jueves, 26 de julio de 2018

Castillos de Calabria y conductores de Mario Bros


Los viajes invitan al ensueño y a la imaginación. Si en el lugar de destino no hay nada que hacer, si te disgusta lo que estás viendo, si no conoces a nadie interesante y el clima es infernal, solo tienes que activar la imaginación para contar luego lo que te salga de los cojones (perdón, narices). Es una fórmula tan útil que, cuando estás inventando maravillas, tú mismo te las terminas creyendo y no aciertas a saber si en verdad lo pasaste tan bien en aquel lugar, si ese paraje era realmente maravilloso o solo era un producto de la ficción. 
Luca, el recepcionista del hotel de Catanzaro, podría ser real o imaginario, pero lo cierto es que su relación de pueblos calabreses detenidos en el pasado atrae como una momia egipcia a un arqueólogo. Yo no sé si el viaje que cuenta Ulises a Alcinoo es el auténtico o el que le relata al porquero. A mí me gusta creer que el héroe griego estuvo con Calypso y no en una gruta comiendo bayas y cagando con dificultad. 
A mí me gusta creer que las carreteras de Calabria están pobladas por orates que nunca han visto un coche y se les ha enseñado a conducir en un videojuego de Mario Bros. Es emocionante, apasionante, atravesar el Helesponto sobre el asfalto con una nave griega (Lancia Ypsilon) y esquivar a los locos que vienen de frente adelantando en línea continua y sin darse cuenta de que nuestra nave existe. Es una excitación continua, que te seca la boca y te corta la respiración: cómo se pegan a tu lado, cómo aparecen de repente en cualquier cruce, cómo aparcan en mitad de la carretera, cómo se juegan el tipo saliendo del coche para hablar tranquilamente en mitad del asfalto, mar, no sé. 
Llegar al destino es un alivio tan placentero que alcanzas el clímax en cada visita: al parar el motor en Le Castella, junto al mar Jónico, nos teníamos por lázaros en colchón de agua. El formidable castillo aragonés que se yergue sobre la playa también es de ficción. Seguro que Aníbal, allí encerrado, en su último refugio, se bañó en el mar, oyó a la animadora de la playa cantar la Salve y luego un reguetón y, por fin, para despedirse, se bebió tres Peroni y comió la pasta de guindilla que te abotarga la lengua. Luego continuó su viaje imaginario, como nosotros, con menos peligro: sin furgonetas de reparto casi subidas sobre el techo del Lancia, sin amagos de choques frontales cada diez minutos, sin la sensación de quien hace puenting con una goma ya pasada. 
Otro castillo imaginario nos devuelve a la vida en el pueblo de montaña de Santa Severina. La reciedumbre de estas fortalezas, sus dimensiones y sus bien cuidadas estancias sin turistas nos avisan de que todo esto no puede ser sino invención. En ningún lugar del mundo se puede disfrutar de estos parajes sin que japoneses, alemanes, ingleses y chinos te echen el aliento en la oreja y te claven el palo selfie en los riñones. Querría decir esto que no hace falta irse a Burundi para no encontrar piaras de turistas. No es posible, lo estoy inventando, sin duda: una playa en julio sin ingleses en triquini, un castillo con  museo de tortura sin japoneses en sandalias, y qué más.
La vuelta a Ítaca, tan angustiosa y emocionante como la ida: compartimos asfalto, mar, con esos niños de ocho años que conducen máquinas letales, avanzan sin normas y, mientras manejan el volante, hablan con sus madres a través de los teléfonos móviles. Besar el asfalto remojado por la tormenta, al llegar a la plaza de aparcamiento, es un ritual que todo amante de la ficción debería respetar, para agradecer a la diosa Atenea habernos salvado de tantos males como a Ulises. 
Luca no está en el hotel, o nunca ha existido, no lo sé.      

miércoles, 25 de julio de 2018

Entre la realidad y la ficción: un recepcionista calabrés


No quiero mezclar realidad y ficción, pero qué le vamos a hacer, a veces es difícil distinguirlas. En la recepción del hotel, no sé si esto es invención o no, aparece un bigardo moreno, calabrés y que ha estudiado castellano en la universidad. Está deseando charlar con españoles para revitalizar un idioma cojitranco y se derrite con nosotros (que a veces hablamos castellano inteligible). Nos explica que en Calabria se hablan más idiomas que en España: italiano, calabrés, un dialecto albano y griego clásico. Sí, como lo oís, el griego clásico se habla todavía en algunos pueblos calabreses. Nos apunta Luca, el recepcionista de ficción, que en Sicilia se pueden contemplar las ruinas de la Magna Grecia, pero que en Calabria se pueden ver los restos vivos de esa cultura. Nos enumera pueblos en los que recabar estas reliquias, algunos detenidos en el tiempo. No es posible que un recepcionista de hotel nos brinde esta riqueza cultural y esta información tan profusa. Me convenzo de que no es real cuando opina que no le gustan nada los lugares turísticos, que Venecia es el sitio menos deseado para él, y que en Calabria todavía se puede disfrutar de lo auténtico: la pausa, la cultura ancestral, el sabor de la piedra y del mármol, el viento.
Guiados por las directrices de un ente de ficción nos dirigimos hacia el mar Jónico. Nada aquí es real: en las playas no hay turistas, bajo las sombrillas no hay neveras y en los chiringuitos no hay paellas. La costa jónica se confunde con la griega y nadie es capaz de adivinar en qué tiempo estamos si no fuera por la música italiana que escandaliza las piedras grises de las playas. 
Esquillache es un pueblo calabrés con sabor a motín que aparece después de envolver al Lancia Ypsilon en su propio cigüeñal. Somos los primeros turistas que pisan esta tierra. Un perro manco, como a Ulises, nos recibe y nos recuerda, aunque no sabe para qué. Él tampoco tiene conciencia del último ser humano que pisó estas tierras. Penélope murió y el perro quedó, sin pata, expuesto a la voracidad de los gatos siameses. En el pueblo hay tantas iglesias como habitantes, es más, una de ellas, gótica del siglo XIII está dedicada al culto de la ortiga y el higo chumbo. No hace falta ir a Namibia para reencontrarte con el placer de visitar lugares sin que nadie te recoja en un selfie ajeno. Aquí lo más invasivo que te puede agobiar es que el perro cojo se te beba la cerveza. 
Un solo bar y siete iglesias, ¿dónde estamos?, ¿en el reino de los muertos? En España estas brechas las hemos ido reduciendo con efectividad.
Al volver al hotel comprendemos que a Luca lo habíamos inventado, que no existe, que un recepcionista tan atento, tan profundo y tan alto no podía ser real. De todas formas, confiamos en que mañana se nos vuelva a aparecer para encauzarnos.    

martes, 24 de julio de 2018

La realidad no puede con Ulises y Savastano


Ni al que asó la manteca se le ocurre ver la serie Gomorra de Saviano justo antes de ir de viaje a Calabria y Sicilia. Aún no habíamos embarcado, aún estábamos en Madrid, cuando me parece distinguir a dos miembros de la banda de los barbudos. Llegamos a Catanzaro y veo a un gordo con el pelo cortado a lo mohicano y lo identifico con la banda del hijo de Savastano porque no se le ven trazas de buen actor. Nos sirven un vino que se llama "Ciró", igual que el lugarteniente de la mafia napolitana. Y aún mejor, llego al hotel, pongo la tele y sale Kirk Douglas en el papel de Ulises. Circe y Calypso se unen en una actriz italiana que no mueve un músculo para que no se le dispersen las arrugas en la pantalla grande. Alcinoo es Anthony Quinn y Telémaco es más viejo que el propio Ulises. La publicidad rompe el clímax mitológico con el anuncio de un espray contra las llagas bucales. Cambio de cadena porque ha terminado la Odisea y veo un fragmento de La casa de la pradera. Un orangután es el protagonista. 
¿A quién se le puede ocurrir que la realidad puede superar semejante dispendio de la ficción televisiva? Ni los cambios de puerta de embarque de Ryanair, ni el Lanzia Ypsilon de alquiler, ni el aeropuerto de Playmóbil de Lamezia, ni la comida de paladar en el hotel de Catanzaro, pueden superar a lo recogido en la ficción. Yo no puedo salir por las calles de Calabria sin ver a los Savastano, sin pensar en Circe, en Calypso o en Anthony Quinn. No puedo tomarme la cerveza "Machete" sin pensar que es la preferida de Ciro, ni mirar los árboles del parque de la biodiversidad sin ver al orangután de La casa de la pradera subido en ellos. A mí la realidad televisiva me tiene ganado. Ni siquiera una ciudad sin masificación turística, con buena cocina, buen vino y buena grappa, puede superar a Savastano, Kirk Douglas, Michel Landon y un orangután.

jueves, 19 de julio de 2018

"Enrique Jardiel Poncela: humor se escribe con hache" por Grace Morales


Enrique Jardiel Poncela tenía en mente la preparación de su autobiografía, de título provisional Sinfonía en mí, cuando le sobrevino la enfermedad. Murió de forma temprana, a los cincuenta y un años, en la ruina económica y el ostracismo de una generación que se había nutrido de él pero le negaba el saludo. Para ese libro, el escritor estaba recopilando el extenso material que poseía, correspondencia, diarios, material gráfico… con el objeto de conformar lo que sería su «Automoribundia», pero a la jardeliana.

A falta de esa sinfonía, existen multitud de publicaciones sobre la vida y la obra de Jardiel, entre estudios, tesis doctorales y monografías, señal inequívoca de su importancia dentro de la literatura post-generación del 98 y pre-generación del 27; mejor dicho, de la «otra» generación del 27, la de los literatos «no serios». Entre las obras más conocidas, las espléndidas biografías que firmaron dos amigos del autor, Miguel Martín (El hombre que mató a Jardiel Poncela, Planeta, 1997) y Rafael Flórez (Mío Jardiel, Biblioteca Nueva, 1966). Otras han sido escritas por sus familiares. Por ejemplo, tenemos el libro de su hija mayor, Evangelina (Mi padre, Biblioteca Nueva, 1999), donde se incluye mucha de la correspondencia que iba a ir en aquel proyecto malogrado. Su nieto, el también escritor Enrique Gallud Jardiel, ha publicado, además de la reedición de un par de volúmenes con textos poco conocidos (El amor es un microbio, Azimut, y El plano astral y otras novelas cortas, CSIC/Ediciones Ulises, 2017), tres libros sobre don Enrique: La ajetreada vida de un maestro del humor (Espasa, 2001) y dos estudios sobre su obra, El humor inverosímil (Fundamentos, 2011) y La risa inteligente (Doce Robles, 2014).

El personaje de Jardiel ha sido sometido a una batería interminable de juicios gratuitos. En su abundantísima colección de textos se encuentran, paso a paso, las huellas de su biografía, pero ambas, obra y vida, han sido sistemáticamente malentendidas o vilipendiadas, sin tener, además, en la mayoría de las ocasiones, demasiado conocimiento sobre ellas. Ya en vida, el autor tuvo sus más y sus menos con la crítica y algunos compañeros de generación. Es cierto que fue muy popular, cosechó grandes éxitos en el teatro y la prensa, pero, por decirlo de una forma diplomática, no recibió el aprecio del mundo literario ni tuvo de su lado a casi nadie en la academia. Mucho menos en la política. Como si estuviesen apuntando ideas para una comedia suya, el reestreno de 1996 en el Teatro Español de Carlo Monte en Montecarlo provocó un debate en el Parlamento de la Comunidad de Madrid sobre si «era o no pertinente» traer de nuevo a Jardiel a la capital. Su vida, que comenzó de forma plácida, se fue complicando poco a poco, convirtiendo al joven ciclotímico, que combinaba episodios de euforia con momentos de depresión, en un hombre taciturno y lleno de amargura. Su personalidad ambivalente se proyecta en lo que escribió, páginas deslumbrantes de genialidad y desafortunadas declaraciones en los momentos más bajos.

La obra de Jardiel es gigantesca para una vida tan breve (cuatro novelas, casi cincuenta comedias y un número inabarcable de textos periodísticos, piezas breves, guiones y dibujos). Pero lo es más por su imaginación, su arrollador dominio del lenguaje y el carácter audaz que abrió en cine y, sobre todo, en el teatro. Por esa fecundidad y la existencia agitada (aunque no tan corta, eso sí), el personaje de Jardiel ha sido comparado algunas veces con el también madrileño Félix Lope de Vega y sus cuitas personales con empresarios, escritores rivales y líos amorosos con actrices. Una obra producto del talento, pero, sobre todo, de la dura y constante disciplina de trabajo, a la que él atribuía el 98% del resultado. Jardiel trabajaba sin descanso en los cafés de Madrid, pertrechado de un equipo más propio de diseñador gráfico que de escritor: varias libretas y cuadernos, papeles de diferentes tamaños y color, plumas y lápices, reglas, tijeras, pegamento, secantes, sellos, recortes de periódicos… Su querencia por el café no era esnobismo, sino refugio en la calefacción y el aire fresco de las noches de Madrid, cosas de las que carecía su casa, el altillo de la calle Infantas. Luego se convirtió en una costumbre, y hasta en los estudios de Fox Film le tuvieron que apañar un pequeño escritorio pegado a la cafetería.

Pese a las numerosas adaptaciones de sus comedias para cine y televisión, la obra, especialmente la narrativa, es «rara» y no muy leída. Los textos de Jardiel están guardados en el cajón del «humorismo», como un género de segunda. Algo que puede hacer cualquiera. Efectivamente, cualquiera puede practicar humor, pero eso no lo convierte en un humorista. Como mucho, diría el maestro, siguiendo la lógica absurda, pero implacable, de su lenguaje, en un cualquiera. El humor era muy importante para Jardiel, un asunto que había que tomarse en serio. Por eso, su primera novela (larga) sostuvo la tesis de que, como todos los conceptos claves de la vida, el humor se escribía con hache. No así el amor, que era una cosa mucho más difícil de creer y de escribir sobre ella sin aguantarse la risa.

Estos son unos breves apuntes acerca de la obra de Enrique Jardiel Poncela, que gira casi exclusivamente en torno a dos temas, el amor y el humor. Adivinen cuál es el que sale peor parado.

El humor, según Jardiel

En literatura, como en política, no existe ningún otro mecanismo que desarme y provoque más hilaridad que expresar la realidad de forma obvia, sin adornos, aunque la intención y los resultados no sean los mismos. Por ejemplo, cuando el vicesecretario general de comunicación del Partido Popular, después de ser preguntado por la trama de corrupción conocida como Gürtel (todo esto, el cargo y la trama, ya serían objeto de chiste en el universo jardeliano), dijo que él, cuando aquello, «estaba en COU, creo», pues causa primero desconcierto y después, carcajada. Contar las cosas así es el recurso más infalible del humor, porque, en palabras del escritor, «resulta increíble, y lo increíble produce un regocijo contaminante». Jardiel escribía verdades tan pasmosas que la gente, asombrada, se partía de risa cuando las escuchaba en boca de sus personajes, o del propio autor, cuando este leía sus conferencias:

Hace dos días recibí una invitación que dice: el presidente del Ateneo de Madrid tiene el gusto de invitarle a la conferencia que pronunciará don Enrique Jardiel Poncela… Por eso estoy aquí.

Pero Jardiel no estaba en un cargo político para hacer reír. Desmarcado de la idea del humor como simple entretenimiento, Jardiel abraza el género como una postura existencial. Actitud rebelde frente a la vida que carece de sentido: un arte absurdo, conformado por una serie de viñetas descabaladas sobre la gente y las situaciones de la actualidad. Jardiel es heredero de las vanguardias y del grupo dadá, furioso con la política. A diferencia de los poetas y dramaturgos «comprometidos» en la palabra, Jardiel se zambulle en un lenguaje nuevo para manifestar su feroz individualismo y su desprecio de cualquier tipo de seriedad formal. El humor será su arma y nunca habrá salido tan cara a quien la usa en la literatura española. Bueno, sí, a Pedro Muñoz Seca, que le asesinaron por ser humorista y católico. A Jardiel también le dieron el paseíllo por haber manifestado su simpatía por las derechas, pero se libró del fusilamiento, aunque le dolió más que le confiscaran el Packard, su posesión más preciada. Después, en la posguerra, sufrió un duro boicot de la prensa y la censura revisó las páginas de sus comedias, prohibiendo la publicación de alguna. Grupos de matones acudían a los estrenos para reventarlos y el público se enzarzaba en peleas en el patio de butacas. En 1944, y con gran esfuerzo por reflotar su maltrecha economía, viajó a Argentina con una compañía financiada por él mismo, ayudado en el papeleo por Ramón Gómez de la Serna. Empezó muy bien, pero a los pocos días el público dejó de acudir. Los intelectuales republicanos que se habían refugiado de la contienda le difamaron y boicotearon las funciones. Grupos antifascistas en Uruguay lanzaron bombas de alquitrán contra el escenario. Le llamaban «la embajada franquista». Cuando don Enrique volvió a España, traía una depresión y el principio de un cáncer de laringe que le llevaron a la tumba pocos años después.

Para Jardiel, el humorista debe mantener un respeto escrupuloso por el público, no tratarlo como si fuese tonto, pero al mismo tiempo olvidarse de las concesiones en aras de la popularidad. Rechaza el casticismo y las figuras recurrentes del humorismo nacional, salvo si es para hacer chanza de los clichés tradicionales del sainete. Este diálogo al comienzo de Eloísa está debajo de un almendro es muy revelador:

ESPECTADOR 4.° —¡Vaya mujeres! (Al otro.) ¿Has visto?


ESPECTADOR 5.° —¡Ya, ya! ¡Qué mujeres!


ESPECTADOR 6.° —¡Vaya mujeres!


ESPECTADOR 1.° —¡Menudas mujeres!


ESPECTADOR 2.° —(Al 1°) ¿Has visto qué dos mujeres?


ESPECTADOR 1.°—Eso te iba a decir, que qué dos mujeres…


ESPECTADORES 1.° y 2.°—¿Te has fijado qué dos mujeres?


ESPECTADOR 3.°—Me lo habéis quitado de la boca. ¡Qué dos mujeres!


MARIDO —(Aparte, al Amigo, hablándole al oído.) ¿Se da usted cuenta de qué dos mujeres?


AMIGO —¡Ya, ya! ¡Vaya dos mujeres!


ACOMODADOR —(Mirando a las Muchachas.) ¡Mi madre, qué dos mujeres!


ESPECTADOR 7.° —(Pasando ante las Muchachas.) ¡Vaya mujeres! (Se va por el foro.)


MUCHACHA 1.ª —(A la 2.ª, con orgullo y satisfacción.) Digan lo que quieran, la verdad es que la gracia que hay en Madrid para el piropo no la hay en ningún lado…


MUCHACHA 2.ª —En ningún lado, chica, en ningún lado.

Madrid es el centro del universo jardielano, pero es un lugar idealizado, solo existe en la imaginación y la curiosa forma de ver el mundo de su autor. Los escenarios de las comedias y las novelas pasan por países exóticos, hoteles de cinco estrellas, safaris o viajes al Polo Norte, castillos medievales y laboratorios con retortas y diseños de mecanismos increíbles… Los argumentos van un paso más allá del simple juguete cómico o la farsa: dentro de la simplicidad del contenido, mantienen niveles de intriga y tensión sobre trasfondos muy poéticos y, en los últimos años, una más que negra visión social y humana. Jardiel usa el humor para volcar sus opiniones, cada vez más pesimistas, sobre las relaciones personales, la política y la filosofía, pero siempre desde una óptica muy elegante a la par que estrafalaria. Aborrece los chistes gruesos y la sátira, porque son ejercicios sangrantes y no sirven como divertimento ni como ejemplo didáctico.

Es fácil expresar estas premisas, lo complicado es desarrollar argumentos sorprendentes y hacer hablar a sus personajes como no se había hecho hasta entonces en el teatro cómico. El humor de Jardiel no es esperpento ni astracán, recursos decimonónicos, es una pirueta más moderna y airada. El resultado es muy similar a lo que hacían los Hermanos Marx y, especialmente, la screwball comedy de Hollywood. La situación anímica del escritor y las circunstancias socioeconómicas se daban en paralelo en ambos países: los vaivenes de la política española y la Depresión en Estados Unidos coincidían con los fracasos amorosos y el enfrentamiento de Jardiel con censores y críticos. El autor, además, bebe de las mismas fuentes que este género cinematográfico: las farsas del teatro clásico y la obra de Oscar Wilde, uno de sus máximos referentes. 

Las comedias de Jardiel hablan casi únicamente de sexo, pero sin decirlo ni mostrarlo. Como en una película de Leo McCarey, los protagonistas masculinos son tipos excéntricos (siempre son trasuntos de su autor, siempre deseoso de encontrar un ideal de amor imposible) que se meten en constantes problemas con personajes femeninos mucho más fuertes y desenvueltos que ellos, estableciendo una lucha por el poder a través de frases cortantes, rápidas, llenas de dobles y triples sentidos y una situación apurada tras otra. Todo ello lleva a desenlaces inesperados o, incluso, incomprensibles. Jardiel fue un maestro en planificar situaciones absurdas que se solventaban de forma aún más rara. Por ejemplo, el protagonista de Espérame en Siberia, vida mía se pasa la novela huyendo de una muy peculiar organización de asesinos que él mismo ha contratado para liquidarlo. Al final, cuando consigue librarse de su perseguidor, va y se mata cayéndose por las escaleras. Las mujeres de la obra de Jardiel son parodias de la vampiresa de la época, donjuanes femeninas que destrozan las ilusiones del hombre, y en ellas vuelca el autor su inquina, siempre reflejando una experiencia personal que le marcó duramente. Más que misoginia, lo de Jardiel era misantropía galopante, pero, por si queda alguna duda, se puede echar un vistazo a textos como «El sexo débil ha hecho gimnasia».

En Hollywood

En 1932, Jardiel ya había publicado su trilogía sobre el donjuanismo, Amor se escribe sin hache (1928), Espérame en Siberia, vida mía (1929) y Pero… ¿Hubo alguna vez once mil vírgenes? (1930), burla —muy amarga— de las novelas eróticas que aparecían en publicaciones como El Cuento Semanal. La reacción del público fue entusiasta (igual en la posguerra, aunque incomprensiblemente se publicaran censuradas «por inmorales», mientras que las versiones sin tachar se vendían bajo cuerda). Sus colaboraciones en prensa (el semanario Buen Humor) gozaban de gran popularidad y estas novelas fueron recibidas con agrado. La combinación de personajes y situaciones descabelladas, esa abundancia de personajes secundarios que daban un contrapunto divertidísimo a los principales, los dibujos y rótulos ultraístas que salpicaban el texto (obra del propio Jardiel, caricaturista de nivel, además de escenógrafo y figurinista), las inéditas apelaciones al lector que rompían la narración y las notas cómicas a pie de página… las han convertido hoy en un clásico de la literatura del siglo XX. Pero, acuciado por la necesidad económica, el autor había dirigido sus esfuerzos al teatro y tenía estrenadas tres comedias, a punto de llevar a las tablas la versión de su tercera novela, titulada Usted tiene ojos de mujer fatal. José López Rubio lo llamó desde Los Ángeles, ofreciéndole en nombre de la productora Fox un sustancioso contrato para adaptar versiones sonoras y latinas de éxitos de Hollywood, con posibilidad de dirigir las películas. Jardiel hace dos viajes, en 1932 y en 1934, y trabaja con denuedo escribiendo guiones, planificando escenas y decorados. Los medios del cine americano le deslumbran y avivan su imaginación para aplicar estos recursos al teatro español: escenarios polivalentes, móviles, plataformas para iluminación y un sinfín de ideas que él mismo desarrolla en un proyecto, con primorosa maqueta incluida, al que nadie hará caso. Además de la idea de los celuloides rancios, encargo de la Fox de incorporar comentarios hablados a una serie de películas mudas que él decide interpretar con chistes, escribe y dirige Angelina o el honor de un brigadier, opereta ¡en verso! que es recibida con asombro por figuras del mundillo, como Charlie Chaplin, una de las estrellas cautivada por el talento de estos españoles estrafalarios. Otro autor que quedó encantado con el genio de Jardiel fue el dramaturgo Noël Coward. Tanto que su comedia de 1941 Un espíritu burlón era un plagio bochornoso de Un marido de ida y vuelta, que el madrileño le había enviado en 1939 para que el prestigioso autor la tradujese al inglés. Jardiel le escribió pidiendo explicaciones, pero el inglés se hizo el sueco.

Jardiel y el elemento fantástico.

Y en todas las comedias que he producido hasta el presente (…) se encuentra la fantasía —la imaginación, la inverosimilitud— presidiendo el tema, la acción, los tipos y el diálogo, conducta, fin y objeto que pienso guardar asimismo fielmente en el futuro. Pues, ¿valdría la pena sentarse ante una mesa, dispuesto a producir una fábula teatral, sin haber contado previamente con edificarla elevándola hacia lo fantástico?

Además de novelista, Jardiel quiso ser un escritor «serio». Lo fue siempre, pues su humor procedía de un profundo desgarro personal. Pero sobre estas comedias, especialmente las más brillantes, y gran parte de su narrativa, planearon elementos del género fantástico y el suspense. Fantasmas, espíritus y misterios llenaron la obra de Jardiel, no como simples elementos decorativos, sino como poéticos y potentes símbolos del desamparo y la soledad. Más aún, de la penosa situación de la sociedad española tras la Guerra Civil (Eloísa está debajo de un almendro, Los habitantes de la casa deshabitada, Blanca por fuera, rosa por dentro, Las siete vidas del gato…). Su primera nouvelle, El plano astral, se fijaba en las inquietudes del espiritismo y la teosofía. Dedicó varios relatos a convertirse en ayudante de Sherlock Holmes y se atrevió a sugerir una tesis para la identidad de Jack el Destripador. Siguiendo la tradición del teatro clásico, convirtió al demonio en protagonista de una comedia (Las cinco advertencias de Satanás) y desafió al tiempo en una de sus más bellas creaciones (Cuatro corazones con freno y marcha atrás). La tournée de Dios (1932), su cuarta novela, sigue causando asombro. Solo a Jardiel se le podía ocurrir que Dios (un Dios pero que muy particular, por otra parte) quisiera venir a la tierra, eligiendo como lugar de «aterrizaje» el cerro de los Ángeles, en Getafe, y tras unas semanas de visita consiguiera hacer enfadar a todo el mundo, volviéndose a casa completamente solo. Obviamente, fue prohibida por la República (por meapilas). Después, por el franquismo (por anticlerical). Ni don Pío Baroja, que detestaba a unos y a otros, consiguió una cosa semejante.

"Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: La Regenta" por Ernesto Filardi


Haga la prueba: acérquese a su librería más cercana y vaya a la sección de novedades. Es matemáticamente imposible que no haya una novela de vampiros adolescentes, otra de detectives suecos resolviendo un sangriento y complicadísimo crimen en la nieve, y otra de mujeres luchadoras que se ven obligadas a salir adelante en un mundo distinto al que conocen. Más aún: es muy probable que haya al menos dos novelas de mujeres luchadoras, pues una de ellas contendrá una trama de hoy en día mientras que la otra será una novela histórica ambientada en un lugar lejano y/o exótico. Esta repetición de historias durará hasta que el público esté ya cansado de amores melancólicos entre vampiros y humanas, sectas satánicas secretas y mujeres desarraigadas descubriendo a su pesar que con el tesón suficiente todo se puede solucionar. Y entonces habrá que encontrar otros temas suficientemente amplios como para poder crear muchas novelas pero suficientemente concretos como para acertar con el nicho de público al que se quiere llegar.

Esto de las modas literarias no es nada nuevo: si echamos la vista atrás podremos recordar que gracias al realismo sucio de los ochenta un escritor era casi un fracasado si no salpimentaba su prosa con vocablos tan atrevidos como polla, coño o follar. En los setenta, el principal daño colateral de la guerra fría fue la proliferación novelística de megavillanos soviéticos que querían invadir el mundo. El modernismo de finales del XIX impregnó

nuestras almas dolientes de abril 
con fragancias nocturnas de un beso, 
el sabor del placer y el exceso 
y dos cisnes turgentes de añil.

Y qué decir del siglo XVI, donde todo se llenó de novelas pastoriles, en las que el único problema de los protagonistas es estar enamorados en un campo feliz y florido donde los ríos son mansos y no huele a estiércol ni a mierda de vaca.

El caso es que en el último tercio del siglo XIX surgieron las novelas protagonizadas por mujeres infelices en su matrimonio, fueran o no fueran sus maridos el mismo demonio. Esta moda literaria dio lugar a verdaderas joyas: Madame Bovary y Ana Karenina son las más célebres, pero en Portugal apareció El primo Basilio, Effi Briest en Alemania y en España La Regenta. Las más famosas son las dos primeras, claro, pero es en esta última donde se abre el zoom para hacernos ver no solo el proceso interno de la protagonista sino el nudo completo de ambiciones, deseos, hipocresías y represiones latentes en la sociedad de Vetusta, la ciudad no tan imaginaria en la que vive la susodicha.

Ana Ozores es la mujer ideal. Casada con don Víctor Quintanar, exregente de la Audiencia de Vetusta —de ahí que la llamen la Regenta—, tiene todo aquello a lo que puede aspirar una mujer de su clase. Es guapa, modélica y casta en los dos sentidos de la palabra. Los hombres la idolatran, las mujeres la admiran y a unos y a otras les molesta que sea tan perfecta porque les recuerda que ellos no lo son. La Regenta no es una mujer cualquiera, pero a media ciudad le gustaría verla convertida en una cualquiera. Sobre todo sus amigas de la alta sociedad, damas linajudas de rango y copete, pues todas ellas ya han probado en sus carnes los placeres de la lujuria adúltera y sueñan con que Ana caiga al lado oscuro como han caído todas.

Esta diferencia de enfoque entre La Regenta y otras novelas sobre el mismo tema ya aparece desde el mismo título: Ana Karenina es la novela de una mujer llamada Ana, casada con el señor Karenin, al igual que Madame Bovary —o mejor aún, La señora Bovary— es la historia de Emma Rouault, esposa de Charles Bovary. Ambos títulos, por tanto, nos remiten a mujeres que han adoptado el apellido de su esposo mientras que La Regenta nos indica que el interés que despierta la protagonista se debe al cargo institucional de su marido. Ya saben: la mujer del César no solo tiene que ser honesta sino también parecerlo; pero si no lo es, que se vaya preparando porque la vamos a poner a caldo. Aunque nosotros mismos no tengamos motivos ni para estar orgullosos ni para tirar la primera piedra.

Es posible que, al sentarse a escribir, Clarín se planteara de qué forma podía sacar más jugo a una historia que otros ya habían contado antes de forma magistral. Así que se quedó dándole vueltas a lo de forma magistral y llegó a la conclusión de que lo mejor era que la protagonista se sintiera atraída por un Magistral. O sea, un canónigo. Un cura, vamos. Pero no un cura cualquiera, ¿eh?, sino el hombre más admirado y más odiado de toda la ciudad. Un montañés metrosexual que se aprovecha de ser el confesor de Ana para manejarla a su antojo porque, vaya por Dios, no sabe bien cómo canalizar el impulso sexual que le sale por los poros… Y para darle aún más gracia al asunto, el típico triángulo amoroso mujer–esposo–objeto de deseo se convierte en cuadrilátero mujer-esposo-objeto de deseo 1-objeto de deseo 2. Así que, aparte del Magistral, a Ana también le hace tilín y tolón don Álvaro Mesía, cacique de Vetusta y donjuán de medio pelo, de quien todas las mujeres de la ciudad podrían decir cuántos lunares tiene en cada nalga. No son malas opciones, sobre todo teniendo en cuenta que la otra posibilidad es permanecer fiel a su esposo, que casi le dobla la edad y la trata como una niña. Vetusta es, por tanto, la verdadera protagonista de la historia. A pesar de estar inspirada en Oviedo podría ser cualquier ciudad de provincias de aquel siglo o del nuestro, que conserva aún muchos de los vicios y defectos más de cien años después. No es una novela que pretenda hacer amigos: su autor, Leopoldo Alas «Clarín» carga las tintas contra la Iglesia y contra los ateos, contra los caciques y contra los obreros, contra los señores y contra los criados, contra las mujeres y contra los hombres. En el fondo, la historia de Ana Ozores es una excusa —deliciosa, pero excusa a fin de cuentas— para construir una tremenda crítica a todos los estamentos de una sociedad rancia cuya medicina es un aire nuevo que nadie sabe, quiere o puede proporcionar.

La novela arranca con mucha mala leche desde la primera frase:

La heroica ciudad dormía la siesta.

O lo que es lo mismo, que a los vecinos de Vetusta les gusta creerse el ombligo del mundo aunque a la hora de la verdad sean más parecidos a este ombligo. Es en ese momento de modorra cuando el Magistral sube a lo alto de la torre de la catedral para observar la ciudad con un catalejo como un pastor voyeur que se excede un tanto velando el sueño de su rebaño. Fiel a la famosa máxima de «muéstramelo y no me lo cuentes», Clarín nos explica a la perfección la personalidad de Fermín y de la ciudad —dominador y dominada— con esta escena que se corona con una frase-guinda de solo siete palabras: «Vetusta era su pasión y su presa».

Pero no anticipen juicios de valor. No piensen desde ya que Fermín es el malo malísimo del cuento. Entre los muchos aciertos de la novela hay que destacar el ojo sagaz del autor para hurgar en la psicología pero también en los hechos. Nos gustan, sí, las historias en las que nos plantean las razones por las que los personajes actúan como actúan, ¿verdad? De ese modo nos da la sensación de que el autor sabe cómo hacer para que el malvado nos parezca noble. Pues Clarín le da una hermosa vuelta de tuerca a todo eso diseccionando a cada uno de los personajes para mostrarnos su descontento con toda la sociedad. Al terminar La Regenta, el lector se queda con la sensación de que el autor no está de parte de ninguno. Tan solo un personaje se libra de la quema y no es casual que sea el que menos afín se siente con la vida en la ciudad, el que más ganas tiene de alejarse del mundanal ruido de la Vetusta/España caciquil y mohosa.

Para lograr esa descripción social tan oscura como atinada, Clarín recurre a una galería fascinante de personajes secundarios. Si esto fuera una serie de televisión —y luego hablaremos de ello— muchos de ellos podrían tener su propio spin-off. Esto sucede sobre todo con las mujeres, como la feroz doña Paula, madre de Fermín; Visitación, la mejor/peor amiga de Ana; Obdulia Fandiño, cuya religiosidad es solo superada por su escote, o con Teresina y Petra, las criadas que todo lo saben. Cada uno de los más de cien personajes aporta su grano de arena para dar forma a una novela que fue considerada un verdadero escándalo en la época. El libro está lleno de momentos en los que no podemos entender cómo hizo Clarín para no aparecer en el fondo del mar con una piedra al cuello: la denuncia social es tan dolorosa como lúcida como sincera como feroz. Quizás la escena más lograda sea la de la procesión —estén tranquilos, que no haremos spoilers—, donde Clarín convierte a todos los asistentes en una versión ridícula de los judíos que se burlan, ningunean o desprecian a Jesús. Ni siquiera al clero o a los mismos penitentes les interesa la Pasión de Cristo: «Ni un solo vetustense pensaba en Dios en tal instante», dice el narrador. Porque la sociedad biempensante de esa Vetusta que tan bien caracteriza a la Españaza de ayer, hoy y siempre ha sustituido a Dios por el morbo, el postureo, el orgullo, el qué dirán, el qué han dicho y el a ver lo que decimos, olvidando que san Pablo dejó dicho que debemos ocuparnos de nuestros propios asuntos (Tesalonicenses, 4:11).

No es en absoluto una novela de ritmo rápido sino de tempo sosegado y continuo. Pasan muchas cosas y muy gordas, pero casi siempre sotto voce, por lo bajini, como sucede con el mismo inicio desde la torre ya mencionado o con algunos episodios que indagan en el carácter psicológico de los protagonistas a través deflashbacks donde se nos narra su infancia y su juventud. No se desesperen. Respiren y concéntrense, por ejemplo, en la belleza de la prosa. Algunos pasajes pueden hacerse más cuesta arriba pero tienen una función básica en el relato. Sobre todo aquellos que tienen que ver con una barca y, ¡ay!, con un sapo. Cuando terminen la novela verán que todo tenía su porqué y también comprenderán por qué el mismo obispo de Oviedo calificó la novela como «un libro saturado de erotismo, de escarnio a las prácticas cristianas y de alusiones injuriosas a respetabilísimas personas». Al buen hombre no le faltaba razón. La Regenta está llena de todo eso y más, pero no por eso debe dejar de leerse: como dijo Oscar Wilde, «Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza. Eso es todo». Pocas novelas son tan lúcidas al plasmar ese cainismo español de satisfacción indisimulada al imaginar al virtuoso retozar por el barro.

Pero más allá del contenido social, una buena novela ha de construirse sobre una trama adictiva, de las que uno no puede dejar de leer para saber qué va a suceder. Bien. La tenemos. Una mujer virtuosa de la que no sabemos si será capaz de salir a buscar fuera de casa la salsa del estofado ya es un filón. Pero que durante toda la novela oscile entre el quiero, el no puedo, el madre mía si quiero y el a ver si al final voy a descubrir que sí que puedo le da un plus añadido de interés. Más aún si el suspense no solo está en si será o no capaz sino, en caso de hacerlo, con cuál de los dos. O si incluso hasta se liaría la manta a la cabeza para matar dos pájaros de un revolcón.

¿Qué más necesitamos para una buena novela además de una buena trama? Personajes interesantes y bien construidos. Buf. De esto tenemos de sobra. Ana Ozores, al igual que sus colegas Emma Bovary y Ana Karenina, destilan fuerza literaria. Esto no significa que nos caigan bien, claro, porque en más de una ocasión nos gustaría acercarnos a Vetusta y zarandear a la Ozores para que no sea tan bobalicona y melindrosa. Pero no cabe duda de que la Regenta partiría con ventaja en un hipotético ranking de los personajes femeninos mejor construidos de la literatura española. Que a todo esto, ¿se han dado cuenta ustedes de que la mayoría de esos grandes personajes —Celestina, Laurencia, doña Inés, Fortunata, Jacinta, Yerma, Adela y la novia de Bodas de sangre, por citar solo algunas— tienen en común una relación digamos peculiar con la sexualidad? Esto es frecuente en nuestra literatura, pero ya no lo es tanto en el caso de los hombres. Ya saben, la tontería esa del macho hispano seguro y confiado en lo que tiene ahí colgado. Pues nuestro amigo Clarín nos presenta a tres hombres que no saben muy bien qué hacer con su carga de testosterona. El marido, a quien no le interesa el sexo y no se entera del problema que eso puede acarrearle; el Magistral, un semental encerrado en una sotana; y por último Mesía, que tras tantas idas y corridas está a punto de necesitar la pastillita azul y ya en su cincuentenez comprende que tanto vicio no le ha proporcionado la felicidad deseada. De todos ellos es Fermín el personaje más completo y con más recovecos por donde hurgar y deleitarse. Galdós, que sabía un poco bastante de esto de crear personajes, dejó escrito que el Magistral es la figura culminante de la obra de Clarín, además de ser «el estado eclesiástico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen». En serio, querido lector: aunque no le importe la represión sexual de la mujer en el siglo XIX, aunque le aburra la crítica social, aunque a usted esto de la descripción de caracteres le suene a chino, lea La Regenta aunque solo sea para conocer a don Fermín de Pas y luego hablamos. Si no le parece que el Magistral es un personaje ídem entonces yo ya no sé lo que le puede interesar en este mundo.

Un último elemento para asegurarnos de que estamos ante una buena novela: que el estilo esté depurado y a la altura de la trama. Ay, amigos, el estilo de La Regenta. La obra maestra del naturalismo español. Sí, ya saben, ese movimiento literario creado en Francia que busca plasmar la realidad analizando a los personajes con la distancia y la asepsia de un científico. Que oye, fantástico por Zola. Yo acuso y Germinal y todo eso muy bien, sí. Pero vamos, que pocas lecciones de describir la realidad nos tienen que dar los franceses, sabiendo que cuando nosotros estábamos con el Lazarillo de Tormes ellos todavía estaban con Gargantúa y con Pantagruel, unos gigantes alcohólicos que conquistaban ciudades inundándolas a base de meadas. Que no es por criticar a los franceses, ojo. Que ojalá hubiéramos tenido aquí su Ilustración y sus vanguardias. Pero si para una cosa en la que hemos sido buenos en literatura vienen de fuera a darnos lecciones, apaga y vámonos. Y si creen que esto es una exageración, ahí tienen la Celestina, la novela picaresca, el Arte nuevo de Lope, los artículos de Larra, los Episodios nacionales… y por supuesto el Quijote, cuyo realismo echó por tierra el mundo irreal de las novelas de caballería: un género que nació, oh là là qué casualidad, en Francia. Sí, amigos. Si buscan buen naturalismo, elijan el de un experto en la materia. Porque, por el mismo precio, en España le añadimos al naturalismo algo que no es tan frecuente por allí fuera: un sentido del humor amargo y cínico que ayuda al lector a saborear mejor la realidad más descarnada. Y de esa tradición tan cervantina y quevedesca bebe precisamente Clarín para terminar de dar lustre a esta joya literaria. Así que no lo duden y tachen ustedes por su cuenta la última casilla que falta.

Trama adictiva.

Grandes personajes.

Estilo depurado.

Comenzar a leer este novelón.

Ayuda para vagos y maleantes: antes de nada, es preciso aclarar que es muy complicado adaptar La Regenta en texto y alma. Es por eso que las tres versiones existentes se quedan cortas a la hora de dar vida a tanta chicha. La primera, dirigida por Gonzalo Suárez en 1975, está protagonizada por una Emma Penella cuyo buen trabajo no siempre logra hacer olvidar al espectador que el papel no parece hecho para ella. Además, varias de las tramas de la novela fueron eliminadas para que la película no fuera excesivamente larga. Por otro lado, la versión televisiva de Méndez-Leite de 1995 cuenta con algunas interpretaciones estupendas, como las de Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez o Cristina Marcos, aunque se nota demasiado que al director le caen más simpáticos unos personajes que otros —Mesía mejor que Fermín, por ejemplo— y la carga crítica a todos los estratos sociales queda así más diluida. Suárez, Gómez y Sánchez-Gijón se reunieron en 2007 para rodar Oviedo Express, en la que una compañía de actores llega a Oviedo para representar una versión de La Regenta. Se trata de una simpática comedia que precisamente por serlo carece de la crueldad del original. Así las cosas, parece necesario que para disfrutar de esta joya tendrán que echar mano al libro. O crear una petición en change.org para que la HBO se plantee hacer una versión de La Regenta ambientada hoy día en un pueblecito del sur de Estados Unidos y así conseguir que todo el mundo se entere de una vez que alguna vez también supimos ponernos oscuros, críticos y profundos y, ya de paso, que Clarín goce del prestigio que merece: el de un insolente jovenzuelo que con solo treinta y tres años consiguió escribir una verdadera obra maestra.

lunes, 16 de julio de 2018

"El burlador de Sevilla" de Tirso de Molina, representada en Almagro por la CNTC


Es curioso comprobar cómo los años transforman las obras artísticas y cómo el contexto social e ideológico las muestra con un barniz distinto. No es lo mismo ver El burlador de Sevilla en el siglo XVII, época de su estreno, que en el XXI. Ni siquiera es igual ver o leer la obra a finales del XX que en 2018. Sin embargo, los clásicos tienen esa cualidad, la de aguantar el tranco de los años y avanzar con él.
Tenía yo una impresión de esta obra (estudiada en la carrera y vista en los escenarios en los 90) muy distinta a la que me asaltó anoche en el Hospital de San Juan de Almagro. Recordaba a don Juan Tenorio con la simpatía malvada que marcaba a los canallas, con la romántica visión de quien desafía a la divinidad. No fue lo que experimenté ayer al encontrarme de nuevo con el burlador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico
Es un personaje cincelado en mármol a través del verso claro y dinámico de Tirso, bien dicho por los actores. Un personaje antipático, cruel, violador, déspota, inhumano... Lo de menos es su irrespetuosidad religiosa. Ese continuo "largo me lo fiais" con que responde a la muerte y a la condena eterna, es una letanía que don Juan repite desde que aparece en escena hasta que es devorado por el fuego del infierno, pero no es lo que marca su carácter. Es un ser inconsciente, ajeno al mal que provoca e impelido por una fuerza demoníaca que lo arrastra a las peores iniquidades contra las mujeres y al desprecio de la vida. Su padre y la corte (el poder), sin embargo, se empeñan en tapar sus delitos, pese a lo flagrante de su execrable comportamiento (no sé a qué me suena todo esto). 
Me sigue pareciendo más firme este personaje que el de Zorrilla, amanerado por los requisitos del romanticismo tradicional. Es más puro en su infamia. Un mito que, como Macbeth o Lady Macbeth, sirven para que los reconozcamos por la calle, para que comprobemos que en el mundo no todo son tortas y pan pintado. 
El burlador de Sevilla es una tragicomedia de carácter con los efectismos necesarios para atraerse al público, al vulgo de Lope (los escenarios madrileños eran el Hollywood de la época): promiscuidad, violencia, charla con los muertos, disputa con ellos, cenas de ultratumba... La versión de la compañía no los esconde, y hace bien, a través de una escenografía que ayuda a realzar el mito y a la fidelidad del espectáculo visual solemne.
Raúl Prieto es un don Juan redondo en su porte y en su actuación, al que sirve de contrapunto un Pepe Viyuela convertido en Catalinón, un gracioso atípico en la comedia nueva española porque se acerca más al bufón de Lear (amargo personaje que se emplea en tirar a la cara del amo las miserias más terribles) que al personaje ridículo del teatro español, que solo intenta provocar la risa.
Me alegro de no ver ya a don Juan con esa oscura mirada de macho cómplice con el canalla y conquistador sin escrúpulos. Me alegro de que la vida, la cultura, los años, me muestren la cara antipática y despreciable de este personaje. Como me alegro, asimismo, de que en la literatura y en los escenarios podamos contemplar la maldad en carne viva, desde la butaca, para extirparnos el error de sus comportamientos y para horrorizarnos con ellos. El arte es una sublimación de la vida y esta obra es arte, se confunde con la vida, avanza con los tiempos y se transforma a la luz de las nuevas costumbres.     

domingo, 15 de julio de 2018

"Los empeños de una casa" de sor Juana Inés de la Cruz en Almagro


Empiezo con un topicazo de libro, el "marco incomparable". Sí, Los empeños de una casa de sor Juana Inés de la Cruz se representó en el "marco incomparable" del Patio de Fúcares de Almagro. Un claustro renacentista, bien restaurado, bajo el techo del cielo estrellado y el silencio reverencial de la noche oscura y apacible. Un "marco incomparable", un lugar de ensueño que se presta como ninguno a la escenografía preparada por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Al encenderse la iluminación, la radiografía de una ballena varada se estampa sobre el empedrado del claustro y suena la voz de José Sacristán para que apaguemos los móviles. Sin escenario, el público a uno y otro lado del claustro y un espacio en el centro para que los actores se empleen en la representación. Muy original, muy próximo y muy peligroso para los cómicos, a los que contemplaremos tan de cerca como al vecino de localidad. 
No conocía la obra y de sor Juana Inés solo había leído alguna de sus poesías. Accedí a la representación con un prejuicio (mal asunto): lo que no se ha dado a conocer en cuatro siglos difícilmente puede ser valioso. Mi prejuicio en un pozo. El texto de Juana es fresco, divertido, atrevido, moderno y, lo que es más importante, valiente y rompedor. Los empeños de una casa no es una comedia de capa y espada más, es una parodia del género en toda regla, un Quijote de las comedias de enredo. Así lo percibí ayer en la versión de Antonio Álamo. 
Me sorprendió, y cómo, esta comedia. Los jóvenes actores representan frente a nosotros, a nuestra altura, casi echándonos el aliento y no se quiebran, al contrario, crecen conforme avanza la representación. Si estiramos las piernas, podemos provocar su caída y cambiar el curso de los acontecimientos (nadie se atreve a hacerlo). Solo le veo un inconveniente a esta disposición: con la misma nitidez que a los actores, vemos al público sentado frente a nosotros y un desahogado se quita las chanclas para hurgar las pasiones del día entre los dedos de los pies. 
Por suerte, los actores están a lo suyo y lo suyo es el enredo. La confusión, el trabalenguas, el conflicto, ese jubón amoroso tejido con más de ocho ovillos, se trenza con la intención de provocar la risa, sí; con el deseo de mover el interés del espectador, sí; y, sobre todo, con la genialidad de parodiar la propia confusión, los trabalenguas y el enredo desmesurado de tantas y tantas comedias de capa y espada que en el siglo XVII fueron. Uno de los personajes, creo que doña Ana, clama porque aparezca el propio Calderón para enderezar el tuerto. Es una clara alusión a la condición paródica de Los empeños de una casa
Don Juan enamorado de doña Ana; doña Ana enamorada de don Carlos; don Carlos enamorado de doña Leonor; don Pedro enamorada de doña Leonor; doña Leonor enamorada de don Carlos... Y entre todos ellos, un criado, Castaño, que se traviste para confundir a don Carlos, a don Pedro, a don Rodrigo, a doña Celia y a él mismo. A la misma doña Ana se la ve más interesada en el propio enredo que en su pasión amorosa. Y, como aderezo, unos corridos mexicanos de buen gusto y mejor humor. Al final, no digo más, se hace un guiño a Con faldas y a lo loco de Billy Wilder.
Hace poco apareció un libro de una historiadora inglesa en el que se argumenta que el 90 % de las obras clásicas fueron sepultadas por el fanatismo cristiano. Tras ver esta obra de sor Juana Inés de la Cruz uno se pregunta: ¿cuántas obras no se escribieron porque la mujer hasta el siglo XX apenas podía hacerlo? Un 50 % de la población no ha podido desarrollar sus inquietudes culturales durante todo este tiempo y se nos ha privado del disfrute de ¿cuántas?, ¿del 99 % de sus creaciones? (no creo que exagere mucho en el porcentaje, aunque sea hipotético). 
Juana se disfrazaba de hombre para asistir a la universidad, se la condenó a destruir sus escritos, se metió a monja para disfrutar de algo más de libertad que la que le habría proporcionado un marido impuesto (como Teresa de Cepeda y Ahumada). Juana es un ejemplo de tozudez, de amor apasionado por los libros y en Los empeños de una casa se huele, se palpa. Juana, como santa Teresa, son ejemplos de mujeres que se rebelaron contra lo establecido, que persiguieron su vocación a pesar de todos los impedimentos. No era lo habitual, ni mucho menos, porque no era nada fácil abandonar el molde del patriarcado y del catolicismo.  
Gracias a los directores, Pepa Gamboa y Yayo Cáceres; y a los actores de la joven compañía: Daniel Alonso, Marçal Bayona, Georgina de Yebra, Silvana Navas, José Fernández, Cristina Arias, David Soto, Kev de la Rosa, Miguel Ángel Amor y Pablo Béjar; hemos podido gozar de esta obra, de este tesoro salvado de la purga. Y hasta el hurgar paciente de los dedos del público he olvidado, alelado y divertido por los enredos continuos de los personajes de Juana, de sus invenciones salvadas de la quema general. Juana intenta, como Cervantes, dar carpetazo a un género agotado (la comedia de enredo) con una obra genial. Cervantes era un hombre, ella no.       

sábado, 14 de julio de 2018

"La vida es sueño" de la compañía "Théâtre de la Tempete" en Almagro



A pesar del calor (culpa de la naturaleza), a pesar de la incomodidad insufrible de las sillas (culpa imperdonable de la organización), a pesar del empacho (culpa mía por comer tarde y sin medida), a pesar del humo y el polvo (imponderables de la representación), a pesar de que los sobretítulos no funcionaban ni se veían como debieran (culpa de la organización y de la compañía), a pesar de que muchos monólogos se representan en el pasillo de butacas con la consecuente imposibilidad de atender a los sobretítulos y a la actuación a la vez (culpa de la compañía), a pesar de que uno se va convirtiendo en un viejo cascarrabias a la altura de Javier Marías (solo en lo de cascarrabias, culpa mía), a pesar de todos estos achaques, la representación de La vida es sueño de Calderón por la compañía francesa "Théâtre de la Tempete" ofrece un espectáculo intenso y desgarrado.
La versión completa de La vida es sueño de Calderón de la Barca, sin la purga que se hace a veces de esa segunda trama paralela de comedia de enredo, no se presta a que el espectador se someta de lleno al dramatismo de la trama principal.
La escenografía (un páramo nevado dividido por jirones de lona sucia) y el vestuario nos remiten a la versión cinematográfica que de Frankenstein hizo Keneth Branagh. Los estruendos, los gritos, la desmesura, convierten esta versión en un drama romántico en toda su expresión. Segismundo es un Prometeo encadenado, un monstruo producido por la idiotez supersticiosa de su propio padre, un ser abrumado por lo inexplicable de su existencia. El protagonista (Makita Samba) aparece siempre con los ojos inyectados en sangre (vamos de tópicos) y en su primera liberación no hace sino confirmar lo que se le había impuesto con su encarcelamiento absurdo. Basilio me recuerda en esta versión a un Ubú rey "avant la letre" (y sigo), un demente poseído por la fiebre de la nigromancia que somete a su hijo al destino más cruel. Clotaldo (Laurent Ménoret), Astolfo (Pierre Duprat), Clarín (Thibaut Corrion) y Estrella (Louise Coldefy) le hacen los coros del una corte absurda con corrección. Y sobre todas estas precisiones dramáticas descuella la figura de la actriz que interpreta a Rosaura (Morgane Nairaud). Cada vez que irrumpe en escena con su voz aguardentosa, de papel de lija, lo inunda todo de pasión y rabia. Una interpretación explosiva que difumina el buen trabajo de sus compañeros, cada vez que se retuerce y vocifera sobre el suelo nevado de Polonia. Lástima que los monólogos de Rosaura no contengan la carga poética y metafísica de los de Segismundo, lástima también que su personaje sea el protagonista de esa trama secundaria de enredo que siempre he visto como un apósito en la obra de Calderón, lástima no haberla disfrutado de Segismundo (aunque Makita no lo hace nada mal), lástima que varias de sus intervenciones se perdieran en el pasillo de butacas (donde yo solo podía oír su voz). Solo por asistir a la representación de Morgane, imponente, vale la pena dejarse los lomos en esas sillas del infierno, digerir las patatas a lo pobre con oreja con dificultad, sudar y padecer la tortícolis de los sobretítulos.
Lástima no dominar el francés como debiera y carecer de dos cabezas o de la mirada periférica de un camaleón, porque el espectáculo merecía que uno se abandonara en él como es necesario ante la contemplación del arte. Me rozó esa sensación, si no pude completarla fue porque la naturaleza, la organización, la dirección de la compañía y yo mismo no tuvimos en cuenta que para disfrutar de La vida es sueño en francés hay que verla ligero de estómago, tras un mes en Avignon y con el culo menos burgués.