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lunes, 16 de julio de 2018

"El burlador de Sevilla" de Tirso de Molina, representada en Almagro por la CNTC


Es curioso comprobar cómo los años transforman las obras artísticas y cómo el contexto social e ideológico las muestra con un barniz distinto. No es lo mismo ver El burlador de Sevilla en el siglo XVII, época de su estreno, que en el XXI. Ni siquiera es igual ver o leer la obra a finales del XX que en 2018. Sin embargo, los clásicos tienen esa cualidad, la de aguantar el tranco de los años y avanzar con él.
Tenía yo una impresión de esta obra (estudiada en la carrera y vista en los escenarios en los 90) muy distinta a la que me asaltó anoche en el Hospital de San Juan de Almagro. Recordaba a don Juan Tenorio con la simpatía malvada que marcaba a los canallas, con la romántica visión de quien desafía a la divinidad. No fue lo que experimenté ayer al encontrarme de nuevo con el burlador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico
Es un personaje cincelado en mármol a través del verso claro y dinámico de Tirso, bien dicho por los actores. Un personaje antipático, cruel, violador, déspota, inhumano... Lo de menos es su irrespetuosidad religiosa. Ese continuo "largo me lo fiais" con que responde a la muerte y a la condena eterna, es una letanía que don Juan repite desde que aparece en escena hasta que es devorado por el fuego del infierno, pero no es lo que marca su carácter. Es un ser inconsciente, ajeno al mal que provoca e impelido por una fuerza demoníaca que lo arrastra a las peores iniquidades contra las mujeres y al desprecio de la vida. Su padre y la corte (el poder), sin embargo, se empeñan en tapar sus delitos, pese a lo flagrante de su execrable comportamiento (no sé a qué me suena todo esto). 
Me sigue pareciendo más firme este personaje que el de Zorrilla, amanerado por los requisitos del romanticismo tradicional. Es más puro en su infamia. Un mito que, como Macbeth o Lady Macbeth, sirven para que los reconozcamos por la calle, para que comprobemos que en el mundo no todo son tortas y pan pintado. 
El burlador de Sevilla es una tragicomedia de carácter con los efectismos necesarios para atraerse al público, al vulgo de Lope (los escenarios madrileños eran el Hollywood de la época): promiscuidad, violencia, charla con los muertos, disputa con ellos, cenas de ultratumba... La versión de la compañía no los esconde, y hace bien, a través de una escenografía que ayuda a realzar el mito y a la fidelidad del espectáculo visual solemne.
Raúl Prieto es un don Juan redondo en su porte y en su actuación, al que sirve de contrapunto un Pepe Viyuela convertido en Catalinón, un gracioso atípico en la comedia nueva española porque se acerca más al bufón de Lear (amargo personaje que se emplea en tirar a la cara del amo las miserias más terribles) que al personaje ridículo del teatro español, que solo intenta provocar la risa.
Me alegro de no ver ya a don Juan con esa oscura mirada de macho cómplice con el canalla y conquistador sin escrúpulos. Me alegro de que la vida, la cultura, los años, me muestren la cara antipática y despreciable de este personaje. Como me alegro, asimismo, de que en la literatura y en los escenarios podamos contemplar la maldad en carne viva, desde la butaca, para extirparnos el error de sus comportamientos y para horrorizarnos con ellos. El arte es una sublimación de la vida y esta obra es arte, se confunde con la vida, avanza con los tiempos y se transforma a la luz de las nuevas costumbres.     

domingo, 15 de julio de 2018

"Los empeños de una casa" de sor Juana Inés de la Cruz en Almagro


Empiezo con un topicazo de libro, el "marco incomparable". Sí, Los empeños de una casa de sor Juana Inés de la Cruz se representó en el "marco incomparable" del Patio de Fúcares de Almagro. Un claustro renacentista, bien restaurado, bajo el techo del cielo estrellado y el silencio reverencial de la noche oscura y apacible. Un "marco incomparable", un lugar de ensueño que se presta como ninguno a la escenografía preparada por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Al encenderse la iluminación, la radiografía de una ballena varada se estampa sobre el empedrado del claustro y suena la voz de José Sacristán para que apaguemos los móviles. Sin escenario, el público a uno y otro lado del claustro y un espacio en el centro para que los actores se empleen en la representación. Muy original, muy próximo y muy peligroso para los cómicos, a los que contemplaremos tan de cerca como al vecino de localidad. 
No conocía la obra y de sor Juana Inés solo había leído alguna de sus poesías. Accedí a la representación con un prejuicio (mal asunto): lo que no se ha dado a conocer en cuatro siglos difícilmente puede ser valioso. Mi prejuicio en un pozo. El texto de Juana es fresco, divertido, atrevido, moderno y, lo que es más importante, valiente y rompedor. Los empeños de una casa no es una comedia de capa y espada más, es una parodia del género en toda regla, un Quijote de las comedias de enredo. Así lo percibí ayer en la versión de Antonio Álamo. 
Me sorprendió, y cómo, esta comedia. Los jóvenes actores representan frente a nosotros, a nuestra altura, casi echándonos el aliento y no se quiebran, al contrario, crecen conforme avanza la representación. Si estiramos las piernas, podemos provocar su caída y cambiar el curso de los acontecimientos (nadie se atreve a hacerlo). Solo le veo un inconveniente a esta disposición: con la misma nitidez que a los actores, vemos al público sentado frente a nosotros y un desahogado se quita las chanclas para hurgar las pasiones del día entre los dedos de los pies. 
Por suerte, los actores están a lo suyo y lo suyo es el enredo. La confusión, el trabalenguas, el conflicto, ese jubón amoroso tejido con más de ocho ovillos, se trenza con la intención de provocar la risa, sí; con el deseo de mover el interés del espectador, sí; y, sobre todo, con la genialidad de parodiar la propia confusión, los trabalenguas y el enredo desmesurado de tantas y tantas comedias de capa y espada que en el siglo XVII fueron. Uno de los personajes, creo que doña Ana, clama porque aparezca el propio Calderón para enderezar el tuerto. Es una clara alusión a la condición paródica de Los empeños de una casa
Don Juan enamorado de doña Ana; doña Ana enamorada de don Carlos; don Carlos enamorado de doña Leonor; don Pedro enamorada de doña Leonor; doña Leonor enamorada de don Carlos... Y entre todos ellos, un criado, Castaño, que se traviste para confundir a don Carlos, a don Pedro, a don Rodrigo, a doña Celia y a él mismo. A la misma doña Ana se la ve más interesada en el propio enredo que en su pasión amorosa. Y, como aderezo, unos corridos mexicanos de buen gusto y mejor humor. Al final, no digo más, se hace un guiño a Con faldas y a lo loco de Billy Wilder.
Hace poco apareció un libro de una historiadora inglesa en el que se argumenta que el 90 % de las obras clásicas fueron sepultadas por el fanatismo cristiano. Tras ver esta obra de sor Juana Inés de la Cruz uno se pregunta: ¿cuántas obras no se escribieron porque la mujer hasta el siglo XX apenas podía hacerlo? Un 50 % de la población no ha podido desarrollar sus inquietudes culturales durante todo este tiempo y se nos ha privado del disfrute de ¿cuántas?, ¿del 99 % de sus creaciones? (no creo que exagere mucho en el porcentaje, aunque sea hipotético). 
Juana se disfrazaba de hombre para asistir a la universidad, se la condenó a destruir sus escritos, se metió a monja para disfrutar de algo más de libertad que la que le habría proporcionado un marido impuesto (como Teresa de Cepeda y Ahumada). Juana es un ejemplo de tozudez, de amor apasionado por los libros y en Los empeños de una casa se huele, se palpa. Juana, como santa Teresa, son ejemplos de mujeres que se rebelaron contra lo establecido, que persiguieron su vocación a pesar de todos los impedimentos. No era lo habitual, ni mucho menos, porque no era nada fácil abandonar el molde del patriarcado y del catolicismo.  
Gracias a los directores, Pepa Gamboa y Yayo Cáceres; y a los actores de la joven compañía: Daniel Alonso, Marçal Bayona, Georgina de Yebra, Silvana Navas, José Fernández, Cristina Arias, David Soto, Kev de la Rosa, Miguel Ángel Amor y Pablo Béjar; hemos podido gozar de esta obra, de este tesoro salvado de la purga. Y hasta el hurgar paciente de los dedos del público he olvidado, alelado y divertido por los enredos continuos de los personajes de Juana, de sus invenciones salvadas de la quema general. Juana intenta, como Cervantes, dar carpetazo a un género agotado (la comedia de enredo) con una obra genial. Cervantes era un hombre, ella no.       

sábado, 14 de julio de 2018

"La vida es sueño" de la compañía "Théâtre de la Tempete" en Almagro



A pesar del calor (culpa de la naturaleza), a pesar de la incomodidad insufrible de las sillas (culpa imperdonable de la organización), a pesar del empacho (culpa mía por comer tarde y sin medida), a pesar del humo y el polvo (imponderables de la representación), a pesar de que los sobretítulos no funcionaban ni se veían como debieran (culpa de la organización y de la compañía), a pesar de que muchos monólogos se representan en el pasillo de butacas con la consecuente imposibilidad de atender a los sobretítulos y a la actuación a la vez (culpa de la compañía), a pesar de que uno se va convirtiendo en un viejo cascarrabias a la altura de Javier Marías (solo en lo de cascarrabias, culpa mía), a pesar de todos estos achaques, la representación de La vida es sueño de Calderón por la compañía francesa "Théâtre de la Tempete" ofrece un espectáculo intenso y desgarrado.
La versión completa de La vida es sueño de Calderón de la Barca, sin la purga que se hace a veces de esa segunda trama paralela de comedia de enredo, no se presta a que el espectador se someta de lleno al dramatismo de la trama principal.
La escenografía (un páramo nevado dividido por jirones de lona sucia) y el vestuario nos remiten a la versión cinematográfica que de Frankenstein hizo Keneth Branagh. Los estruendos, los gritos, la desmesura, convierten esta versión en un drama romántico en toda su expresión. Segismundo es un Prometeo encadenado, un monstruo producido por la idiotez supersticiosa de su propio padre, un ser abrumado por lo inexplicable de su existencia. El protagonista (Makita Samba) aparece siempre con los ojos inyectados en sangre (vamos de tópicos) y en su primera liberación no hace sino confirmar lo que se le había impuesto con su encarcelamiento absurdo. Basilio me recuerda en esta versión a un Ubú rey "avant la letre" (y sigo), un demente poseído por la fiebre de la nigromancia que somete a su hijo al destino más cruel. Clotaldo (Laurent Ménoret), Astolfo (Pierre Duprat), Clarín (Thibaut Corrion) y Estrella (Louise Coldefy) le hacen los coros del una corte absurda con corrección. Y sobre todas estas precisiones dramáticas descuella la figura de la actriz que interpreta a Rosaura (Morgane Nairaud). Cada vez que irrumpe en escena con su voz aguardentosa, de papel de lija, lo inunda todo de pasión y rabia. Una interpretación explosiva que difumina el buen trabajo de sus compañeros, cada vez que se retuerce y vocifera sobre el suelo nevado de Polonia. Lástima que los monólogos de Rosaura no contengan la carga poética y metafísica de los de Segismundo, lástima también que su personaje sea el protagonista de esa trama secundaria de enredo que siempre he visto como un apósito en la obra de Calderón, lástima no haberla disfrutado de Segismundo (aunque Makita no lo hace nada mal), lástima que varias de sus intervenciones se perdieran en el pasillo de butacas (donde yo solo podía oír su voz). Solo por asistir a la representación de Morgane, imponente, vale la pena dejarse los lomos en esas sillas del infierno, digerir las patatas a lo pobre con oreja con dificultad, sudar y padecer la tortícolis de los sobretítulos.
Lástima no dominar el francés como debiera y carecer de dos cabezas o de la mirada periférica de un camaleón, porque el espectáculo merecía que uno se abandonara en él como es necesario ante la contemplación del arte. Me rozó esa sensación, si no pude completarla fue porque la naturaleza, la organización, la dirección de la compañía y yo mismo no tuvimos en cuenta que para disfrutar de La vida es sueño en francés hay que verla ligero de estómago, tras un mes en Avignon y con el culo menos burgués.     

jueves, 14 de junio de 2018

Premonición

Estaba sola en el parque, sin la defensa de sus paredes y edredones. Estaba sola, nadie podía protegerla y ella lo sabía. Detrás de los cristales, un hombre advirtió su vulnerabilidad y, a pesar de la testosterona, no salió de casa, no la abordó en el banco en el que estaba sentada, ni siquiera hizo intención de moverse del sofá. Se quedó allí, viendo cómo España recibía goles de Portugal, sin que el mundo se deshiciera. Se quedó allí, apoltronado, como una piedra soportando lagartijas. Pero ella no iba a llamar a su casa, y, por supuesto, no entraría en su salón porque no quería abandonar las amenazas.
La veía, protegido, a través de los cristales sucios de un ventanal que imitaba sin éxito a la televisión. No pudo con ella. Portugal seguía metiendo goles y los aficionados españoles abandonaban el estadio ruso, pilosos algunos; otros, constipados. Él aún mantenía la esperanza de levantar el siete a cero, no quería salir de allí, no quería caer en la tentación de aquella chica, que miraba a la lejanía con el pavor del amianto en el tejado del colegio. Sola, en mitad de la clase envenenada. Sabía que si se atrevía a salir y a sentarse junto a ella en el banco, en el parque, no lo habría rechazado. Estaba desesperada, sin materia. Él la podía completar, lo sabía y, aun así, no salió, no movió un músculo. Lo deseaba, pero no se movió del sofá, a pesar de que le había caído el octavo a la selección española. Lloró desconsoladamente, no por la selección, sino por haberse convertido en piedra, por advertir la mirada de ella entre las ramas y no hacer ni un mínimo esfuerzo por devolvérsela.

El mundo es muy complicado, no puede uno arriesgarse a reventar las convenciones, ni a servir de antídoto a las amenazas de la radioactividad.

martes, 17 de abril de 2018

Historias de amor IV: "Amor depravado"


En un lugar de La Mancha, vivía no ha muchos años un depravado de los de moto Guzzi en el garaje, calzón largo en invierno y puro retorcido después de las comidas. El caballero solía, muy de mañana, arrancar su máquina y lanzarse a la puerta del instituto de bachillerato en busca de aventuras no del todo santas. Era de complexión menuda, mejillas hundidas y pilosas, y de una edad más propia de partida de dominó que de botellón de explanada. Había que verlo en la cancela del instituto a la espera de que las muchachas salieran de estampida hacia la libertad de los patios y veredas. Allí plantado, junto a su Guzzi trucada y a su puro retorcido de media mañana, con la digestión en ciernes y el regüeldo en el pico de la boca, esperaba la salida de las púberes con la esperanza de que alguna se rindiera a sus proposiciones. 
Cuando las veía, con la pernera suelta y el canalillo rendido a las reverencias, se le deshacía en ríos el paladar y el puro se le remojaba hasta caer de la boca como soletilla empapada en chocolate. Agarraba entonces la cornamenta de su Guzzi y caminaba al husmeo del rastro de las "lolitas" filibusteras que le habían robado el corazón, la digestión y el puro. Regoldaba restos agrios de coliflor hervida y sesos de cordero, se relamía la rebaba y continuaba tras ellas con la vista prendida en unas medias de rejilla o en el borde carnoso de una cintura. 
Las chicas lo conocían, sabían de sus extravagancias y se reían de sus propuestas cuando las abordaba entre los troncos firmados de una alameda. Nunca se les ocurrió llamar a la policía, ni a la guardia civil, ni siquiera a sus padres, para que detuvieran a ese viejales que se recreaba con sus carnes bullentes; en parte porque nunca habían percibido ningún peligro, en parte porque les divertía reírse de un pirado de bragueta rendida y cabeza sin norte. 
Se sentaban ellas en un banco de granito que recogía con solidez y recato sus confidencias y desvelos. Gritaban, reían y observaban con disimulo el acercarse ruinoso de la Pantera Rosa. Así lo llamaban, por su arrastre de suelas y por su afición a no abrocharse los botones de la bragueta."¡Eh, niñas, niñas!" Ellas ignoraban las primeras llamadas de atención de la Pantera, pese a haberlas escuchado con toda claridad y ¿quién no?, con ese chirrido lastimoso de la Guzzi que avisaba de su reclamo. 
Cuando las chicas tenían ganas de chanza se le acercaban y le preguntaban qué quería. Él, con los ojos perdidos en las lozanías, les proponía siempre la misma extravagancia: "Si me enseñáis una tetilla, os doy veinte duros". Ellas fingían escandalizarse y asustaban al de la Guzzi haciendo ademán de avisar a los cuadrilleros. Al oírlas gritar y pedir ayuda para que las salvaran de quien las desnudaba con la vista y les proponía zorrerías, él se apresuraba por arrancar la Guzzi, saltaba sobre el pedal y se desmedraba ante la posibilidad de que un hombre de su talla acudiera al aviso. Se divertían las púberes viendo cómo el hidalgo salía haciendo eses hacia un destino incierto: quizá su casa; quizá el amparo de una inocente desgraciada, incapaz de advertir su chochería malsana.

martes, 10 de abril de 2018

Historias de amor III


"Amor de madre"

Chocolate y María se casaron con muy poca convicción, por inercia, sin apenas mirarse, sin mediar siquiera un interés económico. Chocolate era asiduo a los bares, tabernas, cafés, cantinas y urinarios. Tenía el talante de un gato de cámara y una sola afición, la pérdida de dientes. Durante el noviazgo, no se besaron. No porque ella se negara (debería haberlo hecho), sino porque para él un beso era un acto absurdo de gente de otra especie. Él solo perseguía la penetración de la hembra y para eso no era necesario andar mezclando labios, lenguas, dientes y salivas. 
Desde muy joven, Chocolate perdió el pelo y con él, lo poco que tenía de cromañón. Pertenecía a una especie más antigua. Era pendenciero, intrigante y del Real Madrid. Le gustaba hablar mal de unos y de otros, sin tener en cuenta las ofensas ni la verdad. Tenía mal vino, no reparaba en diplomacias de ningún tipo. Le solían partir la cara, aunque menos frecuentemente de lo que era de esperar.
Si el noviazgo de Chocolate fue triste, el matrimonio aún lo fue más. Al principio, ella también se tuvo que dar a la bebida para aguantar las arremetidas del neandertal. Llegaba a casa Chocolate dando tumbos y con ganas de penetrarla como a una vaca o de golpearla como a un televisor estropeado. Ella intentaba evitarlo, primero bebiendo más que él; luego, refugiándose en casa de su madre, la única mujer a la que Chocolate no era capaz de ponerle la mano encima. No por nada, sino porque era una señora leída, racional y de carácter: se rumoreaba que había matado a su marido de un sartenazo en la cabeza cuando él le puso la mano encima. 
María nunca pensó en separarse de Chocolate. Corrían tiempos en los que apartarte de tu marido no era de ley (en un pueblo menos). Las mujeres soportaban a cualquier energúmeno con tal de no aguantar las afrentas que la comunidad guardaba para las que no respetaban la convención. María quería a su madre con delirio, con arrobo: como un beato adora a la virgen del pueblo o un hooligan, al equipo de sus amores. La madre de María era su protectora, su refugio, el vientre al que volver. Su ermita, su campo de fútbol.
Cuando murió su madre, María quiso, desde ese mismo instante, caer muerta con ella. El día del entierro, Chocolate lo celebró con una tremenda curda. Se plantó en casa más descompuesto que nunca. Ella no sabía dónde esconderse. Su madre vivía al lado, pero ya no estaba. María salió por la ventana, perseguida con torpeza por el bulto calvo, deforme y maloliente. Él era un tentetieso con halitosis; ella, un personaje de Dickens. Corrió por la calle, a oscuras, sin saber dónde parar. El berrido del marido al fondo. Sus pies la conducían al cementerio. Una vez allí, se dirigió hacia el nicho donde habían encerrado el cuerpo de su madre. Todavía no habían colocado la lápida. En la pared enlucida que ocultaba el cadáver, el sepulturero había grabado el nombre y las fechas de nacimiento y muerte. 
María se quedó ante el nicho, sudorosa y desconcertada. Oyó el crujir de unos pasos titubeantes y, al poco, el bramido vinoso de Chocolate agrió el silencio de los muertos. Sin saber qué hacer, María, sin resuello y sin sentido, comenzó a picar con un trozo de mármol el murete de yeso, que cedió enseguida. Abrió el ataúd y allí estaba su madre, rígida, pero reconocible. Se tumbó junto a ella, la abrazó y la besó. El cuerpo largo y lánguido de María no cabía en aquel hueco, era bastante más alta que su madre. Sus piernas revoloteaban en el aire fuera del agujero. Cuando Chocolate llegó frente a la tumba de la suegra, vio unos pies agitándose con desesperación. Asustado, por la posibilidad de que la madre de María hubiera vuelto de entre los muertos, salió corriendo, tropezó con unas coronas y cayó a una fosa que el sepulturero había dejado a medio cavar.
Ya no se oía el resuello de aguardiente de Chocolate y remitió el pataleo de María. El cementerio recuperó el canto del autillo y la madre, de nuevo, amparó entre sus brazos a la hija que nunca había sido besada.      

martes, 27 de marzo de 2018

Historias de amor II


                                                Rosita

"Amor caprino"

Todos los miércoles aparecía por la tienda de comestibles sobre las diez de la mañana. Se proveía de víveres: latas de fabada, callos, garbanzos con chorizo, jurel... Era un hombre sencillo. Bajaba todas las semanas desde un pueblecito de la serranía conquense porque se alimentaba de conservas. Le gustaban los sabores conocidos: ese regusto metálico de los guisos recalentados en la estufa de leña. 
Todos los miércoles lo recibía el tendero, a quien conocía desde hacía muchos años, desde que acompañaba a su padre. Hicieron desde el principio buenas migas. Los dos eran apretados como la mojama, pero se reblandecían con la historia de su amorío. Y no es que hubiera que contar demasiado, porque su romance siempre fue sosegado y de pocas palabras. Un amor sin saliva. Sin los aditivos de la retórica ni del estridente romanticismo. 
"Y cómo va Rosita". "Pues tranquila, como siempre. Ella pide poco: algo de hierba y un paseo por la tarde, ya la conoces. Ahora, eso sí, la lana cada vez más suave. Le sienta bien estar conmigo. Yo, para mí, que me entiende. En cuanto entro en casa, me recibe con un balido. Se pone a mi lado cuando recojo sus miserias y no me deja solo ni un minuto. Por eso no puedo perder el tiempo cocinando, porque me quiere cerca. De vez en cuando, me suelta un "beeee.." que me deshace. Sobre todo cuando tengo intimidad con ella. Si la vieras volver la cabeza... Me mira y bala con agradecimiento. Y no dice nada más. Me siento en el sillón, miro la montaña a través de la ventana y pienso que no puede haber nadie más feliz que yo, mientras le acaricio el morrillo. A las mujeres ni las miro".
Un miércoles, como otro cualquiera, apareció por la tienda un poco más tarde de lo habitual. No parecía el mismo. Se limitó a darle la nota del pedido al tendero con la cabeza gacha, sin decir ni buenos días. 
"¿Te pasa algo?" "No tengo ganas". "¿No tienes ganas de hablar?". "No. Se me ha muerto la Rosita". "Pues te acompaño en el sentimiento". Levantó la cabeza y el tendero vio cómo se empañaban los cristales de sus gafas. "El moquillo". Mejillas abajo le corría una lágrima. Sacó el pañuelo, se sonó con fuerza y se despidió sin dar las gracias, sin las conservas y sin poder aguantarse el soponcio. No lo volvimos a ver. 

sábado, 17 de marzo de 2018

Historias de amor


"Amor entre cipreses"

Ella era joven, tan joven como para no creer en las peluquerías. Él también era joven y no creía en las pizarras. Él se compró una moto de motocrós con el dinero de la vendimia. Dejó las clases porque no vio nada de interés en ellas. Sus padres lo amenazaban con el subsidio de desempleo. A ella no, porque ella sí seguía estudiando. Estaba de acuerdo con él, pero no quería alejarse de los botellones. 
Se conocieron en los autos de choque. Él conducía con una mano y ella se arriesgó a que la invitara a una ficha, a pesar de que las amigas no hablaban bien de él. Se acababa de comprar la moto y, cuando se detuvo el auto de choque, la invitó a dar una vuelta. Ella se agarró fuerte a su cintura. Le apretó una barriga incipiente que a ella le pareció puro metacrilato. Él no se explicaba cómo ella estaba tras él, de horcajadas en la moto recién estrenada. Sintió las manos de ella a través del chándal de espumilla y se saltó tres stops y un ceda el paso. Ella no se dio cuenta. Apoyaba su mejilla en la espalda de él, con fuerza, para refugiarse de un viento helado que no podía atravesarlo. Él sintió la mejilla de ella a través del chándal y se subió a la acera, atropelló a un perrito y rozó, con los nudillos, la pared de la cooperativa agrícola. Dio dos bandazos que estuvieron a punto de estamparlos en el suelo, pero ella ni se inmutó, sentía el calor de los riñones de él en su mejilla y la digestión del coco y el algodón dulce en la palma de la mano. Nada más. Con lo ojos cerrados se adivina más a fondo. 
Él no sabía adónde iba. Había perdido la orientación desde el momento en que sintió las manos de ella sobre el vientre y la mejilla en sus riñones. Subían a toda velocidad por el camino del cementerio. La moto se paró de repente. No tenía gasolina. Él se avergonzó y ella lo besó, todavía con los ojos cerrados. Se sentaron en un banco y apretaron sus cuerpos hasta no saber de quién era esa mano ni de quién era esa pierna. 
El coche fúnebre subía de camino al cementerio, despacio, muy despacio, seguido por una comitiva que arrastraba los pies. Él y ella no vieron ni el coche fúnebre ni oyeron, por supuesto, el rastro de los penados. Ella acababa de meter su lengua en la de él y él, abrumado, no sabía dónde meter la suya. La moto interrumpía, caída en el suelo, el paso del coche fúnebre. Él seguía sin saber dónde meter la lengua, ni si la pierna que tocaba era suya o de la chica. Ella rastreaba el paladar de él y buscaba su lengua con desesperación, solo halló restos de coco y un sabor dulzón de azúcar sonrosada. 
El conductor del coche fúnebre paró el motor, después de hacer sonar el claxon varias veces, y bajó a apartar la moto. Llamó la atención a los muchachos, pero ellos seguían buscando y rehuyendo sus lenguas. Bramó, los insultó, fue hacia ellos, golpeó el hombro de él (¿o sería el de ella?), pero no se inmutaron. Su tarea era demasiado nueva para que la muerte la detuviera.         

lunes, 12 de marzo de 2018

Cómo convertirte en un personaje distinguido de tu ciudad (si tiene menos de veinte mil habitantes)


1. Vota a tu pueblo como el más bonito de España y alardea de él en cualquier ocasión (aunque el monumento más importante sea el lavadero municipal).

2. Súmate a cualquier tipo de promoción de empresas y fiestas multitudinarias, aunque seas misántropo y anticapitalista.

3. Colabora activamente con asociaciones de amas de casa, de vecinos, con la de ganaderos, con las "ampas", con el equipo de fútbol, con el de petanca, con el de ping-pong, con el de mus... Y compra lotería de todas ellas.

4. Reniega de la ciudad vecina: echa pestes de sus fiestas, de sus monumentos; ridiculiza la fealdad de su reina y menosprecia a su equipo de fútbol.

5. No te dediques a oficios marginales: prostitución, traficante, profesor de secundaria, esquilador, mendigo, poeta (solo como afición para escribir loas a las damas y a la Virgen)...

6. Ensalza sus fiestas y a su patrona con expresiones como las siguientes: "Es lo más grande del mundo...", "esto solo lo podemos sentir nosotros...", "el que no es de aquí no lo puede comprender...", "es algo que sale de las entrañas..."

7. Apoya siempre y en todo momento a tus convencinos en cualquier carrera literaria, artística, deportiva o televisiva; aunque no hayas leído un libro en tu vida, no hayas ido nunca a un museo o te parezca un bodrio lo que hacen.

8. Muéstrate siempre activo y beligerante en favor de tu ciudad (sea la circunstancia que sea) en los grupos llamados "Tú no eres de...si no..." (Que no te importen la coherencia de lo que escribes o las faltas de ortografía, lo importante es la actitud).

9. Saluda a tus convecinos en el extranjero cuando coincidas con ellos, aunque ni siquiera los mires en tu ciudad.

10. Si te entrevista algún medio de comunicación, habla mucho de tu ciudad y de tu amor por ella (la sinceridad no es necesaria).

11. Y, si a pesar de todo esto, no te han elegido hijo predilecto, venera siempre y en cualquier lugar a tu patrón o patrona, métete a obispo o a arzobispo (no estamos en Europa, donde a la superstición religiosa se le puso coto en el siglo XVIII). Adora al ídolo comunal como si fueras miembro de una comunidad medieval poco ilustrada, presume de ello y ataca con saña a cualquiera que se meta con tu icono. No te metas en política y reniega de todo aquel que hable en nombre de un partido o de una ideología. Que tus únicos estandartes sean la patrona de la ciudad y el respaldo incondicional a las tradiciones.

domingo, 25 de febrero de 2018

Instrucciones para ser un ciudadano modelo en las redes sociales


Si quieres ser un líder de las redes sociales y recolectar seguidores como el que sorbe mocos, sigue las siguientes recomendaciones:


1. Si eres catalán, denuncia la naturaleza franquista de los españoles. Si eres español, denuncia la naturaleza fascista de los catalanes.

2. Pon verdes a Javier Marías y a Arturo Pérez Reverte, aunque no puedas contrargumentar ninguno de sus razonamientos (la lógica no debe privarte del respaldo de las redes).

3. No hables de política si no es para ridiculizar a "Podemos" o para exaltar tu amor a la patria (catalana o española). Como mucho, critica a los nacionalistas del otro bando (tener ideología no viste nada en el mundillo posmoderno de las redes).

4. Defiende los derechos de los animales a capa y espada, ya sean perros, gatos, linces o lombrices; aunque te dé urticaria ver los documentales de la 2.

5. Usa sin medida las construcciones siguientes: "poner en valor", "distopía", "a nivel de", "en base a", "con lo cual", "visibilizar", "@"... (son una marca incuestionable de cultura moderna).

6. Defiende los derechos de la mujer con manifestaciones altisonantes y citas de Margarita Salas, aunque no hayas puesto una lavadora en tu vida.

7. Denuncia la falta de profesionalidad de los funcionarios y critica las vacaciones de los profesores, como si hubieras sido distinguido varias veces con la medalla al mérito del trabajo.

8. Cualquier noticia escandalosa que venga bien a tu ideario compártela en las redes sociales de inmediato, sin reparar en su autenticidad.

9. Los viajes o los acontecimientos en los que participes califícalos de "insuperables", "inolvidables", "incomparables"..., aunque estuvieras dormitando en un rincón o vomitaras a la ida y a la vuelta. Que se vea que disfrutas de la vida.

10. Quéjate de lo mal que funciona la educación en España (y en Cataluña), de la sinsustancia de los jóvenes, de la corrupción política, del uso y abuso de los móviles, de los dueños de perros que no recogen las cacas de sus animales, de que la justicia solo es para los ricos, de que el Ayuntamiento de tu pueblo no hace nada por la prosperidad de sus habitantes, de los programas de Telecinco, de los gritos de Cristiano Ronaldo, de la deshumanización del mundo moderno..., aunque nada de esto te importe un huevo o no tengas ni idea de su funcionamiento o seas del Madrid o tengas un abono de platea para ver Sálvame. 

11. Ponte siempre al lado de tus compatriotas (sean vascos, catalanes o españoles), apoya con fervor a la patrona de tu pueblo (y critica a los curas), tus amigos y tu familia son los mejores del mundo (aunque tu padre esté en la cárcel y tu colega sea un cabeza rapada)

viernes, 23 de febrero de 2018

Dragánov y la juventud


Al llegar a cierta edad (madurez la llaman los sociólogos, con no mucho acierto), el búlgaro Anastás Dragánov se dispuso a revisar los principios de su última obra. El análisis arrojaba un resultado demoledor: la vulgaridad se había adueñado de su palabra. Las reflexiones de Dragánov se malograban a causa de los tópicos, las ideas preconcebidas, los lugares comunes y los argumentos ajenos. 
No había nada original, por ejemplo, en sus estudios sobre la juventud. Eran pastiches que recogían ideas ya deglutidas hasta la náusea por los viejos eruditos. En esencia, todos ellos trataban la actualidad a través de rancias anteojeras que concluían en la siguiente tesis: las nuevas generaciones son lamentables y están convirtiendo el mundo en un lugar insufrible. Todo se reducía a lo que ya Sócrates, en el siglo IV a. C., expuso, cuando hablaba de la perversión de los muchachos: "Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a los maestros". Los textos de Dragánov abundaban en esa idea: los adolescentes eran cada vez más necios y les interesaba cada vez menos la cultura y el bien común. Auguraba una próxima desaparición de la tradición libresca a manos de los bárbaros jóvenes, que abandonaban sin remedio las bibliotecas y la civilización.
Tras analizar todas estas manoseadas predicciones, llegó a una conclusión: la alarma sobre la podredumbre de los muchachos es producto de la idealización de los mayores respecto a su propia juventud. Los adultos defienden su estatus y se consuelan de la vitalidad perdida acusando a las jóvenes de incultura, indecencia y despreocupación (las revolución tecnológica ofrece una excusa perfecta para ensañarse con ellos). Lo podrido no es el tejido social emergente sino él mismo. Se había alimentado con la carne agusanada de los que no se pasean por los callejones, sino entre las despensas del viejo pensamiento. Se había recreado en vilipendiar a la juventud para consolar la rabia que provoca el envejecimiento. No había rastreado con criterio empírico los hábitos de su entorno. Al contrario, hacía ya muchos años que se encontraba al margen de la realidad, no pisaba la calle desde hacía mucho tiempo. Los huesos se le habían desgastado y los músculos se habían reblandecido hasta no poder caminar entre los vivos.
De la desolación, nació un firme propósito: todo lo que saliera de su pluma a partir de entonces, sería producto, no de una revisión de ideas amortajadas, sino de la disección que su pobre criterio pudiera descubrir. Se trataba de escrutar el mundo desde dentro, sin reparar en bibliografías, para intentar recuperar la mirada de la inocencia, la espontaneidad y la originalidad. Debía huir del ridículo corporativismo generacional y de la amargura que proporciona el paso del tiempo. Lo que surgiera de estos principios sería tan fresco para los lectores como para él mismo. Ese sería su propósito.
Cualquiera que se acerque a la última obra de Dragánov descubrirá a un nuevo hombre, no demasiado lúcido, ni tampoco muy escrupuloso con las fuentes, aunque siempre con el marchamo de autenticidad en sus lomos.

viernes, 16 de febrero de 2018

Decálogo del escritor de culto


Si ya estás en alguno de los muchos círculos de escritores y quieres seguir prosperando en el mundillo intelectual, sigue este sencillo decálogo:

1. En las redes sociales, sé mordaz y sarcástico con cualquier realidad ajena a los contactos de tu círculo o a los de círculos superiores.
2. Si no eres mordaz y el sarcasmo no es lo tuyo, siempre puedes hackear los tuits o los estados de gente inferior que no frecuentan tu círculo (sin mencionarlos, por supuesto).
3. Muéstrate indiferente ante la propaganda de tu propia obra y finge que no te importa que los lectores la compren o no. Tú estás por encima de esas menudencias.
4. Cita con frecuencia a autores poco conocidos y menciona libros raros con toda naturalidad, como si en realidad los hubieras leído o te interesaran. Da una pátina (si podéis, repetid con frecuencia esta palabra) de intelectual marginal muy "cool" (y no entiendo ni "papa" de inglés).
5. Comenta la actualidad desde un púlpito de superioridad desinteresada, como si contigo no fuera nada o como si el mundo lo vieras desde un coche Tesla enviado al espacio.
6. Da "me gusta" y comenta los tuits y los estados de autores de tu círculo intelectual o de alguno superior, sin que se note mucho que lo haces para dorar la píldora o para que no te olviden en la vida interna de las editoriales (o, bueno, sí, que se note. A nadie le amarga una lamida de culo) .
7. Nunca des un "me gusta" a los don nadie que pululan por la red, por muy fino o acertado que te parezca un comentario. Recuerda que has de mantener tu estatus jerárquico y conservar tu perfil de elegido por los dioses.
8. Quéjate de los pesados que se comunican contigo para que leas su obra y vapulea a los inferiores que intentan llegar a tu círculo (son competencia; cuantos menos seamos, mejor). Es una conveniente pátina (así se hace) de esnobismo que queda muy "cool" (otra vez) en el mundillo de los elegidos.
9. Nunca digas cómo conseguiste publicar tu primera obra. No hay que dar pistas y, además, ese misterio deja el clásico tufillo de ser un elegido que impresiona a los don nadie.
10. Extrae todas las críticas que hagan de tus obras y ponlas en tu red social con las siguientes introducciones: "El amigo X vuelve a tenerme en cuenta"; "Sé que soy muy pesado, pero no puedo aguantarme. Ahí va otra reseña sobre mi obra"; "Los medios me siguen, qué le vamos a hacer"; "Yo no quería, pero la actualidad me persigue"; "Espero que sea la última, aunque no lo aseguro"...

11. Sigue practicando el egotismo sin ningún pudor. Aunque tu obra no valga una mierda (tú nunca vas a ser consciente de ello), lo importante es seguir en los corrillos intelectuales y participar de la vida literaria como si en verdad fueras un escritor (¿desde cuándo te ha importado a ti la creación artística?)