domingo, 19 de febrero de 2017

"Baudelaire & Poe, Ltd." por Rafael Ruiz Pleguezuelos


Léeme y sabrás amarme. Así advierte Baudelaire a sus lectores. Lo hace además en uno de los libros mejor titulados de la historia de la literatura: Las flores del mal. Esto de léeme y sabrás amarme siempre me ha parecido una invitación mágica, desafiante y hasta valiente, pero sobre todo triste. Baudelaire fue por encima de todo un necesitado de amor. Desde su altanería de dandy, desde sus poemas retorcidos, desde su fama de despreciar a todo y todos, da continuamente la impresión de buscar amor en el artificio de las letras, en el juego de inteligencias de la palabra escrita. Igual ocurre con Poe, a quien uno aprende a amar como persona leyéndole. No leas su biografía, no bucees en su anecdotario y mucho menos en lo que sus contemporáneos afirman que hizo o dejó de hacer. Simplemente léele y sabrás amarle. Baudelaire y Poe demandaron un lector que pudiera entenderles, porque estaban seguros de que si alguien les leía adecuadamente les amaría de manera incondicional. Llevaban razón, y por eso cuentan hoy con una legión de admiradores.
El destino quiso además que fuese Baudelaire, el maldito de malditos, un poeta despreciado por todos en su época, ese gran lector que supo amar el trabajo de Poe y lo introdujo en Europa. No muchos recuerdan que Baudelaire fue el gran artífice del conocimiento de Poe en Francia y, por contagio, en el resto del continente europeo. Conoció sus textos por mera casualidad y quedó envenenado para siempre, dedicando buena parte de su tiempo a traducirle al francés. En algunos periodos de su vida estuvo tan obsesionado con la empresa de traducir y difundir a Poe que llegó a descuidar su propia obra. El autor de Las flores del mal parecía haber caído en uno de esos hechizos que ejercen un aprisionamiento mental que tanto gustaban al escritor de Baltimore.
Cuentan que Baudelaire leyó por primera vez a Poe en la traducción que el periódico La Démocratie Pacifique hizo de El gato negro. Era 1847, apenas dos años antes de que el americano muriese. Desde ese momento, la vida del poeta francés quedó transformada. Contó a sus amigos: «La primera vez que abrí uno de sus libros vi, para mi sorpresa y placer, que allí se encontraban no solamente ciertos motivos con los que yo había soñado, sino frases que yo había pensado, escritas por él veinte años antes». Ante la incredulidad de los que le oían, Baudelaire normalmente remataba la anécdota con un añadido que borraba su habitual espíritu egocentrista y chulesco y demostraba la sincera admiración que sintió por él: «Igual que lo que yo había pensado, pero mejor escrito».
Es una pena que Baudelaire conociera demasiado tarde a Poe, pues de lo contrario podríamos fantasear con un encuentro entre los dos malditos. Baudelaire publicó el primer trabajo serio sobre Poe el 15 de octubre de 1848, y el americano murió solo un año más tarde. De hecho, parece que esta profunda admiración solamente circuló en un sentido: se cree que el autor americano no llegó a saber nada acerca de aquel iluminado francés que había caído hipnotizado bajo el influjo de su literatura.
La obsesión de Baudelaire por Poe llegó a ser tal que tomó por costumbre perseguir y asaltar a cuantos americanos encontraba por París para pedirles información sobre su ídolo literario. En una ocasión, Baudelaire supo que un americano hospedado en un hotel del Boulevar des Capucines había conocido a Poe, así que no se lo pensó dos veces y se plantó en su habitación. El extranjero le recibió en calzoncillos, mientras se probaba algunos zapatos que pretendía adquirir en París. Baudelaire debió acribillarle a preguntas sobre el autor de La caída de la Casa Usher, hasta que el americano se sintió tan abrumado por la presencia de aquel fanático francés que explotó: «Sí, le he conocido. Y le diré que es un ser extraño y antipático».
Lo que no sabía el americano de los zapatos era que una afirmación como esa, hecha a una persona como de Baudelaire, podía provocar que creciera aún más su interés por el autor. Con el tiempo llegó a estar convencido de que Poe y él estaban unidos de una manera sobrenatural, y presumía de que se hubieran dictado palabras al oído entre ellos de algún modo maravilloso. También argumentaba que la explicación de que sus estilos se parecieran tanto (algo que prácticamente todo el mundo duda, pero que para Baudelaire resultaba evidente) había que buscarla en la similitud de sus vidas. A este respecto, resulta paradójico pensar que mucha de la información sobre Poe que Baudelaire manejó en su momento y que se dedicó a difundir era errónea: provenía de los relatos biográficos de Rufus Griswold, quien intencionadamente había alterado un buen número de sucesos para desprestigiar al autor de Los crímenes de la calle Morgue. Entre las informaciones inventadas por Griswold que Baudelaire recibió y difundió, se encuentran que Poe se marchara de casa para participar en la Revolución griega, que fuera llevado a Rusia por molestar al Gobierno ruso y que unos valientes compañeros americanos le salvaran in extremis de un exilio en Siberia. No era desde luego un material nada despreciable para la biografía de Edgar Allan Poe, incluso bastante mejor que algunos episodios reales de su vida, menos novelescos y sin duda más vulgares, pero nada de eso era cierto. La relación entre Griswold y Poe da para otro artículo: el biógrafo y crítico literario, responsable de la primera edición póstuma de la obra del genio de Baltimore, llegó a falsificar cartas del escritor en su obsesión por desprestigiar su figura.
Forzando algo la realidad, sí que podemos encontrar elementos biográficos comunes entre ambos escritores, aunque desde luego no tantos como Baudelaire afirmaba y dejaba por escrito: el punto de unión más evidente era que ambos habían crecido a la sombra de un padrastro al que detestaban. El padre del francés, François Baudelaire, fue un exseminarista que se ganaba la vida como profesor de dibujo, que se casó con su madre cuando tenía ya sesenta años, en un segundo matrimonio tardío y desigual. La madre del futuro poeta tenía entonces solamente veintiséis. Su padre murió cuando Charles Baudelaire tenía solamente seis años. El poeta, egoísta enfermizo, nunca perdonará a su madre que volviera a casarse, especialmente con alguien que él consideraba tan detestable como el mariscal Jacques Aupick, descrito como alguien de una arrogancia casi teatral. Baudelaire sintió la felicidad del mariscal con su madre como su propia desgracia, y su resentimiento será una llama melancólica que le acompañará el resto de sus días. Siendo muy joven fue enviado a un internado, hecho que entendió como un intento por parte de los padres de deshacerse de él para disfrutar de una vida libre de cargas. Con ello su rebeldía se desató definitivamente, y a partir de ese momento los centros en los que estudió pueden dividirse entre aquellos de los que escapó y aquellos de los que fue expulsado. La leyenda cuenta que en alguna ocasión Baudelaire se permitió una exclamación que haría las delicias de un freudiano interesado en estudiar un complejo de Edipo: «Cuando se tiene un hijo como yo, no es necesario que uno se vuelva a casar».
Lo cierto es que Baudelaire, la mayor parte del tiempo incapaz de obtener beneficios de la literatura, practicó un parasitismo constante de los bienes de la familia. La necesidad de sacar dinero a su madre le llevó a extremos profundamente inmorales como el de fingir intentos de suicidio para conmoverla y recibir más. El 30 de junio de 1845 escribió a uno de sus amigos una carta en la que decía: «Me mato porque soy inútil a los otros y peligroso a mí mismo». Para dejar más pistas sobre su aparente intención, consultó a Louis Ménard, un amigo poeta, acerca de formas sencillas y seguras de suicidio. Para que no faltara detalle, envió a Cousin, otro habitual de sus tertulias, unos manuscritos de sus obras acompañados de detalles para su publicación póstuma. Sus amigos, asustados por las supuestas intenciones suicidas, hicieron todo lo que estaba en su mano para localizarlo. Finalmente, le encontraron en un cabaret de la calle Richelieu, donde les explicó con cínica y pasmosa tranquilidad que todo era una estratagema para sacar dinero a sus padres. Delante de ellos se hundió un puñal en el pecho, aunque con cuidado de hacerse apenas una herida superficial: la suficiente para que su madre fuera avisada por la policía y lograr despertar en ella la ternura necesaria para atrapar el dinero.
La cuna de Poe era mucho más humilde que la de su seguidor francés: los padres del americano eran actores itinerantes. Nació un 19 de enero de 1809 y su padre, David Poe, se esfumó dieciocho meses más tarde. Elizabeth Arnold Poe murió durante una gira cuando él tenía dos años, de manera que el niño Poe pasó al cuidado de la familia Allan, de ahí el nombre de Edgar Allan Poe con el que firmaba. Nunca fue legalmente adoptado por esta segunda familia, y muchos de los desencuentros y sinsabores de su edad adulta fueron provocados por el hecho de que el señor Allan se negara siempre a reconocerle. Una de las mayores decepciones de John Allan al respecto de su hijo adoptivo fue el hecho de que Edgar decidiera dedicarse a algo tan turbio y poco reconocido como la escritura, despreciando un puesto en su negocio de exportación de tabaco.
En la búsqueda de la gloria literaria, Baudelaire y Poe padecieron pobreza y desprecio social, pero reaccionaron de manera muy distinta a la situación. Baudelaire intentó hacer del vicio virtud: su vida fue un continuo choque con la sociedad que despreciaba, y disfrutaba (como Wilde al otro lado del canal de la Mancha) sacando los colores a la hipócrita sociedad que le rodeaba con sus desplantes y exabruptos. Poe también se sintió siempre un outsider, alguien incapaz de encajar en la sociedad, pero lo llevaba de una manera íntima y taciturna, como una especie de triste apostolado.
Baudelaire ha pasado a la historia como suelen hacerlo los verdaderos genios: mal. Todos los escritores de fuerte personalidad —y la de Baudelaire parece que fue verdaderamente infernal, por retorcida y grotesca— corren el riesgo de que se les recuerde más por su anecdotario que por lo que realmente ofrecieron a la historia de la literatura. Crépet, uno de sus biógrafos, escribió una frase brillante al respecto: «Su leyenda es mucho más intensa que su vida». Existen tantas anécdotas y tan disparatadas sobre Baudelaire que uno llega a pensar que la invención de proezas insólitas del poeta debió de ser un divertimento de la sociedad de la época similar a lo que en la América contemporánea constituyen las historias de Yogi Berra. Mi anécdota favorita de Baudelaire es aquella en la que Théodore de Banville, cronista de París, encuentra al poeta y, tras una charla intrascendente, Charles le dice: «¿No le parecería agradable, querido amigo, bañarse en mi compañía?». Banville no quiso que aquel dandy engreído le amedrentara, de modo que accedió con una respuesta aún más wildeana: «Precisamente iba a sugerírselo en este momento». El plan parecía tan claro y conforme que ambos se dirigieron a una casa de baños y pidieron una habitación con dos bañeras. Los dos escritores se desnudaron y metieron en el agua. Un instante después, Baudelaire le dijo: «Y ahora que no tiene posibilidad de defenderse o escapar, querido colega, voy a leerle una tragedia en cinco actos».
A Baudelaire se le recuerda como el autor de esa obra maestra que es Las flores del mal, y también en menor medida por esos Paraísos artificiales que pueden leerse como una especie de Divina comedia enferma, un descenso al infierno amortiguado por el consumo de sustancias. De la persona solamente se oyen los despojos: se le describe como el mayor egoísta que jamás pisó la tierra, y es muy probable que fuera así. No hay que olvidar que el dandismo de Baudelaire o Wilde ahora nos parece algo genial y llamativo, pero a sus coetáneos les resultaba francamente antipático, pueril. Poe tuvo un estilo que definitivamente no gustaba en América, condenado a las cunetas de la literatura, y que aún hoy tiene muchos detractores entre el establishment universitario, siendo a menudo calificado de demasiado extraño. Sin embargo, entre sus lectores incondicionales Poe sigue gustando más que cualquiera de sus contemporáneos, porque encuentra una fórmula perfecta en apelar tanto a la razón como a la emoción, algo que en Baudelaire está francamente descompensado hacia la emoción. Los malditos hacen avanzar la literatura porque siempre tienen otro estilo, una forma de escribir que nadie ha imaginado ni se ha atrevido a hacer hasta ese momento. Se encuentran más cerca que nadie de alcanzar la originalidad porque realmente tienen una mente única. Lo que verdaderamente une a ambos autores no es un padrastro ni un odio a la sociedad, sino que ninguno de los dos pensó nunca que una belleza normal o tradicional fuera suficientemente atractiva. Había que buscar algo más retorcido. La belleza pura, para ambos, se encontraba siempre ligada a la aberración, la anormalidad o la distorsión. Las flores del mal salió a la venta en 1857, e inmediatamente el libro fue juzgado por indecencia y se puso en marcha un proceso judicial contra su autor. Baudelaire fue condenado a retirar seis poemas del conjunto. El poeta obedeció, reelaboró y reordenó el material, e incluso reescribió algunos poemas para adecuarlos al mandato judicial. Nunca ha trascendido ni se ha podido reconstruir la organización original del libro, aunque se han hecho numerosos intentos. Paradójicamente, el mayor éxito económico del que gozó Baudelaire durante su vida literaria fue la traducción de las Narraciones extraordinarias de Poe.
Poe dejó que el alcohol le acompañara en el camino tortuoso de la literatura, y el alcohol le mató. Un 3 de octubre de 1849 apareció semiinconsciente en una taberna de Baltimore, y después de cuatro días de delirio fue declarado muerto. Baudelaire murió el 31 de agosto de 1867, con cuarenta y seis años, el cuerpo prácticamente paralizado por las secuelas de sus adicciones. Descansa en el cementerio de Montparnasse, curiosamente junto a la tumba de su padrastro, la persona que más detestó en vida. Poe está enterrado en Baltimore. Cuando se le dio sepultura, se hizo en una tumba anónima, que pronto desapareció entre la hierba. George W. Spence se apiadó de su memoria y colocó un pequeño bloque de piedra con un número grabado en él. Se mantuvo como una tumba sin nombre hasta que años más tarde Maria Clemm, una tía suya, supo del estado de la tumba del poeta y organizó una comisión para crearle una sepultura apropiada. Estando los dos ya enterrados y reconocidos, no sabemos si seguirán susurrándose líneas de escritura el uno al otro en alguna parte, buscando juntos esa belleza grotesca que tanto amaban. 

sábado, 18 de febrero de 2017

"Sesenta años de La cantante calva: un récord mundial para el teatro" por Borja Hermoso


“Anda, son las nueve. Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino, ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien, esta noche. Es porque vivimos en los suburbios de Londres y nuestro apellido es Smith”.
No estaría de más acudir a Freud para tratar de explicar por qué una obra como La cantante calva, de Eugène Ionesco, cuyo texto arranca con esta absurda declaración de intenciones, ostenta el récord mundial de permanencia en cartel en un mismo teatro (La ratonera, de Agatha Christie lleva más tiempo, pero ha pasado por tres teatros londinenses). El jueves, en el minúsculo Théâtre de la Huchette, en pleno Barrio Latino de París, responsables del local, actores, técnicos y espectadores celebraron juntos 60 años de programación ininterrumpida.
La obra, la primera de la treintena larga que escribió el francés de origen rumano Eugène Ionesco (Slatina, 1909-París, 1994), no se estrenó aquí, sino en el Théâtre de Noctambules en 1950. Pero desde el 16 de febrero de 1957 es representada cada noche (excepto los domingos) sobre el pequeño, encantador y desvencijado escenario de La Huchette, un teatro de bolsillo con capacidad para 90 espectadores bien apretados y situado en una de las calles más bullangueras y turísticas de París. Varias tabernas griegas de gama baja, tres o cuatro bocadillerías turcas, dos viejos clubes de jazz y tiendas de souvenirs rodean el local.
La versión y la puesta en escena a la que asiste el público es la misma que la de hace seis décadas, firmada por el actor y director teatral Nicolas Bataille, amigo íntimo de Ionesco. No se ha tocado ni un pelo. Los mismos biombos verdosos, el mismo vestuario raído, la misma lámpara de mesilla, los mismos 17 sonidos del péndulo… “anda, son las nueve”. Absurdo. Todo aquí carece de lógica, el sentido de tiempo del tiempo se diluye, todo huele deliciosamente a naftalina y cada noche, invariablemente, se agotan las entradas. Hay franceses, claro, pero sobre todo turistas extranjeros. Italianos, japoneses, estadounidenses, británicos, españoles (no muchos). Hay parejas de abuelos que vuelven cada cierto tiempo, se cogen de la mano cuando retumban los tres toques antes de descorrerse el telón, ríen con cada diálogo.
La cantante calva –que ni es calva ni cantante ni sale para nada en la obra- no empezó bien su biografía. La crítica de París vapuleó esta "antiobra" (como la llamó el propio Ionesco) en su estreno de 1950. El crítico del diario Le Figaro escribió: “Ionesco no tiene nada que decir. Dentro de ocho años nadie se acordará de él”. No tuvo buen ojo: Ionesco es hoy uno de los autores más representados en el mundo, si bien él era el primero que considera La cantante calva “irrepresentable”. Pero fue en febrero del 57 cuando se gestó la leyenda. Nicolas Bataille y Ionesco alquilaron el Théâtre de la Huchette para representar las dos obras durante un mes, y solo pudieron hacerlo gracias al préstamo que les hizo el director de cine Louis Malle, amigo del primero. El éxito fue instantáneo. La crítica, antes reticente o agresiva, se hizo unánime. Ionesco se puso de moda. Por las butacas de La Huchette empezaron a desfilar Raymond Queneau, Edith Piaf, Sophia Loren, Maurice Chevalier, Jean-Louis Trintignant (luego actor en varias obras de Ionesco), Jacques Tati, André Breton…
Ionesco empezó a escribir La cantante calva hacia 1943, en Rumanía, y la remató en París. Se le ocurrió mientras estudiaba inglés con el método Assimil. Su intención era clara: desmontar los mecanismos y rutinas del uso del lenguaje, reírse de su uso y abuso y, partiendo de ahí, masacrar las rutinas y convencionalismos puestos en marcha cada día por el ser humano. Tres ingredientes, la angustia, la risa y el sinsentido para contar el meollo de la cuestión: la soledad del ser humano, la insignificancia de su existencia. Ionesco no soportaba que algunos teóricos y críticos teatrales situaran el nacimiento de lo que se daría en llamar el Teatro del Absurdo en la obra Esperando a Godot, de Samuel Beckett, a quien no podía ver.
El teatro tiene su sede en la planta baja y los sótanos de una casa del siglo XVI. Entre la puerta de acceso a los camerinos y las oficinas y la de entrada al patio de butacas se sitúa el portal por el pasan los vecinos del inmueble. Hay cubos de basura y mucha humedad. Estamos en 2017. Nada ha cambiado desde 1957, excepto que desde 1965 los actores —tres elencos que se turnan en la función— funcionan en régimen de cooperativa.
Roger Defossez es el actor que más veces ha salido al escenario de La Huchette en toda su historia. Ha encarnado más de 6.000 veces al Señor Smith, uno de los personajes de La cantante calva. Es, además, el responsable artístico de la obra y heredero directo en ese rol de Nicolas Bataille, primer director artístico del montaje. Defossez sustituyó a Bataille a la muerte de este. Pero 6.000 funciones no parecen haberle sacado del camino de perfección que hace muchos lustros se marcó: cada martes a las cinco de la tarde convoca a la troupe de actores de ese día para un ensayo en el que se van limando detalles, incorporando otros, afinando y haciendo más absurdo —valga la expresión— el teatro de Eugène Ionesco. “El teatro es ante todo divertirse, y yo sigo divirtiéndome con Ionesco, quizá porque La cantante calva no es un texto cartesiano, es distinto cada vez, su margen de absurdo es abierto, ilimitado. La he hecho como 6.000 veces de un total de 18.500 funciones… ¡no está mal, eh?”, cuenta a sus 84 años.
Roger Defossez recuerda así a su amigo Ionesco, que solía llamar a la taquillera para preguntar cuánto dinero habían recaudado esa noche: “Eugène era un tipo muy complicado, inquieto, angustiado, pero adoraba venir a La Huchette. A menudo cruzaba la calle, entraba en uno de esos bares griegos y compraba dos botellas de raki que se bebía con nosotros en el camerino al acabar la función”.
Frank Desmedt es el director del Théâtre de la Huchette, que estos días celebra a lo loco los 60 años de Ionesco. El próximo 4 de marzo, el teatro acogerá la Noche absurda y un maratón de 24 horas de La cantante calvaLa lección. “Aquí en La Huchette todo es absurdo, los viejos son jóvenes y los jóvenes son viejos”, apunta, “los viejos llegaron aquí para desempolvar el teatro, que era burgués e inmovilista. Vieron en el teatro de Ionesco un viento de libertad, un teatro que al fin les permitía escapar de los manoseados códigos del género”.
El primer responsable del teatro acude a su vez al absurdo y a la broma para recordar a Ionesco. No cabe mejor tributo: “Es uno de los autores más representados en el mundo. Le hemos propuesto a Donald Trump hacer La cantante calva en la Casa Blanca, porque creemos que la obra iría muy bien con su programa político, pero aún no nos han contestado. Lo que suele decir Trump no se aleja mucho de lo que se dice en la obra de Ionesco… las dos están llenas de absurdo. Y Trump alimenta ese absurdo con la misma pasión con que lo hacía Ionesco”.
Ider Amekhchoun es el regidor de La Huchette desde hace 35 años. La noche del pasado martes, justo antes de empezar la representación, sale al patio de butacas por la puerta lateral. Dice lentamente: “La representación va a comenzar. Hoy tendrá lugar la representación número 18.491… por favor desconecten sus móviles. Que disfruten. Gracias”.

Empieza otra vez, se reanuda, inalterable al paso del tiempo, el fenómeno Ionesco. Más de un millón y medio de almas son testigos.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Romeo y Julieta, de los Moya y Ramírez de toda la vida



Sergio se viste de choni, peluca rosa y minifalda de vuelo. Mario, de mascachapas, gorra con la visera en la nuca y camiseta por el ombligo. Sergio es Julieta. Mario, Romeo. Ella no es Capuleto, sino de los Moya de toda la vida. Él no es Montesco, sino de la rancia estirpe de los Ramírez. Si Shakespeare los pudiera ver (él, en el descansillo de la escalera de acceso a los servicios y ella, en lo más alto, apoyada en la barandilla) mientras Romeo requiebra a Julieta, escribiría una comedia nueva. No reconocería su obra, pero se habría divertido tanto como nosotros ante la declaración de amor plagada de ripios y obscenidades. Y se habría descacharrado con las resueltas respuestas de Julieta, la del cabello sonrosado. No han respetado el espíritu dramático de la obra, tampoco la personalidad de los personajes, ni el devenir trágico del argumento. Todo es parodia, sorna y chascarrillo. Todo es júbilo adolescente en los graves pasillos del instituto. Todo es desmesura y buen humor. Y si Shakespeare se hubiera detenido para analizar el verdadero sentido de su representación, habría apreciado que ellos, la choni travestida  y el mascachapas, pese a la parodia grotesca, veneran la obra del bardo, la sienten en lo más hondo de su voracidad adolescente    

domingo, 12 de febrero de 2017

Adolescens IV


"H., F. y la policía municipal"
Por el pasillo de jefatura veo acercarse a una pareja de policías municipales. Él y ella son de la misma altura y, aunque miden casi lo mismo que nuestro alumno F., estos dos sí que han terminado de crecer. Llevan una libretilla en la mano donde veo escritos los nombres de algunos alumnos que conocemos muy bien en los despachos de jefatura: F., H. y otros dos personajes secundarios. Me explican que han sacado de un parque a estos cuatro chicos de 1º de ESO y les han obligado a volver al instituto. Dos lloraban sin consuelo, pero los otros ni se han inmutado ante las advertencias de la autoridad. No necesito saber quiénes son "los otros". Lo adivino a la primera, como lo haría cualquiera de ustedes. El parque está en construcción y, por supuesto, precintado para que nadie sufra ningún accidente. Los chicos se han saltado los precintos y se los han encontrado en lo alto de los columpios y los toboganes todavía sin desembalar. F. y H. son intrépidos por naturaleza. No temen al calor, ni al frío, ni al profesor de Educación Física, ni a Jefatura de Estudios, ni al Director, ni tampoco a la pareja de policías. Les explico su involución en el centro. Los otros dos muchachos estaban muy asustados por la reacción que tendrían los padres al conocer los hechos. F. y H. no tienen ese problema. Prácticamente viven solos, aunque el padre de H. acaba de volver de su país, vende en los mercados y apenas para por casa. Espero que esta aventura no se la hayan inspirado las lecturas de Tom Sawyer y el Lazarillo. De esto no digo nada a la policía.  

lunes, 6 de febrero de 2017

"Pecado y expiación en el año 1000: el lado cómico de la Edad Media" por Kiko Amat


Milagros y milagreros:
Si uno examina los milagros expuestos en ambos Testamentos y en las vidas de los apóstoles durante los primeros años del cristianismo, es inevitable concluir que a la milagrez de la Edad Media le quedaba solo una barrita de batería. Como si entre Cristo y sus mágicas huestes la hubiesen desgastado por el sobreúso, vaya. Ese milagreo en reserva llega al Medievo en un estado renqueante y francamente exiguo, por lo que cuentan las crónicas de la época. Un tal Bernardo, «maestro de las escuelas de Angers», relata cómo el relicario de la Santa Fe en (algún culo de mundo de) Aquitania resucitó a un mulo que había caído derrengado en un camino, y que su caballero había mandado desollar. Ni panes ni peces a capazos, ni ciegos que de repente leen letra muy pequeña ni céreos semitas que abandonan su cadavérica horizontalidad: un puto borrico. Un asno que se había pegado tal susto al escuchar la palabra «desollar», el pobre, que del julepe había regresado al mundo de los vivos. Ese es el milagro espectacular de la era. Bernardo, quizás sospechando que su audiencia distaba de haberse quedado impresionada por la gran saga del burro cataléptico, añade en sus crónicas que la estatua antropomórfica de san Benito en Taury (Troyes) fue la causante de que un «perro negro, totalmente rabioso» atacase a un procurador injusto de la zona llamado Godofredo y le desgarrara «la nariz». O sea: los menesterosos anarquistas de la época atizan a un perrazo asesino para que le mastique la cara al vil Godofredo El-Ahora-Desnarizado, y tenemos que agradecérselo a un cacho-madera con vaga forma de santo fanfani. Bah. Como evasiva ante la policía política de la época me parece excusable («¡No hemos sido nosotros, que ha sido el San Benito este!»), pero como intervención divina no cuela. Para mí que los santos de entonces debieron ser parecidos al mago chapuzas aquel de la clase de Harry Potter, cuya varita solo suelta decepcionantes chispazos y llufas de diversa consideración.

Reliquias y relicarios:
El asunto de las reliquias de santos hacia el siglo XI debió de ser un mercado más nutrido y lucrativo que el de las figuras articuladas de una franquicia Pixar, o el merchandising de una gira mundial de U2. Por no decir el efecto pacificador que toda aquella casquería de mártires troceados tenía sobre el famélico vulgo. «Sobre el respeto que [las reliquias] inspiran descansa de hecho todo el orden social; puesto que todos los juramentos que intentan disciplinar el tumulto feudal se prestan, en efecto, con la mano sobre un relicario», nos ilumina Georges Duby. Tiene cachondeo, entonces, que todo aquel «tumulto feudal» se apaciguara con solo posar las manos sobre el equivalente medieval de un Lego Star Wars y mascullar un par de latinajos de genuflexión servil. Lo de las reliquias era un chanchullo espectacular, en fin, una de las supercherías mercantiles más exitosas de la cristiandad. Como en la carn d’olla catalana, de los santos se aprovechaba todo: fragmentos del prepucio del Mesías (no bromeo), huesos metacarpianos en salmuera, el cerumen de las orejas de san Chindasvinto y el sagrado esfínter de santa Matilda. Todo era susceptible de ser adorado. Los testículos de san Malaquías también, en efecto. Y ni me hablen del Lignum Crucis (o reliquia del madero con el que crucificaron a Jesús de Nazaret): si uno unía todos los cachillos de leño santo que había desperdigados por Europa y Oriente, el volumen de maderaje habría servido para armar toda la flota imperial británica dos o tres veces. Por supuesto, el pedazo más grande de Lignum Crucis está en España, pueblo de renombrada fiabilidad histórica e innata aversión nacional al timo. ¿Que cuál es mi reliquia favorita, escucho que preguntan? Es una decisión injusta, pero creo que me decanto por la cabeza ENTERA de san Juan Bautista (aunque hay una veintena repartidas por ahí, incluso en el Nuevo Mundo; seguro que con un Made in Taiwan en la base del cuello), quizás por la euforia generalizada y «vivo regocijo» estilo MDMA que inundaba la cristiandad cada vez que lo sacaban de paseo. O porque me recuerda a las cabezas en frascos de Futurama.

Los ocho pecados capitales. No, espera, te lo dejo en siete:
Es bien sabido que Gregorio Magno, papa romano del siglo VI, fue el primer piernas en hablar de siete pecados capitales: los mundialmente conocidos gula, avaricia, lujuria, vanagloria (hoy orgullo), ira, pereza y envidia. Poco antes eran también pecado la ebriedad y la tristeza. Ahora que lo pienso: quizás incluso más atrás (en el siglo iii, pongamos) existían seiscientos cincuenta y un pecados capitales, y era un endiablado tormento llevar la cuenta de todos tus actos pecaminosos. ¿Tener sabañones? Pecado. ¿Silbar fragmentos de Annie? Pecado. ¿Agarrar mal el lápiz? Pecado, y encima mortal. Supongo que por sentido común y falta de inquisidores se irían reduciendo los pecados hasta llegar a los siete que conocemos. Pero volvamos por un instante al asunto de la ebriedad y la tristeza. O sea, que si tu damisela te había dejado por culpa (tal vez) del musgo micológico que alfombraba tu dentadura y decidías matar las penas echándote un par de lingotazos de hidromiel al gollete, ibas de morros al infierno, y por partida doble. Triple, si todavía almacenabas en tu corazón algo de ciega ira contra aquella golfa abandonante (triple life, como en la legislación estadounidense). Un borrachín con tendencia a la melancolía, así, podía abandonar para siempre toda esperanza de ingresar en el reino de los cielos (en mi pueblo no se habría salvado ni un alma, empezando por mí mismo). De forma muy sospechosa, además, la mayoría de esos siete pecados dejaban de serlo mágicamente si quien los practicaba era un señor feudal, un caballero andante con acceso a montura y mandoble o el prelado pederasta de algún burgo dejado de la mano de Dios. Lo opuesto a como es ahora, vaya.

Satanás y el Anticristo:
Tratándose de tiempos impíos como aquellos, no es extraño que el demonio anduviera a su bola por todo lo ancho y largo del año 1000. O al menos eso era lo que afirmaban los monjes del momento, que en apresurada exégesis atribuían cualquier nadería (un quítame allá ese sarpullido sobaquero, un orzuelo de la parienta, un ataque de ventosidades mortíferas) a la presencia del Maligno. Los llamados oráculos sibilinos, best sellers de la época, anunciaban que la llegada del Anticristo vendría precedida por unas cuantas señales inconfundibles. Según la tradición profética, esas «señales» incluirían «malos gobernantes, conflicto civil, guerra, peste, sequías, hambres, cometas, muertes repentinas de personajes importantes» y también la invasión de hunos, mongoles o cualquier otra horda de bigotudos alfanje en ristre. Ya pillan el turbador hándicap de los oráculos: en la Edad Media, todas esas «señales» eran el pan de cada día. De ahí la atmósfera apocalíptico-genocida reinante. En todo caso, por ahí iba Satanás, sin escolta ni bigote postizo ni gafas de folclórica, sufriendo encontronazos constantes con cualquier hijo de ramera. Raoul Glaber, monje y cronista de la época, relata en el libro V de sus Historias que una noche despertó para hallar a un «enano horrible de ver» al pie de su camastro. No, no era yo. Se trataba de un ente «de estatura mediocre, cuello menudo, rostro demacrado, ojos muy negros, frente rugosa y crispada, nariz encogida, boca prominente, labios hinchados…». He dicho que no era yo, leches. Glaber, que tenía la grabadora a mano, continúa su informe forense durante varias líneas, el muy latoso, para concluir que aquel demoníaco adefesio lucía también inevitable «barba de chivo», «dientes de perro» y, de forma más inquietante, «nalgas temblorosas». Aciago fin, pues, para Lucifer, el ángel más hermoso de las huestes celestiales, a quien hacia el año 1000 parecía que las cosas del amor y los negocios le iban peor que nunca. De Querubinísimo Mayor de Dios a chaparro noctámbulo fumador de crack con culo temblón. A eso llamo yo caer en desgracia, Lu.
Y es que la tradición juanina (del Apocalipsis de san Juan) estaba completamente obcecada con la figura del Anticristo, siervo e instrumento de Satán, un «monstruo con cuernos que mora en las profundidades», una «formidable personificación del poder destructor y anárquico». Lo chungo de todo esto es que el sambenito de esa personificación podía caerle encima a cualquier imbécil; los monjes y súbditos no se mataban recopilando pruebas, y definían como «Anticristo» al primer monarca incompetente que se cruzara en su camino. Norman Cohn nos dice que «cualquier gobernante que pudiera ser considerado un tirano se consideraba apto para recibir los atributos del Anticristo». De forma asaz artera, si las profecías fallaban (y siempre fallaban) y aquel rey solo era un cantamañanas sifilítico y catavinos que no sabía hacer la O con un canuto en lugar del «dragón, esa antigua serpiente» que habían predicho las más cenizas admoniciones de los frailes, se le degradaba fulminantemente y pasaba a ser solo «precursor» del Anticristo, el cabo chusquero con trompetica que avisaba de la llegada del gerifalte. Método científico estilo año 1000, como ven. Se parece un poco al sistema «JUSTIN BIEBER DENIES SMOKING BASE!» típico de la prensa amarilla. Primero suelta el rumor, que siempre hay tiempo de desmentirlo (aunque tizne), y luego ya veremos qué pasa.

Penitencias y mortificaciones, o los sutiles encantos de la flagelación:
«Alguien tiene que lavar todo el mal creado», que cantaban Los Canguros en 1988. Y en la Edad Media, ya lo dije, el «mal» campaba a sus anchas por la cristiandad y allende los mares, y con él la necesidad universal de purgarlo. Lo de la obsesión por la penitencia era en el año 1000 una cosa tan generalizada y popular como lo es hoy la fijación por la firmeza de glúteos o cada nueva serie interminable de HBO. Dejando de lado lo de organizar cruzadas locatis cada dos por tres —que terminaban invariablemente como el rosario de la aurora— la forma más célebre de mortificación era la flagelación o, mejor dicho, autoflagelación (si flagelabas de esquinillas a otro incauto no contaba como penitencia). Lo del autoazote redentor se inventó en el siglo XI en algún monasterio perdido de Italia —nadie había sido tan gilipollas como para ponerlo en práctica hasta entonces— y prendió como la pólvora entre los frailes, que siempre andaban necesitados de tormento BDSM carno-rectal. Al poco tiempo ya era un dance craze que había infectado al pueblo cavernario, como la zumba, y todo el mundo procedió a arrearse con el látigo como si no hubiese un mañana (y nunca mejor dicho, desde el punto de vista escatológico-milenarista, pues la población creía de veras que no llegaría a ver un nuevo amanecer).
La cerril masa al principio se infligía esa severa tortura con la humilde esperanza de que Dios, juez castigador, «depusiera su ira, les perdonara sus pecados» y punto, pero en un santiamén ya había entrado en juego la chifladura redentora típica del periodo. Norman Cohn define a los flagelantes como «una élite de redentores por la autoinmolación»; o, dicho de otro modo, peña que no solo creía que se estaba salvando a sí misma a latigazo limpio, sino también que su salvación afectaba a toda la comunidad. Sí, esas nuevas procesiones de flagelantes, en su tosca imitatio Christi colectiva, se veían a sí mismas como supermártires que cargaban con los pecados de todo el mundo y no, como uno estaría tentado a pensar, como una panda de julays histriónicos y ensangrentados que montaban más escandalera que un cantante emo de los noventa. Y, sin embargo, la ciudadanía se los tomaba al pie de la letra. Cuando los veían aparecer con sus estandartes y velas encendidas, y los tipos —ya casi en cueros— procedían a aplicarse leña fustigante durante horas delante de la iglesia del pueblo, «los criminales confesaban, los ladrones devolvían sus botines, los usureros renunciaban al interés de sus préstamos, los enemigos se reconciliaban y las querellas eran olvidadas». Hay que admitirlo: la cosa era espectáculo en estado puro. El movimiento flagelante fue, junto a los cruzados, el primero de la historia en poseer algo parecido a un uniforme (vestidura blanca con cruz roja delante y detrás y capucha o sombrero a juego), y entre la pinta ku-klux-klanesca, aquel «sembrao» de antorchas y el consiguiente look Núremberg, y todos los TCHAKS TCHAKS y cantos y berridos («¡Virgen santa, ten piedad de nosotros!») y lamentos, y las caras de raver pasadísimo a las seis de la mañana en mitad del mix largo del «Higher State of Counciousness»… En fin, cualquiera no se arrepiente de algo. Yo habría confesado hasta aquel asunto de las canicas del Peláez, en 1979. Lo único condenable del asunto de los flagelantes revolucionarios es que al cabo de un tiempo de andar vergajeándose los omoplatos por esos mundos de Dios empezaron a aburrirse de la rutina, y entonces procedieron a instaurar pogromos de cariz antisemita en cada villorrio donde iban a caer. Lo que nos lleva a:

Plagas, pestes y matanzas a gogó:
Alguien tenía que tener la culpa de todo aquello, y los judíos, hacia 1348-49, pillaron lo que no está escrito y un poco más. Háganme el favor de recordar que fue en aquel lapso de tiempo cuando tuvo lugar la terrible peste negra, la mayor epidemia de fiebre bubónica que ha visto la humanidad, y que se llevó por delante a un tercio de la población. Un tercio, que se dice pronto. Ya pueden imaginar que, siguiendo una honorable costumbre medieval, la plaga fue interpretada como «castigo divino por las transgresiones de un mundo pecador» y, una vez efectuadas las ansiadas demostraciones público-nudistas de purgación con gran derramamiento de hemoglobina, procedió a buscarse a algún «pasmao» que pudiera cargar alegremente con el resto de pecado insostenible (y derramar también algo de su hemoglobina, a poder ser). Si se trataba de un tío con acento raro, barba forestal y yarmulke, mejor que mejor.
En efecto: como volvería a suceder innumerables veces en la historia (en España también), los judíos fueron los hombres que serían culpados por TODO. A principios de 1349, alguna mente preclara —de las más brillantes de su generación— anunció que la causa de la peste negra era el vertido de veneno en las reservas de agua, y la jauría procedió a apiolar, en este orden, a «los leprosos, los pobres, los ricos y el clero, hasta que se centraron definitivamente en los judíos». El populacho se cansó de la matanza hacia marzo (tres meses seguidos de pogromo, la madre que los parió; supongo que al menos debían parar para las comidas), pero en julio sobrevino una segunda horda genocida promovida por los cada vez más chiflados flagelantes. Los judíos llegaron a considerar a todos aquellos ceporros zurriagantes encapuchados como «sus peores enemigos», y con razón. Nadie tuvo la presencia de ánimo para recordarles a aquella panda de ultranazarenos chillones que la peste, ese instrumento igualitario sin par, no hacía distinciones entre judíos y gentiles, ricos o pobres, genios o ñus. Pero daba igual, y ya era demasiado tarde para consideraciones intelectuales de ese calado: la gran farra, el gran impulso, la última raya de speed a hora desaconsejable, el inmenso drama escatológico debía seguir hasta su consecución lógica: el Fin de los Días, el cumplimiento de la Tercera Edad y el advenimiento del Apocalipsis. Cuando todos nuestros pecados serían purgados y los puros de corazón ascenderían como un solo hombre al reino de los cielos. Bla, bla.
Como ya sabemos, no sucedería así. Lo único que acarrearía todo aquel insensato derramamiento de sangre sería un montón de charcos que fregar y una pila enloquecida de cadáveres que carbonizar. Y todos aquellos hábitos hechos jirones, malaguanyats. Con los años sí caería sobre nosotros la ira de Dios con máxima potencia exterminadora, pero no vendría en forma de plagas croantes o reptiles lacustres que emergían de las simas miasmáticas del Hades, sino de series de TV españolas (Gym Tonic es el puro Anticristo, por supuesto), libros pueril-eróticos que se tornan superventas mundiales, hipotecas subprime y redes antisociales. ¿El 1000, los años oscuros? No me hagan reír. 

sábado, 4 de febrero de 2017

Adolescens III


H., H. y otra vez H.

Desde que H. cumplió su pena de expulsión, ha rectificado su comportamiento: en vez de verlo por jefatura una vez a la semana, lo recibimos una vez al día. Lo manda el profesor de Educación Física porque le impide dar la clase. H. dice que solo ha pateado un palo. Lo trae personalmente el profesor de Lengua porque tampoco le deja dar clase. El muchacho dice que no ha hecho nada. Lo manda la profesora de Inglés porque molesta constantemente a sus compañeros. H. alega que solo ha pedido un lápiz. Lo trae el profesor de Geografía e Historia porque ha llamado al móvil a otro compañero y a este le ha sonado su aparato en clase. H. dice que ha sido al revés. Lo comprobamos: revisamos el móvil del compañero. H. ha dicho la verdad, es posible que por primera vez. Me pide clemencia para el compañero cuando hacía un instante estaban a punto de pegarse. Pasa horas y horas en mi despacho. Su actitud es muy extraña. A veces llora; otras, apoya la cabeza sobre la mesa y se la tapa como si quisiera hacer desaparecer el mundo; otras, no se atreve a mirarme cuando le hablo. Al poco de estar en el despacho, me pide siempre tarea. No aguanta la inactividad. Ya se ha leído los mitos griegos en versión actualizada y ha empezado Las aventuras de Tom Sawyer y el Lazarillo de Tormes. Después de cada lectura, nos hace un resumen oral. ¿A ver si su problema es que ama la literatura tanto que desea ser expulsado para leer a los clásicos? Bueno, no sé. También se dedica a pellizcar la esponjilla de la silla y a tirarla por el suelo y no creo que quiera se tapicero, o sí.

"En las ruinas del Romanticismo" por Ramón Andrés


En las cabinas de popa, en las vigas de las goletas y bergantines, en esos veleros que anclaron en los crepúsculos de Caspar David Friedrich empezó a inscribirse, en el último tercio del siglo XVIII, el lema de Pompeyo: “Navegar es necesario, y no es necesario vivir”. Retomar esta antigua costumbre de navegantes es una alegoría de la conciencia romántica, la visión de una existencia concebida como viaje a lugar alguno. Azar, tempestad. Un periplo sin término: así es el mundo, así es el Yo que lo contempla. Europa, los acantilados, la bruma y una ermita lejana, un cielo de Philipp Otto Runge, la noche de marzo de 1797 en la que Samuel Taylor Coleridge leyó en casa de los Wordsworth La oda del viejo marinero. El albatros que cruza por aquellos versos es, en realidad, una veleta, la necesidad de un viento norte. Por entonces el cuerpo de Mozart, cubierto de cal viva, se había deshecho en no se sabe qué fosa de Sankt Marx, el cementerio vienés, a 15 minutos del Danubio. Era el tiempo en que Beethoven, todavía muy joven, había dado a su editor Artaria las Sonatas para violonchelo op. 5. Una de ellas, la escrita en sol menor, la tonalidad que, según Johann ­Mattheson, servía para expresar tanto el lamento como una alegría moderada, es extraña, problemática. Un augurio.
Nada que construir, la historia vivía de sus vaticinios. Las premoniciones se estaban cumpliendo, sobre todo una: la llegada del peor huésped, el más incómodo, como Nietzsche llamaría al nihilismo. La Razón, su lógica objetiva, parecía algo ajeno a quienes habían oído gritar en la Bastilla y más tarde respirado la pólvora napoleónica. El Romanticismo fue un tejado a dos aguas: todo conducía a precipitarse; el único asidero estaba en lo más alto, en lo más peligroso también. Estar arriba significaba hacerse visible, obligarse a ser un espectador de sí mismo, como hacía Goethe, todavía joven, cuando subía al campanario de Estrasburgo para sentir el vértigo de su existencia. En una de las pinturas rojizas de John Martin, que ilustró El paraíso perdido, un bardo, en lo más áspero y peligroso de un abismo, clama con el arpa en la mano; puede caerse en cualquier momento, una ráfaga, un traspiés devolverlo a su conciencia, es decir, a su certidumbre de “ser para la muerte”. Pero en un cuadro de Friedrich encontramos una figura todavía más inquietante si cabe: en los Acantilados blancos en Rügen, un hombre está echado, como gateando. No podría estar de pie, su idea de destino se lo impide; se acerca al precipicio, se asoma cauto, mira el cortante, un cosquilleo en el vientre. Así es su estar en el mundo: ingravidez y presentimiento, el mismo que sentían los lectores cuando abrían las primeras páginas del Werther. El Romanticismo está hecho de caídas y de quejas, de asombros y de melancolías.
Pasado el entusiasmo de los ilustrados, se hacía difícil entender aquella lección que Hegel repetía cada mañana: aprender a decepcionarse. Así tomaba cuerpo la subjetividad, así empezó a despertar un individualismo que debía mucho, también, a la supuesta inocencia rousseauniana y a su cultivo de una mirada gótica convertida en interior, sólo en interior; lo demás era escenario y hostilidad, oposición. Hablamos del mundo y de las consecuencias que debían pagarse por la religiosa aspiración a la verdad que fue anunciada a guillotinazos en el Siglo de las Luces. Este anhelo, de imposible cumplimiento, acabó corroyendo a las generaciones de Kleist. Nada era como había sido prometido; nada respondía, sino episódicamente, a esa adicción a la vitalidad, al entusiasmo que se dice tuvieron los románticos. La utopía se redujo a renacer de lo perdido, a bracear por las aguas del Rin corriente abajo como hacía Robert Schumann cuando, en medio del delirio, se arrojó a ellas. Decía que un “la” le torturaba los oídos, una nota, un solo e insistente sonido ponía música al pesimismo que había desencadenado —oh, Prometeo…— aquella enseñanza kantiana que nos reduce a ser siempre modestos alumnos, a reconocernos como miembros de una sociedad endémicamente inmadura, dependiente de ilusiones, autoalentada a golpes de poder, es decir, de destrucción. De ahí la necesidad, pueril y continua, de volver a casa, de ahí los caminantes solitarios y su afinidad con la niebla, tan abundantes en la pintura y la poesía: en realidad habían enfermado de nostalgia, querían regresar y no podían; esto explica su amor a las canciones populares, a las letrillas y los Volkslieder, a la nación, a la Edad Media y su lumbre cristiana. Este retorno a las ruinas del espíritu fue el que Nietzsche jamás perdonó a Wagner. No consintió aceptar de nuevo el pecado original, y dijo, de una vez por todas, no a la imploración. La necesidad de encontrar sentido como fuerza ordenadora; la metafísica que sólo era el testimonio del cuerpo de un dios todavía caliente, aunque muerto hacía mucho; el idealismo que hoy ha quedado reducido a la idea de supervivencia, son las secuelas de aquella época saciada de sí misma que se articuló entre los siglos XVIII y XIX. Su bisagra es la imagen del tejado a dos aguas del que hablábamos que no ha cubierto lo suficiente; los días eran y son intemperie. Es aquel un legado que entendemos muy bien. Mejor no vivir engañados.
Quizá no sea casual que en poco espacio de tiempo hayan aparecido tres libros a través de cuyas páginas quien lo desee puede “reconstruirse” y reconocerse como herencia de aquel nihilismo que estaba a punto de estallar: su deflagración nos ha manchado de totalitarismos, fobias y narcisismo. El de Richard Holmes, Huellas. Tras los pasos de los románticos (Turner, 2016), cuenta con un índice que no puede resumir con más acierto el trayecto mental de aquel momento, y por este orden: “Viajes”, “Revoluciones”, “Exilios”, “Sueños”. Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán (Galaxia Gutenberg, 2017), obra de Juan Andrés García Román, es un cuidado y valioso ejemplo de cómo articular una antología y una sensibilidad que, al igual que sucede en el poema final de Heinrich Heine, canta a unos dioses declinantes de Grecia, desposeídos ya de sus dones, como nosotros cantamos a una modernidad desmantelada. El tercero explica de la manera más nítida lo que dejó tras de sí el pincel negro y último de Goya, el exilio de los intelectuales españoles, el fusilamiento de Torrijos, el pistoletazo de Larra: vendrá la soledad sentida como asilo en el poema de Martínez de la Rosa; el preferir “el daño a la ventura” de Ros de Olano; el odio a la vida y al mundo que se resuelve en tedio de Gómez de Avellaneda: es la edición, exacta, de Ángel L. Prieto de Paula, Poesía del Romanticismo. Antología (Cátedra, 2016).
Lo que deja ver la filosofía del Romanticismo, también su literatura y su música, su arte, es el pulso, la tendencia a la totalidad, el continuado cultivo de ideas irrealizables —para el bien de todos, la complaciente explotación del fracaso y hacer de eso una insignia—. A menudo sintieron la marginalidad, como solemos hacer nosotros, sin moverse del centro, o mejor, de su centro. Como nunca antes se elaboró un victimario del que somos herencia todavía. Los románticos —al menos una parte de ellos— tuvieron una gran permisividad con el infierno, pensaron que en sus llamas estaba Mefisto, y que el arrojo de Lérmontov las combatía mientras cabalgaba Un héroe de nuestro tiempo. Fue una proyección sin fin; no sabían, o no quisieron saber, que en ese averno solamente estaba la familia de siempre, la de los sordos polvorientos, que es como Chateaubriand llamó a los muertos.
Memorias, ultratumba, descenso. Pero en ocasiones la ascensión es bajar al fuego. Hölderlin escribió hasta tres versiones de La muerte de Empédocles; cada una de ellas, y de manera progresiva, muestra una mayor condensación, una senda mejor trazada hacia la subida que conduce al cráter del Etna, donde se dice que el filósofo presocrático desapareció entre la humareda. No sabemos si se arrojó por orden suprema o por la voluntad de ser dios, como sostuvo Giorgio Colli. En cualquier caso, ese camino de ascenso describe el “deseo de perdición”, la atracción romántica por la destrucción, lo contradictorio de una mentalidad que concibió desde el individualismo lo universal. Esto debería hacernos pensar, bien arraigados como estamos aún en aquella tierra recorrida por gentes que a cada paso creían dejar un paisaje abandonado. Los versos de un poeta menor, aunque de interés, Gabriel García Tassara, resumen el problema que todos podemos entender cuando hablamos de Romanticismo y de su prolongación: “Que nuestro mundo sea / el círcu­lo no más de nuestra sombra”. 

Reseña crítica de "El pensamiento crítico de Rafael Sánchez Ferlosio" del amigo Juan Antonio Ruescas


En este artículo de la Revista Claves de Razón Práctica nº 250 Ernesto Baltar analiza el libro de Juan Antonio Ruescas sobre el escritor y pensador español Rafael Sánchez Ferlosio. Ruescas ha sabido compendiar las principales obsesiones que han nutrido el pensamiento de Ferlosio, aclara sus conceptos fundamentales y elabora una síntesis iluminadora sobre su trabajo y aportación al pensamiento contemporáneo. 
[Comienzo del artículo]
Por fin un libro se atreve a analizar las claves del pensamiento de uno de los mejores escritores españoles contemporáneos. Lo hace además con seriedad y finura, ofreciendo una excelente introducción -sencilla, rigurosa, ordenada- a un pensamiento en extremo complejo; complejo no tanto por la dificultad de sus conceptos o presupuestos filosóficos (coincidentes en gran parte con la Escuela de Fráncfort) sino sobre todo por las peculiaridades estilísticas del autor, entregado a una escritura concienzuda y laboriosa que podríamos caracterizar como "pasamanería de la sintaxis".
Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) comenzó su andadura creativa como novelista de éxito con Alfanhuí El Jarama, pero enseguida quiso huir del "grotesco papelón del literato" y decidió recluirse en su casa para dedicarse por entero al estudio de la gramática, centrando desde entonces su escritura en el género ensayístico y en los artículos de prensa. Precisamente en el último año la editorial Debate ha reunido estos trabajos de no-ficción en dos gruesos volúmenes, bajo el título de Altos estudios eclesiásticos Gastos, disgustos y tiempo perdido, respectivamente. La novela El testimonio de Yarzof, publicada en 1986, fue una milagrosa excepción a esa decisión tajante, categórica, de no escribir más ficción.

martes, 31 de enero de 2017

"El ingenio y la hondura de Juan Bonilla" por Martín López-Vega


La brillantez de la obra de Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) repartida por su obra en prosa y verso, ha planteado a menudo a sus lectores una pregunta de difícil respuesta: ¿qué tal conviven el ingenio y la hondura? En sus mejores pasos, la respuesta de la obra de Bonilla es contundente: de maravilla. En la memoria de cualquiera de sus lectores están esos versos suyos que han hecho que sepamos lo que pasa cuando a la rutina se la cae la t o que la verdad ya no es más que un periódico de Murcia. Como con casi todo, el problema está en dar con la justa medida, en elegir, de todas las ocurrencias, solo aquellas que trascienden el chiste.
Poemas pequeñoburgueses (Renacimiento) es el nuevo libro de poemas de Juan Bonilla tras recopilar sus versos anteriores en Hecho en falta (Visor). La primera parte, titulada igual que el libro, nos devuelve al Bonilla que no renuncia a buscar una sonrisa en el lector, pero no solo una sonrisa: “Oh Insolvencia, tú sí que sabes / el nombre exacto de las cosas”, termina el primer poema, titulado “Herencia”. Ese tono convive con otro más grave, el de poemas como “Ya no más”, que arranca: “El futuro pasó como una guerra / de antepasados parlanchines, / condecorados por no ser valientes, / por no haber entrado en el combate, / no haber muerto / y poder inventarse alegremente / la guerra en la que no estuvieron nunca”. “Desiderata” enumera los libros que no cuenta con encontrar en librerías de viejo: “Me moriré sin conseguirlos”. “Apuntes de bachillerato” es una serie de poemas cuyos títulos remiten a asignaturas. “Belleza es todo aquello / que te la ponga dura”, dice “Historia del arte” (para señores, habría que añadir). De lo grave a lo leve transita Bonilla usando siempre un tono llano y conversacional que deja todo el riesgo en manos de su ingenio. Todo lo demás tiende a la contención: ni en la sintaxis, ni en la elección del vocabulario, ni en la estructura de los poemas hay nada que se salga de lo que uno esperaría de un poeta de aquellos que llamábamos de la experiencia. Salvo el talento que salva con una pirueta final unos poemas que fácilmente podrían haber acabado en lo banal.
Otra historia encontramos en la segunda parte del libro, titulada “El día de regalo” y subtitulada “Borrador de un poema”, un poema que volvería por sí solo a Juan Bonilla como uno de nuestros poetas imprescindibles. El poema arranca hablándonos de alguien que inicia su día haciendo todo aquello que detesta. ¿Por qué? “Digamos que es costumbre familiar. / Cuando se muere un padre alguno de sus hijos / tiene que regalarle un día, / hacer durante un día las cosas que el difunto ya no hará, / ponerse en su lugar”. El poema avanza convirtiéndose en un entrelazado de biografía del padre, reflexión sobre las relaciones paternofiliales y esas pequeñas cosas que son nuestro autorretrato sin que nosotros lo sepamos. El poema es un borrador porque espera que “algún día mi hijo lo descubra entre mis cosas, / y piense: un día de regalo, vale, padre”, “y me regale uno de los milagrosos días de su vida / cuando el milagro de la mía haya terminado / y corrija y termine este poema”. Creo que ganaría limando algún exceso conversacional (“ya te digo”, ese “qué cabrón” repetido) por su redundancia; el tono del poema ya es conversacional, y cargar las tintas demasiado en eso reduce la tensión del poema. Pero es un poema enorme, que no debería faltar en ninguna de las antologías que de este tiempo se hagan.
“Cincuenta años de éxitos”, tercera parte del libro, remeda en su título el de la primera entrega publicada de Bonilla (entonces eran justo la mitad, 25). “Canicas en un bote de cristal”, primer poema de la sección, es un borrador de autobiografía a base de recuerdos: “Cincuenta años, Juan Bonilla. / Mi más sentido pésame. / Mi felicitación más fervorosa. // A partir de este punto recomiendan / caminar siempre de espaldas / para que el futuro se empequeñezca en el retrovisor: / tienes toda la muerte por delante”.
La ironía es un ingrediente peligroso en poesía. Es un antídoto que impide al poeta ponerse estupendo, pero que tiene la peligrosa contraindicación de volverlo superficial. Casi siempre Juan Bonilla la administra con maestría, pero sin duda consigue sus mayores logros cuando usa apenas unas gotas. Por eso poemas como “Caminas en un bote de cristal” nos dejan una sonrisa pensativa y otros como “El día de regalo” nos conmueven y nos cambian. Por eso Poemas pequeñoburgueses es un título ingeniosillo, que no hace justicia a los poemas enormes que contiene.