lunes, 11 de diciembre de 2017

"Poesía y tiempo: la muerte del poeta" por Juan Antonio Fernández



«Las palabras nombran lo ausente, lo distante, lo que ha de venir».
Emilio Lledó, El silencio de la escritura

Aurora, alba o claror. El no-tiempo que precedió al Tiempo; la absoluta nada anterior a la gran explosión; el apeiron de Anaximandro; el verbo encarnado judeocristiano; el presocial Génesis bíblico; la oscura caverna platónica; la forma-sueño zambraniana; el Gran Tiempo de Mijail Bajtin o el Tiempo del Mito de Octavio Paz; el tránsito del venerable mythos, al reflexivo logos. Íncipit, agon, esto es, arcano conflicto de fuerzas, primera tensión que en el silencio nos hizo y, aún hoy, nos sedimenta. Porque antes de cualquier imaginable comienzo, hubo otro. El pretérito es una imagen en la que nos reflejamos; un relato que nos contamos a nosotros mismos, para sabernos.

En cierta ocasión, según explica Hugo Friedrich en Estructura de la lírica moderna, le preguntaron a Mallarmé qué hubo antes de Homero, a lo que contestó: «Orfeo». Para el poeta simbolista, Homero supuso una «aberración», que lapidaría el vuelo del canto órfico bajo el peso solemne del hexámetro. María Zambrano, por su parte, también nos advierte de que tuvo lugar: «un momento peligroso para la suerte de la poesía: el de la Épica». Fue con Orfeo y no con Homero, con quien dialogaron los nueve poetas mélicos de la antigua Grecia: Safo, Simónides, Píndaro… Siendo así, la monolítica Épica hace las veces de insondable pared, la cual nos oculta el verdadero origen material de la lírica, que no es sino el trino del mirlo; el balbuceo ininteligible del bárbaro. No es casual que, en su etimología, la voz bárbaro entrañe una onomatopeya nacida por la aglutinación del sonido bar-bar-bar, que rememora la inasible lengua de los pájaros. Porque existió un tiempo en que la incomprensión del insondable misterio fue explicada como materialización del lirismo. Atestiguan los textos bíblicos que al principio fue el verbo. Sin embargo, en términos poéticos, al inicio no fue ese verbo, −hacedor y omnipotente−, en tanto que objetivación del logos o razón platónico-aristotélica, sino que la poesía enraíza remontándose hasta phoné,−puro cántico o sencillo vagido−, el cual ya palpitaba, con anterioridad, «por de dentro» del tejido ciego que asentaron el mythos y el logos. Mientras que el cuento habita el «érase una vez…», la poesía se remonta a un orden de cosas anterior, hasta incardinarse en ese tiempo desdibujado por el eco de la oralidad.

En la noche de los tiempos, el gorjeo de un somormujo rasgó el silencio. Así brotó en nuestro mundo la poesía. El «[…] silencio se nos aparece como el lugar de la palabra poética. Un lugar al par limitado y limítrofe», dejó escrito María Zambrano. La poesía, asimismo, también está vinculada con la «virtud» (areté, en griego). Sobre esta cuestión diserta Platón, en su diálogo Protágoras o los sofistas, concluyendo que la areté, más allá de la mítica cadena de los inspirados, constituye un término sin concepto, una suerte de impulso imposible de ser enseñado o transmitido, que es inherente a quienes contemplan, interpretan y crean. Luego, poeta se es o no se es. Sin ambages. No hay grises en esta cuestión.

No obstante, bien es cierto que como en todo oficio, la poesía exige cierta orfebrería, techné, susceptible de ser transmitida y mejorada. Sea como fuere, a pesar de que el mundo helénico nos legue una imagen, ciertamente, divinizada del poeta, hemos de olvidar aquella romántica y trasnochada concepción huidobriana del poeta como «pequeño dios». Convicción que sólo colabora a la hora de hacerle el juego al capital, perpetuando la jerarquización y el elitismo, a través de una imagen inaccesible del mismo, elevándolo a una categoría superior de lo humano. A pesar de ello, el mundo griego también nos da la solución a esta disyuntiva, pues el quehacer poético, más que un «don» demiúrgico y divino, es una facultad llana, humana y terrenal, una suerte de «gracia», carites, que inclina a quien la posee al juego con la sintaxis, al paladeo de los nombres. Carites no entiende de riqueza, ni de pobreza. Pertenece al orden de la tierra y donde anida, ilumina. Sin distinciones, de forma gratuita. En cualquier caso, al margen de nociones, la poesía es, como toda literatura, una construcción ficcional eminentemente lúdica, un «como si…» donde se hace realidad, presentizándose, «lo que no es».

Como es sabido hace unos 2500 años, allá por el siglo V a. C., se produjo un notable ataque a los poetas por parte de los filósofos. Platón, sin ir más lejos, expulsa a los primeros de su polis ideal. En aquel entonces, habida cuenta de la extendida cultura oral epocal, poesía y filosofía funcionaban como dos herramientas transmisoras de conocimientos. Esto nos revela que hubo un tiempo en que ambas disciplinas estuvieron disputándose la hegemonía por ocupar el centro del espacio del saber. La condena platónica de la poesía exilia al poeta, lo expulsa la polis, condenándolo a vagar extramuros. De ahí que el poeta sea o, tal vez, esté condenado a ser un outsider proscrito que asalta la ciudad y escribe desde los márgenes del silencio: extrarradio, afueras y arrabales, para poner en cuestionamiento los aparatos de poder. En las antípodas del ruido urbano reina el silencio. El espacio del folio en blanco limita con lo silente. El silencio que rodea al acto poético es idéntico al silencio de la lectura. En este sentido, el silencio lírico es crucial, ya que violenta los ciclos del capital, quebranta la sobrexposición hiperactiva a lo massmediatico y pausa la desincronía del tiempo actual. La poesía anula el des-tiempo, esto es, colma el tiempo vacío propio de las sociedades posindustriales, referido por Byung Chul-Han, hasta trascenderlo.

La poesía es tiempo. Ya lo dejó escrito Antonio Machado en Nuevas canciones (1924): «Ni mármol duro y eterno / ni música ni pintura / sino palabra en el tiempo». Y por extensión, al igual que todo ser viviente, quien escribe poesía es un ser transido por el mismo. Lejos de la divinidad, el poeta es tan solo un individuo señalador. Su función social es deíctica, pues pone el punto de mira en aquello que ha sido reificado, plastificado y fosilizado por el sistema, hasta conseguir que todo cuanto señalado sea; refulja y cante con un color renovado. Para que ello se produzca el poeta ha de deshacerse de su identidad, permitiendo que el mundo hable a través de él. Sobre esta cuestión, el romántico inglés John Keats, en una carta fechada en octubre de 1818, que envía a Richard Woodhouse, escribe: «un poeta es lo menos poético de la existencia, ya que carece de identidad desde el momento en que se ve continuamente en la necesidad de ocupar el cuerpo de otro, el sol, la luna, el mar, los hombres y mujeres […]». Chameleon poet, escribirá en otro lugar Keats, pues el poeta, cuando habita la polis, canta por todos, vacío de sí. Por ello, después de décadas disertando sobre la «experiencia» en poesía española: mueran los poetas; olvídense, vacíense de sí.

Las palabras de Keats nos recuerdan aquellas otras que usara Sócrates, cuando hablaba de sí mismo en calidad de amante. Así las cosas, el filósofo ágrafo se definía como sujeto átopos, esto es, como no-lugar o ser sin identidad. No-ego, a la postre. El átopos socrático viene a significar algo así como «lo indefinido» o «lo inclasificable». Y, precisamente, esta indefinición es la naturaleza constitutiva del poeta, −individuo vacío de sí, capaz de eyectar su ser, en aras de colmarse del Otro−, en tanto en cuanto está atravesado por lo Otro ajeno: «el sol, la luna, el mar, los hombres y mujeres». Ahora bien, dejemos claro que el poeta solo alcanzará esta suerte de anulación del ego mediante un estado letárgico y meditativo, muy próximo a la inacción de la vita contemplativa. Someterse, por el contrario, a la neurosis compulsiva de la vita activa intrínseca al modus neoliberal y a la tiranía productiva del «estar haciendo», eliminaría cualquier rastro de lirismo. Llegados aquí es estimulante traer a colación aquel agudo artículo de Andrés García Cerdán, La poesía del desconocimiento: hacia un cántico cuántico, pues pone de manifiesto la acuciante necesidad de: « […] una poesía del desconocimiento, del descontento, de la inexperiencia, de la falencia, en la que el sujeto lírico deambule por los pasillos desconocidos de una inconsciencia poética primera, única y en flor. Amemos lo desconocido».

El no saber es germen de la lírica. Y lo inefable, es decir, aquello que no se puede fablar, su andadura. «No sé con qué decirlo / porque aún no está hecha / mi palabra» escribe Juan Ramón Jiménez al inicio de Eternidades (1918). El estatismo de la inexperiencia, que plantea García Cerdán, nos remite hasta Mandorla (1982) de José Ángel Valente, porque «escribir no es hacer, sino aposentarse, estar». Este estático recogimiento del ser, carente de acción y experiencia, choca frontalmente con la temporalidad atomizada de nuestros días.

Octavio Paz, en algún lugar de El arco y la lira, distinguió tres tipos de instantes: amoroso, místico y poético. Para el ensayista y poeta mexicano el instante amoroso es un sólo segundo en que «el tiempo no fluye colmado de sí». No obstante, como veníamos diciendo, nuestro presente no solo está vacío, sino también truncado. Habitamos un tiempo sin colmo, que no rebosa, ya que adolece de cuerpo, de anclaje, de sustancia. Así, respiramos fatigados, porque no hay esencia que nos calme. Solo un tiempo líquido tolera su desintegración y su consiguiente evaporación. Nada es asible, porque todo se diluye. El tiempo esquizofrénico, sincopado y frenético del siglo XXI expulsa de su seno a la poesía, dado que esta pide duración, demora y contemplativa espera. Los instantes amoroso, espiritual y lírico no tienen cabida en nuestro tiempo. Nuestro «ahora» no contiene tiempo alguno que los acoja.

Mientras que la poesía brota del interrogante, de la duda; la máquina no duda. Solo avanza, solo acelera. El zapping inquisitivo de nuestra sociedad elimina cualquier posible demora; toda lentitud existencial perece. Han muerto el sum y el essere filosóficos, esto es, aquel antiguo «dejarse ser» frente al mundo. El zapping quiebra la sintaxis del silencio poético. De ahí que Byung Chul-Han, en El aroma del tiempo, asevere: «La aceleración [del mundo actual] remite a la falta de fundamento, de estancia, de sostén». En cambio, por su parte, lo poético sustenta, detiene y fundamenta el tiempo, profundizándolo. «Vaciar el espíritu, liberarlo de los deseos, da profundidad al tiempo», reconoce el filósofo surcoreano. Es tarea del poeta devolvernos a la caverna, al vagido y al balbuceo del tiempo primero anterior a todo tiempo; a la pre-comprensión que en su día dialogó en el lenguaje de los pájaros. Remontarnos a las profundidades donde, desnudos y manchados por lo oscuro, fuimos criaturas primitivas, vacías de sí. Porque el silencio lírico, hoy por hoy, perdura por encima del poder, de sus aparatos. Y, sin duda, nos trascenderá, hasta que sobre la Tierra no haya más que ceniza. El silencio, ese reino que nos espera; esa sola verdad que nos acompaña, recordándonos qué somos o quiénes fuimos: lejana procesión de soles y de lunas; un antiguo rumiar del horizonte; este lento solfeo que «ni palabras pide», para llorar el tiempo.

"Troyanas" de Eurípides, en versión de Alberto Conejero y Carme Portaceli


Ver representada una obra escrita hace más de 2400 años supone, de entrada, una emoción especial. Es como asistir al desenterramiento en directo de un monumento arqueológico. Así esperábamos en la platea del teatro Español el comienzo de la obra, como si con paleta y pico en ristre nos dispusiéramos a excavar en los alrededores del Partenón o  en el teatro de Epidauro. 
Cuando aparecen sobre el escenario las seis mujeres que protagonizan Troyanas de Eurípides, el público calla y espera, expectante, a que el demiurgo pronuncie su palabra milenaria por boca de las actrices actuales. La sorpresa es mayúscula cuando se advierte que el tema de la obra no puede ser más actual y que los padecimientos que se desarrollan sobre la escena son los mismos que afligen a las mujeres del siglo XXI. Son seis víctimas de los hombres y de las guerras, seis mujeres que gritan, gimen, se desesperan y protestan por la crueldad a las que las somete el poder del hombre y su feroz comportamiento. Aitana es Hécuba, la mujer de Príamo, rey de Troya; Alba es Políxena, hija de Hécuba; Míriam es Casandra, hija de Hécuba; Maggie es Helena, amante de Paris y esposa de Menelao; Pepa es Briseida, esclava de Aquiles y raptada por Agamenón; y Gabriela es Andrómaca, esposa de Héctor. Las seis han sufrido la violencia y la muerte y lamentan su suerte ante su verdugo, el hombre; ante Nacho, Taltibio, el mensajero de los griegos, que viene a arrancar al hijo de Andrómaca para que los troyanos no tengan futuro. El paisaje devastado, sembrado de muertos, podría ser el de Troya o el de Madrid en el 39 o el de París en el 40, o el de Sarajevo en los 90, o el de Alepo o el de una ciudad del Congo en la actualidad. Las mujeres se llevan la peor parte de las tragedias y, además, se las utiliza como excusa para justificar el hambre de riquezas y poder que conduce al desastre bélico. Helena lo padeció y se lamenta de ello ante una Hécuba desatada contra ella, contra la propia mujer. Andrómaca llora el asesinato de su hijo y Hécuba la anima a vivir a pesar de todo, "no dejéis que a la injusticia siga el silencio". El trayecto es demasiado largo para repetir una y otra vez los mismos errores, para volcar sobre la mujer el cuenco ardiente de la injusticia y el terror, pero así es. La obra es tan actual como hace 2400 años, muy a nuestro pesar. El coro ha desaparecido, pero la tragedia se mantiene con una intensidad desgarradora gracias a que la desgracia femenina sigue alimentado las fauces del monstruo ya se llame este guerra, violencia, poder o simplemente hombre.      

sábado, 9 de diciembre de 2017

"La dama boba" representada por la Joven Compañía


Los versos de Lope no necesitan otro añadido, solo decirlos bien. En esto, los que amamos el teatro clásico estamos de acuerdo. Que el texto de Lope se puede representar totalmente desnudo, siempre y cuando haya un trabajo concienzudo previo de dicción, es una evidencia. Ahora bien, si a la representación de las obras de Lope añadimos un vestuario adecuado y una escenografía efectiva, ¿pierden entonces su esencia? Es también evidente que no. Siempre que he visto una obra del Fénix representada por la Compañía Nacional lo accesorio nunca ha absorbido al texto, todo lo contrario, lo ha realzado. Por tanto, ¿qué puede aportar una representación de La dama boba como la que actualmente está haciendo la Joven Compañía? Sin vestuario, sin escenario, en una pequeña sala con muy pocas localidades. Un intento de romper esa "cuarta pared" que separa al público del actor. Me dirán que se establece una intimidad mayor entre espectador y actor, que ese círculo rodeado de sillas hace que se viva el teatro como si se asistiera a un ensayo o, yendo un poco más allá, a la vida misma, puesto que no hay distancia ninguna entre público y representantes. El verso, como siempre, fluye correcto y fácil de la Joven Compañía, la puesta en escena es dinámica y atrapa al espectador, pero a mí me sigue bullendo la idea de que no sé si aporta algo esa desnudez absoluta. Es cierto que solo la palabra es la protagonista, pero en una buena obra bien representada nunca el verso de Lope queda oculto detrás de nada.
Finea, boba al principio de la obra y sabia al final, sufre un milagro procurado por el enamoramiento. El amor la hace sabia hasta el punto de que es capaz de fingirse tonta como era antes. Es capaz de volver a su naturaleza anterior cuando ella lo desea. Muestra su bobería con el lenguaje amoroso, porque no sabe interpretar las metáforas: cree que quien ha puesto sus ojos en ella, debe quitárselos cuanto antes y que debe desabrazarla quien lo ha hecho, porque no le gusta sentirse llena de ojos ni de brazos. Su bobería, en fin, es una parodia del lenguaje amoroso petrarquista plagado de tópicos tan usados como el vino para curar las heridas. La gracia, la espontaneidad, la frescura de esta obra pervive por los siglos de los siglos. Y ya digo, pese a no creerme del todo esa desnudez con la que la ha representado la Joven Compañía. Si es por falta de presupuesto, nada que objetar. 

"Teatro de texto" por Antonio Muñoz Molina



Dice Raquel Vidales en una crónica reciente que al cabo de muchos años están volviendo a publicarse obras de teatro en España. La noticia me da alegría y hasta una cierta nostalgia, porque mi primera vocación literaria sostenida fue la de escribir teatro. Como cuenta Vidales, hasta los años setenta eran muy frecuentes, y muy visibles, las ediciones de literatura dramática, y no solo de los clásicos. Hasta en una ciudad apartada como la mía, y gracias a la biblioteca municipal, podía encontrarse una gran parte del mejor teatro del siglo XX. En Úbeda, hacia los primeros setenta, yo descubrí con asombro, con admiración, riendo a carcajadas, o quedándome completamente perdido, todo el teatro de Eugène Ionesco. Inmediatamente me convertí en autor de teatro del absurdo, con ese tajante mimetismo de la adolescencia. Un poco antes me había hecho autor de teatro lorquiano, al leer una tras otra todas las obras de Lorca, si bien esa fase creativa quedó clausurada cuando vi en televisión una comedia de Pinter —El portero, recuerdo que se llamaba— y me dediqué a imaginar situaciones como de misterio lacónico, con frases breves y grandes silencios. Cada pocas semanas cambiaba por completo la forma de mi vocación, según el autor al que hubiera descubierto. Lo que no variaba era mi amor por el teatro, la determinación de escribir cosas que acabaran cobrando una presencia física sobre un escenario, palabras que podrían existir en las páginas de un libro igual que poemas o novelas pero que solo alcanzarían su plena realidad al ser dichas en voz alta. Al final de septiembre, en la época de la feria, buenas compañías de Madrid llenaban el teatro Ideal, que el resto del año era cine. Había, desde luego, mucho teatro de consumo, que yo estaba aprendiendo a llamar burgués, pero también podíamos ver las obras velada o abiertamente subversivas de Antonio Buero Vallejo, con sus alegorías políticas y sus símbolos laboriosos que luego nos gustaba tanto interpretar. Había una urgencia, una vitalidad, una fuerza visceral en un escenario. Recién llegado a Madrid yo vi Los acreedores, de Strindberg, en el Pequeño Teatro de la calle de Magallanes, y salí trastornado, como el que ha bebido mucho y se tambalea saliendo de un bar.En las ediciones baratísimas de la colección Escelicer estaba todo el teatro contemporáneo español e internacional y una parte del gran teatro clásico europeo. Leer teatro era para mí tan estimulante, tan provechoso como leer poesía o novelas, y provocaba un reflejo inmediato, entusiasta y calamitoso de emulación. El teatro parecía la forma estética más vigorosa y la más adecuada y eficaz para la rebeldía personal y la sublevación política. No había muerto Franco y ya se publicaban y hasta se representaban, no sin sobresaltos, las obras mayores de Bertolt Brecht y Peter Weiss. Ni a Úbeda ni a Granada podían llegar el Marat-Sade de Weiss que montó heroicamente Adolfo Marsillach: pero sí los textos publicados en libros, o en la revista Primer Acto, acompañados con fotos de las representaciones que nos enfebrecían más aún la imaginación: aquellos actores imponentes, envueltos en harapos, contra fondos oscuros, con gestos de oráculos o de enajenados. Hasta Lorca, que corría el peligro de parecer anticuado por comparación, revelaba toda su cruda furia cuando se veían fotos de Núria Espert medio desnuda saltando por la lona de la versión de Yerma que hizo Víctor García.

Entre los 15 y los 20 años yo escribí teatro con una fecundidad de autor urgido por los encargos. Escribía sucedáneos de Lorca, de Ionesco, de Beckett, de Mihura, de Pinter, de quien se me pusiera por delante. Escribía a máquina, lo cual facilitaba la velocidad y la fantasía de ser un verdadero escritor. A partir de un cierto momento también escribía fumando, y eso ya me parecía el colmo de la vocación literaria. Una cima temprana de mi carrera vino cuando unos amigos que estudiaban en la Escuela de Magisterio regentada por los jesuitas me pidieron que les escribiera una función para su grupo de aficionados. Escribí, inevitablemente, una alegoría política a la manera de Buero Vallejo: en una academia privada regida por un director despótico (y sexista), unos estudiantes organizan un levantamiento, con el consiguiente final trágico. Durante meses, los de mi último curso en el instituto ensayamos la función, como una fraternidad de conjurados. La dirección de la Escuela la prohibió el día antes del estreno. El prestigio de perseguidos y censurados que esa prohibición nos concedía a nuestros propios ojos compensaba de sobra el disgusto de tanto esfuerzo inútil.

Seguí escribiendo teatro. Imaginaba que cuando viviera en ciudades con universidad encontraría oportunidades de estrenar mis trabajos solitarios, guardados en el célebre cajón en el que se aseguraba que languidecía el mejor teatro escrito durante la dictadura. Los tiempos cambiaban muy rápido, y en cuanto cayera el régimen o muriera el dictador todo aquel caudal de imaginación teatral proscrita se desbordaría en los escenarios.

Lo que ocurrió fue, misteriosamente, que cuando se pudo escribir teatro en libertad no hubo casi nadie dispuesto a representarlo, y ni siquiera a editarlo. No por nada, sino porque era “teatro de texto”, y lo que se imponía era la improvisación colectiva, el espectáculo en el que la palabra perdía su relevancia, bien la primacía absoluta del director. La última pieza que escribí no necesitó ser prohibida para no llegar a representarse nunca. Era, como las anteriores, un refrito, esta vez entre Valle-Inclán y Fernando Arrabal. Las varias copias a máquina que hice circularon durante meses por grupos de teatro independiente, tan numerosos entonces, y la respuesta que obtuve fue en todos la misma. Aquello estaba bien, hasta tenía posibilidades, me decían consoladoramente, pero era “teatro de texto”, o peor aún, “teatro de autor”.

Por esa época cayó en mis manos una edición de El Aleph. Fue una iluminación. A diferencia de las palabras del teatro, aquellas de Borges no habían necesitado, para llegar a mí, la mediación de un director investido con poderes de gurú que quisiera cambiarlas o suprimirlas a su gusto, ni las de unos actores que pudieran desfigurarlas, convertirlas en gritos, hacerlas inaudibles, cambiar su sentido con una entonación. En la página impresa se celebraba en soledad y en silencio la irrupción de la palabra escrita en la imaginación del lector. Una tarde, con mi obra manoseada y rechazada bajo el brazo, saliendo de otro encuentro sin fruto, decidí que no escribiría teatro nunca más. Lo que había escrito hasta entonces no tenía ningún mérito, pero el esfuerzo y la paciencia de llegar a ser mejor no valdrían la pena.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

"El poeta y lo divino" por Rafael Narbona



La poesía es revelación, aurora, epifanía. Revelación de lo extraordinario, aurora de lo inesperado, epifanía del misterio. La palabra del poeta descubre lo inaudito en lo cotidiano, el prodigio en lo insignificante, lo maravilloso en lo supuestamente banal e insípido. Gómez de la Serna descubrió que “a las tijeras le sacaron los ojos otras tijeras”, que “un reloj no existe en las horas felices” y que “la X es el corsé del alfabeto”. Unas tijeras, un reloj y una letra del alfabeto son mucho más de lo que aparentan, pero sólo la intuición poética es capaz de multiplicar sus significados mediante analogías, contrastes, elipses, metáforas, paradojas, repeticiones, simetrías, hipérboles. “Nadie ha dicho que las cosas vivan: las cosas sueñan”, apunta Gómez de la Serna, componiendo una antítesis perfecta. Supuestamente, las cosas son pura inercia, objetos que ocupan un lugar en el espacio y soportan calladamente el paso del tiempo, sin manifestar ningún signo de vida interior. No sueñan; padecen. Sin embargo, el ingenio de Ramón -que nunca transigió con los convencionalismos, ni con la autocomplacencia del lugar común-, nos hace ver que las cosas realmente sueñan y que sus sueños rebasan los diques de la razón, transformando un agujero en inquietante mirada; un reloj, en paradójica ausencia; y una letra, en prenda que alimenta fantasías eróticas. Lo ordinario esconde maravillas que sólo el poeta puede desvelar, utilizando la pirotecnia del lenguaje. La greguería es un matiz, pero un matiz silvestre, imprevisible, espontáneo, que le da la vuelta al idioma y descoloca nuestras expectativas, insinuando que nuestra forma de ver el mundo, sólo es un burdo tapiz tejido por una hilandera ciega. La greguería nos abre los ojos; la razón, los llena de barro y legañas.

Si “las cosas sueñan”, los cuerpos bailan en la cuerda de lo impensable. Lezama Lima nos enseña en su poema “El abrazo” que un abrazo es “tierra descifrada”, donde los amantes pueden “sudar como los espejos” y presentir que “los pellizcará una sombra”. En el abrazo, “dos cuerpos desaparecen” y “giran / en la rueda de volantes chispas”, hasta que “se unen en el borde de una nube”. Después de estas filigranas, “los dos cuerpos ceñidos, / el rabo del canguro / y la serpiente marina, / se enredan y crujen en el casquete boreal”. Los cuerpos pueden realizar estas proezas –que subvierten las nociones más elementales de la lógica- porque vencen a la muerte, porque resucitan, porque se adentran en el misterio, en lo imposible, en lo incondicionado. Al igual que Platón en sus diálogos, Pablo de Tarso recurre a la imaginación poética para justificar la expectativa de la eternidad. El hombre es como el grano. Nuestra carne es semilla que sólo conocerá su plenitud, tras superar el letargo de la muerte. Escribe San Pablo en su Primera Epístola a los Corintios: “Se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay un cuerpo puramente espiritual” (15, 42-44). Por el contrario –advierte Lezama Lima, católico impregnado de orfismo y neoplatonismo- “el árbol y el falo / no conocen la resurrección, / nacen y decrecen con la media luna / y el incendio del azufre solar”. El abrazo preludia la eternidad, el regreso a la unidad original; la soledad, en cambio, desemboca en la muerte, en la dispersión, en el no ser. El árbol y el falo son metáforas del deseo que solo percibe al otro como objeto, no como complementario, como alteridad que salva nuestra identidad y posibilita su trascendencia.

No se puede ignorar la dimensión mística de la palabra poética, sin rebajarla a mera función lingüística. Cuando Pablo de Tarso afirma que “el último enemigo en ser destruido será la muerte”, no denigra o menosprecia la materia, sino que exalta la vida en toda su complejidad. La derrota de la muerte significará la consumación de la unidad del ser, la reconciliación entre el cuerpo y el espíritu, la naturaleza y la historia. José Ángel Valente ya señaló que “no hay experiencia espiritual sin la complicidad de lo corpóreo”, especialmente en la “mística cristiana, en cuya extrema aventura espiritual ha de situarse la aventura extrema del cuerpo, del cuerpo resurrecto, el escándalo de la resurrección” (La piedra y el centro, 1982). La encarnación del Verbo convierte el cuerpo en morada de lo divino. Cuando en el Libro de la Vida Teresa de Ávila refiere cómo un ángel atraviesa su corazón con “un dardo de oro largo”, señala que la criatura tenía “forma corporal”, que “no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, con el rostro tan encendido…”, que “era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos”, que “no es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto”. El cuerpo de Teresa de Ávila es inseparable de su peripecia mística, centro y cenit de su existencia. Primero, una grave enfermedad la sitúa al borde de la muerte, cuando su vocación es débil y poco exigente; después, la vía ascética abre el camino al impulso reformista, que engendrará escritos y fundaciones, concertando la vida interior con la intervención en el mundo. Por último, la restitución de la regla primitiva del Carmelo creará las condiciones para las iluminaciones y las levitaciones, que implicarán a los sentidos. En esas experiencias “no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza”.

No hay que interpretar las experiencias místicas de Teresa de Ávila como hechos objetivos, sino como vivencias extraordinarias que evidencian los límites del lenguaje. La imagen del corazón atravesado por una flecha era un recurso habitual en las novelas de caballerías -que tanto deleitaron a la reformadora en su adolescencia-, las novelas picarescas y el teatro clásico. Es indudable que el ángel armado con un dardo de oro largo es una versión del romano Cupido. Se puede decir que el ángel de la carmelita descalza es una metáfora, pero no una invención o una elaboración neurótica. Fue real y afectó al cuerpo y al espíritu, pero se recreó literariamente, conforme a la herencia cultural y las posibilidades del idioma. Como observa Joseph Pérez, poco aficionado a dislates y exageraciones, “entre los místicos, las metáforas son, pues, modos imperfectos de decir lo que es indecible; se imponen cada vez que no hay medida común entre la palabra y la sensibilidad, cuando se experimenta fuertemente un sentimiento, pero no se encuentran palabras para decirlo” (Teresa de Ávila y la España de su tiempo, 2007). Pérez completa su explicación con una cita de Antonio Machado, pues sabe que lo indecible no es materia de historiadores, sino de poetas: “Si entre el hablar y el sentir hubiera perfecta conmensurabilidad, el empleo de las metáforas sería no solo superfluo sino perjudicial a la expresión” (Los complementarios, 1957). La poesía se hace epifanía al enfrentarse con lo que apenas puede expresarse, pero no cesa de convocarnos: la muerte, el ser, el amor, lo infinito. Son ideas que pasean por el filo del lenguaje, límites infranqueables que no producen conocimiento objetivo, pero que nos proporcionan un saber más esencial. Un saber poético que se alimenta de intuiciones, visiones, premoniciones, correspondencias, antinomias, ambigüedades, incongruencias, aberraciones lógicas. La transverberación de Teresa de Ávila nace de una visión, pero el cuerpo del ángel que atraviesa su corazón quizás sólo fue una herida de Amor divino perpetrada por la palabra poética. En su más alta acepción, la palabra poética es un cuerpo que hace posible lo imposible, que “hace existir lo indecible en cuanto tal” (Valente), rescatándolo de su oscura ininteligibilidad. Lo indecible es una forma de referirse a lo divino, que casi siempre se manifiesta de forma oscura, hermética, como sucedía en el santuario de Delfos, cuya pitonisa hablaba de forma enigmática. Sócrates escuchó sus palabras y las descifró, asumiendo que su éxito hermenéutico no era obra de su buen juicio, sino de su daimon o voz interior.

Los grandes poetas son grandes místicos, como Teresa de Ávila o Juan de la Cruz. O como William Blake, Lautréamont, Rimbaud o Artaud, místicos de lo insondable y lo terrible. O como Rilke y Antonio Machado, que experimentaron la inminencia de una revelación. Machado se preguntaba si hablaba solo porque esperaba hablar a Dios un día, y Rilke presumía que la muerte representaba el punto de encuentro con lo divino: “Dios, que se nos escapa en el cielo, volverá a nosotros desde el seno de la tierra”. La poesía apunta al corazón de lo divino, pues ahí está su origen y su destino. Una poesía que le dé la espalda a lo sagrado en todas sus formas –amables o terroríficas- es una higuera estéril, palabra desarraigada y perecedera, incapaz de captar la vibración más profunda del cosmos.

domingo, 26 de noviembre de 2017

"Madrid, todo un género literario" por Juan Bonilla



Podría ocupar toda la extensión de este texto con una lista de novelas a las que Madrid les haya prestado sus escenarios, pues como toda gran ciudad, Madrid ha sido muy cantada, muy contada, muy trastornada en ficciones, muy retratada. Dicen, con un punto de exageración imbatible, que si un día Dublín desapareciese, podría reconstruirse siguiendo el Ulysses de Joyce. Si algo semejante se puede decir de una novela sobre Madrid, seguramente todos estaríamos de acuerdo en que esa novela sería Fortunata y Jacinta, la obra maestra de Pérez Galdós, que hizo de Madrid uno de sus personajes más memorables.

La propia dicotomía que ya refleja el título de su novela en cuatro tomos, sacude toda la obra: de un lado los vestidos de colores neutros y buen gusto de las damas de la burguesía; del otro, más allá de la Cava de San Miguel, los colores chillones de las mujeres del pueblo. De un lado, el acento castellano con los participios sin perder una «d», del otro, el acento madrileño que es mezcla del deje andaluz de los soldados y el ímpetu aragonés y acabará contagiándose hasta en los barrios de élite. Los pisos amplios de la efervescente clase media-alta de un lado, los pequeños pisos con muebles a punto de quebrarse del otro. El Madrid de Pérez Galdós es una ciudad pequeña, es cierto, una ciudad que se puede recorrer caminando en poco tiempo, un Madrid que por cierto es ya ruta turística. Como para uno de los personajes de la novela, no es Madrid si no se pueden escuchar los estrépitos de los coches correo a todas horas, y el aliento mercantil de la calle Pontejos, donde tienen su residencia los Santa-Cruz. Apenas se asomará Pérez Galdós al Manzanares, un extrarradio que sí será protagonista de las vivas estampas enlazadas de La lucha por la vida, la trilogía de Baroja, en la que la ciudad es más lo que queda a las puertas de la ciudad que la ciudad misma. Sobre el Madrid de ambas novelas hay un excelente y minucioso artículo de Olga Kattan en la página del Cervantes virtual. A Baroja los golfos le interesaban mucho más que a Pérez Galdós, que sin embargo historia con mucha mayor destreza las convulsiones del Madrid que cruza el siglo XIX. Se fija elocuentemente en la vida de café que hace el madrileño bien. Baroja presta más atención a las violencias del arroyo, y su destreza eléctrica gana en pintura lo que pierde en cohesión narrativa. Pero ambos ofrecen un espejo, obedeciendo la consigna de Stendhal, para reflejar cada uno su Madrid.

El Madrid literario podría buscarse, naturalmente, en Luces de bohemia, tachonada de frases memorables: y aunque el propio Valle-Inclán dijera que su inspiración eran los espejos deformantes del callejón del Gato, la verdad es que la realidad que trataba tampoco necesitaba de muchas deformaciones a tenor de lo que leemos en otro gran libro sobre aquel Madrid bohemio que empezaba a latir en cafés y redacciones a medianoche: La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens. Es un libro tan populoso, lleno de tanta vida y tanto nombre propio, que se ha tomado a menudo por un índice onomástico salpicado de anécdotas que sólo pueden interesar a los estudiosos de la época. Y sin embargo, por debajo de su interés para eruditos y buscadores de nombres olvidados, la obra, publicada póstumamente, es un gigantesco, hercúleo homenaje a la vocación artística, a la ambición -tantas veces tarada- de quienes alcanzan la certeza de que expresar la vida, encapsularla en una obra, es más importante que vivir. ¿Dónde estará toda esa vida que perdimos en vivir?, podrían preguntarse todos ellos con T.S. Eliot, cuyo verso, Unreal city, valdría para definir ese Madrid que tan bien retrató Cansinos a través de una prosa rápida, de anotación, que no tenía nada que ver con la orfebrería de la que gustaba servirse en su obra publicada.

Otro gigante de la época que hizo de Madrid una musa constante fue Ramón Gómez de la Serna. Sus libros Pombo, La Sagrada Cripta,Toda la historia de la Puerta del Sol, están llenos de un Madrid vivo, galopante, enérgico. También el Madrid de los bajos fondos le inspiró su quizá mejor novela: La Nardo. Pero si hay un lugar ramoniano por excelencia en Madrid, es el Rastro, al que le dedicó un libro importante. En este podio de escritor del Rastro, sólo puede competir con él, y aventajarle, Andrés Trapiello, que ha dedicado al lugar y toda la vida destilada en él, inolvidables páginas en su Salón de Pasos Perdidos.

Los vanguardistas también hicieron de Madrid lugar para hacer circular sus fantasías: ahí tenemos La Venus mecánica de José Díaz Fernández, o Hermes en la vía pública de Antonio de Obregón. También la vanguardia política hizo de Madrid escenario: Tea Rooms de Luisa Carnés.

Pero cualquier intento realizado en los años 20 por los nuevos escritores de saltarse la realidad o ponerla contra las cuerdas en favor de la fantasía o directamente lo inverosímil -como en el caso de López Rubio, Jardiel Poncela y otros discípulos de Ramón- se fue al garete con el crecimiento de la tensión política, el golpe de estado contra la República y la Guerra Civil. El Madrid de la guerra también produjo obras sustanciales, tanto de los que quedaron aprisionados en él -Madrid grado, de Francisco Camba- como de quienes vieron desde el lado republicano cómo iba cayéndose en pedazos. Ahí es importante destacar dos de las más significativas recuperaciones de estos últimos tiempos: Celia en la Revolución, de Elena Fortún, y A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales.

Siguiendo en lo que puede a Valle-Inclán, pero también a Pérez Galdós si ello hubiera sido posible, Foxá empezó unos Episodios Nacionales con Madrid de corte a cheka, que no alcanzaron a ver el segundo volumen: Salamanca, cuartel general. Pero si he de destacar una sola novela sobre el Madrid de la Guerra Civil, me quedo con el Diario de Hamlet García, escrita en el exilio mexicano por Paulino Masip.

Haciendo pie en el Manhattan Transfer de John Dos Passos, Cela logró su mejor novela con La colmena: un retrato múltiple del miserable Madrid de la posguerra. También ese Madrid es protagonista de Tiempo de silencio, la novela de Martín Santos que con tanta fuerza retrata la injusticia, la mediocridad, el atraso y la mezquindad de la época.

El lento camino de modernización del país podría seguirse comparando esas novelas con las obras del gran, y me parece que demasiado preterido, novelista de la ciudad en los 50 y 60: Juan García Hortelano. En Nuevas amistades retrata a la burguesía del barrio de Salamanca pero también, a su través, a un país entero, aunque sólo fuera porque descargaba el protagonismo en la juventud (acomodada, ciertamente, pero por ello mismo forzada a hacer visibles sus contradicciones).

Umbral le sacó también mucho partido al Madrid de la posguerra, en plan cronista poético, pero más que en sus retablos narrativos -como Trilogía de Madrid-, oímos el latido de la ciudad en sus novelas -Travesía de Madrid- o libros autobiográficos -La noche que llegué al Café Gijón-. El Madrid de los últimos años del franquismo puede buscarse en la espléndida Romanticismo de Manuel Longares, y no hay que olvidar que Rafael Chirbes situó La caída de Madrid en el día antes de que se supiera que el dictador había muerto. El Madrid de la movida puede rastrearse en Madrid ha muerto, de Luis Antonio de Villena, en cuyos dos tomos de memorias hay también mucho Madrid. También en esa novela coral que es Solo se vive una vez, de José Luis Gallero. Y el vértigo de finales de los 80 o comienzos de los 90, con el acelerador pisando a fondo en la Castellana, y las meninges llenas de cocaína, sigue atronando en las Historias del Kronen de José Angel Mañas. Un Madrid en el que «el único problema es que hay que reírse demasiado», como pasa en Ya queda menos, de Miguel Albero, donde este Madrid de los 90 también queda retratado a través de las peripecias de un «genial mediocre» que busca algún tipo de hazaña que lo convierta en héroe y donde la estupidez campa a sus anchas. Madrid, Distrito Federal, en fin, como rezaba el título de la novela de J.J. Armas Marcelo, ya que, como dije al principio, este artículo hubiera podido ser una lista de títulos y autores, porque en definitiva es mucho Madrid el que se ha contado, como es mucho Madrid el que seguirá contándose.

martes, 21 de noviembre de 2017

La muerte en bermudas (capítulo I)




I. La muerte en bermudas.

En la sala donde encontraron el cadáver, se respiraba silencio y aspereza. El ambientador de frambuesa endulzaba la pestilencia de las vísceras aún calientes. Una joven sin mirada yacía sobre una mesa de matarife. El asesino la había colocado allí con medida crueldad: el crimen debía contemplarse como las reliquias, con comodidad y reverencia. La abuela de la víctima encontró a su nieta en ese altar: derrengada sobre la madera, con las tripas fuera y los ojos pegados a las vigas del techo. El secretario del juzgado, como un turista en la India, se echaba la mano a la boca, con reparo poco habitual en un registrador de la muerte. Se apreciaba en sus gestos una repulsión extraña para quien trastea con cadáveres.
“Prueba en un pueblo. Verás cómo nunca ocurre nada: todas las mañanas pasa la muerte por delante de las puertas sin que nadie le preste atención. Allí está de más el asesinato. No es necesario. En cuanto te instales en uno de esos lugares olvidados por el correr de la sangre, recuperarás los nervios y la sombra. Nunca ocurre nada: las horas pasan tan lentas que es necesario avivarlas con un abanico para notar su aliento”.
Cuando vi el cadáver de la chica, recordé las idioteces de Servando. La muerte siempre llama la atención, ama el protagonismo y le da igual el escenario. Le pone que la observen en sus más descaradas poses. La muerte no pasa inadvertida, ni siquiera en un pueblo sepultado bajo campos abrasados. Allí estaba, frente a mí, obscena, profanando el cuerpo de una adolescente que abría su vientre de par en par como un baúl revuelto.
Era mi primer caso en el nuevo destino -un refugio donde aletargarme con las palomas y los barrenderos en los amaneceres del verano-. Ni una semana llevaba en el pueblo cuando comprobé lo poco que sabe Servando sobre la muerte y sus costumbres. No esperó mucho tiempo para presentarse con el mismo descaro que en Madrid. Volví a encontrarme con ella y con su insoportable manía de incordiar.
Esa misma mañana me había resistido a la sed de alcohol. Salí del bar mucho antes de lo que pedían mis temblores de manos -y no soy yo de tópicos-. El cielo recién estrenado me recibió con entusiasmo. Solo se oía en la calle el rumiar del carro del barrendero y el zureo de las palomas. Una de ellas presentó sus credenciales sobre mi traje de lino y me condecoró el hombro con una gelatina que estuvo a punto de provocar mi vuelta al Miami, pero me contuve. Pasé mi pañuelo de tela -sí, todavía los uso- sobre la cagada. Quedó un leve rastro que borré empapando el moquero en saliva sin aguardiente.
Me equivoqué con el café con leche. Siguiendo los consejos de Servando, no busqué la barra del bar para curarme del resto del día. “La España negra y profunda ya no existe. Es un invento de los medios para vender noticias. El pueblo no te tirará asesinatos a la cara, ni querellas envenenadas, ni corruptelas políticas; como mucho te darás con peleas de mozos, accidentes de tractor, alguna que otra mujer maltratada o inmigrantes apaleados por el aburrimiento del fin de semana. Nada que pueda quitarte el sueño durante mucho tiempo. Las tragedias rurales no se te meterán entre los dientes como las hebras de esas carnes fibrosas y urbanas de las que cuesta librarse”.
Era lunes, llevaba en el pueblo una semana y, confiado en las promesas de Servando, esperaba no toparme de nuevo con más escenarios criminales. Hui del Miami. Una semana resistiendo los copazos mañaneros era todo un logro para alguien que comenzaba a parecerse demasiado a un personaje de telefilme de serie “b”. No solo había dejado los juzgados de Plaza Castilla, también la imitación del mal cine. Me empeñé en abandonar antiguos vicios, todos, sin excepción. El ascetismo era la solución para aliviar los avisos de mi hígado y de mi mal gusto televisivo. El ascetismo, ahora tenía la ocasión de iniciarme en él, alejado de los compañeros del juzgado, sin pareja, solo, en busca de expiación. Una alternativa para cambiar mi perfil de personaje plano.
No me vino nada bien estar sobrio en el lugar del crimen. El paisaje era tan desencantador como los de la capital, solo que aquí sí pude apreciar el espanto de la mirada, el dolor de los arañazos y cardenales, la impudicia de las entrañas aireadas, la delicadeza del trapo que cubría el sexo… Hacía muchos años que no veía un cadáver con tanta claridad, que no me detenía en tantos detalles, que no sentía pasar la saliva tan espesa. No lo esperaba. Esta iba a ser una vida nueva, pero no.
La muchacha, con los ojos abiertos por el pánico, miraba el techo con arrobo de beata, extática, tendida sobre una madera maltratada por el cuchillo y el soplete. Recordé el testimonio de un matachín de cerdos del barrio de San Blas que desolló a su esposa porque sentía nostalgia del oficio perdido. Hacía ya muchos años de ese caso. Mis percepciones dolían, eran demasiado precisas. No me nublaba la vista el alcohol ni el humo del tabaco. Solo había tomado una magdalena remojada en café con leche. Me enredé en el cabello rubio de la chica, en sus pestañas rizadas, en sus ojos transparentes, en los labios de corcho, en el cuello magullado… Reparé hasta en el rastro de las lágrimas que le habían corrido por las laderas de la nariz.
Intenté pasarle el caso al juez interino. No fue posible. Yo estaba empachado de sangre, pero el asunto era muy delicado para que lo instruyera alguien que trabajaba a tiempo parcial.
Ante la ausencia del médico forense, el secretario y yo nos enfrentamos solos a la escena del asesinato. Demasiada crudeza para él: se sujetaba la tembladera en la manga de mi americana. Me contó entre dientes que esperara poca cosa del médico, que ojalá enviaran a alguien de la capital. El secretario no confiaba en él, “será mejor que tomemos nota nosotros si queremos acabar con esto”. Me ofreció todo su apoyo profesional con la voz quebrada. Hubiera querido ser protagonista de una serie policíaca y confiar en que todo era ficción. El director pronunciaría pronto la palabra “¡corten!” con la que salir de allí aliviado a celebrar la primera toma. Pero se impuso la espantosa realidad: le temblaba hasta el hígado y tartamudeaba. Un mes antes yo no habría reparado en su conmoción, ni me habría abrumado tanto la imagen de la adolescente despanzurrada. Todo gracias a mi recién estrenada sobriedad.
Le pedí un cuaderno y un bolígrafo. Tardó en traerlos una eternidad y, al entregármelos, se le cayó la libretilla sobre el pecho de la joven, que alguien pudoroso –posiblemente la abuela- había cubierto con un mandil. El secretario no soportó el accidente. Sollozó, tapándose la cara y temblando, como si fuera la primera vez que palpara un cadáver.
La frialdad de la piel muerta siempre impresiona. Es una experiencia que perdura con más insistencia que la vista de cualquier atrocidad. El tacto de la muerte se pega a los dedos y la desazón no desaparece con solo lavarte las manos. Es como si dejara un recado en la caricia: “Pronto llegaré para besarte y, con suerte, follarte”. Siempre que toco la piel de un cadáver, entablo una relación íntima con quien forzará mi destino, alguien que no acierto a definir y que sé que un día u otro me poseerá con violencia sobre mi cama o, peor, sobre las sábanas acartonadas de un lecho de hospital.
“Tatiana llegó al pueblo hace bastante. Era una muchacha rusa que terminaba sus estudios de bachillerato con escasos contratiempos. Su familia y ella llevaban en España más de ocho años y hablaba perfectamente nuestro idioma”. Esas fueron las primeras noticias que tuve de la chica, farfulladas por el secretario entre gemidos, con atropello de actor novel. Él la conocía. La observaba de reojo sin detenerse en su rigidez ni en la atrocidad del vientre abierto. No tenía dotes de actor, se escondía por pura aprensión. No podía soportar el cruce de miradas con la muerta, como si estuviera frente a su actriz de culto. Yo estaba pendiente de todos estos gestos, a la vez que examinaba las heridas de Tatiana. Sin embargo, no me sentía seguro de mi labor. El escalofrío de la muerte atravesaba mi columna con total profesionalidad, como un cirujano viejo que abre por enésima vez el cuerpo de un enfermo terminal.
Es difícil digerir situaciones así sin la ayuda de estupefacientes. El insolente proceder de la muerte me echó de Madrid para abrazarme en el páramo. Sería complicado mantener la entereza y soportarla de nuevo: las noches mordidas por el insomnio, las mañanas arañadas por las cavilaciones y los remordimientos, los desgarradores dolores de cabeza. Al acecho, los cubos de alcohol y los somníferos.
“La madre de Tatiana no vivía con ella durante los días laborables. Trabaja en una ciudad costera y solo reside en el pueblo los fines de semana. El padre nunca salió de Rusia y su abuela, con la que más tiempo pasaba la chica, fue trasladada a un hospital próximo, destrozada por la tragedia”. El parte del secretario -a pesar del nerviosismo- se ordenaba con precisión de relojero. Me lo dictaba sin asomo de retórica y sin caer en la trampa de los plomos policiales.
Cuando al día siguiente recibí el informe del propio Luis Felipe Capacho, me desconcertó el cambio de estilo. La redacción no parecía proceder de las manos que recogieron la libretilla del pecho del cadáver. El tono era muy distinto. Al pasar a la descripción de las lesiones, Luis utilizaba un estilo muy propio para la loa de las damas de honor, pero no para la burocracia judicial. No en vano era el poeta señalado por el pueblo. Se esmeró en la descripción del rostro de Tatiana, porque para él la muerte de la rusa representaba algo más que una mera instrucción. Avisado de mi afición literaria, el joven secretario me mostraba lo mejor de su pluma: acudió al ripio y a los tópicos bucólicos sin ningún rubor y con la mejor de sus intenciones. Así como en la escena del crimen hubiera querido ser un personaje de ficción, en la expresión escrita abandonó este papel para someterse a los mandamientos de su profesión, a sus pasiones y a su afición manifiesta por las coplas en honor a la patrona.
Luis Felipe no mencionaba el enorme boquete por donde rebosaban las entrañas de la rusa. Pasaba por alto la crudeza de la escena. No se atrevía a describir aquella atrocidad porque no se ajustaba a la adoración que transmitía su lírica. El informe no servía para la instrucción, pero sí para participar como representantes del juzgado en los juegos florales del Ayuntamiento. El texto estaba acribillado por signos de exclamación y puntos suspensivos. La fuerza del estilo desnaturalizaba el escenario del crimen.
Luis Felipe andaba enamoriscado de Tatiana -ella rozaba los dieciocho años y él no tenía más de 27-. El secretario colaboraba a menudo en la redacción del libro de las fiestas y quiso mostrarnos su dominio de la prosa lírica a mí y a la rusa -de forma póstuma-. El informe era todo un panegírico dedicado a la amada muerta. Un tema de lo más clásico en el mundo de la literatura, aunque vulgarizado por la pompa, los tópicos y el artificio.
En cuanto pude, abandoné el salón donde yacía el cadáver. Las vigas de madera crujían avisándome de que me encontraba solo. Luis Felipe había huido entre sollozos. El médico no había llegado todavía y la guardia civil ordenó que nadie molestara al nuevo juez hasta que no finalizara la inspección. Tomé nota de poca cosa. Estaba demasiado despierto para enfrentarme a la realidad y había perdido la costumbre. Me asustó sumergirme solo, sin ayuda, en la tragedia de aquella chica, con los sentidos irritados por la crudeza de la percepción: oía el gemido de las vigas; olía el caldo del ambientador de frambuesa mezclado con el vapor de las vísceras; veía las muescas de los machetes en la madera, las lágrimas secas estampadas en las mejillas; y palpé de nuevo la piel muerta. Su tacto me despertaría por la noche para hundirme en un duermevela que me poseería sin mi consentimiento y me llevaría a las profundidades del insomnio…
Apenas tomé algunas notas vagas. Salí de allí sin atender a los requerimientos de guardias y curiosos que esperaban en la puerta. Di permiso a la guardia civil para que analizara el lugar del crimen. Les pedí que llamaran con urgencia al médico y pregunté a los empleados de la funeraria si llevaban la bolsa reglamentaria para trasladar el cadáver hasta el depósito. Me miraron como dos colegiales a los que se les hubiera cogido en falta.
-¡La bolsa, coño!, ya te dije que se nos olvidaba algo -volvieron al coche fúnebre y salieron derrapando hacia un destino desconocido.


Al día siguiente, sin apenas haber dormido, recorrí las calles del pueblo de arriba abajo, sometido a las mismas angustias que me empujan siempre a los mismos sitios. Pasé por delante del bar Miami, pero había que huir de la tentación. Casi me había salido del pueblo. Diez minutos andando y ya las viviendas escaseaban. Vi el campo abierto, expuesto al sol con el mismo impudor que el vientre de la rusa. Seguí la umbría de un camino bordeado de cipreses hasta desembocar en la entrada del cementerio. De los muros encalados colgaban coronas de flores marchitas que recordaban a antiguos fusilados sin olvido. Traduje el lema latino que flanqueaba la cancela: “Por esta puerta se pasa a una nueva vida”. La muerte me acompañaba a todos lados: me abordó con descaro en un caserón con olor a frambuesa; y, ahora, ululaba en el cementerio, entre las ramas de los cipreses. La leyenda de la puerta se mofaba, sin lugar a dudas, de mi proyecto de ascetismo.
Volví sobre mis pasos. Era inútil seguir un camino que conducía a una infinita paramera de rastrojos. Se imponía el regreso al alcohol. Las circunstancias no acompañaban a la regeneración. La muerte y el paisaje se reían de mis proyectos de cambio. Alguien con mucha retranca, no cabía duda, había grabado en el cementerio la inscripción en latín con muy mala intención: “Hic novae vitae porta est”. Humor negro y lenguas muertas, dominio de esos lugares donde nunca pasa nada. Alguien se burlaba de mi destino. Un hado o un guía turístico jugaba conmigo y preparaba bromas de mal gusto en las puertas de los camposantos.
Y pese a todo, resistí. Al entrar de nuevo en el pueblo, me topé con una fachada que me iluminó: los colores de la bandera francesa rompían la monotonía del paisaje para apoyarme. La recaída en el alcohol se veía postergada por el anuncio de una barbería. Sobre la puerta destacaba el clásico cilindro de peluquería, dentro del cual giraba mareante la espiral del blanco, el azul y el rojo. Una invitación para entrar en un refugio donde adecentarme y salir nuevo al mundo. Entendí el signo de inmediato, para algo me habían servido mis pinitos en semiótica trascendental -otra ocurrencia de mi colega Servando, la de inscribirnos en cursos de verano a los que solo acudía yo-. El mundo nos ofrece en cada esquina algo que descifrar, una señal que concierne a nuestro destino. Así suelo ver yo la vida desde que asistí a ese cursillo de semiótica: como una página cifrada en la que está descrito el camino, solo hay que empollarse el código de la circulación trascendental para estar atento a los cruces con trampa y a las curvas sin peralte. Con quien no contaba era con el bufón trágico que me perseguía sin piedad.
La espiral tricolor que subía y bajaba sin interrupción ocultaba un mensaje: nada se destruye, todo se transforma, todo gira en el interior de una cápsula cilíndrica, dios es un barman nihilista que agita un cóctel cromático… Todas estas explicaciones y alguna más le encontré al anuncio de la barbería. Luego las apliqué a la circunstancia: no podía rendirme, debía seguir con mi propósito de cambio, debía aprovechar esa peluquería redentora y tomarla como el Leteo, el río mítico donde se bañan los héroes para ahogar en el olvido sus preocupaciones. Era necesario sumergirme allí para limar las costras del sol y aligerar la cabeza del peso de la muerte.
Esperaba encontrar en la peluquería a un barbero viejo, charlatán y bonachón, que con sabiduría supiera amueblar la conversación y dedicarme unos minutos de compañía que me venían haciendo mucha falta. Un demiurgo-rapador al que entregar mi cabeza para que la purificara y la despejara de la maleza que la cubría. Decidí afeitármela para comenzar con un aspecto nuevo mi nueva vida de asceta.
En el estrecho habitáculo, apenas había sitio para una mesa camilla, un perchero, un sillón de barbería y la nariz de cuervo de Mario Vélez, un peluquero que recibe a los clientes con la humillación propia de las aves carroñeras cuando escarban entre las vísceras. Nadie esperaba turno, tampoco el viejo que custodiaba la mesa camilla y me observaba de reojo.
-¡Buenos días!, este no va a raparse –me anunció Mario-. Solo viene aquí a alcahuetear.
El amigo del peluquero se entretenía con una revista que le regalaba chicas desnudas, arrugadas por la antigüedad del papel. Marcos alternaba la atención entre la foto de una rubia que en la actualidad andaría por los 60 y el nuevo cliente que acababa de entrar, avejentado también por el manoseo de la tragedia y el vicio -yo mismo-. El nacimiento del pelo casi se fundía con sus cejas, lo que le daba un aspecto aún más silvestre que el del propio Mario. Ese detalle terminó de animarme al rapado completo.
-Pero, hombre, ¿cómo va usté a presidir los juicios así? Permítame que le haga un arreglo de navaja y verá cómo le luce.
-¡Ah!, ¿me conoce?
-Hombre, claro. Es usté don Javier Castrado, el nuevo juez, el que va a lidiar con el asesinato de la rusa. No somos muchos aquí, ¿sabe? Las noticias vuelan.
-Ya, ya veo.
-Entonces, ¿no lo rapo al cero, verdad? Con ese traje claro tan elegante no le pegaría nada ir así. Además, le quitaría, ¿cómo le dicen ahora?
-Glamour, le dicen glamour –dijo Marcos sin levantar la cabeza de la revista.
-Eso, glamour.
¡Que me quitaría glamour ir rapado!, no era mi día de suerte. Esperaba encontrar un hombre sabio, prudente, un guía espiritual al que seguir; en cambio, las palabras del barbero enseguida me despertaron del sueño mitológico para devolverme de súbito a la grosera realidad. Quizá lo que daba glamour en ese pueblo era la cortinilla con la que Mario intentaba cubrirse la calavera sin conseguirlo: cuatro pelos aceitados que le atravesaban la calva para disimular la alopecia y la decrepitud. El guardián mitológico del Leteo era un personaje de tebeo.
El viejecillo de la frente escasa seguía en la silla de anea sonriendo entre dientes. No sé si a causa de la lubricidad de la revista o imaginando a los reos muertos de risa ante un juez sin glamour. Sobre la cabeza de Marcos Rémora, una imagen de la patrona del pueblo y un póster ahumado de la selección española de fútbol disimulaban las mataduras de la pared.
El elevado volumen del radiocasete le restaba gravedad a la conversación. La música sincopada de la máxima actualidad discotequera intentaba modernizar la rusticidad del local. Me hacía sonreír mi imaginación: veía al peluquero y a su amigo -cuando faltaran los clientes- convulsionándose al son de los ritmos juveniles, que hacían vibrar al aparato sobre el dintel de la ventana. 
-¡Que me rape, haga el favor!
-El señor manda, pero si va a parar mucho por aquí, le repito que yo no lo haría. Respetamos a la gente con glamour.
Ni mi tono más autoritario -con el que solía acallar a los acusados-, ni la violencia de una nueva pieza de percusión cibernética, fueron suficientes para detener la cháchara del barbero.
-¿Y qué me dice de esa muchacha?, ¡menuda desgraciada!
-Pues no le digo nada, porque los casos en los que trabajo no los voy comentando por ahí.
-No se preocupe, ya le digo yo. En cuanto amaneció por el pueblo, ya sabía que no iba a terminar bien. ¿Es así o no, Marcos, lo dije o no lo dije? –el viejo asintió con indiferencia y pasó la hoja de la revista con dificultad, forcejeando contra la humedad y el tiempo para disfrutar del póster central-. Estas extranjeras que amanecen por el pueblo no se dan cuenta de que trastornan al personal. No estamos acostumbrados a las rubias naturales y menos de esa altura, ¿es verdad o no, Marcos? –sonrió con la complicidad del amigo, mientras seguía sonando la cacharrería de una música estrepitosa que apenas permitía entender lo que se hablaba.
-¿Qué quiere decir, que cuando aquí no están acostumbrados a algo se lo quitan de en medio?
-No, hombre, no. No me entienda mal. Aquí nunca ocurre nada de eso, ¿verdad, tú? Aquí nunca ocurre nada. Del último suceso casi no me acuerdo, aunque también fue sonado, sonado, y también asunto de vientres. Fue lo de Justo, el otro barbero.
-¿Qué le ocurrió?
-Justo es sordomudo, pero hablaba por los codos, como le digo, por los codos. No paraba de chapurrear y hacer cucamonas para que lo entendieran. Se le iban los parroquianos porque cascaba como un demonio, con ellos y con su mujer, que es también sordomuda y siempre andaba por la barbería. ¡Pues no me hice yo con clientes suyos!, ¿verdad, Marcos? –el viejo ni siquiera se molestaba ya en asentir, aunque seguía la conversación, por lo que yo podía ver a través del espejo-. Entre la tabarra que les pegaban el sordomudo y la cansina de su mujer, los clientes fueron huyendo de la barbería a chorros. A Justo le gustaba ir de putas y a ellas también les ponía la cabeza como un bombo. Eso me lo han confirmado, no ellas (que no las trato), sino puteros que las conocen. Al mudo no se le entiende nada de lo que rumia, pero él cree que sí. Bueno, pues su mujer se enteró de que lo engañaba y de que se gastaba lo poco que sacaba de la peluquería en los puticlubs. Una tarde, ella esperó a que se fuera el último parroquiano y sin decir ni “mu” se tiró sobre su marido y le clavó unas tijeras enrobinadas en la barriga. Las sordomudas son muy traicioneras, ¿verdad, tú?
-¿Y murió?
-No, ¡qué va! Solo le hizo un agujero en el mandil y otro en la tripa que le sirvió para no cascar tanto y para dejar de follar. El mudo volvió estéril a la barbería, por lo de la infección y, eso sí, más callado. Desde entonces el muy cabrón me roba la clientela. Todos van a verlo para enterarse del chisme y por reírse de él; y ahora que quieren que les hable, aunque sea por señas, Justo calla y se enfada cuando le nombran a la parienta. Hasta este estuvo rondando por allí, ¿es verdad o no?
-Muy poco –salió de su mutismo Marcos, cuando Mario comenzaba a enjabonarme la cabeza para despojarme del último rastrojo que había quedado tras el paso de la maquinilla. Vi al hombre sin frente en el espejo y no me arrepentí de mi decisión.
-Pero aquí no andamos matando gente, ni extranjeros, ni siquiera sordomudos. Para que se haga una idea: a mí me joden los granos, les tengo un asco que no los puedo ver; y siendo barbero, tienes, quieras o no, que lidiar con ellos. Algunas veces, cuando afeito a navaja, me encuentro con uno de esos de cabeza amarilla. Los veo muy de cerca y aumentados por las gafas. No lo aguanto, me dan ganas de rebanarles el pescuezo a todos los que el pus está a punto de reventarles la piel. Y ¿lo hago?, pues claro que no. Me aguanto las ganas porque arruinaría el negocio y porque uno tiene sesera y sabe que no puede ir cortando pescuezos por mucho asco que le den los granos. Uno tiene principios y sabe atarse los machos y así ocurre con casi todos los que vivimos en este pueblo. Lo que pasa es que a uno no lo pueden estar provocando de contino: no sería de ley que por conocer mi manía, todos los chavales con granos reventones se plantaran aquí para que yo rabiara al afeitarlos. Llegaría un día en que tendría que abandonar el oficio o si no, al final, a alguno le pasaría la navaja barbera por el galillo. No se puede andar achuchando los malos instintos de la gente. Todos los tenemos. Hace falta cuidar las formas para no prenderlos. Este pueblo ha sido siempre muy tranquilo hasta que empezó a venir gente extraña, empezando por los mudos. ¿Es así o no, tú? -Marcos seguía empeñado en la operación de separar las páginas de la revista.
-Explíquese mejor, me he perdido.
-Estas extranjeras pervierten a nuestras muchachas y marean a los hombres; bueno, ellas, la televisión, los móviles y el internet. Los varones tenemos esa querencia que nos empuja hacia las mujeres (como el que a mí me empuja a cortar el cuello de todos los que tienen granos), y nos la aguantamos hasta que no podemos más. Tenía que haber visto a la rusa pasar por aquí: menudo buche y menudas ancas. Me sacaba una cabeza (a este, tres) y siempre con unos leotardos bien pegados a los muslos, que le marcaban hasta el apellido. Con 18 años sin cumplir, ¿dónde coño iba? Y esa melena rubia y esos morros de perdida y ese pendiente en la ceja. Y así un día y otro, paseando arriba y abajo, por la calle Mayor, a las horas en las que se da garbeos la gente; y así un día y otro, y los hombres mirando sin parar y las muchachas del pueblo intentando imitarlas; y así un día y otro. Lo que le digo, como si yo tuviera que atender cada tarde a dos o tres que hubieran pillado la viruela, pues que no aguantaría el tirón. Eso le ha pasado.
-¿Quiere decir que a la chica la asesinaron por pasear demasiado por la calle Mayor, por ser bien plantada y por llevar un piercing?
-No, no me entiende usté. Aquí tenemos chicas tan guapas como ella y hasta más extravagantes, pero no se pavonean así. No pasan por la calle encalabrinando a los hombres, no tienen ese descaro ni son tan altas, ni se dejan ver a todas horas, ni ponen esa cara de no importarles nada. Además, no conocemos a su padre, ni a su familia. No había ninguna linde que detuviera a los hombres. Se barruntaba que no iba a terminar bien esa muchacha, ¿es verdad o no que lo dije, tú?
No terminé de comprender el discurso del barbero o más bien no quise entenderlo. Tampoco valoré su calidad de profeta. Sus palabras nacían de la inconsciencia o de las pocas luces o de sus perversiones o de la insalubridad del local o de la algarabía producida por el martilleo del radiocasete. Las completó con algunos detalles, tras bajar unas décimas el volumen del aparato.
-La chavala iba siempre con otra extranjera, no sé de dónde, de uno de esos países nuevos que se ha inventado la televisión. Las teníamos siempre ahí enfrente –señaló Mario unas escaleras que se veían con dificultad a través del cristal empañado, que Marcos aclaró con el vello de su antebrazo-, ¿verdad, tú? Se pasaban las horas muertas ahí sentadas en cuclillas, sin hablarse, amorradas a los móviles. Este no sabía si mirar a la revista o a la calle –señaló el barbero a Marcos para sacarlo de su mutismo.
-A mí no me líes –lo amenazó con el dedo extendido y volvió sobre la revista.
-Desde que aparecieron por el pueblo, no hacían otra cosa. Hace una semana pasó algo, aunque ya había ocurrido antes.
-¿Qué?
-Llegaron los chulos del puticlub rascándose los huevos. Dos extranjeros mucho mayores que ellas. Y discutieron. No sabemos lo que les soltaron, no hablan en cristiano. Este y yo estuvimos asomados a la cortina hasta que Anastás volvió la cara hacia la puerta de la barbería y tuvimos que apartarnos. Se llevaron a la otra, a la Ana, creo que se llama. A la Tati le dieron un bofetón y se quedó sentada llorando. Podríamos haberlas ayudado, pero no nos gusta olisquear en las cosas de nadie. No somos como las mujeres. Nos quedamos aquí adentro, viendo cómo lloraba la muchacha, hasta que se fue –volvió la vista hacia Marcos, pero ya no requirió su consentimiento.
La peluquería no era el Leteo, ni mucho menos. Sin pretenderlo, estaba de nuevo metido hasta el tuétano en la tragedia de una chica que solo debería haber tratado en la instrucción judicial. El peluquero no me había ayudado en nada, todo lo contrario: me acercó al ambiente de la víctima, reconstruyó sus peripecias y comencé a verla a través de un microscopio que siempre terminaba por dañarme el ojo.
-¿Esto se lo habéis contado a la guardia civil o a la policía?
-¿Para qué?
-Mañana os quiero en el juzgado a los dos. A partir de las doce.
Marcos Rémora arrojó la revista al suelo y volvió a hablar y blandió un dedo amenazador para marcharse sin más.
-¡Mecagüen tus muertos, Mario!
-No le haga caso. Tiene un pronto jodido, pero luego no es nadie. Y aunque lo fuera, con el metro y medio que mide no se puede permitir el lujo de ser muy hombre. No sé para qué nos quiere allí, si ya se lo he dicho todo. No sabemos nada más. Además, esas chavalas no podían acabar de otra manera: o en el puticlub o destripadas en un ribazo. Es ley de vida. La gente no puede hacer lo que se le pasa por las narices, no puede torear sin un orden. El público está ahí, esperando sus pases de pecho. Los que somos de aquí lo sabemos porque hemos vivido siempre con nuestras lindes, nos conocemos, pero estas chicas de fuera no se preocupan por aprenderlas y así les va.
La Revolución Francesa no había dejado ningún legado en la barbería, excepto los colores de la bandera. La tauromaquia, sí. De puertas adentro, solo destacaban por su modernidad el aporreo mecánico de la música de discoteca y el póster de la selección. Los personajes y el ambiente se habían merendado por lo menos doscientos años de civilización, si no era alguno más.
La citación en el juzgado apenas alteró a Mario. Siguió con su retorcido sermón sin que el hecho de tener que declarar le intimidara lo más mínimo. O es posible que se atuviera a normas de la casa que para mí eran desconocidas: hasta que no me embadurnó de loción y me cepilló los hombros, no paró de recitar el código medieval de conducta que debía seguir todo el que se arriesgara a cruzar la frontera del pueblo.
El olor de la loción me molestaba. Se colaba por las narices con la violencia de un aroma rancio que concentra las propiedades de la irritación y la permanencia molesta. Me dirigí con prisa hacia la pensión en la que me alojaba. Me apetecía remojar toda esa cháchara del barbero para ahogarla, para no reconstruir la vida que comenzaba a dibujarse alrededor de la malograda Tatiana, pero había que aguantar. Debía mantenerme fiel al símbolo que se me había presentado para indicarme el camino del ascetismo. Me acaricié el cráneo sin glamour para insuflarme ánimo.
El fuerte olor de la loción con que Mario me había embadurnado la cabeza se filtró por alguna parte del cráneo para aturdirme. Era como si el barbero, convertido en brujo de feria, me hubiera untado la piel con un elixir mágico que impedía la sudoración y me sofocaba. El veneno trabajaba con la eficacia del amoníaco en las superficies cubiertas por la suciedad: eliminó todo resto de podredumbre, arrastró las sustancias que me permitían desarrollar todavía un raciocinio discreto, y me irritó el paladar y la pituitaria. Necesitaba una ducha fría para acabar con las propiedades del ungüento que me obturaba los sentidos y no me permitía pensar. La loción Floïd era demasiado agresiva, molestaba tanto que no aproveché sus beneficios narcóticos.
En cuanto salí de la ducha, me encontré mucho mejor. Había resistido por segunda vez los envites de los tugurios y el aroma de la loción quedó desvirtuado por el poder del gel de coco. Sin embargo, no resistí la tentación de abrir el ordenador y teclear el nombre de Tatiana Vólkova en la barra del buscador de Facebook. No tenía remedio.
La página estaba abierta para todo el mundo. No había ningún filtro, ni nadie se había tomado la molestia de cerrarla tras la muerte de la chica. A primera vista, en las fotos de su perfil, cualquiera hubiera creído que se trataba de una actriz o de una modelo. Sobre la mesa de matarife, la frescura del rostro había desaparecido, apagada por el espanto. Cuando la observé con más serenidad en la pantalla del ordenador, me deleité con la exótica armonía de sus facciones y sentí ese escalofrío que nos sacude cuando se le añade un gesto animado a quien hemos conocido desfigurada por el dolor y la muerte.
Su seriedad llamaba la atención en esas fotos donde las adolescentes suelen afectar una alegría exagerada, producto de la neurosis que provoca la exposición pública. Tanya -como se hacía llamar- aparecía hierática en casi todas las imágenes, exhibiendo unos rasgos perfectos que se ensombrecían con la tristeza locuaz de la mirada. Se la veía frágil y a la vez segura. Su belleza le proporcionaba un salvoconducto de autoridad entre las chicas que posaban junto a ella. En todas las fotos se mostraba ajena al jolgorio y a la fiesta que se vivía a su alrededor, como si hubieran colocado su imagen de manera fraudulenta entre las risueñas y alocadas muchachas que la acompañaban.
La visita en Facebook fue más larga de lo que me prometí. Leí algunas de las conversaciones, intrascendentes, sin ningún interés y me detuve en cada una de las imágenes. En una de ellas, tomada en una discoteca o en un bar muy concurrido, descubrí en segundo plano un rostro muy familiar, el de Luis Felipe Capacho, el secretario judicial que me acompañó en el levantamiento del cadáver. Se le veía en un segundo plano, desenfocado, detrás del grupo de chicas y chicos que alardeaban de chupitos y embebían los labios para besar el objetivo. Solo Tanya permanecía impasible, en el centro, de negro, con un rictus que no se ajustaba al desenfado de sus compañeras. Luis Felipe era testigo de la escena, como un actor secundario en el que no se cae si no se le conoce personalmente.
El descubrimiento del secretario entre las fotos juveniles despertó mi enfermiza imaginación literaria. Tracé varias tramas criminales que acabaron con la relajación que me había proporcionado la tropical fragancia del gel. Tengo que racionarme las novelas negras. Influyen demasiado en mis reflexiones, están siempre presentes en mi trabajo y no me ayudan en la resolución de los casos. Invento tramas enrevesadas y personajes atormentados que, al final, no responden en absoluto a la realidad. Encuentro en las fotos, en los detalles más insignificantes, todo tipo de pistas falsas, por culpa de las malas digestiones que me provoca la lectura de estas historias.
Volvía a caer en los mismos errores, salvo que en esta ocasión lo hacía sobrio. Copiaba el comportamiento y las investigaciones de los detectives de ficción para evitar la consternación que me produce la violencia real. Comencé con esta afición a las novelas policíacas convencido de que leerlas me ayudaría a resolver casos. Ciertos autores suelen aprovechar hechos reales para componerlas; pero nunca me valieron de nada, solo para la evasión: imitaba los roles de sus protagonistas, aunque deformados por el grotesco arte de la realidad, que convierte en patéticos los nobles rasgos de los personajes literarios.
Esa foto en la que aparecía en segundo plano el secretario me hizo sospechar de él al instante por influencia de la ficción y por su extraño comportamiento en la escena del crimen. Pero ya estaba escarmentado de sospechas adulteradas y las aparté en cuanto me tumbé en la cama.
Antes de cerrar Facebook, me paseé por la corta lista de amistades de Tatiana. No estaba Luis Felipe, pero sí una tal Agnes, que aparecía en varias fotos, rubia y alta como la rusa. Seguramente era la Ana a la que se refirió el peluquero, la que se fue con los chulos que golpearon a Tatiana. Intenté entrar en su perfil, pero me lo impidió la prudencia de Agnes. Su página estaba encriptada y no pude visitarla.
Me quedó la tristeza del rostro de Tanya. Detrás de sus ojos limpios, casi transparentes, se escondía una intranquilidad que enturbiaba de misterio la perfección de sus rasgos eslavos. Los labios encendían con vivo color la sordidez de una juventud que no parecía tal. Aquella fijeza en la melancolía no era la de una chica de 18 años, sino de muchos más. Tanya se rodeaba de jovialidad, de locura, de juerga, pero no participaba de ellas. Quedaba en el centro de la fiesta, incrustada como una corona de flores en mitad de un cumpleaños, estigmatizada por el anillo que le atravesaba la ceja. Rotunda, magnífica, con las potencias de mujer exaltadas hasta la indecencia, pero apagada por un interruptor oculto que la desconectaba del mundo febril que la rodeaba.
El caso tenía todos los ingredientes de una novela nórdica: víctimas rubias, sospechosos exóticos, fotos con pistas escondidas y una violencia cruel que había acabado con una muchacha de casi 18 años. Me veía a mí mismo, como tantas veces, convertido en clásico protagonista de estas historias: borracho, abandonado por mi pareja, de uñas con la vida y con deseo de cambiar de aires para no enfrentarme a mis demonios. Pero esa noche estaba sobrio, recién duchado, con olor a gel de coco y con un ligero resto de loción Floïd que se diluía poco a poco, muy poco a poco. Siempre falla algo en la puesta en escena de mis investigaciones, siempre hay algún detalle que tuerce la resolución de la trama y me frustra como protagonista de novela negra. El pueblo donde busqué refugio tampoco era muy adecuado para convertirlo en escenario de las historias que en Madrid me solía beber con la misma ansiedad que los cócteles.
Quería abandonar la manía de imitar a los protagonistas de ficción y evitar también que ellos me copiaran a mí. Desde que llegué a Almente no había probado los cócteles exóticos a los que me aficioné en la ciudad. Aborrecí los licores que regaban las novelas americanas, hasta tal punto que dejé en Madrid la mayor parte de mi colección de narrativa policíaca. La poesía es una compañía más adecuada para quienes se entregan a la vida ascética; además, no conozco a ningún personaje de novela negra aficionado a la lírica. 
Cuando terminábamos la jornada en los juzgados de Plaza Castilla, Servando y yo bajábamos a los bares, obsesionados por estas novelas a las que nos habíamos enganchado y que relacionábamos enseguida con nuestros casos. Ninguno de los dos había probado el burbon, ni el Dry Martini, ni el Rose´s Lime Juice, ni otras pócimas novelescas. Nos introdujimos juntos en un mundo de ficción que atravesábamos agarrados al vidrio de los conos invertidos y aturdidos por los alcoholes de fantasía. Creía distinguir entre la realidad y la ficción, pero desde que me sirvieron la primera copa de burbon en la coctelería Del Diego, he visto repetidos en mis carnes todos los tópicos de las novelas policíacas, con salvedades: pocas veces resolvemos los crímenes y yo no tengo madera de protagonista de ficción.
Fue una de las causas para pedir el traslado a un lugar tan ajeno a los libros como a la furia de la civilización. Yo, un urbanita de nacimiento, me arriesgué a someterme a la monotonía de la vida rural con la esperanza de abandonar los derrotes grotescos que me habían embarrado en el alcohol y el plagio. Pero no me esperaba el escenario con el que me encontré al poco de llegar, tan similar al que había abandonado y, para colmo, tan cercano a una mala versión de una novela nórdica que parecía preparado por un canalla para que no pudiera levantar cabeza, y menos aún para disfrutar del letargo con las palomas y los barrenderos.