miércoles, 10 de abril de 2013

"En la ciudad de Ursus" (crónicas de un viaje por Rumanía): II y III jornadas "De la decadencia y de las costillas de Teatinos"



La mayoría de los edificios tiemblan ante el miedo de caer derrengados por la falta de atención. También la escuela de arte "Romulus Ladea". Desde la entrada todo es ruina y madera carcomida por la humedad. La práctica viva del alumnado salva el moribundo estertor de sus instalaciones: por los corredores y las aulas se exponen retratos poco precisos, grabados de filigrana, torsos esculpidos en barro, cerámica primitiva de arcilla negra y una sensación de que todo nace de un solar a punto de ser arrasado por las excavadoras, de que el arte sobrevive a la hecatombe, a pesar de todo. 
En el auditorio una recepción de bienvenida ciertamente curiosa: comenzamos con la solemnidad de los himnos (el nuestro con la rancia letra de José María Pemán, fue lo que encontró Raúl en Internet, ajeno a las miserias franquistas de nuestro pasado). Un desconcertante pase de modelos abrió y cerró el acto con trajes recién sacados del mercadillo o de las manos de una moda que a nosotros nos resultaba un tanto chusca. En medio, una loable actuación de alumnos de la escuela de cine, representando escenas de célebres películas: Chaplin, Fellini, Billi Wilder..., buen gusto.
La noche siguiente, cena internacional. Un grupo del mejor folklore rumano lució en sus bailes el clásico cortejo de los rituales primitivos, donde los machos exhiben su hombría con saltos y elevaciones de piernas que para sí las hubiera querido Nadia Comaneci. Se golpean los muslos y los talones para atraer a las hembras que, sumisas, emiten gritos agudos tras ellos y aceptan sus brazos con agrado. El blanco impoluto viste sus cuerpos, símbolo de inocencia y rito de iniciación. Las falditas cortas de los chicos y sus leotardos los convierten en bailarinas hombrunas de caja de música. Los cantos graves de ellos son respondidos con agradables voces de flauta dulce, todo se envuelve en un ambiente de erotismo dinámico y rítmico.
Durante la cena, los platos se exhiben en una larga mesa, mezcladas las comidas italianas, rumanas, turcas y españolas. De entre todos los platos destaca uno por su exotismo y por el proceso misterioso de su elaboración: las famosas "Costillas de Teatinos", que si no aparecen en el Quijote deberían haberlo hecho. Su color sonrosado habla de una exquisitez propia de los manjares que Sancho degustó en las bodas de Camacho, aunque esconden su adobo y su secreta receta (según las malas lenguas se orearon en un yakuzi). Las chicas de Teatinos saborean entusiasmadas las delicias traídas de allende los mares. La fiesta culmina con bailes de enredo en donde los turcos llevan la voz cantante hasta que aparece la figura andina de Luismi, nuestro peruano danzón. El licor de ciruela (la "tuica") engrasa las articulaciones de algunos bailarines. Seguimos rindiendo tributo a nuestro santo patrón y el apóstol Javi se deshoja en la pista de baile ofrendando su deshidratación al patrón que nos guía y nos conduce por la senda de los inescrutables caminos del Señor.

4 comentarios:

  1. Se me saltan los lloros. Sobre todo cuando recuerdo que mi garganta era una lija del tres, sin una birrita que llevarme a la boca.

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  2. Costillas de Teatinos...no suenan nada mal..

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    Respuestas
    1. No sabían nada mal. Que se lo pregunten a las lugareñas (Irene y Susana).

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