sábado, 15 de octubre de 2016

"Los hermanos Karamazov" por Orhan Pamuk

Recuerdo muy bien la primera lectura de Los hermanos Karamazov a los 18 años, solo en una habitación de una casa que daba al Bósforo. Era el primer libro de Dostoievski que leía. En la biblioteca de mi padre había una traducción turca publicada en los años 40 a partir de la versión inglesa de Constance Garnett y el título de aquella novela, que de una manera misteriosa sugería todo el exotismo, la diferencia y la fuerza de Rusia, llevaba bastante tiempo llamándome a un mundo nuevo.

Como todos los grandes libros, Los hermanos Karamazov tuvo dos efectos instantáneos en mí: me hizo sentir al mismo tiempo que no estaba solo en el mundo y, por otro lado, que era alguien desamparado, solo en mi rincón. Al ir viendo complacido lo que la novela me mostraba poco a poco, sentía que no estaba solo porque, como me suele pasar cuando leo grandes libros, las ideas que tanto me agitaban ya se me habían ocurrido antes, y algunas escenas y entonaciones escalofriantes casi las recordaba como si las hubiera vivido. Por otro lado, mi primera lectura del libro también me daba la sensación de soledad puesto que me mostraba ciertas verdades básicas sobre la vida de las que nadie hablaba, que nadie mencionaba. Me daba la impresión de ser el primero que lo leía. Era como si Dostoievski me susurrara al oído cosas privadas sobre la humanidad y la vida que nadie más sabía. Esa información secreta tenía tanta fuerza y era tan inquietante que cuando me sentaba a cenar con mis padres o cuando, como siempre, intentaba charlar con mis compañeros en los atestados pasillos de la Universidad Técnica de Estambul, en los que siempre se hablaba de política, sentía que el libro se agitaba dentro de mí y que la vida ya no sería la misma; notaba que frente al mundo grande, amplio y sorprendente de la novela, mi propia vida y mis preocupaciones eran pequeñas e insignificantes. Me apetecía decir: “Estoy leyendo un libro que me agita, que está cambiando mi mundo entero y eso me asusta”. En alguna parte Borges dice: “Descubrir a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, marca un momento importante en la vida”. El momento en que leí a Dostoievski por primera vez supuso para mí la pérdida de la inocencia con respecto a la vida.

miércoles, 12 de octubre de 2016

"Arthur Rimbaud, la voz total del poeta insaciable" por Antonio Lucas


Lo de Arthur Rimbaud es algo más que un enigma. Diríamos que pertenece al linaje de los indescifrables. No solo en su escritura sino exactamente en lo que da paso a la obra, que es la vida. Está su biografía tan fuera de lo común, tan sin cálculo posible, que al final sólo él se llevó la clave de esa parada salvaje. Arthur Rimbaud fue un niño que dejó de escribir siendo casi niño y una vez convencido de lo que ha hecho (o de lo que no ha hecho) rechaza entrar en el mundo grisalla de lo colectivo y desaparece.
Nació en Charleville en 1854 y falleció en Marsella en 1891. Hasta ahí, una muerte prematura y poco más. Lo interesante es que comenzó su obra poética adulta a los 15 años y remató su escritura poética a los 21, cuando había roto las costuras de la poesía moderna y cuando había deflagrado el límite de los excesos de la bohemia.
Antes y después de Rimbaud el verbo es otro. Él es otro. «Yo es otro». Y lo demás es un deambular por lo que este muchacho hizo con todo el hambre de extravío que un hombre acumuló cuando aún no era hombre. Hay decenas de ediciones de los poemas de Rimbaud. Algunas de las Cartas abisinias, la correspondencia que mantuvo con su familia desde África. Pero hasta ahora no existía una tan completa en un solo volumen en España.
La editorial Atalanta se propuso hace unos años reunir todo lo que se sabe de la obra de Rimbaud. Más de 1.500 páginas, en edición bilingüe, desde las primeras traducciones del latín realizadas como alumno en el liceo de Charleville hasta el último poema del que se tiene noticia, Saldo. Y junto a eso, material disperso que los estudiosos franceses llevan casi un siglo intentando componer como si el puzzle de este desafío tuviera sentido en el orden lógico del mundo.
«Para los lectores jóvenes Arthur Rimbaud sigue siendo un relámpago», sostiene Mauro Armiño, encargado de la traducción y que ha pasado años de convivencia con la obra del más extremado de los poetas franceses modernos. «En él asumen, como cualquiera de las generaciones que nos hemos asomado a su obra, el destello, la iluminación. Pero lo más interesante es la dificultad de fijar una sola interpretación de esta escritura. Cada poema tiene el sentido inexacto que cada lector le asesta. Es un poeta muy difícil de unificar».
La situación es esta: un adolescente que se enfrenta a su idioma desde un pueblo frío, que vuela las sienes a las palabras. Un adolescente a la conquista furtiva del París parnasiano y le ciñe a la poesía un cinturón de dinamita. Arthur Rimbaud es un arrapiezo cargado de modales vándalos, de juventud y de insolencias. El responsable de Atalanta, Jacobo Siruela, lo resume bien: «Representa como nadie la esencia de lo moderno, de lo nuevo, de la rebeldía del porvenir, y que arroja al mundo, con inusitada ferocidad, una poesía que nunca perderá su juventud. Ese es su misterio».
Hijo de una madre beata y comprimida en la devoción y el secreto de haber sido abandonada por un capitán del ejército que casi nunca aparece por casa, donde tres niños esperan de la vida algo más que la miseria estrecha que la familia le ofrece. Y Arthur se rebela. O Arthur es distinto. Está dotado de una fiebre inédita que estrella en decenas de hojas sueltas donde quiere fundar una nueva autonomía. Quiere sentar a la belleza en las rodillas y escupirla. Busca el desarreglo de todos los sentidos. Entiende al poeta como el vidente de una vida nueva.
«Es el misterio más grande de la literatura», sostiene Mauro Armiño. «Después de años fascinado con su trabajo, sigue siendo para mí un tipo indescifrable». Es decir, todo en él queda abierto, también inconcluso. Los primeros años de París son un desacato, una insurgencia, un deambular con Paul Verlaine al lado. Aquel que empezó como maestro y cayó fulminado ante el gesto cimarrón de aquel muchacho dispuesto a ser feroz. Verlaine dejó todo por enrolarse en la causa sin causa de Rimbaud. También a su mujer y a su hijo recién nacido. Juntos escandalizaron en las tertulias. Se amaron. Huyeron. Se odiaron. Vivían sin porqué, que es la forma más pura y letal de pisar la tierra. París, Londres, Bruselas, Stuttgart. La expedición consistía en malvivir, emborracharse, arrepentirse, ir y volver a la topera familiar. No eran felices, pero juntos eran salvajes.
Entre las aportaciones de esta Obra completa bilingüe está también el epistolario de Rimbaud. Desde los años de excitación a las cartas absurdas de su retiro africano, donde se enroló en el negocio de la venta de café, de armas y (quizá) de esclavos. «Estas misivas no tendrían ningún interés si no fuesen suyas», sostiene Armiño. «En ellas no hay ninguna referencia a la literatura. Ni rastro. Tan sólo pide a un amigo unos cuantos libros y son manuales de ferretería, de cristalería y de agricultura». Y es que a partir de 1876, después de un largo viaje a pie por Europa, el chico «de las suelas al viento» (como dijo Verlaine) se enroló en un barco a Chipre y después a Yemen, donde consiguió empleo en la Agencia Bardey. Y más tarde a Egipto. Y luego a Etiopía.
«La soledad es una mala cosa. Por mi parte, siento no haberme casado y tener una familia. Pero ahora estoy condenado a errar, atado a una empresa lejana, y día a día pierdo el recuerdo del clima y la manera de vivir e incluso la lengua de Europa. ¿Para qué sirven estas idas y venidas, estas fatigas y estas aventuras en lugares de razas extrañas, y estas lenguas que llenan la memoria, y estas penas sin nombre, si un día, después de algunos años, no puedo descansar en un lugar que me guste más o menos, y encontrar una familia, y tener por lo menos un hijo para pasar el resto de mi vida educándolo según mis ideas, dotándolo de la más completa instrucción que se pueda dar... Puedo desaparecer en medio de estas tribus sin que nadie tenga noticia». Lo escribió en una carta de 1883.
En vida solo había publicado un libro, Una temporada en el infierno (1873), cuya edición costeó en parte su madre. De los 500 ejemplares solo recogió cinco o seis. El resto quedó en el almacén de la imprenta M. J. Poot & Cía, donde en 1901 los descubrió el abogado Leon Lousseau. Nadie recordaba entonces al poeta de Charleville, pero el trabucazo de aquellos versos recobrados fue sideral. Los surrealistas le hicieron faro de costa de la poesía nueva. Y de la causa de ser poeta. A Verlaine le confió los poemas de Iluminaciones en el último encuentro que mantuvieron en Stuttgart para la edición de 1975 que este y otros ordenaron a su criterio. Algunos de los textos de este conjunto están escritos después de los de Una temporada en el infierno. «Rimbaud los llamaba poemas en prosa. Iluminaciones va a ser un paso más en el camino hacia una nueva armonía. Por la narratividad de estas composiciones el poeta se convierte en una significación encriptada». Aquí entramos en pleno enigma.
Y luego están los textos del Álbum zutista, que también recupera esta edición. «Son versos que hizo en los cafés junto a Verlaine y otros amigos del entorno. Suelen separarse de la obra completa, pero en aquella aventura Rimbaud firmó 18 y uno a medias (que se conozca hoy) con Verlaine, El ojo del culo. Están entre la grosería y la libertad total», apunta Armiño.
Este hombre fue un récord de abismos. También de soledades. Y, sobre todo, un generador de vértigos. No hay un poeta que en el alcance de su ambición (o de su intuición) llegue a las mismas cotas de fervor, estupefacción y delirio. Hizo de su idioma una nueva mercancía. Fue un sujeto tasado en la fábrica de Satán. Y qué hondo. Y qué frágil. Y qué rotundo. Alguna vez lo dijo: «Por delicadeza perdí mi vida». Anduvo entre la pobreza y el vagabundeo. Entre la suciedad y el desconsuelo. Pero sobre todo pisó las altas cimas de la inteligencia. Y los umbrales de lo insólito. Amó como sólo se puede amar lo que se odia. Y tiene algo de milagro. Y mucho quilate de imposible.

La decepción de Atenea


La diosa Atenea abandonó, frustrada, aquellos territorios. Las gentes que allí moraban la habían despreciado y nunca más quiso saber de ellos. Quedaron sin su consejo y sin su protección. Deambularon durante siglos guiados por la brutalidad y la superstición. Caminaban a tientas por los caminos, tropezaban una y otra vez, caían y comían tierra, sin que la experiencia les sirviera de escarmiento. Hermes, el mensajero de los dioses, se apiadó de ellos. Los vio tan indefensos, tan expuestos a la ignorancia que les envió un televisor y un ordenador. Como Atenea, salió de aquellos territorios escaldado. En cuanto los objetos enviados por los dioses transformaron en manos de esos hombres, los convirtieron en instrumentos de violencia y de tortura. Convirtieron las palabras en colmillos afilados con que desgarrar la yugular del vecino y Hermes se avergonzó de su candidez.

sábado, 8 de octubre de 2016

La ausencia y la palabra (a Cristina)

La palabra como bálsamo,
como ambulatorio de la angustia,
contra el hachazo de la muerte joven.

Al fondo del aula
está vacía su silla.
Ha enmudecido su voz cargada de desgracias,
ha desaparecido el frágil perfil,
la sonrisa quebrada.

Nadie explica por qué
la muerte es tan impía, tan desalmada,
por qué desgarra carne nueva
a dentelladas.
Solo queda el estupor de la ausencia
que nos extirpa la saliva
para que no podamos escupirle
en la cara.
Porque a los pájaros les han arrancado las alas
y se estrellan contra el suelo.
Porque de las ubres los niños
solo extraen estiércol.
Porque pisamos cristales rotos
con los pies desnudos
y se hincan hasta el hueso.
Porque solo queda el estupor de la ausencia
y nadie explica por qué
la muerte se ceba con el despertar,
con el entusiasmo de los ojos brillantes.

Ha enmudecido la voz de la niña
al fondo del aula.
Ha desaparecido el frágil perfil,
la risa quebrada,
su voz cargada de desgracias.
Y nadie ha venido a explicarnos
por qué.

Solo el bálsamo de las palabras
sirve de parche a la angustia.
Sin adhesivo, poroso,
demasiado liviano para aguantar
el torrente de sangre
nueva
que ha desencadenado
ella,
la muerte.

Sube la cuesta con dificultad,
recupera el resuello
y las amigas le tienden su aliento
para llegar a la plaza.
Sube, sube y vive
en el recuerdo,
hasta la Plaza Mayor de Salamanca.
Solo el bálsamo de las palabras.

lunes, 26 de septiembre de 2016

"La leyenda del último traje de Antonio Machado" por Javier Cercas

Cómo es posible que la guerra terminara hace casi 80 años y todavía tengamos que contener las lágrimas ante la tumba de Antonio Machado. Eso es lo que me pregunto en silencio cada vez que voy con mi familia al cementerio en que descansa el poeta, en Colliure, el pueblito francés situado a pocos kilómetros de la frontera española donde, huyendo de la victoria franquista, Machado encontró refugio y murió justo antes del fin de la guerra. La tumba se halla a la entrada del cementerio y está siempre cubierta de los ramos de flores de sus visitantes; yo nunca le llevo nada. Aunque cada año, ante ella, me acuerdo de un poema de Machado; este verano fue ese que empieza “Yo voy soñando caminos / de la tarde” y que luego sigue: “En el corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón”. Cuando acabo de decirlo, alguien pregunta si eso significa que no hay vida sin dolor y que, si te quitas el dolor, te quitas la vida. “Puede ser”, contesto. Otro pregunta –esto siempre lo pregunta alguien: no falla– cuándo va a volver Machado a España, o si no debería haber vuelto ya. “No lo sé”, contesto. “De momento está bien donde está”. Muñoz Molina ha escrito que el barranco de Víznar, el lugar donde asesinaron a Lorca, es nuestro Poets’ Corner, el majestuoso lugar de Westminster donde los ingleses entierran a sus grandes escritores; nada que objetar, salvo que, si falla Víznar, aquí está Colliure.
Al salir del cementerio me adentro en el callejón Antonio Machado y veo al pasar junto a un patio una pareja de ancianos. Pocos metros más allá desemboco en el hotel donde el poeta se alojó durante sus últimas semanas de vida, con su hermano José y su madre, que está enterrada con él. El hotel es un viejo caserón de tres plantas, con balaustradas y escalinatas de piedra; en tiempos de Machado se llamaba Bougnol Quintana; yo siempre lo he visto cerrado. Nos quedamos mirando la fachada y, cuando llevamos un rato frente a ella, pido a mi familia que me espere y vuelvo con los dos ancianos, que se acercan a mí en cuanto me ven a la entrada de su patio. Son ingleses, se llaman Weaver, parecen encantados de atenderme. En inglés, les pregunto si llevan muchos años viviendo allí; me contestan que no viven allí, pero que pasan allí los veranos desde finales de los años ochenta. Les pregunto si han oído hablar de Machado. “Claro”, me contestan y, cuando les digo de dónde soy, me preguntan: “¿Es verdad que es el Shakespeare español?”. “No”, contesto; me oigo añadir: “Pero es el mejor poeta español moderno”. Luego les pregunto si viene mucha gente a ver su tumba. “Mucha”, asienten. Me cuentan que al principio Machado y su madre estaban enterrados en una tumba humildísima y luego los cambiaron a la actual, que el hotel lleva 25 años vacío, que el Ayuntamiento intentó comprarlo sin éxito. Después les pregunto si han oído contar historias del paso de Machado por Colliure. “Alguna”, reconoce el señor Weaver. Y me cuenta lo siguiente. Al parecer, los habituales del hotel estaban muy intrigados porque nunca veían comer juntos a los hermanos Machado, y algunos atribuyeron esa rareza a una inquina provocada por las amarguras del exilio; hasta que un día descubrieron la verdad: los hermanos no tenían más que un traje, y se lo turnaban para bajar al comedor. “Es sólo una leyenda”, sonríe el señor Weaver. “Quizá no sea verdad”.
Me despido de los Weaver y me reúno con mi familia, que me somete a un interrogatorio sobre mi entrevista a los dos ancianos y, mientras caminamos hacia el coche para volver a casa y divago sin responder, me pregunto si voy a ser capaz de contarles la leyenda del último traje de Machado, si acertaré a explicar sin que me tiemble la voz que hay hombres que no aceptan perder la dignidad ni en la peor de las derrotas, y me digo que sólo nos habremos arrancado la última espina de la pasión de Machado cuando ya nadie tenga que contener las lágrimas en Colliure por su culpa, que entonces él también podrá por fin volver a casa y que, aunque quizá ya no nos quede corazón, ese día la guerra habrá terminado de verdad. “Mejor os lo cuento en un artículo”, respondo.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Momentos estelares de los Monty Python

Diálogo de besugos o de nuevos ricos
"Cuatro hombres de Yorkshire"

"Entrevista de trabajo"


El chiste más gracioso del mundo


Loro muerto


Cerdo


Encuentro filosófico deportivo

Ministerio de los andares tontos




Una discusión




Miguel Ángel




Es una bruja




Tod esperma es sagrado




Frente Popular de Judea




Crucifixión



Por qué no hay que enseñar filosofía hoy


Los sofistas griegos comenzaron a asombrarse y a dudar de la sospechosa justicia de los dioses. Fue allá por los siglos VII y VI antes de Cristo. Los mitos se abordaban con escepticismo y se caminaba hacia el logos porque las verdades incuestionables de las teogonías ya no tenían el vigor del que habían gozado durante la época arcaica. En ese momento se hizo necesaria la filosofía. Cuando los dogmas absolutos de las creencias mitológicas se cuestionan, surge la necesidad de recurrir a la razón. ¿Para qué?, pues para explicar y construir el mundo desde el hombre y para rechazar creencias impuestas por la tradición, la pereza y la ignorancia.
Pues bien, dado el momento en el que nos encontramos, es evidente que todavía no es necesaria la filosofía. Nuestras mitologías están (todavía) en el tuétano del pueblo. La creencia ciega en las divinidades y sus alrededores no permite un distanciamiento crítico de las mismas. Hoy no se aceptaría la mirada irónica o ridiculizadora de un Eurípides o de un Aristófanes hacia nuestros dioses. Estamos anclados en nuestra propia época arcaica, en el seguimiento ciego del "mithos". Todavía. Han pasado veintisiete siglos y hemos caminado en sentido opuesto a la Grecia clásica. Por eso no es necesaria hoy la filosofía en los institutos ni en las universidades. La gente pide tradición y religión. Hay que llenar los currículos de teogonías de vírgenes, de hagiografías de santos, de crónicas de milagros. Es inútil precipitar los hábitos de una comunidad. El logos tiene que decantarse por su propio peso, cuando posea alguna gravedad. Hoy nos zambullimos en nuestros mitos no para recrearnos en su belleza o en su poesía, sino para someternos a los mandatos de los dogmas de fe. Todavía. El logos no tiene cabida en ese sistema de convenciones. No hemos llegado a ese punto de la civilización griega en el que incluso se zarandeaba a Homero por entrometer a los dioses en asuntos de hombres. Dejemos que la sociedad evolucione por sí misma, que se empache de ficciones impregnadas de devoción: un pastor pierde la garrota ante la divinidad, una señorita irlandesa convierte el agua en cerveza, una virgen libra a varios pueblos de la peste, un fraile levita y se convierte en patrón de pilotos y astronautas, una santa incorrupta durante 130 años es la musa de los taxidermistas... Cuando nos cansemos de ellas, asistamos a su desacralización y disfrutemos de estos mitos desde la distancia, entonces y solo entonces, será necesaria la filosofía.
Fundemos hasta que llegue ese momento nuevas asignaturas: Teogonía de la Virgen de Agosto, Santos Emprendedores, la Virtud y el Pecado, Milagros para la Ciudadanía... y quitémonos de encima no solo la Filosofía, sino también la Literatura y la Historia y las Matemáticas y la Tecnología y la Física y Química y, por supuesto, la Cultura Clásica.
Y me diréis, "esto ya se hizo en el mundo musulmán. En sus escuelas casi el único libro de consulta es el Corán". Pues sí, así es. "Y no se ve ningún asomo de ir hacia el logos en esos pueblos, todo lo contrario, cada vez están más distanciados de él". Cierto. Ahora me doy cuenta de que mi propuesta ha fallado en un cincuenta por ciento cuando se ha hecho efectiva. Confiemos en la suerte y en la Virgen.  

miércoles, 21 de septiembre de 2016

"Todos los cernudas" por Francisco Brines


Con ocasión del centenario de Luis Cernuda estamos asistiendo a una ininterrumpida sucesión de actos conmemorativos del hecho, y presumo que hubiera originado en él una también ininterrumpida sucesión de frases sarcásticas. Tal vez esto último hubiera sido su mayor satisfacción. Cernuda, al que siempre acompañó la gran estimación de otros poetas y de los mejores lectores, llega por tal celebración, y mucho más tardíamente de lo que ocurrió con sus escasos iguales, al conocimiento general del lector común. Sin embargo su influencia en las generaciones posteriores a la suya es la mayor y más sostenida de las obtenidas por los demás poetas del 27, y sólo es comparable, a lo largo del siglo XX, a las de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado.

La catástrofe de 1936 escindió España y a los españoles, y en el caso de nuestro poeta fue ello determinante. Podemos hablar de un primer Cernuda, el radicado en su país, y un segundo: el del exilio. Une a los dos una misma esencial visión del mundo y una continuada instalación fatal, y a la vez cultivada, en una soledad radical. Entre las paradojas que se pueden observar en la persona de Cernuda, una de las más significativas es la mezcla de fortuna y adversidad que le acompañó en sus años jóvenes. Siendo estudiante de Derecho en su ciudad tuvo la suerte de que un profesor, tan inteligente como sensible, Pedro Salinas, advirtiese en aquel tímido y retraído alumno su gran sensibilidad y talento. Actuó generosamente, y fue un mentor solícito y constante: a los veintitrés años ya tenía abiertas las puertas de las más importantes revistas poéticas de aquel tiempo, entre ellas Revista de Occidente, y antes de salir de Sevilla había aparecido en la malagueña Litoral su primer y juvenil libro.

Cernuda siguió, a partir de aquí, un itinerario poético de formación y enriquecimiento tan variado como el de sus compañeros, mas con unas características tan personales como independientes. Atento, pues, a los movimientos generales de la época, pero nunca gregario. El mayor infortunio de esta poesía es que tan sólo se publicó otro libro exento antes de la recopilación de su obra hecha en 1936, en la que se insertaron nada menos que cuatro libros inéditos. Acometió la escritura de seis libros y lo hizo desde cinco estéticas diferentes.

El primero, Perfil del aire, se escribe en la tendencia de la poesía “pura”, con mayor cercanía expresiva a la poesía de Guillén, aunque más afín al mundo melancólico de Juan Ramón. Debió ser Salinas, gran amigo de aquél, quien le acercara a esta primera admiración, entonces sin reservas. Ya en los años celebratorios del centenario de Góngora, y aunque siempre la estimación por él fue grande, en esa común vuelta “clásica” lo hace por otra vía diferente, y su particular homenaje lo dirige a Garcilaso, con quien siente una mayor afinidad espiritual. Su título, égloga, elegía, oda, nos dice que se trata de composiciones estróficas. Habría que esperar a 1936, en el centenario de aquél, para que los poetas más jóvenes entonces (entre ellos Rosales) lo adoptasen como poeta tutelar. Cuando abandona Sevilla la libertad sobrevenida se corresponde, en contacto con Francia, con la adopción del superrealismo, del que le importan la libertad formal, su magia y rebeldía. Se ayuda de él para lograr un desvelamiento interior que le lleva, en Los placeres prohibidos, su segundo libro surrealista y de mayor claridad lógica que Un río, un amor, a exponer por vez primera en la poesía española su aceptada condición homosexual. Acabada dolorosamente una breve e intensa historia amorosa escribe el más autobiográfico de estos primeros libros, ahora acompañándose de la sombra confidencial y expresiva de Bécquer, y que titula con un verso de éste, Donde habite el olvido. Si con Garcilaso se habría originado toda la poesía clásica española, con Bécquer se habría dado principio a la verdadera poesía moderna entre nosotros (así lo observó en Unamuno, Antonio Machado y Juan Ramón, y también le agradaba que se pudiera ver en él). Fue su segundo libro publicado. El mayor esplendor verbal, y a la sombra de Hölderlin, lo encontramos en los largos poemas de Invocaciones; es el último libro de su época española y en él se exalta un mundo pagano y hedonista. De este Cernuda proviene, en buena parte, el grupo cordobés de Cántico que, al fijarse sobre todo en este último Cernuda, llevó a cabo una poesía no meramente estética y evasiva, como serían inculpados por algunos partidarios de la poesía social, sino de acusada revulsión moral, dada la católica dominante de aquella España.

La intuición y el gran acierto de Cernuda fue que, al reunir este tan heterogéneo conjunto, le buscó un título propio y certeramente significativo. La realidad y el deseo no sólo le daba unidad de libro único al conglomerado de todos ellos y así se relacionaban unos con otros, sino que señalaba en él, con exactitud, la visión del mundo subyacente en toda su poesía. Quedaba mostrada la fatalidad y coherencia de la voz que desde ella nos hablaba. La esencia de su poesía la constituye el conflicto que se establece entre los dos términos, ya que el deseo, en muy contadas ocasiones, logra el “acorde” con la realidad, que se muestra esquiva. Parece que en Cernuda sólo se produce brevemente con el amor, en el Arte o en la Naturaleza, y buscará aquél con disposición escéptica y fervorosa o se cobijará, aunque con exigencia, en estos con una mayor confianza. Lo comprobaremos con más evidencia aún en la poesía escrita en el exilio, y que ya seguirá siempre bajo la misma denominación general.

La experiencia bélica, y sus ingratas circunstancias, lo zarandearon de tal modo que le vemos arribar como un náufrago a su nuevo destino. Sin patria, lengua, familia, amigos, vencido, con desengaño político, sin profesión elegida, tiene que buscar, para poder sobrevivir, el eje de su propia y más desnuda conciencia. Instalado en el nuevo país se encontrará de inmediato con otra guerra, por fortuna no civil, aunque sólo mundial. Esta sucesión catastrófica hace que, desde su soledad y desnudez afectiva, quede expuesto a la más inclemente intemperie, y es entonces cuando estará en condiciones de calibrar la entera dimensión del hombre contemporáneo. Sabe que debe expresar la experiencia de la vida en su complejidad, y para ello había obtenido, gracias en gran parte al profundo estudio de la poesía inglesa, la expresión poética adecuada y personal. Ya no hay que seguir ascendiendo, pues se ha encontrado con una planicie definida. El hombre y el poeta han madurado conjuntamente. Pudo hacer enteramente suya la frase de Machado: “la poesía es el diálogo de un hombre con su tiempo”, mas también sabemos que para Cernuda lo más esencial fue siempre que el poeta respondiera al espíritu de su época. Lo cumplió con entera dedicación y acierto.


La presencia de la ética, desvelada y construida, en el curso de su poesía es el aspecto quizá más visible y abundante de su obra, hasta el punto de que en este terreno es con probabilidad el más rico, y el más vivo por su significación perdurable, de los poetas españoles de su siglo. Lo más relevante es que la obliga a que sea siempre una conquista personal. Es, por lo tanto, una ética que por individual es independiente, y que no por ello se opone al valor colectivo que pueda también encerrar.

En ocasiones nos puede sorprender por lo inesperado que formula, pero nunca se pondrá en duda su autenticidad, la verdad del hombre que la expresa. Piénsese, desde sus posiciones políticas, en aquel acercamiento suyo religioso, precisamente en el trance de la guerra civil, o su repetida exaltación de Felipe II. No son sino toques comprobatorios de su particular verdad, la celebración del espíritu cuando brota con fe. En Cernuda nunca hay componendas. Y no hay compartimentos exclusivos, pues al mismo tiempo nos encontramos con el poeta lírico, metafísico, cotidiano, esteta, crítico, meditativo. La poesía quiere abarcar la mayor parte de la experiencia existencial del hombre. También nos enseña que el lenguaje hablado, en poesía, puede ser tan variado y natural como lo son los hombres que lo emplean. El suyo era el que correspondía a un hombre culto, reflexivo, reticente y apasionado a un tiempo, ligeramente atildado en ocasiones, tan desdeñoso de la pedantería como de la vulgaridad. El poder creador en el lenguaje se exige según el mundo que se nos quiere mostrar. Cernuda es un poeta tan hondo como complejo y todo ello se nos entrega, sin mengua de su abundancia y diversidad, con la más trabada coherencia. El resultado es esa sensación de haber llegado a la entera verdad de un hombre. Un poeta ejemplar que tardó demasiado en llegar a España.

Llegábamos a su poesía como el azar nos permitía, pero lo hicimos sin reservas. Recuerdo aquella hermosa y fría tarde de octubre en Cambridge cuya memoria, aunque demasiado disminuida, ya sólo yo guardo. Claudio Rodríguez, con una velada emoción que me sorprendió, nos iba mostrando los lugares que aún guardaban el paso alejado de Cernuda. J. A. Valente y yo, más decididamente cernudianos, le acompañábamos en aquel paseo de encuentros. Visitamos el árbol que cantara, y junto al cual le era tan grato “dejar morir el tiempo divinamente inútil”, ya sin sombra bajo la sombra extinguida del anochecer. Después nos acercamos al despacho del profesor Edward Wilson, buen amigo del poeta sevillano y su traductor en Londres, tan buen lector como persona, y allí seguimos hablando sobre él viendo libros suyos. Es posible que mi más bella tarde cernudiana. Unos pocos días después, y sin despedirse de nadie, imprevisto como en él era costumbre, se marchó para siempre. Debe haber encontrado ya la playa desde donde mirar eternamente un mar. Deseo que alterne esa mirada con la de un bello y juvenil acompañante, y que el sol no se ciegue nunca. El tiempo en la eternidad.


domingo, 11 de septiembre de 2016

"Lee para follar" por Javier Gómez Santander

A leer, de tanto untarle con el debe, le han dejado romo el atractivo. Los apologistas de la lectura, repartidos por colegios, familias y ministerios, llevan décadas bombardeando a niños inocentes con monsergas aprendidas de memoria. Que si leer es muy necesario. Que si no se puede ir por la vida sin coger un libro. Que si sin novelas no se rellena la cabeza. Que si, oh, terrores, si quieres saber del amor, tendrás que leer poesía. En definitiva, a los chavales se les intenta hacer creer que o lees o te conviertes en un reducido mental por vocación que no será capaz de gestionar el flujo de sus propios residuos metabólicos.
Evidentemente, un ser humano medio tarda poco tiempo en comprobar que esto es mentira. Les basta con levantar la vista del libro una vez para ver que se puede ir por la vida sin leer y conducir un BMW. O poner un canal de esos de videoclips en los que las letras son tan tontas que, aunque pretendan exponer sentimientossimiliamorosos, sólo alcanzan a decir: «No he leído en mi vida y mira dónde estoy. Lo único que importa en este mundo es peinarse».
En el mejor de los casos, el chaval no será tonto. Sospechará que no todo en la vida es videoclip y BMW de dudosa procedencia, así que es probable que se ponga a leer. Pero leerá por miedo a devenir en ignorante; por huir de una vida con subwoofer y Seat León, por huir de años llenos de sanjacobos y televisión siempre puesta, de mesa portátil en el sofá, de novias que mascan chicle o de ir por ahí en moto con el casco puesto en el codo. Leerá, pero leerá por huir, leerá por un debe, leerá porque es muy necesario para ser culto. Y eso es, inevitablemente, el preámbulo de un fracaso.

Si se quiere meter en la lectura (y no sé si esto es en sí mismo bueno) a la juventud hay que decirle la verdad: si lees vas a follar más. Leer te convertirá en un seductor para toda la vida, no hasta que te aguanten los pectorales o las tetas en su sitio. Leyendo se hace uno más rápido, más imprevisible y más ágil. Leyendo se aprende a encandilar. Leyendo se le recuerda al cerebro cuál es su ritmo, se le apacigua, se le echa de comer. Y eso te devuelve al mundo con una sonrisa cabrona, una mirada que ve más allá y unas palabras como navajas que hacen que a tu paso se vayan abriendo bocas. Esto, y no lo de ser más culto, es lo que pasa con la lectura. Alguien tenía que decíroslo.

Elegía (a mi Seat Ibiza, con quien tanto he rodado)


Era blanco, aunque mi desidia
le oscureció la piel con cagadas de pájaro
y mosquitos estampados.
Era blanco y majestuoso,
no tanto como la Victoria de Samotracia,
ni como el Ferrari de Marinetti,
pero casi.
Se derrumbó a los veinte años
cuando todavía alcanzaba los 140.
De repente se ahogó su voz, dejó de rugir.
No había nada que hacer,
a pesar de que conservaba en perfecto estado
las extremidades y los órganos vitales.
Enmudeció, como el Imperio romano,
como las aulas en verano,
como el arrullo de la fuente en la sequía,
como el DJ a las nueve de la mañana.
El mecánico me miró con tristeza
y sentenció: "La junta de culata está dañada".
El mecánico me detuvo la sangre
y me anudó el estárter.
Fui su auriga durante veinte años.
Me arroparon sus asientos de tela,
su techo con quemaduras de cigarro,
sus esterillas de goma sin fijación.
Me acompañó por las carreteras de La Mancha,
hasta el borde del mundo,
y acogió a compañeros de instituto,
a alumnos, a familiares y a desconocidos.
Era tan hospitalario como los feacios
y Nausicaa lo fueron con Ulises.
Solo la enemiga de la zona azul
lo perseguía con saña
pese a su discreción.
Aceptaba zapatillas con barro,
medias color carne, botas de montaña,
zapatos de tacón, mocasines pasados de moda,
hasta pies desnudos.
Abrió caminos en la nieve
y surcos en el barro.
Saltaba isletas, cortaba líneas continuas,
arrollaba montes y laderas,
sembraba espacios y recogía paisajes.
Fue mi compañero, mi amigo,
mi DJ, mi guía turístico, mi lecho,
mi refugio, mi fiel escudero.
Fue y ya solo es hierro y plástico fundido.
Le erigiré un túmulo en el corazón del desguace.

sábado, 10 de septiembre de 2016

"El Bosco, en el Retiro" por Antonio Muñoz Molina


Vuelvo al Prado cada pocos días en este verano tórrido que nunca se acaba. Se prolonga la exposición de El Bosco y, en vez de llegar algo de fresco de los antiguos septiembres, se prolonga y se exagera un calor sin respiro. A media tarde, el cielo sin nubes es de un blanco lívido y en el aire hay una gasa candente de polvo de desierto. No hay más brisa fresca que la que sale de los vestíbulos de los hoteles de lujo y de las tiendas de moda abiertas de par en par, quizá con objeto de lograr un despilfarro de energía más eficiente. Vuelve uno al Prado, entre otras cosas, buscando el fresco del aire acondicionado y de los techos muy altos, atravesando en el camino las arboledas del Retiro, que incluso tienen un olor de rocío a primera hora de la mañana, cuando están recién regadas. Ir por el Retiro es una buena introducción para El Bosco. Al ir se ve el parque de una manera y al volver se ve de otra del todo diferente. La perspectiva ordenada de los árboles alejándose sobre las praderas hacia una umbría acogedora se parece mucho a la de esos bosquecillos que pinta El Bosco en sus visiones del paraíso terrenal. En el Retiro, personas solas, parejas, grupos de amigos, gente que hace ejercicios diversos, salpican el espacio como las figuras de un ordenado paraíso. Porque acabamos de verlos con tanta exactitud en las pinturas nos fijamos más en los pájaros, el negro azulado y los largos picos y el blanco de las urracas, las rápidas siluetas negras de los cuervos y los mirlos. El catálogo de las delicias terrenales es más limitado en el parque que en el gran Jardín de El Bosco, pero también lo ilustra a uno sobre las variedades misteriosas del disfrute de la vida. Las parejas que se abrazan tendidas sobre la hierba, una pierna femenina desnuda presionando sobre el costado de un hombre, las que conversan sentadas y escuchando música, como en una escena de amor cortesano, aunque usen un iphone en vez de un laúd, los grupos que juegan, los lectores, los que corren muy rápido, los que practican posturas de yoga o se mueven con la lenta gestualidad del taichi. En el Retiro, como en El Bosco, hay gente cabeza abajo. El catálogo de delicias terrenales es más limitado en el parque que en el gran Jardín, pero ilustra sobre el disfrute de la vida. Del Retiro paso a los jardines y los infiernos pintados. El fondo de los incendios nocturnos y las ciudades de las que huyen multitudes aterradas lo veo en el telediario y en las imágenes del periódico. En cada regreso al Prado, El Bosco me parece un pintor todavía más realista. Las zonas de escrupulosa observación son mucho más frecuentes que las de delirio. Lo fantástico no resulta de la ruptura con lo visible, sino de la mezcla chocante de algunos de sus elementos literales, o simplemente de una inversión en las proporciones. Lo común se vuelve monstruoso al aumentar de tamaño. El mejillón entreabierto del que sobresalen las piernas enlazadas de una pareja es un mejillón ordinario y también una criatura o un artefacto del tamaño de un ataúd. Tan usuales como las cáscaras de los mejillones eran en su ciudad manufacturera y comerciante los cuchillos que se fabricaban en ella. Pero cuando uno de esos cuchillos adquiere el tamaño de un carro se convierte en una herramienta infernal, más todavía si está hendiendo dos orejas gigantes que no pertenecen a ninguna cabeza, orejas traspasadas por el acero como los oídos de los pecadores que amaron en vida la música profana y han sido condenados a una eternidad de ruidos como los que revientan los tímpanos en un concierto de pachanga electrónica. Las plantas y los pájaros reales son más asombrosos en su belleza y en su complejidad orgánica que cualquiera de los inventados. El árbol más inverosímil de todo El jardín de las delicias es un drago canario. Es difícil que El Bosco llegara a verlos, pero justo en los mismos años en los que él pintaba sus bestiarios y sus prodigios botánicos, ojos europeos estaban viendo por primera vez los animales y las plantas de América y, como no sabían a qué compararlos, los confundían con los seres mitológicos y disparatados de las miniaturas. La choza campesina holandesa en la que la Virgen y el Niño reciben el homenaje de los Reyes Magos es hiperrealista en su detallismo, en su pobreza, en su precariedad. Por eso resulta más amenazador el Anticristo sonriente y rojizo que se asoma al umbral. Si el Anticristo puede esconderse en un sitio tan cotidiano, tan reconocible para cualquier contemporáneo del cuadro, entonces no hay lugar seguro ni nadie que esté a salvo de su maleficio. Ir por el Retiro es una buena introducción para El Bosco. Al ir se ve el parque de una manera y al volver se ve de otra del todo diferente El Bosco es especialista en graduar distancias, desde el plano próximo de lo casi tangible hasta el horizonte que se disuelve en azules y blancos. En la parte delantera del cuadro, como en un escenario, suceden las solemnidades de la Teología, la santidad, el martirio, el milagro. Un poco más allá empieza el mundo real, y la lejanía desde la que se distingue no mitiga ni la riqueza de lo concreto visual ni el espanto. Hay borrachos que bailan, acompañándose groseramente de gaitas, hombres y mujeres; hay bandoleros que roban y asesinan a los viajeros por los caminos solitarios; hay animales salvajes que atacan a mujeres despavoridas: un diminuto toque de blanco es un tocado al viento de una mujer que quiere huir, en un paisaje de tranquila belleza, en el que se consumará un horror usual sin testigos. Hay siempre ejércitos que marchan los unos contra los otros, cuadrillas errantes de señores de la guerra y soldados sin ley. Cruzan ríos al galope y asedian ciudades, a las que prenden fuego una vez conquistadas y sometidas al pillaje, mientras los supervivientes escapan de ellas entre las ruinas, a la luz de los incendios, figuras mínimas en una gran tragedia en la que sus vidas valen menos que vidas de insectos. Huyen inundando los caminos, llevando consigo lo poco que han podido salvar, como en los Balcanes o en Siria, hace cinco siglos o ahora. Bien mirado, cuando se llega del Retiro, uno se da cuenta de que nadie disfruta mucho en El jardín de las delicias. Personas muy parecidas entre sí, castas y desnudas, se entregan a los placeres con expresiones de neutra laboriosidad, en muestrarios de posturas eróticas que tienen algo de la variedad exhaustiva y reglamentada de la pornografía. Más que excitarse en la contemplación de los otros, en la inminencia del abrazo, se les ve muy ensimismados, muy distraídos, como en otra cosa. Se les podrían agregar teléfonos móviles, pantallas a las que miren fascinados, con una unanimidad como la de sus caras y sus cuerpos, como la mayor parte de la gente con la que me cruzo por las praderas y las arboledas del parque al salir de la exposición. Van por el paraíso aproximadamente como van por el Retiro los buscadores de pokémons. En un horizonte al que no llega la mirada arden mientras tanto ciudades y bosques y hay columnas de fugitivos por los caminos. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Fragmentos del cuaderno de Jean Sol Partre extraídos de "Te negarán la luz"

El amigo sevillano Jean Sol Partre prepara una entrada en su blog sobre extractos de mi última novela, Te negarán la luz. La música y la literatura unidas en un proyecto que ilusiona. Ver los fragmentos de lo que has escrito tomando vida propia en las manos de otra gente despierta siempre la curiosidad y una cierta inquietud.