sábado, 29 de noviembre de 2014

Crónicas cantábricas IV: "Altamira y el nieto de Uñas Blancas"


20 de noviembre de 2014, día de los santos indecentes: muere la duquesa de Alba en la misma fecha que lo hicieron Franco y José Antonio, mientras nosotros seguimos en el turbión de la furia adolescente.
Potes amanece con una frescura que se derrama por las laderas multicolores de los Picos de Europa. Buscamos la costa acanalando de nuevo el desfiladero de la Hermida. San Vicente de la Barquera abandona las barcas de sus pescadores en el estiaje de la bajamar. Un cielo sin nubes, coloreado con ceras Manley, se confunde en el horizonte con el calmo Cantábrico. Nada más: el sol se despereza con fuerza; los muchachos también.
En Comillas marqueses y jesuitas, floripondios modernistas y puertas de soberbia difíciles de cerrar. AMDG, reza el interior de la universidad, aún conservando el lema que Pérez de Ayala utilizó para cargar contra la enseñanza doctrinaria de cerrado y sacristía. En el patio, el nieto de Uñas Blancas nos deleita con su plan para el futuro: un buen martillo para aplastar el rosario electrónico de su madre, una finca con 18 puertas blindadas, un mirador desde donde vigilar sus pertenencias y una soltería permanente que le asegure no tener que compartir la herencia. El nieto de Uñas Blancas marca el paso sobre la pradera: los brazos pegados a los costados, el ritmo mecánico, el acné rezumando entre dos ojos de bondad. Se esconde una sabiduría milenaria tras sus mofletes imberbes y sonríe el viejoven cuando piensa en la fortuna que va a amasar en el interior de una cámara acorazada.
Un arcángel de piedra aletea en lo alto de las ruinas de una iglesia. Es un reclamo publicitario de la muerte: bajo sus alas, los nichos y panteones duermen al arrullo de rosas negras. Un deseo macabro de adolescente insatisfecho: "Qué tranquilo y qué bien se debe de estar bajo la tierra". El sol sigue resplandeciendo en lo alto y el mar pega bofetadas de sal en las narices manchegas. Entretanto, Antonio Banderas se esconde tras los muros de un palacio que solo podemos observar en la lejanía.
Parece que ha pasado toda una vida, pero aún nos queda la tarde. Nos adentramos de nuevo en la máquina del tiempo: la Neocueva de Altamira nos descubre instintos primitivos que nos conmueven. "¡Qué bien y qué tranquilos sin conciencia y con fuego!" Los ritos ancestrales de la caza remueven el espíritu cavernícola de uno de nuestros muchachos, entusiasmado por las escopetas, las miras telescópicas con cristales de Swarowski y las batidas de jabalíes. En su aventura del Paleolítico las botas de vino establecen íntimos lazos solidarios entre padres e hijos para salvar el juicio sumarísimo de la madre nutricia. Uñas Blancas lo observa todo con mirada de anciano codicioso. Cae la noche en la marina. Suances reposa del verano con un sosiego que Delibes disfrutaba entre perdiz y perdiz.

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