sábado, 28 de octubre de 2017

Siguiendo los pasos de Edipo: Corinto, Epidauro, Nauflio y Kolokotrones. Viaje a Grecia


Hoy, 18 de octubre, buscaremos, ¡oh, musa!, los senderos que recorrió Edipo en su perdición. Dejamos atrás la épica para abrazar la tragedia. Salimos para Corinto en un autobús preñado de escolares y profesores de cuatro nacionalidades distintas. Todo se confunde: cánticos, euforia, risas, celebración de la vida y escándalo asegurado. El bullir del público en las puertas del teatro, a punto de comenzar la función. Griegos, italianos, españoles, portugueses, tan molestos como necesarios. Mantenemos con vida al viejo continente y le insuflamos el ánima que han perdido los países del norte. 
En el foro romano de Corinto alimentamos la nostalgia de una cultura grandiosa reducida a ruinas que mantiene (todavía) el aroma de su esplendor. Apolo, desde su templo, nos concede un tiempo espléndido con el que se realzan las columnas dóricas y los olivos milenarios. A nuestro alrededor, bajo los árboles sagrados, grupos de católicos celebran misas a imagen de un san Pablo que usó este foro para propagar su fe. Los olivos destiñen su aureola clásica para servir de refugio a un dios que no es de los suyos (espantoso y tronante). 
En el museo del foro, los kairois nos contemplan desde lo más remoto del tiempo. Su piel de arena y su rostro egipcio no permite pasiones desmesuradas ni fotografías. La cerámica nos relata la vida cotidiana de los héroes y el busto de Nerón, la depravación del poder. Entro en una sala donde todo son risas y comentarios maliciosos. Tras una vitrina se exponen exvotos (también había desesperación en la Grecia clásica): ofrendas en forma de senos, piernas y hasta penes de los abandonados por Afrodita.
Retomamos el camino abrumados por el pasado. Todo son hitos mitológicos y literarios: Argos, Tebas, Corintia, el ponto Euxino... Edipo mató a su padre en uno de estos caminos, sin saber que era su padre. Nuestro trayecto es más dulce y menos sangriento. Aunque no sé si un héroe clásico habría aguantado estoicamente los cantos desgarrados de cuarenta adolescentes. Las sirenas eran filfa comparadas con ellos.
La tragedia se abre esplendorosa y abrumadora: el teatro de Epidauro. Es el lugar de Edipo y de tantos otros personajes de tragedia clásica. El tiempo ha pasado de puntillas por este lugar. Las gradas siguen ocupando la ladera de una colina interminable. Quince mil almas lloraban y reían con Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes en este escenario imponente. Los chicos griegos, de luto riguroso, interpretan un fragmento del coro de las Troyanas, estremecedor. Nosotros, menos preparados, recitamos el poema Ítaca de Kavafis en inglés y en griego. La protagonista de la comedia es una china con pamela rosa y palo selfie que pasea por la orchestra interpretando su propio soliloquio. El graderío de piedra, interminable, se hunde en un bosque de pinos que siempre ha estado allí, mesándose los cabellos con la anagnórisis de Tiresias, tan cruel. 
En la fortaleza de Palamidis se forjó la independencia de la Grecia moderna. Un personaje destaca por encima de todos en este bastión: Kolokotrones. Con ese nombre es evidente que no podía ser otra cosa que árbitro de fútbol o héroe de la independencia. Una chica griega nos explica que "Kolokotrones" no es un nombre, sino un mote. En castellano significaría algo así como "Culocuadrado". Al héroe nacional se le quedaron así las posaderas de tanto esperar a los turcos sentado en las almenas. El Cid Campeador, Garibaldi, Kolokotrones, Puigdemont..., los grandes hombres de la patria van siempre unidos a nombres rimbombantes. Era una teoría del padre de Tristram Shandy que comparto desde la más absoluta racionalidad, por supuesto.
Desde la altura del bastión contemplamos la península en la que se levanta la primera capital de la Grecia moderna, Nauflio. Nauflio y el mar, un paisaje esplendoroso. No me extraña que Kolokotrones fundiera su culo con la piedra contemplando esta maravilla desde la fortaleza. 
Sitiada por un mar de fotografía turística, la ciudad reposa del veraneo y ofrece sus calles estrechas y frescas orladas con enredaderas y sencillez mediterránea. La dueña de una licorería nos oye hablar en español y se acerca a nosotros. Despliega un castellano casi perfecto que le enseñó una zaragozana. Concuerda con nosotros en que hablamos el mismo idioma, aunque a los griegos se les ha ido la mano con las "kas" y los juegos de palabras: "parakaló", es "por favor"; "patera", "padre"; "llamas", "salud"; "sintagma", "constitución"... y así hasta la "z". Cualquiera que no fuera Kolokotrones querría vivir aquí y arrastrar los pies con parsimonia para sacar brillo al empedrado de una especie de Trastévere alicatado. 
Desandamos los pasos de Edipo y volvemos a Xilocastro. El canto de los adolescentes casi termina en tragedia, pero hemos aprendido de los clásicos y contenemos la "hibris". El mar es cada vez más amable, ya nos conoce y nos acaricia, como un viejo abuelo que sabe cuidar con cariño y sin cursilerías a los nietos. Y, a pesar del sosiego que nos transmite, no podemos desalojar de nuestras cabezas la fusión de culturas del autobús: del reguetón al sirtaki, pasando por el "si te ha pillao la vaca, jódete" y el "ay si te pego"... La llegada al mar nunca fue deseada con tanto ahínco. Ni Ulises ansió tanto Ítaca como nosotros Xilocastro.              

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