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viernes, 6 de enero de 2017

"Si una noche de invierno un viajero" de Italo Calvino


En la novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero, el autor reflexiona sobre la desaparición del tiempo y del lugar durante el viaje en avión:

"Te abrochas el cinturón. El avión está aterrizando. Volar es lo contrario del viaje: atraviesas una discontinuidad del espacio, desapareces en el vacío, aceptas no estar en ningún lugar durante un tiempo que es también una espacio de vacío en el tiempo; luego reapareces, en un lugar y en un momento sin relación con el dónde y el cuándo en que habías desaparecido.
Mientras tanto, ¿qué haces?, ¿cómo ocupas esta ausencia tuya del mundo y del mundo de ti? Lees..."

domingo, 25 de diciembre de 2016

"Matadero Cinco" de Kurt Vonnegut


Un autor imprescindible, maestro de la ironía, del humor y del enredo metaliterario. En Matadero Cinco narra un episodio terrible de la Segunda Guerra Mundial (el bombardeo de Dresde que causó 135.000 muertos) desde un punto de vista desconcertante. En la guerra todos los personajes son ridículos: una Cruzada de Niños sin heroísmos posibles. Un fragmento del libro:

"La gente no debe mirar hacia atrás. Ciertamente, yo no volveré a hacerlo. Ahora que he terminado mi libro de guerra, prometo que el próximo que escriba será divertido.
Porque este será un fracaso. Y tiene que serlo a la fuerza, ya que está escrito por una estatua de sal. Empieza así:
Oíd:
Billy Pilgrim ha volado fuera del tiempo...
Y termina así:
¿Pío-pío-pi?".

sábado, 12 de noviembre de 2016

"La muerte en Venecia" y un billete de tren de 1987


Al abrir La muerte en Venecia cae un billete de tren de 1987. Leí por primera vez esta historia cuando tenía 24 años. Ese billete amarillo que registra un viaje de Utiel a Valencia por 37 pesetas es el cartón de la nostalgia, el pasaje para visitar los estragos del tiempo.
¿Qué sensaciones me dejó ese libro la primera vez que lo leí? No lo sé con certeza. Solo recuerdo que al poco tiempo vi la película de Visconti y me compré el disco de la quinta sinfonía de Mahler. O la impresión que me causó fue muy intensa o el esnobismo me llevó muy lejos.
Al releerlo, no extrañé ni a Aschenbach ni a Tadzio ni a Venecia. Veintinueve años después los reconozco como a esos amigos que no ves hace tiempo y, en el reencuentro, ninguno se extraña. Todos actuamos con naturalidad. La metamorfosis de Aschenbach quedó estampada en mi memoria, así como la imagen de una Venecia esplendorosa y a la vez decadente y enferma. El viejo austrohúngaro dominado por la disciplina férrea del artista centroeuropeo ve cómo se desmorona todo su ideario cuando pasa por delante de él un adolescente polaco, Tadzio. Mann echa mano de los diálogos de Fedro para explicar la fascinación que produce la belleza, el abismo al que nos aboca cuando se introduce dentro de nuestra alma. El viejo escritor se tinta las canas, se maquilla, intenta paliar el deterioro causado por el paso de los años para no espantar la frescura magnífica de Tadzio, al que observa en la playa con el deleite del enamorado más entusiasta. Una epidemia de cólera barre silenciosamente la ciudad, la hunde en el aroma fétido y dulzón de la peste. Y a pesar de la alarma y de la imprudencia de permanecer allí, el viejo artista no abandona la ciudad. La belleza se impone a la disciplina y a la muerte por un momento. Ve por última vez al muchacho en la playa. No cruza palabra con él, ni siquiera le roza los rizos rubios de su cabeza, ni siquiera puede apartarlo de la violencia. Su cuerpo, su rostro, su cabello, provocan en el espíritu lo que el artista busca transmitir en su obra. Y, como siempre, la muerte vence. Aschenbach enferma y muere elevado por una pasión inesperada, atrapado por la despiadada condición de una ciudad que lo ha entregado al amor y a la muerte.
Viajé a Venecia este mismo año y reconocí la ciudad como si hubiera paseado por sus calles de agua, a pesar de no haber estado allí nunca. Como he reconocido a Tadzio y a Aschenbach al volver a encontrarme con ellos. El vagón en el que viajé a Valencia en 1987 posiblemente también lo reconocería si lo hubiera leído.      

martes, 1 de noviembre de 2016

"El maestro y Margarita" de Mijaíl Bulgákov



¿Quién es capaz de meter en una misma historia al diablo, a Jesús, a Pilatos, a Judas Iscariote, a un gato negro, a un bufón, al pueblo moscovita, al de Jerusalén y a dos enamorados del más puro romanticismo y no acabar con la razón del lector? Nadie. Y eso es lo que pretendía Bulgákov, escritor prohibido por Stalin. Su novela, escrita en 1929, no pudo publicarse hasta 1966.
Una historia dinámica, trepidante, sorprendente. Bulgákov somete la realidad rusa a una fábula en la que el diablo y su séquito estrafalario hacen estragos por Moscú. Desde un prisma fantástico, irónico y desternillante se plasma un tiempo oscuro y cruel, el de la Rusia de Stalin, sin que se nos dé ninguna referencia del momento histórico. La sátira, que parte del Fausto de Goethe para introducirse en el mundo de la ficción más disparatada, se conjuga con el relato hiperrealista de la muerte de Jesús y la angustia del procurador Poncio Pilatos. Desconcertante.

domingo, 23 de octubre de 2016

"La virgen de los sicarios" de Fernando Vallejo


La prosa de Fernando Vallejo es tan excesiva como excesivos son sus temas, tan excesiva como excesiva es la realidad violenta de Colombia. La primera persona del narrador te acompaña, te aconseja, te escupe, te recrimina, te insulta y no permite que te apartes del mundo antipático y cruel en el que se desenvuelven los personajes. La vida no vale nada, los pobres deberían tomar cianuro, las embarazadas no tienen sentido de futuro, las balas y los gallinazos tienen más corazón que los personajes de Vallejo. Malviven, mueren acribillados, se alimentan de basuco (coca) y le rezan a María Auxiliadora, deshumanizados por la miseria y la corrupción. El colombiano utiliza un verbo deslumbrante, un tono embaucador que, a veces, angustia por su desmedida sinceridad. Con tantas citas memorables como asesinados.

"La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad escueta, se pega un tiro. Por eso, Alexis, no te recojo el revólver que se te ha caído mientras te desvestías, al quitarte los pantalones."
"Las armas de fuego han proliferado y yo digo que eso es progreso, porque es mejor morir de un tiro en el corazón que de un machetazo en la cara."
"Dicen los sociólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora que no les vaya a fallar, que les afine la puntería cuando disparen y que les salga bien el negocio. ¿Y cómo lo supieron? ¿Acaso son Dostoievski o Dios para meterse en la mente de otros?"
"Es que yo estudié con los curitas salesianos del colegio de Sufragio. Con ellos aprendí que la relación carnal con las mujeres es el pecado de la bestialidad, que es cuando se cruza un miembro de una especie con otro de otra, como por ejemplo un burro con una vaca."
"Sin trabajo fijo, (los sicarios) se dispersaron por la ciudad y se pusieron a secuestrar, a atracar, a robar. Y sicario que trabaja solo por su cuenta y riesgo ya no es sicario: es libre empresa."
"Ha de saber Dios que todo lo ve, lo oye y lo entiende, que en su Basílica Mayor, nuestra Catedral Metropolitana, en las bancas de atrás se venden los muchachos y los travestis, se comercia en armas y en drogas y se fuma marihuana."
"De mala sangre, de mala raza, de mala índole, de mala ley, no hay mezcla más mala que la del español con el indio y el negro: producen saltapatrases o sea changos, simios, monos, micos con cola para que con ella se vuelvan a subir al árbol. Españoles cerriles, indios ladinos, negros agoreros: júntelos en el crisol de la cópula a ver qué explosión no le producen con todo y la bendición del papa." Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios.

"Pastoral americana" de Philip Roth


Una familia americana modélica estalla por dentro a raíz de un atentado cometido por la hija a finales de los sesenta, en plena guerra de Vietnam. La prosa de Roth disecciona los órganos dañados de una sociedad enferma y se los presenta al lector en toda su crudeza.

"No hay engaños más habituales que los inspirados en los mayores por la nostalgia", Philip Roth, Pastoral americana.

jueves, 25 de agosto de 2016

La educación a través de la tiranía


Fragmento de "La ciudad de Dios" de E. L. Doctorow:

"Os contaré, por contraste, el tipo de cosas que aprendí en la escuela. Tenía un profesor en el Luitpold Gymnasium. Cuando entraba en la clase, nos poníamos de pie, y cuando se sujetaba las solapas de su toga y asentía con la cabeza, nos sentábamos. Eso era bastante normal. Siempre consideré que la disciplina era su manera de imponer rigor intelectual y de que no decayera nuestra atención a la hora de recibir ideas. Y por ese motivo, en esa ridícula escuela no caminábamos sino que marchábamos y nos levantábamos y nos sentábamos al unísono y salmodiábamos las declinaciones en latín como si fueran juramentos tribales. En mi opinión era algo totalmente insultante, quizá incluso mortífero. Después de uno o dos trimestres, esos chicos perdían toda su chispa mental, les arrancaban la curiosidad a golpes, eliminaban su personalidad; en los recreos yo me sentaba con la espalda apoyada en el muro de la escuela y los observaba correr de un lado a otro o luchar o jugar al fútbol, pero fuera cual fuera el juego, lo que intentaban sin lugar a dudas era matarse los unos a los otros. En su temeridad, con las chaquetas de sus uniformes apiladas a un lado para que no sufrieran daño, asomaba la furia de su ser, que ardía lentamente, dispersa sin remedio entre sus camaradas. Yo veía todo eso y me mantenía apartado, hacía mis deberes, que me exigían muy poco, y no ponía a prueba las posibles ambigüedades de una posible amistad con ninguno de ellos, pues en mi opinión todo era destrucción, y todo por culpa de ese principio germánico -claramente erróneo- de la educación por medio de la tiranía. Yo me sentaba en clase y dejaba divagar mi mente. El hermano de mi madre, Casar, me había regalado un libro sobre la geometría euclídea. Me lo leí como si fuera una novela. Para mí fue un libro excitante, de interés periodístico. Y una mañana, sin darme cuenta, estaba sonriendo al recordar el maravilloso teorema de Pitágoras, y al momento el profesor estaba delante de mí y golpeaba mi pupitre con su puntero para reclamar mi atención. Cuando acabó la clase, en el momento en que salía en compañía de los demás, me llamó para que me quedara. Me miró desde lo alto de su tarima. Tenía la cara redonda, roja y lustrosa, y me recordaba una manzana acaramelada. Parecía que, si se le mordiese la cara, aquella superficie dura y glaseada fuera a grietarse hasta la pulpa. Eres una mala influencia en mi clase, Albert, dijo. Voy a hacer que te manden a otra. No lo entendí. Le pregunté qué había hecho de malo. Te estás sentado allí atrás sonriendo y soñando despierto, dijo. Si todos y cada uno de los alumnos no me prestasen atención, ¿cómo podría mantener mi amor propio? Con ese comentario aprendí en un instante el secreto de todo despotismo."

"El Reino" de Emmanuel Carrère (III)


Según el autor, la voz más fidedigna de Jesús está aquí:

"Alzando los ojos hacia los que le siguen, dice:
Bienaventurados los pobres porque vuestro es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los que tenéis hambre porque seréis saciados.
Bienaventurados los que lloráis porque seréis consolados.
Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen.
Al que te abofetee en la mejilla ofrécele también la otra.
Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica dale también el manto.
A quien te pida da, y al que pida prestado, no le reclames el dinero.
Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué más queréis?
No juzguéis y no seréis juzgados. Porque con la medida con que midáis se os medirá. Medido con la medida con la que has medido a los demás.
¿Cómo es que miráis la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? Saca primero la viga de tu ojo.
No hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno.
¿Por qué me llamáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que os digo?"

"El Reino" de Emmanuel Carrère (II)


Rumores sobre Pablo antes de ser santo:

"Lo que sí es cierto, en cambio, es que circulaban esta clase de rumores sobre Pablo en el entorno de Santiago. Que ni siquiera era judío. Que habiéndose enamorado en Jerusalén de la hija del sumo sacerdote, se hizo circuncidar por sus bellos ojos. Que esta operación, realizada por un aficionado, fue una carnicería y lo dejó impotente. Que como la hija del sumo sacerdote se burló cruelmente de él, se puso por despecho a escribir panfletos furiosos contra la circuncisión, el sabat y la Ley. Y que en el colmo de su bajeza, desfalcó dinero de la colecta para comprar el favor del gobernador Félix."

Retrato literario de María, madre de Jesús, ya anciana:

"Uno de sus hijos, porque tenía varios, había muerto hacía años de una muerte violenta y vergonzosa. No le gustaba hablar de eso o bien solo hablaba de eso. En un sentido tenía suerte: personas que habían conocido a su hijo, y otros que no lo habían conocido, veneraban su recuerdo, y por eso le mostraban a ella un gran respeto. Ella no comprendía gran cosa. Ni ella ni nadie habían llegado a imaginar todavía que había alumbrado a su hijo permaneciendo virgen. La mariología de Pablo se resume en pocas palabras: Jesús "nació de mujer", punto. En la época en que hablo no pasamos de aquí. Esta mujer conoció hombre en su juventud. Perdió la flor. Quizá gozó, esperémoslo por ella, y quizá se masturbó."

La primera vez que se representó una mujer desnuda en la escultura:

"Un buen día, del que no conocemos la fecha pero que fue aquel buen día y no otro, un escultor que era aquel escultor concreto y no otro, tuvo la audacia de retirar los ropajes y representar a una mujer en cueros. Ese escultor fue Praxíteles, y el modelo de su Afrodita una cortesana llamada Friné, que era su amante. Ignoro por qué motivo ella había comparecido ante la justicia y su abogado la había defendido pidiéndole que se remangara la parte superior de su túnica: ¿podía el tribunal condenar a una mujer que tenía unos pechos tan hermosos? El argumento, al parecer, convenció. Los habitantes de Cos, que habían encargado la estatua, la juzgaron escandalosa y la rechazaron. Los de Cnido la recuperaron: durante algunos siglos constituyó su fortuna."

"El Reino" de Emmanuel Carrère (I)


El libro del autor francés investiga alrededor del origen del cristianismo. Un intento literario de reconstrucción histórica de un agnóstico que alguna vez creyó. Analiza los evangelios y las obras de los cronistas de la época. Sobre todo se centra en el evangelio de san Lucas y en las palabras de san Pablo.
Fragmento de Nietzsche en El Reino de Emmanuel Carrère:

"Cuando en una mañana de domingo oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿es posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que decía que era Hijo de Dios, sin que se haya podido comprobar semejante afirmación. Un dios que engendra hijos con una mujer mortal; un sabio que recomienda que no se trabaje, que no se administre justicia, sino que nos preocupemos por los signos del inminente fin del mundo; una justicia que toma al inocente como víctima propiciatoria; un maestro que invita a sus discípulos a beber su sangre; oraciones e intervenciones milagrosas; pecados cometidos contra un dios y expiados por ese mismo dios; el miedo al más allá cuyo portón es la muerte; la figura de la cruz como símbolo de una época que ya no conoce su significado infamante... ¡Qué escalofrío nos produce todo esto, como si saliera de la tumba de un remoto pasado! ¿Quién iba a pensar que se seguiría creyendo en algo así?"

martes, 7 de junio de 2016

"Guerra y paz"


El deleite de la obra de arte acabada con perfección. El gusto de que te alejen de la morosa cotidianidad. El poder de abandonar los sentidos con un único fin: la contemplación, la enajenación. Con productos televisivos me ha pasado pocas veces. Me dije (antes de verla): otra recreación de una obra literaria a la que le faltará el alma del genio que la escribió, como ocurre casi siempre. Confío en la BBC. He visto series de una calidad excelente, pero esta adaptación es otra cosa. No sé por qué. Puede ser el momento en el que la he visto. Puede ser también por la frustración que sentí al leer la novela (se trataba de una mala traducción y preferí dejarla a mitad de la lectura).
La veo otra vez para comprobar si esa primera sensación no fue fruto de lo circunstancial. Con el miedo de que me defraude (como tantos otros productos televisivos, tan impactantes como faltos de sustancia para aguantar un segundo pase). Estoy en el tercer capítulo, completamente convencido de la calidad auténtica de esta obra de arte. Los actores transmiten una emotividad especial, la fotografía te desnuda, la música te eleva todavía más (cuando creía que no podía estar más arriba) y los diálogos, las pausas, la puesta en escena es tan delicada, se han cuidado tantos detalles que me parece estar leyendo (ahora sí) a la vez que veo las imágenes. No había tenido una experiencia similar con ninguna otra serie de televisión. Con el teatro sí. Estoy deseando ver el capítulo cuatro de nuevo y el cinco y el seis y el siete y el ocho. La maldad, la bondad, la guerra, las relaciones sociales, la hipocresía, el gran mundo, las amistades, el amor..., en definitiva, el cincel de la vida y de la muerte esculpiendo unos personajes que ya forman parte de mis pasiones. Me suena extraño cuando me lo digo: quiero leer esta novela bien traducida, quiero comprobar si me produce algo parecido a lo que estoy viviendo con la serie. En cierta manera, me asalta el temor de que una gran obra de la literatura universal me defraude. Pero no creo que vaya a ser así. Espero que me ocurra lo mismo que al ver por segunda vez la serie. El placer está siendo todavía mayor. Las obras bien construidas no se deshacen en la anécdota, tienen la solidez de las catedrales góticas y su ligereza aérea. Su poder de encantamiento va mucho más allá del interés de la trama. Cada uno de los personajes evoluciona con su propia experiencia. Los vemos madurar. Tengo la impresión de contemplar vidas reales a cámara rápida. Como si tuviéramos el poder de los dioses y se nos otorgara el don de contemplar desde el aire las peripecias de los simples mortales, sabedores de nuestra eternidad y de la efímera existencia de nuestra creación. Un lector, un espectador construye las vidas de los creadores y las hace suyas si éstas son dignas de ser contempladas. No me demoro más. Os revelo el título de esta maravilla. No tengo miedo de dar mi opinión, porque pocas veces he estado tan convencido de los placeres que me está proporcionando esta serie. Es lectura en imágenes y me hace muy feliz. Guerra y paz de León Tolstoi, o no. Guerra y paz de Andrew Davies. La expectación que me ha creado hacia la novela bien traducida es tan alta que he vuelto a la adolescencia. 

domingo, 17 de abril de 2016

"Martutene" de Ramón Saizarbitoria


Un hallazgo literario muy interesante: la novela del autor vasco Ramón Saizarbitoria, "Martutene", tan voluminosa como refrescante. De un sabor proustiano muy natural, que ya no se lleva. Un extracto en el que se define la vejez: "...un hombre que no se siente obligado a nada, que tiene ya la sensación de no deberle nada a nadie en este mundo, asustado de la creciente desafección ante sus amigos, de su creciente indiferencia ante los acontecimientos públicos, de su creciente libertad. Eso es lo que convierte a alguien en viejo y no el hecho de necesitar bastón".

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Goytisolo y la enseñanza de la literatura


Al leer las reflexiones de Juan Goytisolo en su novela Coto vedado sobre lo que le provocaban a él las clases de literatura en el colegio religioso donde estudiaba, uno siente tristeza por la nefasta impresión que deja el sistema educativo en la enseñanza de esta materia. Los alumnos huyen de cualquier cosa que suene a literatura española y la causa es evidente: los métodos y manuales que utilizaron y seguimos utilizando en colegios e institutos. Y no es un mal actual, ni mucho menos. Goytisolo lo sufrió a mediados de los 40 y antes y después muchos otros. Solo el espíritu autodidacta ha impulsado a muchos lectores y escritores a acercarse hasta los autores españoles sin miedo a que les cayera un ladrillo de una tonelada sobre la cabeza. Si creyera en los conjuras, aseguraría que hay un contubernio intemporal para hacer aborrecer nuestras letras y alejar a los muchachos de los libros -sobre todo de los escritos en castellano- y yo soy miembro de él -. Y aquí la cita de Juan Goytisolo:
"La instrucción dispensada en el colegio no solamente me hizo aborrecer nuestra literatura -convertida en un muestrario de glosas pedantes y exégesis hueras- sino que me persuadió también de que no había cosa en ella cuyo conocimiento mereciera la pena. Mientras consumía obras de Proust, Gide, Malraux, Dos Passos o Faulkner, ignoraba olímpicamente nuestro Renacimiento y Siglo de Oro".

domingo, 15 de noviembre de 2015

Recomendaciones lectogastronómicas: hoy, Miguel de Cervantes


Cervantes es un huevo frito en sartén de hierro acompañado por unas patatas a lo pobre con aroma de ajo y aceite de oliva. Todo servido en una cazuela de barro desportillada, para comerlo con las manos, empapando el pan de hogaza en el huevo y atenazando con los dedos las patatas chorreantes. Una delicia sencilla que muy pocos aborrecen y muchos celebran, un manjar de pobres que se amansa en el paladar como el rodar de un carro de bueyes. De segundo, Cervantes es un guisado de caza, de los que se dejan cociendo en las ascuas a fuego lento hasta que el caldo se puede apresar entre los dedos como materia sólida. Carnes recias que por la magia del fuego y del tiempo van dejando su aspereza en el agua que los riega y se enternecen como los infantes cuando embocan el pezón de la madre.
Cervantes es aire, fuego, tierra y sobre todo... vino, vino con cuerpo que atraviesa el paladar y el esófago para caldear las tripas y hacer hervir la cabeza con imaginaciones y ocurrencias que despiertan risa y melancolía, a partes iguales. "Dadme de lo caro, que el agua no alimenta" dice Sancho a una ermitaña para reclamar lo que pide el cuerpo. ¿Y dónde quedan los tan cacareados "duelos y quebrantos"? Esos se los comió todos don Miguel, a carrillos llenos y masticando con las encías, que las muelas ya habían naufragado en el asendereado trajín de los años.  

sábado, 10 de enero de 2015

"Recomendaciones lecto-gastronómicas: hoy, Michel de Montaigne"


Montaigne es una sopa, una sopa de picadillo. Su lectura prepara el estómago para una comida más sólida, lo reconforta, abre el apetito. La jugosa sustancia de su caldo se extrae de los ingredientes más diversos de la cultura griega y latina (Sócrates, Platón, Plutarco, Cicerón, Séneca...), esto hace que el paladar se llene de muy distintos sabores que a menudo chocan por su contradicción; sin embargo, el ánimo sosegado del francés consigue darle un toque de consistencia que conforta el paladar de cualquier comensal. Las pequeñas historias que inserta en sus ensayos son como esos tostones con los que te encuentras en mitad de una cucharada: inesperados, crujientes y con toda la sustancia de una cocción lenta y reposada. Cuando uno se sienta a la mesa, no puede esperar más de un plato de cuchara: son innumerables las sentencias y el buen provecho que se saca de su lectura, a pesar de los juicios contradictorios, a pesar de sus devaneos, de sus digresiones, de sus aventuras desmelenadas por cualquier vericueto. Lo que prevalece es la humildad de un plato tan sencillo y a la vez elaborado a partir de unos ingredientes tan sólidos y tan variados. Si además nos acercamos a él después de haber cenado con algún discurso moderno, con el cuerpo descompuesto por el fanatismo o por escuchar y leer juicios vociferantes y sin argumentos, nos calmará el malestar y nos dispondrá para, con su alimento, atacar un segundo plato más sólido, un entrecó de Shakespeare o unos duelos y quebrantos de Cervantes. Se sirve en cualquier posada humilde, en cualquier figón que tenga un poco de amor por la cocina tradicional. Es posible que no podáis acabar con todo de una sentada, pero acercaos a los Ensayos, aunque sea para sorber algunas cucharadas, os aseguro que el efecto es muy reparador.

sábado, 31 de mayo de 2014

Quiero entrar sin pantalones


Los futuristas acusaron a Dios de crímenes de lesa majestad en juicio sumarísimo y fusilaron los cielos a primera hora de la mañana para que no escapara el autor de tanta muerte y vulgaridad. De la lectura del libro de Juan Bonilla "Prohibido entrar sin pantalones" he sacado más que unas horas de entretenimiento y de solución del ocio. La manera de trasladar al lector la biografía extravagante de Maiakovski provoca una verdadera convulsión intelectual. No se puede pedir más a un libro.
¿Se ha perdido en la actualidad la esencia del verdadero artista?, ¿ha sido estrangulado el entusiasmo del creador por la sociedad del futuro que ansiaba precisamente el fundador del vanguardismo ruso? En la vida de Maiakovski y en la de los escritores que lo rodean se abraza un fervor por el descubrimiento, por la ruptura, por la creación verdadera, por la revolución que convierte a los artistas actuales en taquilleras de espectáculos de variedades. Al margen de extravagancias, de ideas absurdas o de conexiones políticas extremas, el artista es dibujado por Bonilla como un ser vitalista, que intenta desgarrar la realidad con su bisturí de palabras, que se presta al público como el flautista que puede salvar al mundo de la mediocridad. La incesante actividad de Maiakovski, la prosa deslumbrante de Bonilla y el candor de los que aún intentaban cambiar el mundo a través del acto poético impulsan al lector a revolverse contra sí mismo, a desobedecerse, a cocear su vientre para vomitar los restos de autenticidad que aún le queden después de haber sido fagocitado por los convencionalismos. "Solo es poesía aquello que transforma al lector en poeta", así define la voz de Maiakovski confundida con la del narrador y como buen vanguardista se lanza a la proclama de consignas: "Planta un árbol, déjalo crecer; ten un hijo, déjalo crecer. Corta el árbol y construye una cruz, crucifica en ella a tu hijo y, con la experiencia, escribe un libro".  Desmesura, anticonvencionalismo, ruptura salvaje, pasión sin freno, hombre fuera del tiempo, hombre que busca la eternidad en el futuro, el hombre en carne viva. Tenían por héroe moderno a ese condenado a muerte que se prestó a pronunciar como últimas palabras el nombre de una marca de cacao antes de ser electrocutado en la silla eléctrica. Hoy seríamos capaces de creerlos.