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lunes, 6 de noviembre de 2017

Adolescens VII: "T, el primer TDAH"


T está diagnosticado como TDAH y medicado. Lo vemos muy a menudo por jefatura. Es pequeño, fibroso, los nervios le devoran la grasa, con gafas y muchos granos, muchos, muchos granos de adolescente. Tiene una gracia natural y se comprende a sí mismo como pocos. En ese aspecto no parece un chico de su edad. Lo traen a jefatura porque se ha levantado de la silla varias veces sin el permiso del profesor. Cuando suena el timbre para asistir a la siguiente clase, nos dice que prefiere quedarse con nosotros porque “se conoce”, porque sabe que en cuanto llegue al aula no va a poder contenerse y se va a mover y va a hablar con el compañero y no va a parar. Cuando no se toma la medicación, no se fía de sí mismo y prefiere aislarse para que no le pongamos más apercibimientos. Es un rara avis. Siempre está sonriendo, incluso cuando lo traen al despacho de jefatura. No puede evitarlo, es superior a su naturaleza. Aún no ha perdido la ilusión. Sabe que no debería comportarse como lo hace, pero algo bulle dentro de él que no puede detener. Por eso nos pide que lo retengamos en el despacho, porque en el aula, con la algarabía de los compañeros, no podrá contenerse. 
¿Es posible que sea un síntoma de que nuestros métodos educativos van contra natura, de que nuestro único objetivo es castrar la naturaleza juvenil para que no dé fruto o para que no nos den la lata? ¿Es posible que este muchacho canijo, con granos y sonrisa permanente, sea una alarma de que nos tendrían que medicar a nosotros por ahogar la espontaneidad de manera sistemática? Él no quiere ir a clase porque el cuerpo le pide no parar, porque su naturaleza es contraria a lo que imponemos: disciplina, sumisión y silencio. ¿No sería posible aprovechar esa energía explosiva para imprimir nuevas ideas? Pienso que sí, pero sería muy incómodo para nosotros, los muertos.

martes, 23 de mayo de 2017

Adolescens VI: "H, mala cabeza"



Recibo al padre de H en el despacho. Anda con cuidado de no alterar el polvo de los rincones, sin prisa. Se sienta con dificultad, sus movimientos no son fáciles, le cuesta tirar de las articulaciones, casi tanto como explicarse. No domina el idioma, lo intenta, como intenta moverse, con muchos problemas. “Siete hijos tiene, siete. Todos bien, este no. Este cabeza mala, muy mala. Mis tres mujeres lo dicen, cabeza mala, mala”. 

Esa es la explicación de todas nuestras cavilaciones de este año: H tiene la “cabeza mala”. “Los otros buenos, muy buenos, H, no. Yo digo, ven, haz esto, y no viene, no hace. Igual que aquí”. Estamos de acuerdo. El padre no nos lleva la contraria en absoluto y tampoco sabe cómo afrontar el problema. Reconforta saber que no somos nosotros los culpables de las salidas de tono de su hijo. Todo se debe a que tiene “cabeza mala”, esa es la explicación. La verdad es que la asistenta social que trató a H en el colegio nos dio la misma razón, que se puede resumir así, “cabeza mala”. No sé si será un nuevo síndrome o afección que se deba tratar con pastillas, pero todos coincidimos en el diagnóstico.

Hoy, la cabeza mala de H ha provocado un incidente en el patio de los que se recuerdan durante mucho tiempo. Unos chicos de 2º de ESO aparecen alarmados en el despacho de la Jefa de Estudios. La invitan a acompañarlos porque en el patio cunde el pánico. Se advierte cómo corren grupos de muchachos y muchachas. Detrás va H, “mala cabeza”, con una bolsa en la mano. Lo llamamos y acude, con la bolsa en la mano. Dentro lleva una rata muerta con la que ha estado asustando a los chicos en el recreo. El alboroto ha sido memorable. H, sudoroso por las carreras, responde impasible a las recriminaciones de la Jefa de Estudios: “¿Qué haces, H?” “Nada, yo no hago nada” “¿Qué llevas en la bolsa?” “Una rata, pero yo no hago nada” “¿Quieres que te la meta entre la camiseta?” “¿Por qué, si no hago nada?”. El Director hace que los pasillos del instituto tiemblen con las recriminaciones a H, pero “mala cabeza” no se inmuta. No ha hecho nada. Lleva una rata muerta, enorme, ¿y qué? Mala cabeza, mala. Lástima que todavía no haya tratamiento.

sábado, 13 de mayo de 2017

¿Para qué sirve el servicio de inspección educativa?


Cuando entrevistamos a la asesora cultural de la embajada finlandesa, no comprendimos que considerase la eliminación en su país del servicio de inspección a principios de los 90 uno de los factores claves en la mejora de su sistema educativo. En nuestro país, las funciones de este cuerpo son imprescindibles. No concebimos que la enseñanza en Finlandia haya mejorado por la eliminación de los inspectores si servía para lo mismo que en España. Analicemos sus utilidades en nuestro país y lo comprobaremos:

1. Apartar de las aulas a ciertos elementos que por su egolatría y aversión a la tiza provocarían traumas sin solución en los alumnos.
2. Dar salida laboral a los faltos de vocación que intentan medrar en la administración pública porque no les satisface el ejercicio de la enseñanza.
3. Favorecer al pequeño comercio textil especialista en trajes de mal gusto, corbatas de fantasía y chaquetillas de monja.
4. No frustrar a los que escriben currículos educativos. Sin la existencia de los inspectores no habría nadie que se atreviera a declarar que entiende la legislación y los redactores podrían entrar en una depresión profunda.
5. Ayudar al comercio que se dedica a la venta de muebles para despacho y útiles de papelería: tampones, sellos, clips, libros de registros y actas, plumas estilográficas, rotuladores fosforescentes, chinchetas, tablones de corcho...
6. Provocar la tensión necesaria en el profesorado para que no se relaje por medio de: cambios continuos de criterio, contestar al teléfono en contadas ocasiones, visitas esporádicas al centro para evitar la familiaridad del claustro, no atender a las peticiones de asesoramiento para hacer más autónomo al cuerpo de profesores, rostro severo y pose enigmática.
7. No actuar expeditivamente en ningún caso, por evidente que sea la falta, salvo que haya por medio una crítica al servicio de inspección o una avalancha de padres que haga peligrar al propio cuerpo.
8. Rendir pleitesía a los cargos más altos para ascender en el escalafón administrativo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Adolescens V


"H y su padre"


Comienza el nuevo año con los mismos protagonistas que terminó el anterior. Mi compañera de jefatura asiste a la reunión para expulsar a H. Esta vez sí está su padre. La primera reunión social a la que se le ha invitado tras desembarcar en España está motivada por la expulsión de su hijo. El hombre habla con mucha dificultad el castellano y anda con más dificultad aún. Su cuerpo apenas entra por el hueco de la puerta del despacho. Los disgustos los resuelve con comida, sin duda alguna, y lo van a hacer reventar, según él mismo lamenta a media lengua. H llora al ver llorar a su padre. La silla ha desaparecido bajo su inmenso cuerpo y nos cuenta que no puede más. Su esposa de España trabaja desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche. En su país ha dejado otras tres mujeres que le hacen la vida imposible, según se lamenta. Tuerce la cabeza a un lado y eleva la mano, con un gesto inequívoco con el que representa su próximo ahorcamiento. Una vez finalizados los trámites administrativos, el padre de H se levanta con dificultad, golpea el pescuezo de su hijo con la mano abierta y salen del despacho lamentando sus desgracias en árabe moderno (padre e hijo). Mis compañeros guardan silencio respetuoso ante la escena de costumbrismo magrebí.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Romeo y Julieta, de los Moya y Ramírez de toda la vida



Sergio se viste de choni, peluca rosa y minifalda de vuelo. Mario, de mascachapas, gorra con la visera en la nuca y camiseta por el ombligo. Sergio es Julieta. Mario, Romeo. Ella no es Capuleto, sino de los Moya de toda la vida. Él no es Montesco, sino de la rancia estirpe de los Ramírez. Si Shakespeare los pudiera ver (él, en el descansillo de la escalera de acceso a los servicios y ella, en lo más alto, apoyada en la barandilla) mientras Romeo requiebra a Julieta, escribiría una comedia nueva. No reconocería su obra, pero se habría divertido tanto como nosotros ante la declaración de amor plagada de ripios y obscenidades. Y se habría descacharrado con las resueltas respuestas de Julieta, la del cabello sonrosado. No han respetado el espíritu dramático de la obra, tampoco la personalidad de los personajes, ni el devenir trágico del argumento. Todo es parodia, sorna y chascarrillo. Todo es júbilo adolescente en los graves pasillos del instituto. Todo es desmesura y buen humor. Y si Shakespeare se hubiera detenido para analizar el verdadero sentido de su representación, habría apreciado que ellos, la choni travestida  y el mascachapas, pese a la parodia grotesca, veneran la obra del bardo, la sienten en lo más hondo de su voracidad adolescente    

domingo, 12 de febrero de 2017

Adolescens IV


"H., F. y la policía municipal"
Por el pasillo de jefatura veo acercarse a una pareja de policías municipales. Él y ella son de la misma altura y, aunque miden casi lo mismo que nuestro alumno F., estos dos sí que han terminado de crecer. Llevan una libretilla en la mano donde veo escritos los nombres de algunos alumnos que conocemos muy bien en los despachos de jefatura: F., H. y otros dos personajes secundarios. Me explican que han sacado de un parque a estos cuatro chicos de 1º de ESO y les han obligado a volver al instituto. Dos lloraban sin consuelo, pero los otros ni se han inmutado ante las advertencias de la autoridad. No necesito saber quiénes son "los otros". Lo adivino a la primera, como lo haría cualquiera de ustedes. El parque está en construcción y, por supuesto, precintado para que nadie sufra ningún accidente. Los chicos se han saltado los precintos y se los han encontrado en lo alto de los columpios y los toboganes todavía sin desembalar. F. y H. son intrépidos por naturaleza. No temen al calor, ni al frío, ni al profesor de Educación Física, ni a Jefatura de Estudios, ni al Director, ni tampoco a la pareja de policías. Les explico su involución en el centro. Los otros dos muchachos estaban muy asustados por la reacción que tendrían los padres al conocer los hechos. F. y H. no tienen ese problema. Prácticamente viven solos, aunque el padre de H. acaba de volver de su país, vende en los mercados y apenas para por casa. Espero que esta aventura no se la hayan inspirado las lecturas de Tom Sawyer y el Lazarillo. De esto no digo nada a la policía.  

sábado, 4 de febrero de 2017

Adolescens III


H., H. y otra vez H.

Desde que H. cumplió su pena de expulsión, ha rectificado su comportamiento: en vez de verlo por jefatura una vez a la semana, lo recibimos una vez al día. Lo manda el profesor de Educación Física porque le impide dar la clase. H. dice que solo ha pateado un palo. Lo trae personalmente el profesor de Lengua porque tampoco le deja dar clase. El muchacho dice que no ha hecho nada. Lo manda la profesora de Inglés porque molesta constantemente a sus compañeros. H. alega que solo ha pedido un lápiz. Lo trae el profesor de Geografía e Historia porque ha llamado al móvil a otro compañero y a este le ha sonado su aparato en clase. H. dice que ha sido al revés. Lo comprobamos: revisamos el móvil del compañero. H. ha dicho la verdad, es posible que por primera vez. Me pide clemencia para el compañero cuando hacía un instante estaban a punto de pegarse. Pasa horas y horas en mi despacho. Su actitud es muy extraña. A veces llora; otras, apoya la cabeza sobre la mesa y se la tapa como si quisiera hacer desaparecer el mundo; otras, no se atreve a mirarme cuando le hablo. Al poco de estar en el despacho, me pide siempre tarea. No aguanta la inactividad. Ya se ha leído los mitos griegos en versión actualizada y ha empezado Las aventuras de Tom Sawyer y el Lazarillo de Tormes. Después de cada lectura, nos hace un resumen oral. ¿A ver si su problema es que ama la literatura tanto que desea ser expulsado para leer a los clásicos? Bueno, no sé. También se dedica a pellizcar la esponjilla de la silla y a tirarla por el suelo y no creo que quiera se tapicero, o sí.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Adolescens I


"R" Y "J"

"R" es un chico rubio de primero de ESO. De ojos asustados y gafas redondas. Lo sé porque estoy comprobando su ficha en Delphos (el programa de gestión donde clasificamos al alumnado y le administramos sus correspondientes marchamos). No lo conozco. No lo he visto nunca en persona. Tampoco a "J". Una ecuatoriana de mentón dulce y mirada de niña transparente. De su misma clase. La profesora de Biología me informa de que han faltado a segunda hora, a pesar de haber asistido a primera a clase de Matemáticas. “Seguramente es un caso de amores”, me apunta la profesora. “Se sientan juntos y no lo pueden ocultar”. Llamo a sus padres para que estén al tanto de que sus hijos se han fugado del centro. La madre de "R" está muy preocupada. La de "J" no contesta al teléfono. A quinta hora todavía no han aparecido. Les toca Lengua y no están. Sus compañeros se alarman al ver que preguntan por ellos y seguramente en el cambio de clase les avisan por teléfono porque a sexta hora aparecen. Yo no he tenido oportunidad de verlos aún. Me los imagino asustados y emocionados por su primera escapada, por su intrepidez de doce años que les ha llevado a romper las normas y a provocar sobresaltos entre padres y compañeros. Me los imagino con el corazón hirviendo, pasando entre los barrotes de la valla del instituto cogidos de la mano. Se besan por última vez, antes de que los inquisidores los atrapemos y los juzguemos para volver legendaria la aventura en su clase de primero y para reafirmar su amor recién estrenado. Mañana les pregunto para confirmarlo. O bueno, mejor no.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La depresión de Wert


Y Wert contempla  la votación sobre la LOMCE en la pantalla curva de su apartamento de 500 metros cuadrados, con un pastís en la mano. Y sonríe con vicio, como el criminal que desde una playa paradisíaca oye noticias sobre sus fechorías. Y se relame porque acaba de degustar un foie fresco que le producirá ciertos ardores por la noche, pero que podrá aguantar con una copa de Veuve Clicquot. Y se levanta de la cama con dificultad, se le abre el batín y se descubre su miembro gastado y flácido. Y abre el cajón de la mesita y despega del plástico una Viagra para cumplir cuando llegue su pareja de pilates. Y duda si tomarla o no porque la semana pasada no le funcionó. Y notó la sonrisa de su pareja, como la del criminal que va a cometer un delito en otra sucursal bancaria. Y cambia de canal porque ha terminado la votación y sintoniza una película porno en la que una maestra de primaria se lo hace con un pitbull. Y sonríe despacio, sin ganas, porque siente el miembro muerto. Y suda con angustia y se desdibuja su sonrisa porque ya no trempa ni con el parlamento, ni con la sodomización del profesorado, como el criminal rodeado por cuatro morenos en las duchas de la cárcel.    

viernes, 11 de noviembre de 2016

El alumno de 16 años que se convirtió en Sigfrido


Un aula de instituto. Quinta hora de un día señalado por los augures. Brunilda es María y Crimilda, Andrea. Sigfrido es Sergio y Günther, Mario. El dragón, Amanda y Hagen, Iván. Brunilda y Crimilda llevan pamelas de Venecia y Sigfrido, una espada de plástico. Günther se significa como rey con una corona de papel que le ha fabricado Lorena y el cofre de cartón encierra el tesoro de los Nibelungos. Todo está preparado para la representación. Ellos no saben de qué va el Cantar de los Nibelungos, pero adentrarse en una historia desconocida disfrazados y como protagonistas los convierte en alumnos receptivos, alegres y emocionados. Todo lo contrario de lo que uno suele encontrarse en las aulas. Sigfrido (Sergio) mata al dragón (Amanda) de un certero espadazo y vuelve en barco (una silla) al reino de Günther. Se le declara de rodillas a Crimilda (Andrea), como Günther (Mario) a Brunilda (María). Antes, Günther ha hecho unas flexiones a petición de la exigente Brunilda. La primera parte acaba bien. Dos bodas oficiadas por Celia en las que los novios se prometen amor eterno. La segunda parte, el lunes. La clase se entusiasma con la representación improvisada y el atrezo de los chinos. Yo también. Suena el timbre. Me llevo las pamelas, el cofre, la espada y la corona de cartón. La ilusión nos ha sacudido durante 55 minutos. Esto es la enseñanza, esto es la vida. Quien lo probó lo sabe.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ideario para comenzar el curso escolar


Algunas ideas muy antiguas y muy modernas para empezar el curso escolar. Gentileza de dos hombres del siglo XX, casi del XIX: Giner de los Ríos y Antonio Machado.

De Giner:

«Transformad esas antiguas aulas; suprimid el estrado y la cátedra del maestro, barrera de hielo que aísla y hace imposible toda intimidad con el discípulo; suprimid el banco, la grada, el anfiteatro, símbolos perdurables de la uniformidad y del tedio. Romped esas enormes masas de alumnos, por necesidad constreñidas a oír pasivamente una lección o a alternar en un interrogatorio de memoria, cuando no a presenciar desde distancias increíbles ejercicios y manipulaciones de que apenas logran darse cuenta. Sustituid en torno del profesor a todos esos elementos clásicos por un círculo poco numeroso de escolares activos que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos, en suma, y cuya fantasía se ennoblece con la idea de una colaboración en la obra del maestro. Vedlos excitados por su propia espontánea iniciativa, por la conciencia de sí mismos, porque sienten ya que son algo en el mundo y que no es pecado tener individualidad y ser hombres. Hacedlos medir, pesar, descomponer, crear y disipar la materia en el laboratorio; discutir, como en Grecia, los problemas fundamentales del ser y destino de las cosas; sondear el dolor en la clínica, la nebulosa en el espacio, la producción en el suelo de la tierra, la belleza y la Historia en el museo; que descifren el jeroglífico, que reduzcan a sus tipos los organismos naturales, que interpreten los textos, que inventen, que descubran, que adivinen formas doquiera... Y entonces la cátedra es un taller y el maestro un guía en el trabajo; los discípulos, una familia; el vínculo exterior se convierte en ético e interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente; la vida circula por todas partes y la enseñanza gana en fecundidad, en solidez, en atractivo, lo que pierde en pompas y en gallardas libreas.»

De Machado:

Muchos profesores piensan haber dicho bastante contra la enseñanza rutinaria y dogmática, recomendando a sus alumnos que no aprendan las palabras sino los conceptos de textos o conferencias. Ignoran que hay muy poca diferencia entre aprender palabras y recitar conceptos. Son dos operaciones igualmente mecánicas. Lo que importa es aprender a pensar, a utilizar nuestros propios sesos para el uso a que están por naturaleza destinados y a calcar fielmente la línea sinuosa y siempre original de nuestro propio sentir, a ser nosotros mismos, para poner mañana el sello de nuestra alma en nuestra obra.

jueves, 25 de agosto de 2016

La educación a través de la tiranía


Fragmento de "La ciudad de Dios" de E. L. Doctorow:

"Os contaré, por contraste, el tipo de cosas que aprendí en la escuela. Tenía un profesor en el Luitpold Gymnasium. Cuando entraba en la clase, nos poníamos de pie, y cuando se sujetaba las solapas de su toga y asentía con la cabeza, nos sentábamos. Eso era bastante normal. Siempre consideré que la disciplina era su manera de imponer rigor intelectual y de que no decayera nuestra atención a la hora de recibir ideas. Y por ese motivo, en esa ridícula escuela no caminábamos sino que marchábamos y nos levantábamos y nos sentábamos al unísono y salmodiábamos las declinaciones en latín como si fueran juramentos tribales. En mi opinión era algo totalmente insultante, quizá incluso mortífero. Después de uno o dos trimestres, esos chicos perdían toda su chispa mental, les arrancaban la curiosidad a golpes, eliminaban su personalidad; en los recreos yo me sentaba con la espalda apoyada en el muro de la escuela y los observaba correr de un lado a otro o luchar o jugar al fútbol, pero fuera cual fuera el juego, lo que intentaban sin lugar a dudas era matarse los unos a los otros. En su temeridad, con las chaquetas de sus uniformes apiladas a un lado para que no sufrieran daño, asomaba la furia de su ser, que ardía lentamente, dispersa sin remedio entre sus camaradas. Yo veía todo eso y me mantenía apartado, hacía mis deberes, que me exigían muy poco, y no ponía a prueba las posibles ambigüedades de una posible amistad con ninguno de ellos, pues en mi opinión todo era destrucción, y todo por culpa de ese principio germánico -claramente erróneo- de la educación por medio de la tiranía. Yo me sentaba en clase y dejaba divagar mi mente. El hermano de mi madre, Casar, me había regalado un libro sobre la geometría euclídea. Me lo leí como si fuera una novela. Para mí fue un libro excitante, de interés periodístico. Y una mañana, sin darme cuenta, estaba sonriendo al recordar el maravilloso teorema de Pitágoras, y al momento el profesor estaba delante de mí y golpeaba mi pupitre con su puntero para reclamar mi atención. Cuando acabó la clase, en el momento en que salía en compañía de los demás, me llamó para que me quedara. Me miró desde lo alto de su tarima. Tenía la cara redonda, roja y lustrosa, y me recordaba una manzana acaramelada. Parecía que, si se le mordiese la cara, aquella superficie dura y glaseada fuera a grietarse hasta la pulpa. Eres una mala influencia en mi clase, Albert, dijo. Voy a hacer que te manden a otra. No lo entendí. Le pregunté qué había hecho de malo. Te estás sentado allí atrás sonriendo y soñando despierto, dijo. Si todos y cada uno de los alumnos no me prestasen atención, ¿cómo podría mantener mi amor propio? Con ese comentario aprendí en un instante el secreto de todo despotismo."

lunes, 8 de agosto de 2016

"Léxico familiar" de Natalia Ginzburg

Fragmento extraído de la novela autobiográfica, Léxico familiar, de la autora italiana Natalia Ginzburg. Lo que narra ocurre en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial:

"Mi madre le contó lo que le había sucedido al hijo de una amiga suya hacía muchos años, antes de la guerra y de la persecución racial. Este niño era judío y su familia lo llevó a la escuela pública, pero pidieron a la maestra que lo eximieran de las clases de religión. Un día su maestra no fue a clase, y en su lugar fue una suplente que no había sido advertida, y cuando llegó la hora de religión se sorprendió de ver que aquel niño cogía la cartera y se disponía a marcharse. "¿Tú por qué te vas?", le preguntó. "Me voy -contestó el niño- porque durante la hora de religión siempre me voy a casa." "¿Y por qué?", preguntó la suplente. "Porque yo -respondió aquel niño- no quiero a la Virgen." "¡No quiere a la Virgen!" "¡No quieres a la Virgen!¡No quieres a la Virgen!", comenzó a gritar toda la clase. Los padres del niño se vieron obligados a sacarlo de aquella escuela.

martes, 26 de julio de 2016

Correrías de un pene (basada en hechos reales)


El profesor de guardia llega a clase flojo, sin ánimo, con la dejación de la última hora. El alumnado de 1º de ESO se cobrará con facilidad su pieza. Nada más verlo entrar, con el paso perdido, la vista difusa y la blandura en la voz, los muchachos se frotan las manos por debajo de la mesa. A esa hora tendrían clase de Biología en inglés. La profesora titular los vigila, les pregunta, les hace participar, los mantiene en una constante atención que no les permite recrearse en menudencias. Carotenuto (vamos a llamarlo así), un muchacho que parece sacado de una película italiana de los 80: pequeño, con gafotas y regordete, maquina nuevas experiencias en el aula. Es un innovador, un emprendedor de la gamberrada clásica. Es el primero en percibir la desidia del profesor de guardia y el abanico de posibilidades que les promete.
En el aula de Biología hay un muñeco que se puede desmontar hasta en sus partes más íntimas y, por supuesto, consta de pulmones, corazón, hígado y también pene. Carotenuto, sumido en la efervescencia de su mente sin barreras, detiene la mirada en el pene del muñeco. Lo tiene al alcance de la mano. Solo hay que desmontar la pelvis y los testículos y el pene será suyo. Se lo comenta a su compañero Vitali (otro nombre ficticio), un muchacho con cara de buena gente, pero con la mente tan abierta como Carotenuto. Están unidos no solo por su telepatía, sino porque han atado las patas de sus mesas en el primer descuido del profesor. Cuando se conjuntan ambas inteligencias, la innovación está asegurada. En la modorra del profesor de guardia, Carotenuto desmonta el aparato reproductor y se hace con el pene de plástico duro. Lo introduce en la mochila de Vitali, que siempre está abierta en previsión de circunstancias como aquella. Termina la clase. La tensión que vivirían a la salida si estuviera la profesora titular sería intensa, de las que gustan cuando uno es un habitual de la gamberrada. Pero el de guardia bosteza. Ni siquiera sirve para generar la emoción de la vigilancia. A pesar de su desinterés, los chicos, al sacar el pene de la mochila, gritan eufóricos imaginando la cantidad de satisfacciones que les proporcionará el artilugio. Es una copia perfecta y además se abre por la mitad. En su interior los vasos cavernosos ofrecen el aspecto de un chupachups de fresa y nata. Se lo enseñan a las chicas de clase y amenazan con pasárselo por sus partes más íntimas. Ellas ríen con nerviosismo ante el asedio del pene de plástico. Lo rebozan con silicona; lo exponen en la clase de Religión, sobre la pizarra, como un icono al que adorar; le fabrican una banda de honor y un birrete y lo someten a una ceremonia de graduación...Toda la clase celebra las hazañas del nuevo compañero, convertido en el nuevo ídolo de las masas de 1º de ESO. En lo más alto de su popularidad, la profesora de Biología se da cuenta de su desaparición. Llama a Vitali al despacho, después de una breve investigación:
-Yo sí lo vi una vez, pero no sé dónde está.
No hace falta presionar demasiado. Vitali, en el fondo, está deseando contar las hazañas del pene articulado. Eso sí, sin culparse de lleno. Llaman a Carotenuto al despacho. Está presente su madre.
-No sé. Yo lo encontré en mi mochila. No sé quién lo puso ahí.
-O sea, ¡que lo cogiste tú!
-No, mama, yo lo encontré ahí. Pero no sé dónde para. La última vez que lo vi tenía la punta llena de silicona.
-¡Nene!
La madre llama al cabo de dos horas. El pene ha aparecido (¡oh, sorpresa!) en el estuche de su hijo.
Y ahora vienen las preguntas sesudas: ¿Es a esto a lo que llaman aprendizaje por proyectos?, y lo más importante, ¿serían capaces los alumnos finlandeses de graduar a un pene de plástico?

domingo, 3 de julio de 2016

De la Toscana a Venecia: V Verona y Milán


La última jornada de este viaje por el norte de Italia nos reservaba una extenuante sesión de autobús y aeropuerto conjugada con visitas de eyaculación precoz. El calor, como no podía ser de otra manera, se ha unido al deterioro. Ocho horas de autobús, cuatro de aeropuerto y avión, y, entre medias, visitas precipitadas  a ciudades que hubieran merecido más reposo en el viajero.
En Verona, una hora japonesa: circo romano, balcón de Julieta, botella de agua, carrera, vistazo, media vuelta y autobús. Si hay algo más agobiante que este tipo de turismo es este tipo de turismo con altas temperaturas. El autobús nos deja tullidos. Bajamos con las articulaciones en la mano, corremos y deglutimos. El Duomo de Milán, galería Victor Manuel, Scala, corre que perdemos el autobús. Hasta luego, hasta nunca.
Por suerte los chicos no son díscolos, ni energúmenos, colaboran con admirable disciplina. Y, a pesar de su buen proceder, estas visitas de "toco y me voy" tienen el mismo sentido que escuchar un concierto de Chet Baker bajo el agua.
Un respiro en el aeropuerto: uno de nuestros muchachos se atreve con Chopin en un piano dispuesto para amenizar las colas del embarque. Delicioso. Recuerdos dulces, amargos, de Venecia y sus alrededores. En el avión los azafatos y azafatas rememoran la película de Almodóvar "Amantes pasajeros", eso sí, mejoran la interpretación y el argumento. Era inevitable. Solo queda el viaje de Madrid a San Clemente. A las tres de la mañana nos prometíamos dos horas y media de reposo, pero no, el conductor se empeña en celebrar la culminación del viaje con una potente sesión de electrolatino. Todo sea por la educación de nuestros adolescentes.

viernes, 1 de julio de 2016

De la Toscana a Venecia: IV Venecia


Por poco perdemos el vaporeto a Jésole y, visto lo visto, no nos lo hubiéramos perdonado nunca. La llegada a Venecia a través del mar es un espectáculo irrepetible. En el relato de Thomas Mann y en la película de Visconti, "Muerte en Venecia", el protagonista (como nosotros) desembarca cerca de la plaza de San Marcos. Un elefante viejo que busca su cementerio, un cementerio rodeado de belleza, huesos de mármol y colmillos lobulados. Pese a que los bárbaros intentamos devorar, armados con nuestros teléfonos móviles, cualquier lugar señalado en las guías turísticas, es difícil usurparle el encanto a esta ciudad del desencanto. Hasta los adolescentes callan al pisar la plaza de San Marcos. Su entusiasmo no suele estallar con los paisajes, ni con los monumentos, ni con las construcciones inmemoriales, pero este lugar es capaz de contaminar hasta los espíritus más alterados por la pubertad.
Venecia se hunde y los bárbaros colaboramos en la empresa, pero de su hundimiento, de su decadencia, se extrae la más peculiar de sus virtudes. La vulgaridad del comercio, del todo se vende, me ha resbalado por los hombros y ha caído víctima del aroma a muerte y belleza que da lustre y enmohece la piedra. Atravesamos los puentes que vadean los canales, flotamos sobre las losas de granito que aguantan el peso de los bárbaros. Ni las máscaras, ni los mercachifles, ni las turbas de japoneses son capaces de acabar con la estética de lo decadente..
Los chicos cantan, se excitan, se retuercen exorcizados por los arcos orientales de San Marcos. Nosotros asistimos, desde nuestra propia decadencia, al fin de algo, no sabemos qué. Por la noche, en una playa frente a Venecia, los adolescentes se bañan en el Adriático. La espontaneidad, el vigor, la jovialidad levantan el mar y lo agitan de vida. Contemplamos nostálgicos el poder y la belleza de la juventud. Esta noche, bajo la luna veneciana, experimentamos el mismo dolor, el mismo placer, que el protagonista de "Muerte en Venecia". Mientras, ellos, los vivos, se sumergen, gritan, chapotean. Nosotros nos recreamos en la nostalgia, en la oscuridad, en el fin de la locura.

miércoles, 29 de junio de 2016

De la Toscana a Venecia: III Bolonia y Padua


A Bolonia todavía no han llegado los bárbaros. En sus calles se respira el aire decadente del ocio dominical. El sosiego, el silencio, el rumor del agua de una manguera cayendo sobre las losas de granito ayudan a disfrutar de los sólidos edificios universitarios. El pasado y el presente se concitan al pie de las dos torres inclinadas (sí, también aquí se tuercen las alturas medievales como lacayos rindiendo pleitesía). En la plaza Mayor está todo dispuesto para celebrar un festival de cine. Las sillas de plástico blanco contrastan con la reciedumbre de la piedra antigua como la gran pantalla rodeada de edificios medievales en los que el mármol no pudo conquistar por completo las fachadas. El adobe rojo muestra los músculos de la catedral, despellejada de la piel de mármol hasta su mitad. La morosidad del domingo permite disfrutar de la belleza y del pasado sin el enervante tráfago de las riadas de bárbaros.
Bajamos por una calzada romana cuyas losas aguantan sin inmutarse los cantos festivos de nuestros muchachos (del himno del Sevilla a la canción de Marco, pasando por el costumbrismo religioso). La gente observa divertida y abochornada la procesión.
Recorremos unos cuantos kilómetros en autobús, pero al bajar parece como si hubiéramos cruzado la frontera de otro continente. Las cúpulas orientales de la basílica de San Antonio de Padua recuerdan a Constantinopla. También la abierta plaza cruzada por canales y puentes. Es la fiesta de San Antonio. Las imágenes religiosas franquean la entrada de la basílica y estremecen por su patetismo: una mezcla de ninots falleros e ídolos mexicanos. Dentro, dos largas colas rinden culto a la superstición: en una se espera para venerar la tumba de san Antonio; en la otra, para besar las reliquias del santo. Un tránsito al Paraíso, la última posta antes de saborear la delicia de Venecia.  

domingo, 26 de junio de 2016

De la Toscana a Venecia: II Florencia


Cuando llegamos a Florencia la estaban arrasando los bárbaros. Los bárbaros (nosotros incluidos) rapiñamos su comida, los calzoncillos del David, las jarras de Bruneleschi, los calendarios de curas, los capuchinos de 5 euros... Robamos con nuestros aparatos diabólicos la armonía de la Academia y el equilibrio de los Uffizi. Todo lo vulgarizamos y lo sometemos al desgaste de la prisa y el hacinamiento. Las hordas se apiñan en la piazza de la Signoria, en la de la Paja, en el ponte Vecchio, frente a las puertas del Paraíso (por supuesto sin esperanza de que nos dejen entrar)... En la Academia, un chino ya maduro sopesa, gracias a los milagros de la perspectiva, los testículos del David de Miguel Ángel. En la plaza de la Paja dos jóvenes cabalgan el jabalí de bronce y besan su hocico, pulido por los bárbaros. Alemanes con la mirada muerta apagan la Primavera de Botticelli. Dos japoneses intentan enderezar las serpientes que atrapan al Laocoonte. Muchachos en galeras arrasan vociferantes los mármoles de la catedral y la cúpula de Bruneleschi. Es un plan muy bien diseñado: a los florentinos se les ha convencido de que los bárbaros somos su alimento, cuando está bien a la vista que somos nosotros quienes estamos devorando a los pobladores de esta ciudad y a su pasado sin piedad y con pocos escrúpulos.
Por otro lado, si a uno se le ha soltado el cuerpo, es difícil apreciar la grandeza del arte. Y a consecuencia de este estado me asalta una revelación: no pienso visitar más ciudades que aparezcan en los circuitos turísticos; de ahora en adelante, solo viajaré a lugares que estén reconocidos por el mal gusto de sus construcciones y por no albergar museos de renombre (como mucho el de tortura). Me niego (con mi indecente gastroenteritis) a volver a formar parte de las hordas de bárbaros que desalman ciudades eternas, las devoran y las convierten en productos comerciales.
PD.: Seguro que en cuanto mi estómago recupere el sosiego me olvido de este propósito de enmienda y vuelvo a fotografiar a mis alumnos desparramados a los pies del David, como si ellos fueran las víctimas y no el gigante.

sábado, 25 de junio de 2016

De la Toscana a Venecia. I Pisa y Lucca


Pisa es el paraíso de los "selfies" y las fotos engañosas. El arquitecto del campanile sí sabía que su construcción se inclinaría con el paso de los siglos y también sabía que las costumbres sociales degenerarían hasta el gregarismo más estúpido. El espectáculo arquitectónico del Campo de los Milagros no es el objeto de las visitas, sino la afición malsana por las cucamonas, las cabriolas y las contorsiones imposibles cuando a uno le toman una instantánea. La turba de turistas se afana, se enfada, se apiña y hasta llega a las manos si es necesario por conseguir una fotografía que refleje cómo él y no otro es el que sujeta la Torre de Pisa para que no caiga. Los secretos de la perspectiva ya no lo son. Los maestros del Renacimiento caerían muertos ante tanto avanzado. Todo el mundo es experto ya en los misterios del delante, detrás, derecha, izquierda, cerca y lejos.
Los españoles y los japos somos mayoría. No hay quien nos venza en el arte del turismo de eyaculación precoz. Aún no hemos pasado por el baptisterio, cuando ya estamos en otra ciudad. Eso sí, pertrechados con un buen arsenal de imanes de escayola y camisetas de la torre.
Lucca, aquella ciudad tranquila, de calles frescas, sin tráfico, enlosada con grandes lápidas de granito, con sus torres medievales jalonando las callejuelas, ha sucumbido (como todas) al fútbol en estos días de Eurocopa. El escándalo de los aficionados aplasta los restos del sosiego y convierte la ciudad serena en un hervidero de gritos fanáticos y locutores desaforados. Italia y Suecia juegan en las calles de Lucca. Los futbolistas patean los adoquines y hacen temblar la estampa lírica de la plaza del Anfiteatro.
Por la noche lo de siempre: salgo de la habitación, echo una bronca a los alumnos y, cuando me doy cuenta de que no son de nuestro grupo, vuelvo a la cama y pienso que, o estoy perdiendo vista o estoy ya mayor para andar de pueblo en pueblo (como los cómicos de la legua) paseando adolescentes por todos los rincones del mundo.
El hotel de Montecatini se llama "Villa Rita". Esperemos que el nombre se haya puesto en honor de la hija de Miliki y no para venerar a la musa de la ruta del "caloret".

domingo, 8 de mayo de 2016