miércoles, 21 de noviembre de 2012

FOTOMATÓN (IV): "Un cambio de look"


Nueva entrega de "Foto con Historia". En esta ocasión una foto de impacto sobre las nuevas tendencias en el diseño del cuerpo. Les toca el turno a EVA LUIS y a JAVIER GUALDA, alumnos de 2º Y 1º de bachillerato respectivamente. Suerte y al "piercing". También os dejo, además de la impactante fotografía, mi relato sobre la misma.



Cuando P. H. P., exprofesor de Literatura Universal se contemplaba en el espejo, no se gustaba, su imagen dejaba mucho que desear. En el pueblo todos lucían unos torsos moldeados por la dureza del arado y el esfuerzo de la azada. Las chicas, al ver a los muchachos con los brazos y el rostro bronceados y la blancura espectacular de su torso, se volvían locas y caían rendidas en los brazos de los labradores. P. H. P. tenía un gran complejo, por mucho que labraba, sembraba, vendimiaba, recogía ajos, podaba..., no conseguía moldear su cuerpo como les gustaba a las chicas: con esa robustez propia del campo y ese bronceado fragmentario de ciclista corpulento. Tenía que hacer algo, no podía soportar ese desprecio durante más tiempo y se decidió por una solución llamativa. Llamó a su sobrino, que se dedicaba a enjalbegar las fachadas del pueblo cuando llegaban las fiestas, y le pidió a su hermanastra (criada en cámara desde pequeña debido a su afición a morder a los huéspedes) las anillas con las que la sujetaban a la reja de la puerta. Ni corto ni perezoso, se colocó las anillas en los pezones y se dejó arrastrar por su mula más rápida a lo largo de la labranza de una semana, además de dejarse pintar todo el cuerpo con la brocha gorda de su sobrino. Este es el resultado, ahora solo falta comprobar cuál va a ser su éxito en las próximas fiestas del pueblo. Seguro que se lo rifan.

martes, 20 de noviembre de 2012

García Calvo: "Tu no saber es toda tu esperanza".



Dos sonetos del recientemente desaparecido Agustín García Calvo, irreverentes (en todos los sentidos de la palabra), conturbadores, con el "no" como siempre por bandera, con la esencia del que se deja hablar por otro que no es él mismo, con el escalofrío de las voces que no se oyen en ningún lado, que proceden del más escondido placer de la sabiduría. Lo recordamos ayer Juanan y yo en una conversación intensa sobre su peculiar mirada sobre el mundo. Y un mensaje final que estremece: "Tu no saber es toda tu esperanza".

  Enorgullécete de tu fracaso,
que sugiere lo limpio de la empresa:
luz que medra en la noche, más espesa
hace la sombra, y más durable acaso.
No quiso Dios que dieras ese paso,
y ya del solo intento bien le pesa;
que tropezaras y cayeras, ésa
es justicia de Dios: no le hagas caso.
¿Por lo que triunfo y lo que logro, ciego,
me nombras y me amas?: yo me niego,
y en ese espejo no me reconozco.
Yo soy el acto de quebrar la esencia:
yo soy el que no soy. Yo no conozco
más modo de virtud que la impotencia.
Y otro:
Pero no cejes; porque no se sabe
cuándo pierde el amor, dónde la tierra
volteando camina, ni qué encierra
mensaje del que nadie tiene clave.
Pues el Libro Mayor (y eso es lo grave)
del Debe y el Haber nunca se cierra,
y acaso acierte el que con tino yerra;
ni es nada el mundo hasta que el mundo acabe.
Si te dicen que Dios es infinito,
di que entonces no es; y si finito,
que lo demuestre pues y que concluya.
Pero no hay Dios ni hay Ley que a contradanza
no se pueda bailar. Tu muerte es tuya.
Tu no saber es toda tu esperanza.

FOTOMATÓN "Narcisismo"


Después de una tensa espera, aquí os dejo los dos ejercicios literarios de "Fotomatón" elaborados por las alumnas de 2º de bachillerato, PAOLA CASTILLO e IRENE MADRID. Como podréis comprobar, esto va tomando vuelo: los dos relatos tienen muchas cualidades narrativas, no os los perdáis. Dejo también mi poema satírico:

El de PAOLA CASTILLO:

Había una vez un hombre un tanto peculiar, Narciso se llamaba. Nunca hablaba, no se relacionaba con la gente y únicamente salía de su casa para ir a trabajar, pero casi siempre llegaba el último, pues el camino hacia el trabajo se le hacía eterno: siempre que se encontraba con una superficie metálica que reflejaba su imagen, un espejo o el escaparate de alguna tienda se veía obligado a pararse frente a este para observarse y admirar su persona. Con el tiempo esta obsesión se hacía cada vez más fuerte. Dejaba a un lado todo lo que no estuviera relacionado con su imagen, lo que él no consideraba importante. Un día se olvidó de ir a trabajar. Al día siguiente tampoco fue. Así continuó hasta que quedarse en casa todo el día se convirtió en una rutina para él, que permanecía sentado en un elegante sillón negro con un espejo redondo entre sus manos. Pasaban los días y lo único que veía era su rostro a través del pequeño espejo. Pasaba las horas observando su piel, sus ojos, su cabello, cada día más blanquecino y menos abundante, o sus ojeras, que habían pasado de un color rosado a tener tonos sombríos. Y mientras observaba incansablemente sus rasgos olvidaba todo a su alrededor, todo lo que había vivido, todos los conocimientos que había adquirido, todas las personas que había conocido a lo largo de su vida... cansado de mirar cerró los ojos a la vez que se echaba hacia atrás intentando apoyar su espalda en el sillón. Cuando abrió los ojos se encontró en un entorno totalmente oscuro. La comodidad de su lujoso sillón había sido reemplazada por una superficie fría y rígida como el asfalto y empezó a sentirse desconcertado. Difícilmente se incorporó y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sentado en el suelo. Inesperadamente un punto de luz apareció y poco a poco fue sustituyendo a la oscuridad que reinaba en aquel lugar. Narciso se frotó los ojos con sus manos, pues le costaba ver con tanta iluminación y lo primero que vio fue una cara, el rostro de una persona que él no reconocía. Se asustó bastante así que se puso de pie e intentó mantenerse erguido pero le costaba bastante, ya que tenía una rama de un árbol atada a la espalda. Esa misma rama pasaba por encima de su cabeza como un puente y sujetaba un pequeño espejo redondo frente a él y, aunque quería, no podía mirar a su alrededor, pero en realidad no había mucho que ver, pues aquel lugar estaba totalmente desierto y es que era un lugar olvidado, en el que solo quedaban él, su vanidad y su ignorancia. 


El de IRENE MADRID:

Era un joven conocido por su gran belleza. Todas las jóvenes se enamoraban de él a causa de su belleza, mas él las rechazaba con cruel indiferencia. Sólo vivía para sí mismo y para su cuerpo. Llegó el fatídico día en el que decidió que no podía aguantar más de unos segundos sin contemplar su rostro. Con gran determinación se colgó un espejo delante de su cara. Así, nada más vería su cara en todo momento. Era muy joven todavía para saber lo que hacía. Se volvió más arrogante y soberbio si cabe. Ya no trataba con la gente, porque era tan vanidoso que ni siquiera necesitaba de Dios, se bastaba con él mismo. Cuantas cosas se perdió a lo largo de su vida. El primer beso, la sensación de estar enamorado profundamente, el mejor de los orgasmos, la risa de un bebé, o el simple sonido del mar chocando sobre las rocas. La vanidad le hizo considerarse como individuo sin serlo, le corrompió el alma hasta descomponerla en un desagradable desastre. Acabó siendo uno más de esos asnos que andaban detrás de la zanahoria que colgaba de su cabeza. Para él la zanahoria era su reflejo, al que siempre perseguía, del que nunca se quería despegar. Pasó el tiempo y no fue en vano. Su fornido y bello cuerpo comenzó a marchitarse como las rosas que perecen bajo el duro frío invernal. Las arrugas recorrían todos los recovecos de su cuerpo, que había comenzado a curvarse y a reducirse. Poco a poco se dio cuenta de que un dios nunca habría sufrido esa metamorfosis tan cruel que ahora él padecía en sus propias carnes. Quizás era demasiado tarde, pero aún así decidió retirar el espejo que regía su percepción vital para descansar siendo el humano que toda la vida había evitado. Murió solo, apartado del mundo. Su cadáver acabó degradándose bajo las vastas tierras que le habían visto morir. Al fin y al cabo, la vanidad bien alimentada es benévola, por el contrario una vanidad hambrienta acaba siendo déspota y tirana.

El mío:

NARCISISMO
Era tan narcisista
que escribió una obra maestra
y la reservó para sus ojos.
Nadie la entendería, 
nadie existía con su sensibilidad,
nadie merecía acercarse a ella. 
Era tan narcisista
que guardaba sus pañuelos
en el bolsillo 
y los olía
con placer
cuando nadie lo veía.
Era tan narcisista 
que se enamoró de sus uñas,
las comía con deleite de restaurador
y se horadó el esófago a fuerza de arañazos.
Era tan narcisista 
que contempló su propia muerte
y lloró de emoción
sabiendo que nadie 
podría repetir su hazaña:
reventarse las vísceras con las excrecencias de sus manos,
taponarse las narices con los vapores de sus mocos,
ahogarse las meninges con su propia palabra escrita.




domingo, 18 de noviembre de 2012

Caballero Reynaldo en "El País"



En el suplemento cultural de "El País" (Babelia) del sábado 17 de noviembre, un artículo a media página sobre la trayectoria musical de Caballero Reynaldo y su último disco, "Nuevos testamentos antiguos", en el que colaboro. Me menciona y me llama nada menos que "literato". No se puede ver más, así va el mundo de la cultura. Aquí tenéis el enlace a la página:

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Muchachada Nui y la Edad Media

Una visión cómica sobre la Edad Media de Muchachada Nui y de los Monty Python. Esto si es enseñar entreteniendo o entretener enseñando o entreseñar enteniendo o entreñar ensetriendo o algo así:



El rey Arturo y los Monty Python



miércoles, 7 de noviembre de 2012

"Crónicas del turco (VII y penúltima)" Los placeres nocturnos de Estambul y la mochila mágica.


Los dientes aún se nos pegaban con el azúcar de los pestil köme, el sabor de la salsa de yogur todavía  rezumaba en los rincones del paladar, el sosiego del té seguía acunándonos, la hospitalidad oriental desplazaba cualquier deseo de volver a nuestra tierra, pero había que regresar, debíamos recorrer un tortuoso camino de vuelta, una verdadera odisea en la que nos encallaríamos en más de una isla poblada por monstruos y en más de un puerto tomado por la desesperación. Como Marco Polo, volvíamos por la ruta de la seda y no sé si a él, a pesar de la lentitud de los camellos y los mares embravecidos le costaría más que a nosotros. Gümushane, Trabzon, Estambul-Estambul, Roma, Madrid y San Clemente, ese era el periplo que recorreríamos de vuelta, 36 horas de viaje llenas de escollos, policías mareadores y mafiosos de medio pelo.
Para que no advirtiéramos los peligros del viaje, los anfitriones nos llevaron a un centro comercial en Trabzon, para que nos fuéramos aclimatando a la vida occidental. Como a los astronautas los someten a una serie de pruebas sin gravedad para que no enloquezcan en el espacio y sepan desenvolverse, a nosotros se nos tuvo cinco horas en una urna de capitalismo moderno, alejados del bullicio y el grato desorden oriental. La prueba estuvo a punto de generar sus víctimas: cómo no, el legendario Alejandro, con su sombrero de vaquero del espacio, junto con un compañero rumano se perdieron entre la monotonía de los corredores del centro comercial. Cuando los encontramos, era hora de emprender el camino de vuelta. Nos esperaba el avión en Trapisonda. Los chicos turcos y también los españoles lloraron a moco tendido, les costaba despegarse. No sabíamos lo que nos esperaba al llegar al aeropuerto de Estambul.
Al filo de la medianoche los acontecimientos se sucedían como si estuviéramos envueltos en una película de suspense, con malos incluidos. Nos esperaba un minibús de la empresa que habíamos contratado y que ya había dado muestras de su indecencia en el viaje de ida. Somos 16 y la furgoneta solo dispone de plazas para 14. Un muchacho casi adolescente representa a la empresa con la catadura de un mafioso de thriller de serie B. Nos fuerza a que hagamos el viaje ilegalmente. Joaquina, se niega en redondo, forzando el inglés del muchacho que, pegado al móvil, no deja de recibir órdenes de un supuesto jefe de película de Torrente. Su respuesta: "cancel", "cancel". Quiere dejarnos a los 12 chicos y a nosotros en Estambul a las 12 de la noche sin saber cómo ir al otro aeropuerto a más de 50 de kilómetros del nuestro. Joaquina entra en el juego del forcejeo: "police", "police", amenaza. El mafioso adolescente, con los chicos en el minibús, da un paso atrás: "traemos un taxi para cuatro, pero lo pagáis". Joaquina se niega, nuestro acuerdo estaba cerrado y por escrito. Otra vez el forcejeo de móviles: "cancel", "cancel", "police", "police". Cunde el nerviosismo, y vuelta a empezar. Un taxi para dos (Joaquina y yo). Los chicos se van en el minibús con Eduardo y Paco. Joaquina y yo nos quedamos con el minimafioso esperando al supuesto taxi. Aquí nos vinieron imágenes de todo tipo: nos quitaban la pertenencias y nos dejaban tirados, nos abandonaban en paños menores y sin recursos, incluso pensamos en lo peor. Esperamos al taxi en el edificio frente al aeropuerto, apenas hay nadie.Un silencio tenso nos siega la respiración. Un señor sospechoso pasa dos veces delante de nosotros, mientras el minimafioso no deja de hablar por teléfono a unos metros de nosotros. Joaquina echa mano de la mochila y me dice "si vienen a por nosotros, les damos con esto", no sé lo que lleva dentro, ¿la plancha?, ¿un arma mortífera? Llega el compañero del minimafioso con un cochazo de Miami Vice. Subimos y nos piden el dinero prometido por el viaje, aunque habíamos quedado en que se lo entregábamos al conductor del minibús. Nuevo forcejeo, frenan el coche y amenazan de nuevo, "si no pagáis, cancel". Ya nos veíamos Joaquina y yo en mitad de una carretera oscura a muchos kilómetros del aeropuerto y haciendo autoestop a las luciérnagas. Nos asustamos de veras. Echamos mano del móvil, como ellos. Les decimos a nuestros compañeros que no paguen, que ya lo hacemos nosotros. Entre ella y yo llevamos 125 euros, nos faltan cinco, que reunimos en moneda. Se los damos a los personajillos del coche: "no, en monedas no aceptamos" "people spanish very good", para compensar. Nos asustamos más, nos faltan cinco euros y parece que quieren dejarnos en la carretera. Volvemos a pensar en lo peor. Al final, sin saber por qué, aceptan las monedas. El viaje hasta el aeropuerto en tensión constante, vigilamos que vamos en la dirección correcta, que no nos llevan a ningún agujero para despojarnos de las pocas pertenencias que llevamos. Estoy tranquilo por el arma secreta que esconde Joaquina en la mochila.
Por fin llegamos, respiramos aliviados y buscamos una comisaría de policía para denunciar a la compañía. Las dos de la mañana, en Estambul. Damos vueltas y vueltas, nos dirigen de una a otra oficina sin ningún acierto, yo creo que se están divirtiendo de lo lindo esa noche con los pardillos españoles (Alejandro viene con nosotros y dice muy lúcido, "cuánto se aprende en estos viajes", y se come dos bocadillos). Al final Joaquina y Alicia son llevadas por la policía del aeropuerto a donde presuntamente podrán cumplimentar la denuncia. Les hacen esperar junto a una especie de calabozo del aeropuerto. Y para finalizar la noche de despropósitos les dicen que no pueden redactarla, que nos le da tiempo. Fin del capítulo, vuelta al avión.
El viaje se hace tedioso, tortuoso, no me extraña que a Ulises le costara tanto llegar a Ítaca. Nos detienen sirenas, Circes, Cíclopes y Calipsos modernos. Llegamos a España casi amortajados, envueltos en el cansancio de 36 horas de aventura, aeropuertos y aviones. Cuando al día siguiente recordamos el viaje a Turquía, pensamos que era necesario ese calvario: sin dolor no se alcanzan los grandes placeres.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Crónicas del turco (VI) "El teatro de urgencia, huidas y descalabros"


Por fin una jornada de sosiego, sin viajes tortuosos en autobús. Un día completo en Gümüshane.
Por la mañana visitamos el Lisesi de nuevo para ver una película turca en la sala de profesores. El tono naïf de la historia de amor y religión con final nebuloso y aromas a Titanic y Romeo y Julieta nos trasladó a un mundo rural más sencillo en el que el ser humano lidia con los mismos problemas de siempre: la intransigencia institucional contra el amor. Un poco antes, aprovechando esos tiempos muertos de té y atonía aprovechamos para recordar todas las palabras que habíamos recopilado del turco y de las que hacíamos un uso voluntarioso pero de dudosa efectividad: merhabá, tesekur ererim, iyigeceler, evet, nesetsen (impronunciable), ben im adim, su, chaei, sishé, y la que más utilizamos por su sonoridad creo yo y porque nos dio por ahí, el recurrido, chokii (muy bueno). Incluso nos iniciamos con los números: bir, ichi, uch, dort, beish... Y Eduardo se atrevió con sintagmas y con oraciones de cuestionada construcción sintáctica. Nuestros anfitriones nos alababan con demasía (eso era evidente) nuestro interés por su lengua (ellos mismos nos hablaban de su dificultad). Delic, Sera, Serhat, Çemal, Razim, Bajadés..., hasta sus nombres pronunciábamos ya como si hubiéramos comido tanto yogur como ellos.
También elaboramos una relación de ideas útiles: alumnos de guardia en los pasillos (con púlpito incluido), caja de llaves en la sala de profesores, cambiar el timbre de cambio de clase por música erótico-festiva (va a ser imposible), uniformes para los profesores, una sala de trofeos enorme en el vestíbulo (falsos y bien aparentes) con una cabeza de toro encima, una foto de nuestro Director saludando al rey o a Beyoncé o a Cristiano Ronaldo o a Obama o a Teresa de Calcuta (que elija él) aplicando los recursos mágicos de Photoshop... Todo como veis muy útil y de una profundidad educativa evidente.
Tras la película, comenzamos lo que supuso la inauguración de un nuevo género teatral. Si Valle creó el esperpento, nosotros alumbramos el "teatro de urgencia". Ensayamos con todos los chicos en los pasillos y en un aula. Con 20 minutos fue suficiente. El teatro de urgencia es así, todo se debe hacer de manera atropellada y espontánea. Por la tarde, durante la representación, no disponíamos de vestuario ni de escenografía. Rápidamente (así es el teatro de urgencia), rogamos a los turcos que nos trajeran vestimentas tradicionales. Tan atentos como siempre, en bambalinas dispusimos de un variado ajuar de faldas, mantellinas, collares y gorros que distribuimos con "urgencia" entre nuestros improvisados actores. De los rumanos tomaríamos la escenografía y algún gorro que (debido a nuestra capacidad craneal) fue rodando por el suelo del escenario constantemente. Ya estaban todos dispuestos: Las Irenes, Alejandro, Alicia, Pilar, Alba, Míriam, Chema, Andrea, Susana, Pablo y hasta Leticia. La representación fue espectacular. El concepto de teatro de urgencia se asimiló perfectamente: de unas escenas insulsas se extrajo una vena cómica que solo se debe a la espontaneidad creativa que impulsa el teatro de urgencia. Esas caídas de gorros, esas poses desmesuradas, esos gestos de cine mudo, esos gritos desternillantes, ese baile turco con el que ambientamos una de las escenas, solo se podían obtener de esa manera.
Por la noche, la gran fiesta de despedida. Inolvidable y, sobre todo, distinta. Sí, amigos, existe diversión más allá del alcohol. La música turca se mezclaba con los últimos éxitos del verano y por la animación del baile nadie hubiera dicho que lo único que regaba aquel festival era el té y la botellas de agua fresca que el incansable Razim nos proporcionó para aliviar los saltos y las cabriolas. Aprendimos los pasos del baile turco (más o menos) gracias a la habilidad de nuestras anfitrionas y ellos aprendieron los movimientos mecánicos de los bailes de moda en España. Mientras tanto, Leticia huía y huía. Para culminar la noche, una representación de boda tradicional turca con novio español y novia rumana. Los oficiantes portaban velas en la palma de sus manos y el rostro de la novia lo cubría pudorosamente un velo que el novio levantaba. La jena nos manchó las manos y a algunos les sirvió para grabar un nombre en la piel. La hospitalidad turca nos ofreció sus últimas perlas esa noche de celebración. A la salida, alguien quiso derribar una columna de madera de un cabezazo, pero no lo consiguió. Era nuestra ofrenda a los dioses de los hospitales turcos.