por claudicar. De todas formas, he sacado una conclusión evidente: aquellas personas con las que no te aburres y te gustaría alargar la velada hasta caer redondo al suelo, esas hay que cuidarlas como a gobernante honesto. El de la foto es Chéjov, el amigo que siempre quise tener.

Facebook en mi funeral





Comienzan a aparecerme en Facebook anuncios sobre el coste de mi funeral. Le he dado a "Me interesa" porque esto es mucho más emocionante que las presentaciones de libros o los memes de Trump. Vamos, mucho más. Amo a Facebook. Es el único ente que se preocupa por mi escatología y por mi economía post mortem. Pendiente siempre de mi existencia, de mis preocupaciones trascendentales.

He sido mucho de Lao-Tse, de Epicuro, de Montaigne, de Nietzsche, hasta del padre Apeles, pero no hay nadie en el mundo que se haya ocupado personalmente de mi final como Zuckerberg. ¡Qué altruismo, qué buena gente! Lo citaré en mi funeral.

miércoles, 6 de mayo de 2026

El teatro

 



Lo he dicho muchas veces y no me canso de repetirlo, el teatro es un recurso pedagógico infalible. Ayer mismo, alumnos de 1º, 2º de la ESO y Diversificación hicieron una representación magnífica de una comedia, delante de bastante público, en un auditorio muy digno. Solo tendríais que haber visto la cara de felicidad absoluta que se desprendía de sus rostros después de la representación (y también la nuestra, la de los profesores que nos embarcamos en la empresa). Opuesta a la que les solemos ver en clase de Matemáticas o de Lengua. Sí, el teatro consigue hacerles disfrutar casi tanto como aborrecen nuestros métodos educativos. Y no solo eso, siempre que hemos organizado un espectáculo teatral con ellos, es mayoritaria la presencia de alumnado muy especial, con sensibilidad distinta, incluso, a veces, con problemas de acoso y de aislamiento. El teatro, entonces, se convierte en una solución mágica para situaciones que aparentemente no se pueden paliar y desembocan a menudo en tragedias de mayor o menor intensidad. Me emociona ver cómo chicos que viven su paso por el instituto completamente aislados, con un penar constante, se integran en el grupo de teatro y poco a poco se sienten parte de una comunidad indisoluble, de solidaridad necesaria, parte insustituible de un engranaje maravilloso cuyo objetivo es convertirse en otros, salir de su naturaleza, asumir otra distinta, despojarse de la realidad. El efecto que provocan en ellos los ensayos y, luego, la puesta en escena es justo el inverso al de las clases magistrales, tediosas, asfixiantes, faltas de toda justificación. El teatro, para quien se integra en una compañía (más para un adolescente), es siempre una fiesta y, además, soluciona conflictos aparentemente irresolubles, endulza soledades y acciona mecanismos de defensa ocultos bajo la piel herida de individuos especialmente sensibles a la violencia social de los mundos juveniles. Dejad que se disfracen, que se maquillen, que se transformen y colgad la toga de jueces implacables. El beneficio será mutuo. 

Por cierto, en la foto estamos deformados, somos mucho más jóvenes (todos).     





martes, 5 de mayo de 2026

Demelza


 

Con ocasión de una celebración con amigos de la adolescencia, me vino a la cabeza el recuerdo de una chica con la que salí un tiempo, hace muchos, muchos, pero que muchos años. Salir en los ochenta significaba verse los fines de semana en la discoteca o en el pub del pueblo o en el de al lado. Luego, ningún contacto. Era el tiempo anterior a los móviles y ni siquiera el teléfono fijo lo usábamos con asiduidad. Yo tendría alrededor de 20 años y ella otros tantos. No recuerdo el nombre de la chica, pero sí que le decíamos Demelza, por su parecido con el personaje de la serie Poldark. Nos citábamos en esos lugares sociales de perdición de un fin de semana al otro, aunque bien es verdad que las sesiones de discoteca empezaban el viernes por la tarde, seguían por la noche y también comprendían sábado tarde y noche y domingo tarde.  Yo falté a alguna de esas citas y ya no la volví a ver. Si lo pienso bien, no cortamos. Yo no la dejé, ni ella a mí, por lo que, oficialmente, todavía salgo con esa chica. Es posible que Demelza tenga hijos y hasta nietos, pero no cortamos oficialmente, así que estoy en una situación del todo embarazosa. No sé si acercarme el viernes que viene por el Molino o por la Paty, o pasarme por el cementerio. 

lunes, 27 de abril de 2026

Obra maestra



La madre: "¡Fabuloso, no he visto nada mejor!" 

La hermana: "¡Un escándalo, un verdadero escándalo, qué maravilla!"

La prima: "Si hay algo superior, no lo conozco, ¡qué prosa, qué pinceladas, qué delicia!"

La amante: "¡Soberbio, histórico, necesario...!"

La mujer: "¡Ya es un clásico!"

La amiga: "No esperaba menos de mi colega, de mi apreciado Manolo"

Nadie se atreve a desdecir la opinión general. Si no te gusta, si discrepas de esas extremadas alabanzas, eres un engendro desagradecido. No eres cristiano viejo, y ya. La obra se expone en diferentes escaparates, se alaba con lisonjas cada vez más ridículas, aunque se trate de un verdadero despropósito (bueno, una mierda, hablando en plata). Llega a oído de las instituciones y, lógicamente, la añaden a su catálogo de excelencias. Total, si tenemos que incluir la piltrafa de la hermana del delegado, por qué no esto. Lo importante no es promocionar la belleza, sino lo que triunfa, lo que suena, lo que sabe venderse... El criterio artístico ha muerto, bueno, la verdad es que no sé si alguna vez existió. No sé quién lo dicta, pero, desde luego, las loas de los allegados hay que ponerlas en cuarentena siempre y los próceres no deberían dejarse llevar ni por las amistades, ni por las simpatías, ni por los intereses. Y, por supuesto, los que dominan la materia deberían tener como fiel (a la hora de las valoraciones) la sinceridad, la honestidad, y no el temor a perder colegas. Vamos, un imposible. ¿Tan difícil es distinguir un Ecce Homo de un Velázquez? 

Gastrobares

Me siento en la barra de un bar moderno (bueno, no sé si se puede llamar barra a esto). Pocos camareros, muy malencarados (no creo que les paguen muy bien). Es difícil descifrar qué alimentos hay en la carta, no porque esté escrita en un idioma extraño, sino porque no conozco ni la mitad de los productos. Me sirven una cerveza, después de insistir con educación. La idea es cenar aquí, pero me resulta imposible. Pago y me voy. Aterrizo en un bar de toda la vida. Camareros experimentados, rápidos y atentos. Cantan las comandas a voces. “¿Le falta algo, caballero?”, me preguntan varias veces, con el bar a rebosar. No voy a cenar quinoa, pero las cañas valen 50 céntimos menos y sirven las mejores gambas al ajillo del barrio. Esta es la diferencia entre un gastrobar y el bar Manolo. Elige.

jueves, 16 de abril de 2026

Hamleto


 

Él se acaba de meter dos rayas y lleva una pistola en el sobaco. Mala idea. Intenta cargar el arma y caen las balas al suelo. Normal. Se mira en el espejo del baño, se frota con el índice las encías, se siente poderoso, aunque en el fondo no deja de ser un desgraciado. Solo ha entrado una bala en el cargador. Esgrime la pistola ante el espejo, posa, se siente un actor de medio pelo. Es joven y guapo, lo sabe, pero está colgado. Se moja la cara. Se rocía el cuerpo con desodorante barato y sale del baño. Quiere matar a su padre. No se atreve. Está sentado de espaldas a él en una silla de ruedas. Se va a la cocina y allí se encuentra con su madre. Cocina un pollo asado. Apenas mira a su hijo, aunque hace tiempo que no lo ve. Él la besa en la cabeza, se mueve alrededor de ella, como azogado. Ella lo ignora. El pollo ocupa toda su atención. Él, el hijo, habla atropellado, cuenta su viaje, su llegada, lo cambiado que está el pueblo, se enreda con el discurso. Ella, la madre, sigue a lo suyo. Él parece recordar por qué está ahí. Calla, sale y va en busca de su padre. Palpa la pistola, aún en el sobaco. Intenta sacarla y se le cae al suelo. La recoge. El padre sigue meciendo la cabeza, sin reparar en en los golpes del arma sobre el parqué. El hijo fija la mirada en la coronilla pelada . Ya es un hombre acabado. No es el mismo al que deseaba sacrificar como a un ternero. Se paraliza. Ese no es el mismo hombre. Atrapa aire a bocanadas. Le apetece otra raya. Vuelve al baño. El polvo se derrama sobre la taza del váter y esnifa con ansia. Sale, suda, tiembla, se ahoga. Su madre aparece con el pollo en una bandeja, lo mira de soslayo, ve la pistola, ve su desesperación, calla. Conoce la cobardía del hijo. Posa la cena sobre el salvamanteles. Acerca a su marido a la mesa, entre balbuceos, casi barrita. La madre hace un gesto al hijo. Él se sienta donde siempre. Mira al padre... se ríe de él, seguro. Dispara. Le sirve el muslo y lo riega con salsa.   

viernes, 3 de abril de 2026

Trabajar cansa



Abjurar, abjurar de todo. Trabajar cansa, lo dijo Pavese. Y es cierto. No deseo tener ya ninguna responsabilidad, ningún objetivo, ninguna finalidad. Así, así quiero estar, tumbado en la cama, refocilándome con un libro entre las manos hasta que me apetezca levantarme para dar un paseo y recoger algo de sol. La vida es fácil. Solo el trabajo la vuelve complicada. Sin trabajo, me siento ante el ordenador y escribo gilipolleces como esta, y me convenzo de que he hecho algo útil para la humanidad. Y salgo a la calle, y desayuno, y la madalena que empapo en el café con leche me parece que es premio necesario a mi genialidad de mediodía. Ser gilipollas conlleva estos convencimientos. Uno cree que ha cumplido con la humanidad después de escribir dos chorradas pretenciosas. Esto es así y compensa y ayuda a no tomarse cien barbitúricos de marcas blancas. Si te levantas satisfecho después de componer una oración coherente, no puedes suicidarte, la madalena te la mereces.

Adolescencia



Pocas veces (a lo mejor nunca) he mantenido una conversación tan sesuda con un alumno como la de anteayer. Y lo mejor, tan sesuda como poco forzada. Ofelia, la prometida de Shakespeare, ha sido el detonante. Me preguntaba él cómo podía relacionar en su comentario el asunto del paso de la inocencia a la madurez en Hamlet. Yo le he intentado explicar que el comportamiento del príncipe Hamlet, cuando el espíritu de su padre lo empuja a tomar venganza, representa, de alguna forma, la entrada en el mundo de las responsabilidades angustiosas. Y Ofelia es la primera víctima. El alumno ocupa parte de su tiempo de ocio en leer a Descartes, Kafka o Camus. Por suerte, yo llevo más de 30 años con este veneno de la literatura. Si me hubiera preguntado a los 17, seguramente no lo habría comprendido. Y lo más paradójico, pocas veces (a lo mejor nunca) tengo posibilidad de entusiasmarme por una conversación literaria con gente de mi edad, o de 50 o de 40. Es chocante conectar mejor intelectualmente con un chico de 17 que con un coetáneo, muy chocante. Pero este discurso no engrana con el lugar común de la denigración de la adolescencia. No sé si va a ser tenido en cuenta.

martes, 24 de marzo de 2026

Trump y Shakespeare



 

Uno de los valores más misteriosos de las obras de Shakespeare es el hecho de que ninguna respete el decoro y, a pesar de eso, sus personajes sean absolutamente verosímiles. Los reyes de Shakespeare: Lear, Hamlet, Macbeth, Enrique V, Ricardo III..., todos, hablan con un lenguaje elevado, maravilloso, épico, excelso. Y por esa misma ocasión, yo no puedo creer que la mayoría de esos menguados supieran utilizar las palabras de esa manera tan hábil. No puedo creer que un cobarde, pusilánime, como el príncipe Hamlet pudiera elaborar un discurso tan magnífico como el de "ser  o no ser". No se me pasa por la cabeza pensar que alguien tan alejado del sentido común como Enrique V construyera discursos tan acertados como los que elabora el bardo de Stratford. No, no puedo imaginar tampoco a una mujer cruel, ambiciosa y descarnada como Lady Macbeth, amasando un monólogo magnífico para justificar su crueldad y su ambición desmedida. Sería como si, en la actualidad, a alguien se le ocurriera adornar con literatura los desvariados hechos de un menguado, de un psicópata como Trump. 

Cuantos más desvariados, desviados y obtusos son los poderosos, de mejores discursos los dota Shakespeare. El autor inglés es capaz de convertir a un borracho libertino como Falstaff en un hombre muy, muy sabio o en un filósofo admirable al bufón de Lear. Sabe, a través de sus diálogos, crear reyes maravillosos que, sin embargo, según sus hechos, son deleznables. Shakespeare casi establece que, cuanto peores son los efectos que produce el poder, mejor hay que mostrarlos en la forma. Los versos que dibujan a Enrique V o a Macbeth o a Lear o a Tito Andrónico, deben ser más perfectos cuanto más pérfidas sean sus acciones. 

Ojalá y Shakespeare viviera todavía. Encontraría en Trump un vertedero de poder tan fuera de lo verosímil que construiría la más grande y maravillosa trama que se hubiera escrito sobre la faz de la Tierra. No creo que podamos encontrar en la historia un ser tan abyecto, absurdo e ignorante como este pazguato. Me imagino a los personajes de Shakespeare sin pizca de raciocinio a pesar de su deslumbrante discurso, esa es la virtud del bardo, hacer sublime la realidad de unos hombres mediocres. Hasta Marco Antonio me parece idiota, a pesar del peso mayúsculo de su discurso ante el cadáver de Julio César. Imaginad que Shakespeare hubiera conocido un imbécil como el presidente norteamericano. Habría construido la más maravillosa obra dramática nunca jamás elaborada. Un idiota de ese calibre es difícil encontrarlo incluso entre los reyes. Materia shakespiriana en esencia. Detritus andronicus.      

sábado, 21 de marzo de 2026

Tareas de un ama de casa



Por la mañana, bien temprano, saco a mear al guepardo, llevo a los chicos a la Cañada Real y les compro la dosis de heroína que van a necesitar para soportar la jornada. Los dejo allí hasta el mediodía. Aprovecho para disfrutar de mi soledad y de mis amigas. Almorzamos en un gastrobar y nos ponemos bien de cazalla, absenta y aguardiente de La Frontera. Aún nos tenemos en pie, así que robamos ladrillos de las obras y los lanzamos contra los escaparates del Zara y de Mercadona. Antes de recoger a los chicos, paso por una librería y escupo entre las páginas de las novelas más vendidas. Me iría al bingo a robar la caja, pero me esperan. La policía no me sigue, recojo a los chicos (ninguno tiene el mono) y volvemos a casa. Preparo pato a las finas hierbas, enveneno a mi marido y a los niños. Me falta tiempo para mí misma.

sábado, 14 de marzo de 2026

Roma y una canción

 


A la orilla del Tíber escuchamos esta canción cuyo título no recuerdo. Andábamos enfurruñados, no sé por qué. No sabes cómo me arrepiento de haber desperdiciado momentos así por las idioteces de la convivencia. No consigo recordar siquiera el grupo que la interpretaba. Hoy, tampoco. No es igual oírla en un pub de Albacete, casi vacío, que a las orillas del Tíber, acompañado por la Roma acongojante y por ti. No, no es lo mismo. La canción no suena igual, el mundo suena distinto. Y, sin embargo, la melodía une el pasado con el presente, lo grapa, le pone un clip atemporal. La música nos vuelve eternos, a pesar del prosaísmo miserable de la vida. 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Isabelle Huppert



Isabelle Huppert bajo los soportales de Bolonia. Camina enérgica, aunque frágil. Gesto serio, menuda y a la vez enorme. En la pantalla transmite la misma energía que deslizándose sobre las lápidas milenarias de la ciudad universitaria. Isabelle Huppert es el rostro impasible de “Un blanco fácil”, es la crueldad fría de “La pianista”, la musa del implacable Haneke. Hay mujeres de ficción que, al verlas en la vida real, te despiertan los sentimientos de los mortales en la Ilíada cuando se topan con los dioses que les apoyan en la batalla. Héctor se rinde ante Afrodita; Aquiles, ante Atenea. Al cruzarme con la Huppert bajo los soportales de Bolonia tuve la intención de pedirle una armadura. No le dije nada. La vi pasar, volví la cabeza, suspiré. Suficiente protección.

sábado, 28 de febrero de 2026

Sade



Sade en un pub de Albacete, un viernes noche, como si estuviéramos en 1990. Faltan algunos detalles: juventud, compañía y melocotones (es difícil de explicar). Sade suena con el mismo terciopelo, delicadeza nostálgica: una playa africana iluminada por una luna rota. No puedo separar la languidez de su voz de su rostro perfecto, profundamente erótico, triste. Quizás su música sea más adecuada ahora. En el 90, el fragor del sexo no me permitía saborear los matices sonámbulos del soul. A todas estas, yo estaba enfermo. Me voy a casa ya.



martes, 24 de febrero de 2026

Descompresión


 

Me lo dijeron o lo leí, no estoy seguro. Me lo dijeron: uno, cuando llega a cierta edad, comienza a desconectar de todo y de todos, comienza a sentirse poco a poco aislado en un mundo de extraños. Me lo dijeron y lo estoy constatando de forma palpable. Es más, no ha sido un proceso progresivo, ese "poco a poco", se ha convertido en un desgarro visceral bastante violento y repentino. Lo noto en cualquiera de las labores cotidianas: en la literatura, en las clases, en el cine, en el trato con mis compañeros de trabajo, en mi relación con amigos. 

Un ejemplo muy evidente. Leo críticas cinematográficas sobre algunas de las últimas películas españolas y veo que coinciden con su candidatura a premios importantes. La mayoría de ellas dicen justo lo contrario de la impresión que tuve al verlas. Tres de las películas propuestas para los Goya y bien recibidas por la crítica, me parecen no solo malas, sino tomaduras de pelo en toda regla: dos por pretenciosas y caótica narratividad; la otra, por la ridiculez de su humor y sus lastimosas interpretaciones. En cambio, hay una película que ha sido machacada de manera inmisericorde, de tal forma, que, al verla, después de haber oído toda clase de denuestos contra ella, salí perplejo porque me pareció bastante aceptable. No es una magnífica película, pero al lado de las otras tres, Ciudadano Kane

A veces he discrepado respecto a la opinión de algún crítico o de algunos lectores o espectadores, pero no hasta el punto de que lo que me ha parecido plenamente ridículo e infumable, se valore hasta de excelencia. Sin duda, estoy fuera de órbita, ya no sé dónde tengo el culo ni las témporas, es evidente. Estoy en plena descompresión y lo veo todo distorsionado y confuso, como si me hubieran quitado la escafandra en mitad del espacio. O eso o me he pasado con el LSD. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Momias



Os voy a contar mi experiencia, la más espeluznante que he vivido como turista, y eso que me he bañado en la Playa de los Ingleses de Benidorm, he bebido Budweiser en Port Aventura y he comido en Berlín.
Las catacumbas de los capuchinos en Palermo no son cualquier cosa. Como dicen los que han hecho el Camino de Santiago, a mí me han cambiado la vida, es más, soy otra persona, alguien con el estómago al revés, revuelto para los restos (nunca mejor dicho). Una amiga, con buen criterio y muy pocos escrúpulos, me recomendó la visita a este tétrico lugar y no sé si agradecérselo o no. Al salir de las galerías subterráneas donde se exhibe a los cadáveres, piensas, ¿a qué capuchino se le ocurriría que era buena idea embalsamar a la manera egipcia todo tipo de cuerpos y rellenarlos de paja? Y otro monje propuso lo siguiente: “¿Por qué no cogemos todos estos cuerpos embalsamados y los colgamos de la pared como si estuvieran vivos?” Y el tercero, el economista vio acertado convertir en visita turística la exhibición de cadáveres de niños, mayores, curas y hasta mujeres embarazadas, colgados de las paredes con alambres, hilos de pescar y flejes. Unos genios, los tres, sin lugar a dudas. Sin miedo, sin vergüenza, sin prejuicios, como deben comportarse los intrépidos. Esas cavernas de los ojos; ese cuero reluciente de la carne momia; esas mandíbulas desencajadas que sonríen al visitante; ese embajador americano con mostacho y cara de pergamino; esa bambina Rosalía, por fin, casi viva, vestida con perifollos, con sus tirabuzones, con su carita de nardo, en su ataúd de cristal. A la salida, la inscripción en latín que esperaba: “Memento mori”. Hombre, sí, pero recordad también que sois monjes, aunque eso sí, capuchinos, como los monos. El estómago del revés, ya os digo.

viernes, 13 de febrero de 2026

El tacto



Cuando veo tus fotos, ahora sí, por fin puedo admirarte, con serenidad y sosiego. Descubro en mi mirada un hueco purulento, una herida incurable, que nunca dejará de sangrar. Echo de menos tocarte y aún más que me toques. El tacto es el sentido más lúbrico. Puedo verte, sí, pero no estás, no puedes palparme. Oigo tu voz, veo tu rostro, pero no siento el escalofrío de tus dedos serenando mi cabeza. Tampoco puedo saborearte, mojar mis labios con tu lengua lenitiva, ni oler tu cuello, tu vientre, tu sexo. Hay tantas ausencias en los sentidos que me veo tullido, amputado, piedra sólida, seca, inerte. He olvidado los placeres sensuales en el más allá del tiempo. Se secó la saliva, se evaporaron los aromas, ya no existe la piel ni sus escamas.

sábado, 7 de febrero de 2026

Fargo y el cáncer




Aturdido por el güisqui, recoge datos sobre asesinos televisivos sin escrúpulos. Habla con ella. Comenta los episodios, sonríe y busca su complicidad, sí, la de la ausente. Para contarlo, busca el punto de vista adecuado, la voz narrativa correcta. Es difícil.

El matrimonio ideal está preocupado por ocultar el cadáver. Ha muerto atropellado un asesino lerdo, con la nariz llena de nicotina. La sangre no es problema, él es carnicero. Ella, una loca deliciosa, con ansias de libertad y muchos pájaros en la cabeza. Atardece para mí. Se lo digo a ella, “atardece”. Es posible que no me oiga, esta tarde creo que sí. Poco importa. Atardece no, el crepúsculo. El indio también es un asesino sin escrúpulos. El indio mata conejos y humanos, con la misma indolencia. No sé si te acuerdas, esta ya la vimos. Atardece, perdón, el crepúsculo.

Otro matón se acuesta con la hija turgente del mayor loco del mundo. A él le ha sorprendido que ella le metiera el dedo por el culo. Añora los setenta. Él es negro. Si lo supiera el padre de ella, lo despellejaría vivo. Aún nota su dedo en el culo, era el pulgar. Sonríen con la escena. Vuelven a sonreír, el pulgar de la joven rubia en el culo del negro asesino.

Mientras, la otra, la mujer del policía, no se desespera con la metástasis, como tú. Entereza, valor, fragilidad. Yo alucino. El narrador alucina. La voz neutra alucina. Ni una queja, ni un gemido fuera de lugar. Entereza, alucino. Solo una súplica: “¡Mátame!” No sabe si debería haberle obedecido.

Los asesinos pactan, la jefa tiene mi edad, bueno, la edad del narrador. “Dame la mano”, aunque no estés. Sabes que la reunión de los asesinos no puede acabar bien. Las balas se precipitan, los muertos van apilándose.

La peluquera se deja convencer por su jefa (la peluquera es la de los pájaros). No cede. Quiere liberarse. Ella te gustaba, mucho, te sentías representada por ella. No me extraña. Aparece de nuevo el indio. ¡En el congelador, en el congelador!, ahí está el cadáver que busca (como en mi novela).

La jefa se amarra a su marido en la cama, a pesar del ictus. Decide ir a la guerra. El cáncer es una guerra, una guerra perdida. No hay una frontera clara entre el bien y el mal. Lo dice el policía de Minnesota. Confío en él, pese al tufo moralista. Soy el narrador en tercera persona.

Mientras Reagan da un discurso en el que alaba a la familia, los clanes mafiosos se masacran con escopetas recortadas y navajas de Albacete (sangre contraria). “No le daría nunca la mano (a Reagan) porque hizo una película con un mono”. Le da la mano con mucha fuerza. Personaje sin palabra.

¿Estás ahí?, sí, está ahí. La joven rubia se ve de nuevo con el negro. Esta vez no hay dedos, solo recriminaciones por los asesinatos. No son Romeo y Julieta, no. Aclara él. Le enseña la cabeza cortada de su jefe, muy bien empaquetada en una caja de repostería.

Sigues aquí, a mi lado. Todos están muertos (o casi todos). Ellos son muertos de ficción. Tú, no. El güisqui distingue unos de otros. Al final todos morimos, la vida es una broma. La empleada de la carnicería cita a Albert Camus. Cráneo privilegiado. ¿Tú, dónde estás? Es muy difícil saberlo. Sí, ahora aquí, con él. Pero, ¿luego?

La ayudante, nihilista, del carnicero se enamora del asesino en ciernes. Está tullido. Él también ha leído a Camus. Antes de entrar en el negocio, le obligan a ir a la universidad. No se atreve a matar al carnicero. Normal.

El policía de Minnesota y Ronald Reagan coinciden en los urinarios. Reagan es gilipollas, también en las distancias cortas. La mujer del cáncer está siempre animosa (como tú). No sabe si tiene hambre o ganas de vomitar. Tú no tenías hambre. Nadie sabe qué decirle, ni siquiera su padre. Yo, a veces, tampoco sabía de qué hablar. “Me muero”, qué se puede responder. Ojalá y te hubieran dado un placebo como a ella. Estoy cabreado, muy cabreado, casi como los hermanos de la familia de asesinos. Pero no sé a quién agredir, ¿al oncólogo, al radiólogo, a las enfermeras, al tiempo, a Camus? No lo sé.

Todo se desmadra. La del cáncer elige cuidar de los suyos, aún puede, bueno, no, porque ya no come (tú tampoco). Igual. Está sola. El carnicero muere desangrado en una cámara refrigeradora. Ella nota el cáncer, “es el lado pocho del melocotón”. Camus no tiene ni idea. “Tranquila, me quedaré contigo”. Anochece. Ya no hay ni crepúsculo.