domingo, 7 de junio de 2026

"Matar al autor para recordarlo todo" por Jordi Abella y Vilaró




Cuando Miguel de Cervantes finge haber encontrado el manuscrito del historiador árabe Cide Hamete Benengeli, no se está limitando a jugar con la autoría y la sátira, sino que está poniendo en cuestión la propia memoria del relato. Lo que leemos no es la historia, sino su transmisión, su traducción, su reescritura. Don Quijote deja así de pertenecer a quien lo cuenta para pasar a depender del texto que lo conserva —y, al mismo tiempo, lo transforma.

Lo mismo le ocurre a Fedro cuando, en la obra de Platón que lleva su nombre —y lo tiene como protagonista—, pasea junto a Sócrates por las afueras de la Atenas clásica. Allí, Fedro, hijo de Pítocles, le cuenta al filósofo que viene de escuchar una disertación del célebre orador meteco Lisias. Intrigado, Sócrates le pide que la reproduzca ante él y reconstruya aquel discurso que tanto le ha impresionado. Entonces, Fedro vacila. No por timidez, sino por conciencia de que, al recordarlo, ya lo ha transformado:


¿Cómo dices, mi buen Sócrates? ¿Crees que yo, de todo lo que con tiempo y sosiego compuso Lisias, el más hábil de los que ahora escriben, siendo como soy profano en estas cosas, me voy a acordar de una manera digna de él? Mucho me falta para ello. Y eso que me gustaría más que llegar a ser rico.

(Platón, Fedro)

La escena es sencilla, casi trivial: alguien no logra recordar con la nitidez que quisiera dar a aquello que ha oído anteriormente. Pero esa vacilación no es trivial; revela que un discurso, al ser rememorado, deja de coincidir consigo mismo. En otras palabras, aquello que está tratando de justificar Fedro es, en esencia, la importancia de la escritura frente a la inestabilidad que presenta la oralidad en su transmisión. Un enfoque que Sócrates desarrollará durante su diálogo con él: «pero no en Lisias. Ni en tu discurso; en ese que, a través de mi boca y embrujado por ti, se ha proferido».

Platón se sirve de esta escena del Fedro para dar paso al mito de Teut, donde la cuestión adquiere una nueva dimensión. El dios egipcio —asociado a la sabiduría, la escritura, la magia y la medición del tiempo— ofrece al rey Thamus la escritura como remedio para la memoria; pero el monarca del Alto Egipto la rechaza. Es un engaño, afirma: quien escribe no recuerda mejor, pues depende de signos externos, de marcas que sustituyen la memoria viva: «llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos». El conocimiento, así, deja de residir en el sujeto y pasa a fijarse fuera de él, concretamente en el soporte escrito.

Muchos siglos después, Ludwig Wittgenstein desplazaría esa misma duda hacia otro terreno. La incógnita ya no se centraría en la escritura, sino en la propia idea de recordar. En sus Investigaciones filosóficas (1953), obra atravesada por un método cercano a la mayéutica socrática, el filósofo interrogó el lenguaje desde sus propios límites, convirtiendo la memoria en un problema más que en una evidencia.

Wittgenstein no niega la memoria, pero la pone en duda. Compartiendo el mismo recelo que el rey Thamus ante la escritura, Wittgenstein sugiere que la memoria debe configurarse a partir de imágenes mnémicas originadas en estímulos externos que, con el tiempo, asumimos como propios. Sin embargo, su reflexión va más allá: la memoria y el recuerdo no son realidades separadas, sino prácticamente la misma cosa, hasta el punto de que comprender una implica necesariamente redefinir la otra:


¿Podríamos imaginar esta situación: alguien se acuerda por primera vez en su vida de algo y dice: «Sí, ahora sé lo que es recordar, lo que hace el recordar»? ¿Cómo sabe él que este sentimiento es recordar? […] ¿Sabe él que lo que ha sentido es el recordar porque ha sido producido por algo pasado? ¿Y cómo sabe lo que es algo pasado? Justamente el concepto de algo pasado lo aprende el ser humano al recordar. ¿Y cómo volverá a saber en el futuro cómo se hace el recordar?

(Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas)

Entre Platón y Ludwig Wittgenstein se abre un abismo histórico, pero también una continuidad inesperada. En la Grecia clásica, la escritura era todavía una técnica en expansión; en el siglo XX, en cambio, ya se había convertido en el fundamento mismo de la cultura. Es decir: la memoria ya no se oponía a la escritura, sino que terminaba por confundirse con ella.

Es en este punto donde el problema deja de ser estrictamente filosófico para adquirir una dimensión cultural. El historiador Roger Chartier lo señaló con precisión al concebir la cultura como un sistema de transmisión en el que no importa solo qué se recuerda, sino de qué manera se fija, cómo circula y cómo se transforma. La memoria no es un simple depósito, sino una extensa red.

Y es en esa red donde ocurre algo decisivo. Cuando el hecho se escribe, deja de pertenecer a quien lo vivió o lo formuló y se transforma en otra cosa: un texto, un signo, un objeto disponible para el resto de la historia. Roland Barthes lo expresó con claridad y contundencia: es en ese proceso donde el autor muere, y es precisamente su desaparición la que da inicio a la escritura de la memoria.

El semiólogo francés entendía al autor como una figura moderna desprovista de verdadera centralidad: las ideas que este articula en su obra no le pertenecen en sentido estricto, sino que emergen de la cultura. En cierto modo, no son enteramente suyas, sino el resultado de un entramado previo de discursos, tradiciones y formas culturales que las ha hecho posibles. Es, por tanto, el texto lo único que perdura, aunque no como una entidad fija, sino como un espacio en constante transformación. No conserva intacta la intención de quien lo escribió, sino que la disuelve; las ideas dejan de ser propiedad privada y pasan a convertirse en materia cultural, abierta a la relectura, la mezcla y la deformación.

En esa misma dirección apuntó hace muchos años el formalista ruso Yuri Tyniánov, quien estableció que no existe una obra aislada, sino un sistema dinámico en el que los textos dialogan entre sí. Es ahí donde se configura la memoria cultural: no en la persistencia del recuerdo individual, sino en ese entramado literario donde las obras se transforman y se reescriben sin cesar.

Vista así, la escena de Fedro cambia de sentido. Su incapacidad para recordar no es un defecto, sino el síntoma de un desplazamiento. Para Sócrates y Fedro, la importancia recaía en la autoría de Lisias, en «sus ideas» y en la imposibilidad de reproducirlas con fidelidad una vez pasado el momento. Sin embargo, desde una perspectiva cultural, el valor de ese discurso reside en otra parte: en su potencial de ser fijado en la escritura, en su capacidad para perdurar más allá de quien lo pronunció. Lo importante ya no es que Fedro lo recuerde, sino que llegue a existir como texto, que pueda ser leído, reinterpretado y desplazado fuera de su contexto original.

Michel Foucault llevó esta misma idea al extremo al vincular la escritura con la misma muerte. Para el filósofo francés, el autor debía desaparecer para que su obra circulase. Solo cuando se rompe el vínculo entre el texto y su origen, la escritura deja de estar anclada a quien la produjo para abrirse a una multiplicidad de sentidos.

Como los héroes de la mitología griega, cuya muerte garantiza su eternidad, el autor debe sacrificarse para entrar en la memoria colectiva. La necesaria muerte del autor —una suerte de defunción simbólica—, como la de los héroes griegos, consagra sus ideas a la cultura compartida y permite que cobren vida en el imaginario del lector.

Hay, en todo esto, una paradoja inevitable. La escritura, que Platón presenta como una amenaza para la memoria, se erige como la llave que permite su expansión.

Existe, de hecho, un recuerdo más poderoso que la memorización intelectual y oral: el de la literatura, capaz de perdurar, de circular y de ser compartido por todos los que integran una cultura. No se trata ya de la memoria individual, frágil y cambiante, sino de otra cosa: una memoria impersonal, acumulativa, potencialmente infinita. Tal vez por eso, al final, no fuera Thamus quien tuviera razón, sino Teut. Porque es en la escritura —y en la memoria que esta proyecta más allá del individuo— donde el conocimiento encuentra su forma más duradera.

Ya lo dejó caer Jorge Luis Borges —quién si no— con su habitual ironía: «Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que, tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo» («Funes el memorioso»).

martes, 2 de junio de 2026

El fracaso de la enseñanza moderna

 


La enseñanza moderna, en cuanto al cumplimiento de lo que deberían ser sus objetivos fundamentales, constituye un fracaso, un fracaso en toda regla.  

Vivimos tiempos convulsos (como casi todos), tiempos en los que cabe cuestionarse si hemos mejorado gracias a que la enseñanza está al alcance de cualquier individuo. ¿Ha servido para algo que la educación se haya extendido a todo el mundo, que se haya generalizado, que prácticamente casi el cien por cien de los muchachos tengan obligatoriamente que pasar por las aulas? Indudablemente, el analfabetismo se ha paliado, es una mejora significativa. Recuerdo gente mayor en los setenta y ochenta que ni siquiera sabía leer ni escribir y no cabe duda que acabar con la ignorancia es uno de los fines de la enseñanza. Sí veo un avance notorio en el campo de las ciencias y la tecnología, ¿pero podemos decir que nuestra comunidad es más bondadosa, más racional, menos racista, más coherente, más culta, más sabia, desde que se implantó la enseñanza para todos? ¿Ha servido para hacernos más responsables, más consecuentes y más bondadosos con nosotros y con el prójimo? Según algunos hechos demostrables, esto no es así.

Si de veras pensáramos en los demás, en construir una sociedad más justa y más solidaria, ni se nos ocurriría pensar en dar el voto a menguados, a pazguatos, a gente sin corazón, a embusteros, a embaucadores poderosos o a racistas declarados. Más de cincuenta años de enseñanza para todos, ¿han contribuido a la solución de estas taras? Evidentemente, no. Nunca como ahora he tenido tanto miedo al ver quiénes nos gobiernan o quiénes nos pueden gobernar. Y los elegimos nosotros, los que hemos tenido acceso a la enseñanza moderna. Si de veras la escuela hubiera contribuido en algo a este respecto, sería para mal porque estamos en igual o peor tesitura que nunca en cuanto a nuestra capacidad de elección democrática. Ni ha desaparecido el fascismo (todo lo contrario), ni las tropelías de los poderosos, ni los abusos machistas, ni la tiranía de los que más tienen, ni el racismo, ni el clasismo, ni la aporofobia, ni el hecho consumado de que la mayor parte de quienes llegan al poder se corrompe irremediablemente. Es decir, los males que una enseñanza consecuente debería empeñarse en abolir, siguen ahí, algunos con más fuerza que nunca. Luego, más de cincuenta años de enseñanza general han valido para poco o nos hemos ocupado de otros menesteres, en ocasiones, absurdos.

Los fanatismos religiosos, populistas y nacionalistas siguen más vigorosos que nunca. Estamos en el punto más alto del fervor por procesiones, equipos de fútbol y tradiciones con arraigo sospechoso. Desde luego, la enseñanza no ha servido para evitar que la superstición se haya apoderado de las calles y de las gentes. A nadie se le ocurriría escribir un artículo criticando el fervor por una virgen o por un santo patrón y calificarlo de idolatría absurda, sin reparar en los enfrentamientos a los que te conduciría una afirmación tan racional. El furor que se observa en los aficionados al fútbol cuando su equipo sube a segunda regional o baja a preferente nunca lo había visto tan desmedido. Por los colores de un club, la gente ahora mismo mata. De momento apedrean autobuses, hasta de su mismo equipo. Los convencionalismos cada vez son seguidos inconscientemente, sin ningún espíritu crítico. Eso que aparece en todos los currículos educativos: "fomentar el espíritu crítico", es uno de los mayores fracasos de la enseñanza moderna. No he visto una época tan propensa a dejarse vencer por seguir a la masa (quizás exagero), por ser gregarios. Sí, el hombre es un ser social, pero esto no significa que debamos ser arrastrados por el tumulto que nos rodea al precio que sea. Esa era una función fundamental de la enseñanza, la de hacernos pensar por nosotros mismos, la de no seguir los impulsos irracionales del rebaño. Las redes sociales se apropian de las voluntades con muy poco esfuerzo. Es sorprendente cómo se engaña al personal con tanta facilidad, cómo nos volvemos prosélitos de la idea más absurda, del idiota más violento. Lo de formar el espíritu crítico supone un fracaso total de la enseñanza moderna, sin duda. 

Por último, me centro en mi experiencia en las aulas. A lo largo de mi carrera como profesor he llegado a la conclusión de que el sistema educativo falla en lo más básico: no nos metemos en el aula para generar bondad, responsabilidad ni conocimiento, sino para llenar el tiempo con todo tipo de contenidos, como poco, cuestionables y ajenos al mundo del alumnado; para alejar a los adolescentes de la vida real; para evitar que piensen, que desarrollen las capacidades que poseen y para custodiar durante un tiempo sus vidas. 

Si pensamos en los más de 50 años que trajinamos con la enseñanza moderna (que en absoluto lo es), llegamos a una conclusión devastadora: hemos sido capaces de aupar al poder a verdaderos idiotas y a la vista de las encuestas podemos ir más allá todavía. Ni espíritu crítico, ni capacidad de reflexión, ni mejores personas, ni sociedades más cohesionadas, ni formación humanística, no. Me duele este fracaso evidente porque he sido durante bastante tiempo miembro del sistema. Y no me voy a ir nada contento, os lo aseguro. Me duele ver esvásticas grabadas en los pupitres y dibujadas en las carpetas. Preferiría ver pollas. Me duele ver la repulsión que provocan las aulas. Hemos olvidado los métodos de la Institución Libre de Enseñanza. No sé si darían el mismo resultado, pero habría que probar con otra cosa, eso por descontado.   

¿Cómo se podría enseñar algo a un muchacho sin formar?, en primer lugar, en grupos más pequeños, de 12 máximo, sin calificaciones, sin asignaturas parceladas, sin limitación de espacios, sin exámenes (por supuesto). Es decir, deberíamos hacer justo lo contrario de lo que está estipulado y, aún así, habría que probar su eficacia. De todas formas, cuando en clase me he salido de los márgenes tradicionales, todo ha funcionado mejor que lo establecido como normativo, siempre. No enseñamos a los adolescentes a ser mejores personas, ni promocionamos el espíritu crítico, ni a pensar por ellos mismos ni a fomentar las bases del humanismo. Hay que darle una vuelta al sistema, sí, en lo más profundo. Habría posiblemente que reventarlo (viva Valle-Inclán) para crearlo con nuevos mimbres. O, casi mejor, pulir estos principios metodológicos de la ILE (de finales de siglo XIX, nada menos): 


-Educación Activa: El estudiante como centro del proceso de aprendizaje, no un mero receptor pasivo. Aprender haciendo, experimentando, razonando.

-Cientificismo y Razón: Prima la ciencia, el método experimental y el espíritu crítico sobre la memorización y la autoridad.

-Coeducación: ¡Uno de sus aspectos más revolucionarios! Niños y niñas aprendiendo juntos, algo absolutamente transgresor en el siglo XIX.

-Formación Integral: No solo importaban las materias académicas. El arte, el deporte, la excursión al campo («las colonias escolares»), la higiene y la formación en valores eran clave.

-Formación del Carácter: Educar para la libertad, la responsabilidad y la autonomía personal, no para la obediencia ciega.

lunes, 1 de junio de 2026

60 AÑOS



Hoy Eva se habría jubilado. Sesenta años que no se han cumplido, sesenta años que me arrojan a la soledad más absoluta. Nadie sabe de la realidad de los años, ni de los días, ni de las horas. Todo es tan azaroso que asusta. 60 años, 60. Lo he celebrado como a ella le habría gustado. Con una amiga a la que habría adorado por su bondad, por su inteligencia, por su amor a los perros, por su delicadeza. Yo la conocía, a fondo, lo sé, sé de su cariño por los pastores alemanes. Cuando el 29 de mayo descarga así, sin clemencia, uno espera no faltar a la excelencia, cumplir fielmente con su recuerdo, beber tanto como a ella le habría gustado, beber sin medida, nostalgia a nostalgia, con su imagen siempre prendida, en la solapa, en el cuadro del salón, atada a la imagen inmortal de mi hija, de su hija, ¡Alma mía! Nunca el tiempo fue tan despiadado como el 29 de mayo, nunca.