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sábado, 17 de febrero de 2018

Decálogo del profesor burgués


Una vez que hayas aprobado unas oposiciones (o incluso sin haberlo hecho), hay que plantearse qué tipo de profesor quieres ser. Si eres un enamorado de la rutina, la tradición y la comodidad burguesa, te interesa no abrasarte los cascos y no pringarte demasiado. Sigue el siguiente decálogo:

1. Programar clases de forma personal es un engorro. Sigue un libro de texto como dios manda y no te salgas de él, salvo caso extremo. Redundará en la serenidad de tu cerebro. 
2. Dicta mucho, manda muchos ejercicios en clase y explica lo justo. Es posible que con este método te quemes pronto, pero no hay nada como la rutina y el sosiego.
3. No te enredes en proyectos, actividades extraescolares o metodologías innovadoras. Cumple tu horario y vete a casa, no se te ocurra alternar más de la cuenta con profesores o alumnos con ganas de enredar. Si no te significas, no te buscarán.
4. No entres en muchas intimidades con compañeros intrépidos o muy activos, trastornarán tu rutina, te meterás en líos bohemios y en discusiones sobre la pedagogía que no son aceptables para un buen burgués.
5. Acude a las reuniones obligatorias (que ya son suficientes), nunca a las alternativas. Si te involucras en muchas actividades y novedades, luego no podrás criticarlas. 
6. Haz muchos exámenes (si puede ser, tipo test, por la corrección). Tendrás menos clases que dar y los chicos estarán más callados.
7. Si tienes problemas de disciplina en clase, nunca pidas ayuda ni recomendaciones sobre lo que hacer. Dicta más y pon más exámenes.
8. Si impartes clase a cursos de ESO, intenta aprobar a mucha gente (el criterio es lo de menos, lo importante es tu tranquilidad). Si tus cursos son de bachillerato, suspende a muchos (ya sabes, el criterio es lo de menos). Los alumnos mayores creen que un buen profesor es el más duro y lo respetan más (mayor comodidad).
9. Huye de las responsabilidades, bastante tienes con meterte en clase y lidiar con los chicos. No se te ocurra ingresar en equipos directivos, coordinaciones, comisiones o asuntos por el estilo (te comerás marrones indigestos para tu correcto tránsito intestinal).
10. Critica cualquier novedad que se introduzca en las actividades del centro o en el currículum o en el gobierno del instituto (interfiere en el exceso de vitalidad, para que no muevan tu cadáver). 

11. La culpa de las deficiencias del sistema educativo siempre reside en las leyes o en la falta de trabajo de los alumnos. Tú estás exonerado de antemano (ya lo sabes). La Institución Libre de Enseñanza nunca existió.
12. Jubílate en cuanto puedas porque, con esta forma de actuar, vivirás cómodo y tranquilo, pero no te aguantarás ni tú mismo (imagínate los alumnos).  

sábado, 10 de febrero de 2018

Diario de jefatura: "Fichajes de colegios religiosos"



J. tiene nombre de personaje de Drácula o de novela negra nórdica y nos está brindando momentos de verdadero suspense. Hoy ha llegado la policía al centro. Una pareja mixta con uniforme reglamentario: los dos pequeños y serios, en misión secreta (bueno, no tanto). Cierro la puerta del despacho porque el asunto es delicado. 
Aprovechando que muchos chicos han asistido a una función de teatro, J. y tres alumnos más han escapado del control del profesor. Se han ido al parque y se han fumado unos porros de maría. Han tenido mala suerte porque la policía andaba de patrulla por allí y los han pillado in fraganti. J. y J. (alumnos de la FP Básica) portaban algunos cogollos y la policía se los ha intervenido. La respuesta de J. no se ha visto cohibida por el miedo ni por el nerviosismo, todo lo contrario: “La hierba es muy buena para la salud, por eso me la fumo. Mi padre la planta en mi casa y está al corriente. Todas las noches antes de acostarnos nos hacemos un porrito para dormir mejor. Así no tenemos que ingerir pastillas. Eso sí que es malo, las pastillas.” Los policías me lo cuentan alucinados, porque no tienen costumbre de que los adolescentes se planten ante ellos con tanto desparpajo. 
Otro de los chicos ha mostrado la misma actitud, precisamente el que también llevaba marihuana encima y también de FP Básica. El tercero se ha asustado y mucho, tanto que ha venido a verme llorando después de que la policía me visitara. J. tuvo el honor de ser el primer amonestado durante el curso pasado. Procede de un colegio concertado que hay en el pueblo. Un centro religioso. Al parecer, cuando no pueden con alguno de sus alumnos nos lo envían para que lo enderecemos con la razón y la cultura científica. ¡Qué considerados son los gestores de estos centros religiosos! Sus alumnos no se los merecen, por eso nos envían a sus mejores promesas.

sábado, 3 de febrero de 2018

Nunca te pongas camiseta térmica para dar clase



Es lunes y la mañana se presenta fría, turbia. En la verja del instituto hay un cartel ilegible que debo cambiar un día de estos. La escarcha adorna las bolsas de gusanitos en el patio. Un gato negro intenta beber agua en un charco helado. No hay problema, llevo puesta la camiseta térmica.
Los alumnos de 2º de ESO esperan en la puerta de clase. Se empujan, se dan collejas, se tiran del pelo, se pegan a los azulejos como las chicas que esperaban en la discoteca a ser sacadas a bailar -qué antiguo suena esto-. Por fin abro la puerta, después de distinguir la llave entre las veinticinco del llavero. Tengo que marcarlas con plastiquitos de colores un día de estos, a ver si me acuerdo antes de jubilarme. 
La algarabía sigue dentro de clase. Se sientan, se levantan, descargan las mochilas sobre los pupitres, como el albañil el saco de cemento. Ahora hay que quitarse los abrigos, colgarlos en la percha o dejarlos sobre las mesas libres. Después, arrimarse a los radiadores o abrir la ventana -la razón no es la temperatura-. En clase no hace frío, pero nunca vienen mal unos cuantos minutos más de charla, empujones y estirones de pelo. 
Enciendo el ordenador, intento entrar en la página institucional para pasar lista. Ellos, mientras, se desahogan. El problema es que el clima comienza a hacerse insoportable. Les llamo la atención, primero en general, con moderación; luego, nombrando a los que todavía andan de pie, con el tono un poco más alto; al final, con una voz cavernosa e infernal que hasta me da un poco de vergüenza -aún recuerdo cuando me gritaban a mí siendo alumno de COU, y esto sí es vergonzoso-. 
El ordenador sigue buscando la página. Yo empiezo a explicar lo que vamos a hacer. Paro. No callan. Utilizo la técnica de la mirada asesina y el silencio Lengua de las mariposas. Algunos reaccionan, pero se remueve el flanco derecho. Al fondo cuchichean, enredados en sus asuntos. Vuelvo a explicar la actividad del día. 
El flanco derecho está dominado con la mirada asesina, pero ahora es el izquierdo el que se solivianta. Dos de los chicos se pellizcan por debajo de la mesa y dan saltitos y grititos que alteran a todos los demás. Volvemos a empezar. Al fondo cuchichean, enredados en sus asuntos. 
Organizo los grupos, saco los seis ordenadores, vuelve la algarabía, vuelvo a tronar, me vuelvo a avergonzar -en COU, sí señora-. Hay grupos que trabajarán sin ordenador. Se quejan de vicio. 
Al fondo cuchichean, enredados en sus asuntos. Voy hacia ellos, los sorprendo con un golpe en la mesa, se aturden, no saben qué pasa, no saben qué vamos a hacer, no saben quién soy yo ni quiénes son ellos. Noto cómo el sudor me resbala por la rabadilla y acabamos de empezar y estamos en enero y no llevo jerséi gordo, solo camisa. Respiro hondo. Los del fondo, ahora frente a mí, me miran extrañados, como si nunca me hubieran visto, como si los hubieran teletransportado de la clase de Matemáticas. Ya no cuchichean. Ahora me preguntan, con capacidad de síntesis, "¿qué?". Respiro hondo. El "qué" no es retador, ni malicioso, sino muy sincero. Vuelvo a explicarles a ellos, a los del fondo, su tarea. Se la doy por escrito. "¡Ah!". 
Me alejo un poco y siguen cuchicheando, enredados en sus asuntos. Los demás están formando los grupos: transportan sillas, arrastran mesas, se pellizcan, se estiran del pelo, se empujan... Ha vuelto la algarabía. Respiro hondo. El arroyuelo ha pasado con éxito la rabadilla. El caudal crece y se sienten llegar nuevos riachuelos, más rápidos y torrenciales. Mirada asesina, tono conciliador, tono amenazante, tono tronante -una vergüenza, sí señora, en COU, como le iba diciendo-, silencio de ultratumba. 
Al fondo los oigo cuchichear -buena señal-, enredados en sus asuntos. De repente todo se calma. Comienzan a hablar de la actividad propuesta y no del fin de semana, ni del lío en el grupo de guásap. No puedo creerlo. 
Está a punto de sonar el timbre del final de la clase. Al fondo, cuchichean. Me acerco a ellos. Suena el timbre. "¿Qué es lo que teníamos que hacer?, ¿para mañana, no?". Es la última vez que me pongo camiseta térmica para venir a clase. 
Por fin se carga la página institucional para pasar lista.

miércoles, 24 de enero de 2018

Diario de jefatura: la realidad y el deseo.


Ella era boba, él también. Se sentaban juntos, felices, cerca de la pizarra. Él era miope, ella también. Los dos sabían besar como en las películas, incluso mejor. Se esperaban a salir de clase. Dentro no se atrevían. Él era bobo, ella también. Y felices. Cuando nadie los veía se arrimaban a la pared del gimnasio y se apretaban fuerte. En invierno, para arroparse; en verano no sabían por qué. Ella era boba, él también, y miopes, y adolescentes. Se querían. O eso parecía. Él no le decía nada a ella. Ella a él, tampoco. Solo sonreían antes de besarse, enrojecían y juntaban los labios y los cuerpos. No había por qué hablar. Cuando sonaba el timbre, esperaban a que el profesor abandonara el aula y se cogían de la mano. Sin decirse nada. Por naturaleza, como la gata que muerde a su cría en el pescuezo para cambiar de madriguera. Ella era boba, y feliz. Él era bobo, y feliz. Su comportamiento era ejemplar y eso les daba el aprobado porque él era bobo y callado, y ella también. El amor les ofrecía su recompensa no solo en la pared del gimnasio, sino también en el boletín de notas. Aprendieron a callar, a mirarse, a tocarse, a observar con arrobo la pizarra pensando en el timbre del recreo o en el de salida. Aprendieron que el deseo era incluso mejor que la realidad. Comprendieron a Cernuda, comprendieron a las nubes. Comprendieron. Y él, cada día, era menos bobo; y ella, cada día, era menos boba. La espera y el amor les arrancaron la bobería. Y nadie reparó en esa vieja metodología educativa que libraba a los bobos de su bobería. Ningún pedagogo, ningún profesor; ni siquiera ningún inspector registró la proeza. No los vieron, no vieron su bobería. Y cuando despertaron de ella, tampoco vieron su proeza, ni el deseo, ni las nubes. Andaban cabizbajos, con botellas y carteras en las manos. Con los ojos muertos en la papelera.       

sábado, 13 de enero de 2018

Diarios de jefatura: la historia sagrada de Cristo.


Este nombre no es ficticio, ni se me habría ocurrido nunca por muchas historias con personajes estrafalarios que hubiera inventado. Cristo está acojonado, literalmente. “Me dan ganas de llorar y muchas”. “No te cortes, desahógate”. Cristo es un mártir, una víctima de la mala suerte. Es la primera vez que se escapa. Apenas tiene alguna falta de asistencia y se ha estrenado con los dos porreros del instituto. “Ellos han sacado una cosa verde y se la han fumado, pero le juro que yo no sabía lo que era”. A Cristo lo ha registrado la policía y no se ha meado encima porque es joven, atlético y aún retiene bien los esfínteres. No le han encontrado nada, pero él sigue angustiado. “¿Qué me va a pasar? ¿Qué van a hacer conmigo?”. “El paredón o la cárcel”, estoy a punto de decirle, pero me reservo la broma. El muchacho me da verdadera pena. Cristo es repetidor de 2º de ESO, pero nunca ha pasado por jefatura. “Trabaja poco en clase, pero no molesta”, esta es la declaración de los profesores que lo conocen. La mayoría se apiadan del pobre Cristo, mártir y a punto de ser crucificado mucho antes de los treinta y tres.    
Al día siguiente de la aventura porrera, justo cuando me dirijo a almorzar aparecen por el despacho Cristo y su madre. Esto, dicho así, sería motivo de investigación eclesiástica, pero ni Cristo es Cristo ni su madre es la Virgen. Cierro el despacho y comentamos lo ocurrido el día anterior. La madre me escucha para cotejar mi versión con la de su hijo. Al comprobar que coinciden, le recrimina a Cristo haberse escapado del centro y, encima, con gente que conocía poco o nada. La colombiana se apasiona en el discurso y al chico le brotan las primeras lágrimas. “Tu padre medio muerto, mihijo, y tú escapando de clase. Yo limpiando el culo a las viejitas y tú, mihijo, registrado por la policía. No ves que podían haberte degollado o haberte pegado dos tiros”. La Virgen, perdón, la madre de Cristo habla de la peligrosidad de las calles como si todavía se encontrara en algún barrio de Cali o Medellín. “¿Y si se hubiera presentado la policía en casa para registrarla por si escondemos droga? ¡Ay, mihijo, esto no lo merecemos! Somos pobres, pero decentes y yo solo quiero que seas bueno. Como tu padre, el pobrecito, que se está muriendo”. Ella también arranca a llorar y le dice a su hijo que el instituto es su segunda casa y nosotros sus segundos padres. Me conmueve. Cristo, vestido de chándal blanco impoluto, no aguanta las lágrimas de su madre. Apenas puede articular palabra. La mujer, más bajita que el chico, se abraza por fin a Cristo. Suena el timbre que indica el fin del recreo y finaliza la sesión con un “muchas gracias por sus cuidados” que me da de almorzar. 

lunes, 6 de noviembre de 2017

Adolescens VII: "T, el primer TDAH"


T está diagnosticado como TDAH y medicado. Lo vemos muy a menudo por jefatura. Es pequeño, fibroso, los nervios le devoran la grasa, con gafas y muchos granos, muchos, muchos granos de adolescente. Tiene una gracia natural y se comprende a sí mismo como pocos. En ese aspecto no parece un chico de su edad. Lo traen a jefatura porque se ha levantado de la silla varias veces sin el permiso del profesor. Cuando suena el timbre para asistir a la siguiente clase, nos dice que prefiere quedarse con nosotros porque “se conoce”, porque sabe que en cuanto llegue al aula no va a poder contenerse y se va a mover y va a hablar con el compañero y no va a parar. Cuando no se toma la medicación, no se fía de sí mismo y prefiere aislarse para que no le pongamos más apercibimientos. Es un rara avis. Siempre está sonriendo, incluso cuando lo traen al despacho de jefatura. No puede evitarlo, es superior a su naturaleza. Aún no ha perdido la ilusión. Sabe que no debería comportarse como lo hace, pero algo bulle dentro de él que no puede detener. Por eso nos pide que lo retengamos en el despacho, porque en el aula, con la algarabía de los compañeros, no podrá contenerse. 
¿Es posible que sea un síntoma de que nuestros métodos educativos van contra natura, de que nuestro único objetivo es castrar la naturaleza juvenil para que no dé fruto o para que no nos den la lata? ¿Es posible que este muchacho canijo, con granos y sonrisa permanente, sea una alarma de que nos tendrían que medicar a nosotros por ahogar la espontaneidad de manera sistemática? Él no quiere ir a clase porque el cuerpo le pide no parar, porque su naturaleza es contraria a lo que imponemos: disciplina, sumisión y silencio. ¿No sería posible aprovechar esa energía explosiva para imprimir nuevas ideas? Pienso que sí, pero sería muy incómodo para nosotros, los muertos.

martes, 23 de mayo de 2017

Adolescens VI: "H, mala cabeza"



Recibo al padre de H en el despacho. Anda con cuidado de no alterar el polvo de los rincones, sin prisa. Se sienta con dificultad, sus movimientos no son fáciles, le cuesta tirar de las articulaciones, casi tanto como explicarse. No domina el idioma, lo intenta, como intenta moverse, con muchos problemas. “Siete hijos tiene, siete. Todos bien, este no. Este cabeza mala, muy mala. Mis tres mujeres lo dicen, cabeza mala, mala”. 

Esa es la explicación de todas nuestras cavilaciones de este año: H tiene la “cabeza mala”. “Los otros buenos, muy buenos, H, no. Yo digo, ven, haz esto, y no viene, no hace. Igual que aquí”. Estamos de acuerdo. El padre no nos lleva la contraria en absoluto y tampoco sabe cómo afrontar el problema. Reconforta saber que no somos nosotros los culpables de las salidas de tono de su hijo. Todo se debe a que tiene “cabeza mala”, esa es la explicación. La verdad es que la asistenta social que trató a H en el colegio nos dio la misma razón, que se puede resumir así, “cabeza mala”. No sé si será un nuevo síndrome o afección que se deba tratar con pastillas, pero todos coincidimos en el diagnóstico.

Hoy, la cabeza mala de H ha provocado un incidente en el patio de los que se recuerdan durante mucho tiempo. Unos chicos de 2º de ESO aparecen alarmados en el despacho de la Jefa de Estudios. La invitan a acompañarlos porque en el patio cunde el pánico. Se advierte cómo corren grupos de muchachos y muchachas. Detrás va H, “mala cabeza”, con una bolsa en la mano. Lo llamamos y acude, con la bolsa en la mano. Dentro lleva una rata muerta con la que ha estado asustando a los chicos en el recreo. El alboroto ha sido memorable. H, sudoroso por las carreras, responde impasible a las recriminaciones de la Jefa de Estudios: “¿Qué haces, H?” “Nada, yo no hago nada” “¿Qué llevas en la bolsa?” “Una rata, pero yo no hago nada” “¿Quieres que te la meta entre la camiseta?” “¿Por qué, si no hago nada?”. El Director hace que los pasillos del instituto tiemblen con las recriminaciones a H, pero “mala cabeza” no se inmuta. No ha hecho nada. Lleva una rata muerta, enorme, ¿y qué? Mala cabeza, mala. Lástima que todavía no haya tratamiento.

sábado, 13 de mayo de 2017

¿Para qué sirve el servicio de inspección educativa?


Cuando entrevistamos a la asesora cultural de la embajada finlandesa, no comprendimos que considerase la eliminación en su país del servicio de inspección a principios de los 90 uno de los factores claves en la mejora de su sistema educativo. En nuestro país, las funciones de este cuerpo son imprescindibles. No concebimos que la enseñanza en Finlandia haya mejorado por la eliminación de los inspectores si servía para lo mismo que en España. Analicemos sus utilidades en nuestro país y lo comprobaremos:

1. Apartar de las aulas a ciertos elementos que por su egolatría y aversión a la tiza provocarían traumas sin solución en los alumnos.
2. Dar salida laboral a los faltos de vocación que intentan medrar en la administración pública porque no les satisface el ejercicio de la enseñanza.
3. Favorecer al pequeño comercio textil especialista en trajes de mal gusto, corbatas de fantasía y chaquetillas de monja.
4. No frustrar a los que escriben currículos educativos. Sin la existencia de los inspectores no habría nadie que se atreviera a declarar que entiende la legislación y los redactores podrían entrar en una depresión profunda.
5. Ayudar al comercio que se dedica a la venta de muebles para despacho y útiles de papelería: tampones, sellos, clips, libros de registros y actas, plumas estilográficas, rotuladores fosforescentes, chinchetas, tablones de corcho...
6. Provocar la tensión necesaria en el profesorado para que no se relaje por medio de: cambios continuos de criterio, contestar al teléfono en contadas ocasiones, visitas esporádicas al centro para evitar la familiaridad del claustro, no atender a las peticiones de asesoramiento para hacer más autónomo al cuerpo de profesores, rostro severo y pose enigmática.
7. No actuar expeditivamente en ningún caso, por evidente que sea la falta, salvo que haya por medio una crítica al servicio de inspección o una avalancha de padres que haga peligrar al propio cuerpo.
8. Rendir pleitesía a los cargos más altos para ascender en el escalafón administrativo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Adolescens V


"H y su padre"


Comienza el nuevo año con los mismos protagonistas que terminó el anterior. Mi compañera de jefatura asiste a la reunión para expulsar a H. Esta vez sí está su padre. La primera reunión social a la que se le ha invitado tras desembarcar en España está motivada por la expulsión de su hijo. El hombre habla con mucha dificultad el castellano y anda con más dificultad aún. Su cuerpo apenas entra por el hueco de la puerta del despacho. Los disgustos los resuelve con comida, sin duda alguna, y lo van a hacer reventar, según él mismo lamenta a media lengua. H llora al ver llorar a su padre. La silla ha desaparecido bajo su inmenso cuerpo y nos cuenta que no puede más. Su esposa de España trabaja desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche. En su país ha dejado otras tres mujeres que le hacen la vida imposible, según se lamenta. Tuerce la cabeza a un lado y eleva la mano, con un gesto inequívoco con el que representa su próximo ahorcamiento. Una vez finalizados los trámites administrativos, el padre de H se levanta con dificultad, golpea el pescuezo de su hijo con la mano abierta y salen del despacho lamentando sus desgracias en árabe moderno (padre e hijo). Mis compañeros guardan silencio respetuoso ante la escena de costumbrismo magrebí.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Romeo y Julieta, de los Moya y Ramírez de toda la vida



Sergio se viste de choni, peluca rosa y minifalda de vuelo. Mario, de mascachapas, gorra con la visera en la nuca y camiseta por el ombligo. Sergio es Julieta. Mario, Romeo. Ella no es Capuleto, sino de los Moya de toda la vida. Él no es Montesco, sino de la rancia estirpe de los Ramírez. Si Shakespeare los pudiera ver (él, en el descansillo de la escalera de acceso a los servicios y ella, en lo más alto, apoyada en la barandilla) mientras Romeo requiebra a Julieta, escribiría una comedia nueva. No reconocería su obra, pero se habría divertido tanto como nosotros ante la declaración de amor plagada de ripios y obscenidades. Y se habría descacharrado con las resueltas respuestas de Julieta, la del cabello sonrosado. No han respetado el espíritu dramático de la obra, tampoco la personalidad de los personajes, ni el devenir trágico del argumento. Todo es parodia, sorna y chascarrillo. Todo es júbilo adolescente en los graves pasillos del instituto. Todo es desmesura y buen humor. Y si Shakespeare se hubiera detenido para analizar el verdadero sentido de su representación, habría apreciado que ellos, la choni travestida  y el mascachapas, pese a la parodia grotesca, veneran la obra del bardo, la sienten en lo más hondo de su voracidad adolescente    

domingo, 12 de febrero de 2017

Adolescens IV


"H., F. y la policía municipal"
Por el pasillo de jefatura veo acercarse a una pareja de policías municipales. Él y ella son de la misma altura y, aunque miden casi lo mismo que nuestro alumno F., estos dos sí que han terminado de crecer. Llevan una libretilla en la mano donde veo escritos los nombres de algunos alumnos que conocemos muy bien en los despachos de jefatura: F., H. y otros dos personajes secundarios. Me explican que han sacado de un parque a estos cuatro chicos de 1º de ESO y les han obligado a volver al instituto. Dos lloraban sin consuelo, pero los otros ni se han inmutado ante las advertencias de la autoridad. No necesito saber quiénes son "los otros". Lo adivino a la primera, como lo haría cualquiera de ustedes. El parque está en construcción y, por supuesto, precintado para que nadie sufra ningún accidente. Los chicos se han saltado los precintos y se los han encontrado en lo alto de los columpios y los toboganes todavía sin desembalar. F. y H. son intrépidos por naturaleza. No temen al calor, ni al frío, ni al profesor de Educación Física, ni a Jefatura de Estudios, ni al Director, ni tampoco a la pareja de policías. Les explico su involución en el centro. Los otros dos muchachos estaban muy asustados por la reacción que tendrían los padres al conocer los hechos. F. y H. no tienen ese problema. Prácticamente viven solos, aunque el padre de H. acaba de volver de su país, vende en los mercados y apenas para por casa. Espero que esta aventura no se la hayan inspirado las lecturas de Tom Sawyer y el Lazarillo. De esto no digo nada a la policía.  

sábado, 4 de febrero de 2017

Adolescens III


H., H. y otra vez H.

Desde que H. cumplió su pena de expulsión, ha rectificado su comportamiento: en vez de verlo por jefatura una vez a la semana, lo recibimos una vez al día. Lo manda el profesor de Educación Física porque le impide dar la clase. H. dice que solo ha pateado un palo. Lo trae personalmente el profesor de Lengua porque tampoco le deja dar clase. El muchacho dice que no ha hecho nada. Lo manda la profesora de Inglés porque molesta constantemente a sus compañeros. H. alega que solo ha pedido un lápiz. Lo trae el profesor de Geografía e Historia porque ha llamado al móvil a otro compañero y a este le ha sonado su aparato en clase. H. dice que ha sido al revés. Lo comprobamos: revisamos el móvil del compañero. H. ha dicho la verdad, es posible que por primera vez. Me pide clemencia para el compañero cuando hacía un instante estaban a punto de pegarse. Pasa horas y horas en mi despacho. Su actitud es muy extraña. A veces llora; otras, apoya la cabeza sobre la mesa y se la tapa como si quisiera hacer desaparecer el mundo; otras, no se atreve a mirarme cuando le hablo. Al poco de estar en el despacho, me pide siempre tarea. No aguanta la inactividad. Ya se ha leído los mitos griegos en versión actualizada y ha empezado Las aventuras de Tom Sawyer y el Lazarillo de Tormes. Después de cada lectura, nos hace un resumen oral. ¿A ver si su problema es que ama la literatura tanto que desea ser expulsado para leer a los clásicos? Bueno, no sé. También se dedica a pellizcar la esponjilla de la silla y a tirarla por el suelo y no creo que quiera se tapicero, o sí.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Adolescens I


"R" Y "J"

"R" es un chico rubio de primero de ESO. De ojos asustados y gafas redondas. Lo sé porque estoy comprobando su ficha en Delphos (el programa de gestión donde clasificamos al alumnado y le administramos sus correspondientes marchamos). No lo conozco. No lo he visto nunca en persona. Tampoco a "J". Una ecuatoriana de mentón dulce y mirada de niña transparente. De su misma clase. La profesora de Biología me informa de que han faltado a segunda hora, a pesar de haber asistido a primera a clase de Matemáticas. “Seguramente es un caso de amores”, me apunta la profesora. “Se sientan juntos y no lo pueden ocultar”. Llamo a sus padres para que estén al tanto de que sus hijos se han fugado del centro. La madre de "R" está muy preocupada. La de "J" no contesta al teléfono. A quinta hora todavía no han aparecido. Les toca Lengua y no están. Sus compañeros se alarman al ver que preguntan por ellos y seguramente en el cambio de clase les avisan por teléfono porque a sexta hora aparecen. Yo no he tenido oportunidad de verlos aún. Me los imagino asustados y emocionados por su primera escapada, por su intrepidez de doce años que les ha llevado a romper las normas y a provocar sobresaltos entre padres y compañeros. Me los imagino con el corazón hirviendo, pasando entre los barrotes de la valla del instituto cogidos de la mano. Se besan por última vez, antes de que los inquisidores los atrapemos y los juzguemos para volver legendaria la aventura en su clase de primero y para reafirmar su amor recién estrenado. Mañana les pregunto para confirmarlo. O bueno, mejor no.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La depresión de Wert


Y Wert contempla  la votación sobre la LOMCE en la pantalla curva de su apartamento de 500 metros cuadrados, con un pastís en la mano. Y sonríe con vicio, como el criminal que desde una playa paradisíaca oye noticias sobre sus fechorías. Y se relame porque acaba de degustar un foie fresco que le producirá ciertos ardores por la noche, pero que podrá aguantar con una copa de Veuve Clicquot. Y se levanta de la cama con dificultad, se le abre el batín y se descubre su miembro gastado y flácido. Y abre el cajón de la mesita y despega del plástico una Viagra para cumplir cuando llegue su pareja de pilates. Y duda si tomarla o no porque la semana pasada no le funcionó. Y notó la sonrisa de su pareja, como la del criminal que va a cometer un delito en otra sucursal bancaria. Y cambia de canal porque ha terminado la votación y sintoniza una película porno en la que una maestra de primaria se lo hace con un pitbull. Y sonríe despacio, sin ganas, porque siente el miembro muerto. Y suda con angustia y se desdibuja su sonrisa porque ya no trempa ni con el parlamento, ni con la sodomización del profesorado, como el criminal rodeado por cuatro morenos en las duchas de la cárcel.    

viernes, 11 de noviembre de 2016

El alumno de 16 años que se convirtió en Sigfrido


Un aula de instituto. Quinta hora de un día señalado por los augures. Brunilda es María y Crimilda, Andrea. Sigfrido es Sergio y Günther, Mario. El dragón, Amanda y Hagen, Iván. Brunilda y Crimilda llevan pamelas de Venecia y Sigfrido, una espada de plástico. Günther se significa como rey con una corona de papel que le ha fabricado Lorena y el cofre de cartón encierra el tesoro de los Nibelungos. Todo está preparado para la representación. Ellos no saben de qué va el Cantar de los Nibelungos, pero adentrarse en una historia desconocida disfrazados y como protagonistas los convierte en alumnos receptivos, alegres y emocionados. Todo lo contrario de lo que uno suele encontrarse en las aulas. Sigfrido (Sergio) mata al dragón (Amanda) de un certero espadazo y vuelve en barco (una silla) al reino de Günther. Se le declara de rodillas a Crimilda (Andrea), como Günther (Mario) a Brunilda (María). Antes, Günther ha hecho unas flexiones a petición de la exigente Brunilda. La primera parte acaba bien. Dos bodas oficiadas por Celia en las que los novios se prometen amor eterno. La segunda parte, el lunes. La clase se entusiasma con la representación improvisada y el atrezo de los chinos. Yo también. Suena el timbre. Me llevo las pamelas, el cofre, la espada y la corona de cartón. La ilusión nos ha sacudido durante 55 minutos. Esto es la enseñanza, esto es la vida. Quien lo probó lo sabe.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ideario para comenzar el curso escolar


Algunas ideas muy antiguas y muy modernas para empezar el curso escolar. Gentileza de dos hombres del siglo XX, casi del XIX: Giner de los Ríos y Antonio Machado.

De Giner:

«Transformad esas antiguas aulas; suprimid el estrado y la cátedra del maestro, barrera de hielo que aísla y hace imposible toda intimidad con el discípulo; suprimid el banco, la grada, el anfiteatro, símbolos perdurables de la uniformidad y del tedio. Romped esas enormes masas de alumnos, por necesidad constreñidas a oír pasivamente una lección o a alternar en un interrogatorio de memoria, cuando no a presenciar desde distancias increíbles ejercicios y manipulaciones de que apenas logran darse cuenta. Sustituid en torno del profesor a todos esos elementos clásicos por un círculo poco numeroso de escolares activos que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos, en suma, y cuya fantasía se ennoblece con la idea de una colaboración en la obra del maestro. Vedlos excitados por su propia espontánea iniciativa, por la conciencia de sí mismos, porque sienten ya que son algo en el mundo y que no es pecado tener individualidad y ser hombres. Hacedlos medir, pesar, descomponer, crear y disipar la materia en el laboratorio; discutir, como en Grecia, los problemas fundamentales del ser y destino de las cosas; sondear el dolor en la clínica, la nebulosa en el espacio, la producción en el suelo de la tierra, la belleza y la Historia en el museo; que descifren el jeroglífico, que reduzcan a sus tipos los organismos naturales, que interpreten los textos, que inventen, que descubran, que adivinen formas doquiera... Y entonces la cátedra es un taller y el maestro un guía en el trabajo; los discípulos, una familia; el vínculo exterior se convierte en ético e interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente; la vida circula por todas partes y la enseñanza gana en fecundidad, en solidez, en atractivo, lo que pierde en pompas y en gallardas libreas.»

De Machado:

Muchos profesores piensan haber dicho bastante contra la enseñanza rutinaria y dogmática, recomendando a sus alumnos que no aprendan las palabras sino los conceptos de textos o conferencias. Ignoran que hay muy poca diferencia entre aprender palabras y recitar conceptos. Son dos operaciones igualmente mecánicas. Lo que importa es aprender a pensar, a utilizar nuestros propios sesos para el uso a que están por naturaleza destinados y a calcar fielmente la línea sinuosa y siempre original de nuestro propio sentir, a ser nosotros mismos, para poner mañana el sello de nuestra alma en nuestra obra.

jueves, 25 de agosto de 2016

La educación a través de la tiranía


Fragmento de "La ciudad de Dios" de E. L. Doctorow:

"Os contaré, por contraste, el tipo de cosas que aprendí en la escuela. Tenía un profesor en el Luitpold Gymnasium. Cuando entraba en la clase, nos poníamos de pie, y cuando se sujetaba las solapas de su toga y asentía con la cabeza, nos sentábamos. Eso era bastante normal. Siempre consideré que la disciplina era su manera de imponer rigor intelectual y de que no decayera nuestra atención a la hora de recibir ideas. Y por ese motivo, en esa ridícula escuela no caminábamos sino que marchábamos y nos levantábamos y nos sentábamos al unísono y salmodiábamos las declinaciones en latín como si fueran juramentos tribales. En mi opinión era algo totalmente insultante, quizá incluso mortífero. Después de uno o dos trimestres, esos chicos perdían toda su chispa mental, les arrancaban la curiosidad a golpes, eliminaban su personalidad; en los recreos yo me sentaba con la espalda apoyada en el muro de la escuela y los observaba correr de un lado a otro o luchar o jugar al fútbol, pero fuera cual fuera el juego, lo que intentaban sin lugar a dudas era matarse los unos a los otros. En su temeridad, con las chaquetas de sus uniformes apiladas a un lado para que no sufrieran daño, asomaba la furia de su ser, que ardía lentamente, dispersa sin remedio entre sus camaradas. Yo veía todo eso y me mantenía apartado, hacía mis deberes, que me exigían muy poco, y no ponía a prueba las posibles ambigüedades de una posible amistad con ninguno de ellos, pues en mi opinión todo era destrucción, y todo por culpa de ese principio germánico -claramente erróneo- de la educación por medio de la tiranía. Yo me sentaba en clase y dejaba divagar mi mente. El hermano de mi madre, Casar, me había regalado un libro sobre la geometría euclídea. Me lo leí como si fuera una novela. Para mí fue un libro excitante, de interés periodístico. Y una mañana, sin darme cuenta, estaba sonriendo al recordar el maravilloso teorema de Pitágoras, y al momento el profesor estaba delante de mí y golpeaba mi pupitre con su puntero para reclamar mi atención. Cuando acabó la clase, en el momento en que salía en compañía de los demás, me llamó para que me quedara. Me miró desde lo alto de su tarima. Tenía la cara redonda, roja y lustrosa, y me recordaba una manzana acaramelada. Parecía que, si se le mordiese la cara, aquella superficie dura y glaseada fuera a grietarse hasta la pulpa. Eres una mala influencia en mi clase, Albert, dijo. Voy a hacer que te manden a otra. No lo entendí. Le pregunté qué había hecho de malo. Te estás sentado allí atrás sonriendo y soñando despierto, dijo. Si todos y cada uno de los alumnos no me prestasen atención, ¿cómo podría mantener mi amor propio? Con ese comentario aprendí en un instante el secreto de todo despotismo."

lunes, 8 de agosto de 2016

"Léxico familiar" de Natalia Ginzburg

Fragmento extraído de la novela autobiográfica, Léxico familiar, de la autora italiana Natalia Ginzburg. Lo que narra ocurre en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial:

"Mi madre le contó lo que le había sucedido al hijo de una amiga suya hacía muchos años, antes de la guerra y de la persecución racial. Este niño era judío y su familia lo llevó a la escuela pública, pero pidieron a la maestra que lo eximieran de las clases de religión. Un día su maestra no fue a clase, y en su lugar fue una suplente que no había sido advertida, y cuando llegó la hora de religión se sorprendió de ver que aquel niño cogía la cartera y se disponía a marcharse. "¿Tú por qué te vas?", le preguntó. "Me voy -contestó el niño- porque durante la hora de religión siempre me voy a casa." "¿Y por qué?", preguntó la suplente. "Porque yo -respondió aquel niño- no quiero a la Virgen." "¡No quiere a la Virgen!" "¡No quieres a la Virgen!¡No quieres a la Virgen!", comenzó a gritar toda la clase. Los padres del niño se vieron obligados a sacarlo de aquella escuela.

martes, 26 de julio de 2016

Correrías de un pene (basada en hechos reales)


El profesor de guardia llega a clase flojo, sin ánimo, con la dejación de la última hora. El alumnado de 1º de ESO se cobrará con facilidad su pieza. Nada más verlo entrar, con el paso perdido, la vista difusa y la blandura en la voz, los muchachos se frotan las manos por debajo de la mesa. A esa hora tendrían clase de Biología en inglés. La profesora titular los vigila, les pregunta, les hace participar, los mantiene en una constante atención que no les permite recrearse en menudencias. Carotenuto (vamos a llamarlo así), un muchacho que parece sacado de una película italiana de los 80: pequeño, con gafotas y regordete, maquina nuevas experiencias en el aula. Es un innovador, un emprendedor de la gamberrada clásica. Es el primero en percibir la desidia del profesor de guardia y el abanico de posibilidades que les promete.
En el aula de Biología hay un muñeco que se puede desmontar hasta en sus partes más íntimas y, por supuesto, consta de pulmones, corazón, hígado y también pene. Carotenuto, sumido en la efervescencia de su mente sin barreras, detiene la mirada en el pene del muñeco. Lo tiene al alcance de la mano. Solo hay que desmontar la pelvis y los testículos y el pene será suyo. Se lo comenta a su compañero Vitali (otro nombre ficticio), un muchacho con cara de buena gente, pero con la mente tan abierta como Carotenuto. Están unidos no solo por su telepatía, sino porque han atado las patas de sus mesas en el primer descuido del profesor. Cuando se conjuntan ambas inteligencias, la innovación está asegurada. En la modorra del profesor de guardia, Carotenuto desmonta el aparato reproductor y se hace con el pene de plástico duro. Lo introduce en la mochila de Vitali, que siempre está abierta en previsión de circunstancias como aquella. Termina la clase. La tensión que vivirían a la salida si estuviera la profesora titular sería intensa, de las que gustan cuando uno es un habitual de la gamberrada. Pero el de guardia bosteza. Ni siquiera sirve para generar la emoción de la vigilancia. A pesar de su desinterés, los chicos, al sacar el pene de la mochila, gritan eufóricos imaginando la cantidad de satisfacciones que les proporcionará el artilugio. Es una copia perfecta y además se abre por la mitad. En su interior los vasos cavernosos ofrecen el aspecto de un chupachups de fresa y nata. Se lo enseñan a las chicas de clase y amenazan con pasárselo por sus partes más íntimas. Ellas ríen con nerviosismo ante el asedio del pene de plástico. Lo rebozan con silicona; lo exponen en la clase de Religión, sobre la pizarra, como un icono al que adorar; le fabrican una banda de honor y un birrete y lo someten a una ceremonia de graduación...Toda la clase celebra las hazañas del nuevo compañero, convertido en el nuevo ídolo de las masas de 1º de ESO. En lo más alto de su popularidad, la profesora de Biología se da cuenta de su desaparición. Llama a Vitali al despacho, después de una breve investigación:
-Yo sí lo vi una vez, pero no sé dónde está.
No hace falta presionar demasiado. Vitali, en el fondo, está deseando contar las hazañas del pene articulado. Eso sí, sin culparse de lleno. Llaman a Carotenuto al despacho. Está presente su madre.
-No sé. Yo lo encontré en mi mochila. No sé quién lo puso ahí.
-O sea, ¡que lo cogiste tú!
-No, mama, yo lo encontré ahí. Pero no sé dónde para. La última vez que lo vi tenía la punta llena de silicona.
-¡Nene!
La madre llama al cabo de dos horas. El pene ha aparecido (¡oh, sorpresa!) en el estuche de su hijo.
Y ahora vienen las preguntas sesudas: ¿Es a esto a lo que llaman aprendizaje por proyectos?, y lo más importante, ¿serían capaces los alumnos finlandeses de graduar a un pene de plástico?