lunes, 12 de diciembre de 2016

"En las profundidades del bosque alemán" por Sergio Molina


«Voces de una amabilidad indescriptible me hablaron desde arriba, desde los árboles: “No llegues a la oscura conclusión de que todo cuanto hay en el mundo es duro, falso y malvado. Ven a vernos a menudo; al bosque le gustas. En su compañía encontrarás salud y buenos ánimos de nuevo, y abrigarás más elevados y preciosos pensamientos». El escritor Robert Walser daba cuenta de este singular paseo berlinés en uno de sus artículos publicados en la prensa alemana y recogidos en el libro Berlin Stories. A Walser, que sería internado en un psiquiátrico años más tarde, pasear por el bosque le apaciguaba el alma. El silencio y la presencia imponente de los árboles, como columnas, «como en el interior de un templo», le transmitían la paz y serenidad que no parecía encontrar en otras partes. Que apareciera muerto en un campo helado el día de navidad de 1956, tras un paseo por el bosque cerca de su psiquiátrico de Herisau en Suiza, no deja de ser un oscuro y poético desenlace. El bosque, en Alemania, arroja luces y sombras. Alimenta mitos, rinde leños a las leyendas contadas al calor de las hogueras y acompaña con su frondosidad la turbulenta historia del país. En pocos sitios puede tomarse mejor el pulso de la historia y el mito alemán que en las profundidades del bosque.

La emboscada de Teutoburgo
Deutschland? Aber, wo liegt es? Ich weiss das Land nicht zu finden
(¿Alemania? ¿Pero dónde está? No sé dónde encontrarla)
Se lo preguntaba Schiller, retóricamente o no, en uno de los poemas recopilados en Xenien, junto a Goethe. No era una pregunta gratuita, pues la Alemania de entonces era un territorio históricamente «desgarrado y dividido», en palabras de Hölderlin; dividida en unidades políticas de distinto tamaño y complejas lealtades, como las múltiples partes de un puzle imposible; desgarrada por los contratiempos europeos; y unida, tal vez, con el idioma como única brújula de un destino común. En ese contexto, tal vez la pregunta más acertada, entonada al ritmo de las canciones patrióticas, la formuló Ernst Moritz Arndt: «¿Qué es la patria alemana? ¿Es Prusia? ¿Es Suabia? ¿Es el Rin, donde florece la vid?». Para remontarse a los mitos fundadores de la nación, hay que viajar lejos, adentrarse en la maraña del tiempo y la espesura de los campos, donde crecen los árboles a voluntad.
«Los árboles son santuarios», asegura Hermann Hesse en su libro Árboles: poemas y reflexiones, «aquellos que sepan cómo hablarles y escucharles, encontrarán la verdad». Si los árboles del bosque de Teutoburgo hablaran, contarían la historia del intrépido guerrero Arminio —rebautizado con el germánico nombre de Hermann en crónicas posteriores— que se enfrentó a las legiones de Roma en el año 9 a. C. Era la primera vez que los árboles se ofrecían como escenario para la forja del mito alemán. Como recuerda el exdirector de la Galería Nacional de Londres, Neil MacGregor, en su libro Memories of a nation, «en el bosque de Teutoburgo hay coníferas, hayas y robles. Es inmenso, verde y denso, aterrador y oscuro, con confortables cabañas de madera y alarmantes animales salvajes. Si uno se pierde, tal vez no vuelva a ser visto nunca más». Precisamente de la espesura del bosque se sirveron Hermann y sus guerreros con el objetivo de frenar el avance de los soldados del general Quintus Varus. Allí murió el general, de hecho, emboscado él y sus tres legiones por aquellas tribus salvajes de las que antes había llegado a decir que «nada humano tenían salvo la voz y las extremidades». Según Will Vaughan, profesor emérito del Birbeck College de Londres, «cuando Hermann derrotó a los romanos en el bosque de Teutoburgo, fue casi como si el bosque hubiera estado de su lado». El bosque se erigía así en un personaje más de la historia y la leyenda, usurpando incluso el papel protagonista, como la isla de Perdidos jugando con los destinos de sus desorientados supervivientes. Tal es el impacto de Teutoburgo que sus huellas sobrevivirían al paso de los años, cabalgando los siglos hasta hacerle sombra al nazismo. De este modo, la desolación causada por el bombardeo de las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial se convertía en «el resultado definitivo de esta nueva batalla del bosque de Teutoburgo, que deja grandes extensiones de ciudades alemanas en ruinas», a ojos de W. G. Sebald, en Sobre la Historia Natural de la Destrucción.

Noche y Niebla; Tormenta e Ímpetu
La importancia del bosque le debe mucho a la mitificación que vino de la mano del romanticismo alemán, a finales del siglo XVIII; un romanticismo que proporcionó refugio sentimental a escritores y poetas alemanes ante el imparable avance de las tropas napoleónicas, mientras las tropas de liberación alemanas se refugiaban literalmente entre los árboles. Lo atestigua el cuadro En el puesto del centinela, del pintor Georg Friedrich Kersting en 1815. «¿Dónde está nuestra patria ahora que los franceses se ciernen sobre nosotros?», parecía preguntarse la confusa nación. En un tiempo en el que Francia lucía fuerza y centralismo, el antiguo Sacro Imperio Germánico parecía un amasijo de hierros a los pies de los caballos. La reacción a este complejo de inferioridad alemán, patente en distintos momentos de la historia europea, se serviría de las armas que les ofrecía el romanticismo: una introspección tendente a la melancolía, la exaltación de un pasado que nunca sucedió como tal y el cobijo del carácter nacional a buen recaudo bajo la sombra de un roble. El roble constituye, de hecho, la unidad de medida básica en la larga relación entre el bosque y el pueblo alemán. Para Will Vaughan, el roble ha estado siempre en su imaginario colectivo, como símbolo de fuerza y resistencia, ya fuera contra los romanos o contra Napoleón. Hasta el punto, como recuerda MacGregor, de que las hojas de roble aparecieron, no solo en la condecoración prusiana de la Cruz de Hierro otorgada por Prusia en 1813, sino también en las monedas de la Alemania posterior al nazismo. El cuadro del pintor Caspar David Friederich, El árbol solitario, es otro testigo de esta incondicional relación.

El romanticismo ha sido siempre en Alemania un arma de doble filo. Esta tesis no es nueva, pero pocos la ilustran con tanta brillantez como el filósofo y ensayista Rüdiger Safranski en su libro Romantik, en el que traza una sombría línea genealógica que une a Hölderlin y Hitler como vástagos del mismo padre. Sturm und Drang! Nacht und Nebel! (¡Tormenta e Ímpetu! ¡Noche y Niebla!). No, no se trata de los hechizos del último libro de J. K. Rowling. Estas dos fórmulas, puestas de lado, ilustran las dos caras del Romanticismo: la primera corresponde al nombre del movimiento artístico que lo precedió y con el que se pretendía dar una respuesta a la Ilustración francesa mediante un viraje de la razón hacia los sentimientos; la segunda, extraída de uno de los diálogos de El Oro del Rin de Richard Wagner, fue la fórmula eufemística con la que se conoció la orden del Tercer Reich, en 1941, de eliminar a todos los oponentes políticos del nazismo en los territorios ocupados. La sombra de Wagner y sus nibelungos del bosque, como la de Hitler, está siempre presente cuando la épica chispea al calor de las hogueras.
También junto a la hoguera, los hermanos Grimm fueron otros de los que protagonizaron largas noches con el bosque como telón de fondo. Blancanieves Hansel y Gretel son solo algunos de los cuentos que transcurren allí y que marcarían la adolescencia de generaciones enteras de alemanes. Los cuentos de los Grimm —que editaban además una revista cultural llamada Altdeutsche Wälder (Bosques alemanes antiguos) y en la que recopilaban las costumbres alemanas— cobraban, como la historia de la nación, una tonalidad u otra en función de la misión a la que servían. En los hogares burgueses, los cuentos de los Grimm se leían al abrigo de una manta y una chimenea, en un entorno confortable y apacible, mientras la cálida voz de la madre acompañaba a su hijo como guía en esas primeras ediciones, más oscuras, todavía sin el filtro de Disney. Los cuentos, sin embargo, hallaron también a unos admiradores inesperados en los nazis, que veían en sus escenas una fuente para curtir el espíritu nacional de las generaciones venideras.
Como recuerda Christopher Hitchens en su ensayo Imagining Hitler sobre el Führer —su sombra planeando de nuevo—, «[su] película favorita era la versión de Disney de Blancanieves y los siete enanitos, su actriz favorita Shirley Temple y, musicalmente, prefería la opereta kitsch». Hitler, además de su predilección por Wagner y las boscosas aventuras de los Grimm, decidió instalar su residencia de verano en lo alto de la localidad de Berchtesgaden tras ver el cuadro Der Watzmann de Caspar David Friedrich; un paisaje con los alpes bávaros de fondo, alzados sobre una esplendorosa masa verde. Los nazis se veían a sí mismos como hombres de los bosques, frente a los judíos, un pueblo que venía del desierto. Y si el bosque dejó su huella en el nazismo, el nazismo también dejaría su huella en el bosque: en 1938, los nazis se internaron en un pinar frondoso de la región de Brandenburgo, abrieron la masa forestal trazando una forma irregular y plantaron hileras de alerces, una especie de árbol nórdico de amarillo intenso. Como en una especie de ofrenda a los dioses, la forma y el color trazado por los nuevos árboles conformaba una esvástica enorme que solo podía verse desde el aire. No fue hasta 1992 que se descubrió.

La mitificación de la masa arbórea va más allá de Wagner, Hitler o los Grimm. Elias Canetti aseguró una vez que si bien «el ejército era el símbolo de masas alemán, el ejército era algo más que un simple ejército: era un bosque andante». Es difícil no acordarse en este momento de Walser y Hesse conversando con los árboles, como si se tratara de los ents de Tolkien o el bosque de Macbeth.

El Caminante
Brujas y hechiceros, troles y espíritus no tienen lugar aquí; Fausto y Mefistófeles ya no deambulan alrededor […] hay postes y letreros marcando los kilómetros para cualquiera que quiera ir de Schierke a Elend […] El misterio se ha desvanecido y, con ello, la inquietud, la inspiración.
Las anotaciones corresponden a uno de los viajes a las montañas del Harz de Cees Nooteboom, eterno candidato al Nobel con el permiso de Murakami, en su libro Roads to Berlin. Nooteboom, que hace gala de un lirismo que en la literatura de viajes solo ha sido igualado por Colin Thubron o Jan Morris, se lanzó a recorrer la célebre cordillera siguiendo los pasos literarios y vitales de Goethe; literarios, porque allí, en la alta montaña del Brocken, Goethe recordó en Fausto cómo las brujas se reunían cada 1 de mayo en la ladera de la montaña, inaugurando una tradición alemana que se ha celebrado hasta hoy —celebrada por el ciudadano, no por las brujas, entiéndase—; vitales, porque el propio Goethe, cuya capacidad multidisciplinar está más que probada, se lanzó a recorrer estos parajes, en su calidad de jinete, de escritor, de apasionado por la geología y hasta de alto oficial de la corte de Sajonia-Weimar-Eisenach. Nooteboom, por su parte, no pudo más que echarse la mochila al hombro en calidad de ser humano, seguir su ejemplo y adentrarse en el camino: «Los bosques son buenos para el alma y tengo la imagen de los viajes de Goethe en el ojo de mi mente». El paisaje que encontraría, sin embargo, distaría mucho de ser tan mágico.
La figura del caminante, reflejada en el concepto del Wanderung o excursión a pie, tiene una larga tradición en la cultura alemana; desde los clásicos de la literatura (Heine, Fontane, Hessel, el propio Walser) hasta la pintura (de nuevo Friedrich con el célebre El caminante sobre el mar de nubes) pasando por el cine (Werner Herzog recorrió el trayecto entre Múnich y París para visitar a una amiga enferma), el caminante está anclado, junto al paisaje boscoso, en el imaginario colectivo. En su libro Keeping up with the germans, el corresponsal de The Guardian en Alemania, Philip Oltermann, que vivió gran parte de su vida en Inglaterra, ahonda en las peculiaridades de esta costumbre alemana y en las diferencias con la aproximación inglesa. Según Oltermann, mientras los ingleses utilizan la expresión «we are going to the country for the weekend» (vamos al campo este fin de semana), los alemanes optan por la fórmula «wir gehen in die Natur/ins Grüne» (vamos a la naturaleza/vamos al verde), lo que en su traducción al castellano tiene una connotación mucho más poética y abstracta. Sin embargo, no es una divergencia conceptual sino empírica. Para Oltermann, la actitud de los ingleses hacia «el campo» siempre ha sido muy diferente a la alemana. «El rasgo definitorio de Gran Bretaña no es su paisaje, sino las masas de agua junto a sus orillas. Cuando los británicos cuentan historias sobre ellos, miran al mar y a sus ríos». Desde los poemas de William Wordsworth dedicados al río Támesis («Upon Westminster Bridge»), pasando por los cuadros de Turner, hasta las legendarias aventuras de ultramar (desde Drake a Joseph Conrad), el ruido del oleaje sustituye en el colectivo inglés al ruido de las hojas sacudidas por el viento.

Probablemente mucho tenga que ver en ello, no solo la situación geográfica —Ignacio Peyró recordaba a J. G.Ballard hablando de las islas como «un estado del alma»— sino también la limitada presencia de masa forestal en el paisaje insular. El hecho de que Gran Bretaña tuviera que importar madera desde fuera —la del Imperio era considerada entonces de mala calidad— y la reina Victoria contratara a tres expertos forestales alemanes como asesores (uno de ellos establecería el primer Instituto Británico Forestal) ilustra hasta qué punto no había comparación en materias madereras. Ni que decir tiene que, a diferencia de Gran Bretaña, la masa forestal en Alemania no solo no se había visto amenazada por el crecimiento demográfico o la ganadería, sino que se había mantenido estable en un 30% del total del territorio, lo que más tarde explicaría la notable evolución del partido Los Verdes en la arena política nacional.
«La costa es el lugar al que, en la imaginación inglesa, la nación marcha a combatir a sus enemigos y a recargar sus baterías», asegura Oltermann. El joven Patrick Leigh Fermor, sin embargo, no zarpó para combatir a nadie. El escritor británico, un prodigio de la literatura de viajes, abandonó las islas en 1933 para lanzarse solo a la aventura. Los ecos de Schiller («¿Alemania? ¿Pero dónde está? ¡No sé donde encontrarla!») también debieron resonar en su cabeza mientras el barco de vapor surcaba las olas, dejando el Puente de la Torre al fondo, abandonando el cauce del Támesis y adentrándose en el continente. ¿Existiría realmente aquella Alemania reflejada en las hojas y los cuadros? ¿Aquellas colinas frondosas pobladas de enanos como los de las óperas de Wagner? ¿Existiría realmente el Wels, el Kraken, el Grendel del Danubio?

Cuando Leigh Fermor por fin pisó Alemania, desplegó el mapa, alzó la vista y suspiró:
¡No hay más que ver lo que les sucedió a las legiones de Quintilio Varo a ciento sesenta kilómetros al noreste! Eran aquellas unas regiones inciertas, en absoluto similares a las riberas del brillante Rin: la Frigund del mito alemán, una espesura que proseguía al cabo de dos meses de viaje y el acoso, cuando los unicornios desaparecieron para ocupar su lugar en la fábula, de lobos, alces, renos y bisontes europeos. Cuando llegó la Edad Media no encontró luces que extinguir, pues ninguna había brillado jamás allí.
Más tarde, durante el camino, Fermor surcaría el río junto a los riscos que se ciernen sobre el Rin, allí donde la leyenda de Lorelei, como la de las sirenas del ancho mar, llevaría a los marineros a su perdición; allí donde, según Wagner y los cantores de antaño, el oro del Rin aguardaba a su nibelungo. Lejos le quedaría el Walhalla, el templo erigido en honor a los grandes héroes de la nación alemana, a las afueras de Regensburg, en Baviera; o la cueva de Barbarroja, en Sachsen-Anhalt, en la que, según la leyenda, el antiguo emperador espera que, cada mil años, un cuervo irrumpa en las profundidades de la cavidad para informarle de que Alemania ha sido unida por fin. El mismo cuervo, tal vez, que aparece solitario en el cuadro de Caspar David Friedrich, El cazador en el bosque.
Herfried Münkler, profesor de la Universidad Humboldt de Berlín, asesor de Merkel y autor del libro Los alemanes y sus mitos, recuerda el filo hilo que une el mito y la realidad cuando señala que Hermann Göring comparó la derrota del ejército nazi en Stalingrado con la quema del Hall de Etzel en El anillo del Nibelungo de Wagner; a su vez, la infame teoría de que los judíos estuvieron tras la Puñalada por la espalda, evoca al Sígfrido cuyo único punto débil en el cuerpo era, precisamente, allí dónde la sangre del dragón no le había hecho invulnerable: en la espalda. Así es la historia en Alemania. Un lugar en el que realidad y leyenda se trenzan a lo largo de los tiempos: para dar esperanza a una nación desorientada ante Napoleón; para llenar de épica las mochilas de los hombres echados a caminar; para llevar a la civilización entera a un Teutoburgo total. «La gente que sufre gusta de visitar los bosques», escribió una vez Robert Walser tras uno de sus innumerables paseos. «Para ellos es como si el bosque sufriera con ellos en silencio, como si este comprendiera cómo sufrir y estar tranquilo y orgulloso en su sufrimiento».

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