lunes, 31 de marzo de 2014

"Sadismo del atleta", del poemario "Los placeres y otros fluidos"


Agotarse hasta perder las palabras,
someterse a un ejercicio
que no deje lugar al pensamiento,
subir una montaña
entre nubes
para abandonar la vista
miserable del asfalto
y abrir la boca buscando el aire.
Estirar los músculos
hasta notar que las fibras crujen
y los huesos se quejan,
apurar el sufrimiento
hasta quedar al borde
del desmayo.
Notar que el cuerpo está encendido,
casi roto
por la agonía de una desmesura voluntaria.
Sentir el mordisco del fuego
en todos los miembros,
hasta volverlos ajenos.
Recrearnos en el sadismo
contra nuestro propio físico
para, en el reposo,
encontrar la clave de todos los placeres,
para hallar el gusto del agua
en la propia sed padecida.

Baudelaire, Rimbaud y Verlaine




domingo, 30 de marzo de 2014

El sexo se prueba con los dedos de "Los placeres y otros fluidos"


El sexo se prueba con los dedos
como la sangre que mana de la herida
como las tartas de las celebraciones.
Se esconden los dientes
y se deja a la pericia
de los labios y la lengua
que busquen
las salivas de los besos,
las gotas saladas del vientre,
las humedades de la lujuria,
entre los dedos codiciosos
que rebañan los bordes de las copas dulces,
la nata que rebosa del pastel,
la miel que reposa en el panal.
Se prueba el sexo con los dedos
y se deben relamer las yemas
con la pasión del que vuela en sueños 
sobre la piel de los campos.
Se recuerda hasta la voz de la amada
cuando se descubre entre los labios 
el aroma del sexo en las manos
y se huelen sus escorzos 
de hembra descarriada,
que han quedado entre las uñas.
El sexo se prueba con los dedos,
como la cocaína de una bolsa sospechosa
como el resto de muerte
en las mejillas de un cadáver nuestro.

sábado, 29 de marzo de 2014

"La casa de Boccaccio", Mario Vargas Llosa


El pueblecito toscano de Certaldo conserva sus murallas
medievales, pero la casa donde hace siete siglos nació Giovanni
Boccaccio fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial.
Ha sido reconstruida con esmero y desde su elevada terraza se
divisa un paisaje de suaves colinas con olivares, cipreses y pinos
que remata, en una cumbre lejana, con las danzarinas torres de
San Gimignano.
Lo único que queda del ilustre polígrafo es una zapatilla de madera
y piel carcomida por el tiempo; apareció enterrada en un muro y
acaso no la calzó él sino su padre o alguno de los sirvientes de la
casa. Hay una biblioteca donde se amontonan los centenares de
traducciones del Decamerón a todas las lenguas del mundo y
vitrinas repletas con los estudios que se le dedican. El pueblecito es
una joya de viviendas de ladrillos, tejas y vigas centenarias, pero
minúsculo, y uno se pregunta cómo se las arregló el señor
Boccaccio papá para, en lugar tan pequeño, convertirse en un
mercader tan próspero. Giovanni era hijo natural, reconocido más
tarde por su progenitor y se ignora quién fue su madre, una mujer
sin duda muy humilde. De Certaldo salió el joven Giovanni a
Nápoles, a estudiar banca y derecho, para incrementar el negocio familiar, pero allí descubrió que su vocación eran las letras y se dedicó a ellas con pasión y furia erudita. 
Eso hubiera sido sin la peste negra que devastó Florencia en 1348: un intelectual de la elite, amante de los clásicos, latinista, helenista, enciclopédico y teólogo.Tenía unos 35 años cuando las ratas que traían el virus desde los barcos que acarreaban
especias del Oriente, llegaron a Florencia e infectaron la ciudad con la pestilencia que exterminó a 40.000 florentinos, la tercera parte de sus habitantes. La experiencia de la peste alejó a Boccaccio de los infolios conventuales, de la teología y los clásicos griegos y latinos (volvería años más tarde a todo ello) y lo acercó al pueblo llano, a las tabernas y a los dormideros de mendigos, a los dichos de la chusma, a su verba deslenguada y a la lujuria y bellaquerías exacerbadas por la sensación de cataclismo, de fin del mundo, que la epidemia desencadenó en todos los sectores, de la nobleza al populacho. Gracias a esta inmersión en el mundanal ruido y la canalla con la que compartió aquellos meses de horror, pudo escribir el Decamerón, inventar la prosa narrativa italiana e inaugurar la riquísima tradición del cuento en Occidente, que prolongarían Chaucer, Rabelais, Poe, Chéjov, Conrad, Maupassant, Chesterton, Kipling, Borges y tantos otros hasta nuestros días. No se sabe dónde escribió Boccaccio el centenar de historias del Decamerón entre 1348 y 1351 —bien pudo ser aquí, en su casa de Certaldo, donde vendría a refugiarse cuando las cosas le iban mal —, pero sí sabemos que, gracias a esos cuentos licenciosos, geniales se convirtió en un escritor inmensamente popular. Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas irreverentes y geniales, dejó de ser un intelectual de biblioteca y se convirtió en un escritor inmensamente popular. La primera edición del libro salió en Venecia, en 1492. Hasta entonces se leyó en
copias manuscritas que se reprodujeron por millares. Esa multiplicación debió de ser una de las razones por las que desistió de intentar quemarlas cuando, en su cincuentena, por un recrudecimiento de su religiosidad y la influencia de un fraile cartujo,
se arrepintió de haberlo escrito debido al desenfado sexual y los ataques feroces contra el clero que contiene el Decamerón. Su amigo Petrarca, gran poeta que veía con desdén la prosa plebeya de aquellos relatos, también le aconsejó que no lo hiciera. En todo caso, era tarde para dar marcha atrás; esos cuentos se leían, se contaban y se imitaban ya por media Europa. Siete siglos más tarde, se siguen leyendo con el impagable placer que deparan las obras maestras absolutas. En la veintena de casitas que forman el Certaldo histórico —un palacio entre ellas— hay una pequeña trattoria que ofrece, todas las primaveras, “El suntuoso banquete medieval de Boccaccio”, pero, como es invierno, debo contentarme con la modesta ribollita toscana, una sopa de migas y verdura, y un vinito de la región que rastrilla el paladar. En los carteles que cuelgan de las paredes de su casa natal, uno de ellos recuerda que, en la década de 1350 a 1360, entre los mandados diplomáticos y administrativos que Boccaccio hizo para la Señoría florentina, figuró el que debió conmoverlo más: llevar de regalo diez florines de oro a la hija de Dante Alighieri, Sor Beatrice, monja de clausura en el monasterio de Santo Stefano degli Ulivi, en Rávena. Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas por el resto de la vida. En la magnífica exposición que se exhibe en estos días en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia —Boccaccio: autore e copista—, hay
manuscritos suyos, de caligrafía pequeñita y pareja, copiando textos clásicos o
reescribiendo en 1370, de principio a fin, veinte años después de haberlas escrito, las mil y pico de páginas del Decamerón que poco antes había querido destruir (era un hombre contradictorio, como buen escritor). Allí se ve a qué extremos llegó su pasión dantesca: copió tres veces en su vida la Comedia y una vez la Vita Nuova, para difundir su lectura, además de escribir la primera biografía del gran poeta y, por encargo de la Señoría, dictar 59 charlas en la iglesia de Santo Stefano di Badia explicando al gran público la riqueza literaria, filosófica y teológica del poema al que, gracias a él, comenzó a llamarse desde entonces “divino”. En Certaldo se construyó hace años un jardín que quería imitar aquel en el que las siete muchachas y los tres jovencitos del Decamerón se refugian a contarse cuentos. Pero el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri, que todavía existe. De ese
enorme terreno se ha segregado la Villa Schifanoia, donde ahora
funciona el Instituto Universitario Europeo. Aquí vivió en el siglo XIX
el gran Alejandro Dumas, que ha dejado una preciosa descripción
del lugar. Nada queda, por cierto, de los jardines míticos, con lagos
y arroyos murmurantes, cervatillos, liebres, conejos, garzas, y del
soberbio palacio donde los diez jóvenes se contaban los picantes
relatos que tanto los hacían gozar, descritos (o más bien inventados) por Boccaccio, pero el lugar tiene siempre mucho encanto, con sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos, así como la soberbia visión que se tiene aquí de toda Florencia. De regreso a la ciudad vale la pena hacer un desvío a la diminuta aldea medieval de Corbignano, donde todavía sobrevive una de las casas que habitó Boccaccio y en la que, al parecer, escribió el Ninfale fiesolano; en todo caso, muy cerca de ese pueblecito están los dos riachuelos en que se convierten Africo y Mensola, sus personajes centrales. Todo este recorrido tras sus huellas es muy bello pero nada me emocionó tanto como seguir los pasos de Boccaccio en Certaldo y recordar que, en este reconstruido local, pasó la última etapa de su vida, pobre, aislado, asistido sólo por su vieja criada Bruna y muy enfermo con la hidropesía que lo había monstruosamente hinchado al extremo de no poder moverse. Me llena de tristeza y de admiración imaginar esos últimos meses de su vida, inmovilizado por la obesidad, dedicando sus días y noches a revisar la traducción de la Odisea —Homero fue otro de sus venerados modelos— al latín hecha por su amigo el monje Leoncio Pilato. Murió aquí, en 1375, y lo enterraron en la iglesita vecina de los Santos Jacobo y Felipe, que se conserva casi intacta. Como en el Certaldo histórico no hay florerías, me robé una hoja de laurel del pequeño altar y la deposité en su tumba, donde deben quedar nada más que algunos polvillos del que fue, y le hice el más rápido homenaje que me vino a la boca: “Gracias, maestro”.


viernes, 28 de marzo de 2014

"Siempre dicen que no a la poesía"


Siempre dicen que no a la poesía
porque la vergüenza y el miedo al ridículo
les paralizan las palabras.
Una risa nerviosa sale de sus temblores
y aprovechan que un compañero
recita con titubeos
para descargar su estupor sobre lo desconocido.
Siempre dicen que no a la poesía
porque saben que la palabra sentida
puede desnudarles el hígado
y robarles la ropa interior
en un rapto de sensibilidad
y de rimas.
Casi todos balbucean
y enrojecen con sangre desleída.
casi todos sufren las miradas de los otros
con la resignación del toro maltratado.
Se intentan quitar las banderillas
y mugen con desconcierto ante las puyas
de crueldad gratuita
y suelen pasar el trago acelerando
los versos
hasta que los ritmos y el sentido se pierden
en la refriega.
Todos dicen que no a la poesía,
salvo los que logran espantar a los malditos
que se ríen de su rubor
y consiguen alcanzar las maravillas escondidas
bajo las zarzas y las espinas del disimulo.

viernes, 21 de marzo de 2014

"Sexo entre versos": Del poemario "Los placeres y otros fluidos"



Seca la pluma en los ojos de una mujer,
atraviesa con la mina del lápiz sus rizos de peluquería,
salva los versos en una orilla tranquila
de su sexo
y deja de escribir
para ir junto a sus rodillas.
Lámele las tibias,
rodéale con los brazos los gemelos
y cuando notes el latir de sus palabras
penetra el papel con la punta de los dedos,
déjale la marca de la tinta
en las ingles 
y en los muslos,
araña su espalda 
con el borde del papel
y susúrrale al oído
groserías de carboncillo
hasta que se retuerza entre las sábanas
como un signo de interrogación. 

sábado, 15 de marzo de 2014

"Los placeres y otros fluidos": "La voz de Chet Baker"


Escucho la voz atiplada de Chet Baker
que cubre de pinceles mi consciencia
y convierte la realidad en óleos y acuarelas
desvaídas.
Se filtra la música a través del silencio y hurga 
con el bisturí de un cirujano
que consigue extirpar los tumores del día.
Se lleva la trompeta dos gramos de angustias
y la tímida voz oculta los escombros de lo cotidiano.
Sirve el sonido reconocible para acallar
al espeso rumor de la existencia.
Me eleva la melodía por encima de mis
miserias y dejo reposar mi sangre
junto a las estanterías del tiempo.
Son cinco minutos sin minutos,
la claudicación del reloj,
el fin del espacio.
No se vienen las lágrimas a los ojos
como en la adolescencia,
he perdido la capacidad de la impresión,
la facultad de rendirme en espasmos
ante las cintas de casete,
pero queda ese temblor que cruza los huesos
para estrellarlos contra el suelo etéreo
de lo inefable.

lunes, 10 de marzo de 2014

"Los placeres y otros fluidos": "El amor o la cerveza".


La emboqué con las ansias de un novicio.
Me esperaba en la barra,
burbujeante y rubia como una cortina encendida.
Llegué sin aliento,
desastrado por el ruido y sus conjuntos,
sin saliva entre los dientes,
con ceniza en el paladar.
Nada podía calmar la aridez
con tanta maestría
como su cintura de lluvia soleada.
La emboqué con el ímpetu de un adolescente,
sin detenerme en las normas de cortesía,
sin esperar que el público lo autorice,
sin sujetarme las muñecas con cinta adhesiva.
A veces llegan los placeres sin esfuerzo,
sin merecerlo,
sin escaladas de muros verticales.
No se agradecen igual,
pero se disfrutan con el goce del funcionario
que abre una ventana
y ve volar las instancias del día
arrastradas por la rebelión del viento insumiso.
La emboqué con la ambición de la abeja
que llega a un campo de flores espumosas.
La emboqué y ella no dijo nada,
se dejó hacer
y gozó de mi sed
y se nutrió de mis labios
hasta licuarlos.

jueves, 6 de marzo de 2014

"Este poema no es para Leopoldo Mª Panero"


Si Leopoldo nos oyera,
nos mandaría a todos a la mierda,
por burgueses, por miserables y por advenedizos.
No respetaría nuestras palabras
porque no nacen de las vísceras
y lanzaría nuestros lamentos 
al retrete del manicomio.
No prestaría atención 
ni a una sola de nuestras voces
porque no son dignas de la poesía,
de la verdadera poesía,
de la que se llena de barro
y de escombros
y de excrementos,
tan sucios como nuestra muerte.

miércoles, 5 de marzo de 2014

"Los placeres y otros fluidos": "Rebelión del amanecer"


Hay mañana tan frías
que uno debe abrigarse a conciencia:
con almíbares de piel 
y bufandas de agua helada.
Hay mañanas tan frías
que no apetece nada
saltar de la cama
(podría envolverme entre las sábanas
durante labios y manos enteros).
Hay mañanas tan frías
que lo mejor es abandonarse
al arrullo de las tostadoras
y dejarlas quemar el pan 
del desayuno
(el aroma del humo es un ingrediente más
que ayuda al despilfarro
de la pereza).
Hay mañanas tan frías
que se deberían prohibir
las aceras
y se tendrían que apartar las señales de tráfico
para dejar paso a la oscuridad.
Hay mañanas tan frías 
que deberían volverse 
a casa 
tal y como han llegado,
sin ropa y con la piel entre los dientes
para dejarnos los humores
rebosando entre los sexos.