martes, 21 de noviembre de 2017

La muerte en bermudas (capítulo I)




I.                    La muerte en bermudas.
En la sala donde encontraron el cadáver, se respiraba silencio y aspereza. El ambientador de frambuesa endulzaba la pestilencia de las vísceras aún calientes. Una joven sin mirada yacía sobre una mesa de matarife. El asesino la había colocado allí con medida crueldad: el crimen debía contemplarse como las reliquias, con comodidad y reverencia. La abuela de la víctima encontró a su nieta en ese altar: derrengada sobre la madera, con las tripas fuera y los ojos pegados a las vigas del techo. El secretario del juzgado, como un turista en la India, se echaba la mano a la boca, con reparo poco habitual en un registrador de la muerte. Se apreciaba en sus gestos una repulsión extraña para quien trastea con cadáveres.
 “Prueba en un pueblo. Verás cómo nunca ocurre nada: todas las mañanas pasa la muerte por delante de las puertas sin que nadie le preste atención. Allí está de más el asesinato. No es necesario. En cuanto te instales en uno de esos lugares olvidados por el correr de la sangre, recuperarás los nervios y la sombra. Nunca ocurre nada: las horas pasan tan lentas que es necesario avivarlas con un abanico para notar su aliento”.
Cuando vi el cadáver de la chica, recordé las idioteces de Servando. La muerte siempre llama la atención, ama el protagonismo y le da igual el escenario. Le pone que la observen en sus más descaradas poses. La muerte no pasa inadvertida, ni siquiera en un pueblo sepultado bajo campos abrasados. Allí estaba, frente a mí, obscena, profanando el cuerpo de una adolescente que abría su vientre de par en par como un baúl revuelto.
Era mi primer caso en el nuevo destino -buscaba un refugio donde aletargarme con las palomas y los barrenderos en los amaneceres del verano-. Ni una semana llevaba en el pueblo cuando comprobé lo poco que sabe Servando sobre la muerte y sus costumbres. No esperó mucho tiempo para presentarse con el mismo descaro que en Madrid. Volví a encontrarme con ella y con su insoportable manía de incordiar.
Esa misma mañana me había resistido a la sed de alcohol. Salí del bar mucho antes de lo que pedían mis temblores de manos -y no soy yo de tópicos-. El cielo recién estrenado me recibió con entusiasmo. Solo se oía en la calle el rumiar del carro del barrendero y el zureo de las palomas. Una de ellas presentó sus credenciales sobre mi traje de lino y me condecoró el hombro con una gelatina que estuvo a punto de provocar mi vuelta al Miami, pero me contuve. Pasé mi pañuelo de tela -sí, todavía los uso- sobre la cagada. Quedó un leve rastro que borré empapando el moquero en saliva sin aguardiente.
            Me equivoqué con el café con leche. Siguiendo los consejos de Servando, no busqué la barra del bar para curarme del resto del día. “La España negra y profunda ya no existe. Es un invento de los medios para vender noticias. El pueblo no te tirará asesinatos a la cara, ni querellas envenenadas, ni corruptelas políticas; como mucho te darás con peleas de mozos, accidentes de tractor, alguna que otra mujer maltratada o inmigrantes apaleados por el aburrimiento del fin de semana. Nada que pueda quitarte el sueño durante mucho tiempo. Las tragedias rurales no se te meterán entre los dientes como las hebras de esas carnes fibrosas y urbanas de las que cuesta librarse”.
Era lunes, llevaba en el pueblo una semana y, confiado en las promesas de Servando, esperaba no toparme de nuevo con los escenarios de la gran ciudad. Hui del Miami. Una semana resistiendo los copazos mañaneros era todo un logro para alguien que comenzaba a parecerse demasiado a un personaje de telefilme de serie “b”. No solo había dejado los juzgados de Plaza Castilla, también la imitación del mal cine. Me empeñé en abandonar antiguos vicios, todos, sin excepción. El ascetismo era la solución para aliviar los avisos de mi hígado y de mi mal gusto televisivo. El ascetismo, ahora tenía la ocasión de experimentarlo, alejado de los compañeros del juzgado, sin pareja, solo, en busca de expiación. Una alternativa para cambiar mi perfil de personaje plano.
No me vino nada bien estar sobrio en el lugar del crimen. El paisaje era tan desencantador como en la capital, solo que aquí sí pude adentrarme en el espanto de la mirada, en los arañazos de los brazos, en los cardenales del  cuello y de los muslos, en las entrañas aireadas sin pudor, en el trapo cubriendo el sexo… Hacía muchos años que no veía un cadáver con tanta claridad, que no me detenía en tantos detalles, que no sentía pasar la saliva tan espesa. No lo esperaba. Esta iba a ser una vida nueva, pero no.
La muchacha, con los ojos abiertos por el espanto, miraba el techo con  arrobo de beata, extática, tendida sobre una madera maltratada por el cuchillo y el soplete. Recordé el testimonio de un matachín de cerdos del barrio de San Blas que desolló a su esposa porque sentía nostalgia del oficio perdido. Hacía ya muchos años de ese caso. Mis percepciones dolían, eran demasiado precisas. No me nublaba la vista el alcohol ni el humo del tabaco. Solo había tomado una magdalena remojada en café con leche. Me enredé en el cabello rubio de la chica, en sus pestañas rizadas, en sus ojos transparentes, en los labios de corcho, en el cuello magullado… Reparé hasta en el rastro de las lágrimas que le habían corrido por las laderas de la nariz.
Intenté pasarle el caso al juez interino. No fue posible. Yo estaba empachado de sangre, pero el asunto era muy delicado para que lo instruyera alguien que trabajaba a tiempo parcial.
Ante la ausencia del médico forense, el secretario y yo nos enfrentamos solos a la escena del asesinato. Demasiada crudeza para él: se sujetaba la tembladera en la manga de mi americana. Me contó entre dientes que esperara poca cosa del médico, que ojalá enviaran a alguien de la capital. El secretario no confiaba en él, “será mejor que tomemos nota nosotros si queremos acabar con esto”. Me ofreció todo su apoyo profesional con la voz quebrada. Quería sentirse protagonista de una serie policíaca y quería pensar que, en cualquier momento, el director pronunciaría la palabra “¡corten!” con la que salir de allí a escape para celebrar la primera toma. La espantosa realidad enturbiaba su actuación: le temblaba hasta el hígado y tartamudeaba. Un mes antes yo no habría reparado en su estado y habría delegado en él para que me describiera las lesiones de la chica, pero me encontraba demasiado sobrio. A mí también me abrumaba la imagen de la adolescente despanzurrada.
Le pedí un cuaderno y un bolígrafo. Tardó en traerlos una eternidad y, al entregármelos, se le cayó la libretilla sobre el pecho de la joven, que alguien pudoroso –posiblemente la abuela- había cubierto con un mandil. El secretario no soportó el accidente. Se largó de allí entre sollozos, tapándose la cara y temblando como si fuera la primera vez que palpara un cadáver.
La frialdad de la piel muerta siempre impresiona. Es una experiencia que perdura con más insistencia que la vista de cualquier atrocidad. El tacto de la muerte se pega a los dedos y la desazón no desaparece con solo lavarte las manos. Es como si dejara un recado en la caricia: “Pronto llegaré para besarte y, con suerte, follarte”. Siempre que toco la piel de un cadáver, entablo una relación íntima con quien forzará mi destino, alguien que no acierto a definir y que sé que un día u otro me poseerá con violencia sobre mi cama o, peor, sobre las sábanas acartonadas de un lecho de hospital.
“Tatiana llegó al pueblo hace bastante. Era una muchacha rusa que terminaba sus estudios de bachillerato con escasos contratiempos. Su familia y ella llevaban en España más de ocho años y hablaba perfectamente nuestro idioma”. Esas fueron las primeras noticias que tuve de la chica, farfulladas con atropello de actor novel por el secretario, antes de abandonar el escenario del crimen entre gemidos. Él la conocía. La observaba de reojo sin detenerse en su rigidez ni en la atrocidad del vientre abierto. A pesar de querer convertirse en actor, el secretario se escondía por pura aprensión. No podía soportar el cruce de miradas con la muerta, como si estuviera frente a su actriz de culto. Yo estaba pendiente de todos estos gestos, a la vez que examinaba las heridas de Tatiana. Sin embargo, no me sentía seguro de mi labor. El escalofrío de la muerte atravesaba mi columna con total profesionalidad, como un cirujano viejo que abre por enésima vez el cuerpo de un enfermo terminal.
Es difícil digerir situaciones así sin la ayuda de estupefacientes. El insolente proceder de la muerte me echó de Madrid para abrazarme en el exilio. Sería complicado mantener la entereza y soportarla de nuevo: las noches mordidas por el insomnio, las mañanas arañadas por las cavilaciones y los remordimientos, los desgarradores dolores de cabeza. Al acecho, los cubos de alcohol y los somníferos.
“La madre de Tatiana no vivía con ella durante los días laborables. Trabaja en una ciudad costera y solo reside en el pueblo los fines de semana. El padre nunca salió de Rusia y su abuela, con la que más tiempo pasaba la chica, fue trasladada a un hospital próximo, destrozada por la tragedia”. El parte del secretario -a pesar del nerviosismo- se ordenaba con precisión de relojero. Me lo dictaba sin asomo de retórica y sin caer en la trampa de los plomos policiales.
Cuando al día siguiente recibí el informe del propio Luis Felipe Capacho, me desconcertó el cambio de estilo. La redacción no parecía proceder de las manos que recogieron la libretilla del pecho del cadáver. El tono era muy distinto. Al pasar a la descripción de las lesiones, Luis utilizaba un estilo muy propio para la loa de las damas de honor, pero no para la burocracia judicial. No en vano era el poeta señalado por el pueblo. Se esmeró en la descripción del rostro de Tatiana, porque para él la muerte de la rusa representaba algo más que una mera instrucción. Avisado de mi afición literaria, el joven secretario me mostraba lo mejor de su pluma: acudió al ripio y a los tópicos bucólicos sin ningún rubor y con la mejor de sus intenciones. Así como en la escena del crimen se escondió tras el espíritu televisivo, en la expresión escrita abandonó este papel para someterse a los mandamientos de su profesión, a sus pasiones y a su afición manifiesta por las coplas en honor a la patrona.
Luis Felipe no mencionaba el enorme boquete por donde rebosaban las entrañas de la rusa. Pasaba por alto la crudeza de la escena. No se atrevía a describir aquella atrocidad porque no se ajustaba a la adoración que transmitía su lírica. El informe no servía para la instrucción, pero sí para participar como representantes del juzgado en los juegos florales del Ayuntamiento. El texto estaba acribillado por los signos de exclamación y las palabras altisonantes. La fuerza del ripio desnaturalizaba el escenario del crimen.
Luis Felipe andaba enamoriscado de Tatiana -ella rozaba los dieciocho años y él no tenía más de 27-. El secretario colaboraba a menudo en la redacción del libro de las fiestas y quiso mostrarnos su dominio de la rima a mí y a la rusa -de forma póstuma-. El informe era todo un panegírico dedicado a la amada muerta. Un tema de lo más clásico en el mundo de la literatura, aunque vulgarizado por la pompa, los tópicos y el artificio.
En cuanto pude, abandoné el salón donde yacía el cadáver. Las vigas de madera crujían avisándome de que me encontraba solo. Luis Felipe había huido entre sollozos. El médico no había llegado todavía y la guardia civil ordenó que nadie molestara al nuevo juez hasta que no finalizara la inspección. Tomé nota de poca cosa. Estaba demasiado despierto para enfrentarme a la realidad y había perdido la costumbre. Me asustó sumergirme solo, sin ayuda, en la tragedia de aquella chica, con los sentidos irritados por la crudeza de la percepción: oía el gemido de las vigas; olía el caldo del ambientador de frambuesa mezclado con el vapor de las vísceras; veía las muescas de los machetes en la madera, las lágrimas secas estampadas en las mejillas; y palpé de nuevo la piel muerta. Su tacto me despertaría por la noche para hundirme en el desasosiego, en un duermevela permanente que me poseería sin mi consentimiento y me llevaría a las profundidades del insomnio…
Apenas tomé algunas notas vagas. Salí de allí sin atender a los requerimientos de guardias y curiosos que esperaban en la puerta. Di permiso a la guardia civil para que analizara el lugar del crimen. Les pedí que llamaran con urgencia al médico y pregunté a los empleados de la funeraria si llevaban la bolsa reglamentaria para trasladar el cadáver hasta el depósito. Me miraron como dos colegiales a los que se les hubiera cogido en falta.
-¡La bolsa, coño!, ya te dije que se nos olvidaba algo -volvieron al coche fúnebre y salieron derrapando hacia un destino desconocido.

Al día siguiente, sin apenas haber dormido, recorrí las calles del pueblo de arriba abajo, sometido a las mismas angustias que me empujan siempre a los mismos sitios. Pasé por delante del bar Miami, pero había que huir de la tentación. Busqué un refugio ascético.
Casi me había salido del pueblo. Diez minutos andando y ya las viviendas escaseaban. Salí a un campo abierto, expuesto al sol con el mismo impudor que el vientre de la rusa. Seguí la umbría de un camino bordeado de cipreses hasta desembocar en la entrada del cementerio. De los muros encalados colgaban coronas de flores marchitas que recordaban a antiguos fusilados sin olvido. Traduje el lema latino que flanqueaba la cancela: “Por esta puerta se pasa a una nueva vida”. La muerte me acompañaba a todos lados: desde el principio, me abordó con descaro en un caserón con olor a frambuesa; y, ahora, ululaba en el cementerio, entre las ramas de los cipreses. La leyenda de la puerta se mofaba, sin lugar a dudas, de mi ascetismo.
Volví sobre mis pasos. Era inútil seguir un camino que conducía a una infinita paramera de rastrojos. Se imponía el regreso al alcohol. Las circunstancias no acompañaban a la regeneración. La muerte y el paisaje se reían de mis proyectos de cambio. Alguien con mucha retranca, no cabía duda, había grabado en el cementerio la inscripción en latín con muy mala intención: “Hic novae vitae porta est”. Humor negro y lenguas muertas, dominio de esos lugares donde nunca pasa nada. Alguien se burlaba de mi destino. Un hado o un guía turístico jugaba conmigo y preparaba bromas de mal gusto en las puertas de los camposantos.
Y pese a todo, resistí. Al entrar de nuevo en el pueblo, me topé con una fachada que me iluminó: los colores de la bandera francesa rompían la monotonía del paisaje para apoyarme. La recaída en el alcohol se veía postergada por el anuncio de una barbería. Sobre la puerta destacaba el clásico cilindro de peluquería, dentro del cual giraba mareante la espiral del blanco, el azul y el rojo. Una invitación para entrar en un refugio donde adecentarme y salir nuevo al mundo. Entendí el signo de inmediato, para algo me habían servido mis pinitos en semiótica trascendental -otra ocurrencia de mi colega Servando, la de inscribirnos en cursos de verano a los que solo acudía yo-. El mundo nos ofrece en cada esquina algo que descifrar, una señal que concierne a nuestro destino. Así suelo ver yo la vida desde que asistí a ese cursillo de semiótica: como una página cifrada en la que está descrito el camino, solo hay que empollarse el código de la circulación trascendental para estar atento a los cruces con trampa y a las curvas sin peralte. Con quien no contaba era con el bufón trágico que me perseguía sin piedad.
La espiral tricolor que subía y bajaba sin interrupción ocultaba un mensaje: nada se destruye, todo se transforma, todo gira en el interior de una cápsula cilíndrica, dios es un barman nihilista que agita un cóctel cromático… Todas estas explicaciones y alguna más le encontré al anuncio de la barbería. Luego las apliqué a la circunstancia: no podía rendirme, debía seguir con mi propósito de cambio, debía aprovechar esa peluquería redentora y tomarla como el Leteo, el río mítico donde se bañan los héroes para ahogar en el olvido sus preocupaciones. Era necesario sumergirme allí para limar las costras del sol y aligerar la cabeza del peso de la muerte.
Esperaba encontrar en la peluquería a un barbero viejo, charlatán y bonachón, que con sabiduría supiera amueblar la conversación y dedicarme unos minutos de compañía que me venían haciendo mucha falta. Un demiurgo-rapador al que entregar mi cabeza para que la purificara y la despejara de la maleza que la cubría. Decidí afeitármela para comenzar con un aspecto nuevo y animarme a partir de un cambio revolucionario de mi físico.
En el estrecho habitáculo, apenas había sitio para una mesa camilla, un perchero, un sillón de barbería y la nariz de cuervo de Mario Vélez, un peluquero que recibe a los clientes con la humillación propia de las aves carroñeras cuando escarban entre las vísceras. Nadie esperaba turno, tampoco el viejo que apoyaba los codos en la mesa y me observaba de reojo.
-¡Buenos días!, este no va a raparse –me anunció Mario-. Solo viene aquí a alcahuetear.
El amigo del peluquero se entretenía con una revista que le regalaba chicas desnudas, arrugadas por la antigüedad del papel. Marcos alternaba la atención entre la foto de una rubia que en la actualidad andaría por los 60 y el nuevo cliente que acababa de entrar, avejentado también por el manoseo de la tragedia y el vicio -yo mismo-. El nacimiento del pelo casi se fundía con sus cejas, lo que le daba un aspecto aún más silvestre que el del propio Mario. Ese detalle terminó de animarme al rapado completo.
-Pero, hombre, ¿cómo va usté a presidir los juicios así? Permítame que le haga un arreglo de navaja y verá qué bien le queda.
-¡Ah!, ¿me conoce?
-Hombre, claro. Es usté don Javier Castrado, el nuevo juez, el que va a lidiar con el asesinato de la rusa. No somos muchos aquí, ¿sabe? Las noticias vuelan.
-Ya, ya veo.
-Entonces, ¿no lo rapo al cero, verdad? Con ese traje claro tan elegante no le pegaría nada ir así. Además, le quitaría prestigio.
¡Que me quitaría prestigio ir rapado!, no era mi día de suerte. En mi ensoñación esperaba encontrar un hombre sabio, prudente, un guía espiritual al que seguir. En cambio, las palabras del barbero enseguida me despertaron del sueño mitológico para devolverme de súbito a la grosera realidad. Quizá lo respetable para él era la cortinilla con la que intentaba cubrirse la calavera sin conseguirlo: cuatro pelos aceitados que le atravesaban la calva para disimular la alopecia y la decrepitud. El guardián mitológico del Leteo era un personaje de cómic.
El viejecillo de la frente escasa seguía en la silla de anea sin decir nada, sonriendo entre dientes. No sé si a causa de la lubricidad de la revista o imaginando a los reos muertos de risa ante un juez con el cráneo liso. Sobre la cabeza de Marcos Rémora, una imagen de la patrona del pueblo y un póster ahumado de la selección española de fútbol disimulaban las mataduras de la pared.
A la conversación le restaba gravedad el elevado volumen del radiocasete. La música sincopada de la máxima actualidad discotequera intentaba modernizar el estado de ruina del local. Me hacía sonreír mi imaginación: veía al peluquero y a su amigo -cuando faltaran los clientes- convulsionándose al son de los ritmos juveniles, que hacían vibrar al aparato sobre el dintel de la ventana. 
-¡Que me rape, haga el favor!
-El señor manda, pero si va a parar mucho por aquí, le repito que yo no lo haría.
Ni mi tono más autoritario -con el que solía acallar a los acusados más débiles-, ni la violencia de una nueva pieza de percusión cibernética fueron suficientes para detener la cháchara del barbero.
-¿Y qué me dice de esa muchacha?, ¡menuda desgraciada!
-Pues no le digo nada, porque los casos en los que trabajo no los voy comentando por ahí.
-No se preocupe, ya le digo yo. En cuanto amaneció por el pueblo, ya sabía que no iba a terminar bien, no. ¿Es así o no, Marcos, lo dije o no lo dije? –el viejo asintió con indiferencia y pasó la hoja de la revista con dificultad, forcejeando contra la humedad y el tiempo para disfrutar del póster central-. Estas extranjeras que amanecen por aquí no se dan cuenta de que trastornan al personal. No estamos acostumbrados a las rubias naturales y menos de esa altura, ¿es verdad o no, Marcos? –sonrió con la complicidad del amigo, mientras seguía sonando la cacharrería de una música estrepitosa que apenas permitía entender lo que se hablaba.
-¿Qué quiere decir, que cuando aquí no están acostumbrados a algo se lo quitan de en medio?
-No, hombre, no. No me entienda mal. Aquí nunca ocurre nada de eso, ¿verdad, tú? Aquí nunca ocurre nada. Del último suceso casi no me acuerdo, aunque también fue sonado, sonado, y también asunto de vientres. Fue lo de Justo, el otro barbero.
-¿Qué le ocurrió?
-Justo es sordomudo, pero hablaba por los codos, como le digo, por los codos. No paraba de chapurrear, gesticular y hacer el indio para que lo entendieran. Se le iban los parroquianos porque cascaba como un demonio con ellos y con su mujer, que es también sordomuda, y siempre andaba por la barbería. ¡Pues no me hice yo con clientes suyos!, ¿verdad, Marcos? –el viejo ni siquiera se molestaba ya en asentir, aunque seguía la conversación, por lo que yo podía ver a través del espejo-. Entre la tabarra que les pegaban el sordomudo y la cansina de su mujer, los clientes fueron huyendo de la barbería con poco disimulo. A Justo le gustaba ir de putas y a ellas también les ponía la cabeza como un bombo. Eso me lo han confirmado, no ellas (que no las trato), sino puteros que las conocen. Al mudo no se le entiende nada de lo que rumia, pero él cree que sí.  Bueno, pues su mujer se enteró de que lo engañaba y de que se gastaba lo poco que sacaba de la peluquería en los puticlubs. Una tarde, ella esperó a que se fuera el último parroquiano y sin decir ni “mu” se tiró sobre su marido y le clavó unas tijeras enrobinadas en la barriga. Las sordomudas son muy traicioneras, ¿verdad, tú?
-¿Y murió?
-No, ¡qué va! Solo le hizo un agujero en el mandil y otro en la tripa que le sirvió para no cascar tanto y para no follar. El mudo volvió estéril a la barbería, por lo de la infección y, eso sí, más callado. Desde entonces el muy cabrón me roba la clientela. Todos van a verlo para enterarse del chisme y por reírse de él, y ahora que quieren que les hable, aunque sea por señas, Justo calla y se enfada cuando le nombran a la parienta. Hasta este estuvo rondando por allí, ¿es verdad o no?
-Muy poco –salió de su mutismo Marcos, cuando Mario comenzaba a enjabonarme la cabeza para despojarme del último rastrojo que había quedado tras el paso de la maquinilla. Vi al hombre sin frente en el espejo y no me arrepentí de mi decisión.
-Pero aquí no andamos matando gente, ni extranjeros, ni siquiera sordomudos. Para que se haga una idea: a mí me joden los granos, les tengo un asco que no los puedo ver; y siendo barbero, tienes, quieras o no, que lidiar con ellos. Algunas veces, cuando afeito a navaja, me encuentro con uno de esos de cabeza amarilla. Los veo muy de cerca y aumentados por las gafas. No lo aguanto, me dan ganas de rebanarles el pescuezo a todos los que el pus está a punto de reventarles la piel. Y ¿lo hago?, pues claro que no. Me guardo las ganas porque arruinaría el negocio y porque uno tiene sesera y sabe que no puede ir cortando pescuezos por mucho asco que le den los granos. Uno tiene principios y sabe atarse los machos y así ocurre con casi todos los que vivimos en este pueblo. Lo que pasa es que a uno no lo pueden estar provocando de contino: no sería de ley que por conocer mi manía, todos los chavales con granos reventones se plantaran aquí para que yo rabiara al afeitarlos. Llegaría un día en que tendría que abandonar el oficio o si no, al final, a alguno le pasaría la navaja barbera por el galillo. No se puede andar achuchando los malos instintos de la gente. Todos los tenemos. Hace falta cuidar las formas para no prenderlos. Este pueblo ha sido siempre muy tranquilo hasta que empezó a venir gente extraña, empezando por los mudos. ¿Es así o no, tú? -Marcos seguía empeñado en la operación de separar las páginas de la revista.
-Explíquese mejor, me he perdido.
-Estas extranjeras pervierten a nuestras muchachas y marean a los hombres, bueno, ellas, la televisión, los móviles y el internet. Los varones tenemos esa querencia que nos empuja hacia las mujeres (como el que a mí me empuja a cortar el cuello de todos los que tienen granos), y nos la aguantamos hasta que no podemos más. Tenía que haber visto a la rusa pasar por aquí: menudo buche y menudas ancas. Me sacaba una cabeza (a este, tres) y siempre con unos leotardos bien pegados a los muslos, que le marcaban hasta el apellido. Con 18 años sin cumplir, ¿dónde coño iba? Y esa melena rubia y esos morros de perdida y ese pendiente en la ceja. Y así un día y otro, paseando arriba y abajo, por la calle Mayor, a las horas en las que se da garbeos la gente; y así un día y otro, y los hombres mirando sin parar y las muchachas del pueblo intentando imitarlas; y así un día y otro. Lo que le digo, como si yo tuviera que atender cada tarde a dos o tres que hubieran pillado la viruela, pues que no aguantaría el tirón. Eso le ha pasado.
-¿Quiere decir que a la chica la asesinaron por pasear demasiado por la calle Mayor, por ser bien plantada y por llevar un piercing?
-No, no me entiende usté. Aquí tenemos chicas tan guapas como ella y hasta más extravagantes, pero no se pavonean así. No pasan por la calle encalabrinando a los hombres, no tienen ese descaro ni son tan altas, ni se dejan ver a todas horas, ni ponen esa cara de no importarles nada. Además, no conocemos a su padre, ni a su familia. No había ninguna linde que detuviera a los hombres. Se barruntaba que no iba a terminar bien esa muchacha, ¿es verdad o no que lo dije, tú?
No terminé de comprender el discurso del barbero o más bien no quise entenderlo. Tampoco valoré su calidad de profeta. Sus palabras nacían de la inconsciencia o de las pocas luces o de sus perversiones o de la insalubridad del local o de la algarabía producida por el martilleo del radiocasete. Las completó con algunos detalles, tras bajar unas décimas el volumen del aparato.
-La chavala iba siempre con otra extranjera, no sé de dónde, de uno de esos países nuevos que se ha inventado la televisión. Las teníamos siempre ahí enfrente –señaló Mario unas escaleras que se veían con dificultad a través del cristal empañado, que Marcos aclaró con el vello de su antebrazo para descubrir el escenario-, ¿verdad, tú? Se pasaban las horas muertas ahí sentadas en cuclillas, sin hablarse, amorradas a los móviles. Este no sabía si mirar a la revista o a la calle –señaló el barbero a Marcos para sacarlo de su mutismo.
-A mí no me líes –lo amenazó con el dedo extendido y volvió sobre la revista.
-Desde que aparecieron por el pueblo, no hacían otra cosa. Hace una semana pasó algo, aunque ya había ocurrido antes.
-¿Qué?
-Llegaron los chulos del puticlub rascándose los huevos. Dos extranjeros mucho mayores que ellas. Y discutieron. No sabemos lo que les soltaron, no hablan en cristiano. Este y yo estuvimos asomados a la cortina hasta que Anastás volvió la cara hacia la puerta de la barbería y tuvimos que apartarnos. Se llevaron a la otra, a la Ana, creo que se llama. A la Tati le dieron un bofetón y se quedó sentada llorando. Podríamos haberlas ayudado, pero no nos gusta olisquear en las cosas de nadie. No somos como las mujeres. Nos quedamos aquí adentro, viendo cómo lloraba la muchacha, hasta que se fue –volvió la vista hacia Marcos, pero ya no requirió su consentimiento.
La peluquería no era el Leteo, ni mucho menos. Sin pretenderlo, estaba de nuevo metido hasta el tuétano en la tragedia de una chica que solo debería haber tratado en la instrucción judicial. El peluquero no me había ayudado en nada, todo lo contrario: me acercó al ambiente de la víctima, reconstruyó sus peripecias y comencé a verla a través de un microscopio que siempre terminaba por dañarme el ojo.
-¿Esto se lo habéis contado a la guardia civil o a la policía?
-¿Para qué?
-Mañana os quiero en el juzgado a los dos. A partir de las doce.
Marcos Rémora arrojó la revista al suelo y volvió a hablar y blandió un dedo amenazador para marcharse sin más.
-¡Mecagüen tus muertos, Mario!
-No le haga caso. Tiene un pronto jodido, pero luego no es nadie. Y aunque lo fuera, con el metro y medio que mide no se puede permitir el lujo de ser muy hombre. No sé para qué nos quiere allí, si ya se lo he dicho todo. No sabemos nada más. Además, esas chavalas no podían acabar de otra manera: o en el puticlub o destripadas en un ribazo. Es ley de vida. La gente no puede hacer lo que se le pasa por las narices, no puede torear sin un orden. El público está ahí, esperando sus pases de pecho. Los que somos de aquí lo sabemos porque hemos vivido siempre con nuestras lindes, nos conocemos, pero estas chicas de fuera no se preocupan por aprenderlas y así les va.
La Revolución Francesa no había dejado ningún legado en la barbería, excepto los colores de la bandera. La tauromaquia, sí. De puertas adentro, solo destacaban por su modernidad el aporreo mecánico de la música de discoteca y el póster de la selección. Los personajes y el ambiente se habían merendado por lo menos doscientos años de civilización, si no era alguno más.
La citación en el juzgado apenas alteró a Mario. Siguió con su retorcido sermón sin que el hecho de tener que declarar le intimidara lo más mínimo. O es posible que se atuviera a normas de la casa que para mí eran desconocidas: hasta que no me embadurnó de loción y me cepilló los hombros, no paró de recitar el código medieval de conducta que debía seguir todo el que se arriesgara a cruzar la frontera del pueblo.
El olor de la loción me molestaba. Se colaba por las narices con la violencia de un aroma rancio que concentra las propiedades de la irritación y la permanencia molesta. Me dirigí con prisa hacia la pensión en la que me alojaba. Me apetecía remojar toda esa cháchara del barbero para ahogarla, para no reconstruir la vida que comenzaba a dibujarse alrededor de la malograda Tatiana, pero había que aguantar. Debía mantenerme fiel al símbolo que se me había presentado para indicarme el camino del ascetismo. Me acaricié el cráneo lampiño para insuflarme ánimo.
El fuerte olor de la loción con que Mario me había embadurnado la cabeza se filtró por alguna parte del cráneo para aturdirme. Era como si el barbero, convertido en brujo de feria, me hubiera untado la piel con un elixir mágico que impedía la sudoración y me sofocaba. El veneno trabajaba con la eficacia del amoníaco en las superficies cubiertas por la suciedad: eliminó todo resto de podredumbre, arrastró las sustancias que me permitían desarrollar todavía un raciocinio discreto, y me irritó el paladar y la pituitaria. Necesitaba una ducha fría para acabar con las propiedades del ungüento que me obturaba los sentidos y no me permitía pensar. La loción Floïd era demasiado agresiva, molestaba tanto que no aproveché sus beneficios narcóticos.
En cuanto salí de la ducha, me encontré mucho mejor. Había resistido por segunda vez los envites de los tugurios y el aroma de la loción quedó desvirtuado por el poder del gel de coco. Sin embargo, no resistí la tentación de abrir el ordenador y teclear el nombre de Tatiana Vólkova en la barra del buscador de Facebook. No tenía remedio.
La página estaba abierta para todo el mundo. No había ningún filtro, ni nadie se había tomado la molestia de cerrarla tras la muerte de la chica. A primera vista, en las fotos de su perfil, cualquiera hubiera creído que se trataba de una actriz o de una modelo. Sobre la mesa de matarife, la frescura del rostro había desaparecido, apagada por el espanto. Cuando la observé con más serenidad en la pantalla del ordenador, me deleité con la exótica armonía de sus facciones y sentí ese escalofrío que nos sacude cuando se le añade un gesto animado a quien hemos conocido desfigurada por el dolor y la muerte.
Su seriedad llamaba la atención en esas fotos donde las adolescentes suelen afectar una alegría exagerada, producto de la neurosis que provoca la exposición pública. Tanya -como se hacía llamar- aparecía hierática en casi todas las imágenes, exhibiendo unos rasgos perfectos que se ensombrecían con la tristeza locuaz de la mirada. Se la veía frágil y a la vez segura. Su belleza le proporcionaba un salvoconducto de autoridad entre las chicas que posaban junto a ella. En todas las fotos se mostraba ajena al jolgorio y a la fiesta que se vivía a su alrededor, como si hubieran colocado su imagen de manera fraudulenta entre las risueñas y alocadas muchachas que la acompañaban.
La visita en Facebook fue más larga de lo que me prometí. Leí algunas de las conversaciones, intrascendentes, sin ningún interés y me detuve en cada una de las imágenes. En una de ellas, tomada en una discoteca o en un bar muy concurrido, descubrí en segundo plano un rostro muy familiar, el de Luis Felipe Capacho, el secretario judicial que me acompañó en el levantamiento del cadáver. Se le veía en un segundo plano, desenfocado, detrás del grupo de chicas y chicos que alardeaban de chupitos y embebían los labios para besar el objetivo. Solo Tanya permanecía impasible, en el centro, de negro, con un rictus que no se ajustaba al desenfado de sus compañeras. Luis Felipe era testigo de la escena, como un actor secundario en el que no se cae si no se le conoce personalmente.
El descubrimiento del secretario entre las fotos juveniles despertó mi enfermiza imaginación literaria. Tracé varias tramas criminales que acabaron con la relajación que me había proporcionado la tropical fragancia del gel. Tengo que racionarme las novelas negras. Influyen demasiado en mis reflexiones, están siempre presentes en mi trabajo y no me ayudan en la resolución de los casos. Invento tramas enrevesadas y personajes atormentados que, al final, no responden en absoluto a la realidad. Encuentro en las fotos, en los detalles más insignificantes, todo tipo de pistas, por culpa de las malas digestiones que me provoca la lectura de estas historias.
Volvía a caer en los mismos errores, salvo que en esta ocasión lo hacía sobrio. Copiaba el comportamiento y las investigaciones de los detectives de ficción para evitar la consternación que me produce la violencia real. Comencé con esta afición a las novelas policíacas convencido de que leerlas me ayudaría a resolver casos. Ciertos autores suelen aprovechar hechos reales para componerlas, pero nunca me valieron de nada, solo para la evasión: imitaba los roles de sus protagonistas, aunque deformados por el grotesco arte de la realidad, que convierte en patéticos los nobles rasgos de los personajes literarios.
Esa foto en la que aparecía en segundo plano el secretario me hizo sospechar de él al instante por influencia de la ficción y por su extraño comportamiento en la escena del crimen. Pero ya estaba escarmentado de sospechas adulteradas y las aparté en cuanto me tumbé en la cama.
Antes de cerrar Facebook, me paseé por la corta lista de amistades de Tatiana. No estaba Luis Felipe, pero sí una tal Agnes, que aparecía en varias fotos, rubia y alta como la rusa. Seguramente era la Ana a la que se refirió el peluquero, la que se fue con los chulos que golpearon a Tatiana. Intenté entrar en su perfil, pero me lo impidió la prudencia de Agnes. Su página estaba encriptada y no pude visitarla.
Me quedó la tristeza del rostro de Tanya. Detrás de sus ojos limpios, casi transparentes, se escondía una intranquilidad que enturbiaba de misterio la perfección de sus rasgos eslavos. Los labios encendían con vivo color la sordidez de una juventud que no parecía tal. Aquella fijeza en la melancolía no era la de una chica de 18 años, sino de muchos más. Tanya se rodeaba de jovialidad, de locura, de juerga, pero no participaba de ellas. Quedaba en el centro de la fiesta, incrustada como una corona de flores en mitad de un cumpleaños, estigmatizada por el anillo que le atravesaba la ceja. Rotunda, magnífica, con las potencias de mujer exaltadas hasta la indecencia, pero apagada por un interruptor oculto que la desconectaba del mundo febril que la rodeaba.
El caso tenía todos los ingredientes de una novela nórdica: víctimas rubias, sospechosos exóticos, fotos con pistas escondidas y una violencia cruel que había acabado con una muchacha de casi 18 años. Me veía a mí mismo, como tantas veces, convertido en clásico protagonista de estas historias: borracho, abandonado por mi pareja, de uñas con la vida y con deseo de cambiar de aires para no enfrentarme a mis demonios. Pero esa noche estaba sobrio, recién duchado, con olor a gel de coco y con un ligero resto de loción Floïd que se diluía poco a poco, muy poco a poco. Siempre falla algo en la puesta en escena de mis investigaciones, siempre hay algún detalle que tuerce la resolución de la trama y me frustra como protagonista de novela negra. El pueblo donde busqué refugio tampoco era muy adecuado para convertirlo en escenario de las historias que en Madrid me solía beber con la misma ansiedad que los cócteles.
Quería abandonar la manía de imitar a los protagonistas de ficción y evitar también que ellos me copiaran a mí. Desde que llegué a Almente no había probado los cócteles exóticos a los que me aficioné en la ciudad. Aborrecí los licores que regaban las novelas americanas, hasta tal punto que dejé en Madrid la mayor parte de mi colección de narrativa policíaca. La poesía es una compañía más adecuada para quienes se entregan a la vida ascética; además, no conozco a ningún personaje de novela negra aficionado a la lírica.  
Cuando terminábamos la jornada en los juzgados de Plaza Castilla, Servando y yo bajábamos a los bares, obsesionados por estas novelas a las que nos habíamos enganchado y que relacionábamos enseguida con nuestros casos. Ninguno de los dos había probado el burbon, ni el Dry Martini, ni el Rose´s Lime Juice, ni otras pócimas novelescas. Nos introdujimos juntos en un mundo de ficción que atravesábamos agarrados al vidrio de los conos invertidos y a los alcoholes de fantasía. Creía distinguir entre la realidad y la ficción, pero desde que me sirvieron la primera copa de burbon en la coctelería Del Diego, he visto repetidos en mis carnes todos los tópicos de las novelas policíacas, con salvedades: pocas veces resolvemos los crímenes y yo no tengo madera de protagonista de ficción.
Fue una de las causas para pedir el traslado a un lugar tan ajeno a los libros como a la furia de la civilización. Yo, un urbanita de nacimiento, me arriesgué a someterme a la monotonía de la vida rural con la esperanza de abandonar los derrotes grotescos que me habían embarrado en el alcohol y el plagio. Pero no me esperaba el escenario con el que me encontré al poco de llegar, tan similar al que había abandonado y, para colmo, tan cercano a una mala versión de una novela nórdica que parecía preparado por un canalla para que no pudiera levantar cabeza, y menos aún para disfrutar del letargo con las palomas y los barrenderos.


Lisístrata


lunes, 13 de noviembre de 2017

Las barras de los bares


Se deshace el tiempo y los hielos
en los licores
que los bares sirven con palabras refrescantes.
En el aroma distendido de una barra
sin espinas
se llegan a tratar asuntos decisivos:
la vida y sus misterios,
el hombre y sus caprichos,
la hembra y sus deseos.
En las tardes y noches de plácido letargo,
los socios de bar
animan a los negocios
más intrascendentes.
Se abren las puertas de un paraíso sin dioses,
entre vapores de cerveza y nubes de cristal,
espumados por la conversación
que se crea a sí misma,
como un hígado de aventura
que te agarra de la mano
y te conduce a las vísceras más inciertas.
Hierve el cerebro entre pensamientos sabrosos,
escucho las voces de mis socios de barra
y me alegro de estar vivo.
Me sumerjo en la espuma de ideas
disparatadas,
en la elección de canciones 
que erizan las burbujas de los hielos.
Se anima la concurrencia
y nosotros con ella.
Abrimos vientres de evasión y júbilo.
Atrás queda la rancia espina de la vida,
colgada de los despachos 
y en los archivos de ordenador.
La alejamos con un sorbo de ginebra,
la disolvemos en tragos de camaradería.
A veces las juergas son más intensas
y aparece el rubio manjar de la inconsciencia.
Se desvanece hasta la piel que nos destruye
y vemos nuestras arterias palpitar 
como torrentes,
hasta ahogarnos de locura.
Al día siguiente, uno no recuerda nada,
la piel vuelve a tapizar nuestros cráneos 
de crápulas
y nos ofrece el papel para contar... ¿qué?

sábado, 11 de noviembre de 2017

"De erotismo y literatura" por Natalia Carbajosa



Escribir un relato erótico no es difícil. ¿Quién no ha contado alguna vez un chiste subido de tono y lo ha aderezado con detalles de su propia imaginación, buscando la exactitud verbal, anticipando con cuidados indicios el desenlace y vertiendo con estudiado mimo el dramatismo y la comicidad? De ahí a ponerlo por escrito no va tanta distancia. Escribir un relato erótico que no contenga nada más tampoco parece cosa del otro mundo. Novelas hay, y voluminosas, de esas que se llaman «de ingredientes», en las que los autores van dosificando convenientemente los elementos: un tanto de sexo, un tanto de violencia… claro está que hay que saber escribir o, mejor dicho, redactar, para poder hacerlo. Pero otra cosa muy distinta es ubicar uno o varios episodios eróticos en un contexto más amplio, en el que dichos episodios se relacionen con naturalidad con el resto de preocupaciones de la existencia humana: el amor, la muerte, la vida, que diría el poeta; la soledad, la ambición, los sueños no cumplidos, la nostalgia, el rencor, la amistad, el poder… y mezclar en todo el humor y el drama sin renunciar a un ápice de empatía; esto es, consiguiendo que el lector no deje de sentir como suyas las vicisitudes de los personajes, que no los vea de pronto ajenos a sí mismo porque el escritor, por pereza o por falta de talento, le haya reducido al papel de voyeur. Escribir así, con Eros formando parte de la vida, es hacer literatura.

La narrativa española de las últimas décadas cuenta con un volumen de relatos de Marina Mayoral, felizmente reeditado ahora, que cumple con creces las condiciones recién mencionadas. Su título, tomado del arranque de un poema de Kavafis («Recuerda, cuerpo»), constituye un apropiado resumen de los doce cuentos que componen el volumen: la educación o, más bien, la ausencia de educación sentimental y sexual de una sociedad —la de la España predemocrática— en la que nadie, y menos aún las mujeres, podía expresar sus deseos íntimos. El poema de Kavafis, citado al comienzo del libro, dice así:

Recuerda, cuerpo, no solo cuánto fuiste amado,

no solamente en qué lechos estuviste,

sino también aquellos deseos de ti

que en los ojos brillaron

y temblaron en las voces —y que hicieron

vanos los obstáculos del destino […]

Aunque pueda resultar extraño, a quien esto escribe, los versos de Kavafis le trasladan sin esfuerzo al «Recuerde el alma dormida» de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. En ellas, el imperativo «recuerda» mantiene la acepción del verbo medieval «acordar», es decir «despertar» («despierte el alma dormida»); mientras que en los versos del poeta de Alejandría se mantiene la etimología del latín «re-cordare», o sea, volver a traer al corazón. Esta deliberada confusión semántica que aquí se propone viene a cuento porque, precisamente, el mandato que reciben los personajes de los cuentos de Marina Mayoral, en un contexto en el que todo lo referente al cuerpo ha de permanecer soterrado y por supuesto separado de lo que, en la cultura occidental, hemos dado en llamar su contrario (el alma), parece no ser otro que «despierta, cuerpo»: cuerpo que es también corazón («cor, cordis»), receptáculo que, a su vez, solemos identificar con el alma.

Y así, de ese mandato al que, en mayor o menor medida, todos los personajes responden, porque nadie puede sustraerse a lo que algún otro escritor ha descrito como «la fuerza de la sangre», surgen encuentros inesperados con extraños que cambian para siempre el rumbo de una vida. O bien la vida cotidiana continúa discurriendo al calor de una nueva sabiduría física, dejando al descubierto una parte de cada criatura que a ellas mismas, hasta entonces, les resultaba ajena o permanecía vedada e inaccesible. Curiosamente, el erotismo resultante de estas experiencias, a veces tamizado de melancolía no reñida con la comicidad, explícito a la par que elegante, sensual y lleno de ternura, asimétrico en cuanto a las clases sociales implicadas y abordado desde muy variados puntos de vista narrativos, se convierte en un poderoso foco que arroja luz sobre esas zonas oscuras del alma que nunca antes habían aflorado en toda su limpidez y plenitud. En otras palabras: el alma jamás habría despertado del todo, de no ser por la oportuna/inoportuna irrupción del cuerpo en la escena. Se trata, pues, de un verdadero ejercicio de fusión, reunión o reunificación de lo que, en primer lugar, no debió separarse, con el permiso de Platón y del cristianismo.

Por otro lado, la sabiduría adquirida a través del cuerpo deja en los personajes una aceptación de la incoherencia insalvable en la que les coloca esa nueva consciencia de la piel. Los ejemplos abundan: un conquistador empedernido cuya virilidad queda a salvo en manos, literalmente en las manos, de una desconocida; una mujer que piensa devotamente en su marido cuando tiene relaciones con otros hombres; un apuesto sacerdote que posee todos los instintos de un depredador Casanova; una abnegada hija y maestra que acepta el extraño equilibrio de su doble vida… El conflicto que para todos ellos abre la llamada de la carne es a la vez su redención: la belleza y el placer del cuerpo los vuelve más complejos y, por ende, más humanos, aun cuando en público escrutinio pudieran ser duramente censurados. Únicamente los dos últimos cuentos, «La última vez» y el que da título a la colección, «Recuerda, cuerpo», quizá más traspasados por la ternura y la nostalgia que los demás sin llegar a caer en el sentimentalismo, se desvían un tanto de la tónica general. El primero, por estar narrado no desde el punto de vista de quien ha adquirido la experiencia del placer físico, sino de quien sufre sus consecuencias y se debate en la incertidumbre del saber y no saber del todo; el segundo, por constituir una versión magistral del clásico «lo que pudo haber sido y no fue», eso que confiere a las historias de amor frustrado su carta de inmortalidad.

Si bien el tema erótico establece el hilo conductor, en mayor o menor grado, de todos los relatos que conforman el libro, es el estilo lo que le da su tono característico, a pesar de la variada participación de distintas voces. En un lenguaje directo a la vez que cuidado, no exento en ocasiones de ciertos guiños metaliterarios al lector, Marina Mayoral va construyendo personajes sólidos y creíbles en situaciones insólitas que, no obstante, nunca resultan estridentes ni pierden su naturaleza literaria para convertirse en mera anécdota o chiste, lo que hubiera sido fácilmente el caso en manos menos expertas. Sin menospreciar en absoluto la novela, además, debemos tener presente que el cuento es un género muy complejo justamente por su concisión, es decir, por tener que presentar en cuatro pinceladas situaciones y ambientes que, en este caso, aluden a lo que no está a la vista ni resulta socialmente aceptable. Por otra parte, en los libros de cuentos sucede como en los de poesía: al margen de cada unidad compositiva en sí, se requiere una labor de ensamblaje que relacione unas piezas con otras, que las haga dialogar entre ellas.

En el caso de Recuerda, cuerpo, son muchos los elementos lingüísticos y referencias a lugares y personajes los que nos remiten a un universo compartido, pero entre todos ellos destaca la belleza y poesía de los títulos: «Aquel rincón oscuro», «Adiós, Antinea», «El dardo de oro», «Los cuerpos transparentes»… Y, por supuesto, «Recuerda, cuerpo», excelente colofón para un libro que, por cierto, no ha perdido un ápice de vigencia en los veinte años transcurridos entre su primera edición en 1998 y la más reciente. Y es que, aunque cambien las circunstancias y los usos sociales, y a pesar de la liberación sexual, los deseos humanos y los conflictos de nuestro yo con nuestro propio cuerpo, no menos que en su relación con otros, siguen siendo universales. Su lugar en la psique sigue siendo, como refiere acertadamente el primer cuento, «aquel rincón oscuro», por cuanto nos obliga a relacionarnos con el mundo desde un plano ignoto, si no ya por escrúpulos morales o religiosos, porque abre la puerta a una parte de nuestro ser que nunca terminamos de conocer.

Por otro lado, con humor y con memorable comprensión de la fragilidad humana está contada la admiración que todos sentimos por la armonía física y de carácter en «La belleza del ébano». Ese es el apropiado título del cuento en el que con más claridad, a mi entender, se contrapone el elogio de aquel donde cuerpo y alma encuentran, por fin, acertado equilibrio («Era el ideal clásico: la inteligencia, el talento, en un cuerpo bello, deseable y que sabe hacerse desear») con la mirada amorosa que suple lo que falta, con muy buena voluntad, en una hechura menos armoniosa: «un arquitecto famoso que para hacer el amor se quitaba antes que nada los pantalones y después el calzoncillo, y se quedaba con los faldones de la camisa flotando en torno a algo que apenas se entreveía, sobre unas piernas magras y blancas, más blancas aún por el contraste de los calcetines negros […] Pero ella lo quería, quería a aquel tipo bajito, que había echado tripa y había perdido el pelo a su lado y que tenía talento, eso no se lo negaba nadie». A este respecto, tuve la suerte de conversar con la autora, quien me explicó la concepción neoplatónica que sostiene la trama del cuento; y es que, cuando nos enamoramos de alguien en la juventud y el amor perdura a lo largo de los años, seguimos anteponiendo la imagen de ese momento inicial, esa primera pulsión (como dice la canción de Serrat: «recuerde —¡sí, recuerde!— antes de maldecirme / que tuvo usted la carne firme / y un sueño en la piel / señora»), a la decadencia física que a todos nos va transformando en otra cosa. Así, gracias a ese complejo mecanismo psicológico que hace del ojo un almacén de la memoria antes que un órgano visual, podemos responder con dignidad a nuestros hijos cuando nos preguntan: «¿Pero por qué te casaste con papá, si tiene barriga, y está calvo, y está hecho un cascarrabias y un hipocondriaco, etc., etc.?». Ay, que poco saben ellos todavía de las tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida…

Algunos de estos relatos poseen resonancias clásicas (don Juan, King Kong, Safo, el rey Midas) o están situados en la mítica ciudad de Brétema, tan cara a toda la literatura de Marina Mayoral. Sin embargo, la «mitología» que, en mi opinión, los preside con más fuerza que el resto de elementos, aunque estos se hallen perfectamente integrados en las distintas tramas, es precisamente ese canto a la belleza del cuerpo, a su poder transformador y su reivindicación de los sentidos, tanto para ser despertado en la plenitud de sus facultades, como para ser recordado el resto de la vida a través del velo amable de aquella primera imagen. «Cómo temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo», a decir del poeta. Pues eso. Que el cuerpo sea voz, y que viva el erotismo hecho literatura.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Adolescens VII: "T, el primer TDAH"


T está diagnosticado como TDAH y medicado. Lo vemos muy a menudo por jefatura. Es pequeño, fibroso, los nervios le devoran la grasa, con gafas y muchos granos, muchos, muchos granos de adolescente. Tiene una gracia natural y se comprende a sí mismo como pocos. En ese aspecto no parece un chico de su edad. Lo traen a jefatura porque se ha levantado de la silla varias veces sin el permiso del profesor. Cuando suena el timbre para asistir a la siguiente clase, nos dice que prefiere quedarse con nosotros porque “se conoce”, porque sabe que en cuanto llegue al aula no va a poder contenerse y se va a mover y va a hablar con el compañero y no va a parar. Cuando no se toma la medicación, no se fía de sí mismo y prefiere aislarse para que no le pongamos más apercibimientos. Es un rara avis. Siempre está sonriendo, incluso cuando lo traen al despacho de jefatura. No puede evitarlo, es superior a su naturaleza. Aún no ha perdido la ilusión. Sabe que no debería comportarse como lo hace, pero algo bulle dentro de él que no puede detener. Por eso nos pide que lo retengamos en el despacho, porque en el aula, con la algarabía de los compañeros, no podrá contenerse. 
¿Es posible que sea un síntoma de que nuestros métodos educativos van contra natura, de que nuestro único objetivo es castrar la naturaleza juvenil para que no dé fruto o para que no nos den la lata? ¿Es posible que este muchacho canijo, con granos y sonrisa permanente, sea una alarma de que nos tendrían que medicar a nosotros por ahogar la espontaneidad de manera sistemática? Él no quiere ir a clase porque el cuerpo le pide no parar, porque su naturaleza es contraria a lo que imponemos: disciplina, sumisión y silencio. ¿No sería posible aprovechar esa energía explosiva para imprimir nuevas ideas? Pienso que sí, pero sería muy incómodo para nosotros, los muertos.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Romance del prisionero (versión belga)

Por noviembre es, por noviembre,
cuando sigue la calor,
cuando se separa España
y está Cataluña en flor,
cuando rebuznan los jueces
y se busca a Puigdemont,
cuando los españolitos
leen con fe La Razón.
Salvo yo, triste y cuitado,
que vivo en esta prisión,
que ni sé si soy un líder
o un proyecto de clown.
Rezaba yo a una estelada
que ondeaba en un balcón,
quemómela un mal gallego
dele Dios mal galardón.

sábado, 4 de noviembre de 2017

"El signo de admiración" de Antón Chéjov

En la noche de Navidad, Perekladin, secretario colegiado, se acostó molesto e incluso ofendido.
-¡Déjame en paz, mujer del diablo! -rugió contra su esposa, cuando esta le preguntó por qué tenía una cara tan desencajada.
El motivo era que acababa de regresar de una visita donde se habían dicho muchas cosas ofensivas y desagradables contra él. Se comenzó hablando de los beneficios de la educación en general. Luego, con falta de sensibilidad, se pasó a hablar del grado de educación de la cofradía de los empleados; a propósito de lo cual hubo muchas lamentaciones, muchos reproches, y hasta burlas a causa de su bajo nivel. Y entonces, como suele ocurrir cuando se reúnen unos cuantos rusos, de las materias generales pasaron a las acusaciones personales. 
-Tomemos, por ejemplo, a usted mismo, Perekladin -dijo un joven- . Usted ocupa un puesto bastante importante...., ¿y qué educación ha recibido?
-Ninguna. A nosotros no se nos exige -respondió con suavidad Perekladin-. Basta escribir con corrección, eso es todo...
-Pero, ¿dónde ha aprendido usted a escribir con corrección?
-Es cuestión de hábito... En cuarenta años de servicio se te acostumbra la mano... Sí, claro, al principio era difícil, cometía faltas, pero luego me acostumbré... y no me ha ido mal...
-¿Y los signos de puntuación?
-Tampoco se me dan mal los signos de puntuación... Los pongo como se debe...
-¡Hum!... -el joven quedó confuso-. Pero la costumbre es algo muy distinto a la educación. No basta poner correctamente los signos de puntuación... ¡no basta! ¡Hay que ponerlos a conciencia! Usted pone una coma y ha de saber por qué la pone... ¡sí! En cambio, esa ortografía suya, inconsciente... refleja, no vale nada. Es un producto mecánico y poco más. 
Perekladin había callado y hasta había sonreído con modestia (el joven era hijo del consejero de Estado y tenía estudios superiores), pero al acostarse dio rienda suelta a su indignación y a su ira.
"He servido cuarenta años -pensaba- y nadie me había llamado tonto, y ahora, pues vaya, ¡menudos críticos me han salido! ¡Inconsciente... refleja... producto mecánico! ¡Que el diablo se lo lleve! ¡Seguro que sé yo más que él sin haber pisado todas esas universidades!" 
Después de haber insultado al crítico mentalmente con todos las injurias que conocía y de haberse calentado bajo la manta, Perekladin comenzó a tranquilizarse.
"Ya sé... comprendo... -pensaba medio adormilado-. No voy a poner dos puntos donde hace falta una coma, lo que demuestra que tengo conciencia de lo que hago, que comprendo. Sí... así es, jovencito. Primero hay que vivir un poco, prestar algún servicio, y después podrás juzgar a los viejos..."
En los ojos cerrados de Perekladin, que se estaba quedando dormido, a través de nubes oscuras y sonrientes, voló una coma de fuego, como un meteoro. Tras ella, otra; una tercera, y pronto, todo el oscuro fondo sin límites que se extendía ante su imaginación se cubrió de montañas de comas volantes...
"Tomemos por ejemplo estas comas... -pensaba Perekladin, notando que sus miembros iban quedando dulcemente entorpecidos por el sueño que avanzaba-. Las comprendo perfectamente... Si quieres, puedo encontrar un sitio para cada una de ellas... y... y conscientemente, no porque sí... Examíname y lo verás... Las comas se colocan en sitios diferentes, en unos hacen falta, en otros no. Cuanto más confuso sale un papel, tantas más comas se necesitan. Se colocan delante de "el cual" y delante de "que". Si en el papel se enumeran los funcionarios, a cada uno de ellos hay que separarlo con una coma... ¡Lo sé!"
Las comas doradas se arremolinaron y desaparecieron volando hacia un lado. En su lugar llegaron volando puntos de fuego...
"Los puntos se colocan al final del papel... Donde es necesario hacer una pausa larga y mirar al que escucha, también se coloca un punto. Después de todos los trozos largos, hace falta un punto para que el secretario, cuando lea, no se quede sin saliva. En ningún otro sitio, se coloca el punto..."
De nuevo llegan volando comas... Se mezclan con los puntos, ruedan, y Perekladin ve una turbamulta de puntos y comas y de dos puntos...
"También conozco a esos... -piensa-. Donde una coma es poco y un punto es mucho, allí hay que poner un punto y coma. Delante de "pero" y de " en consecuencia", siempre pongo punto y coma... Bueno, ¿y los dos puntos? Los dos puntos se colocan detrás de las palabras "se ha acordado", "se ha decidido".
Los puntos y comas así como los dos puntos se apagaron. Llegó el turno de los signos de interrogación. Estos saltaron de las nubes y se pusieron a bailar el cancán...
"¡Vaya una cosa, el signo de interrogación! Aunque hubiera mil, a todos les encontraría sitio. Se ponen siempre que se ha de hacer alguna pregunta o, supongamos que se pregunta por algún papel: "¿Adónde ha sido llevado el resto de las sumas del año tal?", o bien: "¿No encontrará posible, la dirección de policía, transmitir la presente a Ivanov y demás?..."
Los signos de interrogación sacudieron sus ganchos en señal de conformidad y al instante, como una voz de mando, se alargaron en signos de admiración...
"¡Hum!... Este signo de puntuación se emplea con frecuencia en las cartas. "¡Muy señor mío!", o bien "¡Su Excelencia padre y bienhechor!..." Pero, ¿cuándo se pone en los documentos?"
Los signos de admiración aún se alargaron más y siguieron esperando...
"En los documentos se colocan cuando... esto... eso... ¿cómo es? ¡Hum!... En realidad, ¿cuándo se colocan en los documentos? Espera... Que Dios me dé memoria... ¡Hum!..."
Perekladin abrió los ojos y se volvió sobre el otro costado. Ni tiempo había tenido de volver a cerrarlos cuando, sobre el fondo oscuro, volvieron a aparecer los signos de admiración.
"Maldita sea... ¿Cuándo hace falta usarlos? -pensó, esforzándose por arrojar de su imaginación a los inoportunos huéspedes-. ¿Es posible que lo haya olvidado? O lo he olvidado o bien... no los he puesto nunca..."
Perekladin empezó a hacer memoria del contenido de todos los papeles que había escrito durante los cuarenta años de servicio; pero, por más que pensó, por más que arrugó la frente, en su pasado no encontró ni un signo de admiración.
"¡Esta sí que es buena! Me he pasado cuarenta años escribiendo y no he puesto ni una sola vez un signo de admiración... ¡Hum!... ¿Cuándo se coloca a ese diablo larguirucho?"
Por detrás de la fila de signos de admiración de fuego, apareció riendo maliciosamente el hocico del joven crítico. Los propios signos se sonrieron y se fundieron en un gran signo de admiración.
Perekladin sacudió la cabeza y abrió los ojos.
"El diablo lo entiende... -pensó-. Mañana he de levantarme para rezar maitines y este satanás no se me va de la cabeza... ¡Fu! Pero... pero, ¿cuándo se usa, demonios? ¡Bonita costumbre la tuya! ¡Bonita manera de que la mano se familiarice! ¡En cuarenta años, ni un signo de admiración! ¿Eh?"
Perekladin se santiguó y cerró los ojos, pero en seguida volvió a abrirlos: sobre un fondo oscuro, seguía aún alzándose un gran signo...
"¡Uf! Así no te vas a quedar dormido en toda la noche."
-¡Marfusha! -exclamó, dirigiéndose a su mujer, que se jactaba a menudo de haber acabado los estudios en su internado-. ¿No sabes, querida, cuándo se coloca el signo de admiración en los documentos oficiales?
-¡Solo faltaría que no lo supiera! No en vano estudié siete años en un internado. Recuerdo de memoria toda la gramática. Este signo se coloca en las invocaciones, en las exclamaciones y en las expresiones de entusiasmo, de indignación, de alegría, de cólera y de otros sentimientos.
"Eso... -pensó Perekladin-. Entusiasmo, indignación, alegría, cólera y otros sentimientos..."
El secretario colegiado se puso a reflexionar... Llevaba cuarenta años escribiendo papeles, los había escrito a millares, a decenas de millares, pero no recordaba ninguna línea que expresara entusiasmo, indignación o algo por el estilo...
"Y otros sentimientos... -pensó-. Pero, ¿es que en los documentos oficiales son necesarios los sentimientos? También alguien que no sienta los puede escribir..."
El hocico del joven crítico echó de nuevo una ojeada por detrás del signo de fuego y se sonrió con malicia. Perekladin se incorporó y se sentó en la cama. Le dolía la cabeza, un frío sudor le brotaba de la frente... En un rincón, alumbraba débilmente una mariposa; los muebles, limpios, tenían aire de fiesta. En todos se respiraba el calor y la presencia de una mano de mujer. Sin embargo, el pobre empleadillo tenía frío, experimentaba una sensación de incomodidad, como si hubiera enfermado del tifus de repente. El signo de admiración no se alzaba ya dentro de los ojos cerrados, sino ante él, en la alcoba, junto al tocador de la mujer, y le hacía unos guiños burlones...
"¡Máquina de escribir! ¡Máquina! -susurraba el espectro, lanzando sobre el funcionario un frío seco-. ¡Madero sin sentimiento!"
El funcionario se cubrió con la manta. También debajo de ella vio al espectro. Pegó el rostro contra la espalda de la mujer y, por detrás, allí estaba de nuevo... Toda la noche se estuvo torturando el pobre Perekladin y tampoco por el día lo dejó en paz el espectro. Perekladin lo veía por todas partes: en las botas que se estaba calzando, en el platito de té, el la condecoración de san Estanislao...
"Y los otros sentimientos... -pensaba-. Es verdad que no ha habido ningún sentimiento... Iré ahora a casa del superior a poner mi firma... ¿acaso eso se hace con algún sentimiento? Así, por nada... Una máquina de felicitaciones..."
Cuando Perekladin salió a la calle y llamó a un cochero, tuvo la impresión de que, en vez del cochero, se le acercaba un signo de admiración.
Cuando llegó a la antecámara del superior, en vez de portero, vio el mismo signo... Y todo le hablaba de entusiasmo, de indignación, de ira... El mango de la pluma con el plumín también parecía un signo de admiración. Perekladin lo cogió, mojó el plumín en la tinta y firmó:
"¡¡¡Secretario colegiado Efim Perekladin!!!"
Y al colocar esos tres signos, se entusiasmó, se indignó, se alegró, montó en cólera.
-¡Toma! ¡Toma! -balbuceaba presionando la pluma.
El signo de fuego se quedó satisfecho y desapareció.