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jueves, 20 de julio de 2017

El banquero y el futbolista


Hoy he escrito un heliogábalo,
he llamado a una agencia de viajes,
he respondido a quince guásaps,
he reservado una habitación de hostal por internet
y, mientras escucho a Bill Evans en el ordenador,
respiro el sosiego de una mañana sin poesía
y con dolores de barriga.
En el campo recogen ajos 
y en los bancos insultan a las viejecitas,
todo sigue como siempre;
con la tranquilidad de un día sin guerra.
En las noticias truenan
el suicidio de un banquero y el arresto de un gerifalte deportivo.
Del campo y de lo mío, nada.
Seguimos en el ostracismo.
A nadie le interesan las gestiones de reserva,
ni Bill Evans, ni los dolores de barriga,
ni los heliogábalos,
ni siquiera los ajos, tampoco la poesía,
a pesar de que se venden libros de heliogábalos
como bragas en el Primark
y los llaman libros de poemas.
Hace calor, es verano,
y las viejecitas escupen a los banqueros.
Todo sigue como siempre. 

Llamadla heliogábalo, por ejemplo


Llamar a esto poesía 
es engaño, 
es falacia, 
es gaseosa.
Ensuciar palabras
es costumbre habitual
entre enamorados,
pero no llaméis poesía
al humo,
al ruido,
a la testosterona.
No entiendo de placeres
sin dolor, ni hermenéutica.
No entiendo de labios
que no hayan sido adiestrados
para la succión.
No aprecio la palabra
sin fondo de armario,
ni las amapolas
sin semillas alucinógenas.
No la llaméis poesía,
hay tantos nombres
como pétalos.
Llamadla heliogábalo,
por ejemplo. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Las tentaciones de sor Virtudes


Con 18 años es difícil resignarse. El papa ha prohibido esas celebraciones, pero ella no quiere entrar en el noviciado sin gozar de su merecida despedida de soltera. Se puso de moda en el Vaticano. Grupos de monjas con el crucifijo sobre la cabeza se desmadraban por las calles aledañas a la capilla Sixtina en cuanto caía el viernes noche. La mayoría de ellas en éxtasis etílico. Todas con el pecho cruzado por bandas amarillas (un toque de informalidad en el grave hábito de novicias). Ha sido el mismo papa quien ha prohibido estos saraos. Roma no es ciudad para el escándalo, ni para el turismo de despedidas como ya lo son Dublín, Granada o Salamanca. Sin embargo, Virtudes no se resigna. Es una tradición que no debería haber desaparecido. Todas sus compañeras de convento se regodearán contando la experiencia anterior a su casamiento con Cristo y ella no. "No puedo ser la primera, no puedo ser la única en  quedarme sin despedida, me niego a ser mártir de la prohibición". Y mientras dice esto llama al seminarista que hacía de boy hasta ahora. Al otro lado del teléfono una voz masculina, grave y sensual le hace dudar sobre su entrega a Cristo. Lo imagina con el alzacuellos tensado por la masculinidad de la nuez, con la sotana ceñida a las caderas, con la sangre del cilicio humedeciendo sus muslos. Si se niega, qué será de ella y lo que es peor, cómo convencerá a sus compañeras sin la atracción del "estríper" oficial. La gravedad del varón vuelve a sonar a través del auricular, ella traga saliva, aparta las manos de su entrepierna y cuelga.    

martes, 18 de julio de 2017

La lengua como instrumento elitista: de "iros" e "idos"


Que la lengua (sobre todo la escrita) se ha utilizado como instrumento de poder es algo evidente desde las primeras civilizaciones conocidas. La escritura es (y en algunas culturas lo sigue siendo) un recurso imprescindible para que unos pocos se erijan en casta dominadora (y perdóneseme lo de casta). El oráculo era el que dominaba los asuntos del hombre y lo hacía a través de la elocuencia. A ellos se elevaban las consultas de los poderosos para saber sobre los designios del destino. Ha existido siempre un sacerdocio de la escritura, un élite dedicada a administrar y dominar a través de la palabra escrita. Muchos querían pertenecer a esa casta, misteriosa y dueña de un poder a veces omnímodo. 
En nuestra sociedad moderna, persiste ese prurito de pertenecer a la élite que domina los registros del lenguaje. De pertenecer a cualquier élite. Por eso se explica que cuando aparece una modificación de una norma escrita para adaptarla al uso común de los hablantes, se remueva la indignación de los que se creen en el deber de velar por la inmovilidad eterna de la gramática y la ortografía. 
Hace ya mucho tiempo que se optó por la gramática descriptiva y no prescriptiva. Por fijar las normas gramaticales a partir de su uso y no a pesar de ello. Pero este procedimiento descriptivo no entona bien con la necesidad elitista de pertenecer a una casta superior (se me perdone de nuevo) que se distingue del vulgo por conocer los oscuros entresijos de las reglas lingüísticas. Solo hay que ver el revuelo que se monta alrededor de cualquier cambio propuesto por los académicos de turno, por muy bien argumentado que esté, incluso entre los propios académicos.
Hasta ayer mismo, no había comprobado la cantidad de gente que sabe utilizar y utiliza la forma "idos" como imperativo del verbo "ir". Os puedo asegurar que en todos mis años de docencia, no sé si he registrado algún uso "correcto" de ese imperativo (ya sea entre profesores o alumnos). Incluso a mí como profesor de lengua se me hace raro y casi pedante decirles a los chicos: "Idos al patio". Pero al parecer había escondidos, latentes, millones y millones de hablantes respetuosos con esta forma verbal. Tampoco sabía que hubiera tantos lingüistas y gramáticos conocedores del mundo de la normativa castellana como he visto desde ayer en los periódicos e internet. Nos enfada que "las chonis" hablen conforme a las reglas lingüísticas. Lo ridiculizamos y nos molestamos porque "¿adónde vamos a llegar?, ¿a decir cocreta, o asín?". Sin duda estas molestias, estas miríadas de nuevos filólogos se atienen a ese sentido elitista del que sabe utilizar la lengua o del que cree que sabe utilizar la lengua. "¿Cómo vamos a hablar nosotros igual que las chonis?", y utilizan esta expresión "chonis" porque está bien visto abalanzarse sobre esta nueva categorización del vulgo, y ya no contra el vulgo propiamente dicho. Para distinguirse de los inferiores que apenas saben farfullar. Para enrolarse en las filas de la élite.
El esnobismo es un eterno de las sociedades burguesas, desde su origen, se tiña del color que se tiña. Aunque también el hecho de que fuera Pérez Reverte quien ha comunicado la nueva decisión de aceptar "iros", haya sido un detonante para que se ladre un poco más de la cuenta; sin atender desde luego, a la rotunda lógica lingüística de la decisión. 
Esnobismo y argumento "ad hominem", un buen cóctel con que se define gran parte de la mediocridad intelectual de nuestros tiempos, bueno, y de todos.         

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuando Calderón quiso ser Lope y Cervantes a la vez: "La dama duende" en el Festival de Almagro


Tuve la felicidad de asistir anoche en Almagro a la representación de La dama duende de Calderón, puesta en escena por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Un Calderón muy lopesco, dinámico, ágil, divertido. De verso fácil y palabra afilada. Tiene una cualidad excepcional esta obra, como muchas otras del teatro clásico: consigue transformar en el paladar un argumento de borrajas en cocochas de merluza aderezadas con un pil pil bien trabado. Sin los juegos de palabras del verso calderoniano, sin la solidez del equívoco lingüístico, sin el dominio de las formas, esta comedia no sería otra cosa que un divertimento de palacio. Pero Calderón convierte una trama aguachirle de capa y espada en un denso aguamiel de sabrosas esencias. 
Viene al pelo acercar la obra a la época romántica. La Compañía Nacional acierta (como casi siempre) y los enredos sentimentales adquieren un mayor tono de parodia en ese ambiente decimonónico. El personaje de Notario, un don Juan tan enamorado que en el intento de adornar su retórica amorosa trabuca el discurso y dice justo lo contrario de lo que desea transmitir a su dama (entregada y confundida), es una de las delicias de esta comedia. Otra, y no menor, es el juego quijotesco del lenguaje que Ángela, la dama enamorada (Marta Poveda), utiliza en sus cartas para conquistar a su deudo don Manuel (Rafa Castejón). Nos remite a los libros de caballerías y a la parodia que terminó con ellos, el Quijote. Todo el enredo sentimental se tiñe de juego lingüístico caballeresco, cervantino y lopesco, que eleva la comedia en un aire metaliterario. Cosme, el criado de don Manuel, culmina este amor juguetón por la palabra escrita: "Será que no sé leer en cartas y sí en libros". 
Los personajes son, y ellos mismos parecen saberlo, caricaturas de novelas sentimentales y caballerescas. Ángela quiere conquistar con la palabra antigua, con "fermosura", como hacían Amadís y don Quijote. Don Juan, con retruécanos que se le van de las manos y se convierten en monstruos que dicen lo que no desean decir. Don Luis se recrea en el desdén y ama porque es despreciado. Beatriz se une a la aventura de la dama duende y espera que se decidan las palabras de don Juan. Cosme se refugia en la bebida, en el chascarrillo y en la locura de la trama. Y nosotros, espectadores convencidos, nos entregamos a la deliciosa puesta en escena de la CNTC y nos embarcamos en el disparate y en la parodia desde el primer momento. 
Un verso líquido y claro, un dinamismo apabullante, unas interpretaciones sin fisuras y una voz cazallesca (la de Marta Poveda) que llena de carácter el escenario. Un placer para los sentidos ese entrar y salir de camas y divanes, de líos sentimentales y juegos de honor, de persecución del placer y huida de la represión social. Un placer ver el choque de espadas y de versos en el escenario con tanta naturalidad que se funden los siglos sobre el escenario. No es el siglo XIX, ni el XVII, ni el XXI; es el juego de la palabra y la representación, el placer de la ficción echa carne sobre el escenario del Hospital de San Juan en Almagro. Y los murciélagos siguen disfrutando del espectáculo.      

sábado, 8 de julio de 2017

Bloomsday o Blufday: 16 de junio en Dublín



Bloomsday es Blufday, está confirmado. Hace dos años, después de un viaje a Dublín, engañado por las noticias del día de Leopold Bloom, alabé el hecho de que una ciudad se volcara en la celebración de la literatura, como si de una Champions o de una Virgen se tratara. Todo humo. Ni Dublín se deshace por celebrar la obra de Joyce; ni nadie, salvo cuatro octogenarios, se visten de época para conmemorar el día del Ulises. Fiesta multitudinaria y literatura no casan bien. El Bloomsday es un Blufday. Dublín no es Benidorm, ni la novela de Joyce tiene el mismo tirón que las happy hours. El placer de la alta literatura no vende bien. Algunos viejos comen sandwiches de gorgonzola en el Davy Byrnes, otros se han levantado de las tumbas y otras se han escapado de Ascot sin quitarse los tocados de fantasía. Ellos, los únicos, se sientan alegres ante una copa de borgoña. 
No hay motivos para que los dublineses se echen a la calle. Una novela casi ininteligible no lo merece. Un santo vestido de verde o una despedida de soltera o las tiendas abiertas, sí. No, Dublín no es una excepción, por muchos premios Nobel que hayan nacido en sus calles. Aquí no se celebra el Bloomsday, sino el Moneysday, como en el resto de Occidente. 
Una jauría de jóvenes irlandesas vestidas con minifaldas militares secan los 450 serpentines de Temple Bar. Detrás de ellas, las chicas del duende, amantes del grog y el chupito. La calle del viernes tarde revienta de alcohol y bullicio. No, no celebran a Mulligan, ni a Dedalus, ni a Haines; sino el fin de semana, el fin del celibato, el fin del mundo. No hay motivo para montar una fiesta por un personaje de ficción creado por un irlandés borracho. Los concursos de aguante en la barra, las danzas celtas y los tours por los pubs con pulseras verdes no homenajean a Joyce. Amantes de la literatura, dos, con las uñas de los pies arañando la tapa del ataúd. Es Blufday. Jolgorio del viernes: pintas, güisqui, farlopa en la acera, borrachos sin cencerro y algunos sombreros de paja proporcionados graciosamente por pubs interesados en el negocio del gorgonzola. 
Es de noche en el Blufday. Una señora de 90 años acompañada por sus hijos tropieza en el escalón. La hija nos aclara, "no, no es por el escalón; es por el vino". Sus mejillas coloradas la delatan, añora el antiguo Bloomsday o al mismo Joyce, podría ser. La noche en Temple Bar es un tumulto de pintas, güisqui y música celta. De camino al hotel, almas en pena esperan a que abra el albergue o la iglesia franciscana con el rostro torcido por la miseria, el alcohol o la heroína. Fin del Blufday. De literatura ni rastro. Joyce no tiene día, Cervantes tampoco. No lo necesitan, de veras.     

miércoles, 5 de julio de 2017

Playas del norte


Se han esfumado las brumas. El mundo amanece envuelto en un paño de azules sin mácula. Las olas han claudicado. No hacen falta los puentes, ni las plataformas de verano. Se podría pisar el mar sin miedo, si no soportáramos este peso muerto que nos hunde incluso en el asfalto. Hay poca esperanza para la natación, a pesar de las condiciones inmejorables. Solo tablas de surf y picos de gaviota. El sol asoma tímido, atento a la brisa de una mañana de vasos de cristal. La romperemos en cualquier momento, no hay duda, en añicos, como todas. Huele a algas podridas, a sal y a viento de la montaña. Hemos perdido los dientes y no podremos masticar el mar sin rajarnos las encías. Ya no estamos para sabores ásperos. Nos hemos arruinado el paladar con palabras de vidrio y humo, con imágenes de cenizas y porquería. Por suerte, hay papillas para desdentados y tullidos. Papillas para tragar el mundo sin saborearlo, sin masticarlo, sin apreciar la textura de las algas podridas, de la sal y del calamar varado en el puerto.    

sábado, 24 de junio de 2017

Persiguiendo a Joyce: Volar (15 de junio de 2017)


Volar. El mundo tan distinto y tan distante. Aislado del sofoco de la tierra cuarteada, de los vientos, del refugio. Zambullidos en un cubículo a temperatura estable. Volar. La ventana: rastros de lombriz sobre el barro, geometría de los campos, cagadas de mosca, encinares. Volar. Sándwich de jamón y queso, plum cake con Nutella, agua, snacks, pueden contactar conmigo, con la azafata de pelo recogido y labios de cereza. El mundo cada vez más lejos. Volar. Trazos de mano nerviosa, lágrimas como piscinas, el hombre ya no existe. Solo un tapiz inmenso de orugas y retales. Volar. Agua de seltz, bebidas isotónicas, carromatos tirados por uniformes de verano. Nubes deshilachadas, nubes acuosas, nubes como suelo y al fondo el azul eléctrico del azafato bizco. Volar. Suspendidos, abandonados en un limbo de motores y emergencias. Perfumes de Chanel, relojes de lujo, vasos de plástico, nubes y nubes de suela de zapato. El silencio del viaje, el bullicio de los motores, la desaparición de los pájaros. El cielo solo para nosotros, para los propietarios de las tarjetas de embarque, el DNI y los frascos de 100 mililitros. Volar. Pasear sentados sobre un perfume de nieve y descansar la cabeza sobre un marco de metacrilato. Prohibido fumar, levantarse, moverse. Solo está permitido abrumarse con el mundo desaparecido, con el fin del gobierno de lo sólido. La Antártida a través de la ventanilla. Espermatozoides como barcos. Francia, Inglaterra, no sé. Productos cosméticos, regalos, rifas, aterrizamos en una hora. La costa inglesa dibujada por mano de viejo bebido. Un mar estrellado. Volar, dormir soñar. Dublín al fondo, como una realidad de hierba, después del espejismo del cielo. Volar, llegar y despertar de la ingravidez, como el que vuelve de la mescalina, del LSD, del fragor alucinógeno del no ser. Volar. El mundo es esférico. Pisar la tierra. El mundo es plano y encima de las encinas sigue amenazando la lluvia.

domingo, 11 de junio de 2017

El final de Goytisolo y el juicio fácil


Leo con estupor un artículo de "El País" sobre la situación de Juan Goytisolo durante sus últimos años de vida. Sus problemas de salud, agravados por una economía precaria, lo llevaron a un estado lamentable. Evitaba ser hospitalizado durante mucho tiempo para no frustrar el futuro de sus ahijados. No pudo renunciar en 2015 al premio Cervantes porque necesitaba el dinero. Un premio, como otros muchos, que, desde su independencia, él había criticado por el clientelismo en el que se revuelca desde hace tiempo el corrillo literario español. Y recuerdo cómo muchos articulistas y, lo que es más triste, escritores de renombre, se lanzaron a la yugular del anciano Goytisolo cuando aceptó un premio que tanto había zarandeado. 
Somos gente de juicio fácil y sentencia rápida. Parece mentira que nuestros juzgados acumulen tanto retraso. En cuanto vemos oportunidad de lapidar a cualquiera que tenga un cierto prestigio, nos desvivimos por coger la piedra con más aristas y lanzarla a la cabeza del señalado. Es una perversión, no sé si solo de nuestros días o solo de este país, pero es una perversión en auge. Lo triste, lo más triste, es que, los que deberían preservar la poca sensatez que nos queda, los poetas, los intelectuales... se hayan aficionado también a la práctica del juicio fácil y la sentencia cruel. 

La contradicción en la que incurría Goytisolo al aceptar el premio lo condujo a él a una depresión y, a algunos de sus colegas, al libelo y al placer perverso de colocarlo en el paredón. Al nómada, al exiliado permanente, al heterodoxo lo habían pillado con los pantalones bajados y los calzoncillos sucios. Tenía 82 años, pero no podían dejar pasar la ocasión. Era una oportunidad para arrastrarlo y verlo sangrar. Cuando, ahora, aparece la razón de su aceptación y se cuenta la depresión que casi lo abocó al suicidio, es todavía más sonrojante el comportamiento vengativo de algunos divos de nuestro panorama literario. 

No son tiempos de indagación, de reflexión, de opiniones reposadas, ni por supuesto, de disidencias. Goytisolo no era de los nuestros, no era de nadie. Goytisolo veló hasta el final por preservar su independencia y sus rarezas, a costa de su salud y quién sabe cuántas cosas más. Su legado, sus palabras, poco tienen que ver con las de esos otros colegas de mano nerviosa y dedo irreflexivo que comen de la mano del monopolio emergente y abrevan en las charcas de los banqueros. Ya queda uno menos y no son tantos.

domingo, 4 de junio de 2017

El Ulises de nuevo; Dublín, otra vez

                                                   En el cementerio de Dublín (2015)

Leo por tercera vez el Ulises de James Joyce. Y por fin le saco el jugo a este libro. Es posible que, como dice el traductor, Francisco García Tortosa, para apreciar en toda su extensión el Ulises, hay que familiarizarse con su realidad, con sus personajes, con sus ambientes, con su lenguaje. Pocos disfrutan del primer contacto con un desconocido. Hay que dedicar tiempo y encuentros para estar cómodo con alguien, para trabar amistad, para gozar con la conversación, con la palabra. El Ulises propone el mismo enfrentamiento que el de la realidad. Hay que acercarse a él una y otra vez para desentrañar los misterios de su composición, para acomodarse, para trabar relación y extraer la sustancia de su genialidad. No me parecen, como a Juan Benet, juegos de palabra sin más, ni mucho menos. La lectura del Ulises te sumerge en un mundo plagado de referencias literarias y lingüísticas, de juegos (es cierto), de guiños, de ironías herméticas, de voces difícilmente distinguibles..., en la realidad misma, en su vulgaridad y en su excelencia, en su obscenidad y en su pureza. Es una lástima no saber inglés para completar la experiencia estética, aunque la traducción de Tortosa es, con diferencia, la mejor de todas las que he leído. 
Me acerqué a él por primera vez con avidez y me ganó la soberbia. No entendí nada, se me perdía el discurso en la complejidad de las voces y en la riqueza de la lengua. No fui capaz de hallar el placer estético que se suele obtener de una obra de arte. Me puse del lado de todos aquellos que piensan que la obra de Joyce es una tomadura de pelo. 
Tardé mucho en volver sobre ella, cuando la soberbia de la juventud se había diluido, convencido ya de que fue mi torpeza y no la de Joyce lo que impidió mi disfrute. No conseguí tampoco en esta segunda lectura disfrutar como lo he hecho con otras obras clave de la literatura, pero sí quedó en el paladar un sabor diferente al primer contacto. Una sensación de que allí había algo escondido. Percibí un aroma agradable, distinto a cualquiera de los libros que había leído hasta ese momento, aunque de nuevo, la dificultad del texto me superó. 
Es la tercera vez que lo abro, la tercera. En una nueva traducción, la de Francisco García Tortosa. El aroma de la segunda lectura lo he recuperado ya en el primer capítulo. Reconocer de nuevo a Buck Mulligan, a Stephen Dedalus y a Haines en la torre Martello, sonreír con sus ironías anticlericales y antiimperialistas, participar de su trato juvenil de colegas y llegar al final, a esa palabra clave: "Usurpador". Es como encontrar a viejos amigos con los que has pasado buenos ratos y comprobar que la relación no se ha resentido, al contrario, el paso del tiempo no ha dañado la confianza y se disfruta del reencuentro. Aún mejor, porque en la tercera lectura he recobrado el tiempo perdido y aprecio algunos detalles que habían pasado desapercibidos en las dos lecturas anteriores. Y el aroma ya no se percibe débilmente, sino que se puede saborear el té espeso y la leche recién ordeñada de vaca dublinesa. Las letanías heréticas de Mulligan provocan la sonrisa sardónica, la torre Martello es el castillo de Elsinore y los calzones de Stephan son las armas de Telémaco para navegar en el río Liffey. Las voces se cruzan, las palabras comienzan a engendrarse de nuevo, bellas y monstruosas. El tono está dispuesto para la aventura del héroe. Hay que chapuzarse.    

domingo, 21 de mayo de 2017

75 años de ausencia


RECITAL EN HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ
"75 AÑOS DE AUSENCIA"

“Josefina, hija, qué desgraciada eres”. Fue lo último que dijiste, tus últimas palabras. No habías cumplido los 32, Miguel, y te apagaste hace ahora 75 años. Con los pulmones en salmuera y los huesos abriéndote la piel. “Con el rostro tallado en madera”, como dijo Vicente Aleixandre.
Mala suerte, Miguel, muy mala estrella. Ya habías cruzado la frontera de Portugal cuando vendiste el traje azul y el reloj. Sí, el que te regaló el poeta Aleixandre el día de tu boda. No había más remedio, hay que comer, Miguel. Y la sospecha de que lo hubieras robado todo y la denuncia y vuelta con los civiles y la tortura y la prisión. Muy mala estrella, Miguel. Cuando ya habías cruzado la frontera, cuando te alejabas de los que querían crucificarte. Mala estrella e imprudencia, Miguel, siempre la imprudencia. Y ese “¡ay!” que te acompañó a todos lados.

DEL AY AL AY –por el ay
(EMMA E IRENE)
Hijo soy del ay, mi hijo,
hijo de su padre amargo.
En un ay fui concebido
y en un ay fui engendrado.
Dolor de macho y de hembra
frente al uno el otro: ambos.
En un ay puse a mi madre
el vientre disparatado:
iba la pobre –¡ay qué peso!-
con mi bulto suspirando.
-¡Ay, que voy a malparir!
¡Ay, que voy a malograrlo!
¡Ay, que me apetece esto!
¡Ay, que aquello será malo!
¡Ay, que me duele la madre!
¡Ay, que no puedo llevarlo!
¡Ay, que se me rompe él dentro,
ay, que él afuera! ¡Ay, que paro!
En un ay nací, en un ay.
¡Ay que me duele la madre!
¡Ay, que no puedo llevarlo!
¡Ay, que se me rompe él dentro,
ay, que él afuera! ¡Ay, que paro!
En un ay nací; en un ay,
y en un ay, ¡ay!, fui criado.
-¡Ay, que me arranca los pechos
a pellizcos y a bocados!
¡Ay, que me deja sin sangre!
¡Ay, que me quiebra los brazos!
¡Ay, que mi amor y mi vida
se quedan sin leche, exhaustos!
¡Ay, que enferma! ¡Ay, que suspira!
¡Ay, que me sale contrario!

Del ay al ay, por el ay,
a un ay eterno he llegado.
Vivo en un ay, y en un ay
moriré cuando haga caso
de la tierra que me lleva
del ay al ay trasladado.
¡Ay!, dirá, solo, mi huerto;
¡ay!, llorarán mis hermanos;
¡ay!, gritarán mis amigos,
y ¡ay!, también, cortado, el árbol
que ha de remitir mi caja,
ya tal vez sobre lo alto,
ya tal vez bajo los filos
del hacha fiera en la mano.
El mundo me duele: ¡ay!
(…)

Imprudencia y “ayes” cuando eras niño y querías leer, a pesar del padre tirano que te arrancó de la escuela para pastorear sus cabras. Ese padre que no podía verte con un libro. Eras cabrero, su cabrero. Lo contó tu hermano Vicente: “Veíamos escenas terribles cuando nuestro padre pillaba a Miguel con un libro entre las manos”. Tu imprudencia, Miguel, te abría los libros sin miedo a la intransigencia de tu padre. Preferías la poesía a la ganadería. Mala elección, Miguel, mala elección, que no te traería sosiego ni dineros. A pocos les interesa la poesía, Miguel, solo a los locos y a los enamorados; sin embargo, la carne de cabrito no la desprecia nadie, nadie. Mala elección, Miguel.

RASO Y CUBIERTO
(JOAQUINA)
A la serena duerme mi ganado,
tornaluna de música y sendero,
y está su lana, tanto da el lucero
con ella, de un color puro escarchado.

A la serena duerme mi ganado,
y al abrigo de un lado de romero
¡qué cosa más florida de cordero,
que me lleva perdido enamorado!

Aire arriba me voy por la mañana
en busca de la hierba no mordida,
delante de la nieve que vigilo.

Aire abajo, me alejo de la lana,
por la tarde, a la cosa más florida,
y la gozo pacífico y tranquilo.

En Orihuela, el pueblo de las treinta iglesias, el pueblo en el que no había gobernador, sino obispo, como dijo Miró. Un ambiente ultracatólico que te absorbió e impregnó tus primeras poesías. Las que labras en la sierra, en la huerta, mientras las cabras rumian el pasto seco de los ribazos. En Orihuela, manchado de catolicismo, conociste a Ramón Sijé, a José Marín, tu amigo de letras, tu amigo de Iglesia. Publicas tus primeros poemas cuando rondabas los 20 años, Miguel, y te anima tu amigo Sijé. Y tu imprudencia, de nuevo tu imprudencia, te lleva a Madrid. Otra vez la mala estrella y la imprudencia, Miguel. Demasiado inexperto para los cenáculos madrileños y solo un traje y un gabán. Nada en los bolsillos, solo palabras y esperanzas. Te rechazan, Miguel. Pasas hambre, duermes bajo los puentes, comes de milagro y te sobran los zapatos. Esos zapatos que ahogan tus pies de hombre de pueblo, tus pies de esparteñas y barro. Y ese penar constante, que te acompañará toda tu vida.

PENA
(IRENE)
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Y vuelves al lugar, a Orihuela. Y escribes, escribes, porque no renuncias, Miguel, a la poesía, porque un desgarro interno te arranca los versos. Porque eres poeta, Miguel, obcecado e imprudente. Escribes Perito en lunas, nuevo Góngora te llaman, pero no te aclaman como deseas. Buscas el halago de Lorca, pero tu brusquedad, tu imprudencia deja solas, abandonadas a tus palabras. Y estás convencido de que tu voz vuela más alto que ninguna, que tu poesía tiene “más cojones”, así se lo dices a Lorca, que la de todos los de tu generación, la mejor generación de poetas de Europa. Alfarero de lenguas por destino y “criatura idolatrada” por deseo.

15 (El rayo que no cesa)
(EMMA)
Me llamo barro, aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.
(…)
Barro en vano me invisto de amapola,
barro en vano vertiendo voy mis brazos,
barro en vano te muerdo los talones,
dándote a malheridos aletazos
sapos como convulsos corazones.
(…)
Teme que se levante huracanado
del blando territorio del invierno
y estalle y truene y caiga diluviado
sobre tu sangre duramente tierno.

Teme un asalto de ofendida espuma
y teme un amoroso cataclismo.

Antes que la sequía lo consuma
el barro ha de volverte de lo mismo.

Y por fin una brizna de suerte, Miguel, un alto en tu fatalismo. Conoces a Josefina, a Josefina Manresa, Miguel, a la mujer, a la compañera, a la que inspirará versos y limones, besos y amarguras. Porque besarla, fue “besar un avispero”.

20 (El rayo que no cesa)
(IRENE)
No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava
o en el penal colgante de un jilguero.

Besarte fue besar un avispero
que me clava al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.

No me conformo, no: ya es tanto y tanto
idolatrar la imagen de tu beso
y perseguir el curso de tu aroma.

Un enterrado vivo por el llanto,
una revolución dentro de un hueso,
un rayo soy sujeto a una redoma.

Y tu imprudencia y tu tozudez te llevan de nuevo a Madrid. Pero esta vez sí, Miguel, esta vez sí, te reconocen y te editan y te acogen y te llaman poeta y publicas un auto sacramental que deja boquiabiertos a todos, nada más y nada menos que un auto sacramental. Y le escribes a Josefina y le dices que no sabes si eres fascista o comunista. Son años de confusión, años convulsos que no permiten el término medio. Y publicas tu libro, Miguel, un libro de poemas de amor que podría haber tenido el vuelo del Romancero gitano de Lorca. Pero aparece de nuevo la mala estrella, Miguel, la mala estrella. Es el año de la sangre, es 1936. A punto de comenzar la guerra, tú bulles inquieto con tu libro y con Josefina. Todo se truncará, todo derrotará hacia la desgracia, porque tú, Miguel, como el toro, “naciste para el luto”.

23 (El rayo que no cesa)
(EMMA)

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

Rompes con Josefina, Miguel, rompes con la Iglesia, rompes con Ramón Sijé, rompes con Orihuela. Rompes para renacer, para reconvertirte y volver con más fuerza a Josefina y al pueblo. Porque vuelves con Josefina, Miguel, y vuelves al pueblo, a la tierra. Desprecias esa vida de Madrid que tanto anhelabas. Poco antes de comenzar la guerra, muere tu amigo, con el que habías mantenido en los últimos meses asperezas de tripas y de iglesias. Y a pesar de vuestras últimas disputas, te arranca una de las más sentidas elegías que se haya escrito en castellano:

ELEGÍA
(EMMA E IRENE)
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal me ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Y vuelves a Josefina, Miguel, y vuelves a la tierra cuando se está preparando para el rojo, cuando la desgracia mayor está rajando las campanas. La guerra trunca vuestra boda y trunca el éxito de tu poemario. La guerra no respeta los besos ni los versos. Vuelves a Orihuela para consolar a Josefina, Miguel. Habían matado a su padre, guardiacivil, al comienzo de la conflagración. Y sigues escribiendo, Miguel, porque no crees que las armas vayan a estar aullando para siempre. Una obra de teatro, El labrador de más aire. Un nuevo Miguel, Miguel, arrimado brazo con brazo al pueblo, ahormado a la aspereza de los surcos. Te alistas en vanguardia, con la República, en el Quinto Regimiento, a cavar trincheras, Miguel. Tu imprudencia, Miguel, tu imprudencia y tu fogosidad te acercan a la muerte. Otro poeta, Miguel, te saca de primera línea. Emilio, Emilio Prados se llama y te instala en la propaganda. Poesía de batalla, poesía de resistencia que se tiñe a menudo de existencialismo.  Vientos del pueblo que te llevan, que te arrastran:

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN
(JAVI)
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
imponentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién el rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpago,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
(…)

Os casáis por lo civil, pero solo puedes estar dos meses con Josefina, Miguel, solo dos meses. El frente te reclama. Y a pesar de la guerra, a pesar de la muerte y de la nada, la esposa y el hijo que esperas están en el filo de tu voz como un bálsamo para las balas.

CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO
(IRENE)

He poblado tu vientre de amor y sementera
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y altos ojos,
esposa mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo,
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

(…)
Escríbeme en la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
(…)

Y ese hijo que esperas, Miguel, que apenas verás porque no llegará a cumplir los diez meses, agita de esperanza tu vivir entre las trincheras, tu luchar entre la muerte. La mala estrella, Miguel, la mala estrella, te arranca el hijo como a tantos y tantos españoles la esperanza. Son meses de cieno, Miguel, de cieno y de gusanos. Vuelves de Rusia confundido con Stalin y sigues en la trinchera defendiendo al pueblo, llorando la muerte del hijo, bramando contra la injusticia, clamando por los niños de la yunta:

EL NIÑO YUNTERO
(Mª LUISA)
Carne de yugo ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

La lucha por la libertad está plagada de elegías, tu lucha y tu vida se derrumba, derrota hacia el dolor y la muerte porque no hay otro puerto que te espere. Y luchas y luchas por la libertad y te despojas de todo:

II (El hombre acecha)
(IRENE)
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
(…)
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Y acaba la guerra, Miguel, y acaban tus esperanzas de libertad. Volvemos al principio, Miguel, a tu mala estrella, a ese episodio del reloj y del traje azul en la frontera de Portugal. Cuando huías de la cárcel, del paredón. La fatalidad, Miguel, te conduce de nuevo a la Guardia Civil. Interrogatorios de sangre, dolor, humillación y presidio. La añoranza de tu casa, de tu pueblo derrotado.

CANCIÓN ÚLTIMA (El hombre acecha)
(EMMA)
Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.
El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

De cárcel en cárcel, Miguel, de pena en pena, recorres toda España. Conoces en una de ellas a Buero Vallejo. Dibujará tu cabeza de presidiario enfermo, tu mirada que adivina la muerte y la eternidad que te aguarda. Y un error te saca por unos meses de la cárcel, Miguel, y tu imprudencia, Miguel, de nuevo tu imprudencia te hace volver a Orihuela. No aceptas el refugio que te ofrece Cossío en Cantabria, quieres volver a Orihuela, tu pueblo, a pesar de todo. Y tu imprudencia te conduce otra vez a presidio. Dos meses en los calabozos de Orihuela, donde peor te trataron, donde se agrava la enfermedad pulmonar que te acecha. Tu padre no te visita ni una sola vez en dos meses, Miguel, tu padre no cede en su dureza, te desprecia desde niño. Y escribes, siempre escribes, en un cuaderno al que pones nombre: “Para uso del niño Miguel Hernández”. Ahí vas a escribir tus penúltimos versos, el Cancionero y romancero de ausencias que no verás publicado. Versos limpios, sencillos, profundos, despojados del barroquismo y la vanguardia, versos del niño Miguel, para tu segundo hijo y para Josefina, siempre Josefina.

73
(IRENE)
Tus ojos se me van
de mis ojos y vuelven
después de recorrer
un páramo de ausentes.

Tu boca se me marcha
de mi boca y regresa
con varios besos muertos
que aún baten, que aún quisieran.

Tus brazos se desploman
en mis brazos y ascienden
retrocediendo ante esa
desolación que sientes.

Otero de tu cuerpo,
aún mi calor lo vence.

74
De aquel querer mío
¿qué queda en el aire?
Solo un traje frío
donde ardió la sangre.

Y los últimos días en el orfanato para adultos de Alicante. Allí te intentan devolver a tu pasado católico, quieren que renuncies a tu ideología para salvarte. Te presionan para extirparte el calor del pueblo, pero Miguel, tu imprudencia no tiene límites, ni tu imprudencia ni tu tozudez. Lo intentan con Josefina. Te amenazan con no dejar que te visite si no accedes a casarte por la Iglesia, y cedes por ella. Pero ya no hay nada que hacer. Tus pulmones de sal ya no sirven para alojar aire, se han secado y es tarde para trasladarte al sanatorio que tan cerca estaba. Te casas en artículo mortis, casi sin que tus miembros puedan desperezarse y recuerdas a tu hijo muerto y al segundo vivo y a Josefina en tus últimos versos, en el Hijo de la luz y de la sombra, un manantial de erotismo místico y de sensibilidad entre estertores.

NANAS DE LA CEBOLLA
(IRENE Y EMMA)
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.


Adiós, Miguel. Adiós, Miguel Hernández. Te fuiste en silencio, con los ojos abiertos, con los párpados de plomo que nadie pudo cerrar, con la mirada eterna, fija en los violines. Te fuiste hace 75 años y aún te cantamos, aún te vivimos, aún te levantamos. Adiós, Miguel, sueña por siempre.