martes, 3 de diciembre de 2013

Lina Morgan y el Libro de buen amor de Antonio Orejudo.

amor3
Si alguien escribiera hoy algo parecido al Libro 
de buen amor —algo tan desconcertante, 
tan ambiguo, tan variado,
tan poco preocupado por el hilo argumental y 
por la trama, tan difícil de colocar en la mesa de 
novedades (¿Lo ponemos en la sección de poesía? 
¿Lo vendemos como si fuera una antología 
poética? ¿O lo ponemos en la parte 
de novela experimental? ¿O en la de sexo? ¿Qué 
tal entre los libros de religión? ¿Y con las 
autobiografías? ¿Lo pasamos a la sección de 
memorias? ¿O lo ponemos directamente en la 
planta de música, junto a los discos de grandes 
éxitos?)—, si alguien, digo, escribiera hoy 
algo así, sería inmediatamente aclamado no 
solo como el renovador de 
la literatura española, sino como el creador de una nueva manera de concebir la novela y los libros de poesía.
Una cosa así le sucedió al escritor español Agustín Fernández Mallo cuando publicó la primera entrega de su serie 
nocillera. Aunque Nocilla Dream estaba escrito en prosa, a muchos lectores les cautivó esa arquitectura de poemario 
en el que la sucesión de imágenes, las reflexiones y las pequeñas narraciones se sucedían en un orden 
aparentemente caprichoso y al mismo tiempo coherente.
Aunque he de confesar que quien de verdad me viene a la cabeza cada vez que hojeo el libro del Arcipreste no es 
Agustín Fernández Mallo sino Lina Morgan. Como le oí decir una vez a mi maestro Francisco Rico, lo más parecido 
en nuestro tiempo al Libro de buen amor es una de esas revistas musicales protagonizada por la artista 
madrileña. Evidentemente, el Arcipreste no es una vedette, pero sí es una especie de crooner que unifica con su 
presencia —es decir, con su voz en primera persona— los diferentes sketches que vertebran la obra.
Si pudiéramos leer este libro con los ojos cerrados, veríamos pasar por delante de nosotros una sucesión de escenas 
musicales, números de baile y enredos teatrales donde abundan los sobreentendidos picantes y las referencias obscenas 
al sexo.
Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenençia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fembra plazentera.
Así, con este tajante dictamen, comienza el primer sketch de este libro-espectáculo. Tras una serie de textos preliminares
de los que hablaré después, el Arcipreste se dispone a relatar su primer fracaso amoroso. La coprotagonista de la 
aventura es una dama que le da calabazas dos veces, a pesar de que el pobre ha buscado la mediación de 
Trotaconventos, una profesional del ramo que entrará y saldrá varias veces a lo largo de la función.
Ojo, no quiero decir que el Libro de buen amor sea una obra de teatro —que no lo es— o que se escribiera 
para ser representado, que tampoco. Simplemente trato de explicar su esencia, que sí es teatral en la medida en que toda 
literatura anterior a la imprenta lo era. Hasta principios del siglo XVI, la literatura no se lee en soledad y en silencio,
como hacemos hoy. La literatura se escucha mientras alguien la lee el público ayudándose de los gestos y de los cambios 
de voz.
Manuscrito del Libro de buen amor de la Biblioteca Nacional de España (DP).
Manuscrito del Libro de buen amor de la Biblioteca Nacional de España (DP).
Fijémonos en el segundo sketch, por 
ejemplo, otra aventura frustrada pero 
muchísimo más obscena. La partenaire 
del Arcipreste en esta ocasión es una 
panadera que se llama Cruz. Imaginemos 
una lectura en voz alta. No es lo 
mismo decir panadera con voz neutra 
que panaderaasí, con un tonillo insinuante 
que subraye las connotaciones sexuales 
que tuvo siempre este oficio consistente 
en amasar amasar y amasar.
En la siguiente aventura sexual, el 
Arcipreste sale a escena disfrazado. 
Ahora se llama don Melón y esta vez, 
gracias a los buenos oficios de Trotaconventos, 
logra casarse con una tal 
doña Endrina antes de convertirse 
otra vez en el Arcipreste y entregarse a 
las delicias del sexo outdoor con cuatro 
serranas, una de las cuales consigue violarlo 
en un episodio que parodia lo cazurro la 
idealizada vida pastoril.
Vendrá luego la famosa batalla entre don 
Carnal y 
doña Cuaresma, y la seducción, no se sabe si culminada 
o no, de la monja doña Garoza, que acaba muriendo como
 muere también Trotaconventos, a quien el Arcipreste 
dedica un amargo lamento, la única pieza triste de 
todo el libro.
Este es, muy resumido, el argumento del Libro. 
Digo argumento por llamarlo de alguna manera. 
Además me dejo muchas cosas en el tintero. Casi todos estos sketches están interrumpidos 
por pequeñas historias o prolongados con números musicales, que sirven de cortinilla entre los diferentes 
episodiosy que añaden aún más variedad a esta especie de varieté que es el Libro de buen amor.
Ejemplo 1: la primera aventura del Arcipreste se interrumpe en dos ocasiones para ilustrar los rechazos de la dama 
al Arcipreste con sendas fábulas de animales.
Ejemplo 2: entre el fracaso con la panadera Cruz y el fracaso con otra mujer a que se intenta seducir después, hay 
una larga tirada de estrofas que disertan sobre la influencia de los astros en el apetito sexual.
Ejemplo 3: la experiencia bizarra con las serranas se remata, para compensar tanto sexo explícito, con un conjunto 
de lírica religiosa.
Y hay más. Se nota que el Libro de buen amor está escrito por alguien que en más de una ocasión se vio en la tesitura 
de tener que predicar delante de un público no demasiado culto, pero muy exigente —los feligreses—, que desviaba la 
atención si algo no lo entretenía. Los desvelos del Arcipreste por captar la atención del lector a base de chistes, 
chascarrillos y variedad de historias es pura deformación profesional. O, si se quiere, aplicación a la literatura
de un adiestramiento y unos trucos que los curas aprendían durante su formación.
Todas estas aventuras sexuales —algunas más cómicas y otras un poco más hardcore— están contadas en cuaderna 
vía, un género poético que los clérigos medievales usaban, como veíamos el mes pasado, para asuntos más nobles. La 
mezcla de estos contenidos tan gamberros con una forma tan solemne y literaria como la cuaderna vía es un flagrante 
desfase entre forma y contenido. Algo así como si Nacho Vidal escribiera sus memorias pornográficas utilizando 
la forma del Tractatus Logico-philosophicus de Wittgenstein.
Pero esta no es la única transgresión del Libro del Arcipreste. Hay más, y algunas de ellas han incomodado mucho a los 
críticos más tradicionales, que no acaban de aceptar o de ver con buenos ojos el sustrato cómico y carnavalesco de la 
tradición literaria en castellano.
Hace muchos años asistí en la Universidad del estado de Nueva York a un magnífico curso de doctorado sobre el Libro 
de buen amor que impartía una profesora estadounidense de origen húngaro llamada Louise Vasvari. La profesora 
Vasvari había dedicado buena parte de su trabajo crítico a demostrar que todos los elementos de este libro, incluido 
el nombre de su autor —Juan Ruiz, Arcipreste de Hita—, constituyen una gigantesca gamberrada —muy bien 
diseñada y escrita, eso sí— en la que cada palabra, cada referencia, cada episodio, por serio que pudiera parecer a 
primera vista, era parodia de algo o tenía connotaciones grotescas en el plano sexual o ambas cosas al mismo tiempo. 
Pues bien, los excelentes trabajos de la profesora Vasvari, discutibles como cualesquiera otros, pero 
minuciosamente documentados gracias a su profundo conocimiento de varias lenguas europeas, han sido 
menospreciados por casi todos sus colegas —varones todos ellos, por cierto—, que no han visto en sus lecturas 
otra cosa que obsesión sexual.
Yo en cambio solo tengo palabras de agradecimiento para ella. Su curso me mostró la rica polisemia de este libro, tan 
difícil de aprehender. El Arcipreste, o comoquiera que se llamara su autor, destacó en muchas cosas, pero sobre 
todo en su capacidad para disolver los significados unívocos y para abortar cualquier intento de embridar el 
sentido y de dirigirlo hacia una sola dirección.
Los que consideran este libro una obra moralista se aferran a las palabras del Arcipreste en alguna de las piezas 
preliminares que he mencionado antes, en particular a un ensayo en prosa donde el Arcipreste declara su intención 
de enseñar el camino de la virtud.
Y es cierto: nada en ese piadoso comienzo anuncia el cachondeo que vendrá después. Formalmente se trata de 
un ensayo teológico (sermón culto o divisio intra, son los nombres técnicos), género que los clérigos 
medievales (los gafapastas de la Edad Media) conocían muy bien; denso, culto y muy pesado para un lector del siglo 
XXI, con mucha cita bíblica y mucha enseñanza moral.
¿Qué dice este ensayo?
Pues lo que tenían que decir los ensayos como este, lo que todos los clérigos universitarios, a los que estaba dirigida 
la pieza, esperaban que se dijera en un texto semejante: que el loco amor (es decir, el sexo) es malo y que el presente 
libro había sido escrito para advertir a la gente del gran pecado que era follar.
Pues bien, cuando los lectores empiezan a convencerse de que la advertencia va en serio, y que efectivamente lo 
que tienen delante es un libro moralista y piadoso, el Arcipreste esboza una sonrisita pícara, y dice sí, he escrito el libro 
para que las personas sepan defenderse de la lujuria, pero como pecar es humano, los que quieran caer en ella, aquí 
hallarán algunas maneras de hacerlo.
Toma ya.
Con una simple frase el Arcipreste dinamita desde dentro la solemne seriedad de los ensayos teológicos y le da la vuelta 

a lo que parecía ser una venerable intención moralista. Los ecos de su risa nos llegan desde la lejanía del siglo XIV:
Entiende bien mis dichos y medita su esencia,
no me pase contigo lo que al doctor de Grecia.
¿Al doctor de Grecia?
¿Qué le pasó al doctor de Grecia?
Pues lo primero que hay que decir de ese doctor de Grecia es que de haber vivido en nuestros días, él también habría 
juzgado con severidad las jugosas interpretaciones de la profesora Vasvari.
Miniatura medieval (DP).
Miniatura medieval (DP).
La historia viene a 
continuación del ensayo 
teológico, justo antes 
de la primera aventura 
sexual del Arcipreste. 
Imaginemos otra vez el 
escenario de revista donde 
se representa el Libro de buen 
amorSobre las tablas hay 
ahora un grupo de sabios 
griegos y un grupo de 
ignorantes romanos. Los 
romanos han ido en busca de la 
sabiduría griega, porque quieren 
que su imperio alcance el mismo 
esplendor que tuvo la civilización 
griega. Los griegos están dispuestos 
a compartir con ellos su sabiduría, 
pero antes quieren 
estar seguros de que los romanos son 
merecedores de ella. Y qué mejor 
manera de comprobarlo que celebrar 
un debate intelectual.
Como los romanos no entienden griego, piden que la 
disputa se celebre con señas. Y como además se 
saben más ignorantes que los griegos, le piden a un 
macarrilla que sea él quien se presente, a cambio de 
una recompensa si sale airoso de la prueba.
Así que comienza la disputa.
Uno de los griegos, doctor muy esmerado, se pone en pie, levanta el índice con sosiego y se vuelve a sentar.
Es el turno del macarra romano, que se levanta, estira el pulgar, el índice y el corazón, y hace un gesto muy violento, 
como si los quisiera clavar en el pecho del griego. Y se sienta tan pancho.
El griego vuelve a levantarse y con la misma calma de antes, le muestra la palma de la mano, y se vuelve a sentar.
El romano no duda: se pone en pie, cierra el puño y lo agita con furia.
Y en ese momento el doctor griego da por terminado el debate. No le cabe duda: los romanos son cultos y merecen 
conocer los secretos de su civilización.
Una vez en casa, los griegos le preguntan al doctor que de qué ha discutido con el romano.
Le mostré un dedo —responde él— para afirmar que solo existe un Dios. Entonces el romano me mostró los 
tres para indicarme que era un solo Dios, pero tres personas verdaderas.
En el otro bando, los romanos también le preguntan al macarra de qué ha discutido.
Me puso el dedo así —dice estirando el índice— para amenazar con sacarme un ojo. Yo le contesté que como me 
tocara, le sacaría los dos, y que con el otro dedo le rompería los dientes. Entonces él me amenazó con sacudirme en 
las orejas con la palma de la mano, yo le mostré mi puño, y ahí terminó la pelea.
Para mí este sketch es una simpática —pero brutal— refutación de la sacrosanta intención del autor, a la que todos 
hemos recurrido en alguna ocasión para privilegiar una interpretación sobre otras. La intención del autor —esta es la 
moraleja del chistecillo— no sirve para nada: los libros no significan lo que el autor quiso, sino lo que el receptor desea; 
una idea que muchos críticos actuales tacharían de posmoderna con un mohín de disgusto, pero que, fijaos, aparece 
en el siglo XIV y volverá a aparecer más tarde, en El casamiento engañoso de Cervantes.
Si ni siquiera sabemos quién escribió el Libro de buen amor, cómo vamos a saber cuáles fueron sus 
intenciones. Al problemático concepto intención del autor y a la propia ambigüedad del libro hay que sumar la 
inseguridad que aporta la inestable transmisión de los textos medievales. La mayoría de las obras medievales que hoy 
leemos como textos definitivos son en realidad conjeturas. El Libro de buen amor, por ejemplo, tiene dos versiones. 
¿Cómo podemos fijar con garantías un solo significado?
La disputa entre griegos y romanos está al principio del libro, como si antes de entrar en la obra su autor nos quisiera 
dar la clave para descifrarla. El sentido de este libro —parece advertirnos— es que no tiene sentido. Sentido único, 
quiero decir. El Libro de buen amor carece de intención porque su autor las tuvo todas. Todas y ninguna. Porque no 
hay pasaje del libro donde no se afirme algo y a continuación se asegure todo contrario.
Esta indeterminación, flacidez o relatividad del sentido —que, como digo, muchos críticos de literatura 
contemporánea consideran una característica negativa de las obras posmodernas actuales— incomoda mucho a 
los lectores formados en la Modernidad. De ahí sus diatribas contra ella y su resistencia a reconocer que esa 
indeterminación no es una característica de esta o aquella corriente literaria. Esta indeterminación es la literatura. 
¡Cuántas veces —y ahora hablo más como novelista que como maestrillo— he visto diluirse mi intención de 
autor en el torrente intencional de los lectores! ¡Cuántas veces he escrito textos que han sido leídos de otra manera! 
Y lo más significativo y también lo más inquietante: ¡Cuántas veces la intención de los lectores ha resultado ser más 
coherente y enriquecedora que la mía!
Como dice el Arcipreste, los libros son como los instrumentos musicales: por sí mismos no dicen nada, ni bueno ni malo; 
unos necesitan que el lector los lea y otros que el músico los toque.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" IX: "Juntas de evaluación".

En las juntas de evaluación que se celebran cada trimestre en los institutos, se valoran las capacidades de los alumnos y se les da un número para que sigan avanzando en su progresión aritmética hacia la inclusión social o se despeñen en la nada del "no titulo", del "no saber qué hacer". Las juntas de evaluación son de esa trascendencia, deciden si el individuo es apto para seguir las pautas convencionales que marca la sociedad o, por el contrario, se dirige hacia un limbo en el que nada tendrá sentido, ni siquiera el hecho de que uno sea muy hábil con el trapecio. Todo se juzga allí, el futuro de las criaturas depende de la valoración que se dé de ellos en esas reuniones casi secretas que se convocan cada trimestre. Muchos alumnos esperan angustiados las decisiones que allí se toman, a otros, los desahuciados de los boletines de notas, les importa poco la solución final.
Aquella tarde se reunieron para hablar de las notas decisivas. Salieron a relucir las aptitudes de los alumnos y se les puso una nota final que acabaría con sus ilusiones o los pondría en la situación que todo buen ciudadano desea. El profesor de Matemáticas se soltó el pelo y habló sin tregua del alumno nº 2, de su familia, de la habilidad de la abuela para hacer pasteles de calabaza y de la mala cabeza de la madre por haber abandonado al padre en un rapto de pasión carnal. El profesor de Inglés tenía clase de "spining" y deseaba terminar cuanto antes la sesión para no perderse el culo de una nueva adquisición del gimnasio. El profesor de Lengua debía recoger a sus hijos de la clase de violín y tampoco le venía muy bien alargarse demasiado con las peripecias de la madre del alumno nº 2. Se intentó cortar la historia del profesor de Matemáticas, pero no se consiguió, la evaluación iba a extenderse hasta malograr la clase de "spining" y el profesor de violín volvería a poner mala cara. Cuando llegaron al alumno 32 todos estaban deseosos de terminar cuanto antes. La pasión de su padre por la metanfetamina y la inclusión de su abuelo en un programa de rehabilitación ya no captaban el interés de la junta de evaluación. La profesora de Ciencias Sociales había recibido un "watshap" hacía ya una hora para tomar café con las amigas y el profesor de Francés había perdido la ocasión de acudir a un curso de macramé que organizaba la Asociación de Punto de la Comarca.
Nadie pensaba ya en las calificaciones de los alumnos ni en la posibilidad de titulación de Encarnita, que por una asignatura no podría seguir copiando temas de bachillerato, se tendría que conformar con repetir lo que había hecho en 4º de ESO (copiar temas de 4º de ESO).
Es un "marrón" esto de tener la junta de evaluación a las 7  de la tarde. Te parte el día y no puedes participar en las sesiones de "Jiu-Jitsu" que organiza la Asociación de Japoneses Maltratados por los Estados Unidos.Solo el profesor de Educación Física tuvo los arrestos de abandonar la sesión alegando que las gaviotas le estaban cagando el coche.Somos de interior, todos lo sabemos, pero se comprendía cualquier excusa para abandonar el suplicio de no poder seguir la costumbre que llevábamos practicando desde que salimos de la carrera. Todos sabíamos qué hacer y una sesión de evaluación te parte los planes por la mitad.  .

El modernismo y Rubén Darío. Valle-Inclán



domingo, 1 de diciembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" VIII: "El curso de los caracoles".

Fue el curso de los caracoles. Se concentraba tanta humedad en el pasillo de bachillerato que había que andar con pies de eunuco si no se quería resbalar o hacer crujir la concha espiral de los moluscos bajo la suela de los zapatos.
Todo comenzó cuando ella cogió la mano de él por debajo del pupitre. Él se ruborizó. Tenía las palmas húmedas y los dedos derretidos. Era la primera vez que se sentaban juntos y ella no desaprovechó la ocasión.
Les dijeron que ese año sí tendrían que estudiar, que era una etapa nueva en la que se esperaba de ellos una madurez que no habían mostrado en años anteriores. Comenzaron el curso con la intención de moldear las muñecas con fibra de vidrio y sangrarse los ojos para no tener que dormir. En eso consistía la madurez: en un martirio de páginas indigestas y en perseguir la obsesión de taquígrafas diligentes. Sí, estaban por fin en bachillerato y la madurez les abría el sagrado ritual de la sumisión y la monotonía.
No esperaba él que en la primera semana de clase ella se sentara a su lado y destrozara todas sus honestas intenciones de acabar con la adolescencia. Ella le cogió la mano y jugaba con sus dedos con una sonrisa en la boca que le acuchilló los apuntes. Sonaba de lejos Garcilaso y se derrumbaban las revoluciones francesas, se anegaron los sofistas en su propio jugo y se eclipsaron las estadísticas bajo un cielo de labios deseados y manos boquiabiertas.
Y lo mejor fue el contagio. Aquel gesto de ella agarrando la mano de él con la suavidad del que acaricia el agua del mar para arrancar la sal, se contagió por todo bachillerato, sin que nadie pudiera poner freno. Ni siquiera la rigidez de los exámenes de la primera evaluación. En los huecos que los armarios huidos habían dejado en los pasillos de bachillerato, se escuchaba un hervor de ostras sorbidas con inexperiencia y un aroma a deseo que destrozaba la severidad de la Física y la mecánica de la Historia. La madurez se había derrumbado bajo un temblor de manos de mar.
Y el contagio llegó a los mayores, a los que alardeaban de madurez y distribuían la severidad. Los chicos se dieron cuenta, adoptaron a una de sus profesoras, la Perdiz, como uno de los suyos, animales de mar que habían sustituido los cuadernos por valvas de fuego. Mostraba la Perdiz, a primera hora, el cuello magullado por las encarnaduras pasionales de un profesor de Inglés y los alumnos aplaudían su rebeldía. En el fragor de la insumisión propuso cambiar las calificaciones numéricas de la evaluación por indicadores de humedad. El profesor de Lengua le hacía ojitos al conserje. Fue en Carnaval: el profesor, "Ricitos de Oro" y el conserje, "Brave Heart". Su amor no pudo aguantar la perdición de los aseos. El propio inspector flirteaba con la Jefa de Estudios y con otras profesoras, aunque su estatura de taburete, su cabeza de buitre y, sobre todo, sus palabras de piedra (que escupían las asediadas como peladillas no comestibles) solo provocaron la risa. No era un animal de mar, sino de desierto rocoso.
En los análisis sintácticos apareció un nuevo complemento: "Juan y Luisa van al parque a divertirse"; "a divertirse" es un complemento circunstancial de amor.
Fue el curso de los caracoles y nadie pudo enjugar la cantidad de humedad que se filtraba por las paredes, nadie pudo evitar que se olvidaran los puntos cardinales.  

sábado, 30 de noviembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" VII: "Retrato familiar".

Ella es alta, con la mirada huidiza y las espaldas cargadas. ¿Cargadas de qué?, no sé, ¿de frustración, de soledad, de rencor, de camiones evaporados, de perros desvalidos, de gallinas sin trigo...? No sé. Era una crueldad mantenerla en clase expuesta a la crueldad de los colmillos adolescentes. Todo el mundo lo veía y nadie hacía nada. Había mañanas en las que ella se plantaba frente a la pizarra y los muchachos bailaban a su alrededor como las hienas suelen rodear la pieza moribunda antes de hincarle el diente en la yugular.
Ella tenía las espaldas cargadas y un vago aroma a armarios cerrados que la apartaba del resto de profesores. Los ojos le bailaban cuando te dirigía la palabra, atemorizada por entablar conversación con alguien que la escuchara, le bailaban de terror, intentaban escaparse de las órbitas para no ser testigos de su incapacidad para las relaciones sociales.
Nadie sabía cómo era su casa. Yo la imaginaba enorme, con retratos de familiares colgados en las paredes, resudando los colores del óleo hasta quedar relegados al sepia de lo ya muerto. La imaginaba arrimada a los fogones de una cocina económica, afanada con torpeza en la elaboración de un bizcocho que luego regalaría para ofender a quien no le caía en gracia. Se oía el eco de los cacharros en toda la casa, empujado por la oquedad y los techos altos. Calmaba el ladrido del perro, asustado por la caída de una telaraña, y salía a echarle de comer a las gallinas con las que congeniaba mucho mejor que con los chicos de 12 años. El pueblo en el que vive es tan pequeño que sus habitantes temen salir a la calle por si descubren a alguien de fuera y pregunta algo, lo que sea, supondría un sofoco.
Era de un laconismo antiguo que asustaba. Solía dejar certeros análisis de pocas palabras cuando describía a algunos de los compañeros y reaccionaba con violencia cuando se veía acorralada. El problema era que ella siempre se sentía acorralada. Los muchachos son crueles avispas que revolotean y zumban sobre la carne perdida y la muerden hasta dejar todo su veneno en las arterias. Se hinchaba la ponzoña y era peligroso para todos mantener esa infección. Ni siquiera poníamos barro en el dolor para calmarlo.
Ella es alta, como los panteones funerarios, y un día, cuando se fue, rasgó los murales de despedida que habían elaborado sus alumnos. No lo hizo por desagradecimiento, ni por odio, lo hizo por esa infección de veneno que nadie le había curado. Se marchó en silencio, sin teléfonos, sin fiestas de despedida, como el novio que tuvo cuando era joven. Lo contó en una de las pocas confidencias que dedicaba: "Él conducía camiones, transportes internacionales, paraba poco en el pueblo. Le dije, el camión o yo, y eligió el camión. Y aquí me he quedado, con mis gallinas y mi perro". Ella es alta y con las espaldas muy cargadas de desolación.    

viernes, 29 de noviembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" VI: "¿Qué es un arcipreste?"

"¿Qué es un arcipreste?" No, no estoy copiando el poema de Buñuel sobre Un perro andaluz. "¿Qué es un pícaro?" No me voy a referir a las noticias con las que todos los días nos bombardean los diarios hasta dejarnos secos. "¿Qué es un fraile?" Tampoco estoy elaborando un tratado de teología ni he visto a Dios en una esquina. "¿Qué es un devoto?" De nuevo lo confirmo: nada tiene que ver esta crónica con el mundo indómito de la clerecía (bueno, un poco sí). "¿Qué es un calderero?" Ahora sí, entramos en la dificultad de las artes y oficios. A ver cómo explico yo esto. "¿Y un aguador, qué es un aguador?" Toma ya, a ver cómo se traga que alguien se gane la vida vendiendo agua. "¿Qué es un hidalgo?" Si lo llego a saber no vengo, si lo de aguador es difícil de digerir, no va a ser menos complicado hacer comprender cómo se vive del aire, papando moscas (tampoco esto se va a entender). "Esta si que no la sabes, ¿qué es un pregonero?" Explicarlo en voz baja no es nada sencillo. Recurriré a la mímica. "¿Y un resumen, qué es un resumen?" Ahora si que no, ya no me engañan más.
Antes de oír la última cuestión, había llegado a preguntarme en qué idioma había puesto el control de lectura sobre el Lazarillo, pero ahora me doy cuenta de que no se trataba de problemas metalingüísticos, sino, sencillamente, de ganas de pegar la hebra (no, esto tampoco se va a entender), de entablar conversación, de desarrollar la habilidad de la sinhueso, que tan bien dominaban, por otra parte, pícaros, caldereros, hidalgos, aguadores, pregoneros y, sobre todo, frailes y arciprestes.
Nada, que el examen estaba pidiendo a gritos que no fuera por escrito o que fuera representado por cómicos de la legua o que no fuera.
   

jueves, 28 de noviembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" V: "Relatos de crímenes"

Enrique cuenta las tribulaciones de una marroquí con 5 hijos a la que atropella un coche cuando va a cruzar la calle para recuperar el pañuelo que le cubría la cabeza. Paula cuenta la historia de un muchacho del siglo XVI, celoso y atormentado por un amor que lo traiciona y que ocasiona su desgracia. Damián, con su rudo estilo, se hace eco de las noticias de un asesino real que han soltado de la cárcel. Ángel mata a unos y otros en su redacción con todo tipo de armas, reales y cibernéticas... Las historias de muertes, desangramientos, disparos y cuchilladas se suceden en cada una de las voces inocentes que pasan por el centro del aula para demostrar lo que inventaron el día anterior por la tarde. Nadie les dijo que debían ser historias de aquelarres, de asesinos en serie o de ladrones sin escrúpulos. Nadie había puesto como condición que los relatos debían incluir por lo menos un apuñalamiento o una degollación, sin embargo, ellos consideran siempre necesario que se incluya a la muerte en sus historias. Que haya un loco, un terrorista o un ofendido que siembre de sangre la historia parece necesario, casi imprescindible para que resulte interesante. Nada atrae más atención para ellos que el crimen desaforado, la violencia sin sentido, el misterio de la desaparición. Todos siguen el mismo guion, como si no hubieran oído otra cosa a su alrededor o no hubieran leído sino novelas del género más negro. Me niego a pensar que sus relatos son un producto de la sociedad violenta en la que vivimos. Creo más bien que su ansia de vida, su espíritu indomable está tan lejos de la muerte, que la contemplan como algo misterioso y fantástico que les atrae de manera irresistible como motivo literario. Como el viejo que recuerda mejor su infancia que dónde ha puesto las llaves, porque la imaginación es caprichosa y añora lo que se ha perdido o lo que queda muy lejos.  

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" IV: "Celos de buey con arado"

Las tizas se partían en lo alto de las espadañas. Tras la huelga de pizarras, nadie quería escribir con faltas de ortografía. Esperaban los muchachos en la oscuridad del pasillo y empujaban sus mochilas con el ardor de quien desangra las toxinas con atropello de ametralladora. Todo esto ocurría en los corredores del instituto y nadie era capaz de atrapar la algarabía ni de ponerle freno a los aullidos de la carne hirviente. Después de pisar las baldosas azules, en los cambios de clase, pocos pueden decir que no han vivido la aventura de la ruta Quetzal en una almendra.
Nadie recuerda su adolescencia, todos olvidamos la locura del hombre sin terminar que una vez fuimos. Todos relegamos en un rincón perdido de la memoria los años de la timidez y la tonsura. Si pudiéramos recoger los fluidos perdidos en las esquinas de las aulas, llenaríamos odres enteros de semen sin manos, colmaríamos de entusiasmo y de crueldad los densos pastos de la madurez rumiante. Las mochilas retornarían y con ellas las zancadas de garza que no domina todavía el relieve extraño fuera del nido. De nuevo la angustia nos desgarraría la garganta y no sabríamos cómo contestar a una voz amada. El paso nos volvería a temblar y reaccionaríamos con violencia ante la ofensa de una nube de espuma lanzada contra nuestra vulnerabilidad de libélula. Necesitaríamos los cuerpos de otros seres indefensos como nosotros para apoyar el paso indeciso en el hombro temblón de una amistad sin candado y no amaríamos la soledad salvo en caso de oscura y maloliente necesidad.
Y a pesar de todo, la añoramos, lloramos por la desgracia perdida de no saber por dónde vadear un arroyo, de no saber firmar igual más de dos veces. Añoramos la locura y la crueldad y lo espontáneo y la inexperiencia y el agua del río todavía sin explorar. Los envidiamos en el fondo, por eso a veces, si no nos controlamos, los odiamos, por el olvido y por celos de buey con arado.  

martes, 26 de noviembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" III: "La alienación y un pantalón roto"



Después de tantos años dando clase, sucedió lo que tenía que suceder.
Ya no cuidaba con el suficiente esmero su presentación en público. Al comienzo de su carrera, se aseguraba todas las mañanas de no llevar ninguna mancha en la camisa y de que la cremallera de la bragueta  estuviera bien cerrada. Después, poco a poco, la indolencia fue abandonando el cuidado de su vestuario.
Tenía que suceder algún día, era inevitable.
Las sesudas y trabajosas planificaciones de los primeros años habían quedado atrás, el tiempo había dejado que se adocenara al albur de la improvisación y en la rutinaria lección tantas veces impartida. A veces le remordía la conciencia por no ser tan escrupuloso como antes, por no prepararse con el esmero que lo hacía al empezar, por no cuidar los detalles de su puesta en práctica y no contemplar ejemplos y actividades que resultaran atractivos. Se revolvía contra sí mismo, pero era incapaz de reaccionar. La comodidad lo podía todo.
Las nuevas tecnologías le ofrecían un gran campo nuevo donde experimentar, casi tan vasto como el que abrieron los educadores de la Institución Libre de de Enseñanza. Pero la pereza lo ganaba pronto para su causa. Había que trabajarse demasiado los temas para que tuvieran algún resultado aceptable. Lo sabía muy bien, él mismo lo había experimentado cuando comenzaba. Recordaba cuando intentó implantar alguno de los métodos innovadores y aún guardaba en la retina las caras de sorpresa de los muchachos. Todavía utilizaba alguno de esos recursos, pero lo hacía de forma tan mecánica que los resultados ya no eran los mismos.
Tenía que suceder lo inevitable, era necesario, estaba cantado. Al recoger la tiza del suelo, oyó cómo la culera de su pantalón se rasgaba. El mismo pantalón que llevaba el día que comenzó a dar clase. El sonido de la tela raída, abriéndose como el vientre de un pescado, arañó su alienación y la sacó al aire. Nunca se había sentido tan vacío y no porque no llevara calzoncillos, sino porque eran también los mismos que cuando empezó a dar clase.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El Decamerón para Literatura Universal

Aquí os dejo el PDF para poder leer los cuentos del Decamerón. Al comienzo de cada narración, hay una síntesis de la historia, esto os puede ser muy útil para elegir la que más os atraiga. Una vez elegida, debéis leerla, actualizarla y memorizarla para contarla oralmente. Suerte y al toro. Pinchad sobre el enlace: Decamerón de Giovanni Boccaccio

Crónicas desde la "indocencia" II: "Los iluminados"


 "Hacia dónde vamos con esta juventud tan corrupta y falta de sentido" (Séneca, siglo I d.C.)

Hacía días que no se entablaba una discusión digna de ser transcrita en la sala de profesores. Las conversaciones inanes, sin trascendencia se habían sucedido en las últimas jornadas. Alguno mencionaba el frío que hacía para tratarse de principios de enero, otro hablaba del partido del domingo, otra de los vestidos que se había comprado por Internet..., pero todos sabían que en cualquier momento podía saltar la chispa de la inteligencia y fabricar un diálogo memorable era cuestión de tiempo. Las criaturas que deambulaban por aquella sala eran susceptibles de desarrollar algo así en cualquier ocasión: él, joven y recién llegado al centro, leía un examen de bachillerato; ella, veterana y sabia, escuchaba y asentía ante las verdades de plomo del novicio: .
-Seguro que nosotros no éramos así.
-Por supuesto que no.
-No he leído tanta tontería en todos los días de mi vida.
-Y acabas de empezar, espera que lleves un tiempo más en esto y verás de qué son capaces.
-Pero es que no doy crédito. Yo a su edad -la diferencia entre él y sus alumnos era de 10 años- no escribía así. No se entiende nada y no tienen referencias culturales. ¡Hijos de la LOGSE!
-Ya, ya, qué me vas a decir a mí. No saben nada, ni quién era Franco, ni qué es una valencia, ni qué es una raíz cuadrada, ni quién escribió el Ulises...
-Yo no hago más que mandarles ejercicios y soltarles el rollo para que no me escuche nadie y sigan con esa cara de alelados. Solo esperan que termine la hora para ir corriendo a coger el móvil. Me desesperan. Voy a acabar por ponerles películas, al fin y al cabo les va a dar lo mismo.
-A mí ya me da igual que me escuchen o no. Yo les doy la clase y el que quiera que me siga y el que no que llame al maestro armero.
-Con lo que a mí me gustaban las Matemáticas, por Dios. Con 14 años me volvía loco por hacer los deberes en casa y adivinar la respuesta correcta. No tenía otra cosa en la cabeza.
-Sí, esta gente es de otra raza. Nosotras respetábamos a las monjas más que a la Virgen.Y es que se hacían respetar. Si ahora pudiéramos estamparles la cara en la pizarra cada vez que hacen algo mal, otro gallo nos cantaría.
-A mí nunca me han pegado, pero una torta a tiempo nunca viene mal.
-Si no hubiera sido así, nunca me habría sacado la carrera.
-¡El que me faltaba!, ¡menuda perla!, este no sabe ni escribir. ¡"Agravar", me lo ha puesto con "v"!
-Bueno, eso es lo de menos. En mi tiempo no nos enseñaban las tildes y desde luego no pienso aprender ortografía a estas alturas.
-Sí, pero éramos mucho más nobles, cultos y respetuosos.
-Eso sí.
-¡No sé dónde vamos a llegar!

domingo, 24 de noviembre de 2013

Crónicas desde la "indocencia" I: "El domador".


Primer error: confundió el bloque de ladrillos cara vista con una carpa de circo. Segundo error: se creyó domador y se pertrechó de todo lo necesario (látigo, casaca roja con botones dorados, pantalones bombachos, chistera tremenda, botas altas de charol y bigote de fantasía). Entró en la clase de 1º de ESO vestido de esta guisa y cometió un tercer error: quiso transformar el estómago carnívoro de los que allí habitaban  en "panza, redecilla, libro y cuajar" (se empeñó en cambiarles la dieta de carne de gacela por canónigos salvajes y pasto sin sangre. Craso error).
Cuando esgrimió el látigo por primera vez, salpicó de estrellas chispeantes el aire herido, callaron durante un momento, pero observaron su aspecto ridículo, apedrearon su chistera y, por supuesto, no consiguió domesticarlos ni cambiar su naturaleza carroñera. Con el paso de los días, perdió el látigo, lo engulleron ellos poco a poco y lo vomitaban en forma de grafías malheridas. También notó cómo su casaca iba perdiendo color, apenas impresionó su atuendo a la concurrencia y, deprimida, se fue desvayendo hasta convertirse en un jersey de lana gris. Los botones dorados cayeron por el suelo y los recogieron ellos para sustituir al compás y dibujar círculos perfectos sobre cuadernos cuadriculados. Las botas se llenaron de polvo y comenzó la desidia diaria de no frotarlas con betún. Del bigote poco diré: el ansia de respeto que escondía lo transformaron ellos en chifla y pitorreo. Pronto habría que afeitarse para no ocupar, sin derecho, la plaza del payaso.
Penúltimo error: les hizo hablar para entenderlos. "Mi padre tiene una oveja a la que le salieron pelotas", "yo, yo, yo", "tengo una cosechadora roja, el otro día se estropeó", "mi padre ha embestido en un banco" "yo quiero ser astrónomo, pero no de telescopio, de los que viajan a las estrellas para ver cómo son", "yo, yo, yo", "¿cuántos años tienes?, 77", "no, 23", "yo quiero ser gigoló y mecánico", "yo, yo, yo" "ha dicho que languidecer significa comenzar a morir, pues como mi abuelo, él está lan-gui-de-cien-do".
Cuando solo le quedaban la chistera, el jersey gris (los pantalones bombachos tuvo que donarlos a la caridad del instituto) y unos calzoncillos con manchas de leopardo que le sentaban muy bien, comenzó a notar que ya no necesitaba darles hierba para que perdieran los colmillos, que el secreto estaba en convertirse él mismo en carnívoro y participar de sus pitanzas, y pudo escribir en la pizarra sin que sonaran silbidos a su espalda y pudo hablar despacio sin que lo interumpieran un bostezo o un temblor furioso de labios.
       Último y definitivo error: creyó haber encontrado la fórmula para que lo escucharan.

sábado, 23 de noviembre de 2013

"Escritores enredados"


Desde que me paseo por blogs y perfiles de Facebook de escritores y artistas, suelo experimentar una sensación de rechazo hacia ellos que me provoca una reacción contradictoria: aborrezco sus obras para los restos.
No voy a dar nombres, pero a muchos de estos autores los he leído antes de conocerlos en las redes sociales y he tenido alguno de sus libros en alta estima. Conozco el peligro de confundir al autor con su creación. Se pueden citar muchos ejemplos de malas personas que han desarrollado carreras literarias de mérito indudable (cualquiera conoce a más de uno). Y a pesar de saber que hay que discriminar al personaje de su engendro, no puedo evitar confundirlos cuando me sumerjo en esas páginas inanes en las que vierten sus opiniones cotidianas y muestran sus egos hidropésicos e inaguantables. Es superior a mí: los oigo opinar sobre la realidad diaria, comentar asuntos privados y solo percibo su vanidad y su soberbia golpeando una y otra vez sobre el pobre lector rendido a sus pies.
Leí, antes de conocer a su autor por las redes sociales, una novela y un libro de poesía de uno de estos escritores. La novela en concreto me pareció muy interesante. Pues bien, entusiasmado con él, busqué su nombre en Facebook y comencé a seguir con cierta asiduidad sus comentarios porque es inevitable interesarte por la personalidad de un artista que admiras. Al cabo de unos meses, no solo no volvió a despertarme la curiosidad nada de lo que decía en su perfil, sino que aborrecí su obra sin aparente razón alguna. Ya no he vuelto a leer nada de él ni tengo intención de hacerlo. Mal hecho, pero inevitable.
 Lo mismo me ha pasado con un puñado de autores más a los que si no admiraba, sí que me parecían dignos de ser leídos. Desde luego hay excepciones, pero son demasiado escasas.
Una vez sacadas las pertinentes conclusiones (tampoco era muy difícil llegar a ellas), he tomado la determinación de no volver a visitar ningún perfil de escritores que haya leído o que me hayan interesado y últimamente huyo hasta de los desconocidos.
Pero me surge una duda y un problema si no metafísico, sí de índole circense, yo también escribo y también tengo páginas abiertas en Internet. Estoy seguro de que incurro en las mismas idioteces que ellos, pero me salva algo muy importante, no tengo lectores. Si alguna vez los tuviera (es bastante improbable), no hay que ser muy inteligente para saber lo que uno debe hacer: antes de que la complacencia lo hinche a uno hasta reventar y llene sus alrededores de humores pestilentes de engreimiento, es necesario que desaparezca del orbe cibernético. Que solo lo conozcan a uno por su obra y que lo aguanten los que lo han alimentado (si son capaces).    

sábado, 16 de noviembre de 2013

"Poesía, lenguaje, poetas y no poetas" de Natalia Carbajosa

Hoy quiero hablar de poetas que me parecen más poetas todavía cuando reflexionan
sobre la poesía y la vida en sus contadas incursiones en la prosa; de novelistas cuyos
párrafos más felices suenan a poesía; y de poetas-novelistas que hacen de su prosa,
a mi entender, parte de su mejor obra poética. No puedo garantizar que no 
salgamos de este embrollo con las ideas más confusas que ahora mismo, en el inicio. 
Pero eso sí, el que avisa no es traidor.
Lo que singulariza a estos autores, según mi criterio de lectora, es su capacidad para
 hacer del lenguaje, en primer lugar, lenguaje, y no otra cosa; para hacernos caer en
 la cuenta de que las palabras tienen peso, volumen, sonido. Y solo cuando esa 
delicada operación se ha realizado con éxito, esto es, cuando en lugar de invitarnos 
a pasar fugazmente por las palabras como si fueran transparentes, nos obligan a 
detenernos un rato largo sobre ellas, solo entonces detona el pensamiento que 
contienen con un vigor inesperado que se nos antoja nuevo y antiguo a la vez. 
Sostenemos entonces las palabras en el cuenco de las manos como quien 
acabara de descubrir un tesoro y lo mantiene así, tembloroso y precario, 
en medio de la nada.
De entre el primer grupo (poetas que también escriben poesía cuando escriben 
prosa, aun sin pretenderlo), existen ejemplos célebres y solemnemente tipificados, 
como el «la poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo» del Juan 
de Mairena de Machado. Pero hay en ese texto mucha más miga que apunta ya no 
solo a la poesía, sino a la propia expresión del pensamiento no evidente de la que 
es objeto la poesía: «Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si 
dijéramos en una copa más honda de nuestro espíritu».
Y ya que hablamos de recipientes, pues las imágenes de los mundos abstractos 
(o sutiles, siguiendo con Machado) necesitan concretarse en objetos cotidianos 
reconocibles, recordemos a Sophia de Mello, poeta portuguesa del siglo XX, 
amiga del mundo clásico y de las revoluciones sociales, que acompaña sus 
poemas con disquisiciones del tipo:
Miro al ánfora: cuando la llene de agua me dará de beber. Pero 
ahora ya me da de beber. Paz y alegría, deslumbramiento de estar en el 
mundo, reunión.
Sophia de Mello Breyner (1919-2004)
Sophia de Mello no escribe largos tratados de teoría literaria, sino breves 
introducciones en prosa a sus libros de poemas (véase su obra completa, 
publicada por Galaxia/Gutemberg) que son ejemplos de concentración de 
pensamiento y estallido de imágenes. Igual que en un poema.
Algo parecido sucede en el caso del precoz poeta austríaco de finales del 
siglo XIX Hugo von Hofmannstahl, del que tan admirablemente 
habla en sus memorias (El mundo de ayer) su compatriota Stefan 
Zweig. Al igual que autores tan diversos como RimbaudRilkePessoa 
Thoreau, Hofmannstahl habla de la expresión poética desde la negación 
e incluso la renuncia (Carta de Lord Chandos, 1902), esto es, como aquello 
que no es posible materializar. Su discurso enlaza por una parte con esa 
«copa más honda de nuestro espíritu» de Machado, y por otra con la 
atención a los objetos de de Mello; objetos que contienen, más allá de su 
utilidad, aquello que no se puede expresar:
No me es fácil explicaros en qué consisten esos buenos instantes; las 
palabras me abandonan nuevamente. Porque es algo completamente 
indefinido e incluso indecible lo que se me declara en tales momentos, 
colmando cualquier suceso de mi círculo cotidiano con un desbordante 
raudal de vida superior, como una copa. No puedo esperar que me entendáis 
sin ejemplos, y debo pediros indulgencia por su banalidad. Una regadera, 
un rastrillo olvidado en el suelo, un perro al sol, un pobre cementerio, 
un lisiado, una pequeña casa de campesinos, todos ellos pueden convertirse 
en cuenco de revelación.
¡Vaya con los poetas-poetas! parecen tener fijación con los cuencos, las copas, 
las ánforas. Esos «buenos instantes» de Hofmannstahl, como las epifanías 
de Joyce o comoquiera que llamemos a los momentos de extrema y fervorosa 
lucidez que toda persona, poeta o no, experimenta alguna vez en su vida, necesitan 
de un continente, un receptáculo que los almacene. De ahí al uso lúdico de los 
objetos comunes por parte de las vanguardias pictóricas y poéticas de principios 
del siglo XX, hay un mínimo paso.
Crucemos a continuación el puente hacia los poetas-novelistas que, escriban 
en el formato en que escriban, siempre hacen poesía. Es el caso de un gigante 
del lenguaje del siglo XX como Álvaro Cunqueiro. Solo por obras como 
Herba aquí ou acolá, podría pasar a la historia de la literatura como un 
gran juglar. Pero donde su poesía se decanta, en ocasiones, del lado de la 
melancolía, la prosa refulge con el único ánimo de elevarse sobre cualquier 
pensamiento a ras de suelo, antes que nada en la propia declaración de intenciones 
del autor:
Yo, que no desconozco los grandes temas del siglo, y estoy atento a eso que 
llaman la coyuntura histórica, y acepto la gran patética de mi tiempo y quiero 
ayudar, en lo que me sea posible y aún bastante más, al hombre de estos 
días, tantas veces puesto en el filo de la navaja, no me dejo asustar por los 
profesionales de la angustia, y busco en la gran peripecia humana, tantas 
veces mágica aventura, tantas veces sueños espléndidos y mitos trágicos, 
la razón de continuar.
Álvaro Cunqueiro (1911-1981)
Y es que, detrás del creador de textos inolvidables como Merlín y familia, 
Crónicas del Sochantre Las mocedades de Ulises, hay un funámbulo 
del lenguaje tan refinado como su ilustre paisano, Valle-Inclán. Mencionados 
estos dos nombres, es mi ocasión para proponer aquí una infundada tesis a la que he 
llegado por el único método investigador, de dudosa fiabilidad científica, de la lectura: 
a saber, que los gallegos son, entre los castellanohablantes, igual que los irlandeses 
entre los angloparlantes, los de mayor talento para sacar brillo al puro lenguaje que 
reluce detrás de las palabras. Debe de ser que el toque celta convierte a sus criaturas 
en poetas, a pesar de cómo maltratan a su bardo los rudos habitantes de la aldea 
de Astérix.
Clarice Lispector (CC)
Clarice Lispector (CC)
De la mano de Cunqueiro y Valle-Inclán nos asomamos a los novelistas-novelistas, esto es, los que no son poetas. He escogido a dos autoras en cuya disparidad encuentro una complementariedad perfecta. Natalia Ginzburg, judeo-italiana, cronista de la vida familiar durante la Segunda Guerra Mundial, es una autora eminentemente narrativa, y escribe con desacostumbrada claridad, como si nos contara cosas de abuelas en torno a la mesa camilla de la cocina.Clarice Lispector, brasileña de origen ucraniano y también judía, sofisticada, adscrita a los compases finales del modernismo brasileño, tiene una escritura oscura, que apenas cuenta nada, pero que hipnotiza a quien a ella se entrega. A pesar de lo cual, ambas suenan extrañamente inocentes, escribiendo —así, como quien no quiere la cosa— en una prosa que, sin ninguna pretensión poética, a mis oídos lo es, y más que mucha poesía:
No tenían en absoluto la pinta de dos que están a punto de casarse, dijo él. No tenían ningún aire jactancioso o triunfal. Parecían dos que hubieran tropezado por casualidad uno contra otra en un barco que se estaba hundiendo. Para ellos no había música de charanga, dijo él. Y eso era lo más bonito, porque cuando el destino se anunciaba con sonora música de charanga siempre había que ponerse un poco en guardia. La música de charanga por lo general no anunciaba más que cosas pequeñas 
y sin fuste, era una manera que tenía el destino que burlarse 
de la gente. Pero las cosas serias de la vida pillaban de sorpresa, 
brotaban de repente como el agua.
(Natalia Ginzburg, Nuestros ayeres, 1952).
Estoy engañándome, tengo que regresar. No veo locura en el deseo de 
morder estrellas, pero todavía existe la tierra. Porque la primera verdad 
está en la tierra y en el cuerpo. Si el brillo de las estrellas duele en mí, 
si es posible esta comunicación distante, es porque alguna cosa semejante 
a una estrella se estremece dentro de mí. Estoy de vuelta al cuerpo. Volver 
a mi cuerpo. Cuando me sorprendo en el fondo del espejo me asusto.
(Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje, 1944).
Y emprendemos el viaje de vuelta hacia los poetas-prosistas, esto es, los que 
indistintamente cultivan uno u otro género. La única autora viva de esta selección, 
Ana Blandiana, es una singular cronista fantástica de la dictadura de Ceaucescu 
en su Rumanía natal, un poco a la manera de Kundera en Checoslovaquia. Blandiana 
es una excelente poeta y, sin embargo, son sus relatos los que a mí, particularmente, 
me hacen volver una y otra vez sobre una frase, una imagen, una palabra, para 
desentrañar aquel elemento foráneo que —¡zas!— se ha colado en la lógica de un 
discurso que en el fondo no es tal:
Se preguntaba incluso, arrullándose a sí mismo, qué sueño iba a tener y, solo 
después, se hundía en él. Pero antes de esto, como cada noche, después de 
desabrocharse el último botón y de dejar caer toda la ropa, hizo su habitual 
gimnasia: sentado estratégicamente en aquella zona de la habitación más 
libre de muebles, estiraba al máximo, abría y cerraba sus alas anquilosadas 
por el desuso. Varias veces repitió concienzudamente este movimiento. 
Y, solo después, se durmió.
(Proyectos de pasado, 1982).
Ana Blandiana. Foto: Ady Sarbus (CC).
Ana Blandiana. Foto: Ady Sarbus (CC).
La prosa/poesía de Ana Blandiana 
es una especie de actualización de los 
bestiarios medievales: las criaturas 
fantásticas se pasean por sus páginas 
con la naturalidad propia de los 
cuentos de hadas o las pesadillas. Es 
quizá esta manera indirecta de decir 
la única apropiada para aquello 
que, como apuntaba Hofmannstahl, no 
se puede expresar.
El último de mis elegidos, 
compañero de generación de Ginzburg 
y el más destacado entre ellos, Cesare 
Pavese, constituye otro ejemplo de 
poeta-novelista. Más allá del tantas veces 
repetido verso «vendrá la muerte y tendrá 
tus ojos», de sus desalentadoras memorias 
El oficio de vivir y sus novelas y libros 
de relatos, Pavese escribió un texto 
extraño, imposible de adscribir a ningún 
género, cercano en su actualización del mundo 
clásico a los de Cunqueiro, llamado Diálogos con Leucó. Quien lo haya leído, convendrá conmigo en que 
es una verdadera cumbre de la poesía no escrita para ser poesía. Con él cerramos el círculo de la expresión 
del pensamiento poético que reclama en su ayuda la presencia de los objetos cotidianos. En palabras
 de Mnemósine a Hesíodo:
¿No te has preguntado por qué un instante, similar a tantos del pasado, deba de golpe hacerte feliz,
 feliz como un dios? Tú mirabas el olivo, el olivo en la senda que recorriste todos los días durante
 años, y llega un día en que el hastío te deja, y tú acaricias el viejo tronco con la vista, 
como si fuese un amigo recobrado y te dijera la palabra justa que tu corazón esperaba. Otras 
veces es la ojeada de un transeúnte cualquiera. Otras la lluvia que insiste hace días. O el grito 
estrepitoso de un pájaro. O una nube que jurarías haber visto ya. Por un instante el tiempo se 
para, y esa cosa trivial la sientes en el corazón cual si el antes y el después ya no existieran.
Cesare Pavese (1908-1950)
La conclusión de este diálogo es la exhortación de Mnemósine a Hesíodo: «Intenta decir a los 
mortales estas cosas que sabes». Todos los escritores aquí citados recogen el guante lanzado por 
la diosa, que va más allá de la voluntad de escribir. Se trata de escribir sobre lo que no se 
puede expresar, lo que no se anuncia con charanga, lo que imprime sus huellas —que siempre 
vienen del cielo— en el cuerpo y convierte a las palabras en cuencos, cuencos que reflejan el brillo 
de ese líquido extraño que han llegado a contener. «Buscar el secreto profundo de la vida es el grande, 
nobilísimo ocio», sería otra manera de decirlo, en palabras del juglar de Mondoñedo. Cualquiera que 
sea el procedimiento, las palabras a su servicio se convierten, lo quieran sus autores o no, en poesía.
Y para no acabar con la amargura del recuerdo de Pavese, poeta-suicida de alargada sombra, concluiré 
con el gesto verbal, siempre ascendente, de Cunqueiro, llevando en su compañía a otro ilustre 
corredor de relevos de la poesía: «El Gibelino y yo vamos, al borde de la tiniebla, creyendo que 
toda hora es alba». Que así sea.