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jueves, 24 de agosto de 2017

"Sobre el estilo elevado" por Javier Gomá Lanzón



¿Qué es el estilo elevado en la prosa? El sujeto a las reglas del arte. Pero ¿qué arte? El retórico. Como el verso se ajusta a los preceptos del arte poético, así la prosa —hablada o escrita— se acomoda también a los del arte retórico. La retórica es, pues, el arte que establece las reglas de una prosa elocuente.

Nacieron las lenguas vulgares en la Edad Media como corrupción del latín para satisfacer las nuevas urgencias vitales de un pueblo que desconocía el idioma oficial de cancillerías, universidades y conventos. En el siglo XVI, las modernas lenguas romances, al principio excluidas de las reglas del arte, consiguieron elevarse después a una perfección semejante a las antiguas mediante el estudio y la imitación de sus modelos y se constituyeron en las nuevas lenguas nacionales en sustitución del latín.

En torno a 1300, Dante había señalado la dirección a este proceso en su tratado latino De vulgari eloquentia. Se trataba de la creación colectiva de un volgare illustre, una lengua vulgar… ilustre. Vulgar porque el pueblo la produce como fruto espontáneo de su naturaleza; la aprendemos, señala Dante, “sin regla alguna, imitando a nuestra nodriza”. Pero, además de vulgar, también ilustre, porque aspira a participar de la dignidad de las lenguas clásicas.

La ocasión histórica que encontraron las lenguas romances para constituirse en lenguas nacionales de estilo elevado fue la traducción de la Biblia instada por la Reforma protestante. Esa traducción obedecía a hondas motivaciones teológicas y políticas, porque, al permitir la lectura de la Biblia por un pueblo no versado en el latín y llevarla por primera vez a la escuela y el hogar, se democratizaba la palabra de Dios esquivando la secular mediación del magisterio romano. Lutero tradujo la Biblia al alemán en 1522; la primera traducción inglesa, la Biblia de Ginebra, se publicó en 1560, y la segunda, la célebre King James Version, en 1611.


Un proceso semejante tuvo lugar en algunos de los países católicos fieles a Roma, pero en España fue abortado por el Concilio de Trento y la Contrarreforma en esa modalidad rigorista impuesta por Felipe II a sus reinos. Aquí el inquisidor general, Fernando de Valdés, aprobó en 1559 un Índice que prohibía leer la sagrada escritura en lengua castellana, con gravísimas consecuencias para la religión popular —tutelada por la autoridad política y eclesiástica— y para la maduración de la lengua nacional. Destinada a la edificación de la comunidad creyente, la traslación debía servirse de una lengua romance de sabor popular que cualquier sencillo devoto sin muchas letras pudiera comprender. Pero, por otro lado, la seriedad del asunto narrado en la Biblia —la revelación de Dios y la historia de la salvación de la humanidad— exigía una elevación del estilo que sólo la imitación de los clásicos estaba en condiciones de proveer. Y de este modo se conformaron el alemán y el inglés modernos, lenguas al mismo tiempo populares y cultas, que congregan al pueblo llano en oración tanto como inspiran, años después, el estilo de los escritores más excelsos de la gran literatura de uno y otro país.

Sólo un poco después de aprobarse el Índice, en 1561, un fray Luis de León de 34 años, quién sabe si por juvenil insumisión o por descuido, inicia su tardía carrera literaria componiendo una Traducción literal y declaración del Libro de los Cantares de Salomón, obra deslumbrante donde las haya, “adorable, prodigioso cántico”, en palabras de Jorge Guillén; “uno de los libros eróticos más bellos del mundo”, según dictamen del profesor Valbuena Prat. No lo publicó pero circularon copias y, andando el tiempo, debido al atrevimiento de haber traducido el Cantar de los Cantares bíblico desde su original hebreo al romance y de salirse de la letra de la Vulgata de san Jerónimo, traducción oficial de la Biblia al latín, fray Luis, desposeído de la cátedra, sufrió prisión casi cinco años en la cárcel de la Inquisición en Valladolid. En cautiverio inició la redacción de Los nombres de Cristo, que terminó fuera del presidio y, por mandato del superior de su orden agustina, publicó en 1583.

En la dedicatoria se lamenta de que, “por la triste condición de nuestros siglos”, haya venido ahora a ser ponzoña lo que siempre había sido medicina para el devoto cristiano (la lectura directa de la Biblia en su lengua materna). Comoquiera que el vulgo ha sido apartado del conocimiento directo de las escrituras sagradas, suele ahora apetecer de otras lecturas vanas pero gustosas por su estilo, por lo que se le impone a fray Luis, con miras pastorales, la urgencia de escribir sobre asuntos bíblicos con una elegancia que se atreva a rivalizar con la de esos libros perniciosos y por ahí atraer al mayor número a la consideración de las verdades de la religión católica.

Los nombres de Cristo constituyó un resonante éxito editorial y ya en 1586 salió una segunda edición, en cuya dedicatoria el autor aprovecha para contestar dos clases de reparos que entretanto se le han dirigido, ambos relacionados con el uso de la lengua vulgar.


Quien se mostró tan comedido en la presentación de sus poesías calificándolas simplemente de “obrecillas” que se le cayeron de sus manos casi sin querer durante la mocedad no se retrae ahora de afirmar con marcado énfasis que él, con este libro, ha abierto para la prosa castellana un camino “nuevo y no usado por los que escriben en esta lengua”, “levantándola del decaimiento ordinario”. Y para este levantamiento estilístico de la lengua nacional, a la que querría ver alzada a la misma dignidad que las lenguas clásicas, fray Luis de León, el primero que en España trabaja la prosa con la ambición de una obra de arte, recurre por descontado a las reglas del arte de la prosa, componiendo la suya a imitación de los modelos latinos de elocuencia, singularmente de Cicerón. Todavía en el siglo XVI se concedía al romance el campo menor de la novela y los amores, mientras que las materias graves, como la teología o la filosofía, seguían reservándose al latín. El mismo fray Luis de Granada, en el llamado prólogo Galeato de 1583, defiende el uso de la lengua común para enseñar a vivir conforme a la religión, como él hizo en sus libros doctrinales, pero la excluye para “cosas altas y oscuras” y “cuestiones de teología”. Para fray Luis de León, en cambio, esta exclusión es un engaño que “ha nacido de lo mal que usamos de nuestra lengua, no empleándola sino en cosas sin ser”. Así, Los nombres de Cristo diserta ampliamente sobre negocios de la mayor sustancia —la persona del Hijo de Dios— y lo hace en romance castellano, demostrando que esta lengua popular, entendible por todos, es apta para tan alto cometido. La elevación del contenido reclama una pareja elevación formal del estilo, en suma, la transformación del castellano de la calle en una lengua igualmente vulgar pero ilustre, estilo desconocido y nuevo en aquel momento, circunstancia que explicaría la sorpresa de algunos objetores que, escribe fray Luis, “hallan novedad en mi estilo” y dicen “que no hablo romance porque no hablo desatadamente y sin orden”.

El tratado ciceroniano que sigue fray Luis más explícitamente es El orador. Allí aconseja Cicerón a quien desee no sólo recte dicere, sino bene dicere, que procure combinar los tres estilos existentes —sencillo, medio y grande— conforme a un sentido del tacto que entre los romanos recibía el nombre de decorum.

El estilo sencillo de la prosa es aquel que, como la lengua coloquial, fluye suelto y natural, sin sujeción a medida, y del que apenas hay que esperar más que respeto a la gramática. Lo prefiere fray Luis cuando se ocupa de exponer didácticamente las escrituras y también en las escasas partes dialogadas del texto. La mayor parte del libro, sin embargo, discurre en ese estilo templado, de dilatados y simétricos periodos, que asociamos al clasicismo renacentista. La prosa entonces corre serena pero exacta, como si se recreara en la limpia armonía del mundo, y transmite ondas de apacible belleza al lector. Este estilo medio persigue persuadir al oyente y deleitarlo con elegancia, mientras que la finalidad del grande o sublime es conmoverlo con violencia de pasiones. El orador sublime, arrebatado por la embriaguez del momento, incurre en desór­denes estilísticos, incluso en inelegancias, pero a cambio logra suscitar una impresión de grandeza por medio de la gravedad de sentencias y de una vehemencia de palabras que arrastran los ánimos del oyente. Y, en efecto, hay algunos momentos en el libro —sobre la belleza de la naturaleza, los juegos y fuegos del amor humano y divino, la figura extática de Cristo— en los que la retórica se inflama por un súbito ardor vivencial y se despliega con una majestuosidad literariamente memorable.


—Pongo en las palabras concierto, y las escojo y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo; y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, así en lo que se dice como en la manera como se dice. Y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide y las compone, para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura. A continuación, Cicerón se ocupa de los elementos fundamentales del ornatus, adorno en el discurso, causante del deleite que produce en el oyente. Primero, el orador ha de producir su discurso practicando una cuidadosa selección de palabras entre aquellas que son de uso corriente en su lengua. En el castellano, Garcilaso había ya realizado, y de modo magistral, ese ideal ciceroniano de naturalidad y selección en la poesía. En la generación siguiente, fray Luis lo extendió a la prosa:

Esta alusión final al “componer” de las palabras sugiere que el ornato del discurso no se agota en la elección de palabras apropiadas, sino que comprende también, en segundo lugar, la artística combinación de ellas conforme a las reglas del arte: de un lado, el recurso a las figuras de dicción y de pensamiento más pertinentes, y de otro, la composición de periodos y oraciones de bellos sonidos y armoniosa estructura (en latín, concinnitas).

Un elemento portador de gran elegancia dentro de la composición es el numerus, término latino que se traduce por ritmo. Designa esa musicalidad emanada por la cuidadosa sucesión de sílabas largas y cortas organizadas en pies. Aunque este efecto melódico es propio del verso, algunos retóricos griegos, como Isócrates, lo aplicaron también al discurso creando así la llamada prosa rítmica, a medio camino entre el verso y la prosa ordinaria, una novedad que Cicerón importó al latín y fray Luis al castellano (cambiando el ritmo cuantitativo por el intensivo o acentual), de lo cual presume abiertamente en la dedicatoria. Ha sido destacado por la crítica el distintivo “metricismo difuso” de nuestro autor, “esa extraña musicalidad acariciadora que brilla en las principales páginas de la prosa del agustino, una fluidez fónica que deriva de una consciente y continua atención a los valores formales del lenguaje” (C. Cuevas).

En la construcción de una prosa romance artística, vulgar ilustre, empresa común a los escritores del siglo XVI, aventaja fray Luis de León a todos sus contemporáneos —incluido el gran precursor, fray Luis de Granada— en la particularidad de que él es, además, un excelso poeta, grave y elevado, provisto de un sentido único para la suavidad de las palabras, sus cadencias melódicas y la concentración simbólica de significado, y esa ventaja comparativa le confiere una posición aparte en la historia de la prosa española. Si fray Luis fue el Horacio de la poesía castellana, como se suele repetir, con igual fundamento puede afirmarse que fue también el Cicerón de su prosa.

Como hombre de religión, su tema de meditación fue siempre la Biblia. Como humanista y clasicista, dominó el arte de la prosa imitando los modelos retóricos latinos. Como poeta, ennobleció la prosa castellana con una elocuencia desconocida hasta entonces. Su obra representa para la historia de la literatura de España lo que la traducción luterana de la Biblia para Alemania o la King James para Inglaterra: la fundación del estilo elevado en lengua castellana.

“Tengo la sensación de que en la actualidad nuestra producción espiritual padece de cierta mediocridad, anemia y pequeñez”. Esta confidencia pertenece al libro En defensa del fervor, del poeta polaco Adam Zagajewski, último premio Princesa de Asturias, quien añade: “Me parece que uno de los principales síntomas de debilidad es la atrofia del estilo elevado y el predominio apabullante del estilo bajo, coloquial, tibio e irónico”.

En su ensayo La inspiración y el estilo, Juan Benet apuntó algunas singularidades de la idiosincrasia española en este proceso general de decadencia estilística. En determinado momento entre el Renacimiento y el Barroco, el literato español perdió el apetito de grandeza, salió del olimpo y cruzó el umbral de la taberna, donde permanece hasta ahora. En el ambiente tabernario, aquel primer estilo elevado, que merece sólo el menosprecio de los buscavidas, pícaros y golfillos que por allí pululan, es reemplazado por el casticismo y el costumbrismo, convertidos en estilo patrio. Al entrar en la taberna, el literato no pretendió otra cosa, según Benet, “que la embriaguez y la delectación en el rebajamiento”.

La modernidad europea, edificada sobre el principio de la autenticidad, despierta una insólita voluptuosidad por una vulgaridad tentadora transformada en objeto de fascinación. Porque, en los siglos anteriores, la cultura había propuesto al pueblo paradigmas de comportamiento virtuoso, dignos de imitación y generalización social, mientras que ahora una autenticidad exagerada alienta al yo a manifestarse públicamente, no conforme al antiguo paradigma de virtud, sino como uno realmente es, en su individualidad verdadera, con lo bueno pero también con lo malo. Y comoquiera que lo bueno ya había sido reiterado por una tradición literaria moralista, la nueva literatura acaba propiciando una transgresora apropiación de las delicias de lo vulgar en nombre de la sinceridad. La nueva religión moderna pone el ser sincero por encima de todo, incluso de ser virtuoso.

En el aspecto literario, nuestro héroe de la sinceridad ya no se preocupa tanto de escribir bien como de escribir verazmente, sin escamotear a la mirada pública nada, ni lo corrompido y abyecto de uno mismo, más bien al contrario, reclamándolo como territorio de exploración, lucha y autorrealización personal, dando pie a una literatura que presume de exhibir los aspectos más degradantes de la condición humana. Y en cuanto al estilo, las viejas reglas de la retórica, que sujetaban artísticamente la prosa a medida, estorban ahora el enérgico desen­volvimiento de un yo libertario, que desea sacudirse viejas servidumbres y busca una forma más suelta de expresión. La prosa se derrama por el papel como un chorro, obediente sólo a la espontaneidad de su autor. El ­anhelo de elevación, constantemente ridiculizado como afectación de pedantes y de “preciosas ridículas”, representa en la literatura contemporánea el papel de la impostura inverosímil, en suma, de la hipocresía. El entusiasmo por lo excelente se resfría y deja paso a nuestro actual escepticismo irónico y descreído. La vulgaridad triunfa y acaba constituyéndose, como se observa por todas partes, en el estado general de la democracia de masas.

Cualquier intento de elevar hoy el estilo requiere un programa completo de reforma de la vulgaridad triunfante. Se dice reforma de la vulgaridad y no su negación, porque, ahora lo mismo que en tiempos de fray Luis de León, cuando humanistas como él fundaron ese vulgar ilustre de las literaturas nacionales, la elevación presupone siempre selección pero también, no se olvide, naturalidad, y el criterio selectivo se ha de aplicar sobre el caudal vivo de la lengua popular y de uso común, si no quiere perderse el contacto con su fuente de vitalidad y producir una prosa de laboratorio, artificiosa. El escritor que se proponga recuperar el estilo elevado en este siglo habrá de arreglárselas para que ese lenguaje selecto, por mantenerse siempre dentro de los límites de la naturalidad, suene creíble y convincente a un oído como el nuestro, estragado por un mal gusto dominante que el auge de lo audiovisual ha convertido en normativo.

¿Cómo reformar la vulgaridad democrática para peraltarla a una posición más elevada? Un empeño de esa naturaleza tendrá que ver con una recuperación de los grandes temas de siempre últimamente olvidados —la metafísica, el ideal moral, la estética sublime—, pero tratados a nuestro modo, evitando buscarlos en las espectaculares figuras del mito o la historia de antaño y privilegiando, en cambio, una grandiosidad sorprendida en la vida cotidiana del ciudadano vulgar y corriente de las sociedades masificadas, llevados por la convicción de que no existe asunto más elevado que la historia de la mortalidad humana, que concierne por igual a todos sin diferencia de clases; ni hay tampoco narración más sublime que la de las aventuras del aprendizaje por cada hombre de su condición mortal. ¿Habrá cantado la literatura universal alguna vez cosa mayor que el drama de nuestra mortalidad doliente, con su dignidad de origen y su indignidad de destino? No: es el asunto elevado por excelencia, superior a todas las tragedias y epopeyas que se hayan escrito jamás.

El actual estadio democrático de la cultura, que segrega una prosa envilecida y torpe, se halla a la espera de algún maestro del arte retórico que, cual León del siglo XXI, contribuya a refundarla devolviéndole la dignidad de gran estilo que un día tuvo y luego perdió.

domingo, 30 de julio de 2017

"Curso para políticos" por Álex Grijelmo



Usted quiere ser político y no sabe cómo empezar. Siente la vocación de servir al pueblo y ha superado la barrera de entrada que constituye el desprestigio general del oficio; pero eso: que no sabe por dónde empezar.
No se preocupe. Lo primero que ha de hacer para convertirse en político es hablar como un político. Cuando se presente en la oficina de admisión de políticos, procure entrar hablando ya de manera distinta a como lo hacen el resto de los españoles.
Los políticos no deben parecer alguien del montón. Y, lamentablemente, ese toque peculiar que los diferencie no lo pueden alcanzar con la ropa, por ejemplo, porque ellos no llevan un uniforme como la Guardia Civil. Tampoco se hacen notar por el peinado, pues no se ha diseñado una línea de moda específica para ellos. Quizás más adelante.
Ahora bien, con el lenguaje es otra cosa. Ahí sí que se pueden establecer diferencias notorias. Por eso cuando usted se presente en la oficina de admisión debe decir cuanto antes “poner en valor”. Con eso le reconocerán sus aptitudes de inmediato.
La gente normal destaca algo, o lo resalta, o le da realce, o lo elogia, o lo revaloriza, o lo muestra con orgullo. Pero eso queda para el pueblo; usted es de otra clase y debe empezar por poner en valor alguna cosa.
El siguiente paso consiste en utilizar palabras largas cambiándoles el acento prosódico. Si oye que por la calle se habla de “la administración”, con acento en la última sílaba, déjese de vulgaridades. Los de su clase deben decir “la ádministracion”, con acento en la primera. Y aún quedará usted más elegante cuando hable de “la cónstitucionalidad”, de modo que el primer impulso de la voz en esa palabra llegue a lo más alto para atraer la atención, y luego decaiga con suavidad a fin de que se saboree cada sílaba de su prosodia.
Pero sólo con eso no aprobará el examen de ingreso. También debe esforzarse por colar cada poco tiempo la expresión “el conjunto”. No importa si el sustantivo que viene a continuación ya implica un conjunto. Esta simpleza expresiva es la de sus administrados, y usted debe distinguirse también en eso. Diga por ejemplo “el conjunto de los españoles”, “el conjunto de los ciudadanos”, “el conjunto de la sociedad”. Si no dice “el conjunto”, nadie le tomará por un político. No caiga en la vulgaridad de referirse a “los españoles”, “los ciudadanos”, “la sociedad”. Qué pobreza, por favor.
Y como conviene alargarlo todo, no diga posición, sino posicionamiento; no diga método, sino metodología; no diga obligación, sino obligatoriedad; no diga motivos, sino motivaciones. Y así hasta el infinito. Ah, y no diga “las fuerzas de seguridad” sino “las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado”.
Alargar sus expresiones hará creer a los incautos votantes que se agrandan sus ideas. El común de los ciudadanos dice “hoy”, por ejemplo. Pero usted, para ser un buen político, debe decir “a día de hoy”. En vez de “eso hoy no es legal”, diga “eso a día de hoy no es legal”. Y no lo sustituya por “hasta la fecha”, “por el momento” o “hasta ahora”. “A día de hoy” es su única opción. No se descuide, esto es fundamental para su carrera, tanto si aspira a entrar en un partido veterano como si ha elegido uno emergente.
Hasta aquí le hemos ofrecido una simple muestra para el ingreso. El curso completo lo puede seguir por Internet con nuestro programa Cómo aprender politiqués en 30 días. Tiene todo agosto por delante.

sábado, 22 de julio de 2017

"La fe de Unamuno" por Rafael Narbona



Miguel de Unamuno fue un heterodoxo contumaz. Nunca buscó la sombra de un dogma que aplacara sus inquietudes. Por el contrario, siempre cultivó la paradoja, la duda, la polémica y la angustia existencial. Desde su punto de vista, la esencia del pensamiento no es la paz, sino la guerra, el conflicto permanente, la beligerancia sin tregua, el choque dialéctico, la autocrítica feroz. La posteridad ha ridiculizado esa actitud, atribuyéndola a un histrionismo hambriento de notoriedad, pero yo creo que la exaltación de Unamuno no nace de un ego desmesurado, sino de una sincera honestidad y un inconformismo irreductible, que le hace preguntarse una y otra vez por el sentido de la vida y el fondo último de las cosas. Ese talante explica su búsqueda de Dios, sus continuas divagaciones sobre el cristianismo, sus fervores y sus perplejidades. Se ha especulado mucho sobre su posición en materia religiosa. ¿Se le puede considerar un hombre de fe? ¿Pertenece al linaje de los místicos? ¿Intentó conciliar el catolicismo con el espíritu de la Reforma luterana? ¿Cómo interpretar su aspecto de pastor luterano, que revela un interior austero y una espiritualidad severa? ¿Era un hereje o un librepensador?

El 6 de noviembre de 1907 publicó Unamuno un artículo esclarecedor en el periódico bonaerense La Nación, que tituló “Mi religión”. De entrada, señalaba que el dogmatismo era el recurso de la pereza y el miedo. Frente a esta claudicación del espíritu, sólo cabe una posición crítica y escéptica. Unamuno aclaraba que ponderaba el escepticismo desde el punto de vista etimológico y filosófico: “Escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado”. Sería absurdo esperar soluciones definitivas en el campo de las creencias religiosas. La expectativa de un orden trascendente nace de un impulso moral, particularmente cuando se asocia a la posibilidad de superar cualquier forma de mal: “El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en sí cuanto cree en él por ser bueno”. La fe crea realmente un orden inteligible que tal vez sólo posea el rango ontológico de los mitos, pero eso no quita ni añade nada a la exaltación del bien y la esperanza. Por el contrario, el que se abstiene de ciertos comportamientos por miedo a un castigo sobrenatural, sólo busca una justificación para su visión del mundo, mezquina e insolidaria. La justificación por la fe no debe interpretarse como una forma de arbitrariedad, sino como una exigencia moral que va más allá de las obras, demandando una motivación verdaderamente ética.

Ante la necesidad de definir su postura en materia religiosa, Unamuno responde con su habitual agonismo trágico: “Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con él luchó Jacob”. Aunque Dios sea incognoscible y quizás una quimera, Unamuno reclama el derecho de aventurarse hacia la derrota. “¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues esta es mi religión”. Ni católico, ni luterano, ni calvinista, ni ateo, ni racionalista. No acepta ninguna de esas definiciones, que eximen de pensar, proporcionando una falsa tranquilidad: “yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy especie única”. La libertad es el rasgo distintivo del que busca insobornablemente la verdad. Unamuno admite que su corazón se identifica con el cristianismo, pero no con las iglesias que administran su legado, descalificándose mutuamente con odio cainita. “Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes”, particularmente cuando condenan y repudian “a quienes no interpretan el Evangelio como ellos”. No le resultan convincentes las pruebas clásicas sobre la existencia de Dios. Se identifica con Kant, que desmontó los distintos argumentos (cosmológico, ontológico, teleológico), sacando a la luz sus paradojas, antinomias y paralogismos. Los razonamientos del ateísmo no le parecen menos inconsistentes, pues reducen el conocimiento a primarias evidencias empíricas que frustran la ambición de una comprensión profunda. No oculta que su fe se basa en la voluntad y el sentimiento: “Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón”. Para no dar pie a malentendidos, añade: “Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos son cuatro”. A pesar de los titubeos, no puede eludir la cuestión religiosa, pues le va en ello su paz interior y la justificación de sus actos. “Quiero saber”, exclama, presumiendo que su anhelo nunca será enteramente satisfecho: “Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma”.

Unamuno desconfía de los que eluden con indiferencia el problema de Dios. Su tibieza le recuerda a los que jamás levantan la voz por razones de decoro. Un pensador no tiene miedo a gritar o a hacer el ridículo. Unamuno sabe que su poesía no es melodiosa, ni grata al oído. Nunca lo pretendió. Sus poemas son “gritos del corazón”, semejantes a los de un padre que ha perdido a un hijo. Y sabe de lo que habla, pues él ha pasado por la terrible experiencia con su hijo Raimundo, fallecido a los seis años a causa de una meningitis. Sus poemas intentan “hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás”. El que inhibe su dolor o estrangula sus gritos tal vez esconde un secreto temor a pensar, a abandonar sus certezas y a quedar a la intemperie, incomprendido de todos. Con admirable humor, Unamuno se anticipa a sus antagonistas, que no aceptarán su interpretación del sentimiento religioso: “Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos”.

El 10 de mayo de 1909 Unamuno publica en Los Lunes de El Imparcial un artículo sobre su particular concepto de la fe, inseparable de su sentir como español. Se titula “El Cristo español” y redunda en su cristianismo afectivo, trágico, donde el sentimiento prevalece sobre cualquier especulación filosófica o teleológica. Cuando un extranjero le comenta que le repugnan los Cristos brutalmente martirizados de las iglesias españolas, Unamuno le contesta que forman parte de la idiosincrasia de nuestro país. España es tierra de ascetas e inquisidores, una nación fronteriza, con un pie en Europa y otro en África. Estamos más cerca de Tánger, donde nació san Agustín, que de París, poderoso foco de laicismo. Aunque nos separe la religión de los habitantes del Magreb, vivimos bajo el mismo sol ardiente y alimentamos pasiones similares, que giran alrededor del dolor y la muerte. Unamuno confiesa que no le gustan los toros, que no frecuenta las corridas, pero que la sangre sobre el albero expresa la tensión dramática de un pueblo incapaz de amarse a sí mismo: “El pobre toro es también una especie de cristo irracional, una víctima propiciatoria cuya sangre nos lava de no pocos pecados de barbarie. Y nos induce, sin embargo, a otros nuevos. ¿Pero es que el perdón no nos lleva, ¡miserables humanos!, a volver a pecar?”. Unamuno proclama que su fe está asociada a la imagen de Jesús en la Cruz, con su terrible carga de sufrimiento físico y moral: “A mí me gustan los Cristos tangerinos, acardenalados, lívidos, ensangrentados y desangrados. Sí, me gustan esos Cristos sanguinolentos y desangrados”. Y añade, notablemente emocionado: “Y el olor a tragedia. ¡Sobre todo, el olor a tragedia!”.

Horrorizado por los razonamientos de Unamuno, su interlocutor acusa a los españoles de rendir culto a la muerte. El escritor responde que no es cierto, que no se exalta la muerte, sino la inmortalidad: “La esperanza de vivir otra vida nos hace aborrecer esta”. Los españoles no conocen la alegría de vivir, “la joie de vivre”. De hecho, esa expresión no aparece en ninguno de nuestros clásicos. En realidad, ese galicismo constituye la negación del sentimiento trágico de la vida, que considera un desdicha haber nacido. El español se odia a sí mismo. Si lo hace de forma inconsciente o instintiva, le convierte en un ser egoísta y abyecto, pero cuando ese sentimiento sube hasta la conciencia y se hace claro, racional, se transforma en heroísmo, abnegación, quijotismo. Ningún pueblo ha asumido esa paradoja de una forma más noble y magnánima, cumpliendo el precepto evangélico que pide negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir al Hijo del Hombre. Unamuno siempre situó a Nietzsche por debajo de Kierkegaard, pues entendía que el verdadero coraje no consiste en rebelarse contra Dios, sino en confiar ciegamente en Él, incluso cuando nos pide subir al Monte Moriá para inmolar a nuestro primogénito. Nietzsche reivindica el gay saber, la alegría de vivir, la ópera bufa, lo solar y luminoso; Kierkegaard desprecia el saber, la alegría y lo cómico. Sólo cree en la virilidad de la fe, que se somete incondicionalmente a la expectativa de un absoluto indemostrable, internándose con paso firme en la noche oscura. Unamuno no se conformó con imitar al filósofo danés, sino que fue mucho más lejos, postulando una fe que asume y soporta el peso de la duda, sin renunciar a Dios en ningún momento. Al igual que Dostoievski, ante el dilema de elegir entre Cristo y la verdad, escoge a Cristo, pues Él es la vida y la verdad. O, al menos, eso quiere creer heroicamente la voluntad, sedienta de vida, de eternidad.

Las nuevas generaciones de escritores apenas muestran interés por Unamuno. Consideran que su estilo y sus ideas pertenecen a otra época, que su obra está muy lejos del mundo actual, movido por otros horizontes y otras prioridades. Poco después de la muerte del escritor, Ortega y Gasset escribió: “La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”. Ese atroz silencio ha llegado hasta hoy.

viernes, 14 de julio de 2017

"La vida exagerada de Lope de Vega" por Mireya Hernández



El 24 de agosto de 1635 Lope se levantó temprano, dijo misa, cuidó de su jardín y se encerró a trabajar en su estudio. Por la tarde asistió a una conferencia de Medicina y Filosofía en el Seminario de los Escoceses, donde ahora hay un hotel y un local de comida rápida, y se desmayó. Le llevaron a su casa y le practicaron una sangría. Al día siguiente escribió un poema y un soneto y recibió la visita del médico. El domingo 26 hizo testamento y se despidió de sus amigos, y unas horas después, la tarde del 27, murió. Las honras fúnebres duraron nueve días. Todo Madrid salió a la calle a despedirle.

Veinticinco años antes compró la que fue su última casa en el número 11 de la calle Cervantes de Madrid, en pleno Barrio de las Letras. "Mi casilla, mi quietud, mi huertecillo y estudio...", decía con falsa humildad del edificio que adquirió por 9000 reales. Allí escribió varias de sus obras más conocidas y vio morir a su hijo Carlos Félix, a su segunda esposa Juana de Guardo y a su último gran amor, Marta de Nevares ("Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa"), que terminó sus días demente y ciega.

La vivienda reconvertida en museo es una puerta abierta al Siglo de Oro y al Madrid del XVII. Visitarla es como viajar en el tiempo, como si al franquear la entrada bajo el dintel que reza "D.O.M. PARVA PROPIA MAGNA/MAGNA ALIENA PARVA" (Lo pequeño, siendo propio, es grande / Lo grande, siendo ajeno, es pequeño), dejáramos atrás una calesa y en nuestros bolsillos tintinearan ducados y maravedís.

Nada más entrar, pasado el zaguán, nos encontramos con el jardín ("más breve que cometa"), un remanso de paz donde Lope pasó muchas horas y a cuyos árboles y flores dedicó algunos versos. Cuatrocientos años más tarde imaginamos que el huerto, el palomar, el corral, el pozo, la parra y el naranjo que plantó en recuerdo de su primera esposa Isabel de Urbina, son los que él veía cada mañana mientras leía su breviario.

En la primera planta se encuentra el oratorio donde celebraba misa; la alcoba donde murió y desde cuya ventana seguía el servicio religioso cuando estaba enfermo; el estudio lleno de libros y pinturas que vio nacer sus mejores obras (Peribáñez, Fuenteovejuna, La dama boba, El caballero de Olmedo, El perro del hortelano...) y donde se reunía con sus amigos entre escritorios, braseros y tapices que le ayudaban a combatir el duro invierno; el estrado de origen oriental decorado en tonos carmesí donde las mujeres se juntaban para coser, rezar o charlar; el comedor con bodegones del Museo del Prado; la cocina que da al jardín y que en otro tiempo estuvo en la planta baja, con un fogón abierto, una alacena y cacharros de cerámica; y la alcoba de las hijas donde tuvo lugar uno de los episodios más dramáticos y dolorosos de su vida: el descubrimiento del rapto de Antonia Clara en el verano de 1634 ("Cubrióse entonces de un humor sangriento / el corazón; las lágrimas heladas / no me dejaban ver el aposento"). Es curioso que la joven de diecisiete años se fugara con su amado nueve lustros después de que lo hiciera su padre con Isabel de Urbina.

En la segunda planta abuhardillada se recrea el cuarto de huéspedes o del Capitán Contreras (uno de los invitados más aventureros que pasaron por allí), la alcoba de las sirvientas y la alcoba de los hijos Lope Félix y Carlos Félix, donde hay una cuna con un cinturón de amuletos para proteger a los niños. En aquella época no había baños, así que los habitantes de la ciudad hacían sus necesidades en un recipiente y por la noche arrojaban su contenido a la calle avisando con el grito de "¡agua va!"

Por esta casa a la malicia donde el 'Fénix de los Ingenios' desayunaba torreznos, una confitura de cortezas de naranja sumergidas en miel y aguardiente, pasaron también cientos de admiradores que iban a alabar su teatro y sus poemas. Fue tal el éxito que cosechó, que la gente le paraba por la calle y le aplaudía. Era frecuente oír "es de Lope" cuando se quería elogiar una obra de arte o destacar las cualidades de un caballo o una espada. La oración de moda durante años fue: "Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y la tierra".


El 'monstruo de naturaleza' como le apodó Cervantes fue el primer escritor profesional español. Cultivó casi todos los géneros literarios de su época, firmó cientos de comedias (se le atribuyen 1500, pero sólo se confirma su autoría en 316) y renovó el teatro reduciendo la estructura a tres actos, introduciendo subtramas, mezclando comedia y tragedia y desobedeciendo la unidad de acción al narrar dos historias en lugar de una en la misma obra. Además, creó los mejores personajes femeninos del Siglo de Oro: mujeres valientes que se saltan las leyes y las obligaciones sociales y que están dispuestas a cualquier cosa para conseguir lo que buscan. Esta especie de superhéroe popular que estiró el tiempo como si fuera un chicle situó el divertimento y el interés del espectador en primera línea, y este le devolvió el favor con creces. Clásico desde su juventud, tuvo un reconocimiento que no ha logrado ningún escritor en los siglos posteriores.
La otra cara de este torrente creador, o precisamente lo que le hizo ser tan prolífico, fue su vida, que parece sacada de una telenovela: enredos amorosos, huidas arriesgadas, hijos legítimos e ilegítimos, muchos de ellos muertos en la infancia; trifulcas con sus contemporáneos, encarcelamiento, hazañas de guerra, destierro de la Corte y del Reino de Castilla, problemas económicos, escándalos, delirios de grandeza, fervor religioso... En Lope todo es excesivo, y ese exceso lo vuelca en su obra, donde da forma a las paradojas y anhelos que le acompañaron durante 73 años. Mujeriego y devoto, liberal y conservador, rebelde y servicial, el dramaturgo brilló hasta el final de sus días y dejó abierto el camino para los que llegaron después.

viernes, 7 de julio de 2017

"Glosa al puntoycomismo" por Carlos Mayoral



Es el punto y coma un signo de puntuación épico, un héroe dentro del amplio abanico de signos de puntuación en castellano. Lo digo así, directo, para dejar claro el tono del discurso.

El punto y coma no es más que ese ente siempre desconocido, que hace de su desconocimiento un arte; ese ente siempre aislado, que hace de su aislamiento un orgullo; ese ente enigmático, como si se empeñara en mostrar solo la patita de la abuela bajo la puerta del cuento. Eso sí, su uso tiende a difuminarse entre la marea de letras que nos invade. No parece bastar para su supervivencia la elegancia de su grafía (;), que combina los dos rasgos genéticos de sus familiares más ilustres: por un lado, la robustez del punto; por otro, la ligereza de la coma. No importa, aun así va desapareciendo poco a poco con cada texto sin nadie que lo remedie. No obstante, su aura permanece ahí, en el corazón de nuestra gramática, esperando a que la subjetividad del escritor decida por él, ansioso por no ser el último de sus hermanos que salga escena. Siempre fue así, hay muchos tipos de pausas: la corta, a la que nos condena la coma; la media, obligada por el punto y seguido; la definitiva, simbolizada con el punto final… y luego está la pausa del punto y coma, que nadie sabe cuál es, pero que es la más refinada de todas ellas. Porque hay veces que la realidad nos pide una pausa sin saber muy bien para qué. Esas son las verdaderas pausas, las provechosas, las que no tienen principio ni fin. Delante de todas ellas, aunque muchas veces no lo sepamos, hay un punto y coma.

Luego está ese plural invariable (la coma, las comas; el punto, los puntos; el punto y coma, los punto y coma), como si una forma valiera por todas. Es como el plural de dios, que en el mundo moderno y occidental pierde sentido. El símil no es exagerado, los puntoycomistas vemos al signo como una especie de deidad a la que tenemos que rendir pleitesía. El propio texto le rinde pleitesía. De hecho, todas las palabras que siguen al punto y coma han de ser escritas con minúscula (excepto, como ocurre con todo en la lengua, en contados escenarios). Esta suerte de humillación narrativa es lo menos que podríamos esperar de una figura tan importante para el castellano como es esta. Su difícil supervivencia responde a un motivo principal: corren malos tiempos para la subjetividad. Es este un mundo marcado por las reglas y, lo que es peor, por la complicidad del habitante del siglo XXI para adaptarse a ellas. El hecho de que el punto y coma ofrezca una cierta libertad es, en opinión de estos párrafos, una licencia que el castellanohablante no está dispuesto a permitirse.

Eso sí, la dignidad de un punto y coma nunca puede ponerse en duda. Por ejemplo, la Real Academia adapta la mayoría de usos de nuestro signo a la utilización de otros signos. Alrededor de este asunto, el puntoycomista siempre encuentra la mirada alta de este signo cuando se enfrenta al Diccionario panhispánico de dudas. Por ejemplo, de su utilización más extendida, la RAE dice: «Separa los elementos de una enumeración cuando se trata de expresiones complejas que incluyen comas». ¿Acaso no queda claro que ceñirnos siempre a la prevalencia de la coma es insuficiente? Un verdadero puntoycomista sabe que hay complejidades (utilizando el mismo término que la RAE) que no caben en una pausa de una coma, como se sugería al principio del texto. Es decir, las reflexiones que más exigen a las meninges salen siempre de un punto y coma, ya lo deja claro el DPD. 

El segundo uso que del punto y coma recoge la Docta Casa es, sin duda, mi favorito. Lo enuncian así: «Se utiliza para separar oraciones sintácticamente independientes entre las que existe una estrecha relación semántica». La relación semántica. Nunca imaginé que a los puntoycomistas nos pusieran en bandeja la razón de nuestras sinrazones. Solo nosotros somos capaces de encontrar la relación semántica que merece un punto y coma. ¿Y qué relación es?, preguntará el lector. ¿Acaso importa? Lo realmente valioso es el fruto de esa relación. La Academia lo sigue definiendo bien: «La elección de uno u otro signo depende de la vinculación semántica que quien escribe considera que existe entre los enunciados. Si el vínculo se estima débil, se prefiere usar el punto y seguido; si se juzga más sólido, es conveniente optar por el punto y coma». Da en el clavo. Ese vínculo sólido es el que mantiene todavía vivo este texto. 

El tercer uso que recoge el diccionario es, quizás, el minoritario entre todos ellos. Se debe colocar el punto y coma delante de ciertas conjunciones (mas, pero, sin embargo; todo adversidad) siempre que las oraciones a las que da paso la conjunción tenga «cierta» longitud. La Academia utiliza ese adjetivo, «cierta», de nuevo colocando sobre las espaldas del hablante el peso de una decisión tan importante como es imponerle una pausa a nuestra vida. Como si no tuviéramos bastante con decidir la velocidad punta, la aceleración, el rock and roll; ahora también tendremos que hacer hincapié en el freno, en la duda, en el silencio. Dado que se trata de conjunciones en su mayoría adversativas, todo puntoycomista sabe que la mejor manera de contradecir algo o a alguien (en este caso, una idea) es colocando un punto y coma sobre su dignidad textual. Es, al fin y al cabo, el sino de todo «símbolo»: «simbolizar» algo en nuestro imaginario. El último apéndice académico referido al uso del punto y coma es un tanto desconcertante. Reza algo así: «Detrás de cada uno de los elementos de una lista cuando se escriben en líneas independientes y se inician con minúscula». Como no tengo ni idea de a qué se refiere, solo puedo decir que pondré punto y coma como está mandado cuando de saltar líneas se trate; de hecho, la mayoría de lenguajes de programación finiquitan sus sentencias con este signo. Alguien debió de verlo claro.

La vida se decide entre silencios. Es tan simple como eso. Mañana, en el fragor de un texto, la quietud de un punto y coma nos hará grandes. Los días son demasiado largos, los textos demasiado rápidos; pero todo puntoycomista sabe que en el espacio que cabe en un punto y coma (ya saben, menor que un punto, mayor que una coma) se esconde la esencia de cualquier épica.

Que se lo digan, si no, a las trece veces que, a través de estos renglones, se dejó ver.

lunes, 22 de mayo de 2017

"Sobre el estilo: Valle-Inclán, Borges, Quevedo" por Rafael Narbona



¿Qué es la literatura? La publicación de la narrativa completa de Valle-Inclán por la Biblioteca Castro ha planteado una vez más una pregunta que tal vez no admite una respuesta definitiva, pero que marca la diferencia entre un texto ordinario y una obra literaria. No sin cierta pedantería, Roman Jakobson habló de una función poética que transforma el lenguaje en hecho estético. Su ejecución consistiría en imprimir al mensaje unas peculiaridades capaces de suscitar emociones complejas, como el placer, el horror, la risa o la ternura. En ese sentido, la literatura es fundamentalmente un artificio. Sabemos que los diálogos de Shakespeare no se corresponden con el habla cotidiana de su época, pero aceptamos que sus personajes empleen el verso blanco porque esa forma convierte lo prosaico e insípido en épico, patético o extraordinario. Los escritores que olvidan esta compostura tienden a incluir en sus obras esos diálogos banales que tanto nos enojan en la existencia cotidiana. Un marido celoso resulta particularmente irritante, pero Otelo, sin lograr nuestra simpatía, nos fascina con su retórica, que escenifica la tragedia del ser humano rebajado a una compulsión homicida por culpa de sus pasiones. Exigir a Otelo que hable como un hombre corriente, significaría arrebatarle su condición de símbolo universal. Paradójicamente, se reprocha a ciertos autores que desplieguen su ingenio, explorando las posibilidades del estilo para urdir personajes y situaciones que trascienden lo creíble y previsible. No me parece justo afirmar que Valle-Inclán solo es un mago del idioma, un prestidigitador con el poder de hacer chisporrotear a las palabras, hechizándonos con frases perfectas, asociaciones inauditas e imágenes deslumbrantes.

Es indudable que Valle-Inclán deslumbra. Como Quevedo o Borges. Quizás ese talento explica las objeciones que aún se esgrimen contra su obra. Algunos han insinuado que la excelencia de su estilo corre paralela a su incapacidad de profundizar en la naturaleza humana. Esa observación –o reproche- no repara en que su estilo es el testimonio de una humanidad irrepetible. La prosa de Valle-Inclán brota de una forma de contemplar e interpretar el mundo. Es la expresión de un carácter, de un genio, quizás de una anomalía. Así como Flaubert es Madame Bovary, Valle-Inclán es el Marqués de Bradomín y Max Estrella, dos magníficos inadaptados que se rebelan contra la mediocridad circundante. El espíritu del escritor gallego se vacía en estas creaciones, pero también en el terrorífico Juan Manuel de Montenegro, que desafía a Dios y a la moral, que no respeta ningún tabú –incluido el incesto- y que convida al Diablo a su mesa, celebrando los siete pecados capitales como gestos de libertad. Podría alegar que algunos mayorazgos se parecían a Montenegro, que Bradomín es un fiel retrato de las perversiones del romanticismo tardío, que Max Estrella encarna el heroísmo de la vida bohemia o que Santos Banderas inaugura el género de los déspotas de América Latina, pero me parece más oportuno señalar que la literatura es forma, artificio, estilo, no psicología, política o antropología. Y el estilo no es un simple adorno, sino la quintaesencia del hecho literario. Detrás de la prosa de Borges, hay un hombre que fantasea con el heroísmo desde el silencio claustral de su biblioteca; un tímido enamorado que elude el sentimentalismo, porque está familiarizado con el rechazo y el desengaño; un erudito que acepta la oscuridad, sin transigir con la autocompasión; un amante de la sabiduría que ironiza sobre los sistemas filosóficos; un hombre que afronta la muerte con una mezcla de estoicismo y fatalismo trágico: “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

Las proezas verbales de Quevedo son inseparables de sus desgracias, que le educaron desde muy temprano en el arribismo, el resentimiento, la ironía y el libelo. Su malicia fluye por un estilo que contagió incluso a sus adversarios. Cuando le llaman “maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres”, copian involuntariamente su talento para difamar y escarnecer a sus adversarios. ¿No se advierte en esta ristra de vituperios el estilo de Quevedo, cuando describe a Góngora como “perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino; / apenas hombre, sacerdote indino, / que aprendiste sin cristus la cartilla; / chocarrero de Córdoba y Sevilla, / y en la Corte bufón a lo divino”? Quevedo no escatima crueldades, ni obscenidades (“el pedo antes hace al trasero digno de alabanza que indigno de ella”), pero su pluma canta con insuperable ingenio la brevedad de la existencia (“soy un fue, y un será, y un es cansado”), la grandeza de la vida contemplativa (“vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”), el declive de Roma (“huyó lo que era firme, y solamente / lo fugitivo permanece y dura”), la muerte de su amigo y protector el duque de Osuna (“su tumba son de Flandes las campañas, / y su epitafio la sangrienta luna”), la ensoñación romántica (“y vi que estuve vivo con la muerte, / y vi que con la vida estaba muerto”), la trascendencia del amor (“polvo serán, más polvo enamorado”) o el triunfo final de la muerte (“vencida de la edad sentí mi espada. / Y no hallé otra cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”).

¿No es una insensatez despachar la obra de Quevedo como simples fuegos de artificio? ¿Se puede separar su genio creador de ese artificio, que revela al hombre, al poeta, al cortesano, al filósofo y al amante desengañado? Del mismo modo, ¿no es una necedad rebajar el mérito de Valle-Inclán, afirmando que su obra no está a la altura de su estilo, que su música verbal solo produce estampas líricas, retruécanos o delicadas armonías? Quevedo, Valle-Inclán o Borges poseen una voz inconfundible. No se puede decir lo mismo de muchos escritores contemporáneos, que se ajustan a una poética tan dogmática como secreta, alumbrada en los talleres de edición de las editoriales, donde se reelaboran los manuscritos para que converjan en una prosa funcional, unos personajes anodinos o neuróticos y una trama sentimental, histórica o detectivesca. Muchas obras parecen artefactos y no creaciones literarias. Valle-Inclán nos legó algo más que frases afortunadas y palabras asombrosamente conjuntadas. Nos dejó una poética y una ética. El esperpento no es una ocurrencia, sino una visión de la literatura cargada de futuro. ¡Cuántos no han fantaseado con el ingenio de Valle-Inclán narrando las miserias de nuestro tiempo! “Nuestra vida es un círculo dantesco –clama Max Estrella-. Rabia y vergüenza”. No creo que esas palabras hayan perdido vigencia. Y, menos aún, su perspectiva moral, que expresa la esencia de la vocación literaria: “Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga”. ¿Qué es la literatura? Quevedo, Valle-Inclán, Borges. Nos enseñaron a conversar con los difuntos, a buscar la belleza en el fondo de un vaso y a escuchar la misteriosa forma del tiempo.

domingo, 21 de mayo de 2017

"Valle-Inclán en la picota" por Rafael Narbona

No descubro nada si apunto que las letras españolas no atraviesan su mejor momento. Espero que los autores contemporáneos no se sientan ofendidos, pero me temo que sería inútil buscar algo semejante a Galdós, Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán. Nos separan más de trescientos años de nuestro Siglo de Oro, pero nuestra Edad de Plata es un fenómeno relativamente cercano. La catástrofe política, moral, social y cultural que representó la sublevación militar de 1936 frustró la continuidad de uno de los períodos más fecundos de nuestra historia literaria, artística y musical. Incomprensiblemente, un revisionismo intempestivo cuestiona el mérito de algunos escritores de esa hornada, atribuyéndoles una excesiva autocomplacencia –que en algunos casos devino en egolatría−, una deplorable torpeza –que bordeó el desaliño− o una imaginación insuficiente –que alentó cierto provincianismo, incompatible con las tendencias más renovadoras de la cultura europea. Se acusa a Azorín de tedioso y apolillado, a Unamuno de exaltado e histriónico, a Antonio Machado de vetusto y trasnochado, a Juan Ramón Jiménez de cursi y sensiblero, y a Valle-Inclán de grandilocuente y pomposo. Ultrajar a los escritores de épocas anteriores es un vicio de las nuevas generaciones, que quizá responde a pulsiones parricidas o una lamentable petulancia. Durante sus crisis de fervor futurista, Marinetti expresó su desprecio hacia los que veneran a sus maestros, reyes o profetas. Cuando un grupo de hombres suplica a Mafarka, su mesías, que abandone su retiro y vuelva a ostentar su cetro, se topa con una reacción inesperada. Colérico y decepcionado, Mafarka se dirige al cabecilla de la expedición, recriminándole su servilismo: «¿Cómo es tu corazón para no haber experimentado nunca el deseo de matarme y ocupar mi puesto? ¿Tan larga es la vida, que quieres desperdiciar la mitad pasándola de hinojos ante mí?»

Jaime Gil de Biedma nunca ocultó su escaso aprecio hacia el Juan Ramón Jiménez modernista, y Andrés Trapiello, barojiano confeso, enjuicia a Valle-Inclán con dureza, aduciendo que su borrachera verbal frustró la creación de personajes e historias creíbles, con interés humano y valor universal. La edición de la obra completa del escritor gallego por la Biblioteca Castro –aún en marcha, pues sólo ha aparecido la narrativa en tres volúmenes− ha reavivado el debate sobre la calidad de sus textos. Algunos lo consideran un clásico indiscutible, que explotó los recursos del idioma para alumbrar un estilo prodigioso, capaz de madurar desde el modernismo inicial hasta la estética del esperpento, donde brilla el genio de Quevedo y Goya, con su visión trágica de la realidad española y su hondo conocimiento del espíritu humano. Otros opinan que sólo es un nigromante que compuso música de violines, pobres caricaturas –nunca caracteres− y vistosas mascaradas. Su teatro, lejos de ser un inspirado eco de los clásicos, sólo es una estridente mojiganga. Algunas biografías incluso desmienten las leyendas que habían circulado sobre su vida, aclarando que no fue un heroico bohemio y un rebelde contumaz, sino un escritor que promocionó sus libros mediante bufonadas.

No puedo estar de acuerdo con este juicio sumarísimo que coloca a Valle-Inclán en la infamante picota. Sería absurdo pedirle que escribiera como Galdós o Baroja, pues jamás pretendió elaborar un retrato objetivo de la realidad. Su propósito era alumbrar un mundo alternativo, estilizado, decadente o grotesco, donde la belleza o el escarnio usurparan el lugar de los hechos. Soñar, fabular, falsificar, parodiar es tan lícito como escarbar en la psique o en los acontecimientos con la perspectiva del historiador o el psicólogo, condicionados por exigencias morales que no pueden transigir con el lujo, la pirueta, la hipérbole o el dispendio. Valle-Inclán es puro despilfarro. Sus frases rebosan como fruta madura que desprende gotas de néctar. Pocas veces ha volado el idioma con una cadencia tan audaz y agraciada como en algunos cuentos de Jardín umbrío (1903) o las cuatro entregas de las Sonatas (1902-1905). Los cuentos de Jardín umbrío componen un ambiente de ensueño, que combina lo mítico y lo refinado, lo arcaico y lo primoroso, lo primitivo y lo delicuescente. Son piezas prerrafaelitas caracterizadas por la delicadeza y la minuciosidad de una tabla flamenca. Su deliberado alejamiento de la realidad es un procedimiento sostenido por el anhelo de perfección estética. «Beatriz» comienza con una memorable descripción:

Cercaba el palacio un jardín señorial, lleno de noble recogimiento. Entre mirtos seculares, blanqueaban estatuas de los dioses. ¡Pobres estatuas mutiladas! Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas. Algún tritón, cubierto de hojas, barboteaba a intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra, con latido de vida misteriosa y encantada.

En unas pocas líneas, Valle-Inclán convoca el misterio de la naturaleza reordenada por el hombre, el silencio conventual de los espacios segregados del fragor del mundo y el esplendor perdido de los clásicos griegos. La belleza no siempre es verdad y la verdad raramente es belleza. Un estilo como el de Valle-Inclán, que se despega deliberadamente de la inmediatez cotidiana, constituye un acto de rebeldía contra cualquier expectativa de provecho. Es puro artificio que repudia la razón, la utilidad y el aleccionamiento. La escena del negro y los tiburones en la Sonata de estío responde al mismo planteamiento. Sería absurdo menoscabar su valor, empleando criterios morales o de verosimilitud:

Los labios hidrópicos del negro esbozaron una sonrisa de ogro avaro y sensual. Seguidamente despojóse de la blusa, desenvainó el cuchillo que llevaba en la cintura y como un perro de Terranova tomóle entre los dientes y se encaramó en la borda. El agua del mar relucía aún en aquel torso desnudo que parecía de barnizado ébano. Inclinóse el negrazo sondando con los ojos el abismo: Luego, cuando los tiburones salieron a la superficie, le vi erguirse negro y mitológico sobre el barandal que iluminaba la luna, y con los brazos extendidos echarse de cabeza y desaparecer buceando.

Sólo es literatura que no necesita justificarse con pretextos espurios. La literatura no es psicología, sociología, ética o historia. Se trata de palabras combinadas de tal manera que adquieren la dimensión del milagro estético. No es necesario apelar a algo externo para lograr la aprobación del ojo crítico. No descansan sobre un fondo oculto, semejante a la caja de un mago, que sólo está al alcance de los iniciados. Es suficiente resbalar por su superficie para apreciar su tensión poética, su calidad sonora, su gozosa gratuidad. La obra de Valle-Inclán es un milagro musical, una dádiva para los sentidos, que en sus últimos movimientos se abre al mundo, buceando en las profundidades de esa realidad problemática llamada España.

Valle-Inclán no merece estar en la picota, sino disfrutar del reconocimiento reservado a los grandes orfebres del castellano. Podría decirse del autor de Divinas palabras lo mismo que Borges afirmó de Quevedo. Sus mejores piezas son «objetos verbales, puros e independientes como una espada o como un anillo de plata». Ambos escritores se preocuparon menos de ser hombres que de ser recordados como artífices de palabras. Nadie debería olvidarlo.

viernes, 5 de mayo de 2017

"Los vapores del vino en la literatura del Siglo de Oro" por José Manuel González de la Cuesta


Hablar hoy, en el siglo XXI, del vino, es entrar en el universo de la gastronomía, convertida en uno de los principales placeres que el ser humano moderno puede alcanzar. El vino, como parte de ese mundo gastronómico marcado por excelentes cocineros, proliferación de establecimientos que ofrecen todo tipo de propuestas diferentes para acercarse a la comida y grandes campañas de marketing que han elevado el arte de comer al Olimpo de nuestra cultura, se ha hecho un hueco en nuestros paladares, después de años de ser considerado una bebida vulgar, en muchos casos asociada a borrachines, y no son pocos los que presumen de tener una buena nariz y los conocimientos suficientes para poder hablar con soltura de este o aquel caldo.
Sin embargo, el vino ha estado siempre presente en la cultura mediterránea como un elemento integrador en la sociedad, públicamente ligado a nuestra manera de entender la vida. Se podría decir que el Mediterráneo y los pueblos que lo rodean no serían lo mismo sin ese líquido divino, sagrado para algunas religiones, que desde hace varios milenos les ha acompañado. No en vano, la invención del vino, durante siglos, fue motivo de disputa entre los cristianos, que reivindicaban la figura de Noé como viticultor que plantó la primera vid por concesión divina del Dios monoteísta, y la tradición grecolatina, que atribuye su invención al dios Baco —Dionisio para los griegos— hijo de Júpiter/Zeus, que regaló a los mortales la vid y su afición al vino. Monoteísmo y politeísmo, las dos grandes corrientes religiosas que han marcado la historia del Mediterráneo, en disputa por el origen del vino, lo que nos puede dar idea de la importancia de esta libación, divina o no, en la culturas mediterráneas.
Pero si hay una época donde el vino figura como una bebida popular es en el Siglo de Oro español, una larga centuria de casi doscientos años, que algunos historiadores fijan entre 1492, año del descubrimiento de América, y 1681, muerte de Calderón de la Barca. El florecimiento de las artes y la cultura hispánica durante este periodo, que abarca toda la dinastía de los Austrias, fue de tal calibre que alcanzó a todas las cortes europeas. Y, sobre todo, fue el gran momento de la literatura española, sin parangón en nuestra historia, con  nombres que han perdurado en la memoria colectiva de la cultura universal. Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, Tirso de Molina, Fray Luis de león, Jorge Manrique, sor Juana Inés de la Cruz, entre un gran elenco de escritoras y escritores que han marcado la literatura de todos los siglos posteriores y, como no podía ser de otra manera, muchos de ellos, autores populares y a pie de calle, han escrito sobre el vino y su trascendencia en la sociedad de la época.
El vino en el Siglo de Oro está tan presente en la vida, además de una manera transversal, abarcando a todas las clases y condiciones sociales, que sería imposible que no hubiera dejado su impronta en la literatura. Es alimento, medicina, diversión, revitalizante, salario, lujuria, pecado, valor… su presencia está tan viva en el día a día de la sociedad que lo convierte en el mayor factor de integración social, junto con la religión, que pudiera existir en ese momento. Quizá quien mejor define su importancia es el médico y paremiólogo Juan Sorapán de Rieros, que en 1615 publica su obra: Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua. Nos habla de lo malo y lo bueno del vino:
El vino trastorna a sus amadores el entendimiento, háceles más
 sin razón que brutos animales: furiosos, ridículos, miserables

habladores, pierden el color del rostro, traen las mejillas

caídas, los ojos ensangrentados, las manos temblando,

inquietos y olvidados de sí propios, hablando mil desvaríos,

descubriendo sus secretos, haciéndoles descompuestas zancadillas

y traspiés, y dándose a rienda suelta tras todo género de vicios

indignos de nombrar a oídos castos…

Para, a continuación, hacer una encendida defensa:
Es alimento saluterizado, calienta los resfriados, engorda y humedece

a los exhaustos, da calor a los descoloridos, despierta los ingenios,

hace graciosos poetas, alegra al triste melancólico, es triaca contra

la ponzoña de la cicuta, restaura instantáneamente el espíritu perdido,

alarga la vida y conserva la salud, hace decir verdades, mueve sudor

y orina, concilia sueño, y, en suma, es único sustentáculo y refrigerio

de la vida humana, así usado como alimento, como bebiéndolo por

bebida o tomándolo como medicamento.

Esta es la gran contradicción que se vive entre los escritores del Siglo de Oro: la defensa, a veces apasionada, de una bebida que era mucho más que un zumo de uvas, y las llamadas al orden sobre sus consecuencias nocivas para quien lo consumía en exceso, aunque lo cierto es que beber se bebía mucho. Tanto que hoy nos asustaríamos de las cantidades que consumían propios y extraños, frailes y curas, nobles y campesinos, soldados y literatos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes.
Aquel año habían cogido tanto vino, que a las puertas que llegaba,

me dicen si quería beber, porque no tenían pan para darme.

Jamás lo rehusé, y así me sucedió algunas veces en ayunas haber

envasado cuatro azumbres de vino, con que estaba más alegre

que moza en víspera de fiesta.
                                                         II Parte del Lazarillo de Tormes (1620), Juan de Luna.

Si tenemos en cuenta que un azumbre equivalía a poco más de dos litros de vino, nos podemos imaginar lo que se echaba el buen Lázaro al gaznate cada vez que salía a pedir. Pero no solo Lázaro, la sed de vino alcanzaba a todos los estamentos, unos como acompañamiento abundante a sus copiosas comidas, los que se encontraban en la cúspide de la pirámide social. Lope de Vega en su obra El Anticristo hace una loa al maridaje del vino y el jamón:

Desde hoy me acojo a un jamón,

pues ya no hay ley que me obligue.

Al vino no se persigue,

esta es famosa invención:

no consentía Moises

que comiésemos tocino, y quien da tocino y vino,

sin duda que buen dios es.
                                                            El Anticristo (1618), Lope de Vega.

Otros, porque no tenían qué echarse al estómago las más de las veces y el vino aportaba valor nutritivo a la dieta: calorías y energía, que hacían de él un alimento básico. Además tenía otras cualidades: a la tropa les infundía valor —cada soldado o marino tenía derecho a medio azumbre diario, en el peor de los casos—; envalentonaba no solo a la soldadesca, también era origen de pendencias y peleas taberneras, de ahí viene la expresión «vino peleón».

En esto desenvainó

espadas el vino e ira;

que uno y otro anduvo igual

porque el vino y los aceros

mientras se están en los cueros,

en su vida hicieron mal,

mas saliendo, es cosa llana

que luego ha haber peleona

                                           Del enemigo, el primer consejo (1634), Tirso de Molina.

A los clérigos, porque rezaban mejor a Dios bajo sus efectos. Quevedo escribe sobre la afición de los eclesiásticos al vino:
Dijo fray Jarro, con una vendimia en los ojos, escupiendo racimos y
oliendo a lagares, hechas las manos dos piezgos y la nariz espita,
la habla remostada con un tonillo de lo caro. Estos santos que ha
canonizado la picardía con poco temor de Dios
.

                                                                              Sueño de la Muerte (1627), Quevedo.

A los enfermos, porque tenían en el vino un reconstituyente medicinal al alcance de todos.

Para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar
en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser,
con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más
eficaz medicina.
                                                 El Gran Señor de los Turcos, Quevedo.

A los viejos, porque suple las carencias de la vida en la vejez.

Después que me fui haciendo vieja, no sé mejor oficio a la mesa que
escanciar. Pues de noche en invierno no hay tal calentamiento de
cama, que con dos jarrillos destos que beba cuando me quiero a costar,
no siento frío en toda la noche.
                                                            La Celestina (1499), Fernando de Rojas (?).

Y a todos, porque les encendía la lujuria que les conducía al sexo, por otro lado, uno de los pocos placeres a los que podía acceder el vulgo. El dramaturgo Salas Barbadillo en 1621 publica La sabia Flora Marisabidilla:

Para entrar en las guerras de Venus no ha armería mejor que la de Baco y Ceres.
                                 La sabia Flora Marisabidilla (1621), Jerónimo de Salas Barbadillo.


El vino, no obstante, también tiene detractores que lo señalaban como el culpable de los males y vicios que tenía la sociedad. Son defensores a ultranza del agua como líquido saludable, que no hace perder a quien la consume la razón.

Bebamos, pues, bebamos;

venga el luciente vidrio cristalino

que la pura y bruñida plata afrenta.

No el oloroso vino

sino el licor que en faz serena y leda

llega a nacer copioso a la alameda.
                                                                     Silva de estíoFrancisco de Calatayud.
Incluso la defensa o el ataque al vino tuvo su manifestación en el ámbito literario y fue objeto de malicia entre enemigos. Góngora, abstemio y detractor del vino, se ríe de Quevedo y Lope de Vega, ambos con fama de borrachines:

Hoy hacen amistad nueva

Más por Baco que por Febo

Don Francisco de Quebebo

Y Félix Lope de Beba.

Versos que no tardaron en recibir respuesta de Lope de Vega:

Tome un poeta al aurora

dos tragos sanmartiniegos

destos que Mahoma ignora

(…)
y podrá de copla en copla

henchir de versos un cesto.

Beba agua, y el día pasado,

hará una copla tan tibia,

que parezca que ha salido

por boca de cantimplora.

Tampoco la polémica es ajena a la Iglesia, que veía en el vino una fuente de pecado constante y alejamiento de Dios. Hay que recordar que la Iglesia era enemiga de cualquier manifestación pagana, como el teatro, los toros, las fiestas, etc., que no estuviera bajo el control de sus dogmas. No obstante, en su propio seno hubo quien lo defendió, siempre que fuese el vino consagrado que se convertiría en la sangre de Cristo, vino con agua, que fue otra de las grandes polémicas de la época entre literatos. El vino es amor cristiano y es caridad, virtud principal que tenía para los reformistas del siglo XVI:

… nuestro Salvador se nos da realmente dándonos su sacratísimo
cuerpo en pan y su preciosísima sangre en vino, y así este precioso
vino de amor transporta a los devotos y los pone fuera de sí
y los deja ser suyos sino deste soberano.
                                                         Diálogo espiritual (1548)Jorge de Montemayor.

Aunque tanto vino en el altar y en los confesionarios a algunos les produjo no poca preocupación, por aquello de que el vino desata la lengua y vieron en peligro el secreto de confesión, dada la afición al morapio de muchos clérigos y otros ilustres cargos de la época:

Sofronio: En el vino está la verdad. Enséñanos no ser cosa segura
a los sacerdotes, ni secretarios, ni familiares de los príncipes
darse mucho al vino, según dicen, por la costumbre de sacar
la lengua todo lo que está en el corazón.
                                                                      Coloquios (1532), Erasmo de Rotterdam.

Hay que recordar que el vino  no se consumía en pequeñas dosis, y que al final un azumbre de vino acaba, hoy y en los siglos XVI y XVII, con tal borrachera que no queda lugar para la razón. Por ello la gran disputa literaria de la época se dirimió entre el vino y el agua.
La sed se quitaba con vino, pues el agua, bastante insalubre, por cierto, se tenía como una fuente de enfermedades, lo que hacía que su consumo fuese muy bajo. Se utiliza para todo, menos para beber, porque estaba llena de defectos:

El agua… es llena de defectos e inconvenientes, al contrario del
Vino, del cual se pueden narrar mil perfecciones.
                                           Diálogo en laudade de las mujeres (1580), Juan de Espinosa.

Lo mismo pensaba la Celestina:

Cada cosa es para su oficio, el agua para lavar el vino para beber.
                                                                        Segunda Celestina (1534), Feliciano de Silva.

Se esgrimen hasta motivos litúrgicos, sagrados, para justificar la superioridad del vino frente al agua:

¿Y qué más autoridad quieres tú para la bondad del vino, sino
que se convierta en sangre de Jesucristo, para saber la ventaja
que en todo hay en el vino?
                                                         Segunda Celestina (1534), Feliciano de Silva.

Por tanto se bebe, puro mejor que aguado. A Sancho Panza, al que Cervantes nunca lleva a la degradación de aparecer como un borracho, a pesar de las grandes cantidades de vino que consumía, solo el vino le quita la sed y, no menos importante, las preocupaciones. Porque este es otro motivo para que hombres y mujeres del Siglo de Oro beban, no tanto para olvidar como para dejar aparcada en el fondo de una jarra una realidad dura, un entorno en el que solo las grandes fortunas, ya fueran nobles o burguesas, podían vivir con comodidad. Al resto solo le quedaba, para ir pasando el día a día, beber, que era, además, alimentarse, desinhibirse y folgar.

Y disparaba (Sancho) con una sonrisa que le duraba una hora,
sin acordarse entonces de nada de lo que había sucedido en su
gobierno. Porque sobre el rato y el tiempo que se come y se bebe,
poca jurisdicción suelen tener los juzgados. Finalmente, al
acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a todos,
quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles.

                                                                            Don Quijote de la Mancha, Cervantes.

Las borracheras son sonadas. No es que todo el mundo fuese beodo a todas horas por la calle, pero las tabernas, que eran sitios autorizados legalmente solo para vender vino, son el centro de grandes y épicas curdas, que podía acabar en peleas de aceros o luchas amatorias. Eran lugares de socialización, con el vino ejerciendo de anfitrión.

Si es o no invención moderna,

vive Dios, que no lo sé;

pero delicada fue

la invención de la taberna,

porque allí llego sediento,

pido vino de lo nuevo,

mídenlo, dánmelo, bebo,

págolo y voime contento.
                                                        Cena jocosa, Baltasar de Alázar.

Se bebe en todos los lugares. La literatura del Siglo de Oro está plagada de referencias a cómo le dan al morapio en otros pueblos de Europa, con un objetivo: hacer ver que en España se bebe decentemente, algo que obsesiona a las clases poderosas y a la Iglesia. A la cabeza de ese ranking de borrachos europeos están los ingleses, capaces de «beberse entero el Canal de la Mancha, si fuera de cerveza o vino», según escribe Francisco de Aldana en Carta jocosa en 1569; los belgas, los franceses, los italianos, todos beben con desmesura, y es que, a pesar de las distancias y las distintas monarquías, la realidad que envuelve a los diferentes pueblos es la misma. En la Segunda parte del Guzmán de Alfarache, apócrifa, este hace referencia a sus amos alemanes:

Mi ama era de nación tudesca y, de ordinario, estaba con la
carga delantera (borracha); los ojos centelleaban como las estrellas;
aunque era muy blanca, el vicio de la invención de Noé la tenía con
algunas rosillas en la cara, especialmente en la nariz. Mi amo, no
echaba de ver el vicio, porque pudiera ser el inventor del licor de
cepas. Y como entrambos eran cófrades de Baco, de ordinario tenían
la del velo negro (bodega) bien proveída y mejor visitada.
                                   Segunda parte del Guzmán de Alfarache (1602), apócrifa.
Sin embargo, en España no se andan a la zaga, y el lamento de la desmesura bebedora de los españoles está patente en detractores del vino, como Juan de Espinosa en 1580:

… que no sólo no tienen por vituperosa la borrachez, mas aún peor,
que bestialmente se honran y precian della.

Y en gloriosos bebedores como Quevedo:

Honrados eran los españoles cuando podían decir putos y borrachos
a los extranjeros, mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya
en España ni el vino se queja de mal bebido, ni ellos mueren de sed.
En mi tiempo no sabían por dónde subía el vino a las cabezas, y ahora
parecen que beben hacia arriba.
                                                                     Sueño de la Muerte (1621), Quevedo.

Por tanto se impone beber con moderación y para ello qué mejor que aguar el vino, para evitar desvaríos etílicos y aprovechar sus beneficios salutíferos.

Los provechos del vino y sus daños corren a las parejas, y todo consiste
en la moderación de su bebida y en la templanza que recibe mezclado
con agua.
                                                                El tesoro (1611), Covarrubias.

Don Quijote le dice a Sancho que no se exceda bebiendo, algo que el escudero no siempre cumple:

Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda ni cumple palabra.

Pero el vino aguado no gusta a todo el mundo, y era, además, la excusa perfecta para que los taberneros aumentaran sus ganancias. Así, no pocos son los que denuncian estas prácticas de adulteración del vino ahogándolo en agua. Salas Barbadillo, en La sabia Flora, explica cómo el agua que piden los danzantes la recuperan en las tabernas:

Por hacerse ligeros

los vientos beben,

mas con esto no matan

la sed que tiene.

Toda el agua que sudan

por dar sus vueltas,

en el vino la cobran

de las tabernas,

porque los taberneros

de nuestro siglo

han hecho maridaje

del agua y vino.
                                               La sabia Flora (1621), Salas Barbadillo.

Por último, habría que hacer una reflexión sobre el trato que da la literatura a la mujer en relación con el vino. Teniendo en cuenta que a las mujeres les gusta beber igual que a los hombres, en los siglos XVI y XVII la moral católica vetó toda exhibición pública de sensualidad, y esa faz carnal y externa del vino. La mujer tenía que ajustarse al modelo que la Iglesia había reservado para ella, y si bebía (estaba prohibido que lo hicieran antes del matrimonio) era presentada como borracha y degradada por el vino, ligada al mundo de la prostitución, para oponerla a la mujer española ejemplar, que nunca bebía y era recatada y sumisa. Machismo misógino que tiene a las mujeres abajo en el escalafón social. Hay una intención de clase al hablar de la afición desmedida al vino: pícaros, mendigos, villanos, labradores, mujeres, etc. Y si era una vieja, puta y bebedora, la misoginia llega al paroxismo. Veamos un ejemplo del Cancionero de obras y burlas provocantes a risa, publicado en 1519, en el poema: «Del ropero a una mujer gran bebedora»:

Puta vieja, beoda, loca,

que hacéis los tiempos caros,

eso me da besaros,

en el culo que en la boca.

La viña muda su hoja,

y la col, nabo y lechuga,

y la tierra que se moja

un día u otro se enjuga.

Vos, el año entero,

por tirarme allá esa paja,

a la noche sois un cuero,

a la mañana tinaja.

Es el vino, por tanto, en el Siglo de Oro una presencia constante en la vida, que la literatura recoge en toda su extensión, para dejar testimonio de esa sociedad, que vive en una contradicción permanente: pertenecer al imperio más grande jamás conocido hasta la época y ver como no es depositaria de ningún beneficio por ello. Y qué mejor que un buen trago de vino para alegrar la vida y encontrar el amor, porque, al final, este es un regalo que la naturaleza nos ha ofrecido y Noé o Baco nos los han servido en copas de plata para nuestro disfrute.

¡Válgame la Cananea,

y qué salado está el mar!

¿Donde Dios juntó tanta agua,

no juntara tanto vino?

Agua salada, extremada

cosa para quien no pesca.

Si es mala el agua fresca

¿qué será el agua salada?

¡Oh, quién hallara una fragua

de vino, aunque algo encendido?
                                                          El burlador de Sevilla (1630), Tirso de Molina.