martes, 25 de noviembre de 2014

Crónicas cantábricas II: "Ulises y unos radiadores a medio purgar"


Nuestro periplo por Asturias y Cantabria no se priva de prolepsis y analepsis, al estilo de las más atrevidas narraciones. Como si Ulises estuviera narrando nuestro destino, viajamos en el tiempo hacia los orígenes de la Revolución Industrial: las primeras locomotoras y vagones del siglo XIX nos trasladan en Gijón a los tiempos de la Restauración. Se aprietan los chicos en los asientos gastados de un compartimento de tercera que huele a pana y a miseria, mientras una doble exacta de la Vicepresidenta del Gobierno explica las diferencias sociales por medio de los vagones de tren. Huele a hollín y a humedad dentro de la estación de máquinas enmudecidas. En las paredes, carburos, básculas milenarias, fotos en blanco y negro de personajes hundidos en las profundidades de un mundo sepultado por el automóvil.
En la playa de Gijón, los surferos desaparecen engullidos por la pleamar y, como ellos, corremos a las tabernas en pos del chipirón y del oricio robado en las entrañas de Poseidón. Como los navegantes de Ulises, nos rendimos al loto y al encanto de las sirenas.
Saltamos hacia delante con mal pie para visitar la megalomanía franquista de la Universidad Laboral: piedra, bóvedas sin genio, santos descabezados por el rayo y un aire a pan negro que nos arrima a una nostalgia ahumada por el hambre y los militares. Por la tarde los prados de Lastres y la mar omnipresente, encendida sobre la roca y cauta en la arena: poderosa y libre. Un nuevo juego del narrador nos lleva hasta la edad de los dinosaurios: museo de cartón piedra muy útil para ampliar el bostezo.
Ya de noche, volvemos al presente: hotel de carretera cerca de Cangas de Onís, oscuro y misterioso, mucho más que el pasado del Tiranosauro. El trato es propio de la hospitalidad oriental, sin nada que envidiar a la de una isla turca. Reciedumbre y afabilidad, además de unos radiadores a medio purgar.

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