Mostrando entradas con la etiqueta Eva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eva. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de junio de 2026

60 AÑOS



Hoy Eva se habría jubilado. Sesenta años que no se han cumplido, sesenta años que me arrojan a la soledad más absoluta. Nadie sabe de la realidad de los años, ni de los días, ni de las horas. Todo es tan azaroso que asusta. 60 años, 60. Lo he celebrado como a ella le habría gustado. Con una amiga a la que habría adorado por su bondad, por su inteligencia, por su amor a los perros, por su delicadeza. Yo la conocía, a fondo, lo sé, sé de su cariño por los pastores alemanes. Cuando el 29 de mayo descarga así, sin clemencia, uno espera no faltar a la excelencia, cumplir fielmente con su recuerdo, beber tanto como a ella le habría gustado, beber sin medida, nostalgia a nostalgia, con su imagen siempre prendida, en la solapa, en el cuadro del salón, atada a la imagen inmortal de mi hija, de su hija, ¡Alma mía! Nunca el tiempo fue tan despiadado como el 29 de mayo, nunca.

miércoles, 20 de mayo de 2026

En mayo, por mayo

 En mayo, fue por mayo cuando nos comunicaron la condena, a muerte, esa era la condena, a muerte. Nadie, ni el más avezado de los humanos, está listo para semejante maldición. Esperamos en una sala cómoda de la Quirón. El médico llegaba tarde, con un casco de moto en la mano. Nos llamó su enfermera, pasamos a un cutre dispensario. Él, con desparpajo  nos dijo, "no, aquí no se muere nadie"(embustero). Respiramos, respiramos hondamente. El médico llamó a la enfermera para que se llevara a Eva a pesarla y, a solas, me comunicó el diagnóstico abrumador, insoslayable, fatídico: "Se muere, no le quedan más de seis meses (fueron dos y medio)". Yo no sabía qué hacer, no supe qué decir, no tuve palabras, ni gestos, como si me hubieran disparado en la sien, como si me hubieran sajado la garganta de un tajo. ¿Qué hago, se lo digo a ella?, para qué, para que en sus últimos días no tenga ninguna esperanza... no, de ninguna de las maneras. Luego me informó mi hermana de que los oncólogos están obligados a comunicar "la buena nueva" a alguien de la familia para que sea decisión suya informar o no. Decidí no decírselo. 

Nos fuimos a Madrid, teníamos el viaje contratado. Su fragilidad se empezó a manifestar allí, en nuestra ciudad fetiche, en nuestro lugar de ocio preferido. Fuimos al teatro. Vimos Ser o no ser. Ella rio, aún, era fuerte, más que nadie. Vimos una revisión de la picaresca, con Marta Poveda y Aitana Sánchez Gijón, en las salas del Matadero. Me maravillaba su entereza, su capacidad para disfrutar de la realidad, a pesar de estar abrumada por el diagnóstico fatal, por la enfermedad cruel. La recuerdo en la cama del hotel (el más antiguo de Madrid). Me dijo entre sollozos: "Me muero, me muero, no sé cómo afrontar esto". Yo no supe qué decirle. Yo, que a menudo inventaba para ella todo tipo de escenarios, de tramoyas, de historias sin sentido con que saturar su imaginación, no sabía qué inventar. Le dije, muy bajito, "hay que aprovechar el tiempo, no sabemos qué va a pasar, queda aún una esperanza a la que debemos agarrarnos". No supe reaccionar con suficiencia, me superó la situación. Lloraba, desconsoladamente, sentada en el borde la cama. No supe qué más decir. La abracé con toda mi alma, la abracé como nunca, ya estaba muy delgada, mucho. Notaba sus costillas en mis dedos. Ella se convulsionaba, se deshacía en llanto. Nadie puede saber cómo alguien se puede desmoronar de esa manera si no ha vivido una situación semejante. Se rio en Ser o no ser, se rio y yo lloré al verla reír. Era la mujer más entera del mundo. Ningún héroe clásico, ni Ulises, ni Aquiles, ni Ayax, ni siquiera Hércules, serían capaces de sonreír en una situación como la que sufría ella. Un héroe clásico, al que hubieran desahuciado como a ella, no sería capaz, seguro, de reaccionar ante una obra cómica. Era muy superior a lo que imaginaron los griegos clásicos, mis más admirados personajes. La observé con arrobo, mientras se sonreía y me fui al servicio para llorar desconsoladamente, a mis anchas. Porque yo, desde luego, no soy un héroe clásico, ni lo parezco.      

sábado, 14 de marzo de 2026

Roma y una canción

 


A la orilla del Tíber escuchamos esta canción cuyo título no recuerdo. Andábamos enfurruñados, no sé por qué. No sabes cómo me arrepiento de haber desperdiciado momentos así por las idioteces de la convivencia. No consigo recordar siquiera el grupo que la interpretaba. Hoy, tampoco. No es igual oírla en un pub de Albacete, casi vacío, que a las orillas del Tíber, acompañado por la Roma acongojante y por ti. No, no es lo mismo. La canción no suena igual, el mundo suena distinto. Y, sin embargo, la melodía une el pasado con el presente, lo grapa, le pone un clip atemporal. La música nos vuelve eternos, a pesar del prosaísmo miserable de la vida. 

viernes, 13 de febrero de 2026

El tacto



Cuando veo tus fotos, ahora sí, por fin puedo admirarte, con serenidad y sosiego. Descubro en mi mirada un hueco purulento, una herida incurable, que nunca dejará de sangrar. Echo de menos tocarte y aún más que me toques. El tacto es el sentido más lúbrico. Puedo verte, sí, pero no estás, no puedes palparme. Oigo tu voz, veo tu rostro, pero no siento el escalofrío de tus dedos serenando mi cabeza. Tampoco puedo saborearte, mojar mis labios con tu lengua lenitiva, ni oler tu cuello, tu vientre, tu sexo. Hay tantas ausencias en los sentidos que me veo tullido, amputado, piedra sólida, seca, inerte. He olvidado los placeres sensuales en el más allá del tiempo. Se secó la saliva, se evaporaron los aromas, ya no existe la piel ni sus escamas.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Tristeza




Estoy triste, profundamente triste. Llevo encima esta tristeza casi cuatro años y sé que no va a abandonarme por mucho empeño jovial que le inyecte. Disimulo bien en público. Los muchos siglos de clase me han enseñado a no mostrar mis debilidades, a esconderme tras una máscara hipócrita de afabilidad. Pero cuando llego a casa, cuando estoy solo, no consigo quitarme de encima esta enorme tristeza que me abruma, que me anula. Nada vale nada, nada sirve, nada tiene ya importancia. Esto se acabó. Ni siquiera la nostalgia es un arma contra la debacle. Uno es demasiado viejo para que la espalda no duela. La fortaleza ha caído, celebremos la ruina. No me importa la vida en ninguna de sus latitudes, sin embargo, esta noche tengo una fiesta y mañana, otra. Ella, la pena negra.

martes, 2 de diciembre de 2025

Quiero llamarla



Quiero llamarla, llamarla por teléfono, para decirle dónde estoy, para explicarle lo que hago. Para que me alabe o me reprenda, para que me consuele, para expresar mi satisfacción por la clase de hoy, para que se alegre por mí, para alegrarme por ella. Quiero llamarla, como siempre cuando yo estaba fuera, desde una cabina telefónica, desde el teléfono fijo, desde el móvil. Ella siempre estaba al otro lado, siempre contestaba, siempre esperaba mi llamada. Si alguna vez alguien fallaba, ese era siempre yo. Ella nunca faltaba a nuestra cita. Casi siempre a las nueve de la noche. Cuando veo esa hora en el reloj, instintivamente cojo el móvil y… no marco, es inútil. La muerte no es la mejor telefonista.

sábado, 29 de noviembre de 2025

El destino



Da igual lo que hubieras planificado hace 5 años, el destino es caprichoso y estamos vendidos a sus melindres y crueldades. Nunca me habría imaginado solo, en Albacete, lejos de todos los vínculos, fraguados a lo largo de 59 años. Las abominables tragedias te condenan a penas del todo inesperadas. Si hace cinco años me cuentan lo que iba a ser mi vida actual, me habría muerto no sé si de risa o de sorpresa. Y habría despedido al profeta por descabellado. No, Edipo, cuando buscaba al culpable de la muerte de Layo, nunca imaginó que él mismo era el asesino. El destino siempre te despeña por terraplenes insospechados, por mucho que uno crea tenerlo todo bien amarrado. Si la muerte va a buscarte a Isfaján, al final, terminarás en Isfaján. Si los descendientes de Banquo están destinados a ser reyes, da igual que te empeñes en exterminar a su familia. Serán reyes. Si está escrito que mueras de cirrosis en Albacete, da igual que te esmeres en hacer deporte y proyectes la vuelta al pueblo en breve. Ni Tiresias, ni las brujas de Macbeth, ni el personaje de las Mil y una noches, ni los pájaros del parque Abelardo Sánchez se pueden equivocar. Acabo de consultarles.

lunes, 27 de octubre de 2025

Me falta


 

La echo de menos, especialmente cuando algo me sale muy bien, cuando me felicitan por algún asunto. Ella se alegraba más que yo, era así de desprendida, así me quería, y, en su momento, no supe apreciarlo lo suficiente. Ahora, cuando algo me sale muy bien (pocas veces), la espero, todavía. Me falta su abrazo. ¡Mierda! Soy un miserable. 

lunes, 20 de octubre de 2025

El vértigo del tiempo



El vértigo del tiempo; el vértigo del paso inexorable de los días, de los años; la amenaza de la vejez; el horizonte ominoso de la muerte, de la inexistencia, del no ser. Bulle y bulle, cada vez con más fuerza, con mayor angustia. Es una maldición pensar en uno mismo, tener consciencia de la finitud. Me asomo al abismo y un viento helado me corta la respiración. Estiro los brazos y no palpo nada, salvo la nada. Un vacío insondable, amargo, al que estamos condenados todos, todos (torpe consuelo). Las dimensiones del teatro.

Ella ya fue engullida por el precipicio. Me espanto. Solo queda la nada, solo. No me habléis de alimentos saludables, de hábitos perniciosos… Tened decencia, dejad caer al mortal con un aire de dignidad. No mintáis y, sobre todo, no deis la pelma. Dejad que nos arañe por última vez la tierra. 

Mi vida no es así, solo mi literatura. No os preocupéis, la estoy sustituyendo por ver fútbol en televisión (así olvidaré la palabra “ominoso”.)

lunes, 18 de agosto de 2025

Besos



Cuando veo besarse a las parejas, me siento más débil que nunca. Añoro el beso fugaz, cotidiano, hasta rutinario, casi más que el lúbrico. Están esperando un helado y ella deja en los labios de él un roce fugaz. Van de la mano por la calle y, antes de entrar en la ferretería, él besa suavemente las mejillas de ella. Él se muestra airado, casi grosero, ella lo calma con una decidida aproximación de su boca. Sentados en un banco del parque, ella parece esquiva, pero enseguida se acerca a su regazo y acepta un beso en la frente. Ese beso, insignificante, frugal, volátil, sencillo, me enerva, me hunde, me destruye. Porque nunca más lo voy a tener, porque lo perdí en una infame habitación de hospital, porque nadie puede sustituirla. Porque yo soy un Adán (me lo decía mi madre desde pequeño) y Eva está en otros rollos.

sábado, 9 de agosto de 2025

Diarios de ella IV



Ripley

Ripley, el protagonista de la serie, arrastra un cadáver. Es en blanco y negro. Cómo se recrea en la melancolía. La recién asesinada se golpea la cabeza con cada uno de los escalones que van bajando. Cloc, cloc, cloc... A mí me atraen los thrillers, lo sabe, quizás por eso lo está viendo otra vez. Él despierta, alcanza la superficie del agua. Mira, desorientado, a un lado y a otro. Boquea, pez atrapado en el aire. Me mira, no me ve. Se sitúa. Vuelve la vista a la escena y busca el mando. Lo ha perdido. Es difícil saber dónde. Por fin lo encuentra y vuelve hacia atrás. Retrocede. ¡Ojalá pudiéramos! ¡Ojalá! Él, aunque no dice nada, también lo desea, seguro. El tiempo es despiadado, como el páramo. Nos priva de la complicidad, de la conversación, del amor, de la caricia, del orden.

La memoria

Por la tarde salimos a dar una vuelta por la ribera del Cinca. Baja poca agua. Los veranos son cada vez más secos. Las piedras blancas del río, demasiadas. Esas piedras redondeadas por la erosión de la corriente, suaves, viejas, sin aristas, como nuestra relación: pulida y destilada por los años. Por el cauce inmenso, apenas corre un regato ridículo. La desmesura de los deshielos se aprecia en las márgenes. Un recuerdo del caudal de primavera. Un recuerdo. Todo en verano se seca, desaparece. La corriente del agua solo vive en la memoria de las orillas. La memoria, esa desvaída memoria.

Villanúa

La perra, bien amarrada a la correa, para que los veraneantes no se espanten. Es grande y tan amenazante como atolondrada (no, yo no diría amenazante). Hay mucha gente de paseo. La tarde es agradable y beben, como nosotros, los últimos licores del verano.

En Villanúa no viven más de 400 habitantes durante el año. En agosto y Navidad crece con desmesura la población. Este dato nos lo proporcionan las chicas de "El Pajar del Troncho". Ellas están hasta el "papo" (así se desahogan) de la nieve y sus desmanes. Pero viven de los esquiadores. Lo que les da la vida las atormenta, como las células del cáncer. Nos pasa a muchas. Me ocurre a veces con los alumnos del instituto. ¡Ojalá y me siguieran atormentando! (No es verdad, nunca me atormentaron, es una hipérbole innecesaria). Nos acostumbramos sin razón a hablar mal de nuestro oficio, por mucho que lo amemos.

Bajamos a un campo de heno segado. Él y la perra corren, libres. Se persiguen el uno al otro. Vacían sus energías. Ella, fibrosa y retozona; él, renqueante y taciturno. Yo los observo desde la orilla del camino, agradecida. Cae la tarde. Sonrío.

Cenamos en la plaza principal. Las casas de piedra recia, las sombrillas de cerveza Ámbar, los tejados de pizarra negra, los atuendos de Decathlon, las bicicletas de montaña, los adolescentes de los albergues, los perros deslenguados. Casi todos son veraneantes, hay pocos naturales del pueblo. Quizás los dueños del bar. No sé.

Labordeta

Una vez coincidimos con Labordeta. En una tienda de deportes. Iría a renovar la mochila, supongo. Él aún presume de las botas de montaña que se compró ese día, y hace ya mucho tiempo de aquello. El calzado, a veces, sobrevive a nuestros pies. Labordeta era más feo al natural, más feo, pero muy simpático. Bueno, no sé, qué cejas, qué ojos fuera del rostro, qué mostacho. Una afabilidad hosca (yo no utilizaría esta expresión).

Conseguimos mesa de milagro. Torreznos y vino del Somontano. No se puede pedir más, bueno sí, que amaine el cierzo. La noche se pone fea. Él, como siempre, como nunca, no lleva ropa de abrigo. El viento de finales de agosto en el Pirineo no es para mangas cortas. Labordeta se protegía con un cortavientos y, calada, una gorra. La experiencia. No sé cuántas veces se lo he dicho. Siempre confía en los astros, pero casi nunca le son propicios. En verano todavía menos. Las estrellas van a caer a plomo sobre nosotros. En lo alto, ahí está nuestro destino. En el valle de Villanúa, la eternidad está más iluminada que en cualquier otro sitio. Mucho más que en el páramo. Solo hay que posar la copa sobre la mesa y mirar hacia arriba. Sonrío.

jueves, 7 de agosto de 2025

Diarios de ella III




Conexiones

Pensamos en la primera comida. Un paseo hasta el supermercado. No, mejor un bar, "frecuentamos tabernas mientras esperamos a la Parca", Valle, también me diría. "El Pajar del Troncho". Nombres recios del Pirineo. Dejamos a la perra en el patio. Siempre me convence (no es cierto). Al salir, vuelvo la vista atrás. El pasillo y la mirada del animal recriminan mi flexibilidad. Tantos años juntos se prestan a sintonías dulces, conexiones. Surgen casi sin hablarlas. Estupefacientes de lo cotidiano.

Me apetece agarrarlo de la mano para celebrar el nuevo asentamiento. A pesar de los muchos años, a pesar del tiempo que araña, desgasta, desmorona. Miramos hacia arriba, no hay otra dirección. Allá, en lo alto, está todo. Quizá nuestro destino. Lo noto acongojado, no sé por qué. Hemos venido a liberarnos del páramo, a respirar. Ese páramo inclemente y árido nos ha quitado tantas cosas. Ese despiadado sol de julio... Queda atrás. Y él tampoco se atreve a meterse nada. Tampoco tiene valor para salirse de sí mismo. Mi influencia, mi mesura.

Alturas

Las chicas de "El Pajar del Troncho" nos esperan. No podemos seguir martirizándonos, estamos en la época del "dolce far niente". La cerveza y el vino atenúan la soledad, el silencio. La terraza de la taberna se abre a la montaña, sin ningún pudor. El Collarada se cierne, majestuoso, sobre las copas y las mesas de plástico; sobre nuestros cuerpos. ¿Nuestros cuerpos? Hay que inspirar muy fuerte este viento puro, ancho, para ahogar las ausencias, los golpes de la desgracia, la vida. Para olvidarnos del páncreas.

Se me van a poner las piernas coloradas. Aunque refresca, el sol pega duro en la terraza y yo lo recibo en pantalones cortos. No importa, ya no importa. Él da un trago a la cerveza y mira hacia arriba: soledad y alturas. El alcohol siempre nos arropó, a los dos, siempre fue un vínculo que nos ayudó a besarnos. Y vuelve a alelarse, a ahogarse en la memoria. Las piernas casi no las siento. Será el sol o la brisa del norte o el despiadado mes de julio. Me gustan las suyas, siempre se lo he dicho. Sé que mi piel transparente y suave le atrae, y mis ojos verdes, también mis ojos, pero él me dosifica los cumplidos, como los adjetivos. "Si se abusa de ellos, pierden sentido, como visitar demasiado la montaña o la morfina. Por eso solo hemos tenido una hija, para no corromperla con la abundancia". Su esfuerzo por ahorrar alabanzas es chocante. También duele un poco.

La tarde

Cae la tarde. El descanso es necesario. Al volver a la casa, yo colocaría todo en su sitio. Prefiero el orden, lo bien hecho, la simetría. A él no le importa, los dos lo sabemos. Siempre juega al caos. Pura pereza. Yo no estoy cómoda en los espacios destartalados. Haría las camas, colocaría los bártulos de la cocina, arreglaría las sillas del patio, vencería su tendencia a abandonarlo todo donde ya está. 
El cuaderno impoluto, con la fecha del día, con caligrafía bien clara, con los márgenes firmes, con los colores necesarios, con títulos adornados, con pulcritud de escribano medieval. No sé cómo se aclara entre el desastre. Intento paliarlo, acondicionarlo. No reeducarlo (son muchos años), sino proponerle soluciones. Hasta él mismo se pierde en su propia algarabía. Si alguna vez se queda solo, se perderá en la inhóspita espesura. Antes que en el LSD. Sonrío.

Somnolencia

La tarde se presta a la somnolencia. Nos desparramamos sobre el sofá, conectamos el televisor y buscamos algo con qué sedarnos. Desde hace unos años, nos dormimos con suma facilidad viendo series y películas. Nos ilusionamos ante la perspectiva de encontrar algo parecido a Mad Men, por ejemplo, pero no aguantamos despiertos. No sé qué ha puesto, no conozco la serie y no es el primer episodio. Es igual, a los cinco minutos duerme. No importa.

Una brisa helada se cuela por las rendijas de la puerta. Es extraño. Son las cuatro de la tarde en el reloj. Es escalofriante este helor de agosto. Aún dormido, él tiembla, se estremece con el soplo invernal de este verano incompetente. No conozco la serie. Quizá se turba por alguna otra razón. Puede ser.

viernes, 25 de julio de 2025

Diarios de ella II





La carretera

La perra sube al coche, ya desahogada. Se tumba sobre el asiento de atrás. Animal de fondo. "¡Ay, Juan Ramón!", me diría.

Él conduce. Por egoísmo prefiero que se ponga al volante cuando descendemos el puerto. Lo he convencido de que él es más hábil en las carreteras sinuosas, un ingenuo. Disfruto de la panorámica a través de la ventanilla. Cómo se va asilvestrando el paisaje: los rastrojos, el pantano, el lago, el verde del Norte, el bosque, los pueblos blancos, los pueblos negros, el Pirineo. Cada vez menos casas, más naturaleza. De Sabiñánigo a Jaca, de aquí a Castiello, a Canfranc y, por fin, el valle del Aragón. Esplendor de lo creado. Vida nueva. Un trago de agua. Fin de trayecto.

Poco a poco, aunque cada vez más rápido. El coche, singladura hacia el alto mundo. Han abierto todos los tramos de la autovía. Ya no hay curvas peligrosas ni pasos arriesgados. El camino se ha vuelto más liviano. Atravesar la roca tajada por Carlomagno también impresiona desde el resplandeciente asfalto. Se adivinan rebecos entre los pinos. Él me recuerda una anécdota: un buitre varado en el arcén. Apenas presto atención, efecto de los alucinógenos. También hay escaladores en las paredes de los primeros desfiladeros. Él no los ve. No puede. Realidad restringida del conductor, un ingenuo. La montaña ofrece un panorama acongojante. Huesca queda atrás. Casi nunca vamos a esa ciudad, no sé por qué. Sí lo sé: imposible salir del valle si no nos empuja la obligación. De la ciudad, solo recuerdo una tienda antigua con estantes de madera. Droga dura.


El éxtasis

Cuatro horas de camino, nada más. Cuatro horas y alcanzamos el éxtasis. "¿Recuerdas en Roma el Éxtasis de Santa Teresa? ¿Lo recuerdas? En esa pequeña iglesia a quilómetros y quilómetros de nuestro hotel. ¿Lo recuerdas?", yo sí. Cuarenta grados de andadura sofocante. Bernini nunca defrauda, vale la pena el sacrificio. No sé si para él también, nunca lo sé.

No me explico por qué no venimos al Pirineo más a menudo. "Si se abusa del paraíso, al final te expulsan. Si se abusa de la morfina, apenas se disfruta del cuelgue". A lo mejor.

No estoy segura de que a él le entusiasme la montaña tanto como a mí, no lo sé. Tampoco le he preguntado. Me da reparo hacerlo. Por eso conduce. Presiento que necesita demasiado el abrigo de las gentes. No sé si es una impresión cierta. Tampoco le he preguntado.


Silencios

A veces sembramos nuestras conversaciones de dudas. Dudas que ayudan al misterio, sí, y también a la desconfianza. No sé si él se siente otra persona entre estos bosques. No sé si necesita tanto como yo pincharse en vena. Supongo que sí. A él siempre le ha ido esto del vicio. Solo me queda la fe en mi intuición. Y hablamos, claro que hablamos, pero a menudo lo trascendente queda al margen. No sé.


Alma

Yo sí soy distinta cuando atravieso Monrepós. Me cambia el alma. El alma, qué paradoja. Recibe un guásap de nuestra hija, Alma. Ella también ha cambiado. La escucho en el coche con entusiasmo. La oigo. Es ella. "Pásalo muy bien y no pierdas nada". Eso le dice a él. Me estremezco. Seguramente ya ha perdido algo. Algo importante. No hay día que no pase. No sé, un macuto, unos anillos, una cadena, no sé. Siempre pendiente de sus despistes, de su caos. Sonrío.


Orden

La casa de mi hermano, en Villanúa, acurrucada en el valle, cerca de la cueva de las Güixas (de las Brujas). Vaciamos el maletero y respiramos, hondamente. Este aire no es el mismo, es más ancho, mucho más ancho. Es distinto. Me cambia el alma. El alma, qué paradoja. La perra se despereza y salta del asiento, entusiasmada, como yo. No parece agosto, un viento de enero corta el sol radiante, lo desvirtúa.

Registro lo cotidiano: un maletero lleno de bártulos, de ilusiones, que pronto volveremos a comprimir con esfuerzo y desalentados. Es inevitable pensar en la vuelta, en el fin. Una sabe que todo acaba, hasta los viajes de la morfina. La ropa, la comida, los trastos de la perra, los cargadores, el ordenador... tantas pequeñas cosas, tantas necesidades creadas: comienzo del viaje. La esperanza, el júbilo. Seguro que olvida algo, pero no sabe aún qué. Un macuto, unos anillos, una cadena, algo, algo importante. Sonrío, a pesar de predecir la vuelta. Ahora lamento no habernos atrevido con drogas más duras. No las probé, demasiado riesgo, demasiados límites, hasta el páncreas.

Cerramos la puerta de la casa, antes revisamos las habitaciones: la cocina, el salón, el patio, el baño, la alcoba. Qué palabra tan sugerente, "alcoba", "mis dos trenzas por el suelo, de la cocina a la alcoba", Lorca, me diría. Todo fuera de sitio, todo por ordenar. Me retan nuestros bártulos en mitad del pasillo. A él no.

jueves, 24 de julio de 2025

Diarios de ella I



1. Verano

Pirineos
"Las sombras de las montañas se alargan, se ilumina el valle". Él comienza una nueva novela con esa frase. Aún se ilusiona. También advierto tristeza. Vive arrinconado, un poco más. La literatura le sirve para combatir las horas y la soledad. Sigo sus emociones, sus pálpitos, sus murrias, su dejadez, su caos. Hasta oigo sus músicas, aunque no coincidamos del todo en los gustos. La Velvet Underground, eso escucha. Esta banda sí me apetece, me trae imágenes dispersas de cuelgues y desfases. Tan lejanos... Lamento, lamentamos, no haberlos repetido más veces. A pesar de las consecuencias, las consecuencias, qué ironía, qué paradoja. Suena el tintineo del "Sunday Morning", la voz cadenciosa, drogada, de Lou Reed, y añoramos no habernos metido alguna dosis antes de la tragedia. Antes del páncreas.

Morfina
Llegamos al Pirineo, mi morfina: el trabajo queda lejos, el horizonte estalla, la naturaleza seca la garganta. Aislamiento lúbrico. Aparcamos el coche en un ensanche de la carretera. La mañana es fresca, no parece agosto. La perra ladra: ansia de libertad. Al fondo, las imponentes montañas, el fin del páramo. Pienso en la sensación desagradable del regreso: es agrio atravesar el puerto, volver la cabeza y perder de vista las alturas. Siempre quiero más. El mono. Se lo repito cuando regresamos. Él me mira y calla. No sé si goza tanto como yo de este solaz: de los valles pirenaicos, de su sosiego. Bajo las dosis de los abetos, de las hayas, bajo la estatura de los cielos. No sé si a él le va tanto como a mí la morfina. Sunday morning.

Vínculos
La perra se entusiasma, como yo, se arrebata, brinca, vuelve a ladrar (pleno cuelgue). Él, apoyado en el mirador, otea el horizonte: una metáfora de olas petrificadas, la atracción de lo agreste. Nos espera un mar distinto, paralizado. Veo a través de sus ojos. Solo quiero estar con él. No sé si está tan seguro como yo sobre nuestro vínculo exclusivo. Creo que sí, treintaiún años de binomio no se fingen. Hasta heroína habría consumido por él, aunque siempre he sido muy sobria. Solo necesito el Pirineo y su silencio, solo.


Él
Lo besaría. Me gusta besarlo, él finge frialdad, no es así. Observa la lontananza con la mirada muerta. Absorbido por la eternidad. Llegar a lo más alto del puerto de Monrepós, salir del coche y contemplar lo inmenso, la montaña: la escena la imagino todo el año. Nunca termina de llegar agosto, nunca. Es el final de nuestras vacaciones. Les ponemos colofón con este último viaje.
Vuelvo a observarlo y sigue perdido entre las nubes acechantes, entre las alturas sombrías. Me conmueve tanto misterio. La incógnita de sus pensamientos. Lo acariciaría, le rodearía la espalda con mis brazos, le susurraría al oído: "Otra vez aquí, qué paz, qué delicia, qué lejanía. Otra vez los dos. Otra vez los parches de morfina. Viento soy de agitar tu pena. Alta soy de mirar a las montañas." El verso de Miguel Hernández que él me citó, errado. Las palmeras, las montañas, la morfina, son lo mismo.
La mañana es fresca, sí, deseo que él me arrope, me abrace, que me caldee con su cuerpo. El sol comienza a reforzarse, pero su poder no es suficiente. El sol, el cielo, la montaña, el amor, la complicidad..., todo lo vamos perdiendo, triste e irremediablemente. Nada como esta calma. Promesa de los valles, de las trochas, de los arroyos, de las umbrías. Respiraremos, andaremos, callaremos, abrazados a la memoria, encendidos por la alucinación. Pasaremos nuestros últimos días de agosto aquí, arrebatados por los vientos feroces de los desfiladeros. Droga dura.


Mi cuaderno
Lo anotaré en mi cuaderno. Con sencillez. Registradora yo de los últimos días felices. Así, con letra clara, redonda. El cuaderno recién comprado, por abrir. Anotaré la monocorde sucesión de los días, de las horas. La rutina. La banalidad maravillosa. El sencillo pasar. El bolígrafo guarda tinta suficiente para retener nuestro recuerdo, espero. De todos modos, he preparado recambios. Los días de murria y sin peripecia también merecen ser estampados en el papel. Poesía de lo insignificante.

jueves, 5 de junio de 2025

Donostia



La playa de la Concha a la derecha, un atardecer lánguido, el mar eterno y rizado de fondo. Calma, esplendor, éxtasis. A la izquierda el monte Igeldo. En la playa corren los perros y los muchachos, sobrados de vida. Todo es melancolía, a pesar del soberano paisaje, todo. No hay naturaleza capaz de levantar un ánimo decaído, un espíritu muerto, un hálito exangüe. El fresco del atardecer obliga al refugio. Es inútil, ningún abrigo puede mitigar el frío de la ausencia.

martes, 3 de junio de 2025

59



Hoy hemos comido juntos. Es su cumpleaños. He elegido yo el sitio, con no mucha fortuna. No importa. Lo de menos es la calidad de la comida (ni siquiera el servicio ha sido aceptable). Lo emocionante es estar juntos de nuevo. Enfrente uno del otro. Me pregunta por mi nueva vida y sonrío: "Ya ves". No se extraña de nada. También sonríe. Pedimos vino y me toca el pelo, recién cortado. No dice nada. Calla y sonríe. A mí me basta. Sentir sus dedos en la cabeza, ver sus ojos, escuchar levemente su alegría, el eco de su escepticismo. No puedo coger su mano, ¡me gustaría tanto! Solos, como siempre, los dos solos. Animados y nostálgicos. El vino tiene estas propiedades. Cincuenta y nueve, nada menos. Hoy, 29 de mayo de 2025. Solo 59. Antes de irse, vuelve la cara, saca un cigarrillo de la pitillera y me parece oírla: "Vuelvo en seguida". Me pido una copa. La espero.

viernes, 17 de enero de 2025

Huir



Otra vez de viaje, de nuevo huyendo de mis demonios. Otra vez Sevilla, destino constante de mis últimas escapadas. El sur, tantas veces. Busco el olvido o el recuerdo, no sé. Es de los pocos lugares del mundo donde alguien me espera. Desasosiega esa sensación de no importarle a nadie, la insignificancia, la transparencia, ser desechable. En Sevilla sí, alguien espera mi llegada. La necesidad de ser tangible me lleva hasta allí, más allá de la benignidad del clima o del sabor de sus rincones. Ser esperado es siempre agradable, te vuelve corpóreo. “Buen viaje “, “¿a qué hora llegas?”… Cuando no son fórmulas de cortesía, alimentan.

viernes, 10 de enero de 2025

Machado y la lírica



Cuando leo los poemas de Antonio Machado dedicados a su esposa, no me duele su dolor, sino el mío, revivido a partir de la remembranza de Leonor en los estremecedores versos. En cierta forma, es una emoción espúrea, porque no nace de que el otro me dé pena, sino de que yo mismo me la doy por encontrarme en una situación similar a la de Machado en Soria. Es posible que la poesía auténtica consista en esto: en despertar los monstruos latentes del alma, los que te resquebrajan y te identifican con las pasiones y vivencias más desgarradoras. Todos somos polvo.

martes, 17 de diciembre de 2024

Sin Ítaca

 


No siento hogar en ningún sitio. No tengo Ítaca a la que volver. Imaginad que los pretendientes hubieran matado a Penélope y Telémaco hubiera huido. La casa arrasada, completamente, asolada. Imaginad. El viaje de Ulises no tendría sentido y su relato tampoco. Imaginad. La Odisea se habría quedado sin motivos. Odiseo se habría eternizado junto a la ninfa Calypso y no habría naufragado en la isla de Nausicaa. Imaginad. Homero se habría visto obligado a cambiar de héroe y hubiera escrito otra cosa, qué se yo, un anime, por ejemplo. 

Solo Sevilla me sabe a algo parecido a Ítaca. Solo siento hogar cuando estoy junto a mi hija, cuando hablo con ella, cuando comparto la mesa con ella, cuando me habla (con la "t" ya líquida) de sus esperanzas, de sus sueños, de sus peripecias, de su nuevo trabajo telemático (así renuevo yo los clásicos, con estos juegos de palabras). El resto es compañía, a veces muy grata, pero compañía solamente, restos del naufragio, restos de un viaje que apenas tiene sentido ya relatar. Y más sabiendo que Homero era mortal, que ya no está, que no va a volver para contar una historia sin destino final, sin Ítaca.       

martes, 24 de septiembre de 2024

Sobre el duelo y la ausencia (a partir de un artículo de Rafael Narbona)

 En un artículo tan estremecedor como certero, Rafael Narbona habla del duelo y del dolor que provoca la ausencia del ser amado. Es un homenaje a Javier Marías y se apoya en el libro que la mujer del escritor, Carmen Mercader, ha publicado hace poco en Reino de Redonda

De Duelo sin brújula, el libro de Mercader, extrae fragmentos como estos: "Nadie nos prepara para la pérdida" y añade el propio Narbona: "Es un dominio particularmente hostil, donde no es posible utilizar brújulas ni mapas, pues todo es incierto, desconocido y despiadadamente abrupto". Y sigue diciendo el articulista, apoyado en las palabras de Carmen: "El dolor asociado a las pérdidas no es una aflicción poética, sino algo “primario y animalesco”. Solo es posible soportarlo, cediendo el paso a las automatismos básicos del día a día: comer, dormir, trabajar". Y continúa: "Cuando le llega la muerte a un ser querido, piensas que nadie ha sufrido un duelo tan desgarrador, pero es una impresión falsa, fruto del desconocimiento de lo que acontece en el interior de los que ya han soportado algo similar (...) el matrimonio es una institución narrativa, afirmaba Javier Marías, y por eso, cuando uno de los dos falta, la historia se interrumpe bruscamente", para volver a apoyarse en las afirmaciones estremecedoras de Carmen: “Los muertos permanecen en el más absoluto silencio. […] Javier no está en ninguna parte. Y eso me resulta inconcebible más allá de lo que soy capaz de expresar”. Y sigue Narbona explicando de forma admirable los efectos devastadores de la ausencia: "Las fases del duelo solo son falsas estaciones de paso. El duelo nunca finaliza. Quizás te acostumbras a convivir con una ausencia particularmente dolorosa, pero ya nada vuelve a ser igual. El duelo no se supera. Sobrevives a él de mala manera, como el alpinista que casi muere en la montaña y vuelve a la vida con la mente contaminada por el recuerdo de las noches heladas, los aludes y el silencio sobrecogedor de la cordillera. Cuando crees que al fin has logrado algo de paz y serenidad, el dolor vuelve a golpearte con fiereza. No se avanza. Se camina en círculos. La Meca solo es el nombre de un lugar quimérico al que no llegarás nunca. Eres un peregrino hacia ninguna parte, un sonámbulo que camina a ciegas". 

No he encontrado mejor análisis que el de este artículo para definir mi propia experiencia. Ni el libro de Rosa Montero, ni el de Madame Curie, ni nada de lo que he leído hasta ahora sobre este asunto (y ha sido mucho) se acerca tan certeramente y sin subterfugios al sentimiento real que provoca la ausencia de la compañera o compañero. Dice, desengañada ante los consejos, la mujer de Marías: “Yo no quiero ser otra. Me había costado mucho llegar a ser la que era. Aunque veo que el cambio es inevitable”. Y concluye con un aserto incuestionable y tenebrosamente inapelable: "El duelo no enseña nada. No curte, no fortalece: Es malo de manera absoluta, completa y sin resquicios”. 

Como Carmen Mercader, yo también he sentido, al poco de morir, el tacto de la compañera en la cama, en el sofá, en todos lados y, como bien define ella, no es sino una "cruel elaboración de la mente afligida". Y sí, llega un momento en que los recuerdos dejan de ser fuente de dolor y se convierten en una extraña forma de alivio. 

Hay muchos aciertos, muchas certezas, mucha sinceridad y buen hacer ensayístico y narrativo en este artículo de Rafael Narbona, tanto que, a pesar de su descarnada crudeza, me ha proporcionado el consuelo necesario que se encuentra a veces en el arte. No hacen falta tratados ni grandes novelones. Un sencillo artículo periodístico tan cuidado como este es suficiente para comprobar la necesidad de la literatura. Agradecido.